XIV

De la increíble presencia del espíritu de Becerro en las gloriosas

ruinas, y de sus hechos y dichos.

Con buenos modos acogieron al mozo, y no fue menester que este diera

pormenores de su necesidad, pues harto la declaraban el rostro aterido

y el peso de fango y agua que llevaba en su ropa. Becerro y el otro

señor que hacía los pagos deliberaron un momento sobre si le admitían o

no al trabajo, y entonces vio el caballero que del fondo de la estancia

emergían dos guardias civiles levantándose de un banco. No les había

visto antes por hallarse en pie frente a ellos los trabajadores que aún

esperaban la paga. Cuando vio Gil que los guardias iban hacia él, tuvo

un momento de turbación; pero pronto se rehizo. Metió mano al pecho,

diciendo:

--Aquí tienen mi cédula. Florencio Cipión. Soy criado de Bartolo

Cíbico, y quiero trabajar aquí, mientras él anda en su tráfico; que los

tiempos están malos, y hay que buscar un pedazo de pan donde quiera que

lo haya.

Los guardias no pusieron a Gil reparo alguno, y devolviéndole la

cédula, dijo uno de ellos:

--¿Y dónde han quedado _Corre-corre_ y su ardilla? Así le llamo, porque

ese apodo le daban en Aranda, donde le conocí.

--En Renieblas dejé a mi amo --replicó Gil muy sereno--. Aquí le

tendremos al fin de la semana.

--¡Vaya con el cuajo del tal _Corre-corre_! --dijo risueño el

guardia--. Tiene que traerme unas postales, chicas guapas... Me aseguró

que recalaría en Garray el 8, y estamos a 17...

--Pues postales de esas trae, con muchachas muy lindas, bailarinas y

cantaoras que dan la desazón.

En esto, Becerro y el otro individuo decidieron admitir a Gil con

jornal de diez reales, y que se le daría por aquella noche albergue en

la sobrestantía: la cena por cuenta de él. Terminado el pago, fueron

desfilando los trabajadores que vivían en otras casas del pueblo.

Salieron también los guardias, dando las buenas noches, y quedaron

solos con Gil el señor de Becerro, el pagador y un hombracho que

parecía capataz. Mientras hablaban, observó con gozo el caballero

encantado que su persona no despertaba sospechas.

Delante Augusto y el otro sujeto, detrás Gil y el capataz, pasaron los

cuatro a otra habitación de planta baja, extensa y anchurosa crujía

donde vio Tarsis, arrimados a la pared, ladrillos que debían de ser

romanos o celtíberos, infinidad de piezas de cerámica o fragmentos

de ellas, lápidas y vestigios mil de civilizaciones que fueron. A la

izquierda estaba la estancia del gran Becerro, de quien se despidió el

pagador para irse a su casa en el interior del pueblo. En el fondo,

vio Gil dos puertas por donde venían olores de cocina y cháchara de

mujeres. Mientras don Augusto se internaba pausadamente en su albergue,

el capataz llevó a Gil hacia el fondo, y le señaló un cuarto para que

en él metiera su hatillo y se mudara de ropa antes de cenar. Así lo

hizo el encantado, y repuesto de su mojadura y quebranto, se reparó del

hambre en buena compañía del hombracho y de las hacendosas mujeres.

Salió después con el que ya era su amigo a fumar un cigarrillo en la

gran crujía, y allí se abocaron con el sabio, que ya despachado había

su frugal colación, y se paseaba despacito con las manos a la espalda.

Sentados los dos hombres en un banco arrimado a la puerta, no esperaban

más que a consumir el pitillo para ir a su descanso. Becerro, en su

vagar lento, echaba miradas inquisitivas a Gil; de improviso se detuvo,

y llamándole con gesto amable, le llevó a pasear con él.

Lo que hablaron, como toda voz pronunciada en aquel prístino escabel de

la Historia, merece ser reproducido fielmente.

BECERRO. ~(Poniendo en su rostro de chivo, cada día más ahilado y

mustio, una sonrisa cortés.)~--Dispénseme, buen hombre. Desde que

le vi a usted en la sobrestantía, y ahora viéndole aquí, estoy

batallando con mi memoria... Vamos, que la cara de usted no me es

desconocida... yo le he visto a usted... ¿dónde? ¿cuándo? Pues

no doy con ello... Mis dolencias me han dejado el cacumen harto

desfallecido, y...

TARSIS. ~(Sereno, poniéndose al instante en situación con un

ingenioso embuste.)~--Verá usted, señor don Augusto, cómo yo le avivo

la memoria. ¿No se acuerda del estuquista y vaciador de yesos que

trabajó tan cerca de usted cuando decoramos con escayola la escocia y

techo de la Exposición de artes medioevales? Florencio Cipión: ¿no se

acuerda? Yo era el primer oficial de Torelli.

BECERRO. ~(Examinándole el rostro muy de cerca, no despejado aún

de sus dudas.)~--¡Ah! sí... ya... El nombre de usted nunca lo

supe. Cipión... ¡Qué coincidencia! ¡Llamarse usted como nuestro

expugnador, _Escipión!_ Le falta el cognomen, _El Africano_... Pues,

efectivamente, ya voy recordando... la fisonomía, digo; que el nombre

es nuevo para mí... ¿Y cómo ha venido usted a parar a estas soledades

gloriosas?

TARSIS.--Rodando, señor, que el destino del pobre es rodar como esos

cantos que fueron picudos, y con el rodar se vuelven lisos como

huevos. Y usted, don Augusto, ¿está bien de salud? La última vez que

tuve el gusto de verle, andaba usted medianillo.

BECERRO.--¡Ay, no me diga!... Hallábame entonces en lo más agudo de

un terrible ataque de neurastenia... ¡Qué noches, qué días! Entre

mil aberraciones, padecí la de creerme encantado, y con poder para

divertir a los demás jugando a los encantamientos recreativos.

El caballero encantado (cuento real... inverosí­mil) · 第 14 / 34 题