VIII

Prodigiosa y familiar conversación que tuvieron el caballero y la Madre

desconocida.

Descendió Gil de aquel foro salvaje, y apenas llegó junto a Sancho,

este le dijo que había hecho mal en andar por entre aquellos erguidos

pedruscos, donde moraban duendes o endriagos.

--Esos peñascones que ves fueron altares, no de moros, como algunos

creen, sino de otras plebes que antes de ellos vinieron a España.

--¿Fenicios... cartagineses?

--No... Otro nombre tenían de más antigüedad, que no se me acuerda.

Lo que ves es el _despiazo_ de las iglesias que aquí tenían, y que

eran gentiles, o de un sacerdocio que comulgaba comiéndose carneros

crudos... En los recovecos de las peñas quedan diablos que fueron

de aquella _seta_, y yo te aseguro por mi fe que vi a dos o tres de

ellos una noche que me dio la mala idea de subirme allí a dormir. Son

cuatropea, al modo de micos grandes; la cabeza tienen de cabrón, rabo

corto y empinado, y los ojos como ascuas de fuego azul tirando a verde.

Recogieron los pastores sus bártulos, y el ganado se puso en marcha.

Todo el día anduvieron por lugares cuyos nombres oía Gil por primera

vez. Recorriendo cañadas y cordeles pernoctaron en un corralón que no

era ya de los Gaytanes, sino de otra familia llamada los _Gaitines_;

pasaron una puente jorobada de cinco ojos, y ¡hala, hala!... fueron a

dormir al amparo de una villa no pequeña, toda de color barroso, de

pobre y desordenado caserío. No había casa que no pareciese reñida con

la inmediata, ni calle que no estuviera enemistada con los pies de los

transeúntes, pues todo era guijarros, hoyos, charcos y montones de

basura y escombros.

Tempranito fue Gil a echar un vistazo al pueblo; vio huertos de

lino en flor, plantíos de alcacer, y al embocar en una plazoleta

de estrambótica irregularidad, abierta a las eras por uno de sus

lados, vio una puerta románica muy bella y toda desmochada en su

gracioso adorno, como si hubiera estado rodando durante siglos por un

despeñadero. Era puerta de iglesia humilde, y por ella salían mendigos

de cuyos hombros colgaban jironadas anguarinas o capas pardas, cojos,

tullidos, legañosos; salían mujeres, viejas las más, alguna joven y

bonita, con sus pañuelos o las sayas en la cabeza. Parose Gil a mirar

a las que le parecieron guapas, que de esta curiosidad ingénita y

examen de bellezas no le curara ningún encantamiento, y estando en ello

vio que salía también por la vetusta puerta la señora de los albos

cabellos, la del aire augusto, la de extremada belleza madura, la

Madre, en fin, que se le apareció en el bárbaro santuario céltico.

Vestía la dama la misma túnica severa, sin más novedad que un velo

negro echado desde el cabello a la espalda; traía en una de sus manos

un rosario menudo liado en los dedos. Dirigiose a él con semblante

afable, diciéndole:

--Ya sabía que estabas aquí... Vámonos a esta otra parte y podremos

hablar.

Maravillado quedó Tarsis de la sencillez y del tono familiar con que la

señora le acogía, y ella con noble gracejo le dijo:

--Ya ves cómo puedo hacer mi aparición sin ningún aparato, ni

comparsería, ni rayos de sol...

Luego, con paso tranquilo, se internaron en angosta calleja rematada

en un arco, por el cual salieron a un campillo donde había corpulentos

álamos y una fuente sin agua, flanqueada de bancos de piedra. En uno

de estos sentáronse la buena Madre y el pastor Gil, y a su gusto

y comodidad platicaron. Discurrían por allí raros transeúntes que

saludaban sin manifestar estrañeza ni asombro ante las dos figuras.

Veían a la Madre como a persona familiar de todos conocida... Lo que

hablaron fue como sigue:

TARSIS.--En cuanto me hice cargo de mi encantamiento, días ha, señora

y Madre, comprendí que este no era por daño mío, sino al modo de

enseñanza o castigo por mis enormes desaciertos.

LA MADRE.--Así es. Se te ata corto a la vida, para que adquieras el

cabal conocimiento de ella y sepas con qué fatigas angustiosas se

crea la riqueza que derrocháis en los ocios de la Corte. Verdades hay

clarísimas, que vosotros, los caballeretes ricos, no aprendéis hasta

que esas verdades os duelen, hasta que se vuelven contra vosotros

los hierros con que afligís a los pobres esclavos, labradores de la

tierra, que es como decir artífices de vuestra comodidad, de vuestros

placeres y caprichos. ¿Qué tal, Tarsis amigo? ¿Te has divertido

sudando la gota gorda sobre el surco? Es un deporte lindísimo.

¿Verdad que no hay juguete como el arado? ¡Pobrecillo! ¿No sabías

que echabas los bofes sobre tus tierras de Tordehita y Tordelepe?

Digo mal, porque ya no son tuyas: son de Bálsamo y Gaytán, mitad por

mitad... Mientras esos te van desplumando, tú continuarás en estas

galeras, rema que te rema, y caerán sobre ti mayores humillaciones

y trabajos... Todo lo mereces, Tarsis, y porque mucho te estimo, he

de llevar hasta el fin la obra justiciera de tu escarmiento. Pensando

solo en ti mismo y ávido de goces, no has tenido consideración de tus

pobres esclavos. Te pedían rebaja de la renta, y ordenabas a Bálsamo

que la aumentase; creías que hay dos humanidades, el señorío y la

servidumbre, y en el primero te ponías tú, y decretabas el abandono

impío de los infelices que, derrengándose como animales de carga,

labraban tu bienestar. Cuando te faltaba dinero, o lo obtenías de la

usura, tu lenguaje era un chorro de pesimismo repugnante. Maldecías

de todo y a mí me escarnecías, sosteniendo que nada hay en mí que

valga un ardite: ni ciencia, ni artes, ni negocios, ni trabajo, ni

literatura.

TARSIS. ~(Humildísimo.)~--Es verdad, Madre, que tal pensaba y decía.

Perdóname. Tu indulgencia no me faltará, pues bien sabes que el

español mimado y sin dinero es peor que un perro hidrófobo... No me

disculpo, ni atenúo mi falta... Solo me permito decirte, con todo

respeto, que soy y he sido malo; pero no el peor. Españoles hay que

merecen más duro encantamiento, Madre querida.

LA MADRE.--Ya, ya... Los hay peores, hijo mío, y a esos aplico

con rigor más grande el poder que me ha dado Dios. Y no creas que

mi ejemplaridad consiste en _volver la tortilla_, como dice el

vulgo, haciendo a los ricos pobres y a los pobres ricos: no. Eso

sería trocar los términos de desigualdad, agravando la injusticia

y aumentando la confusión. Verás lo que hace tu Madre. A los que

cruelmente, ávidamente, sin trabajo propio, apurando la máquina

muscular de siervos embrutecidos, sacan del suelo el mineral y

fácilmente lo convierten en plata y oro, les llevo a una profunda

y negra galería, y allí les tengo con su picachón en la mano todo

el tiempo que se me antoja, arrancando carbón, hierro u otra rica

materia, y cargando las vagonetas. A los ricos avarientos que sin

esfuerzo, sentaditos en sus escritorios, hinchan hasta lo absurdo sus

capitales, les condeno a mozos de cuerda para que me lleven bultos

y baúles a las estaciones. Políticos de esos que rigen grupos o

partidos, irán por una temporada a sudar el quilo en bajos oficios

de carteros o peatones; y haré una leva de oradores para llevarlos a

desempeñar curatos de pueblo, con obligación de predicar en la misa

dominical y en todas las novenas...

TARSIS. ~(Alegre, movido a hilaridad.)~--Madre, por respeto a tu

excelsa persona no suelto la risa. Cuanto has dicho es digno de tu

nativo ingenio picaresco. No serías quien eres si no pusieras el

donaire aun en tus obras de justicia. Dime, y perdona mi curiosidad:

¿alguna o algunas damas principales no recibirán tu lección severa?

LA MADRE.--¡Oh, sí, hijo mío! No serán una ni dos las que vayan a

estas galeras correccionales, ya que no redentoras. Pero no debo

seguir confiándote mis planes, ni tú debes pedirme más noticias de

encantos, como no sean del tuyo.

TARSIS.--Pues si para lo del mío me das licencia, déjame que te

pida esclarecimiento del asombroso aparato con que fui traído

del estado noble al estado villano. No puedo olvidar la casa de

Becerro, perfecta decoración de nigromante; no puedo olvidar la

imagen de mi hermosa Cintia, con quien hablé de un lado a otro del

espejo. Pero todo esto fue juego de niños si lo comparo con el

estrépito de cataclismo, que mudó la decoración de sala telarañosa

en selva magnífica iluminada por una o varias lunas. ¿De qué abismos

espirituales vino el maravilloso coro de ninfas morenas, algo

hombrunas, de fornidas piernas, torneados brazos y rostros helénicos,

que al compás de los crótalos danzaban en dos hileras, por entre las

cuales pasaste tú y te vi por vez primera en todo el esplendor de tu

soberana majestad? ¿Por ventura, es de rigor que al pobre encantado

le zarandeen, como hicieron conmigo aquellas hermosas brutas,

arrojándome después a una barranquera, por la que fui rodando hasta

dar con mis pobres huesos en la Aldehuela?

LA MADRE.--No, hijo: tu transfiguración se hizo en formas

extraordinarias y con un poquito de bambolla teatral, por lo que te

diré...

TARSIS. ~(Alarmado, oyendo rumor cercano de zumbos.)~--¡Ay, Madre

del alma! mi ganado se pone en marcha, y no tendré más remedio que

dejarte con la palabra en la boca, que es gran pena para mí.

LA MADRE.--No te apures, hijo. Siéntate. Deja que salga tu rebaño.

Ni Sancho ni los demás pastores y zagales notarán tu ausencia. Yo te

llevaré a donde les encuentres...

TARSIS.--Sin juramento podrás creerme que mejor estoy contigo que

junto a Sancho y sus ovejas, y si luego me llevas en volandas a

donde ellas estén mañana, bien podré exclamar con toda el alma:

«¡Encantado!»

LA MADRE.--Pues te decía que la maravilla de tu paso de un vivir

a otro se debió a un oficioso entusiasmo de tu amigo Pepe Augusto

Becerro, que quiso demostrarte con desusada pompa y ruido su afecto y

su gratitud. Tiempo ha que practicaba la magia. No te asombres, Gil,

si te digo que entre la magia y la erudición existe un entrañable

parentesco: ambas artes toman su savia de la antigüedad remota.

El erudito devorador de archivos se embriaga del zumo espirituoso

contenido en los códices, y acaba por poseer el don de suprema

alucinación, de penetrar en el alma de las cosas y de sojuzgar el

mundo físico. En el profundo estudio que hizo Becerro de los libros

de caballería, llegó a sorprender el intríngulis magnético de las

_Urgandas_ y _Merlines_ y el dinamismo prodigioso de _Madanfabul_,

de _Famongomadán_ y otros apreciables gigantes. Metido luego en el

laberinto del Marqués de Villena, visitó el interior de sus redomas,

y en ellas y en podridos pergaminos aprendió mil sutilezas. Yo te

lo diré sin reparo: aunque soy tan vieja, mejor dicho, aunque en

antigüedad no me gana nadie, siento poca simpatía por la erudición

secamente erudita, quiero decir, por el saber de menudencias que

maldito lo que interesan a la humanidad viva. A pesar de esto,

las leyes de mi existencia me obligan a transigir hasta con los

maniáticos, y a pasar algunos ratos en los archivos polvorosos y en

las acartonadas academias... Y más de una vez he tenido que recurrir

al sabio para que viniese en auxilio de mi memoria, que en el correr

de tantos años y siglos suele flaquear y oscurecerse. «Pepito --le

pregunto--. ¿En qué fecha vino Julio César a España por tercera

vegada?» Y él me lo dice gustoso, y me cuenta después que traía la

calva remediada por un gracioso artificio de su corto cabello. Otro

día me cuenta que Sertorio se afeitaba solo, y que a Perpena le

molestaban los sabañones.

TARSIS.--Yo también he sido benévolo con Becerro y he soportado

sus ataques de erudición. Yo le favorecí cuanto pude ayudándole a

mantener la caterva de sus hermanas, cuyo número se perdía en la

oscuridad de las matemáticas. Raro era el día en que no estaba una de

cuerpo presente o sacramentada.

LA MADRE. ~(Risueña.)~--Entiendo yo que eran como figuras

emblemáticas de las épocas históricas: edad céltica, edad fenicia,

griega, romana, período gótico, ciclos astur, leonés, castellano,

arábigo-castellano y castellano-aragonés, _etcétera, etcétera_.

Las he conocido y he tratado de contarlas, reduciendo a cifra la

innumerabilidad y catálogo de las fantásticas hembras, hermanas de

nuestro amigo. La muerte aparente de una traía la emergencia de otra.

No se alimentaban; salían a los espacios como seres alados y volvían

con un granito de cañamón en el pico para alimentar al hermano. Hoy,

según creo, todas se han muerto y todas viven. Son seres engendrados

por el espíritu de la erudición, de la ciencia del ocioso investigar

infecundo... Pues estas magas, brujas o como quieras llamarlas,

fueron las que, bajo la dirección de Becerro, organizaron el

teatral aparato que te causó tanto asombro. Me opuse; hace tiempo

que me hastían los actos ceremoniosos, y me incomoda el verme

representada con los atributos de que tan ruin abuso se ha hecho en

las cabeceras de los mapas, y en las etiquetas de la industria. Yo

dije al gran Becerro: «Pepito, no me saques en mojiganga.» Pero él

no me hacía caso; estaba loco: a todo trance quería glorificarme y

glorificar a su amigo Tarsis, y ya viste la brillante, la estrepitosa

farándula que armó. Como empresario de pompas teatrales, a los vagos

espíritus de sus hermanas dio hechura de mozarronas celtíberas,

de pierna desnuda y andadura selvática, y a mí me hizo desfilar

entre claridades como bengalas... Notarías que iba yo sofocando

la risa. Era que me hacía mucha gracia ver a Pepito convertido en

león... león apócrifo, ya lo comprenderías por su facha. Al mío, a

mi auténtico león heráldico, que hace tiempo anda bastante achacoso

y desmejoradillo, le he mandado al Atlas para que se reponga con los

aires nativos.

TARSIS.--Pues aunque yo estaba en aquel momento bastante asustado

y sin ganas de broma, me reí un poco de la facha leonina de Pepe

Augusto.

LA MADRE.--El abuso de las pompas rituales es uno de mis mayores

suplicios en la época presente. Si he de decirte la verdad, vivo en

continuo desacuerdo con mis hijos. Así los que dirigen mi nacional

cotarro, como la turbamulta gregaria que se deja dirigir, viven en un

mundo de ritualidades, de fórmulas, trámites y recetas. El lenguaje

se ha llenado de aforismos, de lemas y emblemas; las ideas salen

plagadas de motes, y cuando las acciones quieren producirse, andan

buscando la palabra en que han de encarnarse y no acaban de elegir...

No sé si me entenderás...

TARSIS.--Sí, Madre: tú quieres decir que... Vamos, que... en fin, que

todos tus hijos somos unos grandes badulaques...

LA MADRE.--No tanto.

TARSIS.--Que no servimos para nada.

LA MADRE.--No, hijo: servís para todo... Excelentes músicos hay entre

vosotros; pero raro es el que toca el instrumento que sabe, y armáis

unas algarabías que me vuelven loca. Vivís en ciega ignorancia de las

verdades fundamentales, y... ~(Advirtiendo que se agolpan mujeres,

hombres y chiquillos en las inmediaciones de la fuente.)~ Más gente

hay aquí de la que solemos ver en sitio tan solitario. Como día de

fiesta, estos infelices vienen aquí a solazarse... Y por allá veo

venir la banda de música con sus abollados trompetones... Aunque no

me importa que nos vean, alejémonos, hijo, de esta bullanga. ~(Se

levanta.)~

TARSIS.--Vámonos, Madre, a donde quieras... ~(Dirígense por calles

tortuosas; salen del pueblo. Encuéntranse frente a un camino de

áspera pendiente.)~

LA MADRE.--No te asuste este reventón, terror de los caminantes. Coge

un borde de mi velo o un pliegue de mi halda, y déjate llevar.

TARSIS. ~(Maravillado de ver que sin cansancio salvan en un periquete

la ruda cuesta, y prosiguen con pasmosa velocidad bordeando un alcor

poblado de viñas.)~--Ahora comprendo, señora mía, que no serías

quien eres si no tuvieras el don de recorrer con paso milagroso los

escalonados vericuetos de tu inmenso trono. ¡Y cuánto me place y

enorgullece correr en tu compañía, salvando increíbles distancias

y escalando pedregosas alturas! Voy de asombro en asombro. Por la

derecha he visto correr, en menos que lo digo, tres aldeas. Por la

izquierda se abrió un abismo, en cuyo fondo he visto verdeguear

un fresco valle, y otro y otro, separados por picachos, en cuya

cima se alzan castillos que, aun en ruinas, amenazan con sus moles

orgullosas... Caseríos y torres de iglesias y monasterios arrumbados

se hunden, mientras nosotros ascendemos, y corren en dirección

contraria los montes arropados en tupidos pinares. Las águilas

apresuran con espanto su vuelo, y hasta las nubes creo que se apartan

para dejarte libre el paso, y ante tu majestad se humillan.

LA MADRE. ~(Sin la menor alteración en su aliento.)~--Parémonos aquí.

Esta es la sierra de San Leonardo en su más alto caballete. Vuelve

hacia atrás la vista, y alcanzarás a distinguir mi valle del Duero.

Tú no podrás ver lo que veo yo; no verás mi amada Clunia, hoy lugar

humilde que llamamos Coruña del Conde. Esa que fue ciudad romana

próspera y bella, guarda recuerdos dulcísimos de mi infancia. En ella

estuve cuando la gobernaba Poncio Pilatos... Si esto es dudoso para

algún sabio regañón, para mí no lo es... Era yo una chiquilla sin

juicio y jugaba con las niñas de Pilatos, poco antes de que fuera

trasladado al Gobierno de Judea. Yo le vi partir con toda su familia,

harto mohíno de abandonar mi tierra, de dulce vivir y pacíficos

moradores. ¡Quién pudo pensar que en su nuevo Gobierno había de

intervenir con desdichada pasividad en el sacro misterio de nuestra

reparación! ¡Pobre Clunia! Ya no eres más que un montón de polvo que

revuelven con sus narices, a manera de ganchos, los traperos de la

erudición... Si tu vista no alcanza, no te canses, Gil: mira con

la fantasía, y vente más allá conmigo, hasta los picos excelsos de

Urbión, donde verás sin esfuerzo partes muy gloriosas de mis estados.

Ven: agárrate a mi velo.

El caballero encantado (cuento real... inverosí­mil) · 第 8 / 34 题