TARSIS.--¿Y la Madre, dónde está? ~(Con todo su interés en los ojos.)~

BECERRO. ~(Atontado.)~--¡La Madre!... Deje que me acuerde. Usted

llama Madre a la que yo llamo Hermana mayor, que es aquella parte

de la Historia patria que abraza desde la venida de los griegos

hasta la caída de Numancia... Pues a esa Hermana debo mi curación.

Sabrá usted que es amiga y familiar del Ministro... Ambos son de la

misma edad... Mi excelente Hermana, o si usted quiere, Madre, tuvo

la feliz idea de que cambiando de aires me pondría bueno; habló

al Ministro, apretándole a que me diera una colocación en estas

ruinas. El hombre estuvo pensándolo seis meses, y al cabo de ese

tiempo y de otro tanto de expedientismo veloz, me trajeron acá.

El destino que disfruto no es ninguna ganga. No tengo funciones

técnicas, sino administrativas... Soy auxiliar de no sé quién...

cobro del material... Pues aunque mi puesto es indecoroso y de

cortísima remuneración, trabajo como un negro. Entre usted en ese

cuarto, y verá mis planos, mi trabajo de reconstrucción, día por día,

de los asedios que sufrió Numancia desde que a ella se acogieron

los _segedenses_ en el 153, antes de Jesucristo, hasta que quedó

_autodestruida_... esa palabra empleo... en el 133...

TARSIS.--Y entretenido en esas tareas gratas, se ha curado usted de

la neurastenia.

BECERRO.--Sí, gracias a Dios... Estos aires, tan sanos como

heroicos... la Historia alta, y llamo alta a la que nos cuenta las

virtudes máximas; la Historia de altura es el mejor de los tónicos.

Heme restablecido aquí. Ya no me queda más que un remusguillo del

pasado achaque... Algunos días, cuando sopla ese viento que los

griegos llamaban _Apellotes_, o aquel otro llamado _Eurus_, me siento

un poquitín tocado. Ayer precisamente estuve todo el día estudiando

la táctica y movimientos del primer expugnador de Numancia, Quinto

Fulvio Novilio, el que trajo el escuadrón de elefantes... A estas

bestias de gran calibre consagré yo mis cinco sentidos; las hice

avanzar de tres en fondo sobre los numantinos; fijé el punto en

que los animalitos, digo, animalotes, se espantaron, y volviendo

grupas de improviso, llevaron la confusión y el desorden al campo

romano... Pues anoche... Verá usted... salí a tomar el aire, y como

de costumbre... me alejé... campo adelante. Hallábame tan despierto

como ahora lo estoy, puede creérmelo... ¿Cuál no sería mi sorpresa

al ver venir los elefantes desmandados, como le estoy viendo a usted

ahora? Era un horror. Bajo las pisadas de aquellos monstruos temblaba

la tierra... Quise huir, caí al suelo... Los terribles paquidermos

pasaron sobre mí... Imagínese usted... Cada una de sus patas pesaba

como una torre... ¡Ay, ay! testimonio de aquel desastre son los

dolores que tengo en este lado, ¡ay!

TARSIS.--¡Pobre don Augusto! Debe usted descansar, recogerse pronto.

BECERRO.--¿Para qué? ¡Si yo no duermo...! Con dos horas de sueño me

basta. Trabajaré hasta las cuatro... Pase usted a ese tugurio donde

me han metido, y verá lo que abultan mis papeles... A cada general de

los siete que mandó Roma contra esta ciudad invencible, consagro un

tomo... Los años suceden a los años, y Roma, que domina el mundo, no

acaba de conquistar este palmo de tierra. En mi Historia acuso las

cuarenta a cada uno de los bárbaros caudillos que vinieron acá, y lo

mismo le sacudo a Pompeyo Rufo que a Hostilio y a Filón; y si a este

le demuestro que robaba cuanto podía, al otro le descubro que era

tartamudo y borracho. El tocayo de usted, Escipión, ya es otra cosa.

Por sus antecedentes militares y sus victorias en África, le consagro

dos tomos... Vino aquí cuando Numancia llevaba quince años de lucha

contra Roma... El tal Escipión era hombre de cuenta. Lo primero que

hizo fue limpiar su ejército: despidió a los buhoneros y cantineros,

los _Bartolitos_ de entonces... y despachó también con viento fresco

a _diez mil_ mujeres romanas de las que llamamos _del partido_. Ahí

es nada: diez mil _hetairas_, que las tropas traían consigo para

pasar el rato. Eran bonitas, juguetonas, venustas, maestras en danzas

y garatusas para enloquecer a los hombres y llevarles a la molicie.

Expulsadas por Escipión, las diez mil damas que ahora llamaríamos _de

las Camelias_, se esparcieron por la feraz Hesperia, con lo que Roma

realizó la penetración pacífica: unas se quedaron en el territorio

de los _Arévacos_, otras en el de los _Pelendones_, donde hicieron

asiento, vulgarizando el nombre de _pilindongas_... Pocas fueron a

establecerse entre los _Edetanos_ e _Ilergetes_; las más corrieron en

busca de los pueblos ricos, y llegaron con sus gracias a la opulenta

_Hispalis_, o a _Gades_ frecuentada por extranjeros, a _Cartago

Espartaria_, a la gran _Barcino_, ciudad generosa y abierta siempre

a toda hermosura y elegancia. Con activa erudición de cazador de la

Historia he seguido yo el paso de estas bellas peregrinas, y las veo

instaladas muy a gusto en los pueblos que se llamaron _Turdetanos_,

_Bástulos_ y _Túrdulos_, donde si alguna novedad enseñan, más pueden

aprender en achaque de danza y meneos graciosos con crótalo y laúd...

Pero se cae usted de sueño, y no es bien que yo le robe el descanso.

TARSIS.--Sueño no falta... Pero el gusto de oír a un hombre tan sabio

vale por diez camas... Siga.

EL CAPATAZ. ~(Acercándose respetuoso.)~--Déjele, don _Angosto_, digo,

don Augusto. El pobre está rendido.

BECERRO.--Idos al descanso... ¿Qué tenéis para mañana?... ¿Vais al

campamento romano dejando a medio desescombrar la calle longitudinal

de la ciudad celtíbera?... ¡Error, desatino! ~(Triste, sacudiéndose

un cínife que picarle quería.)~ Si aquí mandase yo, establecería

en los trabajos el sistema perpendicular combinado, concretándome

a la calle numantina que puedo llamar calle maestra de la ciudad

heroica... Descubierta la romana, apurar el descubrimiento de la

celtíbera, y proceder luego a descubrir la ciudad prehistórica,

dedicando a esto las calles transversales. Llamo a este sistema

perpendicular combinado porque, ahondando siempre, exhumo a Numancia

en el sentido de Norte a Sur, y a la ciudad prehistórica en las

calles de Este a Oeste... Pero yo no mando, yo no dispongo nada...

He venido de agregado al caos, o sea lo que llaman administración...

Amigos, buenas noches. Que descansen: yo no tengo sueño y estudiaré

hasta el alba... Un momento; óiganme dos palabras. La ciudad

prehistórica, innominada y desconocida, es más interesante que todo

lo romano y lo celtíbero. Para mí, la ciudad que yace debajo de

Numancia es una de las que Gerión, natural de Caldea, fundó en esta

comarca, ocupada siglos después por los _arévacos_... Y aquí fue

donde los hijos de Gerión mataron, como ustedes saben, a Trifón,

hermano de Osiris...

EL CAPATAZ.--Don Augusto, buenas noches.

BECERRO.--Adiós. ~(Para sí, dirigiéndose a su cuarto.)~ Estas pobres

bestias en dos pies son máquinas musculares, que no piensan más que

en fortalecerse con la comida y en engrasarse con el sueño.

EL CAPATAZ. ~(Andando con Gil hacia su alojamiento.)~--Este don

Augusto está un poco ido.

TARSIS.--Enteramente ido. Sabe mucho.

EL CAPATAZ.--Sabe; pero no rige... Es un infeliz. Le han mandado aquí

como para darle una limosna.

BECERRO. ~(En su cuarto, requiriendo libros y papeles.)~--¡Feliz hora

esta de soledad y silencio! Sigo excavando en tu ser espiritual,

¡oh Numancia! como esos brutos desentierran tus huesos... Decidme,

mujeres numantinas: ¿qué sentíais, que pensábais ante la ilustrada

fiereza de Escipión Emiliano? Hablad, bárbaras hermosuras, inflamadas

en el santo amor de vuestros héroes, sacerdotisas de la dignidad de

vuestro pueblo. ¿Y vosotros, niños numantinos, con qué juegos os

adestraban para la guerra? ¿Jugábais a manejar la honda, a imitar

las catapultas y arietes de vuestros enemigos?... Quiero saber si

vuestras madres os llevaban pegados a sus pechos cuando iban a

disparar flechas contra el romano... Héroes, decidme qué os daban

de cenar vuestras mujeres cuando volvíais de la pelea: ¿cenabais

guiso de cecina con _erebintos_, que hoy llamamos garbanzos? ¿En los

fieros combates os excitábais apurando esa bebida hecha de cebada,

que llamabais _celia_? Señoras numantinas, lo que esta noche quiero

desentrañar es si vuestra religión os permitía la poligamia, si

vuestros sacerdotes eran castos, si erais charlatanas y presumidas,

y os componíais mucho para ser gratas a vuestros hombres. Decidme

si asistíais gozosas a esos templos formados por grandes peñascos

enhiestos, si veíais con gusto correr la sangre en los sacrificios,

si cuando descuartizábais al prisionero alababais a vuestras feroces

divinidades, y si teníais fe en el arúspice que del examen de las

entrañas de la víctima sacaba el conocimiento del porvenir...

Decidme, hombres, si entre vosotros hubo sabios investigadores que

se dedicaran, como yo, a esclarecer las oscuridades paleolíticas.

Preguntadles, os lo suplico, si vuestra lengua procede del caldeo o

del etrusco. ¿No llamáis a los gazapos _laurices_, al vino _bacho_

y al escudo _cetra_?... A los sabios preguntad si la población

prehistórica enterrada bajo vuestra Numancia es _Andarisipo_,

fundada por los _Tartesios_, según mi amigo Estrabón, o _Copsanio_,

de origen cántabro, según Pomponio Mela... ~(Pausa. Prepárase a

escribir.)~ ¡Hermoso silencio! El alma del erudito se extasía en

la sublimidad de estas ruinas gloriosas. ¡Oh ensueño, oh dulce

embriaguez de los enigmas atávicos! Ya que no venís a mí, hermanas

pelásgicas, etruscas o fenicias; ya que no quiere Dios que yo penetre

el misterio de vuestro origen, dejadme que busque y husmee vuestras

huellas; y a estas piedras dormidas preguntaré si sois hijas de

Atlas o Héspero, si os trajo Gárgoris, rey de los Curetos, para que

fuerais fundamento y troquel de la civilización hispánica... Mientras

Numancia duerme, el erudito vela, y entrega todo su ser al deliquio

histórico... El enamorado de la antigüedad os busca, os persigue, os

evoca con su abrasado aliento... ~(Poseído de frenético entusiasmo.)~

¡Oh! ya me siento león... ya mis dedos son garras, ya sacudo la

melena, ya la fiereza hierve en mi corazón, ya causo espanto, ya

resoplo, ya rujo... Allá voy. ~(Salta por encima de la mesa y sale

rugiendo.)~

TARSIS. ~(Agitándose en su camastro.)~--¡Ay de mí! ¿Qué es esto? Caí

en el primer sueño como en un pozo, y ahora... ¿Qué ruido es ese que

me atormenta?

EL CAPATAZ. ~(Despertando.)~--¡Eh! ¿Qué te pasa? ¿Hablas dormido?

TARSIS.--Me ha despertado un ruido espantable...

EL CAPATAZ.--¡Otra! Se me olvidó decirte que ronco como un piporro...

TARSIS.--No es ronquido lo que oigo, sino el _baladro_, alarido de

animal fiero.

EL CAPATAZ.--Oigo a los perros que ladran a la luna.

TARSIS.--Es más fuerte y temeroso que el ladrar de los perros. Ahora

suena cerca de aquí, ahora se aleja. Escuche. ¿No tiembla usted?

EL CAPATAZ.--¿Yo qué he de temblar, contra? No tengo miedo a

embelecos de las ánimas.

TARSIS. ~(incorporándose.)~--¿Ánimas dice? Será el ánima de un león.

Lo que se oye es el resoplido de una fiera. El rugido sale algo

cascado, como si el león padeciera moquillo.

EL CAPATAZ.--¡Otra!... Ya sé lo que es. Los que andan de noche por

las cavas dicen que han visto un león grande y flaco... que corre

y salta furioso sobre las ruinas, dando resoplidos al modo de los

perros que rastrean. Un trabajador de acá salió con escopeta,

y le soltó un tiro sin hacer blanco... Es ánima del león de la

_antigüidad_, que del otro mundo viene a la querencia de las piedras,

y mete el hocico olfateando huesos, o ceniza de madera y ladrillos

que _entavía_ huelen a quemazón.

TARSIS. ~(Recostándose.)~--El león de Hesperia...

EL CAPATAZ.--Duérmete, bruto, y otra noche saldremos a verlo...

El caballero encantado (cuento real... inverosí­mil) · 第 15 / 34 题