MINGO.--Quédate, Madre, entre nos.
RODRIGACHO.--_¡Ijujú!_ Madre adorada. Buen gasajo aquí te damos.
BLAS.--Cata la Madre de Amor. Cata el Amor verdadero. ~(Rodean a
la Señora con brincos y algazara, y cantan en su loor un alegre
villancico.)~
SANCHO.--¡Vítor la Madre querida! -- Dime, pastor, por tu vida, --
¿qué es lo que tú le darás, -- y con qué la servirás?
RODRIGACHO.--Darele buenos anillos, -- cercillos, sartas de prata, --
buen zueco, buena zapata, -- cintas, bolsas y tejillos.
BLAS.--Y frutas de mil maneras -- le daré destas montañas, -- nueces,
bellotas, castañas, -- manzanas, priscos y peras. -- Dos mil yerbas
comederas, -- cornezuelos, botijinas, -- pies de burro, zapatinas --
y garbanzas y acederas.
MINGO.--Berros, hongos, turmas, jetas, -- anocejas, refrisones, --
gallicresta y arvejones, --florecicas y rosetas.
RODRIGACHO.--Y aun darele pajarillas, -- codornices y zorzales, --
jergueritos y pardales -- y patojas en costillas.
BLAS.--Pegas, tordos, tortolillas, -- cuervos, grajos y cornejas, --
las de las calzas bermejas. -- ¿Cómo no te maravillas? ~(La Madre se
muestra regocijada del obsequio, participa del festín de la oveja,
bebe del zaque, les saluda con gracioso ademán, y a la postre,
aclamada como al principio, desaparece.)~
X
De la blanda vida pastoril, pasa el caballero a vida más dura.
Bendito y descansado oficio era el de pastor, y así lo declaraba Gil
ante sus compañeros, con los cuales vivía en santa paz, sin que la
buena concordia se rompiese ni alterase por un sí ni por un no en
largos días. Conducir el ganado de una parte a otra dentro de términos
extensísimos, aprovechando estas hierbas y dejando descansar las otras;
dormir en el chozo o a su vera, según el tiempo; comer donde más les
placía migas, sopas, o el _frite_ de oveja o cordero; saber las horas
por el sol, y de noche por las estrellas; saber del mundo lo poco que
les llegaba, migajas del acaecer y del opinar traídas por el viento
de vagas voces, era en verdad la mejor vida para llegar a viejo.
Entretenían los pastores sus ocios refiriendo consejas, o narrando
cada cual su propia leyenda, no siempre sencilla ni tejida en telares
bucólicos. Los que habían servido al Rey contaban militares valentías,
y hazañas amorosas con niñeras y amas de cría.
Uno de ellos, Rodrigacho, que había sido monaguillo muy travieso,
contó su fuga de la iglesia y lugar de Cuérnagos, por haberle echado
pica-pica al cura cuando estaba sentadito en misa de tres oficiantes.
Tuvo que salir a espetaperros, huyendo de la paliza que quiso darle el
sacristán, y corrió tanto, decía, que en cada tranco que daba, un pie
perdía de vista al otro... En su medrosa carrera no paró hasta Vigo,
donde quiso embarcar para la Habana; pero no pudo colarse de _polisón_,
que era su ardiente anhelo, y al cabo de mil penalidades, sirviendo a
gente de mal vivir, se vino a tierra de Salamanca con unos hombres que
conducían dos toros padres venidos de Inglaterra. Arreglose con el amo
de estos entrando en los ejércitos de la ganadería, pues en los de Rey
no sirvió, por ser hijo único de viuda.
No faltaban en la majada horas de aburrimiento, que Blas y Sancho
sorteaban labrando cucharas de boj. Casados y solteros no tenían las
mismas añoranzas de la hembra lejana. Sancho, que dejó a su pastora en
Micereses, la echaba muy de menos; Rodrigacho, que tenía su _Filis_
en Pocilgas, partido de Alba de Tormes, habría querido tenerla a mayor
distancia; Mingo, que _hablaba_ con una viuda de Cantimpalos, apenas
se acordaba de ella, y Blas solía cambiar de _Galatea_ en el ir y
venir de la trashumancia. Cuando a Gil le tocaba bajar por víveres a
Torrecilla de Cameros, ponía en juego todas sus artes de seducción para
proporcionarse una conquistilla. A pesar de las prisas de recadista,
estuvo a punto de lograr sus deseos, capturando a una moza garrida que
cuidaba cabras a media legua del pueblo. Naturalmente, la cortedad del
tiempo no le permitía rematar su aventura. Diéranle más desahogo, y a
la majada se llevaría la pastora y sus cabras. Contando sus apuros a
Blas, el muy socarrón le decía: _Amor fino y buena mesa, no quieren
priesa_.
Con sus lentas horas y su apartamiento del mundo, la vida pastoril era
para Tarsis la más grata forma de encantamiento. Pero de súbito se
torció el destino del caballero hacia una situación desconocida. La
causa de esto fue que el ganado pasó de la propiedad de los Gaytanes a
la de los Gaitines, establecidos en Soria y Cameros. Ya se lo maliciaba
Sancho. Nunca pudo explicarse trashumancia de tal extensión en estos
tiempos sino por venta o cambalache. En efecto: Gaytanes y Gaitines
hicieron escritura, por la que estos vendían a los otros tierras con
que querían redondear su latifundio, y aquellos entregaron a los
cameranos sus ovejas, y a más una suma en metálico. El administrador,
que subió al monte a notificar el cambio de propietario, propuso
a Sancho quedarse de rabadán; pero no quiso aceptar y se fue a
Micereses. Blas y Rodrigacho desfilaron también; Mingo se quedó, y a
Gil se le llevaron a Torrecilla por expreso encargo del nuevo dueño,
que ofrecía darle colocación más activa y de más lucido jornal.
Entraba, pues, Gil en otra etapa villanesca. La transformación empezaba
por el cambio de costumbres y ropa. Regaló montera y zahones a Mingo;
conservó su calzón de estezado y alguna otra prenda pastoril. Con lo
que se llevaba compuso su hatillo bien asegurado en un pellejo con
fuertes correas, y echándoselo al hombro partió para Torrecilla. El
administrador de los Gaitines no le detuvo más que el tiempo preciso
para un corto descanso, comer, comprar zapatones, tabaco y un par de
camisas, y le expidió, en compañía de dos hombres, al lugar de su
nueva colocación. Al llegar a Logroño se les facturó en ferrocarril
a la estación de Alfaro, desde donde irían a su destino en carros o
caballerías. En el trayecto de tren acabó Gil de enterarse del trabajo
en que había de emplear su encantada personalidad. Era la explotación
de una cantera próxima a la villa de Ágreda. Los señores Gaitines,
contratistas de un camino real entre dicha villa y Tarazona, habían
establecido la extracción de piedra en la falda de un monte, de los
que sirven de estribo y contrafuerte al excelso Moncayo. Uno de los
acompañantes de Gil iba de listero, el otro de barrenador. Por ambos
supo Gil que ganaría jornal de once reales. Del tren partieron en mulos
hasta Grávalos, donde descansaron medio día, y al siguiente dieron con
sus molidos cuerpos en la ibérica _Ilurci_, que los romanos llamaron
_Græcuris_, nombre que, pasando como canto rodado por bocas de godos,
árabes y cristianos, vino a ser _Ágreda_.
A corta distancia de la villa, y casi tocando al trazado del camino
real, estaba la cantera, llaga enorme abierta en el costado de una
dura montaña, dejando ver la tierra como sangre y las piedras como
desmenuzados huesos. Desde lejos se veía la inmensa herida, y el
espectador se condolía del desdichado monte, imaginándolo víctima de
una bárbara labor quirúrgica, levantada en gran parte su hermosísima
piel verde, deshecha por el hierro su carne, y todo en pedazos mil, y
todo cayendo y rodando en piltrafas sanguinolentas como los despojos de
un anfiteatro... Pero cuando el espectador se acercaba, ya no sentía
lástima del monte, sino de los que en él trabajaban, bajo un sol
ardiente, gateando en el áspero declive. Los unos taladraban la peña
con poderosas barras, los otros recogían los pedazos dispersos por la
explosión, despeñándolos por la pendiente, hasta que los peones los
partían y cargaban las carretas. Era un trabajo de gigantes: algunos,
desnudos de medio cuerpo arriba, mostraban admirables torsos y brazos
de atletas formidables; otros, agobiados de fatiga, se doblaban por la
cintura, contenían el gemido para poner toda su alma en el esfuerzo,
sacado a tirones angustiosos de las más hondas flaquezas.
Entró Gil en el trabajo de la cantera con cierto brío, estimulado
por la ganancia, por la emulación, por algo de grandioso que veía
en aquel luchar al aire libre con lo más duro que existe: la roca.
Noble era el arado; mas la barra y su manejo agrandaban y hermoseaban
la humana figura. Desplegó, pues, sin tasa en los primeros días su
vigor muscular, y aparentaba despreciar la fatiga. Toda su admiración
era para Cristóbal, con quien había venido de Torrecilla, trabajador
incansable, no desprovisto de cierta elegancia en los acompasados
movimientos con que taladraba la piedra, sosteniendo el ritmo. Atizaba
más fuerte a medida que el agujero iba más hondo. La piedra caldeada
por el hierro, a este entregaba su seno endurecido por los siglos.
Marchaban los trabajos con regularidad intensa, inflexible. El capataz,
hombre muy serio, envarado de autoridad, no permitía distracciones,
ni descansitos, ni palabras ociosas. Llamábase José Mantecón, y ponía
gran empeño en mostrar un genio absolutamente contrario a su apellido.
Cuando llegaba el momento de los tiros, gozaban todos de un corto
descanso. Se cargaban los barrenos, se encendía la mecha que había de
prender el cartucho, y a correr la gente para ponerse al resguardo de
la explosión. Diseminados alegremente, cada cual elegía el burladero
que estimaba más seguro. El estruendo de la terrestre artillería, la
conmoción del suelo, el humo, el volar de los cantos, traían un momento
de alborozo. Los pedazos de piedra caían como proyectiles perdidos,
mostrando en sus caras interiores, calientes, la virginidad de la roca.
En esta función de los disparos, permitía el capataz a los trabajadores
el recreo de un cigarrito, golosina de holganza que les alentaba para
volver al trabajo de barrenar, descantillar, y al arrastre y carga
en los carros. Gil no desmayaba, y se mantenía siempre en el término
estricto de sus obligaciones. Un día, por ausencia de Cristóbal, que
faltó por enfermedad, dio un par de barrenos no inferiores a los del
maestro. Con frase áspera, el capataz declaró bueno el trabajo, sin
ablandarse a prometer ascenso. El sol ardiente de aquel día, bastante a
derretir el apellido de Mantecón, hizo más duro su carácter.
Los sábados cobraban puntualmente, mitad en plata, mitad en calderilla;
los domingos, después de trabajar medio día, se iba cada cual a su
descanso o esparcimiento. Gil vivía con otros en un parador abandonado,
cercano al pueblo; dormían en el suelo sobre improvisados lechos de
paja y mantas. Mujerona feísima, mas no puerca ni haragana, regía
la casa. Regañando a toda hora, era diligente, gobernosa, y a los
trabajadores servía muy a punto sus comidas y cenas. Los días festivos,
Gil se lavaba y acicalaba, y presumiendo de guapo se ponía su calzón
estezado, su blusa limpia, su faja negra, y con la boina ladeada, el
cigarrito en la boca, pañuelo en la faja, en el bolsillo del pantalón
los dineros que sonaban al andar, se iba al sitio de recreo del pueblo,
un extenso prado que llaman _la Dehesa_. Dábanle amenidad una umbrosa
alameda por la parte próxima al río Queiles, y en la cercanía del
monte, encinas, álamos y tilos en grupos, a cuya sombra manaba una
riquísima fuente. _La Dehesa_ era la gran atracción de Gil los domingos
por la tarde. Allí acudían las muchachas del pueblo, y armaban bailes
tremendos, con brincos o _agarraos_, conversaciones vivas, carcajadas y
chillidos, bullanga de música, ya por lo serrano, ya por lo aragonés.
Mozas había muy lindas, de silvestre ingenuidad las unas, otras ladinas
y escamonas, en guardia siempre contra el hombre, fortificada su
honestidad por la espesura de sus refajos.
Gil no paraba en toda la tarde de atontar al mujerío con su charla
donosa, bailoteando jotas y seguidillas hasta más no poder. En ninguna
sociedad de las que conoció en su vida de caballero se había divertido
tanto. Era su compañero inseparable otro mozo de la cantera, guapín,
despierto, medio aragonés y medio navarro, llamado Juan Ablitas, el
cual galleaba y se ponía moños por haber traído a su redil a una
jovenzuela graciosa, sobrina de un cura, que desde el primer día
de conocimiento en _la Dehesa_ le hizo entrega de su albedrío. La
chiquilla se escapaba por las noches al encuentro del galán, y a más de
obsequiarle con favores de amor, le regalaba _bodigos_ de los que su
tío el buen párroco copiosamente recogía. Son bodigos los panecillos de
flor que se llevan a la iglesia, y cual ofrenda se añaden a los cirios
en el sufragio por los difuntos. Volvía por la noche Juan junto a su
amigo, y dándole un panecillo, con hinchada fatuidad le decía:
--Toma, Gil, uno de los bodigos que me ha traído _la mía_, y confiésame
que conquista como esta no la has hecho tú, ni la harás en tu
pindonguera vida.
Comía Gil el panecillo, y no se cuidaba de abatir la petulancia del
tenorio agredense don Juan Ablitas. Sucedió que a los pocos días de
esto supieron los amigos, por una de las mozas, que el cura olfateó
la sustracción de los panes, y cogiendo a la muchacha, sobrina o
lo que fuera, con pellizcos y pescozones la puso en la apretura de
vomitar sus pecados, y a lo último echó el más feo de todos, que
fue dar los bodigos a un _chico de la cantera_. Desde aquella hora
nefanda, Juan y Gil no volvieron a ver el pelo a la moza, y en esto,
llegado el domingo, Ablitas, escupiendo por el colmillo y apretándose
la faja, dijo que no pensaba ir a _la Dehesa_, ni estaba en vena de
divertirse... Para que se viese que era un hombre, se plantaría en la
iglesia mayor del pueblo, o en sus inmediaciones, hasta encontrarse con
el cura y darle cuatro _morrás_ como para él solo...
No trató Gil de disuadir al tenorio retador, y se fue solo al paseo.
Vio grupos de chicas; pero al llegarse a ellas, un estímulo fisiológico
le llevó hacia la parte del monte, donde a la sombra de unas encinas y
al arrimo de peñas musgosas, secreteaba consejas el chorrillo de una
fuente. Como a veinte pasos del agua vio que de la fuente venía una
gallarda moza con un cántaro lleno cogido por el asa. Cuando llegaron
uno frente a otro, Gil lanzó una grande exclamación y extendió el
brazo en ademán de detener a la joven aguadora. Y esta paró en firme,
mirándole a él con enojo de que un desconocido le cortara el paso.
--Cintia, Cintia --dijo Tarsis--, no te me escapas ahora.
--Quite allá... Déjeme. No le conozco.
--¿Me negarás que eres Cintia? ¿Crees que puedo yo olvidar o confundir
tus ojos divinos; tu boca, tan linda risueña como enojada, y esa
frente de diosa, y esos cabellos partidos en dos bandas, y esa color de
albura quebrada, y ese aire de reina, y ese...?
--Anda; está loco el hombre. Déjeme seguir.
--Un momento. Me negarás que eres Cintia; pero no me impedirás que te
adore.
--¡Ya escampa!... Me llama _Cinta_, y mi nombre es Pascuala... Ea, si
viene de burlas, sepa que no las aguanto.
--Mátame si quieres; pero yo digo y sostengo que eres Cintia. Si no me
conoces, te diré que soy Tarsis...
La hermosa joven, cuyas incomparables facciones correspondían a la
forma encomiástica con que el mozo las había descrito, le miró con
fijeza y seriedad.
--Qué --dijo Tarsis prontamente--, ¿haces memoria?... ¿buscas mi
fisonomía en tus recuerdos?... ¡Ah, Cintia! tú estás encantada como yo,
y aún te encuentras en ese estado crepuscular de la memoria que vuelve,
que quiere volver...
--Le miro a usted --dijo ella un tanto compadecida y temerosa--, porque
me parece que está usted loco... y los locos me dan miedo... Vaya...
Con Dios.
--Un instante, Cintia. Tengo una sed horrible... ¿Serás tan cruel que
no me des un poco de agua?
Sin decir nada, la lindísima mujer alzó el cántaro y lo inclinó sobre
su brazo izquierdo para que el sediento bebiese.
--¡Ay! --exclamó Gil-Tarsis después de absorber buena parte del
contenido del cántaro--. Me has dado la vida. Con la emoción y la sed,
ni hablar podía... No, Cintia; no estoy loco. Ya lo comprenderás si me
haces el honor de concederme tu trato algunos momentos.
La guapa moza volvió a la fuente para reponer el agua, y Gil siguió
diciéndole:
--Acabarás por recordarme; acabarás por reconocer al que desdeñaste,
al que te amó con locura... al que te lleva en su alma vagando en
estas soledades tristísimas. Si no crees lo que te cuento, admíteme
como amigo, y lo que no aprecies por mis demostraciones de amor, lo
apreciarás por mi respeto.
Algo más le dijo, y sus palabras sinceras y ardientes, si no penetraron
hasta traspasar su alma, pasaron rozando a esta como flechas
temblorosas. La que Gil llamaba Cintia no se mostró tan esquiva como
en la primera embestida galante del barrenador de rocas. Le miraba
muy seria, balbucía cortos y turbados conceptos, tuteándole... La
arrogancia y viril hermosura del mozo la cautivaron sin duda; pero
en su confusión ni aun se daba cuenta todavía de que aquel hombre le
gustaba.
--¿Me permites que te acompañe hasta tu casa? --le propuso Gil con
acento y ademán de profundo respeto--. No dirás que acompañarte es
locura.
--No es locura --replicó ella más turbada--; pero es tontería. Vivo muy
cerca... allí... ¿Ves aquella casita blanca entre árboles, orilla del
río...?
--Ya veo. Pues esa tontería haré yo si me das licencia. Venga el
cántaro.
Y ella, defendiendo el cántaro de las manos del galán:
--No, no: yo lo llevaré. ¡Qué dirían!
--Dirían que te sirvo como buen caballero. Dirían que hablamos como
aquellos y otros que ves en _la Dehesa_, novios honrados y decentes...
Vamos hacia allá.
--Hasta mi casa no --dijo la linda lugareña recelosa--. Iremos juntos
un poquito no más, hasta la entrada de la alameda. Después no.
--Sigamos sin miedo. Nadie nos mira. Pasamos junto a las mozas y mozos
sin que ninguno nos mire. Es que no nos ven, Cintia.
--De veras parece que no nos ven... --observó ella con pasmada
ingenuidad--. Nadie se fija... Pues te diré que antes de ahora no me
conocías, como yo no te conozco a ti... He querido recordar y nada: no
he visto tu cara antes de ahora.
--La última vez que te vi fue dentro de un espejo --afirmó Gil
dejándose llevar del arrebato de su fantasía--. Era un espejo
maravilloso, donde uno se miraba y no se veía, al contrario de lo que
sucede en todos los espejos. Yo me miré, y te vi a ti, Cintia. Créemelo
como este es día.
Y ella:
--Cosas muy raras ve una en los espejos: yo me miré una noche, y vi a
mi madre, que murió lejos de mí.
Y él:
--Tu madre murió en Buenos Aires.
Y ella, con asombro y risa:
--¿Qué estás diciendo?
Y él:
--Si me niegas que eres americana, no he dicho nada.
Empleando de nuevo la burla campesina, la hermosa hembra declaró que no
podían seguir juntos si él no ponía freno a sus dislates, y terminó con
esta saetilla:
--Explícame, hombre de Dios, cómo puede ser americana la que ha
nacido, como yo, en Matalebreras, lugar a dos leguas de aquí, camino de
Soria.
--¿Qué nacido puede asegurar el lugar de su nacimiento? En cuanto
al nombre, si el mundo engañado te conoce por Pascuala, para mí,
desengañado, Cintia eres y Cintia te llamaré.
--No es feo nombre. Yo he notado que suelen ser bonitas las cosas
falsas. ¿Y a ti cómo debo llamarte?
--Mientras estemos en este destierro expiatorio, llámame Gil.
--Gil, Gil --repitió la bella con sorpresa y susto--. Hace dos tardes
pasé por la cantera y vi a los hombres trabajando... Me parecieron
demonios. Por la noche soñé cosas horribles... Soñé que era yo piedra,
y que me estaban barrenando en el corazón. Desperté al dolor de mis
carnes taladradas por el hierro. ¡Ay, qué susto al despertar, y qué
sudores de muerte! Oía los graznidos de una bandada de cuervos, y los
cuervos decían _Gil, Gil_... y eso mismo, _Gil_, estuvo sonando en mis
oídos aquella noche y todo el siguiente día.
--Oías mi nombre... Era el anuncio de que hoy nos encontraríamos en la
fuente y seríamos novios.
--No sé... --dijo la moza; y mirándole de hito en hito, agregó un
comentario mudo, guardado dentro de sí como impúdico secreto: «¡Y
qué guapo es!... ¿Será verdad que he visto a este hombre en alguna
parte?... ¿Dónde, Señor, dónde?»
Al llegar a la alameda, Cintia o Pascuala, como se quiera, dio orden
de parar.
--De aquí no se pasa.
Y Gil sintetizó su comedido anhelo en esta pregunta:
--¿Estás conforme en que hablemos?
Y ella, embebiendo su mirada en la de él, contestó con doble frase, una
saliente, que fue:
--Bien, hablaremos.
Y otra entrante y no articulada: «¿He visto antes a este hombre?... ¿lo
he soñado?... En sus ojos tiene toda la simpatía del mundo. ¿Me querrá
de veras? Si su locura es de amor, en buen hora venga.»
Las últimas expresiones fueron para determinar dónde podían verse
y hablarse. Puntualizó ella los sitios que creía mejores para la
aproximación honesta de los presuntos novios, y Gil la vio partir
embelesado de su airoso andar y gentileza. Dos veces volvió ella la
cabeza para mirarle. Gil la seguía con mirar certero. Quería que sus
ojos la llevaran hasta la puerta de la casita blanca; pero mucho antes
de llegar a esta, la figura de Cintia se desvaneció como una luz que se
apaga.