Si los que habían sobrevivido á la peste eran para los demás como

muertos resucitados, Renzo parecía serlo dos veces á los ojos de sus

compatriotas: todos le festejaban y felicitaban; todos querían saber

por su propia boca sus aventuras. Acaso, se preguntará: ¿y en qué quedó

la orden de destierro? Responderemos, que estaba en muy buen estado;

Renzo no hacía ningún caso de ella, pues suponía que los que debían

ponerla en ejecución no se acordaban ya, y esto no nacía sólo de la

peste que había echado en el olvido tantas cosas, sino que consistía en

una cosa muy común, en aquella época, lo cual hemos visto en más de un

pasaje de la presente historia, y era que las órdenes, tanto generales

como especiales contra las personas, quedaban las más veces sin efecto,

si no lo tenía en los primeros momentos, á no ser que hubiera alguna

animosidad particular y poderosa, que hiciera olvidarlas y hacerlas

valer. En esto sucedía como con las balas de fusil, las cuales cuando

no alcanzan á nadie, se quedan en el suelo sin que den el más leve

cuidado, consecuencia indispensable de la gran facilidad con que se

sembraban á manos llenas dichas órdenes. La actividad del hombre es

limitada; por lo tanto, todo lo que se manda de más, se debe ejecutar

de menos: lo que va en mangas no puede ir en faldones.

El que desee saber qué posición ocupaban Renzo y D. Abundio, el

uno respecto del otro, diremos que permanecían á cierta respetuosa

distancia; éste por temor de oir decir algo de matrimonio, y que sólo

al pensarlo se le presentaba D. Rodrigo por una parte acompañado de

sus bravos, por otra el cardenal con sus argumentos, y Renzo por

haber resuelto no hablar más que en el instante mismo de ir á ponerlo

en ejecución, no queriendo correr el riesgo de incomodarse antes de

tiempo, de ver surgir algún nuevo obstáculo y enredar el negocio con

inútiles habladurías. De este asunto únicamente hablaba con Inés.

“¿Creéis que Lucía venga pronto?”, decía éste. “Espero que sí”,

contestaba la otra; y con frecuencia la que había dado la respuesta,

hacía poco después la misma pregunta. Así trataban de pasar el tiempo

que les parecía tanto más largo, á medida que iba corriendo.

Nosotros haremos pasar también al lector en un instante todo aquel

periodo de tiempo, diciendo en pocas palabras, que algunos días después

de la visita de Renzo al lazareto, Lucía salió de él en compañía de la

buena viuda; que habiéndose mandado una cuarentena general, la hicieron

juntas encerradas en casa de ésta; que emplearon una parte del tiempo

en disponer el equipaje de Lucía, el cual, después de haberlo rehusado

modestamente, ella misma empezó á trabajar en él; y por último, que

terminada la cuarentena, la viuda confió su tienda y su casa á su

hermano el comisario, é hicieron los preparativos del viaje. Todavía

podríamos añadir que partieron, llegaron, y lo que se siguió luego; mas

á pesar del deseo que tenemos de ceder á la impaciencia del lector, hay

tres circunstancias en dicho intervalo de tiempo, que no querríamos

pasar en silencio; ó por lo menos dos, creeríamos que el lector mismo

lo tomaría á mal si no lo verificásemos.

He aquí la primera. Cuando Lucía volvió á hablar á la viuda de sus

aventuras, más circunstanciadamente y con más orden que no lo había

podido hacer en medio de la agitación de su primera confidencia, é

hizo mención más expresa de la señora que le había dado asilo en el

monasterio de Monza, comprendió cosas que, dándole la llave de muchos

misterios, llenaron su alma de admiración, dolor y espanto. Supo por

la viuda, que la desventurada, sospechándosela autora y cómplice de

atroces y horribles crímenes, había sido trasladada por orden del

cardenal á un convento de Milán; que allí, después de haberse entregado

por algún tiempo á la rabia y á la desesperación, había concluido por

enmendarse y acusarse á sí misma, y que su vida actual era un suplicio

voluntario, tal cual nadie podría calcular más severo. El que desee

conocer más detalladamente esta triste historia, podrá verla en el

libro y lugar que ya hemos citado en otra parte, á propósito de la

misma persona[24].

La segunda circunstancia es, que preguntando Lucía á todos los

capuchinos que se hallaban en el lazareto por el padre Cristóbal, supo

con más dolor que sorpresa, que había muerto de la peste.

Finalmente, antes de partir había también deseado saber algo de sus

antiguos señores y cumplir con un deber suyo, según decía, si por

fortuna existían. La viuda la acompañó á la casa, donde les dijeron

que ambos habían fallecido. Tocante á D.ª Prajedes, diciendo que había

muerto, está todo dicho; pero por lo que hace á D. Ferrante, como se

trataba de un sabio, nuestro anónimo ha creído debía extenderse un poco

más; y nosotros á nuestra cuenta y riesgo, trascribiremos según nos sea

posible lo que dejó escrito.

Dice, pues, que desde que se empezó á hablar de la peste, D. Ferrante

fué uno de los más decididos y constantes en negarla, y que sostuvo

tenazmente hasta el fin dicha opinión, no con exclamaciones y gritos

de rabia como el pueblo, sino con razones, á las cuales nadie podrá

encontrar, á lo menos, falta de encadenamiento.

_In rerum natura_, decía, no hay más que dos géneros de cosas, á saber:

sustancias y accidentes; y si yo pruebo que el contagio no puede ser

ni lo uno ni lo otro, habré probado que no existe, que es una quimera.

Las sustancias son materiales ó espirituales: que el contagio sea una

sustancia espiritual, es un absurdo que nadie querrá sostener; así pues

inútilmente hablaríamos de ello. Las sustancias materiales son simples

ó compuestas: ahora bien, el contagio no es una sustancia simple; y si

no, lo voy á demostrar en cuatro palabras. No es una sustancia aérea,

porque si lo fuese, en vez de pasar de un cuerpo á otro, volaría con

más prontitud á su esfera. No es acuosa, porque mojaría, y el viento

la secaría. No es ígnea, porque quemaría. No es terrosa, porque sería

visible. Tampoco es sustancia compuesta, porque entonces á cada momento

debería ser sensible á la vista y al tacto; y dicho contagio, ¿quién

lo ha visto? ¿quién lo ha tocado? Ahora nos queda que ver si es un

accidente. Peor que peor. Esos señores doctores dicen que se comunica

de un cuerpo á otro; éste es un asidero, éste el pretexto para dar

tantas órdenes sin utilidad. Supongamos ahora que es un accidente: de

todos modos sería un accidente transportado; y esto son dos palabras

que luchan entre sí. En toda la filosofía no hay una cosa más clara

que ésta, á saber; que un accidente no puede pasar de un objeto á

otro; que si para evitar semejante Scilla, se reducen á decir que es

un accidente producido, tropiezan en Caribdis; porque si es producido,

no se comunica ni se propaga como van vociferando. Sentados estos

principios, ¿de qué sirve que vengan á hablarnos de bubones, de granos,

de carbunclos?...

--Todo es pura charlatanería, exclamó una vez, uno de los que le

escuchaban.

--No, no, replicó D. Ferrante; yo no digo esto. La ciencia es siempre

ciencia; únicamente que es preciso saberla emplear. Los bubones

violáceos, parótidas, carbunclos negros, son todas palabras respetables

que tienen su significación buena y bella, pero repito que nada tienen

que ver con la cuestión. ¿Quién niega que pueda haber estas cosas, y

también que las haya? Mas lo principal está en ver de dónde provienen.

Aquí empezaban las pesadumbres para D. Ferrante. Mientras que no hacía

más que declamar contra la opinión de los que decían que era epidemia,

por todas partes encontraba oídos benévolos, atentos y respetuosos;

porque no hay necesidad de manifestar cuán grande es la autoridad de

un sabio de profesión, cuando quiere demostrar á los demás cosas de que

ya están convencidos. Pero cuando venía á distinguir y á querer probar

que el error de los médicos no consistía en afirmar que existía una

enfermedad terrible y general, sino en asignar la causa y los modos;

entonces (hablo del principio, en que no se quería oir hablar de la

peste), entonces, repito, en vez de oídos hallaba lenguas rebeldes é

intratables; entonces no había otro medio que predicar, y no podía

exponer su doctrina más que á trozos.

--He aquí verdaderamente la razón, decía, y están obligados á

reconocerla, aunque ellos sostengan después otras cosas sin

fundamento... Que nieguen, si pueden, esa fatal conjunción de Saturno

con Júpiter. ¿Y cuándo se ha oído decir que las influencias se

propagan?... ¿Y esos señores me querrán negar las influencias? ¿Me

negarán que la tienen los astros?, ¿ó me querrán decir que se sostienen

allá arriba, sin servir ni hacer nada, como una porción de cabezas

de alfiler metidas en una pelota?... Pero lo que no me puede entrar

de esos señores médicos es que ellos confiesan que nos hallamos bajo

una conjunción sumamente maligna, y luego nos vienen diciendo, con la

cara torcida: “¡No toquéis á esto, no toquéis á aquello, y estaréis

seguros!”. ¡Como si el esquivar el contacto material de los cuerpos

terrestres, pudiese impedir el efecto producido por la virtud de los

cuerpos celestes! ¡Y tanto afanarse para quemar andrajos! ¡Pobre gente!

¿Quemaréis á Júpiter?, ¿quemaréis á Saturno?...

_His fretus_; que equivale á decir: con estos bellos principios no tomó

ninguna precaución contra la peste; en su consecuencia fué atacado,

se encaminó al lecho, se acostó, y murió como un héroe de Metastasio,

emprendiéndola con las estrellas.

¿Y aquella su famosa librería? Acaso anda dispersa todavía por algunas

partes.

NOTAS:

[24] Ripamonti. His. Pat., Dec. V., lib. VI., cap. III.

CAPÍTULO VIGÉSIMO

Cierta tarde, Inés oyó parar un carruaje á la puerta. “¡Es ella, no

me cabe duda!” En efecto, era Lucía acompañada de la buena viuda. El

lector podrá imaginar la acogida que recíprocamente se harían las tres

mujeres.

Á la mañana siguiente muy temprano llegó Renzo, ignorante de lo que

pasaba, y únicamente con el deseo de tranquilizar un poco su espíritu

con Inés sobre la gran tardanza de Lucía. Los gestos que hizo y las

cosas que dijo, lo dejamos á la penetración de los que lean este libro.

Las demostraciones de Lucía fueron tales, que se necesita muy poco

para describirlas. “¿Cómo estáis?”, dijo con los ojos bajos, pero sin

inmutarse. No se crea que Renzo encontrase este recibimiento frío, ni

tampoco que se alarmara; antes al contrario, lo tradujo á su favor; y

como entre gentes bien educadas se debe ser avaro de cumplimientos,

comprendió perfectamente el sentido oculto de aquellas palabras. Por lo

demás, era fácil conocer que tenía dos modos de pronunciarlas, el uno

para Renzo, y el otro para todo el mundo que pudiese conocerla.

--Yo estoy bueno cuando os veo, repuso el joven.

--¡Pobre padre Cristóbal!, dijo Lucía, rogad por su alma; á pesar de

que casi estoy segura que en este momento él ruega en el cielo por

nosotros.

--Demasiado me lo esperaba que sucedería esto, replicó Renzo. Y no fué

ésta la sola cuerda triste que se tocó en aquella conversación. Pero

¡qué!, de cualquiera cosa que se hablase, el coloquio concluía por ser

alegre y delicioso. Como aquellos caballos fogosos que se encabritan

y levantan una mano, y después otra, volviéndolas á colocar en el

mismo sitio, haciendo mil movimientos antes de dar un paso, y luego de

repente emprenden su carrera como si fuesen llevados por el viento;

del mismo modo había cambiado el tiempo para Renzo; un poco antes los

minutos le parecían horas; después por el contrario, éstas le parecían

minutos.

La viuda, no sólo no empeoraba la sociedad, sino que antes bien

contribuía á mejorarla; y ciertamente, Renzo, cuando la vió la vez

primera acostada en aquel miserable lecho, estaba muy lejos de imaginar

que pudiese tener un genio tan sociable y divertido. Mas el lazareto y

el campo, la muerte y las bodas, son cosas sumamente distintas. Ella se

había ligado ya con Inés con la mayor intimidad; con Lucía era un gusto

el verla tan alegre y cariñosa, dándole bromas con dulzura y gracia,

sin ser pesada, hasta tanto que la obligaba á demostrar toda la alegría

que rebosaba en su corazón.

Renzo dijo por último que iba á ver á D. Abundio á fin de ponerse de

acuerdo con él para los desposorios. Fué en efecto; y con cierto aire

burlón y respetuoso á la vez, le dijo: “Señor cura, ¿os ha pasado ya

aquel dolor de cabeza que os impedía el casarnos? Ahora es tiempo; la

novia se halla aquí, y yo también estoy á vuestra disposición para

que me indiquéis la hora que os venga bien, rogándoos que esta vez lo

dispongáis con la prontitud que os sea posible”.

D. Abundio no se atrevió á decir que no quería; mas empezó á balbucear,

presentando algunas escusas, y haciendo ciertas observaciones.

--Comprendo, dijo Renzo; os queda todavía un poco de aquel dolor de

cabeza; pero escuchad, escuchad. Y se puso á describir el estado en que

había visto al infortunado D. Rodrigo, el cual seguramente á aquellas

horas ya no existía. “Esperemos, añadió, que el Señor habrá usado con

él de misericordia”.

--Ello no se ha de verificar aquí, repuso D. Abundio. ¿Por ventura, os

he dicho que no? Yo no digo que no; hablo... hablo para daros algunas

justas razones... Por lo demás, mirad; mientras que el hombre tiene

un soplo de vida... Contempladme: yo soy un mueble cascado; he estado

también más cerca de la muerte que él, heme aquí sin embargo; y... si

no vuelven á caer sobre mí nuevas pesadumbres... ya, ya... espero aún

vivir un poquito más. Figuraos luego ciertos temperamentos... pero como

digo, esto no hace al caso.

Después de algunas preguntas y respuestas, ni más ni menos

concluyentes, Renzo le hizo un profundo saludo, volvió á su morada,

refirió la conversación que había tenido, y acabó diciendo: “Me

he venido en seguida porque ya estaba hasta aquí; y al pronunciar

estas palabras colocaba su dedo índice sobre la frente, y no quise

arriesgarme á perder la paciencia, y también el respeto. En ciertos

momentos era exactamente el D. Abundio de antes; me quería entretener

aún con su acostumbrada palabrería; y estoy seguro de que si me hubiese

detenido un poco más, habría sacado á plaza algún latinajo. Estoy

viendo que quiere dar de nuevo largas al asunto, y por consiguiente

que valdrá más, como él dice, que vayamos á casarnos donde vamos á

vivir”.

--¿Sabéis lo que haremos?, dijo la viuda; iremos nosotros á probar

fortuna, á ver si conseguimos algo más; así como así tengo grandes

deseos de conocer á ese hombre, principalmente siendo como vos decís.

Nos dirigiremos allá después de comer, para no volver á atacarlo tan

pronto. Ahora, señor esposo, acompañadnos á dar un paseo, mientras que

Inés despacha sus haciendas, que yo serviré de mamá á Lucía; pues tengo

grandes deseos de ver un poco más de cerca estas montañas, y este lago,

del cual tanto tengo oído hablar, porque lo que he visto me ha parecido

sumamente hermoso.

Renzo las condujo antes de todo á casa de su huésped, donde éste los

obsequió; haciéndole prometer que no sólo aquel día, sino todos, si

podía, iría á comer con ellos.

Después de haber paseado y comido, Renzo partió precipitadamente, sin

decir adónde iba. Las mujeres permanecieron un buen rato discurriendo

y concertando los medios de comprometer á D. Abundio; y por último se

encaminaron á dar el asalto.

“Aquí están ellas”, dijo éste entre sí; pero las recibió con muy buen

semblante, haciendo grandes demostraciones de alegría á Lucía, con mil

enhorabuenas á Inés, y muchos cumplidos á la forastera. En seguida

las hizo sentar, y al momento entró á hablar de la peste. Deseó oir

de la boca de Lucía del modo que había pasado aquellos aflictivos

días. El lazareto proporcionó también que hablara la que había sido

su compañera; luego D. Abundio, como era muy justo, habló igualmente

de su borrasca; y se regocijaba, á más no poder, de que Inés hubiese

tenido la dicha de escapar. La conversación, sin embargo, se arrastraba

lánguidamente; desde las primeras palabras, las dos mujeres estaban

espiando la ocasión oportuna para hablar del motivo esencial de su

visita. En fin, no se sabe á punto fijo cuál de las dos rompió la

valla. Pero, ¿qué medio? D. Abundio estaba enteramente sordo, cuando se

tocaba el consabido asunto. Con todo, nunca decía que no; pero siempre

volvía á sus tergiversaciones y á sus dudas; como el pájaro que salta

de rama en rama... “Sería indispensable, decía, hacer levantar la orden

de prisión. Vos, señora, que sois de Milán, conoceréis poco más ó menos

el curso que llevan estas cosas; tendréis algún buen influjo, algún

caballero poderoso; pues ya sabéis que con estos medios se cicatrizan

todas las llagas. Si después se quería ir por el camino más corto,

sin meterse en honduras, ya que los jóvenes y la buena Inés quieren

expatriarse (y aquí no puedo menos de decir que la verdadera patria

es aquella en donde á uno le va bien), soy de parecer que podría

verificarse todo, en donde no hay orden de prisión, ni obstáculo alguno

que se oponga. No veo la hora de ver terminada esta alianza; pero

quisiera que se concluyese tranquilamente. Digo la verdad: aquí con

esa malaventurada orden en pie, ir á vociferar el nombre de Lorenzo

Tramaglino, no las tendría todas conmigo; lo aprecio demasiado, temería

prestarle un flaco servicio. Vos misma lo podéis conocer”.

En esto, tan pronto Inés, como la viuda le rebatían los anteriores

razonamientos; mas D. Abundio los reproducía bajo otra forma. Nada se

adelantaba, pues siempre volvían al principio; cuando he aquí que entró

de pronto Renzo con andar resuelto y el aire de traer alguna importante

noticia: en efecto, en el instante mismo, dijo: “Ha llegado el señor

marqués de ***”.

--¿Qué significa esto?, ¡llegado!, ¿adónde?, preguntó D. Abundio

levantándose.

--Ha llegado á su palacio, que era el de D. Rodrigo; porque dicho señor

marqués es el heredero fidei-comisario, según dicen; por lo tanto, no

hay lugar á duda. Por lo que á mí hace, tendría una gran alegría si

supiera que ese infeliz ha muerto cristianamente. Á buena cuenta, hasta

ahora había rezado por él algunos padrenuestros, y ahora le cantaré

el _De profundis_. Por lo demás, me han dicho que el expresado señor

marqués es un excelente caballero.

--Seguramente, dijo D. Abundio, he oído hablar de él muchas veces á un

buen señor de esos chapados á la antigua. Pero, ¿es cierto que?...

--¿Creéis al sacristán?

--¿Por qué?

--Porque él lo ha visto con sus propios ojos. Yo he estado solamente

en los alrededores, y á decir verdad, he ido á propósito, porque he

pensado que allí debería saberse algo; y más de una persona me ha dicho

lo mismo. Luego he encontrado á Ambrosio que venía de allá, y que lo ha

visto, según he dicho, hacer de amo. ¿Queréis oirlo de la misma boca de

Ambrosio? Precisamente he dispuesto que esperase ahí fuera.

--Oigámosle, dijo D. Abundio. Renzo fué á llamar al sacristán. Éste

confirmó la noticia punto por punto: añadió á ella algunos detalles;

disipó todas las dudas, y después partió.

--¡Ah, conque ha muerto!, ¡ha dejado verdaderamente de existir!,

exclamó D. Abundio. ¡Mirad, hijos míos, cómo al fin la Providencia

llega también al fin para cierta clase de gente! ¡Sabéis que es una

cosa grande, una felicidad suprema para este pobre país!, porque con

semejante hombre no se podía vivir. Esta epidemia ha sido un gran

azote; mas al propio tiempo también una buena escoba, porque ha barrido

ciertos sujetos, de los cuales, hijos míos, jamás hubiéramos podido

librarnos. ¡Quién había de haber dicho que el que estaba destinado

á hacerle las exequias se hallaba aún en el seminario estudiando el

_musa musæ_! En un abrir y cerrar de ojos han desaparecido á cientos.

Ya no los veremos dar vueltas con su séquito de tunantes, con aquella

arrogancia y orgullosos ademanes, lanzando sus insultantes miradas á

todos, como si los demás estuvieran en el mundo por un favor especial

que ellos se dignaban hacerles. Entretanto, ya no existen, y nosotros

sí. Ya no mandarán más mensajes á la gente de bien. Nos han causado

grandes molestias; pero mirad, también ahora las podemos contar.

--Yo lo he perdonado de todo corazón, dijo Renzo.

--Y cumples con tu deber, replicó D. Abundio; pero al mismo tiempo

debemos dar gracias al cielo por habernos librado de él. Mas al

presente; volviendo á vosotros, os repito como siempre que hagáis

lo que mejor os parezca. Si queréis que os case, aquí me tenéis; si

os parece cómodo de otro modo, hacedlo. Con respecto á la orden de

prisión, veo también que como no hay nadie que os observe ni que

quiera haceros daño, no es cosa que os pueda dar mucho cuidado, tanto

más, cuanto que se ha dado un indulto con motivo del nacimiento del

serenísimo infante. Y después, ¡la peste! ha sepultado muchas y grandes

cosas. Por lo tanto, si queréis... hoy es jueves... el domingo os

amonestaré; porque aun cuando ya se ha hecho una vez, no sirve de nada

por haber transcurrido mucho tiempo, y luego tendré el gusto de casaros.

--Vos sabéis muy bien que justamente hemos venido para esto, dijo Renzo.

--Ciertamente, y os serviré; y quiero dar aviso de ello á su eminencia.

--¿Quién es su eminencia?, preguntó Inés.

--Su eminencia, contestó D. Abundio, es nuestro cardenal arzobispo, á

quien Dios conserve.

--¡Oh!, en cuanto á eso, perdonadme, replicó Inés; pues á pesar que

no soy más que una pobre ignorante, puedo asegurar que no se le llama

así, porque cuando fuimos por segunda vez á hablarle, como yo os hablo

ahora, uno de aquellos señores sacerdotes me llamó aparte y me enseñó

cómo se debía tratar al expresado señor, siendo necesario decirle su

señoría ilustrísima y monseñor.

--Y al presente, si debiese enseñaros de nuevo, os diría que le

llamaseis eminencia; ¿habéis entendido? Porque el papa, á quien Dios

también conserve, ha prescrito desde el mes de junio que se dé este

título á los cardenales. ¿Y sabéis por qué ha resuelto esto? Porque

el tratamiento de ilustrísima que estaba reservado á ellos y á los

príncipes, estáis viendo ahora mismo con cuánta prodigalidad se da y

cuántos lo toman voluntariamente. Á semejante escándalo, ¿qué había de

hacer el papa?, ¿quitárselo á todos? Esto hubiera hecho nacer quejas,

reclamaciones, desgracias y disgustos, y al fin y al cabo habría

quedado lo mismo que antes. El papa ha ideado, pues, un excelente

medio. Poco á poco se empezará á dar eminencia á los obispos; los

abades la querrán también; luego los deanes; porque los hombres son

así, siempre quieren subir y subir; después los canónigos...

--¿Y los curas?, interrumpió la viuda.

--No, no, replicó D. Abundio; los curas para tirar de una carreta;

no tengáis miedo que les hagan tomar malos hábitos; los curas serán

reverendos hasta el fin del mundo. Más bien, no me sorprendería nada

absolutamente que los caballeros que están acostumbrados á oirse llamar

ilustrísima y á ser tratados como cardenales, quisieran un día que

se les diese el tratamiento de eminencia; y si lo desean llegarán á

conseguirlo. ¿Y entonces el papa que hará?, ¿hallará otra cosa para los

cardenales? Pero volvamos á nuestro asunto: el domingo os publicaré en

la iglesia, y entretanto, ¿sabéis lo que he pensado para servir mejor?

Mientras, pediremos la dispensa para las otras dos amonestaciones. En

la curia deben tener mucho que hacer para ocuparse en dar dispensas, si

las cosas están tan revueltas como aquí. Para el domingo tengo ya...

una... dos... tres, sin contar con vosotros; y puede que todavía haya

alguna otra. El fuego ha prendido; parece que de aquí en adelante nadie

quiere vivir solo. ¡Qué mal ha hecho Perpetua en morirse ahora! pues al

presente ella habría encontrado también esposo. ¿Y en Milán, señora, me

figuro que será lo mismo?

--Exactamente. Sabed, pues, que sólo en mi parroquia, el domingo

pasado, se han celebrado cincuenta matrimonios.

--¡Cuando yo lo digo!, el mundo no quiere acabarse... ¿Y á vos, señora,

no han empezado á revolotear en torno algunos moscones?

--No, no; ni pienso en ello, ni quiero.

--¡Vamos, que sí!... ¿querríais acaso estar sola? Mirad, Inés también...

--Vaya, vaya; ¿tenéis ganas de bromear?, dijo ésta.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 28 / 29 段