VI

Doña Pura durmió al fin profundamente toda la madrugada y parte de la

mañana. Villaamil se levantó á las ocho sin haber pegado los ojos.

Cuando salió de su alcoba, entre ocho y nueve, después de haberse

refregado el hocico con un poco de agua fría y de pasarse el peine por

la rala cabellera, nadie se había levantado aún. La estrechez en que

estaban no les permitía tener criada, y entre las tres mujeres hacían

desordenadamente los menesteres de la casa. Milagros era la que guisaba;

solía madrugar más que las otras dos; pero la noche anterior se había

acostado muy tarde, y cuando Villaamil salió de su habitación

dirigiéndose á la cocina, la cocinera no estaba aún allí. Examinó el

fogón sin lumbre, la carbonera exhausta; y en la alacena que hacía de

despensa vió mendrugos de pan, un envoltorio de papeles manchados de

grasa, que debía de contener algún resto de jamón, carne fiambre ó cosa

así, un plato con pocos garbanzos, un pedazo de salchicha, un huevo y

medio limón... El tigre dió un suspiro y pasó al comedor para registrar

el cajón del aparador, en el cual, entre los cuchillos y las

servilletas, había también pedazos de pan duro. En esto oyó rebullicio,

después rumor de agua, y he aquí que aparece Milagros con su cara

gatesca muy lavada, bata suelta, el pelo en sortijillas enroscadas con

papeles, y un pañuelo blanco por la cabeza.

--¿Hay chocolate?--le preguntó su cuñado sin más saludo.

--Hay media onza nada más--replicó la señora, corriendo á abrir el cajón

de la mesa de la cocina donde estaba.--Te lo haré en seguida.

--No, á mí no. Lo haces para el niño. Yo no necesito chocolate. No tengo

gana. Tomaré un pedazo de pan seco y beberé encima un poco de agua.

--Bueno. Busca por ahí. Pan no falta. También hay en la alacena un

trocito de jamón. El huevo ése es para mí hermana, si te parece. Voy á

encender lumbre. Haz el favor de partirme unas astillas mientras yo voy

á ver si encuentro fósforos.

Don Ramón, después de morder el pan, cogió el hacha y empezó a partir un

madero, que era la pata de una silla vieja, dando un suspiro á cada

golpe. Los estallidos de la fibra leñosa al desgarrarse parecían tan

inherentes á la persona de Villaamil, como si éste se arrancase tiras

palpitantes de sus secas carnes y astillas de sus pobres huesos. En

tanto, Milagros armaba el templete de carbones y palitroques.

--Y hoy, ¿se pone cocido?--preguntó á su cuñado con cierto misterio.

Villaamil meditó sobre aquel problema tan descarnadamente

planteado.--Tal vez... ¡quién sabe!--replicó, lanzando su imaginación á

lo desconocido.--Esperemos á que se levante Pura.

Ésta era la que resolvía todos los conflictos, como persona de

iniciativa, de inesperados golpes y de prontas resoluciones. Milagros

era toda pasividad, modestia y obediencia. No alzaba nunca la voz, no

hacía observaciones á lo que su hermana ordenaba. Trabajaba para los

demás por impulso de su conciencia humilde y por hábito de

subordinación. Unida fatalmente durante toda su vida al mísero destino

de aquella familia, y partícipe de las vicisitudes de ésta, jamás se

quejó ni se la oyó protestar de su malhadada suerte. Considerábase una

gran artista malograda en flor, por falta de ambiente; y al verse

perdida para el arte, la tristeza de esta situación ahogaba todas las

demás tristezas. Hay que decir aquí que Milagros había nacido con

excelentes dotes de cantante de ópera. Á los veinticinco años tenía una

voz preciosísima, regular escuela y loca afición á la música. Pero la

fatalidad no le permitió nunca lanzarse á la verdadera vida de artista.

Amores desgraciados, cuestiones de familia aplazaron de día en día la

deseada presentación al público, y cuando los obstáculos

desaparecieron, ya Milagros no estaba para fiestas; había perdido la

voz. Ni ella misma se dió cuenta de la suave gradación por donde sus

esperanzas de artista vinieron á parar en la precaria situación en que

se nos aparece; por dónde el soñado escenario y los triunfos del arte se

convirtieron en la cocina de Villaamil, sin provisiones. Cuando pensaba

ella en el contraste duro entre sus esperanzas y su destino, no acertaba

á medir los escalones de aquel lento descender desde las cumbres de la

poesía á los sótanos de la vulgaridad.

Milagros tenía un tipo fino, delicado, propio para los papeles de

_Margarita_, de _Dinorah_, de _Gilda_, de la _Traviatta_, y voz aguda de

soprano. Todo esto se convirtió en hojarasca, sin que nunca llegara á

ser admiración del público. Sólo una vez cantó en el Real la parte de

_Adalgisa_, por condescendencia de la empresa, como alumna del

Conservatorio. Estuvo muy feliz, y los periódicos le auguraron un

porvenir brillante. En el Liceo Jover, ante un público invitado y poco

exigente, cantó _Saffo_ y _Los Capuletos_ de Bellini con el tercer acto

de Vacai. Entonces se trató de que fuera á Italia; pero se atravesó una

pasión, la esperanza de un gran partido para casarse, enredándose mucho

el asunto entre el novio y la familia. Pasó tiempo, y la cantatriz hubo

de malograrse, pues ni fué á Italia, ni se contrató en el Real, ni se

casó.

Doña Pura y Milagros eran hijas de un médico militar, de apellido

Escobios, y sobrinas del músico mayor del Inmemorial del Rey. Su madre

era Muñoz, y tenían ellas pretensiones de parentesco con el marqués de

Casa-Muñoz. Por cierto que cuando trataron de que Milagros fuera

cantante de ópera, se pensó en italianizarle el apellido, llamándola la

_Escobini_; pero como la carrera artística se malogró en ciernes, el

mote italiano no llegó nunca á verse en los carteles.

Antes de que la vida de la señorita de Escobios se truncara, tuvo una

época de fugaz éxito y brillo en una capital de provincia de tercera

clase, á donde fué con su hermana, esposa de Villaamil. Éste era Jefe

económico, y su familia intimó, como era natural, con la de los

Gobernadores civil y militar, que daban reuniones, á que asistía lo más

granadito del pueblo. Milagros, cantando en los conciertos de la

brigadiera, enloquecía y electrizaba. Salíanle novios por docenas, y

envidias de mujeres que la inquietaban en medio de sus triunfos. Un

joven de la localidad, poeta y periodista, se enamoró frenéticamente de

ella. Era el mismo que en la reseña de los saraos llamaba á doña Pura,

con exaltado estilo, _figura arrancada á un cuadro de Fra Angélico_. Á

Milagros la ensalzaba en términos tan hiperbólicos que causaban risa, y

aun recuerdan los naturales algunas frases describiendo á la joven en

el momento de presentarse en el salón, de acercarse al piano para

cantar, y en el acto mismo del cantorrio: «_Es la pudorosa Ofelia

llorando sus amores marchitos y cantando con gorjeo celestial la endecha

de la muerte_». Y ¡cosa extraña! el mismo que escribía estas cosas en la

segunda plana del periódico, tenía la misión, y por eso cobraba, de

hacer la revista comercial en la primera. Suya era también esta endecha:

«_Harinas. Toda la semana acusa marcada calma en este polvo. Sólo han

salido para el canal mil doscientos sacos que se hicieron á 22 y tres

cuartillos. No hay compradores, y ayer se ofrecían dos mil sacos á 22 y

medio, sin que nadie se animara_». Al día siguiente, vuelta otra vez con

_la pudorosa Ofelia_, ó _el ángel que nos traía á la tierra las

celestiales melodías_. Ya se comprende que esto no podía acabar en bien.

En efecto; mi hombre, inflamándose y desvariando cada día más con su

amor no correspondido, llegó á ponerse tan malo, pero tan malo, que un

día se tiró de cabeza en la presa de una fábrica de harina, y por pronto

que acudieron en su auxilio, cuando le sacaron era cadáver. Poco después

de este desagradable suceso, que impresionó mucho á Milagros, ésta

volvió á Madrid; verificóse entonces el _début_ en el Real, luego las

funciones en el Liceo Jover, y todo lo demás que brevemente referido

queda. Echemos sobre aquellos tristes sucesos un montón de años

tristes, de rápido envejecimiento y decadencia, y nos encontramos á _la

pudorosa Ofelia_ en la cocina de Villaamil, con la lumbre encendida y

sin saber qué poner en ella.

De un cuartucho obscuro que en el pasillo interior había, salió Abelarda

restregándose los ojos, desgreñada, arrastrando la cola sucia de una

bata mayor que ella, la cual fué usada por su madre en tiempos más

felices, y se dirigió también á la cocina, á punto que salía de ella

Villaamil para ir á despertar y vestir al nieto. Abelarda preguntó á su

tía si venía el panadero, á lo que Milagros no supo qué responder, por

no poder ella formar juicio acerca de problema tan grave sin oir antes á

su hermana. «Haz que tu madre se levante pronto--le dijo consternada,--á

ver qué determina».

Poco después de esto, oyóse fuerte carraspeo allá en la alcoba de la

sala, donde Pura dormía. Por la puertecilla que dicha alcoba tenía al

recibimiento, frente al despacho, apareció la señora de la casa,

radiante de displicencia, embutido el cuerpo en una americana vieja de

Villaamil, el pelo en sortijillas, el hocico amoratado del agua fría con

que acababa de lavarse, una toquilla rota cruzada sobre el pecho, en los

pies voluminosas zapatillas. «Qué, ¿no os podéis desenvolver sin mí?

Estáis las dos atontadas. Pues no es para tanto. ¿Habéis hecho el

chocolate del niño?» Milagros salió de la cocina con la jícara,

mientras Abelarda sentaba al pequeñuelo y le colgaba del pescuezo la

servilleta. Villaamil fué á su despacho, y a poco salió con el tintero

en la mano, diciendo: «No hay tinta, y hoy tengo que escribir más de

cuarenta cartas. Mira, Luisín, en cuanto acabes, te vas abajo y le dices

al amigo Mendizábal que me haga el favor de un poquito de tinta».

--Yo iré--dijo Abelarda cogiendo el tintero y bajando en la misma facha

en que estaba.

Las dos hermanas, en tanto, cuchicheaban en la cocina. ¿Sobre qué? Es

presumible que fuera sobre la imposibilidad de dar de comer á la familia

con un huevo, pan duro y algunos restos de carne que no bastaban para el

gato. Pura fruncía las cejas y hacía con los labios un mohín muy

extraño, juntándolo con la nariz, que parecía alargarse. _La pudorosa

Ofelia_ repetía este signo de perplejidad, resultando las dos tan

semejantes, que parecían una misma. De sus meditaciones las distrajo

Villaamil, el cual apareció en la cocina diciendo que tenía que ir al

Ministerio y necesitaba una camisa limpia. «¡Todo sea por Dios!--exclamó

Pura con desaliento.--La única camisa lavada está en tan mal estado, que

necesita un recorrido general». Pero Abelarda se comprometió á tenerla

lista para el mediodía, y además planchada, siempre que hubiera lumbre.

También hizo don Ramón á su hija sentidas observaciones sobre ciertos

flecos y desgarraduras que ostentaba la solapa de su gabán, rogándola

que pasara por allí sus hábiles agujas. La joven le tranquilizó, y el

buen hombre metióse en su despacho. El conciliábulo que las _Miaus_

tenían en la cocina terminó con un repentino sobresalto de Pura, que

corrió á su alcoba para vestirse y largarse á la calle. Había estallado

una idea inmensa en aquel cerebro cargado de pólvora, como si en él

penetrase una chispa del fulminante que de los ojos brotara. «Enciende

bien la lumbre y pon agua en los pucheros», dijo á su hermana al salir,

y se escabulló fuera con diligencia y velocidad de ardilla. Al ver esta

determinación, Abelarda y Milagros, que conocían bien á la directora de

la familia, se tranquilizaron respecto al problema de subsistencias de

aquel día, y se pusieron á cantar, la una en la cocina, la otra desde su

cuarto, el dúo de Norma: _in mia mano al fin tu sei_.

Miau · 第 11 / 49 题