Continúa el coloquio entre Gil y la Encantadora.
TARSIS.--¿Me llevas al cielo?
LA MADRE.--Te llevo conmigo a los más altos escalones de mi trono,
desde donde veo el antaño y el hoy. En esta eminente altura domino la
grandeza de mis estados, y la considerable dimensión de los tiempos.
Ayer y hoy se juntan bajo una sola mirada, y las penas que fueron
se funden con las penas que son. ~(Las águilas, que antes huían
asustadas, al ver a la Madre en el picacho más enhiesto de Urbión,
suben en bandadas, y sobre y en torno de ella trazan con su vuelo
inmenso círculo.)~
TARSIS.--El aire que aquí respiramos, ¿no es el aire del primer día
del mundo? Su diafanidad, su pureza y frescura, dan vida nueva y
potente a mi espíritu enfermo, envejecido.
LA MADRE.--Si tus ojos otean como los míos a distancias enormes,
sácialos en esa inmensidad que tendrás delante volviéndote de esa
parte, hacia donde va cayendo el sol. El Occidente te señala el valle
de Arlanza, cuna de lo que tu amigo Becerro llamaría _Civilización
castellana_. En lo más próximo verás a Barbadillo, Salas, Lara. ¡Oh
ilustres y carísimos nombres! No lejos de Lara verás tus tierras
y tu castillo de Santa Cruz de Juarros, que pertenecieron a tu
antecesor Gonzalo Gustioz, el viejo más verde que ciñó laureles
de amor. Las tierras que fueron tuyas, son ya de tu administrador
Bálsamo. Consuélate ahora de este despojo, llamándote _Asur, Hijo del
Victorioso_; llamándote _Mudarra_ o _Mutarraf_, que es _Vengador_.
Véngate, hijo, véngate ahora con ira y rabia de tu fiero enemigo, que
eres tú mismo.
TARSIS.--No tengo por qué vengarme. A nadie aborrezco. Soy Gil,
pastor humilde, y el que se llamó _Asur Hijo del Victorioso_ es un
majadero que estuvo dentro de este pellejo mío, y ya, gracias a ti,
salió y se fue con sus necedades a otra parte. Este pobre Gil no
ambiciona más que ser tu escudero, Madre querida...
LA MADRE.--Ya lo fuiste, tonto.
TARSIS.--¡Yo!
LA MADRE.--En la lista de diputados te vi, y más de una vez escuché
tus graves discursos, diciéndome con terquedad borriquil: _sí_, _no_.
¿En qué me serviste, mastuerzo? ¿Qué hiciste por aliviar mis males,
por darme lustre y dignidad? Contesta: ¿qué hiciste?
TARSIS.--Nada, Reina y Señora. Lo confieso, y declaro que no era yo
una cabeza, sino un sombrero de copa; no era yo un hombre, sino una
levita.
LA MADRE.--Pues si nada hiciste cuando podías mirar por tu Madre,
¿qué harás ahora, miserable _Asur_, transformado en Gil? ¿No veías,
no sabías que tus _síes_ y tus _noes_ no fueron nunca para mi
gloria y provecho? ¿No veías, no palpabas que los predicadores, en
sus latiguillos, echaban el latigazo de su lógica del lado de los
provechos particulares? ¡Si fuiste ya mi escudero y me vendiste,
vendiste a tu Madre...! No me arrepiento de haberte convertido
en un patán. No mereces estado mejor... ~(Derivando a un afable
humorismo.)~ Y ahora, mi ilustre gaznápiro, ya que la Madre tuya y de
todos no puede hacerte su escudero, no bajarás de esta eminencia sin
que saques de tan admirable perspectiva una lección o enseñanza. Por
esa parte a donde el sol se pone ves mi cuenca de Arlanza, hoy mal
poblada de árboles y de hombres, mísera y cansada tierra. Pues así
como la ves, pobrecita y escuálida, es la primera en mis idolatrías
de Madre; es mi epopeya; es creadora de mis potentes hombres; es la
que amamantó mis vigorosas voluntades. ~(En pie, de cara a Occidente,
con fogosa mirada, que fulgura en sus pupilas negras bajo la saliente
ceja, de aquilina forma.)~ Cuitado, ¿no ves Covarrubias y San Pedro
de Arlanza?
TARSIS.--No veo con mis ojos; veo con los tuyos y con tu grande
espíritu.
LA MADRE.--Diego Porcellos, Gonzalo Gustioz, Nuño Rasura, mi bravo y
generoso Fernán González, ya no sois más que polvo. Ni polvo sois ya;
pero aún dura y perdurará por siglos, en uno y otro mundo, la lengua
que en vuestros días y en vuestros labios empezó a remusgar, y al
fin quedó hecha, _sicut tuba_, trompeta de nuestra energía. Ya ves,
pobre Gil: por esa bocina de oro que aquellos gigantes nos dieron,
somos fuertes tú, yo y cuantos la poseemos; por ella somos iguales, y
el pobre y el rico, el plebeyo y el noble, nos hallamos en venturosa
fraternidad; por ella vivimos, quiero decir, que muertos todos
vosotros, yo viviré siempre, defendida por este divino aliento que
cierra el paso a la muerte... Y ahora, hijo mío, verás la enseñanza
que has de sacar de lo que acabo de decirte... Estas orejas mías
oyeron de la boca de mi Fernán González una sentencia que es la más
antigua que recuerdo de nuestra sabiduría popular. Contestando a unos
infanzones que dos veces le habían ofrecido vanamente su ayuda en la
guerra con los leoneses, por el partir de tierras, el Conde montó en
cólera, y allí, en Covarrubias, delante de doña Sancha, su esposa,
y de mí, les echó a la cara esta razón: «_Fechos son omes, palauras
son mulieres_,» refrán que ha repetido el vulgo en esta forma: «los
hechos son varones, las palabras son hembras.» Y yo te digo, Gil, que
cuando las palabras, o sean las féminas, no están bien fecundadas por
la voluntad, no son más que un ocioso ruido. Y aquí verás señalado
el vicio capital de los españoles de tu tiempo, a saber: que vivís
exclusivamente la vida del lenguaje, y siendo este tan hermoso,
os dormís sobre el deleite del grato sonido. Habláis demasiado,
prodigáis sin tasa el rico acento con que ocultáis la pobreza de
vuestras acciones. Sois muy lindas taravillas. Así, cuando la palabra
no tiene dentro la obra del varón, es hembra desdichada, horra y sin
fruto.
TARSIS.--Donosa es la lección, y he de aprovecharla en esta vida
trabajosa, que es, por lo que voy viendo, vida de pocas palabras.
LA MADRE.--Sigamos ahora.
TARSIS.--¿Hay más picos altos a que subir?
LA MADRE.--Los hay; mas ya es hora de que bajemos, que aún no estás
hecho a las cumbres eminentes, y tu natural te pide el arrastrarte
por lo bajo de la tierra, como criatura esclava de los estímulos de
hambre y sed. Agárrate del velo, y te llevaré por estas cañadas que
bajan hacia el Norte. Iremos a parar junto al nacimiento de mi río
Najerilla; traspasaremos la sierra de San Lorenzo, para caer en mi
San Millán de la Cogolla, lugar célebre en mis fastos de Historia y
Letras....
TARSIS. ~(Dejándose llevar como despeñado por insondables
precipicios.)~--Vamos a donde quieras. Ir contigo es mi gloria. Bien
sé que no lo merezco, y que de llevar contigo algún paje o escudero,
elegirías persona de más valía que este mísero Gil, rebajado, por su
falta de seso, de caballero a villano. Dime dónde habitas, y allí me
tendrás día y noche, ya sean tu vivienda los riscos más empinados o
las cavernas más hondas.
LA MADRE. ~(Bondadosa y jovial.)~--Muy entontecido estás, pobre Gil,
cuando no has comprendido aún que yo no tengo casa. Al revés lo
entenderás mejor: mía es toda vivienda cimentada en esta tierra, míos
son los palacios, mías las moradas humildes. No hay techo que no me
haya visto pasar bajo sus tejas o pizarras; no hay lugar que no haya
visto el paso de mi sombra por el suelo.
TARSIS.--Que frecuentas los palacios, ya lo pensaba yo antes de
oírte. En mi flaca memoria persiste la impresión de haberte visto
algunas noches en el salón de la Duquesa de Saldaña y en el de los
Condes de Fontibre. Tu rostro de soberana belleza y majestad no puede
confundirse con otro alguno. Vestías con suprema elegancia, y te
llamaban _Duquesa de Cervantes_ en una casa, _de Mío Cid_ en otra.
LA MADRE.--Así es. Con tales nombres me conociste; yo también te
conocía, y por cierto que me causaba risa tu imbecilidad, no mayor
que la de otros. Como no frecuentabas buhardillas ni cabañas, nunca
me viste entre gente mísera, agobiada de privaciones, o entre
tipos picarescos y maleantes. Mi sociedad es tan extensa y variada
como mis reinos, y no niego mi presencia a ninguno de los que se
dicen mis hijos, sean lo que fueren. A su lado me tienen nobles y
villanos, orgullosos y humildes, descreídos y fanáticos, monjas y
damas, pastores, soldados, frailes, viejos caducos y desarrapados
chiquillos... Cuanto en estos montes y en aquellas mesetas y en las
lejanas costas alienta, es mío; de todos soy, y a todos me debo...
Y ahora, buen Tarsis, sabrás que si tengo poder para llevarte con
vuelo de águila de una parte a otra de mi territorio, no está en
mis facultades el sostenerte días y días sin alimento. Subiremos
ahora esta otra sierra que llamo de San Lorenzo, y después de dar
un vistazo al santuario de Valvanera, te llevaré a que descanses en
mi San Millán, donde guardo el dulce recuerdo y las cenizas de mi
glorioso ermitaño y de mi primer gran poeta Gonzalo de Berceo, que
toma su apellido de un pueblecito que verás más allá... Agárrate
bien, y apresuremos el paso, que viene la noche.
TARSIS.--Ya viene... Por nuestra derecha, que a mi parecer es tierra
de Aragón, veo salir una luna redonda y clara, encendida de color,
y partida en dos por un celaje que parece alfanje. ~(Remóntase la
luna en su inflexible camino por el cielo; Gil y la Madre Encantadora
avanzan con ideal presteza por montes y valles; llegan a un caserío
humilde, apiñado a la sombra de un negro monasterio; se albergan en
rústico parador; cena Gil con arrieros; la Madre se sienta entre
mozas y viejas parleras; Gil se tumba sobre paja y sacos a la vera
de la Señora, y en el regazo de ella reclina la cabeza y duerme
con dulce sueño. Amanece; despierta el mozo.)~ ¡Qué dulce paz! He
dormido en tu regazo como un niño, y he soñado que vivimos en un
mundo patriarcal, habitado por seres inocentes que no viven más que
para compartir con amorosa equidad los frutos de la tierra...
LA MADRE. ~(Graciosa.)~--Hijo, te has anticipado a la Historia dando
un brinco de cien años o más, para caer en un porvenir que yo misma
no sé cómo ha de ser. Bien, Gil: así se pasa el rato agradablemente,
y del soñar a gusto, a nadie se ha de pedir cuenta. Hoy, por
desgracia, mis hijos viven más en sus querellas locas que en las
leyes de amor.
TARSIS. ~(Candoroso.)~--Pues de mí te digo que de caballero, lo mismo
que de villano, he mirado siempre a la paz y al amor. Enamorado fui y
enamorado soy, por paces. Déjame que te cuente... En Aldehuela tuve
devaneos y liviandades con el ama a quien servía, una tal _Usebia_...
Hablando con verdad, ella fue la que a mí me requirió antes que yo
a ella. No es hermosa propiamente, ni aseñorada; pero se abrasó de
afición a mí, y era de suyo harto pegadiza. Pecábamos, al volver
del mercado, por querencia suya irresistible, y hacíamos mal tercio
a la decencia por ser ella casada. Dolíase de su mal; mas no sabía
corregirlo. Al despedirme lloraba por mi ausencia, y por el agravio y
ornamento que poníamos a su marido.
LA MADRE.--Ya lo sabía, Gil. Más culpable es ella que tú. La ley
de encantamiento no te impone un absoluto despego de amor, y
el encastillarte en una ridícula virtud te pondría en violenta
discordancia con la libre naturaleza que te rodea. Es error creer que
el campo no brinda al hombre enamorado fáciles triunfos amorosos.
Solteras y casadas acogen con blandos arrumacos al mozarrón
forastero, y en aldeas y villas no faltan amas de cura, salidas de
madre y padre, con poco escrúpulo de la opinión.
TARSIS.--¡Que me place!... Debo decirte que mis amores con _Usebia_
fueron de puro pasatiempo. El amor mío verdadero y profundo es otro:
lo sentí cuando era caballero, y en mi alma lo conservo con todo su
ardor y pureza... Antes que me encantaras, hice la corte a una joven
americana llamada Cintia: empecé con idea de matrimonio, anteponiendo
al amor mi afán de riquezas. Rechazome ella, prefiriendo para marido
a un diplomático envarado, de estos que al vestirse por la mañana
se tragan el palo del molinillo. Me sacó de quicio el desaire, y
desairado amé a Cintia con pasión escondida, de las que la soledad
y el pensar continuo convierten en locura. Cuando me dábais los
primeros pases de ilusión para encantarme, vi a Cintia en un espejo.
Obra fue de las hechicerías del maldito Becerro y de las brujas de
sus hermanas... Hablamos la americanita y yo de un lado a otro del
cristal: me dijo que no se había casado con el diplomático; a mi
parecer me miraba con amor, y sus palabras destilaban ternura... Pues
bien, Madre: tú que todo lo sabes, dime si, en efecto, Cintia no se
ha casado, que bien podría ser todo una ruin burla de los invisibles
demonios que correteaban por aquella casa. Dime también si Cintia
está en España o se ha vuelto a América... Claro que si está en
América, nada podrás decirme.
LA MADRE.--Allá, como aquí, domino por mi aliento, _sicut tuba_; por
la vibración de mi lenguaje, que será el alma de medio mundo. Cuando
de allá me invocan, acudo al instante. Mi Colón me dejó una linda nao
milagrosa que me lleva y me trae en dos minutos... Por otra parte, ni
tú debes pedirme informes de esa familia, ni yo debo dártelos, pues
mientras permanezcas en estado villano, es necedad que pienses en
amores con damas principales... Y ya no más, hijo. Levántate. ~(De
la escarcela sacó unas bellotas que se trocaron en monedas; pagó el
gasto del mozo, y partieron.)~
TARSIS. ~(Ingenuo.)~--Ya podía la señora Madre darme de esas
bellotas, o decirme dónde está el árbol que las cría.
LA MADRE. ~(Con severidad afectuosa.)~--Espérate un poco, hijo: un
ratito hasta que fructifique la encina que tú mismo has de plantar;
otro ratito, hasta que maduren las bellotas... ~(Siguen platicando
del cómo y dónde plantará Gil la encina, y continúan andando en busca
del rebaño, que, según indica la Madre, estaba en Cameros. Llegan
de noche, guiados por el resplandor de una hoguera encendida por
los pastores, que han matado una oveja y se disponen alegremente a
comérsela.)~
TARSIS.--Allí están. Oigo la voz de Sancho, que suena en la espesura
de estos montes, _sicut tuba_. No puedo precisar el tiempo que ha
durado mi ausencia de los compañeros. ¿Han sido dos días, o tres?
LA MADRE.--En la vida pastoril no necesitas calendario ni reloj. El
tiempo es un vago discurso con somnolencia.
TARSIS.--¿Qué hora es?
LA MADRE.--El cielo te lo dirá. Mira la dirección del rabo de la Osa.
Mira el León que se esconde ya por Occidente. Por Oriente ha salido
Antares, la diabla iracunda, y tras ella Sagitario armado de flechas.
TARSIS.--Ya estamos entre ellos. Nos han visto y celebran tu
presencia con palmadas y vítores. El rabadán, los pastores y zagales,
llamados _Blas_, _Mingo_, _Rodrigacho_, prorrumpen en alegres
exclamaciones.