sufrido!, ¿no es verdad, amigos míos? Los hemos sufrido, repito, muy
grandes. Por lo tanto, creo que debemos tener la esperanza de que esos
cuatro días que nos restan, serán un poco mejores. Pero, ¡dichosos
vosotros si no os suceden más desgracias, que todavía podréis hablar de
ellas por espacio de muchos años! Mas yo, pobre viejo... Los bribones
pueden morir; la peste se puede curar; pero para los años no hay
remedio; y como dicen los sabios _Senectus ipsa est morbus_[25].
--¡Oh!, ahora, dijo Renzo, hablad en latín tanto como queráis, pues
nada me importa.
--¿Tú aborreces el latín, eh?, pues bien, yo te arreglaré: cuando
te presentes á mí en compañía de esta joven, para oiros pronunciar
justamente ciertas palabras en latín, te diré: “Ya que no quieres
latín, anda con Dios; ¿te gustará eso?”.
--¡Ah!, yo bien sé lo que me digo, replicó Renzo: no es éste el latín
que me da miedo: éste es un latín franco, sagrado, como el de la
misa; mas actualmente hablo de ese latín engañador, que cae sobre uno
á traición, en medio de un discurso. Por ejemplo, ahora que estamos
aquí, que todo se ha concluido, hacedme el favor de traducirme el que
sacabais á colación, precisamente en ese rincón de la estancia, cuando
queríais darme á entender que no podíais casarme, que se necesitaban
otros requisitos, y qué se yo qué más.
--Silencio, burlón, silencio; no saques á relucir semejantes cosas;
pues si fuéramos á ajustar cuentas, no sé quién de los dos saldría
perdiendo. En fin, todo está perdonado; no hablemos más de ello; con
todo, vosotros me jugasteis una mala partida: en ti no me sorprende,
porque eres un bribonzuelo; pero en esta agua mansa, en esta santita,
habría creído cometer un pecado desconfiando de ella. Mas yo bien
sé quién le había dado instrucciones; sí, bien lo sé. Y diciendo
esto, dirigía hacia Inés el dedo que antes había tenido, señalando á
Lucía. Es imposible expresar con qué bondad, con qué aire tan amable
y cariñoso hacía estos reproches. Aquella noticia le había inspirado
una desenvoltura, un deseo de hablar, del cual hacía mucho tiempo que
había perdido la costumbre; y nosotros nos apartaríamos del fin que nos
hemos propuesto, si refiriésemos el resto de la expresada conversación
que D. Abundio prolongó, deteniendo á la reunión más de una vez antes
de partir, y haciéndola parar en el mismo umbral de la puerta, para
platicar sobre el mismo tema.
El día siguiente recibió una visita tan agradable como inesperada: tal
fué la del señor marqués del cual se había hablado. Era un hombre ya de
edad madura, cuyo aspecto confirmaba todo lo que la fama decía de él:
franco, cortés, apacible, humilde, lleno de dignidad, y un no sé qué,
que indicaba una tristeza resignada.
--Vengo, le dijo, á saludaros de parte del cardenal arzobispo.
--¡Oh!, ¡qué amabilísima bondad la de los dos!
--Cuando fuí á despedirme de ese hombre incomparable, que me honra
con su amistad, me habló de dos jóvenes prometidos que existen en esta
parroquia, los cuales han sufrido muchas desgracias, por causa del
infortunado D. Rodrigo. Monseñor desea tener noticias de ellos. ¿No han
muerto, es verdad? ¿Están ya arreglados todos sus negocios?
--Ciertamente, todo está ya arreglado; y también habían pensado
escribírselo á su eminencia; mas ahora que tengo el honor...
--¿Se hallan aquí?
--Sí, señor; y serán marido y mujer lo más pronto que sea posible.
--Está bien; pero al presente os ruego tengáis la bondad de decirme,
qué bien puede dispensárseles, é indicar la manera más conveniente
de hacerlo. Durante este tiempo tan calamitoso, he perdido á mis
dos hijos, y á su madre, habiendo recaído en mí tres herencias
considerables. Antes de suceder esto, tenía todavía de sobra; así,
pues, ya veis que el proporcionarme una ocasión para emplear bien mis
riquezas, es á la verdad prestarme un gran servicio, que os agradeceré
infinito.
--¡Que el cielo bendiga á vuestra señoría!, pues, no todos los... no
debo decirlo... son como vos. Yo también doy gracias á vuestra señoría
ilustrísima por esos pobres hijos míos; y ya que me dais tanto ánimo,
diré que me ha venido á la imaginación un expediente que acaso será de
vuestro agrado. Sabed, pues, que esas buenas gentes han resuelto irse
á establecer á otra parte, y vender lo poco que aquí poseen; lo cual
consiste en una pequeña viña perteneciente al joven, pero abandonada
y enteramente erial: es preciso contar sólo con el terreno, y además
dos casuchas, la una propia del joven, y la otra de la doncella; las
que propiamente hablando, no son más que dos ratoneras. Una persona
como vuestra señoría no puede saber lo que acontece á los pobres cuando
quieren deshacerse de lo que les pertenece. Concluyen siempre topando
con algún tunante, que desde largo tiempo ha echado el ojo sobre dichos
bienes, y cuando sabe que tienen necesidad de venderlos, se retira y
hace el desdeñoso; en vista de lo cual, es preciso correr tras él, y
dárselo por un pedazo de pan, especialmente en circunstancias como las
presentes. El señor marqués comprende ya dónde va á parar mi discurso.
La mejor caridad que les puede hacer vuestra señoría ilustrísima
es sacarlos de ese tropiezo, comprándoles lo poco que poseen aquí.
Verdaderamente, yo doy un consejo interesado porque vendría á adquirir
en mi parroquia un feligrés como el señor marqués; pero vuestra señoría
decidirá según mejor le plazca: yo sólo he hablado por obedecerle.
El marqués alabó mucho la idea, dió las gracias á D. Abundio, y
le suplicó que fuese el árbitro del precio, fijándolo bien alto;
colmándole en seguida de admiración, con la proposición que le hizo
de dirigirse en su compañía á la casa de la joven prometida, en donde
probablemente debía hallarse también el novio.
Por el camino, D. Abundio, transportado de gozo, se decidió además á
hablarle del siguiente modo: “Ya que vuestra señoría ilustrísima se
muestra tan inclinado á favorecer á esas pobres gentes, ahora recuerdo
que podría prestarles otro servicio. Pesa sobre el joven una orden
de prisión, por una pequeña calaverada que hizo en Milán ahora hace
dos años, el día del grande alboroto en el cual se vió metido sin
querer por ignorancia, como un ratón en la trampa. Por supuesto que
no es cosa grave; niñadas, locuras, pues es incapaz de cometer el más
leve daño, yo puedo asegurarlo, porque lo he bautizado, y lo he visto
crecer y hacerse hombre: y luego, si vuestra señoría quiere, por vía de
pasatiempo, oir razonar á esos pobres sobre semejante materia, podrá
hacerse contar la historia por el mismo joven y verá. Actualmente,
tratándose de cosas antiguas, no hay nadie que lo moleste, y como ya
he dicho, piensa salir de este territorio; pero con el tiempo, ¿quién
sabe si tendrá que volver aquí, ó adónde? Lo mejor y más seguro, es
que se encuentre enteramente libre. El señor marqués pasa en Milán,
como es muy justo, por un gran caballero, por un poderoso sujeto que...
No, no, dejadme decir, que la verdad ha de estar en su lugar. Una
recomendación, una palabrita de una persona como vuestra señoría, es lo
suficiente para obtener una completa absolución”.
--¿Existen acaso graves cargos contra ese joven?
--¡Oh!, no lo creo. Ha hecho mucho ruido en los primeros momentos, pero
ahora me imagino que no es más que una simple formalidad.
--Siendo así, la cosa será fácil, y la tomo con gusto á mi cargo.
--¡Y después no querrá vuestra señoría que se diga que es una persona
poderosa! Lo digo, y quiero decirlo, por más que se ofenda; repito que
quiero decirlo. Y aun cuando yo me callase, de nada serviría, porque
todo el mundo habla de lo mismo, y _Vox populi... vox Dei_.
Encontraron justamente á las tres mujeres y á Renzo. Dejo á la
consideración de los lectores el calcular cómo se quedarían aquellas
pobres gentes: yo creo que hasta las desnudas y ahumadas paredes,
las ventanas, banquetas, y todo su modesto ajuar, se maravillaron
de recibir una tan extraordinaria visita. Él animó la conversación
hablando del cardenal y de otras cosas con franca cordialidad, y
al propio tiempo con la mayor delicadeza. Luego pasó á hacer la
proposición que había sido el objeto de su ida. D. Abundio, rogado por
el marqués para que fijara el precio, después de haberlo rehusado por
algún tiempo, y dado algunas excusas, diciendo que no lo entendía,
que no podría menos de vacilar, que hablaba sólo por obedecer, y
que indicaba, por conformarse á su deseo, un precio muy subido. El
comprador dijo, que por su parte estaba contentísimo, y como si hubiese
entendido mal, repitió el doble, no quiso escuchar rectificaciones, y
cortó de repente aquella conversación, invitando á la pequeña reunión á
ir á comer á su palacio el día después de las bodas, en donde se haría
el negocio en regla.
“¡Ah!, decía luego entre sí D. Abundio, á medida que volvía á su
morada, si la peste hiciese siempre en todo y por todo las cosas de
este modo, sería verdaderamente una picardía el hablar mal de ella:
casi, casi, se podría desear que hubiese una en cada siglo, y pactar el
tenerla, con tal de curar, se entiende”.
Por último llegó la dispensa y también la absolución, llegando
igualmente el tan deseado día. Los desposados se encaminaron con
seguridad triunfante á aquella misma iglesia, en la cual fueron unidos
por el propio D. Abundio. Otro y mucho más singular triunfo fué al día
siguiente su viaje al palacio. ¡Imagínese el lector lo que debería
pasar por su mente al emprender la subida, al entrar por la puerta, y
qué reflexiones harían cada uno según su carácter! Únicamente indicaré
que en medio de la alegría, el uno y el otro se dijeron que para
completar la fiesta faltaba sólo el malogrado padre Cristóbal. “Mas sin
embargo”, decían, “él está seguramente mejor que nosotros”.
El marqués les hizo la más fina acogida, los condujo á un hermoso
saloncito, y colocó en la mesa á los dos esposos, junto con Inés y su
amiga. Antes de retirarse para ir á comer en compañía de D. Abundio á
otra habitación, quiso permanecer un rato con sus convidados, ayudando
en persona á los criados á servirles. Supongo que á nadie se le pasará
por la imaginación el que hubiera sido más sencillo el poner buenamente
una sola mesa. Hemos presentado al citado señor como un excelente
sujeto, pero no como un hombre de un tipo original, según ahora
diríamos; hemos manifestado que era humilde, no que fuese un portento
de humildad. Tenía la suficiente para ponerse debajo de aquellos
infelices, pero no para colocarse á su nivel.
Finalizadas ambas comidas, el contrato fué extendido por manos de
un doctor, que no era Azzecca-Garbugli; el cual, quiero decir,
sus mortales despojos estaban y todavía están en Cantarelli. Es
indispensable que hagamos una breve y sucinta explicación del citado
pueblo, para los que no tengan de él idea alguna.
Cerca de media milla más allá de Lecco, y casi á un lado de la otra
población llamada Castello, existe un lugar al cual dan el nombre de
Cantarelli, en donde se cruzan dos caminos; muy próximo al punto en que
éstos se unen, se divisa una eminencia, á modo de una pequeña colina
artificial, coronada de una cruz; lo cual no es otra cosa más que una
gran porción de muertos de la terrible epidemia que hemos descrito,
colocados en aquel sitio. La tradición dice simplemente “los muertos
del contagio”, sin manifestar precisamente cuál era, debiendo ser el
que ya conocemos, porque fué el último y más cruel de que hay memoria;
y es demasiado sabido que si á las tradiciones no se las ayuda un poco,
no dicen nunca por sí mismas lo bastante.
Á la vuelta de los esposos á casa, no surgió otro inconveniente más
sino que Renzo iba un tanto incomodado con el peso del dinero que
llevaba encima. Mas el hombre, según sabemos, había tenido otros
disgustos. No queremos hablar del trabajo de su mente, que no era sin
embargo pequeño, pensando en la manera de hacer producir más dicho
dinero. Al ver los proyectos, reflexiones é incertidumbres de su
imaginación; al oir el pro y el contra con respecto á la agricultura
y á la industria, era como si se hubiesen encontrado frente á frente
dos academias del siglo pasado. El embarazo para él era más que real,
porque siendo un hombre solo, no se le podía decir: “¿qué necesidad
había de elegir?”. Lo mejor que podía hacer era emprender con ambas,
porque los medios en sustancia son los mismos, y al mismo tiempo dos
cosas que se parecen á las piernas, esto es, que las dos andan mejor
que una sola.
Trataron pues de arreglar el equipaje, y ponerse en camino, la familia
Tramaglina para su nueva patria, y la viuda para Milán. Se derramaron
muchas lágrimas, se dieron mutuamente un millón de gracias, y se
hicieron mil y mil promesas de irse á ver unos á otros á menudo.
La separación de Renzo y de la familia del amigo que le había dado
hospitalidad no fué menos tierna, si se exceptúa que no hubo lágrimas;
y no se crea que la despedida con D. Abundio fuese fría; nada de
esto. Aquellas excelentes criaturas habían conservado siempre cierta
respetuosa adhesión para con su cura, y éste, en el fondo también los
había apreciado; sino que ya se ve, ¡hay negocios tan malditos que
llegan á turbar hasta las afecciones!
Nada obligaba á Renzo á salir de su pueblo natal; pues D. Rodrigo
no existía, y la orden de prisión había sido anulada. Mas hacía ya
algún tiempo que los tres estaban acostumbrados á mirar como suyo el
país adonde se dirigían. Renzo había logrado que cayera en gracia á
las mujeres, haciéndoles ver las ventajas que encontraban en él los
operarios y otras mil cosas de la buena vida que se pasaba. Además, en
aquel del cual se apartaban, habían tenido momentos bien amargos; y los
recuerdos tristes que con frecuencia se presentan á nuestra imaginación
de los lugares en que hemos sufrido, nos hacen alejar de ellos.
¡Quién había de figurarse que al llegar á la nueva patria, en
donde Renzo creía hallar la dicha, no encontró más que disgustos!
Indudablemente no era nada; pero sin embargo, lo bastante para turbar
su felicidad. He aquí, en pocas palabras, lo que sucedió.
Las conversaciones que en el citado pueblo había habido respecto de
Lucía, mucho tiempo antes que ésta fuese á él; el saber que Renzo había
padecido tanto por ella, permaneciendo siempre firme y constante; acaso
alguna palabrilla de algún amigo parcial para con él y para con todo lo
que le concernía, habían hecho nacer una cierta curiosidad de ver á la
joven, concibiendo una idea extraordinaria de su belleza. Otros decían:
“¿Queréis saber cómo es la que esperáis con tanta ansia? Es holgazana,
crédula, desdeñosa; no encuentra jamás lo que busca, porque nunca sabe
lo que quiere; y por último, hace pagar muy caros los dulces momentos
que había concedido sin razón”. Cuando Lucía se presentó, muchos de los
que creían que tenía una cabellera de oro, las mejillas exactamente de
rosa, los ojos más hermosos que lo uno y lo otro, y qué sé yo qué más,
empezaron á encogerse de hombros, á arrugar las narices, y á decir:
“¡Bah!, ¡es ésta la mujer tan ponderada! ¡Después de tanto tiempo y de
tanto hablar, era de esperar otra cosa! ¡Y qué es después de todo! Una
aldeana como tantas otras. Mujeres como ella y mejor se encuentran por
todas partes”. Viniendo en seguida á examinarla en particular, éste
notaba un defecto, aquél otro, y algunos la llegaron á encontrar fea.
Mas sin embargo, como todo esto nadie iba á decirlo á la cara de
Renzo, hasta aquí no era un gran mal. Pero por desgracia al cabo de
algún tiempo no faltó quien fuera á contarle dichas habladurías, lo
cual le afligió mucho. Principió á meditar sobre ello, siendo objeto
de varias disputas con los que le hablaban de tal asunto, y también
de amargas quejas consigo mismo. “¿Y qué os importa?, ¿quién os ha
dicho que esperaseis esto ni aquello? ¿He ido por ventura á hablaros
nunca de semejante cosa?, ¿á deciros que era hermosa? Y cuando me lo
preguntabais, ¿os di quizás otra contestación, sino que era una buena
muchacha? ¡Es una aldeana! ¿Me habéis oído decir jamás que os traería
una princesa? ¿Os desagrada?; no la miréis. Ya que vosotros tenéis
mujeres hermosas, extasiaos en ellas, contempladlas cuanto queráis”.
Es preciso observar, que una bagatela cualquiera basta á veces para
decidir la dicha de un hombre para toda su vida. Si Renzo hubiese
querido pasar la suya en dicho pueblo, según su primer designio,
hubiera obrado muy mal. Á fuerza de tantas incomodidades, había llegado
á estar siempre disgustado; era grosero y brusco con todos, porque
calculaba que cada uno en particular podía criticar á Lucía. En todas
sus palabras se traslucía siempre un no sé qué de punzante y satírico;
en todo encontraba también motivos de crítica; hasta el punto de que si
hacía mal tiempo dos días seguidos, al momento exclamaba: “¡Oh, vaya un
país hermoso!” Finalmente, se hizo insoportable hasta con las personas
que le habían apreciado; y con el tiempo, de una cosa á otra, se
hubiera encontrado por decirlo así, en guerra abierta con casi toda la
población, sin poder quizá ni aun él mismo conocer la causa primitiva
de un mal tan grande.
Mas se habría dicho que la peste se había empeñado en reparar todas
sus tonterías. El dueño de una fábrica de hilados situada cerca de las
puertas de Bérgamo había muerto; y el heredero, joven libertino, que
en todo aquel edificio no encontraba nada que le divirtiera, resolvió
venderlo por la mitad del precio; mas quería que fuese inmediatamente
y á dinero contante, para poderlo emplear en seguida en gastos
improductivos.
Habiendo llegado la noticia á oídos de Bartolo, acudió á verle y trató
con él. No podía hallarse una ganga mayor, pero la condición de pagar
al contado, en metálico, lo echaba todo á perder; porque su escaso
peculio, reunido lentamente á fuerza de muchas economías, estaba
aún lejos de alcanzar á la suma señalada. Entretuvo al vendedor con
palabras ambiguas, se volvió apresuradamente, comunicó el negocio á su
primo, y le propuso hacerlo á medias. Un partido tan excelente puso
fin á las dudas económicas del joven, el cual se decidió de pronto por
la industria, y contestó afirmativamente. Ambos se dirigieron allá en
seguida, y quedó consumado el contrato.
Luego que los nuevos dueños se posesionaron de su establecimiento,
Lucía, que no era de ninguna manera esperada allí, no sólo no fué
objeto de crítica, sino que aun podemos añadir que no dejó de agradar;
tanto, que Renzo llegó á saber que algunos habían dicho: “¿Habéis visto
la bella palurda que nos ha venido?”. El epíteto hacía llevadero el
sustantivo.
Además, los disgustos que Renzo había experimentado en el otro pueblo,
le sirvieron de muy útil lección. Hasta entonces había sido un poco
ligero en decir lo que sentía, teniendo un placer en criticar á la
mujer del vecino y demás; pero luego comprendió que las palabras hacen
un efecto en la boca y otra en los oídos, por lo cual contrajo el
hábito de pesar más las suyas antes de proferirlas.
Los negocios iban viento en popa: al principio se presentaron algunas
dificultades con motivo de la escasez de operarios y de las altas
pretensiones de los pocos que habían quedado. Publicáronse edictos que
limitaban los salarios; y á despecho de algunos, con tales medidas, las
cosas volvieron á su verdadero camino; porque al fin y al cabo debían
arreglarse. Al cabo de poco tiempo, llegó de Venecia otro edicto más
razonable, á saber: extinción, por diez años, de toda carga real y
personal á los forasteros que fuesen á establecerse en el territorio.
Para nuestros amigos, esto fué una nueva cucaña.
Antes de que concluyese el primer año de casados, Lucía dió á luz una
hermosa criatura; y como si se hubiese hecho á propósito para dar
ocasión á Renzo de cumplir su magnánima promesa, fué una niña, á la
cual se la bautizó con el nombre de María. En el trascurso del tiempo
tuvieron no sé cuántos más, de uno y otro sexo; é Inés, ocupada en
llevarlos aquí y allá, les llamaba picarillos y les cubría de besos,
los cuales quedaban impresos por largo rato en sus rosadas mejillas.
Todos fueron inclinados al bien, queriendo Renzo que aprendiesen á
leer y escribir, al cual se le oía decir, que ya que existía semejante
picardía, era preciso que se aprovechasen de ella.
Era sumamente curioso el oirle contar sus aventuras, las que finalizaba
siempre diciendo las grandes cosas que había aprendido para gobernarse
mejor en lo sucesivo. “Me he aleccionado”, decía, “en no meterme en
jaranas, en no predicar en las plazas, en no levantar el codo más de lo
necesario, en no tener en la mano las aldabas de las puertas cuando hay
alrededor gentes, cuya cabeza no está buena enteramente, en no atarme
una campanilla al pie antes de haber pensado lo que podía suceder, y
otras mil cosas por el estilo”.
Sin embargo, Lucía, sin encontrar la doctrina falsa en sí, no quedaba
satisfecha; le parecía así de un modo vago, como si faltara algo. Á
fuerza de oir repetir siempre el mismo estribillo, y meditar cada vez
más sobre él; “y yo”, dijo un día á su moralista, “¿qué debo haber
aprendido? Bien sabes que no he ido á buscar las desgracias, sino que
ellas vinieron: á menos que no quieras decir, añadió, sonriéndose
afectuosamente, que todo mi mal provino de quererte y haberte dado
palabra de casamiento”.
Al principio Renzo no supo qué contestar. Después de haber discutido
ambos por largo tiempo, sacaron en consecuencia que las desgracias las
más veces provienen de causas motivadas por otros, que la conducta más
cauta é inocente no podría evitar; y que cuando nacen por culpa ó sin
culpa nuestra, la confianza en Dios las templa y las utiliza para
la otra vida. Esta solución, aunque haya sido hallada por gentes sin
instrucción de ninguna especie, nos ha parecido tan justa, que hemos
pensado consignarla aquí como el pensamiento de toda la historia.
Últimamente, si la presente obra no os ha disgustado, agradecédselo al
anónimo, y también un poquito á su comentador; mas si por el contrario,
hemos tenido la desgracia de desagradaros, podéis estar seguros que no
ha sido éste nuestro designio.
* * * * *
NOTAS:
[25] La vejez es por sí misma una enfermedad.
FIN DE “LOS PROMETIDOS ESPOSOS”.