--Vosotros rogaréis por él, no dejéis de hacerlo, y también por mí...

¡Hijos míos! quiero que tengáis un recuerdo del pobre fraile (y al

decir esto sacó de su espuerta una especie de caja de madera ordinaria,

pero labrada y muy bien pulimentada, conociéndose en su minucioso

trabajo la paciencia de un capuchino). Aquí dentro está el resto de

aquel pan, el primero que pedí por caridad, y del que tanto habéis

oído hablar; yo os lo dejo en memoria; enseñádselo á vuestros hijos:

ellos vendrán á un mundo bien triste, á un siglo doloroso, en medio

de orgullosos y provocadores. Decidles que perdonen siempre, y todo;

hacedles que rueguen por el pobre fraile.

Dicho esto presentó la caja á Lucía, que la tomó con el mayor respeto,

como si hubiese sido una reliquia; luego con voz conmovida prosiguió:

“Ahora decidme: ¿con qué apoyo contáis aquí en Milán? ¿en dónde pensáis

poder colocaros al salir de aquí? ¿y quién os conducirá hacia el paraje

en que se halla vuestra madre, que Dios quiera haber conservado?”.

--Esta buena señora me sirve de madre; nosotras saldremos juntas de

aquí, y después ella pensará en lo que deba hacerse.

--¡Que Dios la bendiga! dijo el fraile, aproximándose al lecho.

--Yo también os doy las gracias, dijo la viuda, por la alegría que

habéis causado á estos pobres jóvenes, aunque yo esperaba conservar

en mi compañía siempre á esta mi querida Lucía. Pero yo velaré sobre

ella; la acompañaré á su pueblo, la pondré en manos de su madre, y en

seguida, añadió en voz baja, quiero regalarle el ajuar. Poseo muchos

intereses, y no tengo ya á nadie de los que debían disfrutarlos conmigo.

--Así, repuso el fraile, podéis hacer un gran sacrificio al Señor, y

mucho bien al prójimo. No os recomiendo esta joven, porque veo que le

profesáis gran cariño. Es preciso alabar á Dios, que sabe mostrarse

padre aun en medio de los castigos, y permitiendo que os encontraseis,

os ha dado una prueba evidentísima de amor á una y á otra. Al presente,

dijo volviéndose á Renzo y cogiéndole por la mano: “Los dos nada

tenemos ya que hacer aquí, y hemos permanecido demasiado tiempo. Vamos”.

--¡Oh, padre! dijo Lucía, ¿os volveré á ver todavía? ¡Yo estoy curada,

yo que ningún bien hago en este mundo; y vos!...

--Hace ya mucho tiempo, respondió el anciano con tono serio y dulce á

la vez, que pido al Señor un favor muy grande, cual es el de acabar mis

días sirviendo al prójimo. Si en estas circunstancias me lo quisiera

conceder, necesito que todos los que tengan caridad de mí me ayuden á

darle gracias. Vamos, dad á Renzo los encargos para vuestra madre.

--Contadle lo que habéis visto, dijo Lucía á su prometido; le decís que

he hallado aquí una segunda madre, que me trasladaré á su lado tan

pronto como me sea posible, y que espero encontrarla sana y salva.

--Si necesitáis dinero, repuso Renzo, traigo aquí todo el que

mandasteis, y...

--No, no, dijo la viuda; yo lo tengo de sobra.

--Vamos, replicó el fraile.

--¡Lucía!, hasta la vista... lo mismo digo, mi buena señora, dijo

Renzo, no encontrando palabras que pudiesen significar lo que

experimentaba en semejantes momentos.

--¡Quién sabe si el Señor nos dispensará la gracia de que aún nos

volvamos á ver todos!, exclamó Lucía.

--Que él sea siempre con vosotras y os bendiga, dijo Fr. Cristóbal á

las dos amigas; después de lo cual salió con Renzo de la cabaña.

Entretanto la noche se iba acercando, y el tiempo parecía cada vez más

próximo á revolverse. El capuchino ofreció de nuevo al joven un asilo

durante la expresada noche en su barraca. “No te podré hacer compañía,

añadió; pero tendrás á lo menos donde estar á cubierto”.

Renzo experimentaba, sin embargo, grandes deseos de marcharse, tratando

de no permanecer por más tiempo en semejante lugar, pues que no le

sería permitido volver á ver á Lucía, y ni aun siquiera disfrutar de la

compañía del buen fraile. Con respecto á la hora y al tiempo, ó mejor

dicho, noche ó día, sol ó lluvia, calor ó frío, era todo igual para él

en aquel momento. Dió pues las gracias á fray Cristóbal, diciéndole que

deseaba ir lo más pronto que fuese posible en busca de Inés.

Cuando llegaron al camino del centro, el fraile le apretó la mano

diciendo: “Si Dios quiere que encuentres á la buena Inés, salúdala en

mi nombre; dile, así como también á todos aquellos que se acuerdan de

fray Cristóbal, que rueguen por él. Ahora, que Dios te acompañe y te

bendiga para siempre”.

--¡Oh, querido padre!... ¿nos volveremos á ver, no es cierto?

--Confío que será en el cielo. Y dicho esto se separó de Renzo, el cual

habiendo permanecido en el mismo sitio hasta que le perdió de vista,

tomó en seguida la puerta, echando á derecha é izquierda las últimas

miradas de compasión á aquella morada de dolores. Observábase por

doquier un extraordinario movimiento; un continuo correr de _monatti_

de un lado á otro, trasladar efectos, componer los techos de las

barracas, y convalecientes que se arrastraban hacia éstas y debajo de

los pórticos para ponerse al abrigo de la tempestad, que amenazaba

estallar por momentos.

CAPÍTULO DECIMONOVENO

En efecto, apenas Renzo hubo pasado el umbral del lazareto y tomado á

la derecha, con el fin de volver á encontrar la senda situada debajo

de las murallas por la cual había desembocado en aquella misma mañana,

cuando comenzaron á caer gruesas gotas, saltando sobre el blanco y

árido camino, y levantando al propio tiempo un polvillo finísimo. La

lluvia cayó bien pronto á torrentes. Renzo, en vez de inquietarse, se

regocijaba interiormente; se deleitaba con aquel aire tan fresco, con

aquella agitación, con aquel susurro de plantas y de hojas que parecían

recobrar una nueva vida; por último, respiraba con más libertad; y en

este cambio de la naturaleza, sentía vivamente el que se había obrado

en su destino.

¡Pero cuánto más vivo y completo habría sido este sentimiento si Renzo

hubiese podido adivinar lo que vió pocos días después! Aquella agua se

llevaba, ó mejor diremos, lavaba el contagio. Si el lazareto no pudo

restituir á los vivientes todos los que aún encerraba en su seno, á lo

menos desde este día no recibió ya más en sus vastas cavidades. Al cabo

de una semana viéronse abrir las puertas y las tiendas, no hablándose

casi ya más de cuarentena, y no quedando de la peste más que algunos

restos esparcidos aquí y allí: rastro que semejante azote acostumbra

siempre dejar detrás de sí por espacio de algún tiempo.

Caminaba, pues, nuestro viajero alegremente, sin haber proyectado

dónde, cómo, ni cuándo, ni aun si debía detenerse en aquella noche,

deseoso sólo de adelantar camino, de llegar pronto á su pueblo natal,

de encontrar en éste con quien hablar y á quien referir su felicidad, y

sobre todo el poderse poner en seguida en camino para Pasturo, con el

objeto de buscar á Inés. Seguía andando con la imaginación sumamente

agitada, á causa de todo lo que había presenciado aquel día; pero

al través de tantas miserias, horrores y peligros, venía siempre un

pensamiento: “¡La he hallado!, ¡está curada!, ¡es mía!”. Y entonces

daba un brinco de alegría, salpicándose de barro y haciéndolo saltar

á gran distancia, á la manera de un perro de aguas cuando está bien

mojado; otras veces se contentaba con un restregoncito de manos, y

luego avanzaba con más ardor que antes.

Contemplando el camino, juntaba, por decirlo así, los pensamientos

que había dejado allí por la mañana y el día anterior al ir á Milán;

recogiendo precisamente con más placer todavía el que entonces

había tratado de alejar de sí, á saber: la duda, la dificultad de

encontrarla, y aun así, que estuviera viva en medio de tantos muertos

y moribundos. “¡Y la he hallado viva!”, concluía diciendo. Traía á la

memoria todos los sucesos é incidentes más terribles de aquel día, y

se figuraba tener aún cogida aquella consabida aldaba: ¿si estará?,

¿si no estará? y luego recibir una respuesta tan poco favorable; no

teniendo casi tiempo de comentarla, porque aquellos frenéticos y

bribones le perseguían furiosamente: y después ¡el lazareto, aquel

vasto mar, el miedo de encontrarla allí!, ¡y haberla justamente

encontrado! En seguida venía á parar al acto mismo en que la procesión

de los convalecientes acababa de pasar; ¡qué momento aquel, qué

angustias al no encontrarla! Y al presente no le importaba ya nada.

¡Y aquel departamento de mujeres!, ¡y allí detrás de aquella cabaña

oir, cuando no se lo esperaba, aquella voz, aquella voz justamente! ¡Y

verla levantada! Pero, ¡ah!, surgía todavía entonces aquel desgraciado

obstáculo del voto, más embrollado y fuerte que nunca. ¡Dicho obstáculo

ya no existe! Y aquella rabia contra D. Rodrigo, aquel odio maldito

que exacerbaba todos los dolores y emponzoñaba todas las esperanzas,

también desaparecieron. Así que, apenas habría podido gozar una dicha

mayor si no hubiese sido por la incertidumbre en que se hallaba con

respecto á Inés, sin el triste presentimiento que tenía tocante al

padre Cristóbal, y la aflicción de encontrarse aún en medio de una

epidemia.

Al anochecer llegó á Sesto, sin que la lluvia presentase ninguna señal

de cesar. Pero sintiéndose más ágil que nunca, y encontrando grandes

dificultades para alojarse, aunque enteramente empapado en agua, no

le pasó siquiera por la imaginación el entrar en una posada. La sola

necesidad que experimentaba y que le incomodaba algún tanto era un gran

apetito; pues la alegría que tenía le había hecho digerir la escasa

gazofia del capuchino. En su consecuencia, miró si encontraba alguna

panadería: viéndola en efecto, pidió dos panes que le fueron entregados

por medio de las tenazas y demás ceremonias que ya sabemos se usaban

entonces. Colocó uno de dichos panes en la faltriquera, empezando á

tirar grandes bocados al otro, y de este modo continuó su viaje.

Cuando pasó por Monza, era ya completamente de noche: no obstante

esto, consiguió encontrar la puerta que conducía al verdadero camino.

Mas nadie puede imaginarse en qué estado se hallaba dicho camino, y

cómo se iba volviendo de un momento á otro. Sepultado (del mismo modo

que lo estaban todos, como ya lo hemos dicho en otra parte) entre dos

márgenes á semejanza de un álveo, se le hubiera podido dar el nombre si

no de río, á lo menos de acueducto, encontrándose en una innumerable

porción de sitios cenagosos, zanjas de las que podía retirar apenas

sus zapatos, y repetidas veces sus pies. Mas iba saliendo sin

impacientarse, sin jurar, sin arrepentirse. Reflexionaba que cada paso

le acercaba al término de su viaje, y que el agua cesaría cuando Dios

quisiera, que el día vendría á su tiempo, y que el camino hecho, hecho

quedaba.

Renzo no calculaba que entonces no podía hacer otra cosa. Esto mismo

era efecto de su distracción, porque el gran trabajo de su imaginación

era recordar la historia de aquellos tristes años pasados; ¡tantos

obstáculos, tantas adversidades, tantos momentos en que él había estado

á punto de renunciar también á la esperanza y de creerlo todo perdido!

oponía á esto, las revelaciones de un porvenir tan distinto, la llegada

de Lucía, las bodas, el arreglo de la casa, y el placer de referir sus

pasados infortunios, y toda su vida.

¿Cómo había de componerse para seguir adelante hallándose en un paraje

en que los caminos se cruzaban en todas direcciones? Nosotros no

podremos verdaderamente asegurar, si el poco conocimiento que tenía

de dichos caminos, ó si el opaco brillo de las estrellas le hicieron

encontrar siempre su precisa ruta, ó si la tomó á la ventura; pues él

mismo, que tenía costumbre de contar detalladamente su historia con

más amplitud que nosotros (y todo hace creer que nuestro anónimo se lo

había oído referir varias veces), él mismo, al llegar á este punto,

decía que no se acordaba de la expresada noche más que como un ensueño.

Lo cierto es que al amanecer se encontró junto al Adda.

No había cesado de llover aún; pero el agua que caía á torrentes,

veíase convertida en una lluvia fina, igual, penetrante; las nubes

elevadas y caprichosas formaban un velo continuo, mas ligero y diáfano;

y la luz del crepúsculo hizo descubrir á Renzo el paisaje de los

alrededores. Era su pueblo, y á su vista sería difícil expresar lo que

sintió. Únicamente diremos que aquellos montes, el vecino _Resegon_, y

el territorio de Leceo le parecía que habían llegado á ser propiedad

suya. Se miró á sí mismo, y á la verdad se vió tan mal pergeñado y tan

raramente vestido de lo que jamás hubiera podido figurarse: su traje

todo chorreando y pegado al cuerpo; su sombrero se había puesto muy

blando, perdido la forma y enteramente calado; lleno de lodo hasta

la cintura, y su desgreñado cabello caía sobre su cara á manera de

madejas. Con respecto al cansancio, debía tenerlo, mas no lo advertía;

pues el frío de la madrugada junto con el de la noche, y aquel pequeño

baño, no le inspiraban otro deseo que el de caminar más apresuradamente.

Está ya en Pescate; costea aquel último trozo del Adda, arrojando, sin

embargo, una melancólica mirada sobre Pescarenico; pasa el puente, y

llega bien pronto atravesando campos y sendas á la morada de su amigo.

Éste, que acababa de levantarse, estaba en el umbral de su puerta

observando el tiempo; mas he aquí, que de repente mira hacia el lado

por donde venía Renzo, quedándose estupefacto al ver aquella figura tan

estrambótica, tan cubierta de barro, pero al propio tiempo tan viva y

decidida: desde que existía no había visto un hombre peor arreglado, y

á la vez más alegre.

--¡Hola!, dijo, ¡de vuelta ya, y con este tiempo! Vamos, ¿cómo ha ido?

--Está allí, está allí.

--¿Sana?

--Curada, que es todavía mejor. Debo dar gracias al Señor y á la

Madonna mientras viva. Pero, ¡hay cosas grandes, cosas admirables!

Luego te lo contaré todo.

--Mas, ¿cómo vienes tan estropeado?

--¿Estoy bonito, eh?

--Si te he de decir la verdad, no hay por donde cogerte. Pero, espera,

espera que encienda una buena lumbre.

--Lo acepto de buena gana. ¿Sabes dónde me ha pillado la lluvia?:

justamente en la misma puerta del lazareto. Pero, ¡esto no vale nada!

El tiempo hace su oficio, y yo el mío.

El amigo se fué y apareció de nuevo en seguida con dos haces de maleza

y algunos troncos de arbustos que colocó en el hogar. Renzo entretanto

se había quitado el sombrero, y después de haberlo sacudido dos ó tres

veces lo había arrojado al suelo; mas el jubón no se lo sacó con tanta

facilidad. En seguida cogió su cuchillo, cuya hoja estaba toda mojada

y tomada, lo dejó sobre una pequeña mesa, y dijo: “¡Esta hoja también

se ha puesto buena! Pero, ¡es agua, es agua! ¡Loado sea el Señor!...

Por poco no hago allí una... Después te lo contaré; y al decir esto, se

restregaba las manos. Ahora hazme un favor: tráeme aquel lío de ropa

que dejé arriba, porque antes que ésta se seque...”.

Al volver su amigo con dicho lío, le dijo: “Calculo que debes tener

apetito, pues comprendo que en el camino habrás podido beber, pero

comer...”.

--Compré dos panes, que fué lo que pude encontrar ayer á la caída de la

tarde; mas á la verdad, desde que emprendí mi marcha, es lo único que

ha entrado en mi estómago.

--Déjame hacer, dijo el amigo, después de lo cual echó agua en una

pequeña caldera, que colgó de una cadena, y añadió: voy á ordeñar la

vaca; cuando vuelva con la leche, el agua estará á punto, y haremos una

buena _polenta_. Tú, entretanto, haz lo que mejor te parezca.

Habiendo Renzo quedado solo, se quitó, no sin costarle algún trabajo,

el resto de sus vestidos, los cuales tenía pegados al cuerpo; se enjugó

bien, y se vistió de nuevo de pies á cabeza. El amigo dió la vuelta al

cabo de pocos instantes, y continuó haciendo su _polenta_, mientras que

Renzo esperaba sentado.

--Ahora me voy sintiendo cansado, dijo: Hay una tirada muy buena. Pero

esto no vale nada. Tengo tanto que contar, que hay para ocupar todo el

día. ¡Cuán revuelto está Milán! ¡Es preciso verlo y tocarlo! ¡Es cosa

de hacerle erizar á uno el pelo! ¡Y lo que han querido hacer conmigo

los señores de allí! Ya lo oirás. ¡Mas si vieses el lazareto! se vuelve

uno loco al aspecto de tantas desgracias. ¡Vamos! Ya te lo referiré

todo... Ella está allí; tú la verás aquí; será mi mujer, y tú debes

hacer de testigo, y aunque haya peste ó no, quiero que estemos alegres,

á lo menos por algunas horas.

Por lo demás, cumplió lo que había prometido á su amigo, tocante á

ocupar todo el día contándole lo que le había sucedido; tanto más,

cuanto que no habiendo cesado de llover, pasó el día refugiado en la

casa, ora sentado al lado de su amigo, ora ocupado en preparar tinas,

cubas y demás utensilios para la vendimia, en lo cual Renzo no dejó

de darle una buena mano; porque según solía decir, era de los que se

cansan más sin hacer nada, que trabajando. Sin embargo, no pudo menos

de dar una escapadita á la casa de Inés, con el objeto de ver de nuevo

cierta ventana, y para ir á darse un restregoncito de manos. En efecto,

lo verificó, volviendo en seguida sin ser visto de nadie, y se acostó.

Levantóse antes de amanecer, y viendo que había cesado la lluvia,

aunque el tiempo no estaba sentado del todo, se puso en camino para

Pasturo.

Cuando llegó era todavía muy temprano, pero él tenía tantos deseos de

lograr su intento, como el lector de que se acabe la presente historia.

Se informó acerca de Inés, y supo que no tenía novedad, habiéndosele

indicado la casa en que vivía. Dirigióse á ella; llamó desde la calle

á Inés; al sonido de su voz, ésta se asomó presurosa á la ventana,

y mientras permanecía con la boca abierta para pronunciar algunas

palabras, ó acaso para exhalar un grito, Renzo se le anticipó diciendo:

“Lucía está buena, la vi antes de ayer; me encarga que os salude, y que

os diga que pronto va á venir. Y después, ¡tengo tantas y tales cosas

que deciros!”.

Entre la sorpresa de semejante aparición, el contento que le había

causado la noticia y el ansia de saber más, Inés prorrumpía tan pronto

en una exclamación, tan pronto empezaba á hacer una pregunta, pero

siempre sin concluir lo que iba á decir: en seguida, olvidando las

precauciones que tenía costumbre de tomar hacía ya algún tiempo, dijo:

“Voy á abriros”.

--Aguardad; ¿y la peste? Según creo, no la habéis tenido.

--Yo no; ¿y vos?

--Yo sí, pero vos debéis tener prudencia. Vengo de Milán, y durante

dos días he estado metido hasta el cuello en medio del contagio. Es

verdad que me he mudado de pies á cabeza, pero hay tal inmundicia, que

se pega á veces á la carne como un maleficio; y ya que el Señor os ha

preservado hasta ahora, quiero que os guardéis hasta que haya cesado

la epidemia, porque sois nuestra madre, y deseo que vivamos juntos

alegremente largos años, en compensación de lo mucho que hemos sufrido,

á lo menos yo.

--Pero...

--¡Bah!, no hay _pero_ que valga, replicó Renzo. Sé lo que queréis

decir; con todo, ya veréis que el _pero_ está de más. Vámonos á algún

paraje que estemos al aire libre, que podamos hablar con comodidad y

sin peligro, y veréis.

Inés le indicó un jardín que se hallaba situado detrás de la casa, y

añadió: “Entrad en él y veréis dos bancos, uno enfrente de otro, que

parecen colocados á propósito; yo voy en seguida”.

Renzo fué á sentarse en el uno; pocos instantes después, Inés se

hallaba en el otro. Estoy seguro que si el lector, informado como está

de todos los antecedentes, hubiese podido encontrarse allí como un

tercero, ver con sus propios ojos aquella conversación tan animada, y

escuchar con sus oídos aquellas narraciones, preguntas y explicaciones,

aquel exclamar, condolerse y alegrarse, y D. Rodrigo, y el padre

Cristóbal, y todo lo demás, y las descripciones del porvenir, claras

y positivas, como las del pasado; estoy seguro, repito, que hubiera

encontrado muchos encantos, y que habría sido el último en retirarse.

Pero al ver dicha conversación sobre el papel, muda, sin colorido y

sin ningún hecho ó suceso nuevo, soy de parecer que le es del todo

indiferente, juzgando al propio tiempo que prefiere adivinarla por sí

mismo. La conclusión fué que iría á establecerse cerca de Bérgamo, en

el mismo paraje en que Renzo había empezado ya á hacer negocio; con

respecto á la época, nada se podía decidir aún, porque dependía de la

peste y de otras circunstancias. Quedaron pues en que tan pronto como

cesara el peligro, Inés volvería á su casa para esperar á Lucía, ó que

ésta, por el contrario, la aguardaría en ella: en el ínterin, Renzo

haría algún viaje á Pasturo para ver á su madre y para informarse de

lo que pudiera acontecer.

Antes de marchar le ofreció también dinero, diciendo: “Mirad, están

todavía intactos: por mi parte he hecho voto de no tocarlos hasta

que la cosa estuviese puesta en claro. Ahora, si los necesitáis,

traedme una cazuela de agua y vinagre, y echaré en ella los consabidos

cincuenta escudos relucientes y hermosos”.

--No, no, dijo Inés, ninguna necesidad tengo por ahora de ellos;

conservadlos, pues servirán para poner la casa.

Renzo partió con el nuevo consuelo de haber encontrado sana y salva á

una persona que le era tan querida. Permaneció el resto del día y de

la noche en casa del amigo, y al día siguiente se puso en camino con

dirección á su pueblo adoptivo.

Encontró á Bartolo en un estado de salud perfecta y con menos

miedo todavía de perderla; pues en aquellos pocos días que habían

transcurrido, los cosas tomaron felizmente un rápido y distinto giro.

Muy pocos eran los que caían enfermos: el mal no era ya el mismo: no se

veían aquellos rostros lívidos y moribundos, ni aquellos síntomas tan

violentos, pero sí algunas calenturillas, la mayor parte intermitentes,

con alguno que otro bubón muy bajo ya de color, que se curaban con la

misma facilidad que un divieso ó grano cualquiera. El país aparecía ya

bajo otro aspecto muy diferente: los que habían sobrevivido empezaban

á salir, á reunirse, y á darse recíprocamente pésames y enhorabuenas.

Hablábase ya de volver á trabajar; los maestros trataban de buscar y

juntar operarios, principalmente para aquellos artefactos, cuyo número

aun antes de la epidemia escaseaba tanto, como era el de la seda.

Renzo, sin hacerse el desdeñoso, prometía (salva sin embargo la debida

aprobación) á su primo dedicarse al trabajo, cuando volviera acompañado

á establecerse en el país. Entretanto se ocupó de los preparativos más

necesarios; alquiló una casa bastante capaz, cosa que había llegado á

ser muy fácil y poco costosa; la amuebló echando ya entonces mano á su

tesoro, pero sin hacer en él una gran brecha, habiendo más gente que

vendiese y que no comprase.

Después de algunos días volvió á su pueblo natal, el cual encontró

notablemente mejorado. Corrió á Pasturo, halló á Inés totalmente

tranquila y dispuesta á volver á su casa, de modo que él mismo la

acompañó en seguida á ella. Pasaremos en silencio los sentimientos que

experimentaron, las conversaciones que tuvieron al verse juntos en

aquellos sitios.

Inés lo encontró todo según lo había dejado; así que no pudo menos

de decir que esta vez, tratándose de una pobre viuda y una infeliz

doncella, los ángeles lo habían custodiado. “Y la otra vez, añadió, se

hubiera podido creer que el Señor nos había abandonado, pues permitía

que se nos llevaran nuestro pobre ajuar, y he aquí que ahora nos

demuestra justamente lo contrario, pues por otro lado nos ha enviado

muy buen dinero, con el cual he podido reemplazarlo todo. Digo todo, y

no digo bien, porque el equipaje de Lucía que fué robado por aquella

chusma, siendo todo él flamante y completo, faltaba aún; y ve aquí que

nos llega por otro lado. El que me hubiese dicho, cuando yo me afanaba

en arreglar otro: '¿tú crees trabajar para Lucía, no es verdad?, ¡pobre

mujer!, pues trabajas para quien no sabes’. Sólo el cielo no ignora á

qué clase de criaturas cubrirán estas telas y vestidos; por lo que hace

á Lucía, el equipaje que verdaderamente deba servirle, una buena alma

cuidará de ello, la cual tú ignoras que esté siquiera en este mundo”.

El primer pensamiento de Inés fué el de preparar en su modesto albergue

el alojamiento más decente posible para aquella buena alma: en seguida

buscó seda para devanar, y trabajando engañaba el tiempo.

Por su parte, Renzo no pasó en la ociosidad aquellos días para él

tan largos: felizmente sabía dos oficios, y entonces adoptó el de

labrador. Tan pronto ayudaba á su huésped, para el cual era una gran

fortuna el poseer en semejantes circunstancias un operario de tanta

habilidad, como cultivaba y arreglaba el huertecillo de Inés, que se

había destruido enteramente durante su ausencia. Con respecto á su

heredad, ni pensaba tan siquiera en ella, diciendo que era una madeja

muy enredada, la cual necesitaba más de dos brazos para dejarla en

buen estado. Nunca ponía en ella los pies, como tampoco entraba en su

casita, porque habría padecido mucho al ver tanta desolación; habiendo

tomado el partido de deshacerse de todo, á cualquier precio que fuese,

empleando en su nueva patria todo lo que buenamente pudiese sacar.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 27 / 29 段