De la increíble presencia del espíritu de Becerro en las gloriosas
ruinas, y de sus hechos y dichos.
Con buenos modos acogieron al mozo, y no fue menester que este diera
pormenores de su necesidad, pues harto la declaraban el rostro aterido
y el peso de fango y agua que llevaba en su ropa. Becerro y el otro
señor que hacía los pagos deliberaron un momento sobre si le admitían o
no al trabajo, y entonces vio el caballero que del fondo de la estancia
emergían dos guardias civiles levantándose de un banco. No les había
visto antes por hallarse en pie frente a ellos los trabajadores que aún
esperaban la paga. Cuando vio Gil que los guardias iban hacia él, tuvo
un momento de turbación; pero pronto se rehizo. Metió mano al pecho,
diciendo:
--Aquí tienen mi cédula. Florencio Cipión. Soy criado de Bartolo
Cíbico, y quiero trabajar aquí, mientras él anda en su tráfico; que los
tiempos están malos, y hay que buscar un pedazo de pan donde quiera que
lo haya.
Los guardias no pusieron a Gil reparo alguno, y devolviéndole la
cédula, dijo uno de ellos:
--¿Y dónde han quedado _Corre-corre_ y su ardilla? Así le llamo, porque
ese apodo le daban en Aranda, donde le conocí.
--En Renieblas dejé a mi amo --replicó Gil muy sereno--. Aquí le
tendremos al fin de la semana.
--¡Vaya con el cuajo del tal _Corre-corre_! --dijo risueño el
guardia--. Tiene que traerme unas postales, chicas guapas... Me aseguró
que recalaría en Garray el 8, y estamos a 17...
--Pues postales de esas trae, con muchachas muy lindas, bailarinas y
cantaoras que dan la desazón.
En esto, Becerro y el otro individuo decidieron admitir a Gil con
jornal de diez reales, y que se le daría por aquella noche albergue en
la sobrestantía: la cena por cuenta de él. Terminado el pago, fueron
desfilando los trabajadores que vivían en otras casas del pueblo.
Salieron también los guardias, dando las buenas noches, y quedaron
solos con Gil el señor de Becerro, el pagador y un hombracho que
parecía capataz. Mientras hablaban, observó con gozo el caballero
encantado que su persona no despertaba sospechas.
Delante Augusto y el otro sujeto, detrás Gil y el capataz, pasaron los
cuatro a otra habitación de planta baja, extensa y anchurosa crujía
donde vio Tarsis, arrimados a la pared, ladrillos que debían de ser
romanos o celtíberos, infinidad de piezas de cerámica o fragmentos
de ellas, lápidas y vestigios mil de civilizaciones que fueron. A la
izquierda estaba la estancia del gran Becerro, de quien se despidió el
pagador para irse a su casa en el interior del pueblo. En el fondo,
vio Gil dos puertas por donde venían olores de cocina y cháchara de
mujeres. Mientras don Augusto se internaba pausadamente en su albergue,
el capataz llevó a Gil hacia el fondo, y le señaló un cuarto para que
en él metiera su hatillo y se mudara de ropa antes de cenar. Así lo
hizo el encantado, y repuesto de su mojadura y quebranto, se reparó del
hambre en buena compañía del hombracho y de las hacendosas mujeres.
Salió después con el que ya era su amigo a fumar un cigarrillo en la
gran crujía, y allí se abocaron con el sabio, que ya despachado había
su frugal colación, y se paseaba despacito con las manos a la espalda.
Sentados los dos hombres en un banco arrimado a la puerta, no esperaban
más que a consumir el pitillo para ir a su descanso. Becerro, en su
vagar lento, echaba miradas inquisitivas a Gil; de improviso se detuvo,
y llamándole con gesto amable, le llevó a pasear con él.
Lo que hablaron, como toda voz pronunciada en aquel prístino escabel de
la Historia, merece ser reproducido fielmente.
BECERRO. ~(Poniendo en su rostro de chivo, cada día más ahilado y
mustio, una sonrisa cortés.)~--Dispénseme, buen hombre. Desde que
le vi a usted en la sobrestantía, y ahora viéndole aquí, estoy
batallando con mi memoria... Vamos, que la cara de usted no me es
desconocida... yo le he visto a usted... ¿dónde? ¿cuándo? Pues
no doy con ello... Mis dolencias me han dejado el cacumen harto
desfallecido, y...
TARSIS. ~(Sereno, poniéndose al instante en situación con un
ingenioso embuste.)~--Verá usted, señor don Augusto, cómo yo le avivo
la memoria. ¿No se acuerda del estuquista y vaciador de yesos que
trabajó tan cerca de usted cuando decoramos con escayola la escocia y
techo de la Exposición de artes medioevales? Florencio Cipión: ¿no se
acuerda? Yo era el primer oficial de Torelli.
BECERRO. ~(Examinándole el rostro muy de cerca, no despejado aún
de sus dudas.)~--¡Ah! sí... ya... El nombre de usted nunca lo
supe. Cipión... ¡Qué coincidencia! ¡Llamarse usted como nuestro
expugnador, _Escipión!_ Le falta el cognomen, _El Africano_... Pues,
efectivamente, ya voy recordando... la fisonomía, digo; que el nombre
es nuevo para mí... ¿Y cómo ha venido usted a parar a estas soledades
gloriosas?
TARSIS.--Rodando, señor, que el destino del pobre es rodar como esos
cantos que fueron picudos, y con el rodar se vuelven lisos como
huevos. Y usted, don Augusto, ¿está bien de salud? La última vez que
tuve el gusto de verle, andaba usted medianillo.
BECERRO.--¡Ay, no me diga!... Hallábame entonces en lo más agudo de
un terrible ataque de neurastenia... ¡Qué noches, qué días! Entre
mil aberraciones, padecí la de creerme encantado, y con poder para
divertir a los demás jugando a los encantamientos recreativos.