XII

Del conocimiento que hizo Gil con el industrioso mercader Bartolo

Cíbico.

Trabajando en la cantera con desordenado empuje, el buen Gil dejó que

las manos se entendieran solas con las piedras, sin el gobierno de la

voluntad, y ardía en estos y otros coloquios consigo mismo: «Buscaremos

a la Madre... Madre, ¿dónde estás? ¿Te has subido al Moncayo, que es tu

más alto trono, de donde puedes mirar a Castilla y Aragón?... Pero si

allí estás, ¿cómo hemos de subir a la cima de ese monte mi Cintia y yo,

que somos criaturas mortales, aunque encantadas?... Pensando, Madre,

pensando dónde podríamos encontrarte, se me ha ocurrido que tú no solo

habitas en las cumbres geográficas, sino en las cumbres históricas.

¿Estarás en Numancia, quiero decir, en lo que fue Numancia, que si algo

queda de ella tú sabrás dónde está? He oído que cerca de Soria yace

soterrado el cuerpo glorioso de aquella ciudad. Allá, allá iremos a

buscarte.»

A la hora de comer, le llevó Felipa el recado de que Pascuala saldría

con sus tíos al amanecer del siguiente día; y sabido esto, Gil no fue

a la cantera más que para despedirse. Sorprendió a los compañeros y

al capataz la despedida del mozo, a quien todos querían por su trato

sencillo y buena conducta. A las explicaciones que se le pidieron,

contestó que su oficio era modelador de yeso y estuquista, y que de

Soria, donde tenía parientes, le habían propuesto trabajar en una obra

de la Diputación, con jornal de cuatro pesetas para arriba... Antes de

ir al parador, enterose bien del camino que había de seguir; y recogida

y bien liada su ropa en el hatillo con correas, se puso en marcha. Si

los tíos de Pascuala partían al alba, él les tomaría la delantera,

saliendo de Ágreda antes de media noche, y así les ganaba camino para

igualar en lo posible la diferencia de andadura, pues los Borjabades

iban en carro y él no tenía más coche de ruedas que el de san Francisco.

Caminando ya con firme paso por la carretera de Soria, sus pensamientos

pueden ser verbalizados de esta manera: «Parece que tengo libertad

y no soy libre... Dentro de mí siento el hierro, siento la coraza

del encantamiento, que no me impiden correr hacia la ideal Cintia

para unirme con ella; pero que no me dejarían seguir otra dirección

si tomarla quisiera. Encanto y amor van unidos, lo que es doble

esclavitud y dulzura doble. Confortado por el amor, no temo los duros

trabajos, ni la humillación, ni la miseria. Concédame la Madre vivir

con Cintia en el hueco de una peña, como los aborígenes que vinieron

acá con mi abuelito el hijo de Japhet, nieto de Noé. Viviremos en

salvaje independencia, ignorados e ignorantes del mundo... Criaremos

un rebañito de cabras; yo seré cazador... Domesticaré halcones y

gerifaltes para resucitar la muerta y olvidada caza de cetrería... ¡Oh

encanto de encantos!...»

Así pensando, descendía por ásperas pendientes, y al amanecer pasó

junto a la laguna de Añavieja, sobre la cual pesaba una manta de niebla

perezosa. «Los que por aquí vivían --se dijo--, ¿eran celtas o iberos?

No recuerdo lo que el pobre Augusto me contaba de la vida y costumbres

de los españoles primitivos. Lo que yo sé, sin que él me lo haya dicho,

es que no gastaban chalecos ni cuellos altos, y que su calzado había de

ser muy cómodo... Me siento amigo de aquellos buenos madrugadores de la

vida hispánica, y hasta doy en pensar que yo también madrugué, que fui

un poquito prehistórico.»

Viandantes encontraba pocos, y estos de aspecto miserable; mujeres

flacas cargando haces de leña; hombres que parecían enfermos y lo

estaban de penuria y cansancio, luchadores de la vida, en completo

vencimiento y derrota, que iban en busca de una limosna en forma de

jornal. Apenas dejó atrás la soñolienta laguna, que ya mostraba su

cuajado cristal despejándose de la neblina, el paisaje le sugirió ideas

menos tristes. En los collados verdegueaban matojos y chaparros; se

oían esquilas de ovejas y algún silbo de pastores... Cuando más solo

se sentía, encontró una cuadrilla de titiriteros. Abrían la marcha dos

hombres y un muchacho a pie; seguía el carro entoldado, donde llevaban

los avíos escénicos. Asomaban por el hueco delantero dos caras de

mujer y medio cuerpo de una mona triste, achacosa y deslucida de pelo.

Pararon en firme para dar respiro al tronco de burros, que acababa de

echarse a pechos una empinada cuesta.

A los que venían a pie preguntó Gil si faltaba mucho para Matalebreras.

El que parecía capitán de la cuadrilla o director circense, contestó

al caminante que a la vuelta del cerro estaba Matalebreras, y que si

no estuviese allí ni en ninguna parte del mundo, nada se perdería,

porque lugar más arrimado a la cola no había visto en lo que llevaba de

aquella vida. Y el otro, que debía de ser el payaso, completó así el

informe de su compañero:

--Buen hombre, si llevas que comer, vete a Matalebreras, y si no, pasa

de largo, que en ese pueblo no ven en el forastero más que mismamente

un ladrón que llega y les quita lo poco que tienen de comer. En

dos puñaleras funciones que hemos dado, no hemos visto la cara de

ninguna moneda del Rey, si no es la roña de ochavos morunos... Y no

faltan pudientes; pero nos han tomado por gentuza que trae acá la

_corrumpición_ de los pueblos y el _turriburri_ contra la religión...

Y el otro, colérico y vociferante, siguió así:

--Vinieron dos cuervos, alcalde y curángano, a decirnos que si no

ahuecábamos pronto, nuestras costillas lo habían de sentir.

Bajo la curva del toldo dejáronse ver, agachándose, las dos mujeres

desgreñadas y pitañosas. La una, que no era joven ni bonita, y aún

conservaba en sus mejillas flácidas manchurrones del almagre y

blanquete de la noche anterior, metió para adentro a la mona que allí

estaba tomando el fresco, y soltó la catarrosa voz a estos bárbaros

improperios:

--Oiga, joven, ¿va usté a esa _Mataliebres_ o _Matachinches_? Diga

de mi parte al reladronazo del alcalde que me voy con las ganas de

pasearme por encima de sus tripas y de machacarle las ternillas... Y a

ese judío del cura dígale que me chincho en su corona, y que se vaya a

descomulgar a la perra de su madre.

La otra mujer, que en sus brazos había cogido a la mona y

cuidadosamente la espulgaba, soltó después los clamores de su ira

diciendo:

--¡Pueblo _iznorante_ y _farisón_! Pa esos gansos, el arte no es

nada... To’l dinero pa misas, y los probes artistas que ladremos de

hambre.

Gil les consoló con medias palabras; gruñeron y blasfemaron los dos

hombres; el jefe de la cuadrilla dio por terminado el descanso de

sus burros; rechinó el carricoche. Con una despedida campechana se

separaron, y Gil siguió su camino, lastimado del desavío de aquella

pobre gente.

Avanzado el día, alto ya el padre sol, que acariciaba con sus rayos

las espaldas del caminante, este llegó a las primeras casas de

Matalebreras, y como en aquel punto sintiese cercano rodar de carros,

pensó que serían los de la caravana de Pascuala y sus tíos. Escondiose

tras de un espeso matorro para verlos pasar, y en efecto ellos eran. En

el delantero alcanzó a ver el rostro ideal de Cintia, y la desapacible

carátula de don Saturio amparada de un ancho sombrero; vio sus manos

nudosas con guantes de lana, apoyadas en el puño de un recio bastón...

Tras ellos asomaba el rostro afligido y siniestro de Baltasara. En el

carro zaguero iba un hombre desconocido, entre colchones, trebejos y

calderería. La familia desgraciada llevaba consigo todo su ajuar, que

era bien pobre.

Viéndoles internarse en el pueblo, recordó Gil noticias que le dio

Pascuala del enfadoso don Saturio. Acariciaba este infeliz señor en su

cacumen la manía de que las sierras del Madero y del Almuerzo guardaban

en sus entrañas riquísimos minerales de plata y oro, y de bermellón

o cinabrio. No había más que abrir las peñas y hozar un poco en las

tierras para encontrar tesoros tales, y bajo la seguridad de estas

riquezas se escondía el barrunto de que, buscando plata, se encontraran

esmeraldas y rubíes. Más de una vez derrochó sus mermados cuartejos

en abrir pozos y calicatas de que no sacó nada valioso, ni siquiera

la joya de su desengaño. Cuanto más vencido, más aferrado a su loca

ilusión.

Pensaba Gil que tal vez don Saturio y su caravana se detendrían en

Matalebreras, patria verdadera o fingida de la sin par Pascuala, y

no atreviéndose a entrar en el pueblo, temeroso de ser tratado en él

como lo fueron los desdichados saltimbanquis, se situó a la salida,

por donde a su parecer habían de pasar los viajeros cuando siguieran a

Suellacabras... Serían las cuatro cuando Gil, escondido tras una cabaña

en ruinas, vio aparecer los dos carros de la caravana, despacito,

acomodándose al paso de varias personas que salían a despedirla. Entre

ellas vio Gil a un cura inflado y de buen año, que debía de ser el

mismo de quien la desesperada titiritera habló con ira y desprecio;

a otro sujeto muy suelto de ademanes, que era sin duda el alcalde, y

una pareja de humildísimo pelaje, que bien podía ser de las nobles

alcurnias de Borjabad o de Arabiana. Les siguió con la vista, hasta que

en un repecho se dieron los adioses. Ocultose Gil en espesura cercana,

y hasta que se vio rodeado de intensa soledad campestre no emprendió su

camino.

Aproximándose a una sierra, a ratos oía Gil el rechinar de los carros,

a ratos no, según la vuelta que llevaban en los escalonados alcores.

Así anduvo toda la tarde, y a punto de anochecer, se fue metiendo en

espeso pinar. Pensó el encantado caballero que andando de noche por

aquel misterioso bosque se perdería; mas sin arredrarse por ello,

penetró más y más pinos adentro, sin que la negrura de la selva ni la

quejumbre dolorida del viento en aquellas bóvedas le impusieran temor.

Ya le rendía el cansancio, cuando sintió sobre la hojarasca resbaladiza

pasos que no eran de bestias, sino de un activo caminante... Le vio

venir; fuese a él, diciéndole:

--Buen amigo, ¿voy bien por aquí a Suellacabras?

Y el desconocido, sin detenerse, le respondió con buen modo:

--El mismo camino llevo yo. Paréceme que es usted nuevo en esta tierra.

Yo me la sé de memoria. Óigame: aun andando sin parar toda la noche no

llegará usted a Suellacabras antes de amanecer. Hay que tomarlo con

calma. Del pinar saldremos pronto; sigue una nava no muy grande; luego

un monte de hayas, boj y madroñera. Iremos juntos, y si usted no tiene

demasiada prisa, descansaremos en un chozal de carboneros a media legua

de aquí.

Agradó a Gil la cortesía del andarín. Pegada la hebra con franqueza

locuaz por una parte y otra, no tardaron en hablarse como amigos:

--Yo vengo de Ágreda, y voy a Suellacabras en busca de trabajo...

--Yo soy mercader ambulante que vengo de media España, y a media España

voy. Llevo a cuestas mi comercio por dos razones: porque me ha quedado

poco género, y porque en Aldea del Pozo se me murió tres días ha la

borriquilla que era mi tren de mercancías.

Oyendo esto, advirtió Gil que su compañero de camino, a más del

envoltorio colgado a la espalda como mochila, llevaba sobre el hombro

izquierdo un animalejo que al pronto le pareció ratón grandísimo, y

luego vio que era ardilla, atada de una larga cuerda que el buhonero

liaba en su brazo derecho. A ratos, volvía el hombre su rostro hacia

la mansa bestezuela, y pasándole la mano por el lomo le decía palabras

de paternal ternura... Mas como hablador descosido, su mayor gusto era

platicar con el compañero de viaje.

--Si se puede saber, dígame, buen amigo, en qué trabaja usted y qué

oficio tiene.

Al oír que Gil venía de romper piedras en una cantera, expresó su

disgusto y poca estimación de tal oficio, propio de hombres en quienes

exclusivamente domina la fuerza muscular.

--Yo, como usted ve --dijo--, soy comerciante, para lo cual más que

puños se necesita pesquis, y más trato con personas de todas clases

que con piedras duras o blandas. Desde pequeñuelo ando en el tráfico,

y en él seguiré hasta que Dios me mande a comer barro debajo de la

tierra. Y de todos los modos de comerciar, he preferido el que usted

ve, que me ahorra gastos de tienda, luz, dependientes, y el quebradero

de cabeza que dan los libros o papeles de cuentas. No tengo familia

ni ambición, y disfruto del local más ventilado y espacioso que puede

imaginarse, que es el libre suelo de mi España querida. Total: que

mi casa la barre el aire... En los buenos almacenes de las capitales

compro mi género, y voy a surtir a las villas, aldeas y lugares. Aquí

cobro, aquí pago: siempre me queda para un mediano pasar. En todos los

pueblos me quieren, en algunos me alojan gratis, en otros me obsequian;

recibo encargos; cumplo como un caballero; sirvo al ilustrado y al

cerril, a las viejas regañonas y a las mozas guapas, al cura ronflante

y a las monjitas de hablar gangoso y manos blancas. La lista de mis

artículos no tiene fin: tijeras, cintas, agujas, carretes, peines,

botones, alfileres, puntillas, plumas, lápices, sortijas, pendientes,

alfileres de pecho y otras alhajitas falsas... estampitas, medallas de

la Virgen del Pilar, escapularios, corazones y rosarios... _catones_,

_fleuris_, cajitas de polvos, polvos para chinches, postales con niñas

al fresco... _mas amén_ de otras cosillas reservadas que vienen de

donde vienen y van a donde van.

Pasada la nava, vio Gil un resplandor que iluminaba los senos del

inmediato monte. Internándose en este, se hallaron en la clara donde

ejercía su industria una cuadrilla de ahumados carboneros. Dos grandes

montones de leña cubiertos de tierra ardían con lenta combustión,

despidiendo la tufarada de la madera verde, y humareda sofocante; y

no lejos de estos que parecían altares druídicos, chisporroteaba la

fogata, que era vivac y cocina de los humildes trabajadores. Cuatro

hombres y un chico estaban en derredor de la lumbre a la mira de un

cazolón. Dos tenían calada la capucha del capote y parecían cartujos,

las caras más ennegrecidas que negras, no afeitadas, y de aspecto

morisco y huraño. Acogieron los carboneros con franco agasajo a los

dos caminantes, y especialmente al de la ardilla, con quien tenían

antiguo conocimiento, y les invitaron a su mesa, que era un negro suelo

sin manteles. No lejos del cotarro, dos pollinos echados dormitaban

pacíficamente.

Los trajinantes, que a hora tan avanzada tenían más hambre que

Dios paciencia, no se hicieron de rogar para ponerse en el ruedo y

participar de la frugalísima cena, que era un guisote prehistórico,

céltico, antidiluviano, compuesto de cecina de cabra y zoquetes de

pan, seguido de queso duro y piñones. Todo les supo a gloria, y la

conversación que amenizaba el banquete versó sobre diferentes chismes

de los pueblos cercanos. A la claridad de la hoguera que el chiquillo

atizaba, pudo apreciar Gil la persona y rostro del comerciante

andariego. Era un hombre acartonado en los años medios de la vida,

enjuto de cuerpo y de regular talla, piernas de mozo y cara de vieja,

con ojuelos negros, chiquitines y vivarachos como los del animalito que

agasajaba. Retirados a donde se les ofreció lecho de hoja seca junto a

unas hayas, el buhonero, que no podía dormir sin prepararse al sueño

con un poco de palique, agregó a lo dicho, estas noticias de su persona:

--Yo me llamo Bartolomé Cíbico, y nací en un lugarejo que llaman

Taravilla, tierra de Molina de Aragón. Con diferentes motes soy

nombrado en los lugares donde tengo mi parroquia. En Aragón me dicen el

_Paniquesero_, por este bicho que llevo conmigo, al cual llaman allí

_paniquesa_; en Navarra me apellidan el _Prisitas_, porque soy muy vivo

para el despacho; en la parte de Aranda me conocen por _Corre-corre_, y

aquí, en lugares de Soria, no habrá nadie que no le dé a usted razón de

_Bartolito_.

Correspondió Gil a estas confianzas con otras, diciendo y callando lo

que le convenía.

Y a la mañana siguiente, sentaditos los dos en un soto a la vista de

Suellacabras, desayunándose con mendrugos, Gil determinó franquearse

con Bartolito, pues tales cualidades de agudeza y metimiento había

descubierto en él, que no dudó sería un excelente auxiliar en el

negocio que a tal pueblo le llevaba. Después de prepararle con

insinuaciones sutiles, le dijo que no venía de las canteras de Ágreda

por buscar trabajo en otra parte, ni por nada tocante a la vida

material, sino por la busca y seguimiento de una linda mujer con quien

sostenía lícitos amores. En tan singular hembra se reunían la belleza,

la virtud y la discreción. Ella y él querían casarse; pero sus anhelos

se estrellaban en la oposición de unos tíos... que eran los tíos más

perros que Dios había echado al mundo.

Interesado en el cuento, Cíbico pedía claridad, nombres, nombres;

y cuando oyó a Gil mentar a los Borjabades, llevose las manos a la

cabeza, exclamando entre serio y festivo:

--¡Don Saturio, Virgen del Tremedal! ¡El primer chiflado y el primer

cicatero de este mundo, del otro y del de más allá! Le conozco, por mi

desgracia... Sé quién es la chica. La vi en Zaragoza cuando estudiaba

para maestra... ¡Vaya, vaya! ¡Don Saturio! pues no le ha caído a usted

floja viga encima del cráneo. Ya sabrá que anda buscando piedras

preciosas. Boñigas y cascarrias le daría yo. A cuenta que para piedra

preciosa, bastante tiene con Pascualita... Que la venda, y...

--Eso quiere él, Bartolo --dijo Tarsis-Gil--: venderla; pero yo no se

lo consentiré, y usted me ayudará.

Mostrose Cíbico en tan buena disposición para secundar los planes del

amigo, que este se aventuró a proponerle mediación o tercería para

comunicarse con la bella moza. Gil se mantendría escondido en cualquier

hostal o parador, y Cíbico, con el mete y saca de su ambulante

comercio, podría llevar y traer esquelas o recaditos.

Brillaban con cierta malicia rufianesca los ojos de Bartolito cuando

dijo:

--Sí, sí: lo haré de muy buena conformidad, porque a ese tío le

tengo yo gana por una judiada que me hizo el año pasado, y aguardaba

yo coyuntura de cobrársela. Ahora es la mía. El viejo carcamal,

desesperado de no encontrar oro ni diamantes, quiere hacer negocio con

la California de su sobrina. Pues ahora nos veremos. Hoy mismo, amigo

Gil, empezaremos a trabajar el negocio. Don Saturio estará alojado

en casa de esos que llaman los _Almuerzos_. Pues allá me voy con mis

pacotillas, echando por delante toda mi agudeza. Y para que se entere

usted de quién es ese tío marrullero, oiga este golpe. Diez meses ha,

me encargó una lente de gran aumento, de esas que llaman _lupas_,

para examinar los granitos y polvitos que a él le parecen de oro.

En Zaragoza compré la lente, y era tal que con ella veía usted los

pelos del sobaco de una pulga... Se la traje... y el muy pindonguero,

después de usarla muchos días, no quiso pagármela. Díjome que se había

enfermado de la vista, porque el cristal tenía maleficio y qué sé yo

qué. Resultado: que ni me pagaba, ni me devolvía el artículo... Lo que

digo: hoy mismo empezamos.

--Yo le quedaré a usted muy agradecido, señor Cíbico --dijo el mozo

con timidez--, y si salimos triunfantes, le recompensaré... Hoy habría

de ser con alguna cortedad, porque ando escaso de moneda; mañana, otro

día...

--¡Oh! no hablemos de eso --replicó el mercachifle con voz y ademanes

de delicadeza--. Ya nos entenderemos... y lo que usted dice: a

triunfar, a reventar a ese pelma y deshacerle la combinación. Bien

veo yo, y perdone... bien veo que usted no es un cualquiera. Me ha

dado en la nariz que aquí hay principalía, que debajo de un Gil hay un

Torongil... ¿No me entiende?... Hágame el favor de enseñarme sus manos.

Mostró el caballero sus manos, y el ladino Bartolo las tocó, y apreció

su dureza y callosidades. Después hizo lo propio en el antebrazo,

apretándolo para enterarse de la tensión acerada del bíceps. Hecho

esto, y clavando en Gil sus ojuelos vivarachos, le dijo:

--Amiguito, las manos y brazos son de cavador o de cantero; pero la

cara, el mirar, el habla, son de otra calidad, son de otra encarnadura.

A mí no me la da nadie. Soy perro viejo, que ha visto mucho mundo...

Debajo del sayal hay al... y punto... Ya hablaremos, señor don Gil.

Diciendo esto, dio a la ardilla todo el largo de cuerda, que era como

unas varas de libertad. Subiose el animal a un árbol con graciosa

presteza, y después de brincar de rama en rama, persiguiendo los

pajarillos, estuvo espulgándose y limpiándose el hocico hasta que el

amo la llamó a su amorosa tutela, mostrándole cortezas de pan:

--Ven, rica... Venga mi _paniquesa_ bonita y salada... Baja, toma...

¡Ay, qué juguetona y qué enredadora es la niña de su padre!

Llegáronse cautelosos hasta las primeras casas del pueblo, y en una de

estas, que era casa de amigos, aposentó Bartolo a Gil, encareciendo

la familiar asistencia. Luego partió a su correría mercantil, y tan

diligente estuvo en lo tocante al negocio del amigo, que a media tarde

le llevó noticias de su novia.

--Entré en la casa de sus primos, y mi buena estrella me deparó el ver

a Pascualita. Me compró unas peinas que no pienso cobrarle. Después,

aprovechando un momento en que nos quedamos solos, le hablé de Gil.

Se puso muy colorada. Yo le dije que estaba usted en lugar seguro...

y ella mudó de color; díjome que su tío... ¡Porra, qué tío!... «Pues

sabrá usted que don Saturio se avistó esta mañana con el Gaitín que

vive en Suellacabras, y concertaron que la Guardia civil le prenda a

usted por vago, y le lleve atado codo con codo: ¿a dónde? ya no me

acuerdo.» Esto me lo dijo la niña secreteando... Apareció la tía con

su cara de alcuza y no pudimos hablar más. No hay que apurarse, amigo.

Aquí no han de cogerle. La gente de esta casa es de toda confianza...

Ahora voy a dar una vuelta por el pueblo, a ver si cobro algunos

picos... Le traeré a usted una cédula; rompe la suya, y toma con nueva

cédula otro nombre.

Intranquilo estuvo Gil hasta la noche y hora en que Cíbico le llevó

con la cédula noticias peores. Había vuelto a la casa de Pascuala, que

aterrada y trémula le entregó este mensaje, rápida y nerviosamente

escrito en un papelejo: «Vete corriendo de aquí, y lleva la cédula que

te dará Bartolo... Escóndete de Guardia civil... Irás vuelta de Soria

rodeo largo. En Soria estaremos viernes. Bartolito darate señas...

Bartolito amigo bueno... Bartol...» No siguió escribiendo... Gran

susto... Oyose el carraspeo de don Saturio como una tempestad cercana.

El caballero encantado (cuento real... inverosí­mil) · 第 12 / 34 题