XI

Donde brillan con toda claridad la ternura y discreción de la hermosa

Cintia.

Enloquecido quedó el buen Gil con el encuentro de la divina mujer a

quien sin vacilación diputaba como la propia Cintia, transmutada de

señora en villana por la mano hechicera que le había transformado a él.

Pasó la noche en inquietos delirios, y a poco de amanecer aplicaba al

trajín de la piedra su fuerza muscular, cual máquina emancipada del

pensamiento. No tenía Gil amigo de confianza con quien comunicarse. El

famoso burlador don Juan de Ablitas estaba en la cárcel, por haberle

salido su aventura diametralmente al revés de como la hubo pensado.

Fue al pueblo con la caballeresca ilusión de pegarle al cura, y este,

que era un hombracho como un castillo, le ganó velozmente la acción,

destrozándole con recios bofetones toda la cara, pateándole después,

y de añadidura requiriendo a la autoridad para que le metiera en la

cárcel, como se hizo, procesándole por agresión sacrílega.

La segunda entrevista de Gil con la que ya era su novia fue poco

después de anochecido, en una plazoleta próxima a la casa de ella; casa

honestísima ciertamente, como lo era también la plazoleta, formada de

una parte por la casa-cuartel de la Guardia civil, y de otra por un

convento de monjas reclusas. Comprendió Gil que su novia disfrutaba

de cierta libertad. En la vaga conversación sabrosa iba dando a

conocer su vida y parentela, y diversas circunstancias que el mozo

apreció como favorables para los incipientes y ya formales amores.

Pascuala manifestaba su alma con graciosa sinceridad, y era honesta sin

gazmoñería, honrada y pura sin la menor afectación. Gil se confirmaba

en que tenía delante a la propia Cintia por un signo infalible, rasgo

saliente y luminoso de la hermosa colombiana, que era la sana y dulce

alegría, el sonreír largo que dejaba ver la más perfecta y blanca

dentadura. Era Cintia; solo Cintia sabía decir conceptos delicados y

conceptos comunes con aquella boca de ángel...

Ya en el encuentro o aparición en _la Dehesa_ había notado Gil que el

lenguaje de la moza no era el habla tosca del pueblo campesino; se

expresaba con limpia dicción y con notoria pureza gramatical. El enigma

quedó aclarado con estas palabras de Pascuala:

--Soy maestra. En Zaragoza, donde he vivido cinco años con mi tío

don Bruno Borjabad, procurador, hice mis estudios, y tengo título...

¿Qué te creías? Ahora estamos esperando a que don Feliciano Gaitín,

que es el mandón de estos lugares, nos cumpla lo prometido: darme una

escuelita de párvulos en cualquier pueblo de esta comarca. Buena falta

nos hace, porque mis tíos, con quienes vivo, andan atrasadillos por las

malas cosechas y lo perdido que está todo.

Completó Pascualita su historial con estas referencias:

--Vivo con mis tíos Saturio Borjabad y su mujer Baltasara, y esta

casita es de unos primos míos por parte de madre, llamados aquí los

_Almuerzos_, porque son de la sierra de este nombre, y se dedicaban al

negocio del carbón. Ahora viven en Soria. Mi madre se llamaba Pilar

Arabiana; dicen que era un poquito noble. Mis tíos los Borjabades

tienen en Suellacabras dos o tres telares, y allí viven mis primos, que

fabrican sayas y capotillos de jerga. Conque ya tienes ante ti todo

el mapa de mi familia. Al ponértelo delante, me río como ves... En mi

parentela hubo nobles y plebeyos; hoy todos son pobres. Algunos viven

de ilusiones, otros emigran, algunos trabajan como negros... Yo, que

en pobreza no tengo a nadie que me aventaje, les alegro a todos con mi

alegría.

--¡Qué encanto de mujer! A Dios bendecimos y alabamos por haber hecho

esa boca. Y a Dios le basta eso para ser grande.

Terminó Pascuala la segunda entrevista despidiendo a Gil con la más

dulce de sus risas, un empujoncito y esta frase donosa:

--Vete ya, que no quiero enojar a los tíos... Me dan licencia de un

ratito, y el ratito se va volviendo _ratón_.

¡Ay, Gil, en qué soñador arrebato vivías! Y machacando piedras, dejabas

que tu espíritu rodara por los espacios, chocando con estrellas y

soles... Muy fuertes habían de ser los tirones de la realidad para que

a ella volvieses... A la ya referida cita con Pascuala siguieron otras

en el propio sitio, o en un bosquecito de acacias frontero al pórtico

de las monjas. En aquellos ratos de dulce intimidad, el fuego de amor

prendía con flamear gracioso en los corazones. La idea, nunca olvidada

por Gil, de que se conocieron antes, en otra misteriosa y lejana vida,

prendió también en la mente de ella, y a menudo decía:

--Sí, Gil: yo llevaba en mí hace tiempo tu cara y tu ser todo.

Se confiaban sus pensamientos sin faltar a la pureza y corrección.

Si él, llevado de su fogoso temple, acortaba la distancia honesta,

ella le contenía con ademán grave y con su inefable sonreír, que

valía por un mandato. Separábanse contentos, gustando de antemano un

porvenir dichoso... Pero a la cita cuarta o quinta, que en el número

no concuerdan los autores, Pascuala llegó junto a su amado con cara

triste.

--Esta noche --le dijo--, te traigo malas nuevas. Ya ves que no me

río... y cuando no me ves reír, ya comprenderás que hay procesiones por

dentro.

--Dime lo que hay --replicó Gil, disimulando su alarma--, que seguro yo

de tu amor como tú del mío, podemos reírnos de toda procesión, aunque

sea la del _Corpus_.

--No pasa el _Santísimo Corpus Christi_ --dijo Pascuala--: lo que pasa

es que tendremos que separarnos pronto... Mis tíos han resuelto que nos

vayamos a Suellacabras, porque aquí está todo muy malo... Allí no nos

faltará un pedazo de pan, y además...

--¿Además, qué?

--Que el señor Gaitín ha dicho que está a caer mi nombramiento de

maestra. ¿Para qué pueblo? Eso... de Soria nos lo dirán...

--Pues no veo la procesión... Sí la veo... Te veo a ti marchando a

Suellacabras con tu familia, y yo detrás... Dejaré mi trabajo y cuanto

hay en el mundo por seguirte. ¿Cuándo nos vamos?

--¡Ay, Gil de mi vida! Tu falsa alegría no me sacará de mi tristeza.

¿No adviertes que esta noche no me he reído ni tan siquiera un poquito?

Pues cuando mi boca olvida la risa, ¡cómo estará mi alma!... Te

contaré todo; verteré de mi alma a la tuya todo el amargor que llevo

dentro. Pensaba dártelo a traguitos; pero ¿a qué traguitos si es mejor

decírtelo de una vez? Mi tío Saturio ha sabido que tú y yo... nos

queremos. La tía se enteró y fue con el cuento al tío... Llamáronme a

juicio esta mañana, y yo, que llevo siempre mi conciencia en la cara,

saqué de mi intención toda la verdad antes de abrir la boca... Porque

soy así, Gil... Díjeles que sí, que no tengo por qué ocultarlo, que

te quiero y me quieres, y estamos los dos en la idea de casarnos...

Así, clarito... ¡Vieras a mi tía cómo se puso!... Que es una deshonra

para la familia... que habrá que oír a los _Almuerzos_ cuando lo

sepan. Y mi tío Saturio, con el temblorcillo de quijada que le da

cuando se incomoda, y abriendo un ojo más que el otro, salió con esta

sinrazón: «Una joven de tu mérito, Arabiana por parte de madre, y por

tu padre de los Borjabades de Medinaceli, casarse con un peón rústico,

un casca-piedras y rasca-lodos... ¡oh ignominia!...» Y luego la tía,

saltando de la ira al sentimiento, lloriquea y me dice: «Pascuala, por

cincuenta coros de ángeles te pido que no hables más con ese bruto.

¿Quieres tú que nos muramos de pena? ¿Para qué están en el mundo tus

tíos más que para buscarte un marido de circunstancias y ser todos

felices?»... En fin, que me han vuelto loca, sin que hayan conseguido

rendirme. De esto que te cuento ha salido la idea de alejarme de ti...

Maldecía el enamorado su suerte, trinaba y vociferaba mezclando las

burlas con la ira:

--¡Alejarte de mí! ¿Y no han discurrido esos tiorros impedir que salga

el sol, y que los ríos se encaramen en los montes?

--Espérate un poco. Hace algún tiempo que Saturio y Baltasara se

ilusionan con la idea de casarme a su gusto. Dos novios para mí tienen

puestos en remojo. El uno es un señorito de Soria, que usa cuellos

muy altos, y corbatas de colorines, hijo único de viuda rica, según

dicen; otro es un chico de Almazán, que empezó estudiando para cura en

El Burgo, y luego lo dejó, y se ha hecho perito agrónomo... Todo esto

te lo digo para que te vayas enterando. ¡Ay, Gil de mi alma! ¿qué haré

yo para ponerme ahora en contra de esta mala corriente de mis tíos; qué

haré para desobedecerles sin perder el respeto y la gratitud que les

debo?

--El amor es antes que todo, Cintia... Hoy te llamo Cintia porque con

este nombre estás más unida a mí que con el de Pascuala. Y cuando tus

tíos feroces te digan: «Pascuala, ven», tú responderás: «No sé quién es

esa que llamáis.»

--¡Ay de mí! --gimió agobiada la sin par mujer, inclinando su cabeza

casi hasta tocar el hombro del cantero--. Hoy estoy muy triste, hoy no

me río. Dime locuras; oiga yo tus locuras para que se me quite esta

pena.

--¿Locuras? Pues tengo un martillo muy grande. Con él he roto las

piedras más duras; con él partiré las cabezas de esos tíos sin

entrañas, tíos peores que sobrinos de Satanás.

--Matar no... No me hables de muertes... Otras locuras has de decirme

para que yo...

--Pues oye esta que otra vez oíste y te tentó a la risa. Yo no soy lo

que parezco. He pertenecido a una sociedad superior, y por fines de

enseñanza o de castigo he sido rebajado a esta condición plebeya en que

me ves.

--Pues ahora no me río, no me río nada... Lo que hace tu Cintia es

recordar que ayer mi amiga Felipa, la hija del mandadero de estas

monjas, me dijo que tú tienes aire de persona principal, y que se te

puede tomar por un conde con ropa y manos de peón.

--Ya te dije anoche que Felipa me parece una mujer de gran agudeza.

--Algo hay en ti --dijo Pascuala sin perder su triste serenidad--, algo

que... no sé decirlo.

--Pues yo lo diré, aunque te me pongas incrédula y burlona. Estoy

encantado... Siendo quien soy, aparento condición distinta de la que

me dio mi nacimiento... No me mires con esos ojos alelados, que no

por quedarse lelos son menos bonitos que el sol. No me mires así, que

ahora voy a decirte algo que te asombrará más. Encantada estás tú

también, Cintia; pero no has llegado al punto de conocer tu propio

encantamiento. Lo sospechas no más. La primera vez que te vi, en la

fuente, te lo dije y me tuviste por loco... Ahora no piensas lo mismo.

Dio Pascuala un gran suspiro, dejando caer sus miradas al suelo. Sin

levantarlas, murmuró esta pregunta:

--Dime, Gil: ¿estar encantada es lo mismo que estar enamorada?

--No es lo mismo; pero hay gran parentesco entre el encanto y un vivo

amor. Como aquella tarde te dije, estás en el crepúsculo de tu memoria,

del recuerdo de tu ser tal como fuiste antes de ser traída al estado

presente.

La actitud hondamente pensativa de Pascuala era como la de quien

exprime con ahinco su memoria para obtener de ella una imagen, una luz.

Por fin, suspirando con más fuerza, como bebiéndose y expulsando todo

el aire que la rodeaba, dijo así:

--Por momentos paréceme que algo recuerdo; por momentos que no

recuerdo nada.

--Ya recordarás, ya te convencerás.

--Pero dime: ¿en tal estado nos hallamos porque a él nos traen?

--Sin duda.

--¿Quién?... ¿hechiceros?...

--O seres divinos, que con ello no quieren hacernos daño, sino mucho

bien.

Pascuala cruzó dedos con dedos, y enlazadas fuertemente las dos manos,

las puso sobre el hombro de Gil, cargando sobre él el peso leve de sus

brazos y el grave de su busto. En tal actitud puso su penetrante mirada

en los ojos de él, y con intensa seriedad le dijo:

--Pues quien nos ha encantado que nos desencante, Gil. ¿Quién puede

hacerlo?

--La Madre.

--¿Qué Madre es esa?

--La tuya y la mía, la de todos...

--Pero esa Madre, ¿dónde está? Yo no la veo.

--Es nuestro ser castizo, el genio de la tierra, las glorias pasadas y

desdichas presentes, la lengua que hablamos...

--¿Dónde está esa Madre?

--Aquí, en todas partes. Vendrá... se dejará ver si la llamamos con la

voz piadosa de nuestro amor.

Oído esto, Cintia se levantó. Era hora de volver a su casa. Pasándose

la mano por la frente y recogiendo de ella ideas quiméricas, las cuales

arrojó al viento con gesto de diosa que se personifica en materia

humana, expresó la triste orden de separación:

--Mira, Gil: que las últimas palabras tuyas y mías que hemos de decir

esta noche, sean para fijar nuestro destino.

Juntaron sus cuatro manos. Gil dijo así:

--No necesitas jurar. Mándame que te siga, y basta.

--Quiero y mando. Sabrás por Felipa el día que salga con mis tíos. Si

no cambian de ventolera, partiremos pasado mañana a la hora del alba.

Aquí no nos veremos ya.

--Pero allá sí... Yo debo jurar, Cintia. Por la Madre tuya y mía, te

juro que, encantados o desencantados, serás mi mujer. Adiós.

Se besaron como los ángeles, y la oscuridad de la noche asumió las dos

figuras... una por acá, otra por allá.

El caballero encantado (cuento real... inverosí­mil) · 第 11 / 34 题