Del conocimiento que hizo Gil con el industrioso mercader Bartolo
Cíbico.
Trabajando en la cantera con desordenado empuje, el buen Gil dejó que
las manos se entendieran solas con las piedras, sin el gobierno de la
voluntad, y ardía en estos y otros coloquios consigo mismo: «Buscaremos
a la Madre... Madre, ¿dónde estás? ¿Te has subido al Moncayo, que es tu
más alto trono, de donde puedes mirar a Castilla y Aragón?... Pero si
allí estás, ¿cómo hemos de subir a la cima de ese monte mi Cintia y yo,
que somos criaturas mortales, aunque encantadas?... Pensando, Madre,
pensando dónde podríamos encontrarte, se me ha ocurrido que tú no solo
habitas en las cumbres geográficas, sino en las cumbres históricas.
¿Estarás en Numancia, quiero decir, en lo que fue Numancia, que si algo
queda de ella tú sabrás dónde está? He oído que cerca de Soria yace
soterrado el cuerpo glorioso de aquella ciudad. Allá, allá iremos a
buscarte.»
A la hora de comer, le llevó Felipa el recado de que Pascuala saldría
con sus tíos al amanecer del siguiente día; y sabido esto, Gil no fue
a la cantera más que para despedirse. Sorprendió a los compañeros y
al capataz la despedida del mozo, a quien todos querían por su trato
sencillo y buena conducta. A las explicaciones que se le pidieron,
contestó que su oficio era modelador de yeso y estuquista, y que de
Soria, donde tenía parientes, le habían propuesto trabajar en una obra
de la Diputación, con jornal de cuatro pesetas para arriba... Antes de
ir al parador, enterose bien del camino que había de seguir; y recogida
y bien liada su ropa en el hatillo con correas, se puso en marcha. Si
los tíos de Pascuala partían al alba, él les tomaría la delantera,
saliendo de Ágreda antes de media noche, y así les ganaba camino para
igualar en lo posible la diferencia de andadura, pues los Borjabades
iban en carro y él no tenía más coche de ruedas que el de san Francisco.
Caminando ya con firme paso por la carretera de Soria, sus pensamientos
pueden ser verbalizados de esta manera: «Parece que tengo libertad
y no soy libre... Dentro de mí siento el hierro, siento la coraza
del encantamiento, que no me impiden correr hacia la ideal Cintia
para unirme con ella; pero que no me dejarían seguir otra dirección
si tomarla quisiera. Encanto y amor van unidos, lo que es doble
esclavitud y dulzura doble. Confortado por el amor, no temo los duros
trabajos, ni la humillación, ni la miseria. Concédame la Madre vivir
con Cintia en el hueco de una peña, como los aborígenes que vinieron
acá con mi abuelito el hijo de Japhet, nieto de Noé. Viviremos en
salvaje independencia, ignorados e ignorantes del mundo... Criaremos
un rebañito de cabras; yo seré cazador... Domesticaré halcones y
gerifaltes para resucitar la muerta y olvidada caza de cetrería... ¡Oh
encanto de encantos!...»
Así pensando, descendía por ásperas pendientes, y al amanecer pasó
junto a la laguna de Añavieja, sobre la cual pesaba una manta de niebla
perezosa. «Los que por aquí vivían --se dijo--, ¿eran celtas o iberos?
No recuerdo lo que el pobre Augusto me contaba de la vida y costumbres
de los españoles primitivos. Lo que yo sé, sin que él me lo haya dicho,
es que no gastaban chalecos ni cuellos altos, y que su calzado había de
ser muy cómodo... Me siento amigo de aquellos buenos madrugadores de la
vida hispánica, y hasta doy en pensar que yo también madrugué, que fui
un poquito prehistórico.»
Viandantes encontraba pocos, y estos de aspecto miserable; mujeres
flacas cargando haces de leña; hombres que parecían enfermos y lo
estaban de penuria y cansancio, luchadores de la vida, en completo
vencimiento y derrota, que iban en busca de una limosna en forma de
jornal. Apenas dejó atrás la soñolienta laguna, que ya mostraba su
cuajado cristal despejándose de la neblina, el paisaje le sugirió ideas
menos tristes. En los collados verdegueaban matojos y chaparros; se
oían esquilas de ovejas y algún silbo de pastores... Cuando más solo
se sentía, encontró una cuadrilla de titiriteros. Abrían la marcha dos
hombres y un muchacho a pie; seguía el carro entoldado, donde llevaban
los avíos escénicos. Asomaban por el hueco delantero dos caras de
mujer y medio cuerpo de una mona triste, achacosa y deslucida de pelo.
Pararon en firme para dar respiro al tronco de burros, que acababa de
echarse a pechos una empinada cuesta.
A los que venían a pie preguntó Gil si faltaba mucho para Matalebreras.
El que parecía capitán de la cuadrilla o director circense, contestó
al caminante que a la vuelta del cerro estaba Matalebreras, y que si
no estuviese allí ni en ninguna parte del mundo, nada se perdería,
porque lugar más arrimado a la cola no había visto en lo que llevaba de
aquella vida. Y el otro, que debía de ser el payaso, completó así el
informe de su compañero:
--Buen hombre, si llevas que comer, vete a Matalebreras, y si no, pasa
de largo, que en ese pueblo no ven en el forastero más que mismamente
un ladrón que llega y les quita lo poco que tienen de comer. En
dos puñaleras funciones que hemos dado, no hemos visto la cara de
ninguna moneda del Rey, si no es la roña de ochavos morunos... Y no
faltan pudientes; pero nos han tomado por gentuza que trae acá la
_corrumpición_ de los pueblos y el _turriburri_ contra la religión...
Y el otro, colérico y vociferante, siguió así:
--Vinieron dos cuervos, alcalde y curángano, a decirnos que si no
ahuecábamos pronto, nuestras costillas lo habían de sentir.
Bajo la curva del toldo dejáronse ver, agachándose, las dos mujeres
desgreñadas y pitañosas. La una, que no era joven ni bonita, y aún
conservaba en sus mejillas flácidas manchurrones del almagre y
blanquete de la noche anterior, metió para adentro a la mona que allí
estaba tomando el fresco, y soltó la catarrosa voz a estos bárbaros
improperios:
--Oiga, joven, ¿va usté a esa _Mataliebres_ o _Matachinches_? Diga
de mi parte al reladronazo del alcalde que me voy con las ganas de
pasearme por encima de sus tripas y de machacarle las ternillas... Y a
ese judío del cura dígale que me chincho en su corona, y que se vaya a
descomulgar a la perra de su madre.
La otra mujer, que en sus brazos había cogido a la mona y
cuidadosamente la espulgaba, soltó después los clamores de su ira
diciendo:
--¡Pueblo _iznorante_ y _farisón_! Pa esos gansos, el arte no es
nada... To’l dinero pa misas, y los probes artistas que ladremos de
hambre.
Gil les consoló con medias palabras; gruñeron y blasfemaron los dos
hombres; el jefe de la cuadrilla dio por terminado el descanso de
sus burros; rechinó el carricoche. Con una despedida campechana se
separaron, y Gil siguió su camino, lastimado del desavío de aquella
pobre gente.
Avanzado el día, alto ya el padre sol, que acariciaba con sus rayos
las espaldas del caminante, este llegó a las primeras casas de
Matalebreras, y como en aquel punto sintiese cercano rodar de carros,
pensó que serían los de la caravana de Pascuala y sus tíos. Escondiose
tras de un espeso matorro para verlos pasar, y en efecto ellos eran. En
el delantero alcanzó a ver el rostro ideal de Cintia, y la desapacible
carátula de don Saturio amparada de un ancho sombrero; vio sus manos
nudosas con guantes de lana, apoyadas en el puño de un recio bastón...
Tras ellos asomaba el rostro afligido y siniestro de Baltasara. En el
carro zaguero iba un hombre desconocido, entre colchones, trebejos y
calderería. La familia desgraciada llevaba consigo todo su ajuar, que
era bien pobre.
Viéndoles internarse en el pueblo, recordó Gil noticias que le dio
Pascuala del enfadoso don Saturio. Acariciaba este infeliz señor en su
cacumen la manía de que las sierras del Madero y del Almuerzo guardaban
en sus entrañas riquísimos minerales de plata y oro, y de bermellón
o cinabrio. No había más que abrir las peñas y hozar un poco en las
tierras para encontrar tesoros tales, y bajo la seguridad de estas
riquezas se escondía el barrunto de que, buscando plata, se encontraran
esmeraldas y rubíes. Más de una vez derrochó sus mermados cuartejos
en abrir pozos y calicatas de que no sacó nada valioso, ni siquiera
la joya de su desengaño. Cuanto más vencido, más aferrado a su loca
ilusión.
Pensaba Gil que tal vez don Saturio y su caravana se detendrían en
Matalebreras, patria verdadera o fingida de la sin par Pascuala, y
no atreviéndose a entrar en el pueblo, temeroso de ser tratado en él
como lo fueron los desdichados saltimbanquis, se situó a la salida,
por donde a su parecer habían de pasar los viajeros cuando siguieran a
Suellacabras... Serían las cuatro cuando Gil, escondido tras una cabaña
en ruinas, vio aparecer los dos carros de la caravana, despacito,
acomodándose al paso de varias personas que salían a despedirla. Entre
ellas vio Gil a un cura inflado y de buen año, que debía de ser el
mismo de quien la desesperada titiritera habló con ira y desprecio;
a otro sujeto muy suelto de ademanes, que era sin duda el alcalde, y
una pareja de humildísimo pelaje, que bien podía ser de las nobles
alcurnias de Borjabad o de Arabiana. Les siguió con la vista, hasta que
en un repecho se dieron los adioses. Ocultose Gil en espesura cercana,
y hasta que se vio rodeado de intensa soledad campestre no emprendió su
camino.
Aproximándose a una sierra, a ratos oía Gil el rechinar de los carros,
a ratos no, según la vuelta que llevaban en los escalonados alcores.
Así anduvo toda la tarde, y a punto de anochecer, se fue metiendo en
espeso pinar. Pensó el encantado caballero que andando de noche por
aquel misterioso bosque se perdería; mas sin arredrarse por ello,
penetró más y más pinos adentro, sin que la negrura de la selva ni la
quejumbre dolorida del viento en aquellas bóvedas le impusieran temor.
Ya le rendía el cansancio, cuando sintió sobre la hojarasca resbaladiza
pasos que no eran de bestias, sino de un activo caminante... Le vio
venir; fuese a él, diciéndole:
--Buen amigo, ¿voy bien por aquí a Suellacabras?
Y el desconocido, sin detenerse, le respondió con buen modo:
--El mismo camino llevo yo. Paréceme que es usted nuevo en esta tierra.
Yo me la sé de memoria. Óigame: aun andando sin parar toda la noche no
llegará usted a Suellacabras antes de amanecer. Hay que tomarlo con
calma. Del pinar saldremos pronto; sigue una nava no muy grande; luego
un monte de hayas, boj y madroñera. Iremos juntos, y si usted no tiene
demasiada prisa, descansaremos en un chozal de carboneros a media legua
de aquí.
Agradó a Gil la cortesía del andarín. Pegada la hebra con franqueza
locuaz por una parte y otra, no tardaron en hablarse como amigos:
--Yo vengo de Ágreda, y voy a Suellacabras en busca de trabajo...
--Yo soy mercader ambulante que vengo de media España, y a media España
voy. Llevo a cuestas mi comercio por dos razones: porque me ha quedado
poco género, y porque en Aldea del Pozo se me murió tres días ha la
borriquilla que era mi tren de mercancías.
Oyendo esto, advirtió Gil que su compañero de camino, a más del
envoltorio colgado a la espalda como mochila, llevaba sobre el hombro
izquierdo un animalejo que al pronto le pareció ratón grandísimo, y
luego vio que era ardilla, atada de una larga cuerda que el buhonero
liaba en su brazo derecho. A ratos, volvía el hombre su rostro hacia
la mansa bestezuela, y pasándole la mano por el lomo le decía palabras
de paternal ternura... Mas como hablador descosido, su mayor gusto era
platicar con el compañero de viaje.
--Si se puede saber, dígame, buen amigo, en qué trabaja usted y qué
oficio tiene.
Al oír que Gil venía de romper piedras en una cantera, expresó su
disgusto y poca estimación de tal oficio, propio de hombres en quienes
exclusivamente domina la fuerza muscular.
--Yo, como usted ve --dijo--, soy comerciante, para lo cual más que
puños se necesita pesquis, y más trato con personas de todas clases
que con piedras duras o blandas. Desde pequeñuelo ando en el tráfico,
y en él seguiré hasta que Dios me mande a comer barro debajo de la
tierra. Y de todos los modos de comerciar, he preferido el que usted
ve, que me ahorra gastos de tienda, luz, dependientes, y el quebradero
de cabeza que dan los libros o papeles de cuentas. No tengo familia
ni ambición, y disfruto del local más ventilado y espacioso que puede
imaginarse, que es el libre suelo de mi España querida. Total: que
mi casa la barre el aire... En los buenos almacenes de las capitales
compro mi género, y voy a surtir a las villas, aldeas y lugares. Aquí
cobro, aquí pago: siempre me queda para un mediano pasar. En todos los
pueblos me quieren, en algunos me alojan gratis, en otros me obsequian;
recibo encargos; cumplo como un caballero; sirvo al ilustrado y al
cerril, a las viejas regañonas y a las mozas guapas, al cura ronflante
y a las monjitas de hablar gangoso y manos blancas. La lista de mis
artículos no tiene fin: tijeras, cintas, agujas, carretes, peines,
botones, alfileres, puntillas, plumas, lápices, sortijas, pendientes,
alfileres de pecho y otras alhajitas falsas... estampitas, medallas de
la Virgen del Pilar, escapularios, corazones y rosarios... _catones_,
_fleuris_, cajitas de polvos, polvos para chinches, postales con niñas
al fresco... _mas amén_ de otras cosillas reservadas que vienen de
donde vienen y van a donde van.
Pasada la nava, vio Gil un resplandor que iluminaba los senos del
inmediato monte. Internándose en este, se hallaron en la clara donde
ejercía su industria una cuadrilla de ahumados carboneros. Dos grandes
montones de leña cubiertos de tierra ardían con lenta combustión,
despidiendo la tufarada de la madera verde, y humareda sofocante; y
no lejos de estos que parecían altares druídicos, chisporroteaba la
fogata, que era vivac y cocina de los humildes trabajadores. Cuatro
hombres y un chico estaban en derredor de la lumbre a la mira de un
cazolón. Dos tenían calada la capucha del capote y parecían cartujos,
las caras más ennegrecidas que negras, no afeitadas, y de aspecto
morisco y huraño. Acogieron los carboneros con franco agasajo a los
dos caminantes, y especialmente al de la ardilla, con quien tenían
antiguo conocimiento, y les invitaron a su mesa, que era un negro suelo
sin manteles. No lejos del cotarro, dos pollinos echados dormitaban
pacíficamente.
Los trajinantes, que a hora tan avanzada tenían más hambre que
Dios paciencia, no se hicieron de rogar para ponerse en el ruedo y
participar de la frugalísima cena, que era un guisote prehistórico,
céltico, antidiluviano, compuesto de cecina de cabra y zoquetes de
pan, seguido de queso duro y piñones. Todo les supo a gloria, y la
conversación que amenizaba el banquete versó sobre diferentes chismes
de los pueblos cercanos. A la claridad de la hoguera que el chiquillo
atizaba, pudo apreciar Gil la persona y rostro del comerciante
andariego. Era un hombre acartonado en los años medios de la vida,
enjuto de cuerpo y de regular talla, piernas de mozo y cara de vieja,
con ojuelos negros, chiquitines y vivarachos como los del animalito que
agasajaba. Retirados a donde se les ofreció lecho de hoja seca junto a
unas hayas, el buhonero, que no podía dormir sin prepararse al sueño
con un poco de palique, agregó a lo dicho, estas noticias de su persona:
--Yo me llamo Bartolomé Cíbico, y nací en un lugarejo que llaman
Taravilla, tierra de Molina de Aragón. Con diferentes motes soy
nombrado en los lugares donde tengo mi parroquia. En Aragón me dicen el
_Paniquesero_, por este bicho que llevo conmigo, al cual llaman allí
_paniquesa_; en Navarra me apellidan el _Prisitas_, porque soy muy vivo
para el despacho; en la parte de Aranda me conocen por _Corre-corre_, y
aquí, en lugares de Soria, no habrá nadie que no le dé a usted razón de
_Bartolito_.
Correspondió Gil a estas confianzas con otras, diciendo y callando lo
que le convenía.
Y a la mañana siguiente, sentaditos los dos en un soto a la vista de
Suellacabras, desayunándose con mendrugos, Gil determinó franquearse
con Bartolito, pues tales cualidades de agudeza y metimiento había
descubierto en él, que no dudó sería un excelente auxiliar en el
negocio que a tal pueblo le llevaba. Después de prepararle con
insinuaciones sutiles, le dijo que no venía de las canteras de Ágreda
por buscar trabajo en otra parte, ni por nada tocante a la vida
material, sino por la busca y seguimiento de una linda mujer con quien
sostenía lícitos amores. En tan singular hembra se reunían la belleza,
la virtud y la discreción. Ella y él querían casarse; pero sus anhelos
se estrellaban en la oposición de unos tíos... que eran los tíos más
perros que Dios había echado al mundo.
Interesado en el cuento, Cíbico pedía claridad, nombres, nombres;
y cuando oyó a Gil mentar a los Borjabades, llevose las manos a la
cabeza, exclamando entre serio y festivo:
--¡Don Saturio, Virgen del Tremedal! ¡El primer chiflado y el primer
cicatero de este mundo, del otro y del de más allá! Le conozco, por mi
desgracia... Sé quién es la chica. La vi en Zaragoza cuando estudiaba
para maestra... ¡Vaya, vaya! ¡Don Saturio! pues no le ha caído a usted
floja viga encima del cráneo. Ya sabrá que anda buscando piedras
preciosas. Boñigas y cascarrias le daría yo. A cuenta que para piedra
preciosa, bastante tiene con Pascualita... Que la venda, y...
--Eso quiere él, Bartolo --dijo Tarsis-Gil--: venderla; pero yo no se
lo consentiré, y usted me ayudará.
Mostrose Cíbico en tan buena disposición para secundar los planes del
amigo, que este se aventuró a proponerle mediación o tercería para
comunicarse con la bella moza. Gil se mantendría escondido en cualquier
hostal o parador, y Cíbico, con el mete y saca de su ambulante
comercio, podría llevar y traer esquelas o recaditos.
Brillaban con cierta malicia rufianesca los ojos de Bartolito cuando
dijo:
--Sí, sí: lo haré de muy buena conformidad, porque a ese tío le
tengo yo gana por una judiada que me hizo el año pasado, y aguardaba
yo coyuntura de cobrársela. Ahora es la mía. El viejo carcamal,
desesperado de no encontrar oro ni diamantes, quiere hacer negocio con
la California de su sobrina. Pues ahora nos veremos. Hoy mismo, amigo
Gil, empezaremos a trabajar el negocio. Don Saturio estará alojado
en casa de esos que llaman los _Almuerzos_. Pues allá me voy con mis
pacotillas, echando por delante toda mi agudeza. Y para que se entere
usted de quién es ese tío marrullero, oiga este golpe. Diez meses ha,
me encargó una lente de gran aumento, de esas que llaman _lupas_,
para examinar los granitos y polvitos que a él le parecen de oro.
En Zaragoza compré la lente, y era tal que con ella veía usted los
pelos del sobaco de una pulga... Se la traje... y el muy pindonguero,
después de usarla muchos días, no quiso pagármela. Díjome que se había
enfermado de la vista, porque el cristal tenía maleficio y qué sé yo
qué. Resultado: que ni me pagaba, ni me devolvía el artículo... Lo que
digo: hoy mismo empezamos.
--Yo le quedaré a usted muy agradecido, señor Cíbico --dijo el mozo
con timidez--, y si salimos triunfantes, le recompensaré... Hoy habría
de ser con alguna cortedad, porque ando escaso de moneda; mañana, otro
día...
--¡Oh! no hablemos de eso --replicó el mercachifle con voz y ademanes
de delicadeza--. Ya nos entenderemos... y lo que usted dice: a
triunfar, a reventar a ese pelma y deshacerle la combinación. Bien
veo yo, y perdone... bien veo que usted no es un cualquiera. Me ha
dado en la nariz que aquí hay principalía, que debajo de un Gil hay un
Torongil... ¿No me entiende?... Hágame el favor de enseñarme sus manos.
Mostró el caballero sus manos, y el ladino Bartolo las tocó, y apreció
su dureza y callosidades. Después hizo lo propio en el antebrazo,
apretándolo para enterarse de la tensión acerada del bíceps. Hecho
esto, y clavando en Gil sus ojuelos vivarachos, le dijo:
--Amiguito, las manos y brazos son de cavador o de cantero; pero la
cara, el mirar, el habla, son de otra calidad, son de otra encarnadura.
A mí no me la da nadie. Soy perro viejo, que ha visto mucho mundo...
Debajo del sayal hay al... y punto... Ya hablaremos, señor don Gil.
Diciendo esto, dio a la ardilla todo el largo de cuerda, que era como
unas varas de libertad. Subiose el animal a un árbol con graciosa
presteza, y después de brincar de rama en rama, persiguiendo los
pajarillos, estuvo espulgándose y limpiándose el hocico hasta que el
amo la llamó a su amorosa tutela, mostrándole cortezas de pan:
--Ven, rica... Venga mi _paniquesa_ bonita y salada... Baja, toma...
¡Ay, qué juguetona y qué enredadora es la niña de su padre!
Llegáronse cautelosos hasta las primeras casas del pueblo, y en una de
estas, que era casa de amigos, aposentó Bartolo a Gil, encareciendo
la familiar asistencia. Luego partió a su correría mercantil, y tan
diligente estuvo en lo tocante al negocio del amigo, que a media tarde
le llevó noticias de su novia.
--Entré en la casa de sus primos, y mi buena estrella me deparó el ver
a Pascualita. Me compró unas peinas que no pienso cobrarle. Después,
aprovechando un momento en que nos quedamos solos, le hablé de Gil.
Se puso muy colorada. Yo le dije que estaba usted en lugar seguro...
y ella mudó de color; díjome que su tío... ¡Porra, qué tío!... «Pues
sabrá usted que don Saturio se avistó esta mañana con el Gaitín que
vive en Suellacabras, y concertaron que la Guardia civil le prenda a
usted por vago, y le lleve atado codo con codo: ¿a dónde? ya no me
acuerdo.» Esto me lo dijo la niña secreteando... Apareció la tía con
su cara de alcuza y no pudimos hablar más. No hay que apurarse, amigo.
Aquí no han de cogerle. La gente de esta casa es de toda confianza...
Ahora voy a dar una vuelta por el pueblo, a ver si cobro algunos
picos... Le traeré a usted una cédula; rompe la suya, y toma con nueva
cédula otro nombre.
Intranquilo estuvo Gil hasta la noche y hora en que Cíbico le llevó
con la cédula noticias peores. Había vuelto a la casa de Pascuala, que
aterrada y trémula le entregó este mensaje, rápida y nerviosamente
escrito en un papelejo: «Vete corriendo de aquí, y lleva la cédula que
te dará Bartolo... Escóndete de Guardia civil... Irás vuelta de Soria
rodeo largo. En Soria estaremos viernes. Bartolito darate señas...
Bartolito amigo bueno... Bartol...» No siguió escribiendo... Gran
susto... Oyose el carraspeo de don Saturio como una tempestad cercana.