Á eso de las once entró doña Pura bastante sofocada, seguida de un
muchacho recadista de la plazuela de los Mostenses, el cual venía
echando los bofes con el peso de una cesta llena de víveres. Milagros,
que á la puerta salió, hízose multitud de cruces de hombro á hombro y de
la frente á la cintura. Había visto á su hermana salir avante en
ocasiones muy difíciles, con su enérgica iniciativa; pero el golpe
maestro de aquella mañana le parecía superior á cuanto de mujer tan
dispuesta se podía esperar. Examinando rápidamente el cesto, vió
diferentes especies de comestibles, vegetales y animales, todo muy
bueno, y más adecuado á la mesa de un Director general que á la de un
mísero pretendiente. Pero doña Pura las hacía así. Las bromas, ó pesadas
ó no darlas. Para mayor asombro, Milagros vió en manos de su hermana el
portamonedas, casi reventando de puro lleno.
--Hija--le dijo la señora de la casa, secreteándose con ella en el
recibimiento, después que despidió al mandadero,--no he tenido más
remedio que dirigirme á Carolina Lantigua, la de Pez. He pasado una
vergüenza horrible. Hube de cerrar los ojos y lanzarme, como quien se
tira al agua. ¡Ay, qué trago! Le pinté nuestra situación de una manera
tal, que la hice llorar. Es muy buena. Me dió diez duros, que prometí
devolverle pronto; y lo haré, sí, lo haré; porque de esta hecha le
colocan. Es imposible que dejen de meterle en la combinación. Yo tengo
ahora una confianza absoluta... En fin, lleva esto para dentro. Voy allá
en seguida. ¿Está el agua cociendo?
Entró en el despacho para decir á su marido que por aquel día estaba
salvada la tremenda crisis, sin añadir cómo ni cómo no. Algo debieron
hablar también de las probabilidades de colocación, pues se oyó desde
fuera la voz iracunda de Villaamil gritando: «No me vengas á mí con
optimismos de engañifa. Te digo y te redigo que no entraré en la
combinación. No tengo ninguna esperanza, pero ninguna, me lo puedes
creer. Tú, con esas ilusiones tontas y esa manía de verlo todo color de
rosa, me haces un daño horrible, porque viene luego el trancazo de la
realidad, y todo se vuelve negro». Tan empapado estaba el santo varón en
sus cavilaciones pesimistas, que cuando le llamaron al comedor y le
pusieron delante un lucido almuerzo, no se le ocurrió inquirir, ni
siquiera considerar, de dónde habían salido abundancias tan desconformes
con su situación económica. Después de almorzar rápidamente, se vistió
para salir. Abelarda le había zurcido las solapas del gabán con
increíble perfección, imitando la urdimbre del tejido desgarrado; y
dándole en el cuello una soba de bencina, la pieza quedó como si la
hubieran rejuvenecido cinco años. Antes de salir, encargó á Luis la
distribución de las cartas que escrito había, indicándole un plan
topográfico para hacer el reparto con método y en el menor tiempo
posible. No le podían dar al chico faena más de su gusto, porque con
ella se le relevaba de asistir á la escuela, y se estaría toda la
santísima tarde como un caballero, paseando con su amigo _Canelo_. Era
éste muy listo para conocer dónde había buen trato. Al cuarto segundo
subía pocas veces, sin duda por no serle simpática la pobreza que allí
reinaba comúnmente; pero con finísimo instinto se enteraba de los
extraordinarios de la casa, tanto más espléndidos cuanto mayor era la
escasez de los días normales. Estuviera el can de centinela en la
portería ó en el interior de la casa, ó bien durmiendo bajo la mesa del
memorialista, no se le escapaba el hecho de que entraran provisiones
para los de Villaamil. Cómo lo averiguaba, nadie puede saberlo; pero es
lo cierto que el más astuto vigilante de Consumos no tendría nada que
enseñarle. Por supuesto, la aplicación práctica de sus estudios era
subir á la casa abundante y estarse allí todo un día y á veces dos; pero
en cuanto le daba en la nariz olor de quema, decía... «hasta otra», y ya
no le veían más el pelo. Aquel día subió poco después de ver entrar á
doña Pura con el mandadero; y como las tres _Miaus_ eran siempre muy
buenas con él y le daban golosinas, á Cadalsito le costó trabajo
llevárselo á su excursión por las calles. _Canelo_ salió de mala gana,
por cumplir un deber social y porque no dijeran.
Las tres _Miaus_ estuvieron aquella tarde muy animadas. Tenían el don
felicísimo de vivir siempre en la hora presente y de no pensar en el día
de mañana. Es una hechura espiritual como otra cualquiera, y una
filosofía práctica que, por más que digan, no ha caído en descrédito,
aunque se ha despotricado mucho contra ella. Pura y Milagros estaban en
la cocina, preparando la comida, que debía ser buena, copiosa y
dispuesta con todos los sacramentos, como desquite de los estómagos
desconsolados. Sin cesar en el trabajo, la una espumando pucheros ó
disponiendo un frito, la otra machacando en el almirez al ritmo de un
_andante con esprezione_ ó de un _allegro con brío_, charlaban sobre la
probable ó más bien segura colocación del jefe de la familia. Pura habló
de pagar todas las deudas, y de traer á casa los diversos objetos útiles
que andaban por esos mundos de Dios en los cautiverios de la usura.
Abelarda estaba en el comedor con su caja de costura delante, arreglando
sobre el maniquí un vestidillo color de pasa. No llamaba la atención por
bonita ni por fea, y en un certamen de caras insignificantes se habría
llevado el premio de honor. El cutis era malo, los ojos obscuros, el
conjunto bastante parecido á su madre y tía, formando con ellas cierta
armonía, de la cual se derivaba el mote que les pusieron. Quiero decir
que si, considerada aisladamente, la similitud del cariz de la joven con
el morro de un gato no era muy marcada, al juntarse con las otras dos
parecía tomar de ellas ciertos rasgos fisiognómicos, que venían á ser
como un sello de raza ó familia, y entonces resultaban en el grupo las
tres bocas chiquitas y relamidas, la unión entre el pico de la nariz y
la boca por una raya indefinible, los ojos redondos y vivos, y la
efusión característica del cabello, que era como si las tres hubieran
estado rodando por el suelo en persecución de una bola de papel ó de un
ovillo.
Aquella tarde todo fué dichas, porque entraron visitas, lo que á Pura
agradaba mucho. Dejó rápidamente los menesteres culinarios para echarse
una bata y componerse el pelo, y entró satisfecha en la sala. Eran los
visitantes Federico Ruiz y su esposa Pepita Ballester. El insigne
_pensador_ estaba también sin empleo, pasando una crujía espantosa, de
la cual había más señales en su ropa que en la de su mujer; pero llevaba
con tranquilidad su cesantía, mejor dicho, tan optimista era su
temperamento, que la llevaba hasta con cierto gozo. Siempre era el mismo
hombre, el métome-en-todo infatigable, fraguando planes de bullanguería
literaria y científica, premeditando veladas ó centenarios de
celebridades, discurriendo algún género de ocupación que á ningún nacido
se le hubiera pasado por el magín. Aquel bendito hacía pensar que hay
una _Milicia Nacional_ en las letras.
Escribía artículos sobre lo que debe hacerse para que prospere la
Agricultura, sobre las ventajas de la cremación de los cadáveres, ó
bien reseñando puntualmente lo que pasó en la Edad de Piedra, que es,
como si dijéramos, hablar de ayer por la mañana. Su situación económica
era bastante precaria, pues vivía de la pluma. De higos á brevas lograba
que en Fomento le tomasen cierto número de ejemplares de ediciones
viejas y de libros tan maulas como el _Comunismo ante la razón_, ó el
_Servicio de incendios en todas las naciones de Europa_, ó la _Reseña
pintoresca de los Castillos_. Pero tenía en su alma caudal tan pingüe de
consuelo, que no necesitaba la resignación cristiana para conformarse
con su desdicha. El estar satisfecho venía á ser en él una cuestión de
amor propio, y por no dar su brazo á torcer se encariñaba, á fuerza de
imaginación, con la idea de la pobreza, llegando hasta el absurdo de
pensar que la mayor delicia del mundo es no tener un real ni de dónde
sacarlo. Buscarse la vida, salir por la mañana discurriendo á qué editor
de revista enferma ó periódico moribundo llevar el artículo hecho la
noche anterior, constituía una serie de emociones que no pueden saborear
los ricos. Trabajaba como un negro, eso sí, y el Tostado era un niño de
teta al lado de él, en el correr de la pluma. Verdaderamente, ganarse
así el cocido tenía mucho de placer, casi de voluptuosidad. Y el cocido
no le había faltado nunca. Su mujer era una alhaja y le ayudaba á
sortear aquella situación. Pero la eficaz Providencia suya era su
carácter, aquella predisposición optimista, aquel procedimiento ideal
para convertir los males en bienes y la escasez adusta en risueña
abundancia. Habiendo conformidad no hay penas. La pobreza es el
principio de la sabiduría, y no ha de buscarse la felicidad en las
clases privilegiadas. El _pensador_ recordaba la comedia de Eguílaz, en
la cual el protagonista, para ponderar lo divertido que es ser pobre,
dice con mucho calor:
Yo tenía cinco duros
el día que me casé.
Y recordaba también que la cazuela se venía abajo con el estruendo de
los aplausos y las patadas de entusiasmo, prueba de lo popular que es en
esta raza la escasez de dinero. También Ruiz había hecho en sus tiempos
una comedia en que se probaba que para ser honrado y justo es
indispensable andar con los codos de fuera, y que todos los ricos acaban
siempre malamente. Por supuesto, á pesar de esta idealidad con que sabía
dorar el cobre de su crisis económica, pasando la calderilla por oro,
Ruiz no cedía en sus pretensiones de ser nuevamente colocado. No dejaba
vivir al Ministro de Fomento, y las Direcciones de Instrucción pública y
de Agricultura se echaban á temblar en cuanto él traspasaba la mampara.
Á falta de empleo, pretendía una comisioncita para estudiar cualquier
cosa; lo mismo le daba la Legislación de propiedad literaria en todos
los países, que los Depósitos de sementales en España.