Refiérense nuevas aventuras y desventuras del caballero peregrino.
Estrecháronse con fuerte apretón las manos el guardia y Gil, con lo
que el primero dio fe de su hidalguía y el segundo de su gratitud,
correspondiéndose ambos en nobleza y caballerosidad. Bueno será decir
que si Regino concedió fácilmente su amistad a _Florencio Cipión_
a poco de tratarse, no tuvo poca parte en ello la idea de que bajo
las apariencias del rústico se escondía un caballero, el cual, por
reveses de fortuna o por otras causas impenetrables, disfrazaba su
verdadera condición. Algo de esto debió indicarle Cíbico, y él no dejó
de advertir la disparidad entre el humilde oficio del hombre y su
habla, rostro y actitudes. Y dicho esto, conviene añadir que también
Gil notaba en Regino disparidad análoga. Dentro del joven guardia civil
alentaba un ser de calidad superior. Así lo revelaban sus expresiones
y pensamientos, nunca villanos, casi siempre nobles; sus ojos azules,
que dejaban transparentar una segunda mirada, en acecho de ocasión para
ser primera y recobrar su prístino estado. Esto lo veía Gil, o se lo
figuraba en el intenso erotismo de su imaginación.
Terminaron, como se ha dicho, la disputa de rivalidad amorosa,
y procediendo los dos discretamente, hablaron de otro asunto
y se agregaron al ruedo familiar de los amigos... Disuelta la
tertulia y retirados los guardias, _Florencio Cipión_ se acostó
firmemente persuadido de haber encontrado en Regino un nuevo caso
de encantamiento. «No tengo duda --decía--, encantado está; solo
que aún se halla en el primer tiempo de la transformación mágica, y
no se ha dado cuenta de que fue persona criada en esfera más alta,
traída sabe Dios cuándo a la presente llaneza por delitos o graves
ofensas a la Madre... ¡Pobre Regino! O no entiendo yo de encantos, o
compañeros somos de esclavitud y expiación. La común desgracia nos hace
hermanos... Adelante.»
Clavada esta idea en la mente del caballero, hizo propósito de
estrechar su amistad con Regino hasta llegar a la compenetración de
alma con alma; pero de tales pensamientos le distrajo, en la tarde
del siguiente día, la llegada de Bartolo con premioso mensaje de
Cintia-Pascuala. Fue así:
--A Soria fui con seda verde, y vuelvo con seda colorada. Me ha dicho
tu novia que vayas allá inmediatamente. Ya tiene pensado dónde y cómo
podréis hablaros, y decidir todo lo que toca a vuestras incumbencias
para el hoy y para el mañana... Conque despídete, cobra, y esta noche
vamos andando los dos... Se me olvidaba lo principal, y es que a
Pascuala le han dado ya los señores Gaitines la escuela de párvulos que
le ofrecieron. El lugar es Calatañazor, encaramado en un cerro, entre
centinelas de picachos que asustan, y muros deshechos de un viejísimo
alcázar o ciudadela.
Tomó resuello Bartolito para seguir informando:
--El pueblo es horrible, pobre; pero Pascualita se conforma esperando
mejorar de localidad. Los tíos se quedan en Soria muy contentos de
que la niña cobre del procomún unas miajas de sueldo, que suponen
cocido flaco y sopas... En Calatañazor vive un Borjabad que trafica
en cordelería... Viven también Gaitines, que esta casta maldita por
todo el contorno extiende sus rejos y garfios... Que yo conozca, hay
allí una Quiteria Gaitín, que es la más rica del pueblo. Tiene muchas
cabras, cuatro cerdos, y un hijo que es secretario del Ayuntamiento.
Te lo cuento para que sepas que te saldrán enemigos en aquellas
peñas y ruinas de fortalezas, donde lo menos temible es el sin fin
de escorpiones y sabandijas que moran en ellas. Lo primero es que
hables con tu novia, la cual, combinando su agudeza con tu talento,
discurrirá contigo lo que debéis hacer para salir de penas... Otra
cosa se me olvidaba, que es muy importante: el bobalicón de don
Saturio ha encontrado la horma de su necedad: un francés que ha caído
en Soria con la _fantesía_ de buscar tesoros ocultos. Para mí que
es un farsante; pero él se intitula _ingeniero_, y ha vuelto al tío
de tu novia más loco y más bobo de lo que estaba... Dice el francés
que habrá capitales... Dice don Saturio que él, como buen zahorí,
responde del _mar de plata_... Total: que mañana salen para la sierra
del _Almuerzo_, donde harán calas y cataduras. Dígote esto, para que
veas que tu peor enemigo se te aleja, o se va volando como las brujas,
montado en la escoba de su mentecatez.
Con lo dicho y algunos detalles añadidos por Cíbico, quedó Gil bien
informado, y prontamente se dispuso a levantar el campo... Al anochecer
partió con Bartolito; en breve jornada llegaron a Soria y alojáronse
en un posadón próximo a la iglesia colegial de San Pedro, no lejos
del puente sobre el Duero. Eligió Bartolo este sitio por cercano a
la vivienda de Pascuala, junto al Carmen. Lo primero que el buhonero
recomendó a su protegido fue que permaneciera en la posada fingiéndose
enfermo, pues el no dar a conocer su persona en las calles era un ardid
estratégico de indudable conveniencia. Cíbico, trotando por la ciudad
en el metisaca de su negocio, se encargaba de prepararle la entrevista
con la guapa moza, la cual pudo efectuarse a la noche siguiente en un
callejón anguloso y casi desierto, al costado del Carmen.
En la alegría de verse y estrecharse con efusión las manos, se les
fue a los novios buena parte del tiempo marcado para la duración de
la entrevista. Por primera vez desde las placenteras noches de Ágreda
se veían juntos, en soledad amorosa, protegidos del silencio amigo
y de la discreta luz que de la luna encapuchada venía. Repitieron
la canción de sus puros afectos, y el madrigal de su inquebrantable
constancia y desprecio de contrariedades del mundo, y en el poco tiempo
que les quedó de estos apasionados dimes y diretes, reforzados con la
doble cadena de sus brazos, que más sabían apretarse que distenderse,
trataron de las resoluciones prácticas que habían de tomar.
Dijo Cintia que al día siguiente tempranito saldría para Calatañazor,
a posesionarse de su escuela y comenzar su trabajo. Irían con ella
su tío, en segundo grado, Aniceto Borjabad; la esposa de este,
llamada Sabina, y un chico de Quiteria Gaitín que era secretario
del Ayuntamiento. Desechara Gil sin vacilación alguna la idea de
acompañarla en aquel viaje. Sería muy peligroso que las personas que
habían de ir con ella conociesen a su novio. Este se quedaría en Soria,
para salir dos días después con Cíbico, que en cuerpo y alma estaba con
ellos, y de cabeza les amparaba y servía.
Oyó Gil con frialdad este plan que desbarataba el suyo, más expeditivo
y de solución inmediata; pero hubo de ceder a las discretas razones
de Cintia, que en aquel caso era la prudencia de la mujer atenuando
la temeridad del hombre. Con tristeza se resignó este, y ofreció no
aportar por Calatañazor hasta que le llevase en su ambulancia comercial
el pacotillero, como llevaba su ardilla y los carretes de hilo y
algodón. Sentía sobre sí el peso de la esclavitud que su encantamiento
le imponía, y toda línea de conducta que él se trazara con libre
voluntad, quedaba desvanecida por el férreo trazo de la misteriosa mano
invisible.
Salió Cintia para Calatañazor con la guardia de enfadosos parientes
o amigos; salieron con tres días de diferencia Bartolo y Gil, este
en guisa de ayudante o escudero: llevaban una burra cansina y añosa
cargada con la ropa de ambos, y los paquetes de género para una
expedición que había de extenderse hasta Roa y Peñafiel. Compró Cíbico
la pollina en Soria, donde algunos dineros tenía, aumentados con doce
duros que le dio un inglés por el cuchillo neolítico, y que seguramente
figuraría en un museo de Londres. Iba el jefe del convoy muy gozoso,
alegrando al paso el país y la gente que encontraba; a Gil agobiaban de
tal modo el peso de su tristeza y el embarazo de su esclavitud, que en
largas horas de camino apenas pudo Bartolo sacarle del cuerpo escasas
y frías palabras. Escala hicieron en Golmayo, con algunas ventas;
escala provechosa en Carbonera; pasaron después a Villaciervos, donde
les fue bien, y mejor en Villaciervitos; llegáronse luego a Mallona,
donde tuvieron una larga estadía, por habérseles enfermado la burra (de
catarro intestinal, según diagnóstico de Cíbico, que se vio precisado a
oficiar de veterinario y clistelero), y al fin, a los veinte días de
partir de Soria, despacito y con descanso, más por la burra que por las
personas, avistaron la histórica villa de Calatañazor, empingorotada en
un cerro, guarnecida de torres y de imponentes y ceñudos peñascos.
La impresión de Gil al trepar, casi gateando, por la pendiente que
conduce al pueblo, fue horrorosa. ¿Vivía gente allí, habiendo en el
mundo tantos y tantos lugares menos desapacibles? Traspasaron la
muralla por una caduca puerta entre carcomidos torreones, y dentro
seguían los desniveles espantables, calles en cuesta, calles con
escalones, casas montadas sobre casas, arroyos lindando con tejados,
una iglesia de aparato monumental, en las puertas gente asustada de
ver forasteros, aunque de muchos eran conocidos Bartolo y su ardilla.
Torciendo a la derecha, llegaron los caminantes al rincón menos áspero
de la ciudad, una solana o miradero que dominaba un abismo, en cuyo
fondo plateaba el río Milanos.
--Aquí tenemos nuestro albergue --dijo Cíbico a su escudero, parando
la borrica en un portalón desvencijado--. Aquella casa que allí ves
pintada de ocre, es la escuela. Aguárdate un momento aquí. Yo me acerco
_al templo de Minerva, vulgo_ Instrucción Primaria; meto el hocico, y
si veo que está Pascuala sola con sus parvulitos, te miro, llevándome
la mano a la gorra como si te hiciera saludo militar. Vas tú, la ves,
hablas un poco, y yo te espero en el parador.
Así se hizo, y antes de llegar Gil al vetusto caserón recién pintado de
amarillo, oyó el vocerío y cantorrio de los chicos y chicas, que se
le metió en el alma cual una música venida del mismo cielo. Segundos
después entraba en la escuela; Pascuala se demudó al verle. Suspendió
la lección para saludar a su novio con un gracioso festejo de su cara
y de todo su espíritu. La alegría súbita tuvo a los dos perplejos un
instante, sin saber qué decirse... De las expresiones de sorpresa
y contento pasaron pronto al diálogo tirado, que fue rapidísimo,
nervioso, en violento zig-zag, por la precisión de decir mucho en
tiempo corto. Se reproduce y extracta lo dicho por Cintia:
--¿Has visto pueblo más horrible?... Me han traído a una cárcel... Soy
prisionera y mártir, Gil; me rodean y acorralan personas que el primer
día me fueron antipáticas y hoy me son odiosas... ¡Ay, si tuviera
tiempo de contarte...! Mi único consuelo está en las pobres criaturas
que aquí ves... Las quiero, y ellas me quieren a mí... creo yo que
tanto como quieren a sus madres... tal vez más... Aquí, practicando el
magisterio... he descubierto que sirvo para educar niños y encender en
ellos las primeras luces del conocimiento... ¡Ay, Gil de mi vida! te
juro que ahora mismo huiría de Calatañazor si pudiera llevarme a mis
nenes.
Replicó Gil que en otros pueblos menos desagradables había también
niños que instruir, y que él la llevaría sin tardanza a donde pudiera
conciliar su amor al magisterio con los demás afectos que embellecen la
vida...
--Ven, disponte, vámonos, déjate robar.
Oyó esto Cintia con estupor, admitiendo y rechazando la idea. No tardó
en aparecer el miedo en su expresivo rostro. Miraba con terror a las
dos puertas de la sala escolar: la una daba a la calle, la otra a un
patio... Temía la maestra que entraran importunos testigos a meter sus
narices en la visita. Luego, turbada y temblorosa, dijo:
--Que venga Bartolo y hablaré con él... Pero tú no vengas, tú no...
Conviene que nadie te conozca en el pueblo... ¡Ay qué vida, Gil de mi
alma!... Mírame. ¿Verdad que en las tres semanas de este martirio,
encanto, esclavitud, o lo que sea, ha enflaquecido tu pobre Cintia? Me
quedaré en los huesos si no me llevan a otros aires, a ver otras caras
y a oír otras voces... ¡Ay mis chiquillos! Sería yo feliz si pudiera
llevármelos. ¿Por qué es tan linda y tan amorosa la infancia donde
los mayores son fieras?... ¡Oh, siento pasos!... Alguien viene por el
patio. Vete, Gil, vete... ¡Por Dios...! Hablaré con Bartolo, y por él
sabrás... Pronto, Gil... Sigo mi lección. A ver, niños: tú, Pepe; tú,
Nazario, Nicolás... Decidme, niñas... A ver: tú, Felisa, Zoila, Inés,
vamos atrás... _Be, a, ene: ban_...
Salió el caballero, obediente al mandato de su dama, y en el mesón
aguardó ansioso a que Cíbico volviese de su correría por el pueblo y le
llevase noticias más concretas de Cintia y de su indudable sufrimiento.
Bien seguro estaba de que Bartolo no volvería sin tener un careo con
ella, y otro con las personas que la mortificaban... Cerca ya de
anochecido llegó el buhonero, y con su ágil locuacidad dio cuenta de lo
que ocurría. La tal Sabina, mujer de Aniceto Borjabad, era una bestial
lugareña, crasa y soez; el marido no le iba en zaga, distinguiéndose
de ella en la virilidad de su barbarie. Movíales el egoísmo, el temor
de que Pascualita (a quien todos en aquel pueblo llamaban _Pascua_) se
desviase por caminos distintos de los que había trazado el buscador de
minas don Saturio. En ella veían una joya de gran precio que la familia
debía conservar a todo trance.
Si molesta era la presión y vigilancia que el matrimonio ejercía
sobre la infeliz doncella, el mayor suplicio de esta provenía del
secretarillo del Ayuntamiento, Galo Zurdo y Gaitín, el más apestoso
ganso de la localidad y de todo el territorio. Protegido por la familia
de su madre, no ponía freno a sus apetitos, ni reparaba en medios
para llegar a su fin. A ratos empalagoso, a ratos insolente, a Pascua
requería por lo fino, ofreciéndole inmediato matrimonio, o por lo
basto, solicitando con amenazas un amor irregular. No tenía fin el
relato y pintura que hizo Bartolo de la salvaje presunción y cursilería
del tal Galo Zurdo. Vibrante de indignación, Gil se puso en pie, y
echando mano al cinto donde tenía la navaja, gritó:
--Dime, dime pronto dónde está esa bestia para matarla ahora mismo.
Cíbico logró calmar a su amigo con prudentes razones, y siguió
exponiendo la situación y su posible remedio.
--Aunque el entusiasmo de su oficio --dijo-- tiene a la pobre maestra
como embargada por el cariño a las criaturas, ello es que ha de
decidirse pronto entre el suplicio y la libertad... Libertad ha dicho
al fin, después de amargas dudas, y libertad hemos de darle esta misma
noche. Las últimas palabras que oí de su boca linda fueron estas,
Gil: «Huiré con vosotros, si Dios quiere que yo logre escabullirme
de la casa de estos tiranos sin que me estorben la salida. La mayor
dificultad será que pueda sacar mi ropa... Mas aunque tenga que escapar
con lo puesto, escaparé, llevando con vosotros toda mi alegría y una
sola tristeza: el abandono de mis queridos niños.» Esto me dijo;
y ahora, Gil, arrimemos a la obra todo tu ingenio y el mío, y mi
travesura que vale por todo el talento de los siete sabios de Grecia.
Viendo a su amigo dispuesto a las resoluciones más audaces, lo primero
que discurrió Bartolito fue llevarle a donde pudiera por sus propios
ojos conocer y medir el campo de operaciones. Salieron, pues, solos, a
las nueve dadas, como que iban a tomar el aire y encender un pitillo
después de cenar, y Gil pudo inspeccionar la escena de su aún inédito
drama. En aquella extremidad de la villa, las murallas estaban rotas;
solo permanecía entero un torreón, en el cual, bajo un arco tapiado,
abríase un portillo. En el tímpano del arco campeaba una imagen con
faroles sin luz: no se distinguían la calidad y sexo de la religiosa
figura. No lejos del portillo, por dentro, estaba la escuela, y a pocos
pasos de esta, con un callejón intermedio, la casa de Aniceto Borjabad,
donde _Pascua_ moraba. Era vivienda humilde, prolongada en el dicho
callejón y en otro de travesía por una tapia de corral o patio. Puerta
vieron en la fachada, portalón en la tapia, como para el entrar y salir
de animales de labranza.
Fuera del portillo se iniciaba un caminejo tortuoso, con abruptas peñas
de una parte, de otra con vertiente también riscosa, camino que en
largo trecho conservaba la rasante horizontal en sus ondulaciones.
Estas eran bruscas, determinando anchuras seguidas de irregulares
estrecheces. Recorrieron los dos hombres como unos doscientos pasos
por esta vía torcida y llana, hasta llegar a un humilladero, ya de
baja en la devoción popular. Desde allí partían veredas cuesta abajo,
entre rocas y zarzas, difícil camino para recorrido de noche, pero
muy apropiado para una fuga o desaparición en los profundos abismos.
Explorado el terreno, trataron los amigos del plan de escapatoria.
Despediríanse del parador a las diez de la noche, saliendo del pueblo
con su burra y ardilla por donde habían entrado, y en un soto con
arboleda, muy conocido de Cíbico, establecerían su base de operaciones.
En el soto quedaría Bartolo con la burra, y Gil subiría por las veredas
que antes le indicó desde arriba, situándose en la parte interior del
portillo para esperar a Cintia, que después de las doce se escurriría
lindamente fuera de su casa, llevándose toda la ropa que pudiera
contener en un hatillo de fácil transporte.
Salieron, según se ha dicho, y aparentando las formas corrientes del
trajineo mercantil, bajaron al llano y se corrieron hacia el soto.
--Aquí me quedo yo --dijo Cíbico atando a un árbol la pollina--. Y
ahora, pues tenemos luna nueva de cinco días, medio creciente, podrás
enterarte bien del terreno... Aquí hay un puentecillo: pasémoslo...
Desde esta cabecera parten las veredas que suben hasta el caminejo
llano que arranca del portillo. La subida es agria: estúdiala, cuesta
arriba, para que la bajada te sea fácil. Te sitúas en el portillo por
la parte de dentro, que estará en sombra. Si Pascuala no puede salir,
nuestro gozo en un pozo. Al amanecer te retiras... Si la moza halla
medio de escabullirse callandito, te la traes acá... Con un silbo
puedes anunciarte, y yo te contestaré imitando un ladrido de perro
quejumbrón. Ya me lo has oído, y no confundirás mi ladrido artificial
con el de los perros naturales... Y ya no más, que el tiempo apremia.
Súbete corriendo, y la Virgen nos ayude y Dios haga la vista gorda...
Si bajas con tu novia, montará ella en la burra, y ¡hala, hala!
antes que sea de día llegaremos a Torreblascos; de allí, en buenas
caballerías partiréis a la estación de El Burgo, y bien disfrazados y
con nombre supuesto tomaréis billete para Valladolid... Dinero tengo
para todo... Y basta ya de matemáticas... Yo, general en jefe, te mando
que subas _como un solo hombre_ a ocupar tu puesto.
En menos de media hora, subiendo aquí, gateando allá, pudo llegar el
encantado Gil-Tarsis a la vera del portillo. Reconoció el sitio por
fuera y por dentro, y viéndolo en discreta soledad, se ocultó en la
parte de sombra, como un centinela se mete en su garita. Hallábase
el hombre en un desconcierto nervioso tan agudo, que sus sentidos
no apreciaban fielmente las cosas reales. Si sus ojos le daban la
sensación de soledad, sus oídos no transmitían al cerebro impresión
de silencio; oía rumores que no se avenían con la total ausencia
de personas, animales y bultos movibles. Por un momento creyó el
caballero que se le habían metido en las orejas moscardones infernales,
que le fingían estruendos y voceríos atronadores. Primero sintió
ruido de cataratas; después... del interior del pueblo venía un rumor
completamente absurdo en hora tan avanzada de la noche. De la breve
visita que en pleno día hizo a Pascuala, sacó pegado al tímpano el
cantorrio de las criaturas deletreando en la escuela: _be, a, ene:
ban_... Y en aquella hora crítica de la noche, el encantado cerebro
repetía con estruendo de mil voces de chiquillo el _be, a, ene: ban_...
Variaba de pronto así: _che, i, ene: chin_.
«¿Será posible --pensó Gil-- que a estas horas esté Cintia dando
lección a los chicos? No, no puede ser... Es engaño de mis oídos...
pero ¡qué terrible engaño!»
En esta confusión, un nuevo extravío, quizás realidad anormal, le
impresionó por el sentido de la vista. De la parte afuera del portillo
venía un resplandor de luz verdosa que a cada segundo se hacía más
lívida. Salió Gil a cerciorarse de tan extraño fenómeno, y vio que por
encima de un alto monte, no situado al Naciente, salía la inverosímil
aurora verde... La luna derivaba hacia Poniente, blanca y pensativa.
La claridad lívida iluminaba todo el camino curvo y las pendientes que
bajaban hacia el río. Diríase que celestes bengalas encendidas por
ángeles, ya que no por demonios, imitaban o fingían un día que burlaba
las exactitudes cosmográficas.
«No es el día --pensó Gil--; es una noche en que se insubordinan con
loco humorismo los elementos... Esto es un carnaval de la Naturaleza,
una burla que hacen de mí y de Cintia los encantadores perversos,
enemigos de mi Madre... Madre, devuélveme mis tinieblas, apaga esas
luces que adulteran mi noche.»
Fuera de sí, trató de volver al pueblo... La luz iba cambiando hacia
un rosa tenue... Intenso rosa era ya, cuando Gil vio aparecer a Cintia
franqueando el portillo con paso inseguro y actitud medrosa. Hacia ella
corrió, vacilante entre la alegría y un dudar angustioso. ¿Era Cintia
en cuerpo y alma, o falaz apariencia, obra de los genios malignos que
habían trocado la noche oscura en día rosado? Tocó los brazos, el
hombro y la cabeza de la hermosa mujer, diciéndole:
--Cintia de mi vida, creí que no eras tú, sino tu imagen... ¿Estás
segura de ser tú?
--Yo soy --dijo Pascuala temblando--. No sé cómo he podido salir... Mi
tía Sabina no quería dormirse, como si sospechara mi fuga... He podido
sacar parte de mi ropa, que traigo en este envoltorio... Y aquí me
tienes, Gil... quiero y no puedo. Cada paso que doy hacia ti me cuesta
un esfuerzo enorme... Estoy paralizada... Estoy alucinada. Dime: ¿qué
claridad es esta, y de dónde viene? Veo los montes, el sendero; véote a
ti en una espléndida iluminación rosada...
--No sé quién ha encendido esta luz --dijo el caballero, poseído
de estupor y ansiedad--. Explícame otro fenómeno que me confunde y
anonada. ¿De noche das lección a tus chiquillos? He oído las voces
tiernas deletreando.
--No doy lección de noche. Es absurdo... --repitió Cintia, cuya voz y
actitudes eran como las de una sonámbula--. Y también yo... no sé lo
que me pasa... yo también oigo el sonsonete de mis amadas criaturas...
¿Qué es esto? Parece que salen en tropel de la escuela... Vienen tras
de mí.
--Ven... huyamos... salvémonos de esta fascinación horrible...
hechicería que no entiendo.
Tiró del brazo de Cintia, y esta clamó acongojada:
--Me haces daño. No puedo andar.
Oíase la cantinela infantil más cercana, como traída por un ventarrón
que venía del pueblo. Y de súbito aparecieron, corriendo y brincando,
niñas y niños... La primera tanda era de diez o doce... siguieron como
unos veinte... luego fueron cientos, que a los ojos aterrados de Gil
eran miles. Unos traspasaban el portillo, otros saltaban entre los
huecos del muro despedazado. El enjambre no tenía fin; el griterío era
como un inmenso piar de pájaros o zumbar de insectos. La turba rodeó a
Cintia; innumerables manecitas se agarraron a la falda de la maestra,
y mientras unos repetían el _che, i, ene: chin_, otros chillaban:
«_Pascua_, nuestra _Miga_, no te vas... _Pascua_, no dejar tus nenes...
_Miga_, ven con niños tuyos.»
Centuplicó Gil su voluntad, y echando los brazos al talle de Cintia,
trató de vencer las ligaduras, que, por ser tantas, vigorosamente la
sujetaban. Algunas criaturas, encaramándose sobre otras, subían hasta
el cuello de la maestra, y la oprimían con sus brazos y apretaban sus
caritas contra el rostro de ella. El colosal esfuerzo de Gil fue tan
vano, como si arrancar quisiera un sillar empotrado en fuerte muro...
Ahogada por los abrazos, inmovilizada por los tirones, Cintia solo
pudo decir:
--No me dejan... Vete, Gil... Ya ves, no puedo... Esclava soy de esta
menudencia...
Sintiose el caballero paralizado... Quiso hablar: no pudo. Vio a Cintia
desaparecer bajo el arco del portillo conducida por la infantil turba,
cuyos chillidos triunfales se apagaban en el interior del pueblo.