Doña Pura durmió al fin profundamente toda la madrugada y parte de la
mañana. Villaamil se levantó á las ocho sin haber pegado los ojos.
Cuando salió de su alcoba, entre ocho y nueve, después de haberse
refregado el hocico con un poco de agua fría y de pasarse el peine por
la rala cabellera, nadie se había levantado aún. La estrechez en que
estaban no les permitía tener criada, y entre las tres mujeres hacían
desordenadamente los menesteres de la casa. Milagros era la que guisaba;
solía madrugar más que las otras dos; pero la noche anterior se había
acostado muy tarde, y cuando Villaamil salió de su habitación
dirigiéndose á la cocina, la cocinera no estaba aún allí. Examinó el
fogón sin lumbre, la carbonera exhausta; y en la alacena que hacía de
despensa vió mendrugos de pan, un envoltorio de papeles manchados de
grasa, que debía de contener algún resto de jamón, carne fiambre ó cosa
así, un plato con pocos garbanzos, un pedazo de salchicha, un huevo y
medio limón... El tigre dió un suspiro y pasó al comedor para registrar
el cajón del aparador, en el cual, entre los cuchillos y las
servilletas, había también pedazos de pan duro. En esto oyó rebullicio,
después rumor de agua, y he aquí que aparece Milagros con su cara
gatesca muy lavada, bata suelta, el pelo en sortijillas enroscadas con
papeles, y un pañuelo blanco por la cabeza.
--¿Hay chocolate?--le preguntó su cuñado sin más saludo.
--Hay media onza nada más--replicó la señora, corriendo á abrir el cajón
de la mesa de la cocina donde estaba.--Te lo haré en seguida.
--No, á mí no. Lo haces para el niño. Yo no necesito chocolate. No tengo
gana. Tomaré un pedazo de pan seco y beberé encima un poco de agua.
--Bueno. Busca por ahí. Pan no falta. También hay en la alacena un
trocito de jamón. El huevo ése es para mí hermana, si te parece. Voy á
encender lumbre. Haz el favor de partirme unas astillas mientras yo voy
á ver si encuentro fósforos.
Don Ramón, después de morder el pan, cogió el hacha y empezó a partir un
madero, que era la pata de una silla vieja, dando un suspiro á cada
golpe. Los estallidos de la fibra leñosa al desgarrarse parecían tan
inherentes á la persona de Villaamil, como si éste se arrancase tiras
palpitantes de sus secas carnes y astillas de sus pobres huesos. En
tanto, Milagros armaba el templete de carbones y palitroques.
--Y hoy, ¿se pone cocido?--preguntó á su cuñado con cierto misterio.
Villaamil meditó sobre aquel problema tan descarnadamente
planteado.--Tal vez... ¡quién sabe!--replicó, lanzando su imaginación á
lo desconocido.--Esperemos á que se levante Pura.
Ésta era la que resolvía todos los conflictos, como persona de
iniciativa, de inesperados golpes y de prontas resoluciones. Milagros
era toda pasividad, modestia y obediencia. No alzaba nunca la voz, no
hacía observaciones á lo que su hermana ordenaba. Trabajaba para los
demás por impulso de su conciencia humilde y por hábito de
subordinación. Unida fatalmente durante toda su vida al mísero destino
de aquella familia, y partícipe de las vicisitudes de ésta, jamás se
quejó ni se la oyó protestar de su malhadada suerte. Considerábase una
gran artista malograda en flor, por falta de ambiente; y al verse
perdida para el arte, la tristeza de esta situación ahogaba todas las
demás tristezas. Hay que decir aquí que Milagros había nacido con
excelentes dotes de cantante de ópera. Á los veinticinco años tenía una
voz preciosísima, regular escuela y loca afición á la música. Pero la
fatalidad no le permitió nunca lanzarse á la verdadera vida de artista.
Amores desgraciados, cuestiones de familia aplazaron de día en día la
deseada presentación al público, y cuando los obstáculos
desaparecieron, ya Milagros no estaba para fiestas; había perdido la
voz. Ni ella misma se dió cuenta de la suave gradación por donde sus
esperanzas de artista vinieron á parar en la precaria situación en que
se nos aparece; por dónde el soñado escenario y los triunfos del arte se
convirtieron en la cocina de Villaamil, sin provisiones. Cuando pensaba
ella en el contraste duro entre sus esperanzas y su destino, no acertaba
á medir los escalones de aquel lento descender desde las cumbres de la
poesía á los sótanos de la vulgaridad.
Milagros tenía un tipo fino, delicado, propio para los papeles de
_Margarita_, de _Dinorah_, de _Gilda_, de la _Traviatta_, y voz aguda de
soprano. Todo esto se convirtió en hojarasca, sin que nunca llegara á
ser admiración del público. Sólo una vez cantó en el Real la parte de
_Adalgisa_, por condescendencia de la empresa, como alumna del
Conservatorio. Estuvo muy feliz, y los periódicos le auguraron un
porvenir brillante. En el Liceo Jover, ante un público invitado y poco
exigente, cantó _Saffo_ y _Los Capuletos_ de Bellini con el tercer acto
de Vacai. Entonces se trató de que fuera á Italia; pero se atravesó una
pasión, la esperanza de un gran partido para casarse, enredándose mucho
el asunto entre el novio y la familia. Pasó tiempo, y la cantatriz hubo
de malograrse, pues ni fué á Italia, ni se contrató en el Real, ni se
casó.
Doña Pura y Milagros eran hijas de un médico militar, de apellido
Escobios, y sobrinas del músico mayor del Inmemorial del Rey. Su madre
era Muñoz, y tenían ellas pretensiones de parentesco con el marqués de
Casa-Muñoz. Por cierto que cuando trataron de que Milagros fuera
cantante de ópera, se pensó en italianizarle el apellido, llamándola la
_Escobini_; pero como la carrera artística se malogró en ciernes, el
mote italiano no llegó nunca á verse en los carteles.
Antes de que la vida de la señorita de Escobios se truncara, tuvo una
época de fugaz éxito y brillo en una capital de provincia de tercera
clase, á donde fué con su hermana, esposa de Villaamil. Éste era Jefe
económico, y su familia intimó, como era natural, con la de los
Gobernadores civil y militar, que daban reuniones, á que asistía lo más
granadito del pueblo. Milagros, cantando en los conciertos de la
brigadiera, enloquecía y electrizaba. Salíanle novios por docenas, y
envidias de mujeres que la inquietaban en medio de sus triunfos. Un
joven de la localidad, poeta y periodista, se enamoró frenéticamente de
ella. Era el mismo que en la reseña de los saraos llamaba á doña Pura,
con exaltado estilo, _figura arrancada á un cuadro de Fra Angélico_. Á
Milagros la ensalzaba en términos tan hiperbólicos que causaban risa, y
aun recuerdan los naturales algunas frases describiendo á la joven en
el momento de presentarse en el salón, de acercarse al piano para
cantar, y en el acto mismo del cantorrio: «_Es la pudorosa Ofelia
llorando sus amores marchitos y cantando con gorjeo celestial la endecha
de la muerte_». Y ¡cosa extraña! el mismo que escribía estas cosas en la
segunda plana del periódico, tenía la misión, y por eso cobraba, de
hacer la revista comercial en la primera. Suya era también esta endecha:
«_Harinas. Toda la semana acusa marcada calma en este polvo. Sólo han
salido para el canal mil doscientos sacos que se hicieron á 22 y tres
cuartillos. No hay compradores, y ayer se ofrecían dos mil sacos á 22 y
medio, sin que nadie se animara_». Al día siguiente, vuelta otra vez con
_la pudorosa Ofelia_, ó _el ángel que nos traía á la tierra las
celestiales melodías_. Ya se comprende que esto no podía acabar en bien.
En efecto; mi hombre, inflamándose y desvariando cada día más con su
amor no correspondido, llegó á ponerse tan malo, pero tan malo, que un
día se tiró de cabeza en la presa de una fábrica de harina, y por pronto
que acudieron en su auxilio, cuando le sacaron era cadáver. Poco después
de este desagradable suceso, que impresionó mucho á Milagros, ésta
volvió á Madrid; verificóse entonces el _début_ en el Real, luego las
funciones en el Liceo Jover, y todo lo demás que brevemente referido
queda. Echemos sobre aquellos tristes sucesos un montón de años
tristes, de rápido envejecimiento y decadencia, y nos encontramos á _la
pudorosa Ofelia_ en la cocina de Villaamil, con la lumbre encendida y
sin saber qué poner en ella.
De un cuartucho obscuro que en el pasillo interior había, salió Abelarda
restregándose los ojos, desgreñada, arrastrando la cola sucia de una
bata mayor que ella, la cual fué usada por su madre en tiempos más
felices, y se dirigió también á la cocina, á punto que salía de ella
Villaamil para ir á despertar y vestir al nieto. Abelarda preguntó á su
tía si venía el panadero, á lo que Milagros no supo qué responder, por
no poder ella formar juicio acerca de problema tan grave sin oir antes á
su hermana. «Haz que tu madre se levante pronto--le dijo consternada,--á
ver qué determina».
Poco después de esto, oyóse fuerte carraspeo allá en la alcoba de la
sala, donde Pura dormía. Por la puertecilla que dicha alcoba tenía al
recibimiento, frente al despacho, apareció la señora de la casa,
radiante de displicencia, embutido el cuerpo en una americana vieja de
Villaamil, el pelo en sortijillas, el hocico amoratado del agua fría con
que acababa de lavarse, una toquilla rota cruzada sobre el pecho, en los
pies voluminosas zapatillas. «Qué, ¿no os podéis desenvolver sin mí?
Estáis las dos atontadas. Pues no es para tanto. ¿Habéis hecho el
chocolate del niño?» Milagros salió de la cocina con la jícara,
mientras Abelarda sentaba al pequeñuelo y le colgaba del pescuezo la
servilleta. Villaamil fué á su despacho, y a poco salió con el tintero
en la mano, diciendo: «No hay tinta, y hoy tengo que escribir más de
cuarenta cartas. Mira, Luisín, en cuanto acabes, te vas abajo y le dices
al amigo Mendizábal que me haga el favor de un poquito de tinta».
--Yo iré--dijo Abelarda cogiendo el tintero y bajando en la misma facha
en que estaba.
Las dos hermanas, en tanto, cuchicheaban en la cocina. ¿Sobre qué? Es
presumible que fuera sobre la imposibilidad de dar de comer á la familia
con un huevo, pan duro y algunos restos de carne que no bastaban para el
gato. Pura fruncía las cejas y hacía con los labios un mohín muy
extraño, juntándolo con la nariz, que parecía alargarse. _La pudorosa
Ofelia_ repetía este signo de perplejidad, resultando las dos tan
semejantes, que parecían una misma. De sus meditaciones las distrajo
Villaamil, el cual apareció en la cocina diciendo que tenía que ir al
Ministerio y necesitaba una camisa limpia. «¡Todo sea por Dios!--exclamó
Pura con desaliento.--La única camisa lavada está en tan mal estado, que
necesita un recorrido general». Pero Abelarda se comprometió á tenerla
lista para el mediodía, y además planchada, siempre que hubiera lumbre.
También hizo don Ramón á su hija sentidas observaciones sobre ciertos
flecos y desgarraduras que ostentaba la solapa de su gabán, rogándola
que pasara por allí sus hábiles agujas. La joven le tranquilizó, y el
buen hombre metióse en su despacho. El conciliábulo que las _Miaus_
tenían en la cocina terminó con un repentino sobresalto de Pura, que
corrió á su alcoba para vestirse y largarse á la calle. Había estallado
una idea inmensa en aquel cerebro cargado de pólvora, como si en él
penetrase una chispa del fulminante que de los ojos brotara. «Enciende
bien la lumbre y pon agua en los pucheros», dijo á su hermana al salir,
y se escabulló fuera con diligencia y velocidad de ardilla. Al ver esta
determinación, Abelarda y Milagros, que conocían bien á la directora de
la familia, se tranquilizaron respecto al problema de subsistencias de
aquel día, y se pusieron á cantar, la una en la cocina, la otra desde su
cuarto, el dúo de Norma: _in mia mano al fin tu sei_.