VII

Á eso de las once entró doña Pura bastante sofocada, seguida de un

muchacho recadista de la plazuela de los Mostenses, el cual venía

echando los bofes con el peso de una cesta llena de víveres. Milagros,

que á la puerta salió, hízose multitud de cruces de hombro á hombro y de

la frente á la cintura. Había visto á su hermana salir avante en

ocasiones muy difíciles, con su enérgica iniciativa; pero el golpe

maestro de aquella mañana le parecía superior á cuanto de mujer tan

dispuesta se podía esperar. Examinando rápidamente el cesto, vió

diferentes especies de comestibles, vegetales y animales, todo muy

bueno, y más adecuado á la mesa de un Director general que á la de un

mísero pretendiente. Pero doña Pura las hacía así. Las bromas, ó pesadas

ó no darlas. Para mayor asombro, Milagros vió en manos de su hermana el

portamonedas, casi reventando de puro lleno.

--Hija--le dijo la señora de la casa, secreteándose con ella en el

recibimiento, después que despidió al mandadero,--no he tenido más

remedio que dirigirme á Carolina Lantigua, la de Pez. He pasado una

vergüenza horrible. Hube de cerrar los ojos y lanzarme, como quien se

tira al agua. ¡Ay, qué trago! Le pinté nuestra situación de una manera

tal, que la hice llorar. Es muy buena. Me dió diez duros, que prometí

devolverle pronto; y lo haré, sí, lo haré; porque de esta hecha le

colocan. Es imposible que dejen de meterle en la combinación. Yo tengo

ahora una confianza absoluta... En fin, lleva esto para dentro. Voy allá

en seguida. ¿Está el agua cociendo?

Entró en el despacho para decir á su marido que por aquel día estaba

salvada la tremenda crisis, sin añadir cómo ni cómo no. Algo debieron

hablar también de las probabilidades de colocación, pues se oyó desde

fuera la voz iracunda de Villaamil gritando: «No me vengas á mí con

optimismos de engañifa. Te digo y te redigo que no entraré en la

combinación. No tengo ninguna esperanza, pero ninguna, me lo puedes

creer. Tú, con esas ilusiones tontas y esa manía de verlo todo color de

rosa, me haces un daño horrible, porque viene luego el trancazo de la

realidad, y todo se vuelve negro». Tan empapado estaba el santo varón en

sus cavilaciones pesimistas, que cuando le llamaron al comedor y le

pusieron delante un lucido almuerzo, no se le ocurrió inquirir, ni

siquiera considerar, de dónde habían salido abundancias tan desconformes

con su situación económica. Después de almorzar rápidamente, se vistió

para salir. Abelarda le había zurcido las solapas del gabán con

increíble perfección, imitando la urdimbre del tejido desgarrado; y

dándole en el cuello una soba de bencina, la pieza quedó como si la

hubieran rejuvenecido cinco años. Antes de salir, encargó á Luis la

distribución de las cartas que escrito había, indicándole un plan

topográfico para hacer el reparto con método y en el menor tiempo

posible. No le podían dar al chico faena más de su gusto, porque con

ella se le relevaba de asistir á la escuela, y se estaría toda la

santísima tarde como un caballero, paseando con su amigo _Canelo_. Era

éste muy listo para conocer dónde había buen trato. Al cuarto segundo

subía pocas veces, sin duda por no serle simpática la pobreza que allí

reinaba comúnmente; pero con finísimo instinto se enteraba de los

extraordinarios de la casa, tanto más espléndidos cuanto mayor era la

escasez de los días normales. Estuviera el can de centinela en la

portería ó en el interior de la casa, ó bien durmiendo bajo la mesa del

memorialista, no se le escapaba el hecho de que entraran provisiones

para los de Villaamil. Cómo lo averiguaba, nadie puede saberlo; pero es

lo cierto que el más astuto vigilante de Consumos no tendría nada que

enseñarle. Por supuesto, la aplicación práctica de sus estudios era

subir á la casa abundante y estarse allí todo un día y á veces dos; pero

en cuanto le daba en la nariz olor de quema, decía... «hasta otra», y ya

no le veían más el pelo. Aquel día subió poco después de ver entrar á

doña Pura con el mandadero; y como las tres _Miaus_ eran siempre muy

buenas con él y le daban golosinas, á Cadalsito le costó trabajo

llevárselo á su excursión por las calles. _Canelo_ salió de mala gana,

por cumplir un deber social y porque no dijeran.

Las tres _Miaus_ estuvieron aquella tarde muy animadas. Tenían el don

felicísimo de vivir siempre en la hora presente y de no pensar en el día

de mañana. Es una hechura espiritual como otra cualquiera, y una

filosofía práctica que, por más que digan, no ha caído en descrédito,

aunque se ha despotricado mucho contra ella. Pura y Milagros estaban en

la cocina, preparando la comida, que debía ser buena, copiosa y

dispuesta con todos los sacramentos, como desquite de los estómagos

desconsolados. Sin cesar en el trabajo, la una espumando pucheros ó

disponiendo un frito, la otra machacando en el almirez al ritmo de un

_andante con esprezione_ ó de un _allegro con brío_, charlaban sobre la

probable ó más bien segura colocación del jefe de la familia. Pura habló

de pagar todas las deudas, y de traer á casa los diversos objetos útiles

que andaban por esos mundos de Dios en los cautiverios de la usura.

Abelarda estaba en el comedor con su caja de costura delante, arreglando

sobre el maniquí un vestidillo color de pasa. No llamaba la atención por

bonita ni por fea, y en un certamen de caras insignificantes se habría

llevado el premio de honor. El cutis era malo, los ojos obscuros, el

conjunto bastante parecido á su madre y tía, formando con ellas cierta

armonía, de la cual se derivaba el mote que les pusieron. Quiero decir

que si, considerada aisladamente, la similitud del cariz de la joven con

el morro de un gato no era muy marcada, al juntarse con las otras dos

parecía tomar de ellas ciertos rasgos fisiognómicos, que venían á ser

como un sello de raza ó familia, y entonces resultaban en el grupo las

tres bocas chiquitas y relamidas, la unión entre el pico de la nariz y

la boca por una raya indefinible, los ojos redondos y vivos, y la

efusión característica del cabello, que era como si las tres hubieran

estado rodando por el suelo en persecución de una bola de papel ó de un

ovillo.

Aquella tarde todo fué dichas, porque entraron visitas, lo que á Pura

agradaba mucho. Dejó rápidamente los menesteres culinarios para echarse

una bata y componerse el pelo, y entró satisfecha en la sala. Eran los

visitantes Federico Ruiz y su esposa Pepita Ballester. El insigne

_pensador_ estaba también sin empleo, pasando una crujía espantosa, de

la cual había más señales en su ropa que en la de su mujer; pero llevaba

con tranquilidad su cesantía, mejor dicho, tan optimista era su

temperamento, que la llevaba hasta con cierto gozo. Siempre era el mismo

hombre, el métome-en-todo infatigable, fraguando planes de bullanguería

literaria y científica, premeditando veladas ó centenarios de

celebridades, discurriendo algún género de ocupación que á ningún nacido

se le hubiera pasado por el magín. Aquel bendito hacía pensar que hay

una _Milicia Nacional_ en las letras.

Escribía artículos sobre lo que debe hacerse para que prospere la

Agricultura, sobre las ventajas de la cremación de los cadáveres, ó

bien reseñando puntualmente lo que pasó en la Edad de Piedra, que es,

como si dijéramos, hablar de ayer por la mañana. Su situación económica

era bastante precaria, pues vivía de la pluma. De higos á brevas lograba

que en Fomento le tomasen cierto número de ejemplares de ediciones

viejas y de libros tan maulas como el _Comunismo ante la razón_, ó el

_Servicio de incendios en todas las naciones de Europa_, ó la _Reseña

pintoresca de los Castillos_. Pero tenía en su alma caudal tan pingüe de

consuelo, que no necesitaba la resignación cristiana para conformarse

con su desdicha. El estar satisfecho venía á ser en él una cuestión de

amor propio, y por no dar su brazo á torcer se encariñaba, á fuerza de

imaginación, con la idea de la pobreza, llegando hasta el absurdo de

pensar que la mayor delicia del mundo es no tener un real ni de dónde

sacarlo. Buscarse la vida, salir por la mañana discurriendo á qué editor

de revista enferma ó periódico moribundo llevar el artículo hecho la

noche anterior, constituía una serie de emociones que no pueden saborear

los ricos. Trabajaba como un negro, eso sí, y el Tostado era un niño de

teta al lado de él, en el correr de la pluma. Verdaderamente, ganarse

así el cocido tenía mucho de placer, casi de voluptuosidad. Y el cocido

no le había faltado nunca. Su mujer era una alhaja y le ayudaba á

sortear aquella situación. Pero la eficaz Providencia suya era su

carácter, aquella predisposición optimista, aquel procedimiento ideal

para convertir los males en bienes y la escasez adusta en risueña

abundancia. Habiendo conformidad no hay penas. La pobreza es el

principio de la sabiduría, y no ha de buscarse la felicidad en las

clases privilegiadas. El _pensador_ recordaba la comedia de Eguílaz, en

la cual el protagonista, para ponderar lo divertido que es ser pobre,

dice con mucho calor:

Yo tenía cinco duros

el día que me casé.

Y recordaba también que la cazuela se venía abajo con el estruendo de

los aplausos y las patadas de entusiasmo, prueba de lo popular que es en

esta raza la escasez de dinero. También Ruiz había hecho en sus tiempos

una comedia en que se probaba que para ser honrado y justo es

indispensable andar con los codos de fuera, y que todos los ricos acaban

siempre malamente. Por supuesto, á pesar de esta idealidad con que sabía

dorar el cobre de su crisis económica, pasando la calderilla por oro,

Ruiz no cedía en sus pretensiones de ser nuevamente colocado. No dejaba

vivir al Ministro de Fomento, y las Direcciones de Instrucción pública y

de Agricultura se echaban á temblar en cuanto él traspasaba la mampara.

Á falta de empleo, pretendía una comisioncita para estudiar cualquier

cosa; lo mismo le daba la Legislación de propiedad literaria en todos

los países, que los Depósitos de sementales en España.

Miau · 第 12 / 49 题