De lo que vio y sintió el caballero en el osario de Numancia.
Al trabajo en las excavaciones fue Gil el siguiente lunes con cierta
emoción religiosa. No era lo mismo arrancar piedras de un monte para el
afirmado de un camino, que sacar de la tierra las que dos mil años ha
fueron asiento y abrigo de un pueblo perpetuado en la excelsitud de la
Historia. De los veinte o más hombres que allí trabajaban, tal vez Gil
era el que mejor comprendía toda la grandeza de aquella exhumación.
Revolviendo tierras negras, tierras coloradas, se iba penetrando de
lo que hacía. Por las explicaciones que en su tosco lenguaje le dio
el capataz, descifraba los caracteres del suelo. Lo negro era la
ciudad romana, que los vencedores construyeron sobre los restos de la
ciudad celtíbera; lo rojo era Numancia quemada, escoria de ladrillos
calcinados y cenizas revueltas con huesos y trozos de cerámica. Entre
este material que los azadones cuidadosamente movían y las palas
apartaban, aparecían los sillares de labra tosca, ajustados con barro.
Las piedras formaban paredes, y las paredes habitaciones, y estas
casas, y las casas calles...
Recorrió el caballero en largo espacio una vía perfectamente empedrada.
Al pisarla, pudo imaginar que hallaba huellas recientes, huellas
de hace dos mil años, que aún vivían o resucitaban en la mente del
explorador poseído de respeto y emoción... y allá en lo más hondo,
yacían los huesos de otra ciudad enterrada por los numantinos al
construir la suya; de una ciudad, en cuyo suelo el Tarsis del siglo
XX sentía las pisadas del Tarsis prístino, desvanecida imagen de los
tiempos.
Desde que llegó a Numancia, el asendereado Gil padecía crisis aguda de
imaginación, con disloque de nervios y propensión a ver en anárquico
desorden las realidades físicas. La soledad, el no saber de Cintia,
el desamparo en que le tenía la Madre, y la presencia y contacto
de Becerro, le llevaron a tal estado. El chisporroteo mental del
erudito prendía en la mente de Tarsis, y la inflamaba en fúlgidos
delirios... Por las noches, en la sobrestantía de Garray, tenían un
poco de tertulia los que allí se albergaban, y en tal reunión solía
buscar un rato de amenidad la pareja de Guardia Civil. Uno de los dos
guardias era ceñudo y áspero; el otro, más joven que su compañero,
se distinguía por su afabilidad y buen modo, no incompatibles con la
rigidez disciplinaria. Llamábase Regino, y entre él y Gil, de palabra
en palabra y de franqueza en franqueza, llegó a establecerse simpatía
precursora de amistades. En la tertulia se hablaba de política, del
avance de la exhumación numantina, de las chicas del pueblo, de
chismes, historias y consejas, y una noche salió a relucir el cuento
del león fantástico, que rugiendo y dando resoplidos corría de piedra
en piedra.
--Me paiz --dijo el capataz-- que ese león será escapado de los que en
un jaulorio hicían junción de circo en Zaragoza.
Un mozo sostuvo que lo había visto hozando en las ruinas, y apretó a
correr asustado del _caragesto_ del animal y de su soplido. Riendo el
guardia civil Regino de tales apreciaciones, dijo que la curiosidad le
movió una noche a salir a ver al león, y...
--Señores, están ustedes locos o atontados por el miedo. Yo vi a la
fiera, y aseguro que no es fiera, sino un perrazo de los que llaman de
San Bernardo, animal hermoso, aunque algo viejo.
Incitado el gran Becerro a dar su opinión, dijo gravemente:
--Caballeros, en ningún caso puedo yo confundir perros con leones,
porque a estos nobilísimos y fieros animales conozco y trato de
antiguo... No se ría usted, Regino, y perdone que le diga... vamos, que
el ente zoológico que usted vio paseándose majestuoso por las ruinas,
no pudo ser perro, y que no lo tendremos por tal, aunque usted nos lo
pinte con la noble prestancia perruna de los llamados del Monte de San
Bernardo. También diré a usted y a todos los señores presentes, que
es simplicidad sostener que en España no hay leones, como no sean los
que adiestrados por domadores bárbaros muestran su ferocidad mercenaria
en el circo. Y yo pregunto al amigo Regino y a su compañero: ¿Cómo
negáis que existen leones, si vosotros mismos, bravos hijos de Marte,
lleváis dentro el animal que es símbolo de la fortaleza y heroísmo? ¿Y
lo que dentro lleváis, no podríais en un momento supremo sacarlo al
exterior, asimilándoos la forma leonina en la especie de pelos, melena,
uñas, rugido y fiereza? ¿Rechazáis tal hipótesis? Pues yo os aseguro
que conozco... que he conocido personas de alma tan encendida en ardor
patriótico, y tan enamorada del emblema heráldico de nuestra raza,
que llegaron al puro éxtasis y a la perfecta identificación con dicho
emblema. En sus paroxismos, esos seres privilegiados, cuando hablaban,
rugían, y al querer andar, saltaban, y armados se veían de terribles
garras, revestidos de bermeja pelambre y de una melena gallardísima...
Pero noto incredulidad en vuestros semblantes, y os digo: «Dejemos
por ahora este asunto, que tiempo vendrá de tratarlo con la debida
formalidad... Caballeros, buenas noches. Me voy a mi cueva.»
Gran burleta hicieron todos de lo que habían oído. Pero Gil no tomó
a risa las irradiaciones de la encendida mente de Augusto. Ya se
sentía herido del amor a lo sobrenatural, y llagado de la pasión de
las cosas absurdas o descomunales. A la mañana siguiente, sus ojos
dieron en alterarle, si no la forma, el tamaño de los objetos. Al
principio las personas cercanas se le ofrecían en su natural talla;
pero las distantes se agigantaban hasta alcanzar estaturas de veinte
o más metros. Después, todos, él mismo, eran gigantes, y las ruinas
de una extensión desmesurada que en los horizontes se perdía. Los
pucheros rotos que extraían de la tierra eran como tinajas, y las
ánforas llenaban con su abultado vientre un gran espacio. De estas
alucinaciones tenía la culpa Becerro, que al verle salir para el
trabajo y hablarle de la grandeza de aquel noble escenario, le dijo:
--Aquí, Cipión, no hay nada pequeño... Todo es colosal. Yo encontré
en los escombros de una casa celtíbera un alfiler que era del tamaño
de las modernas espadas. No se ha determinado aún la talla de los
numantinos, que era como la de una mediana torre.
En el recogimiento de la noche, observó con gozo que los objetos
recobraban el tamaño con que comúnmente los vemos. Durmió tranquilo,
y al despertar, tuvo la grata sorpresa de ver entrar de rondón en el
cuarto a Cíbico y su ardilla. Esta se subió a un alto armario, y el
buhonero abrazó a su amigo diciéndole:
--He tardado... he tenido que ir a Soria. Te traigo noticias de
Pascualita. Sal y hablaremos.
Vistiose Gil, salieron, y camino de las ruinas desembuchó Cíbico
cuanto llevaba.
--Lo primero: he visto a tu novia. Me ha dicho que vayas a Soria, que
quiere hablarte.
Gil saltó diciendo:
--Vamos ahora mismo.
Bartolo, recomendando con expresivo gesto calma al amigo y quietud a la
ardilla, prosiguió así:
--No seas tan vivo. Oye esta buena noticia. Ya tiene Pascualita el
nombramiento de maestra para no sé qué pueblo. La pobrecilla está loca
de contento, pues ya gana su pan, y se quita el dogal de sus tíos, que
es fuerte apretura.
--Vamos, vamos allá hoy mismo, --volvió a decir Gil.
Y Bartolo, con semblante risueño, replicó:
--Hoy no vamos, por varias razones. La primera, que tu Pascuala y sus
tíos vienen aquí esta tarde a visitar las ruinas. Les ha invitado, y
en coche les traerá, el secretario del Gobierno Civil... Aunque ese
gaznápiro de don Saturio hará el papelón de adorar el cuerpo santo
de Numancia, viene con otra idea. Lo sé de su boca, que nunca miente
cuando habla de sus necedades. Viene a proponer a los arqueólogos de
acá y al señor ingeniero director de las cavas, _que ajonden_, _que
ajonden_, como decía el gitano del cuento, porque debajo de todo este
terreno que a la vista se ofrece, _todo es plata_. ¿No te ríes?... Otra
cosa: me ha encargado Pascuala que no le hables, y tan solo la mires de
lejos... Ella... supongo que a ti te mirará de lejos, y aun de cerca...
que para eso del mirar fingiendo que no miran tienen las mujeres un
juego de pupilas que ya, ya... Bueno: pues hay otra razón para que
no podamos irnos hoy, y es que tengo que mirar a mi negocio. Me han
dicho al llegar aquí que en estos días han salido de la tierra cosas
muy lindas de barro y de metal. ¿Y a ti no te ha deparado San Antonio
alguna monedita, o siquiera un cascote de ánfora con dibujo a rayas, de
ese que los señores sabios llaman _inciso_?
Como Gil le respondiera negativamente, añadiendo que si algo hubiera
descubierto lo habría presentado a los señores, Cíbico se burló de sus
escrúpulos, espetándole la vieja fórmula vulgar de que _lo que es de
España es de los españoles_.
Luego añadió, metiendo mano al bolsillo:
--Pues mira, por llegar pesqué esta medallita... Aunque es de cobre
tiene un gran valor, por ser, como reza el cuño, del tiempo de un tal
Sila. Es igual a otra que tuve y vendí. Se la compré esta mañana a un
chico de Calatañazor que trabaja en el Campamento Romano.
Se pararon. Cíbico le señaló un lugar distante donde se vislumbraba
hormiguero de cavadores, y dijo:
--Aquel es el primer campamento que estableció el sinvergüenza de
Escipión... El hombre no se anduvo en chiquitas. No alojaba sus
tropas en tiendas de lona, sino en casas de piedra, que formaban como
ciudades, con sus calles y todo...
En esto vieron venir a la pareja de Guardia Civil, y oyeron la voz de
Regino, que al aproximarse gritaba:
--Hola, maldito _Corre-corre_; ¿ya estás aquí? Gracias que te esperamos
sentados.
Saludáronse los cuatro cordialmente, y el ambulante abordó al guardia
de este modo:
--Ahí tienes ya las postales. Esta noche te las daré: son muy lindas...
Pero ¡ay! la más graciosa que te traía... ¡vaya una preciosidad!...
una hembra como un capullo de rosa... y en camisa... con aire de
inocencia deshonesta, como quien tapa y destapa. Pues, hijo, te has
quedado sin ella... Me la birló el cura de Buitrago. (_Risas._) Al
darle otras que me había encargado, vistas de catedrales y de la _Cara
de Dios_, que está en Jaén, se me fue entre ellas la tuya con la
señorita vergonzosa en camisa... Una equivocación... (_Carcajadas._)
No te quiero decir cómo se puso el hombre al ver la _profanía_... Su
cara echaba lumbre, rediós; le tembló la papada, apretó los puños...
«Grandísimo canalla --me dijo--, voy a denunciarte al Gobernador para
que te meta en la cárcel por vender estas porquerías»... Temblando
del susto, le contesté: «Don Atanasio, yo... yo vivo con todos... Se
la di porque venían mal barajadas... Venga esa porquería, que era
para otro cura»... Y él: «No, no te la devuelvo, bandido, recadista
del Infierno... Me quedo con ella, me la llevo a casa... pero es para
quemarla... Contigo debiera la autoridad hacer lo mismo»... Yo: «Pero,
señor cura, deme...» Y él: «No te la doy... Y para que veas que soy
hombre de conciencia, te la pago... Toma.» Me pagó, y al partir me
bendijo. (_Gran fiesta y chacota._)
Separáronse, marchando las dos parejas en direcciones contrarias.
Mientras Cíbico recorría casas de Garray buscando con huroneo sigiloso
monedas o fragmentos de cerámica para su granjería arqueológica, Gil
tiraba de pala y azadón en el lugar donde le habían puesto, y atento al
trabajo manual dejaba que su vagabundo espíritu aleteara en la ilusión
de ver a la ideal Cintia...
Y antes que llegase la hora de la tarde en que presumía el aparecer
de su dama, Gil se vio acometido por segunda vez del engaño visual,
consistente en ver agrandados desmesuradamente los objetos. «Vamos
--pensó el mozo--, ya estoy otra vez entre gigantes. ¿Para qué me
pondrá la Madre en los ojos del alma estos cristales de aumento? Sin
duda para que la magnitud de lo que veo me enseñe la elevación de
ideas.» Esto pensaba cuando vio a Cintia que de Garray venía, llevando
de un lado a su tío, de otro al secretario del Gobierno; seguía detrás
doña Baltasara con un bigardo peripuesto y de innoble facha, y en
último término la pareja de la Guardia Civil. El secretario, que era
un sujeto inflado, seco y vacío como un expediente, con bigote de
moco y corbata colorada, se había hecho acompañar de la pareja para
darse el pisto de llevar a sus invitados con escolta. Doña Baltasara
era mismamente una bruja, y don Saturio, ocultos los ojos con gafas
azules, los dedos gafos y nudosos metidos en guantes negros, el afilado
rostro sin otra expresión que la de su inconmensurable imbecilidad,
avanzó hacia las ruinas con andar y actitudes de hombre muy corrido y
entendido, de esos que no se rebajan fácilmente a la admiración.
Entre esta corte de grotescas figuras iba Cintia o Pascuala como una
reina, que si su hermosura la enaltecía, no la realzaba menos su
modestia. Vestidita con deliciosa sencillez, sin sombrero, porque
no lo tenía; la cabeza tocada de un velito, su traje de merino
azul oscuro muy parco en adornos, sus guantes, su calzado de cuero
amarillo, cuantos la veían pasar se la comían con los ojos. Ya se
sabe que a los de Gil, las figuras de Cintia y sus cargantísimos
acompañantes medían talla más que gigantesca. Si esto daba grandiosa
monumentalidad a la gentil estatua de Cintia, a los otros les agrandaba
la fealdad, haciéndola monstruosa. Con fija mirada les siguió Gil
en sus movimientos y en su examen de las reliquias descubiertas. El
inmenso majadero don Saturio señalaba enérgicamente al suelo con su
bastón, y a ratos lo hincaba en la tierra, cual si amenazar quisiese
a los antípodas, y hacía desaforados aspavientos, que el caballero de
este modo tradujo: «Señores, hagan caso de mí; _ajonden_, que debajo de
esta broza hay _un mar de plata_. Yo lo sé; soy perito en capas de la
tierra. Tengo el secreto; no me falta más que dinero para _ajondar_.»
Después que divagaron los visitantes entre montones de tierra y
paredones desenterrados, volvieron en dirección de Garray para ver
el Museo. La parada junto a donde Gil trabajaba fue lenta y no sin
peripecias. Por los desniveles del terreno y los obstáculos que a
cada paso se ofrecían, obligada se vio la bella joven a dar algunos
brinquitos, recogiendo un poco su falda... Aquí le ofrecía la mano el
Secretario, que pomposamente conciliaba la cortesía con la autoridad;
allí, por encontrarse más cerca, la sostenía Regino. Cada mal paso
era motivo de joviales comentarios. Al pasar Pascualita cerca de su
enamorado, desplegó todo el arte mujeril para echarle tiernas miradas
oblicuas sin que nadie lo notara... Alejáronse la familia de Borjabad
y acompañantes: sus tallas gigantescas no presentaron otra disminución
que la que marcaban las leyes de perspectiva... Desaparecida la señora
de sus pensamientos, Gil quedó en un mundo enano y oscuro. El sol
escatimaba su luz; apagábanse las voces, derivando en salmodia de
tristes murmullos; hombres y animales eran seres canijos y desmayados,
que pataleaban para no hundirse en la tierra húmeda. Esta se estremecía
débilmente con amagos de terremoto, como queriendo sepultar a la
generación presente junto a los huesos de la edad neolítica.
Con estas morbosas sensaciones, que eran las muecas de su melancolía,
pasó Gil lo restante de la tarde; y a la hora de suspender el trabajo,
fue a recogerle Cíbico, que le llevó a su alojamiento, en una casa
de las más pobres del pueblo. Quería mostrarle algunas bagatelas
arqueológicas recién adquiridas, migajas o raspaduras de la Historia:
una chapa, dos fíbulas de cobre, y un cuchillo de piedra. Esta última
pieza diputaba por muy valiosa, y se relamía pensando en los buenos
duros que habían de darle por ella. Las fíbulas mostró a su amigo,
dándole acerca de tales baratijas o adornos explicaciones muy eruditas.
Eran al modo de broches con que las señoras y señoritas de Numancia se
sujetaban el manto. Una era como culebrita de dos cabezas graciosamente
curvadas; otra como una _omega_, con los trazos superiores en rosca.
--Me figuro yo --decía Bartolito-- que las damas de aquel tiempo se
componían y emperejilaban mismamente como las de hogaño, con una
_transcendencia_ de perfumería que daba gloria olerlas... Y me figuro
yo que cuando iban a sus bailes y zambras, se pondrían sus mantones
de Manila, o cosa tal, prendiditos al pecho con estas que llamamos
fíbulas, y que vienen a ser como los imperdibles que yo vendo a real
o real y medio... De faldas iban muy ligeras, calculo yo, y se las
arremangaban hasta más arriba de la rodilla. Así lo he visto en unas
pinturas de la Academia de Zaragoza... En la delantera o pechuga
llevaban muy poca tela; de forma y manera que lo iban enseñando todo...
Para mí, Gil, y esto es idea mía, las damas que moraban en esos
terrenos que estás desescombrando, tenían tanta vergüenza como San
Sebastián pantalones... Todo por culpa del gentilismo, _verbigracia_,
religión de ídolos.
Atención tan vaga prestaba Gil a su amigo, que la charla de este poco
más era que el zumbido de un moscardón. Comprendiéndolo así Cíbico,
ya dispuesto a cenar en compañía de su ardilla, que le saltaba de las
piernas al hombro y del hombro a la cabeza, varió así de registro:
--Cuando los Borjabades iban a coger el coche, me acerqué a saludar a
tu novia. «Bartolo --me dijo Pascuala con un guiñito--, si vas a Soria
mañana, no dejes de llevarme la seda verde.» ¿Has entendido? Seda verde
quiere decir: «necesito comunicación». El recado que para ti me dé la
flor de la maravilla, entrará en tus oídos mañana a estas horas.
Retirose Gil consolado con estas ofertas y planes, y se fue a su
alojamiento en la sobrestantía, donde le esperaba la cena, y después
la entretenida tertulia que allí solían tener el capataz, la pareja de
Guardia civil y otros amigos. Apenas llegó al ruedo, le cogió Regino
por un brazo llevándole aparte, y fuera de la puerta se sentaron para
charlar de cosas que no interesaban a los demás. Era el joven guardia
muy comunicativo, afable en el trato, como hijo de muy decente familia
empobrecida. No carecía de instrucción elemental; distinguíase por su
exactitud en el servicio, y por su proceder noble y generoso en la vida
privada, por sus movimientos efusivos con derivaciones románticas. A
poco de tratar a Gil, que en Numancia era _Florencio Cipión_, le dio
paso franco a su simpatía, después a su amistad, pronto a su confianza.
Contábale a menudo episodios interesantes de su vida, en la que fueron
pocas las venturas, muchos y grandes los sacrificios. De sus amores
desgraciados hizo relato que parecía novela. La última novia que tuvo
le amargó la vida con horrible desengaño... Y él paseaba su tristeza
por los caminos que la pareja había de vigilar, y consolábase con la
idea de sorprender criminales en quienes descargar sus destemplados
humores.
Pero de improviso surgió en el alma del buen Regino una ilusión
potente, que le anunciaba nuevas alegrías y consoladoras esperanzas.
Con impaciencia pueril anhelaba comunicar al amigo el sentimiento que,
apenas nacido, no le cabía ya en el corazón; y de esto vino el cogerle
y llevarle aparte para decirle:
--Deseaba verte para referirte lo que me pasa. Hoy ha sido para mí día
grande, día de esperanza y de creer en Dios y en la Virgen. He visto
hoy una mujer que me ha vuelto loco. Apenas la vi, la tuve por la mujer
única, por la que ha de colmarme la vida. Engañado viví con otros
amores, y ahora me alegro de que pasaran, y del martirio que me dieran
me río, como se ríe uno de los castigos que le aplicaron en la escuela
por no saber la lección.
Viéndole venir, Gil turbado y suspenso le interrogó con dos palabras, y
el guardia se clareó al instante con estas candorosas explicaciones:
--La vi esta tarde visitando las ruinas con su familia y el Secretario
del Gobierno de Soria, y solo de verla quedé perdidamente enamorado de
ella, como si de antes enamorado estuviese por haberla visto en sueños.
Luego he sabido que se llama Pascuala, que es maestra con título, y
sobrina de aquellos señores adustos que la acompañaban... No hablé con
ella, ni el respeto me lo habría permitido... Solo mediaron entre ella
y yo estas palabras: «Sí... no... gracias... deme usted la mano... No
tenga miedo... gracias... Para servir a usted... gracias...» ¡Qué metal
de voz!... Se me metía en el alma como una música de serafines... ¡y
qué ojos, Florencio; qué mirar semejante al mirar de las estrellas,
cuando las estrellas le cogen a uno pensativo y con murrias!... Supongo
que entenderás esto, pues eres hombre agudo... Y, por último, mañana
mismo le escribiré a Soria pidiéndole relaciones; y si me atiende,
como espero, y nos tratamos, y del trato quedamos de acuerdo... bien
avenidos el uno con el otro, aquí tienes a un hombre dispuesto a
casarse, y se casará como hay Dios.
No esperó Gil el final del concepto para levantarse, y en pie junto al
guardia, con voz de convicción severa, le dijo:
--No te casarás, Regino, porque esa mujer, esa Pascuala... y de su
verdadero nombre hablaremos luego... esa que llamas Pascuala tiene ya
dueño. Y para que desistas de tu pretensión, bastará que sepas que es
mi novia; debiera decir mi mujer, porque juramento de tal me ha hecho,
y palabra de esposa me ha dado, sin que yo tenga la menor duda de su
fe, y de la verdad con que me entregó su corazón en prenda de su mano.
Levantose también Regino, movido de sorpresa y del estímulo de su
dignidad, hombre por hombre... y Gil prosiguió con mayor brío de este
modo:
--Es mía esa mujer. Por ella estoy aquí; por ella soy o parezco
esclavo, pegado a una herramienta vil. No está ya en mi poder por la
malquerencia de unos tíos tan infames como imbéciles. Pero eso no me
importa. Yo venceré con la ayuda de Dios... Y ahora te digo que si no
me reconoces el derecho de primacía y te obstinas en pedir relaciones
a mi mujer, se acabaron las amistades, y empieza desde este momento
la enemiga más fiera entre los dos. O te mato yo, para quedarme
solo frente a ella, o me matas tú a mí, para que sobre mi cadáver
la enamores y la rindas, que no la rendirás. Di pronto si avanzas o
retrocedes, si eres amigo o enemigo; y en caso de que te declares
rival, no despuntará el día de mañana sin que se decida cuál de los dos
quedará en este mundo.
Vaciló Regino en la respuesta. Los sentimientos que en el campo de su
alma chocaron en brava pelea durante segundos, no pueden definirse.
Quedó triunfante la honradez generosa, la cual no tardó en recibir
aliento de las virtudes nativas que fortalecían su ser. Pasando su
brazo sobre los hombros del amigo, le dijo con sinceridad valiente:
--Antes que enamorado soy hombre de bien, y aunque en mí no ves más
que un triste número de la Guardia civil, me tengo por caballero... Lo
que acabas de decirme me arranca la última ilusión, la última... ya
no más... Es mi destino sacrificarme: ayer por una madre, hoy por un
amigo... Veo la flor soñada; me acerco... y una voz me grita: ¡atrás!
¡Bonito papel hago en el mundo!... cuadrarme para que pase otro. Bien,
Florencio: de lo dicho no hay nada. Que tu novia sea tu mujer... Que
seas feliz... El ser tú dichoso y yo desgraciado, no estorba, no, para
que seamos amigos.