Donde brillan con toda claridad la ternura y discreción de la hermosa
Cintia.
Enloquecido quedó el buen Gil con el encuentro de la divina mujer a
quien sin vacilación diputaba como la propia Cintia, transmutada de
señora en villana por la mano hechicera que le había transformado a él.
Pasó la noche en inquietos delirios, y a poco de amanecer aplicaba al
trajín de la piedra su fuerza muscular, cual máquina emancipada del
pensamiento. No tenía Gil amigo de confianza con quien comunicarse. El
famoso burlador don Juan de Ablitas estaba en la cárcel, por haberle
salido su aventura diametralmente al revés de como la hubo pensado.
Fue al pueblo con la caballeresca ilusión de pegarle al cura, y este,
que era un hombracho como un castillo, le ganó velozmente la acción,
destrozándole con recios bofetones toda la cara, pateándole después,
y de añadidura requiriendo a la autoridad para que le metiera en la
cárcel, como se hizo, procesándole por agresión sacrílega.
La segunda entrevista de Gil con la que ya era su novia fue poco
después de anochecido, en una plazoleta próxima a la casa de ella; casa
honestísima ciertamente, como lo era también la plazoleta, formada de
una parte por la casa-cuartel de la Guardia civil, y de otra por un
convento de monjas reclusas. Comprendió Gil que su novia disfrutaba
de cierta libertad. En la vaga conversación sabrosa iba dando a
conocer su vida y parentela, y diversas circunstancias que el mozo
apreció como favorables para los incipientes y ya formales amores.
Pascuala manifestaba su alma con graciosa sinceridad, y era honesta sin
gazmoñería, honrada y pura sin la menor afectación. Gil se confirmaba
en que tenía delante a la propia Cintia por un signo infalible, rasgo
saliente y luminoso de la hermosa colombiana, que era la sana y dulce
alegría, el sonreír largo que dejaba ver la más perfecta y blanca
dentadura. Era Cintia; solo Cintia sabía decir conceptos delicados y
conceptos comunes con aquella boca de ángel...
Ya en el encuentro o aparición en _la Dehesa_ había notado Gil que el
lenguaje de la moza no era el habla tosca del pueblo campesino; se
expresaba con limpia dicción y con notoria pureza gramatical. El enigma
quedó aclarado con estas palabras de Pascuala:
--Soy maestra. En Zaragoza, donde he vivido cinco años con mi tío
don Bruno Borjabad, procurador, hice mis estudios, y tengo título...
¿Qué te creías? Ahora estamos esperando a que don Feliciano Gaitín,
que es el mandón de estos lugares, nos cumpla lo prometido: darme una
escuelita de párvulos en cualquier pueblo de esta comarca. Buena falta
nos hace, porque mis tíos, con quienes vivo, andan atrasadillos por las
malas cosechas y lo perdido que está todo.
Completó Pascualita su historial con estas referencias:
--Vivo con mis tíos Saturio Borjabad y su mujer Baltasara, y esta
casita es de unos primos míos por parte de madre, llamados aquí los
_Almuerzos_, porque son de la sierra de este nombre, y se dedicaban al
negocio del carbón. Ahora viven en Soria. Mi madre se llamaba Pilar
Arabiana; dicen que era un poquito noble. Mis tíos los Borjabades
tienen en Suellacabras dos o tres telares, y allí viven mis primos, que
fabrican sayas y capotillos de jerga. Conque ya tienes ante ti todo
el mapa de mi familia. Al ponértelo delante, me río como ves... En mi
parentela hubo nobles y plebeyos; hoy todos son pobres. Algunos viven
de ilusiones, otros emigran, algunos trabajan como negros... Yo, que
en pobreza no tengo a nadie que me aventaje, les alegro a todos con mi
alegría.
--¡Qué encanto de mujer! A Dios bendecimos y alabamos por haber hecho
esa boca. Y a Dios le basta eso para ser grande.
Terminó Pascuala la segunda entrevista despidiendo a Gil con la más
dulce de sus risas, un empujoncito y esta frase donosa:
--Vete ya, que no quiero enojar a los tíos... Me dan licencia de un
ratito, y el ratito se va volviendo _ratón_.
¡Ay, Gil, en qué soñador arrebato vivías! Y machacando piedras, dejabas
que tu espíritu rodara por los espacios, chocando con estrellas y
soles... Muy fuertes habían de ser los tirones de la realidad para que
a ella volvieses... A la ya referida cita con Pascuala siguieron otras
en el propio sitio, o en un bosquecito de acacias frontero al pórtico
de las monjas. En aquellos ratos de dulce intimidad, el fuego de amor
prendía con flamear gracioso en los corazones. La idea, nunca olvidada
por Gil, de que se conocieron antes, en otra misteriosa y lejana vida,
prendió también en la mente de ella, y a menudo decía:
--Sí, Gil: yo llevaba en mí hace tiempo tu cara y tu ser todo.
Se confiaban sus pensamientos sin faltar a la pureza y corrección.
Si él, llevado de su fogoso temple, acortaba la distancia honesta,
ella le contenía con ademán grave y con su inefable sonreír, que
valía por un mandato. Separábanse contentos, gustando de antemano un
porvenir dichoso... Pero a la cita cuarta o quinta, que en el número
no concuerdan los autores, Pascuala llegó junto a su amado con cara
triste.
--Esta noche --le dijo--, te traigo malas nuevas. Ya ves que no me
río... y cuando no me ves reír, ya comprenderás que hay procesiones por
dentro.
--Dime lo que hay --replicó Gil, disimulando su alarma--, que seguro yo
de tu amor como tú del mío, podemos reírnos de toda procesión, aunque
sea la del _Corpus_.
--No pasa el _Santísimo Corpus Christi_ --dijo Pascuala--: lo que pasa
es que tendremos que separarnos pronto... Mis tíos han resuelto que nos
vayamos a Suellacabras, porque aquí está todo muy malo... Allí no nos
faltará un pedazo de pan, y además...
--¿Además, qué?
--Que el señor Gaitín ha dicho que está a caer mi nombramiento de
maestra. ¿Para qué pueblo? Eso... de Soria nos lo dirán...
--Pues no veo la procesión... Sí la veo... Te veo a ti marchando a
Suellacabras con tu familia, y yo detrás... Dejaré mi trabajo y cuanto
hay en el mundo por seguirte. ¿Cuándo nos vamos?
--¡Ay, Gil de mi vida! Tu falsa alegría no me sacará de mi tristeza.
¿No adviertes que esta noche no me he reído ni tan siquiera un poquito?
Pues cuando mi boca olvida la risa, ¡cómo estará mi alma!... Te
contaré todo; verteré de mi alma a la tuya todo el amargor que llevo
dentro. Pensaba dártelo a traguitos; pero ¿a qué traguitos si es mejor
decírtelo de una vez? Mi tío Saturio ha sabido que tú y yo... nos
queremos. La tía se enteró y fue con el cuento al tío... Llamáronme a
juicio esta mañana, y yo, que llevo siempre mi conciencia en la cara,
saqué de mi intención toda la verdad antes de abrir la boca... Porque
soy así, Gil... Díjeles que sí, que no tengo por qué ocultarlo, que
te quiero y me quieres, y estamos los dos en la idea de casarnos...
Así, clarito... ¡Vieras a mi tía cómo se puso!... Que es una deshonra
para la familia... que habrá que oír a los _Almuerzos_ cuando lo
sepan. Y mi tío Saturio, con el temblorcillo de quijada que le da
cuando se incomoda, y abriendo un ojo más que el otro, salió con esta
sinrazón: «Una joven de tu mérito, Arabiana por parte de madre, y por
tu padre de los Borjabades de Medinaceli, casarse con un peón rústico,
un casca-piedras y rasca-lodos... ¡oh ignominia!...» Y luego la tía,
saltando de la ira al sentimiento, lloriquea y me dice: «Pascuala, por
cincuenta coros de ángeles te pido que no hables más con ese bruto.
¿Quieres tú que nos muramos de pena? ¿Para qué están en el mundo tus
tíos más que para buscarte un marido de circunstancias y ser todos
felices?»... En fin, que me han vuelto loca, sin que hayan conseguido
rendirme. De esto que te cuento ha salido la idea de alejarme de ti...
Maldecía el enamorado su suerte, trinaba y vociferaba mezclando las
burlas con la ira:
--¡Alejarte de mí! ¿Y no han discurrido esos tiorros impedir que salga
el sol, y que los ríos se encaramen en los montes?
--Espérate un poco. Hace algún tiempo que Saturio y Baltasara se
ilusionan con la idea de casarme a su gusto. Dos novios para mí tienen
puestos en remojo. El uno es un señorito de Soria, que usa cuellos
muy altos, y corbatas de colorines, hijo único de viuda rica, según
dicen; otro es un chico de Almazán, que empezó estudiando para cura en
El Burgo, y luego lo dejó, y se ha hecho perito agrónomo... Todo esto
te lo digo para que te vayas enterando. ¡Ay, Gil de mi alma! ¿qué haré
yo para ponerme ahora en contra de esta mala corriente de mis tíos; qué
haré para desobedecerles sin perder el respeto y la gratitud que les
debo?
--El amor es antes que todo, Cintia... Hoy te llamo Cintia porque con
este nombre estás más unida a mí que con el de Pascuala. Y cuando tus
tíos feroces te digan: «Pascuala, ven», tú responderás: «No sé quién es
esa que llamáis.»
--¡Ay de mí! --gimió agobiada la sin par mujer, inclinando su cabeza
casi hasta tocar el hombro del cantero--. Hoy estoy muy triste, hoy no
me río. Dime locuras; oiga yo tus locuras para que se me quite esta
pena.
--¿Locuras? Pues tengo un martillo muy grande. Con él he roto las
piedras más duras; con él partiré las cabezas de esos tíos sin
entrañas, tíos peores que sobrinos de Satanás.
--Matar no... No me hables de muertes... Otras locuras has de decirme
para que yo...
--Pues oye esta que otra vez oíste y te tentó a la risa. Yo no soy lo
que parezco. He pertenecido a una sociedad superior, y por fines de
enseñanza o de castigo he sido rebajado a esta condición plebeya en que
me ves.
--Pues ahora no me río, no me río nada... Lo que hace tu Cintia es
recordar que ayer mi amiga Felipa, la hija del mandadero de estas
monjas, me dijo que tú tienes aire de persona principal, y que se te
puede tomar por un conde con ropa y manos de peón.
--Ya te dije anoche que Felipa me parece una mujer de gran agudeza.
--Algo hay en ti --dijo Pascuala sin perder su triste serenidad--, algo
que... no sé decirlo.
--Pues yo lo diré, aunque te me pongas incrédula y burlona. Estoy
encantado... Siendo quien soy, aparento condición distinta de la que
me dio mi nacimiento... No me mires con esos ojos alelados, que no
por quedarse lelos son menos bonitos que el sol. No me mires así, que
ahora voy a decirte algo que te asombrará más. Encantada estás tú
también, Cintia; pero no has llegado al punto de conocer tu propio
encantamiento. Lo sospechas no más. La primera vez que te vi, en la
fuente, te lo dije y me tuviste por loco... Ahora no piensas lo mismo.
Dio Pascuala un gran suspiro, dejando caer sus miradas al suelo. Sin
levantarlas, murmuró esta pregunta:
--Dime, Gil: ¿estar encantada es lo mismo que estar enamorada?
--No es lo mismo; pero hay gran parentesco entre el encanto y un vivo
amor. Como aquella tarde te dije, estás en el crepúsculo de tu memoria,
del recuerdo de tu ser tal como fuiste antes de ser traída al estado
presente.
La actitud hondamente pensativa de Pascuala era como la de quien
exprime con ahinco su memoria para obtener de ella una imagen, una luz.
Por fin, suspirando con más fuerza, como bebiéndose y expulsando todo
el aire que la rodeaba, dijo así:
--Por momentos paréceme que algo recuerdo; por momentos que no
recuerdo nada.
--Ya recordarás, ya te convencerás.
--Pero dime: ¿en tal estado nos hallamos porque a él nos traen?
--Sin duda.
--¿Quién?... ¿hechiceros?...
--O seres divinos, que con ello no quieren hacernos daño, sino mucho
bien.
Pascuala cruzó dedos con dedos, y enlazadas fuertemente las dos manos,
las puso sobre el hombro de Gil, cargando sobre él el peso leve de sus
brazos y el grave de su busto. En tal actitud puso su penetrante mirada
en los ojos de él, y con intensa seriedad le dijo:
--Pues quien nos ha encantado que nos desencante, Gil. ¿Quién puede
hacerlo?
--La Madre.
--¿Qué Madre es esa?
--La tuya y la mía, la de todos...
--Pero esa Madre, ¿dónde está? Yo no la veo.
--Es nuestro ser castizo, el genio de la tierra, las glorias pasadas y
desdichas presentes, la lengua que hablamos...
--¿Dónde está esa Madre?
--Aquí, en todas partes. Vendrá... se dejará ver si la llamamos con la
voz piadosa de nuestro amor.
Oído esto, Cintia se levantó. Era hora de volver a su casa. Pasándose
la mano por la frente y recogiendo de ella ideas quiméricas, las cuales
arrojó al viento con gesto de diosa que se personifica en materia
humana, expresó la triste orden de separación:
--Mira, Gil: que las últimas palabras tuyas y mías que hemos de decir
esta noche, sean para fijar nuestro destino.
Juntaron sus cuatro manos. Gil dijo así:
--No necesitas jurar. Mándame que te siga, y basta.
--Quiero y mando. Sabrás por Felipa el día que salga con mis tíos. Si
no cambian de ventolera, partiremos pasado mañana a la hora del alba.
Aquí no nos veremos ya.
--Pero allá sí... Yo debo jurar, Cintia. Por la Madre tuya y mía, te
juro que, encantados o desencantados, serás mi mujer. Adiós.
Se besaron como los ángeles, y la oscuridad de la noche asumió las dos
figuras... una por acá, otra por allá.