Prosiguiendo en su vaga peregrinación, el encantado caballero va camino
de Numancia.
Ganada la confianza con el largo palique, Bartolo y Gil llegaron a
tutearse.
--Fíate de mí --dijo el pacotillero, dejando ambos los duros colchones
a punto de amanecer--. Tú sales ahora, y yo contigo para llevarte, con
el resguardo de mi persona bien acreditada, hasta las ruinas de un
castillo de Templarios que tenemos como a un cuarto de legua. Allí te
guareces; allí me esperas, pues acá me vuelvo a despachar mis cobranzas
y recibir encargos. Al mediodía nos reuniremos para encaminarnos
despacito hacia un pueblo de pesca que llaman Renieblas, donde tengo
trabajo lo menos para tres días. Tú sigues por las veredas que te
indicaré, bien apartadas del camino donde podrás encontrar los malditos
tricornios. Y si los encontrares, fíate de tu cédula y no corras,
aunque no esté bien decir de la cédula lo que de la Virgen decimos;
y si apurado te vieres, te haces pasar por criado mío, que para esa
comedia te daré un paquetito de medallas del Pilar, dirigido al ama
del cura de Santiago, que las revende en su iglesia... y así vivimos
todos.
Conforme al plan ideado por el sagaz _Paniquesero_, Gil pasó la mañana
en los Templarios, esqueleto de rotos muros, que parecía maldecir y
apostrofar a la dormida soledad que le rodeaba. Entretúvose el mozo
en mirar el circular revuelo de las aves que allí tenían sus nidos,
grajas, chovas y cernícalos, dueñas de las altas piedras y del aire.
Creía encontrarse en un país inhabitado, o en el cementerio de una
nación que ni memoria de sus hijos dejara. Fuera de algún pastor de
cabras que conducía su rebaño a los zarzales y a las peñas revestidas
de silvestres enredaderas, no vio alma viviente en aquellos contornos.
Solo con su imaginación, Gil abandonaba el paisaje y las ruinas para
pensar en su amor y en la bella Cintia, de quien le separaban, a su
parecer, distancias inconmensurables y siglos de tiempo. Y adormido en
sus añoranzas, le venían a la memoria los versos idílicos que el zagal
Rodrigacho solía cantar en la majada guiando a sus ovejas en busca de
mejor pasto. Era el tal Rodrigacho un poco poeta y erudito memorioso de
versos pastoriles. Gil se los hacía repetir, y algunos se le quedaron
en la memoria. Recostado entre las ruinas y puesto el pensamiento en
su augusta dama, murmuraba: «_Oh Venus, dea graciosa, -- a ti quiero y
a ti llamo_...» Recordando otra canción muy lastimera, decía: «_Bien
sé que me ha de acabar -- el dolor de esta partida, -- que de verme y
veros ida, -- me ha tanto de lastimar -- que en ello pierda la vida...
¡Ijujú!_»
Llegó puntual a las doce el hombre inquieto y ágil con el animalejo
que era su insignia en el palenque de la vida. Traía ración sobrada de
fiambres y una mediana bota de vino, con lo que hicieron mesa de un
peñasco plano y se sentaron a comer. Bartolo, que comiendo en sociedad
honraba siempre el nombre de su pueblo natal, Taravilla, extremó aquel
día su locuacidad, aprovechándose de que Gil medio se aletargaba en
melancolías taciturnas. De la viva charla del buhonero se extracta lo
siguiente:
--Si eres despejado y no pierdes la sangre fría, podrás zafarte de la
Guardia civil. Hazte el valiente, aunque no lo seas, y si te cogen, di
que te quejarás al señor Gaitín, o que pidan informes de ti a cualquier
Gaitín, porque aquí no hay más ley que el capricho y el _me da la
gana_ de esa familia. Los alcaldes son suyos, suyos los secretarios de
Ayuntamiento, suyos el cura y el pindonguero juez, ya sea municipal, ya
de primera instancia. Como te coja entre ojos un Gaitín, encomiéndate a
Dios... Porque aquí decimos que hay leyes, y mentamos la Constitución
cuando nos vemos pisoteados por la autoridad. Nombrar esas cosas es
como si cuando te estás ahogando en un río pidieras botas de montar.
Los tiranos que aquí se llaman Gaitines, en otra tierra de España se
llaman Gaitanes o Gaitones... Pero todos son lo mismo. Y para poder
bandearme entre ellos, ando yo en esta vida vagabunda. No puedes ni
respirar si no estás bien con el alcalde, con el juez, con la Guardia
civil, con el cura. Y aquí me tienes que vivo con todos, es decir, que
les engaño a todos. ¿Te vas enterando?
Replicó Gil que algo sabía ya del caso, y el de la ardilla prosiguió
así:
--Aquí vivimos de mentiras. Decimos que ya no hay Esclavitud.
Mentira: hay Esclavitud. Decimos que no hay Inquisición. Mentira: hay
Inquisición. Decimos que ha venido la Libertad. Mentira: la Libertad no
ha venido, y se está por allá muerta de risa... Verás un caso: había
en Matalebreras un pobre labrador con familia, buen hombre... Pero le
dio la ventolera por no querer ir a misa. Pues ha tenido que malbaratar
su tierra, tomando lo que han querido darle, y salir pitando para las
Américas. Te contaría mil casos; pero tú los irás viendo, si ya no los
has visto... El que quiera vivir aquí en paz, tiene que hacer lo que
hago yo, y es ponerse al son y al gusto de cada uno. Yo engaño al cura
metiéndome a ratos en la iglesia... y venga rezar, y vengan golpes
de pecho que se oyen en Jerusalén; yo le bailo el agua al alcalde
alabándole cuantos desatinos hace, y a la esposa del juez municipal y
a las señoras de los Gaitines les vendo con rebaja de un veinticinco
por ciento. Gracias a este ten con ten, vivo y como... Pues tú, como
no hagas lo mismo, trabajillo ha de costarte sacar a Pascualita de las
uñas lagartijeras de don Saturio... Sutileza, hipocresía y engaño has
de emplear antes que la fuerza.
No estaba conforme Gil con la flexibilidad reptante de su amigo, y más
le gustara ir por derecho al asedio y toma de Cintia. Engolfado en
estas ideas, solo prestó vaga atención a la charla del buhonero, y toda
su alma iba en persecución de la imagen y alma de la Madre, pidiéndole
auxilio para triunfar de la ímproba realidad. Encantado él, encantada
Cintia, hallábanse bajo el imperio de la soberana Encantadora, y de
esta dependía el que ambos vivieran gozosos o muriesen de pena... Y
cuando emprendieron la marcha por veredas y atajos en dirección de
Renieblas, Gil no tenía pensamiento más que para la invocación a la
Madre, ni ojos más que para buscarla en una revuelta del sendero, o
suponerla en acecho tras de la peña formidable o el espeso matojo. Su
compañero a ratos le preguntaba:
--¿Qué miras, qué oyes?
Y él respondía:
--Oigo y veo lo que quisiera ver y oír...
Respetaba Cíbico estos nebulosos conceptos considerándolos rarezas del
que tenía por hombre superior en calidad y entendimiento. «Es un león
oprimido --se decía--, y yo el ratoncillo travieso que puede hacerle un
buen recaudo.»
Renieblas era el último pueblo del mundo, o el más distante moralmente
de la civilización hispánica; mas no por esto disfrutaba de mayor paz
y felicidad, porque allí también llegaba el apestoso influjo de la
familia gaitinesca. Alojáronse los viajeros en una casa humilde, y en
ella tuvo Gil, a la siguiente mañana, ilusión tan intensa de ver a
la Madre y de recibir muy de cerca su soberano aliento, que ello fue
como la misma realidad... Dando a su amigo las últimas instrucciones y
consejos antes de separarse, el hombre industrioso y ardillesco le dijo:
--Tengo que despachar aquí algunas baratijas, y cobrar lo que me deben
del viaje pasado; luego me iré a Buitrago, donde pienso colocarle
al cura unos _Evangelios_ y _Reglas de San Benito_ para preservar de
enfermedades al ganado y personas. Tú, antes de ir a Soria, debes parar
en Numancia, que según veo te llama y atrae con un son de poesía: allí
puedes entretenerte viendo las cavas que hacen para desenterrar el
cuerpo de la ciudad que tanta fama ganó con su valor.
--Sí, sí: iré a Numancia --dijo el encantado--, donde, seguro, seguro,
encontraré a la Madre.
--Las _Madres Concepcionistas_ no estarán allí: las encontrarás en
Soria, junto a la parroquia de San Clemente. Te lo digo por si la
Madre que buscas fuera de esas... Las de _San Vicente_ están en la
_Beneficencia_. También te digo que si en Numancia te dieran trabajo
en las excavaciones, debes ajustarte y coger pala y picachón, que
así ganarás algún dinero, y esperarás a que yo me junte contigo para
llevarte a Soria... Yo he de ir allá, que en aquellas ruinas sagradas
tengo un negocio de que no te hablé todavía; pero ya es llegada la
ocasión de ponerte en autos. Bien podría ser que nos asociáramos para
una granjería que da más que las minas soñadas del mamarracho de don
Saturio... Ven acá, y sentémonos en este arcón.
Dijo esto echando mano al bolsillo interior de su zamarra, de donde
sacó un lío de periódicos, y de entre ellos una carterita sebosa. Viva
curiosidad movió a Gil, que fue derecho a sentarse junto a Bartolo.
Este desprendió el elástico que sujetaba la cartera, y con solemnidad
religiosa mostró al mozo los peregrinos objetos que en ella guardaba.
Silencio en los dos. La cara de Cíbico era toda orgullo comercial; la
de Gil sorpresa y admiración...
--¿Qué me dices de esto? Aquí tienes medallas, monedas, camafeos...
Proceden de Clunia, la ciudad romana que está soterrada en un poblacho
que llaman Coruña del Conde. Los aldeanos que arando descubren estas
preciosidades, las llaman _chanflos del moro_... Antes las vendían por
cuatro o cinco cuartos. Hoy han abierto el ojo y piden más. ¿Ves este
ópalo que tiene grabado un ciervo? Pues uno como este compré yo por dos
pesetas, y en Zaragoza lo vendí en catorce duros. ¿Ves esta moneda de
plata con letras que dicen _Aug. Divi. Fi_... y qué sé yo qué? Pues me
la dieron por tres pesetas, y yo no la suelto por menos de cinco duros.
Este medalloncito de piedra onix con un guerrero que lleva escudo y
lanza, lo guardo para un marchante muy entendido que lo tendrá si
afloja veinticinco duros.
El acto de mostrar Bartolo las monedas y camafeos fue el momento
psíquico en que Gil tuvo la perfecta ilusión de la presencia de la
Madre. No solo apreciaba su aliento cálido que le azotaba el rostro,
sino que la vio inclinada entre los dos amigos, casi tocando con su
cabeza a la de ellos, en figura corpórea, no tan diáfana como la de los
espectros. A tanto llegó su alucinación, que se le escapó decir:
--¿Verdad que es bonito, Madre?
Y también creyó que la Señora sonreía como burlándose del traficante en
polvo de los siglos muertos.
Luego Bartolo siguió así:
--Estas monedas de cobre y de plata son de Numancia. Proceden, no de
la ciudad, sino del Campo Romano. Adquirí el año pasado una moneda
celtíbera de cobre que me valió treinta y dos duros, o sea dos onzas...
Conque ya ves si esto es buena ganga. ¿Creías tú que yo no trabajaba
más que en ovillitos de algodón y en peines de a real?... Pues ahora,
conociendo lo listo que eres, no necesito decirte que si te admiten
en las excavaciones, y moviendo tierra ves que salta una moneda o
medalloncito, no lo des al encargado, sino lo apañas con disimulo, me
lo entregas, y de la ganancia que hubiere, mitad tú, mitad yo... No te
digo que hagas lo mismo con alguna jícara o puchero que te saltara de
entre los terrones, porque esto ya es más difícil de guardar... Tú a lo
nuestro: ojo a las chapas, a los anillos, a los amuletos que aquellas
pindongas romanas se colgaban entre los pechos...
Admirado Gil de no ver a la Madre, y buscándola con sus miradas en toda
la pieza, nada contestó al pacotillero, el cual guardaba sus preciosas
chucherías con avara solemnidad.
Al despedir a Gil antes de media mañana, llevole a la margen del pueblo
por el Norte, y le señaló el camino que había de seguir:
--Remontas esta loma, y antes de llegar al primer caserío, tuerces a
mano izquierda y te metes en un páramo... Adelante, adelante por el
páramo... Traspasas un cerro, luego otro cerro, y a la bajada de este
te encuentras en Garray, que es como decir en Numancia.
Salió andando Gil con veloz carrera, semejante, a su parecer, a la que
llevaba cuando traspasó las cimas de Urbión agarrado al velo de la
Madre. Pronto le dijo su cansancio que iba por su pie, y no conducido
por ninguna fuerza sobrenatural. «No viene, no viene conmigo --se
decía desalentado, revolviendo en torno suyo ansiosas miradas--. No
la veo, no la oigo... Seguiré solo hasta Numancia, que es su casa y
su trono.» Con esta ilusión avanzó en su camino, sin hallar persona
viva. Era una región solitaria, en la que Gil no encontraba más que
la huella invisible de la Historia, y gráficas huellas de rebaños. Y
reconociéndose solo, también se reconocía sin albedrío para proceder
libremente. Sentíase sujeto por duras cadenas a una fatalidad
misteriosa, y esta le llevaba por donde iba... No podría, no, dirigirse
a otra parte. Lo más extraño era que su gusto y la fatalidad obraban en
armonía perfecta, es decir, que era esclavo y gustaba de la esclavitud.
Toda la mañana anduvo sin novedad, y cuando apechugaba con el primero
de los collados que le indicó Bartolito, vio que del Poniente, o más
bien del Sudoeste, venía un cálido viento que levantaba negras nubes
de aquella parte, tapando el sol a ratos, a ratos descubriéndolo.
Truenos lejanos pronunciaban un _alerta_ terrorífico. Siguió su marcha,
y cuando descendía por pedregosas veredas a un barranco, que parecía
copia del valle de Josaphat, el cielo tomó color plomizo; la nube
cerró el paso a los rayos del sol, y el viento ardoroso sopló con más
fuerza disparando goterones que al caer en tierra sonaban como balas.
Claridades lívidas y pavorosas cruzaban por los aires, y el trueno
chasqueante y repercutiente seguía las huellas del relámpago con
intervalo brevísimo. Buscó Gil dónde guarecerse; pero solo encontró
un peñasco que era en verdad el peor paraguas que pudiera imaginarse.
Sobre el pobre Gil descargó un diluvio de granizo, del cual se defendió
con el improvisado escudo de sus manos. En la rauda iluminación de los
chispazos eléctricos, que en el aire describían las figuras geométricas
más peregrinas y aterradoras, creyó ver Gil una silueta de mujer
inconfundible con ninguna otra, y en su paroxismo de terror gritó:
--¡Madre mía, socórreme!
Debió de socorrerle la excelsa Señora, porque salió ileso del horrible
pedrisco. Sobre él cayeron cantos de hielo, que empezaron garbanzos,
luego fueron nueces, y por fin huevos de gallina de los de dos yemas...
Pasó la nube, y el pobre mozo siguió escotero, apechugando con el
segundo collado, por donde debía pasar de un barranco a otro. Andaba
de prisa; iba en dirección contraria de la que llevaba el temporal;
pero allá por Occidente, tirando al Sur, veía un segundo escuadrón
de nubes, como segundo cuerpo de un grande ejército que acabaría de
invadir el cielo en lo restante del día. Calado hasta los huesos, avivó
el paso, y al llegar al caballete de donde veía la hondonada oscura,
buscó con inquieta mirada un paredón o casucha donde abrigarse del
nuevo diluvio que le amenazaba. Encaminose a una ermita en ruinas, y
allí esperó el segundo chaparrón de agua y granizo, que no fue menos
violento y azotador que el primero, y también acompañado de pirotecnia
de relámpagos y de estrepitosa sinfonía de truenos. No abandonó aquel
amparo hasta que las horripilantes nubes descargaron toda la furia que
llevaban en sus entrañas.
Ya se venía encima la noche cuando Gil emprendió de nuevo la marcha
por una pendiente en cuyo fondo no veía más que negruras informes. El
suelo bajaba con él; piedras y hielo resbalaban ante sus pies o con
ellos juntamente; caía, se levantaba, patinaba, y hacía mil figuras y
cabriolas. De este modo, medio descoyuntado de brazos y piernas, llegó
a un llano, encharcado por la lluvia. Siguió en derechura de unas luces
que a regular distancia vislumbraba. El pueblo de aquellas luces debía
de ser Garray. El peregrino, sin reparar en estorbos de charcos o
pedruscos, siguió en recta línea hasta que pudo distinguir un edificio
grande y blanco, como enlucido de lechada de cal, reciente. La blancura
y la luz le guiaban. La claridad salía de una anchurosa puerta,
juntamente con ruido de humanas voces... Avido de abrigo y descanso,
no vaciló en meterse bajo el primer techo que encontraba. Traspasó la
puerta balbuciendo tímidamente una petición de permiso... Dijéronle:
«Adelante»... Vio algunos hombres en pie, agrupados en derredor de una
mesa. Sentados junto a esta, la vista fija en papeles y en montoncillos
de dinero, había dos personas. La que Gil vio a su derecha se ocupaba
en pagar a los hombres, que tenían trazas de jornaleros de obras
públicas. El señor que estaba de frente no hacía más que inspeccionar
la operación de pago y cobranza. Adelantose Gil desflorando una frase
de cortesía, y antes de que acabara de pronunciarla, quedó absorto y
mudo... El señor aquel que la mesa presidía era el eximio sabedor de
antiguallas don José Augusto de Becerro.
El primer impulso del caballero fue acercarse a su amigo para verle de
cerca y exclamar alborozado: «Hola, mi querido Augusto... ¿Tú aquí?
¿No me conoces? Soy Tarsis.» Pero su mismo instinto de esclavitud le
contuvo. No debía ni _podía_ manifestarse en tal forma, sino en la de
un pobre jornalero del campo, que medio muerto de fatiga, tronzado
por el pedrisco y la lluvia, demandaba hospitalidad, y si podía ser,
trabajo en las ruinas, cavas o lo que hubiera.