de lo que había motivado el pasado escándalo; y para ejecutar dicha
operación sin ser observado, se introdujo en un pequeño espacio que
había entre dos cabañas, á las cuales se podía dar la vuelta alrededor.
Se inclinó para quitarse la campanilla, y estando en esta postura, con
la cabeza apoyada contra la pared de paja de una de las cabañas, llega
á sus oídos una voz... ¡Oh, Dios mío! ¿es posible? Presta atención, y
toda su alma pende en este momento de su oído; él respira apenas...
¡Sí, sí, ésta es la voz y!... “¡Miedo!, ¿de qué?, decía con dulzura la
misma voz; lo que hemos pasado no ha sido más que una tempestad; el que
ha mirado por nosotros hasta aquí, lo hará también en adelante”.
Renzo no arrojó siquiera un solo grito, no por temor de que le
descubrieran, sino porque le faltó el aliento. Sus rodillas se
doblaron, su vista se turbó; pero esto no fué más que en el primer
momento; al segundo estaba ya en pie más ágil, más vigoroso que antes.
En tres saltos dió vuelta á la cabaña, se presentó á la puerta, vió á
la que había hablado, la divisó de pie inclinada sobre un miserable
lecho. Ella se vuelve al ruido: mira; cree engañarse, delirar, soñar;
mira con más atención, y exclama: “¡Oh; Señor, bendito seáis!”.
--¡Lucía! ¡Ya os he encontrado!, ¡os encuentro!, ¡sois vos misma!,
¡vivís!, gritó Renzo avanzando todo trémulo.
--¡Oh, Señor!, replicó Lucía, mucho más trémula. ¡Vos aquí! ¿Como?,
¿por qué?... ¡La peste!...
--La he tenido: ¿y vos?
--¡Ah!, yo también; ¿y mi madre?
--Aún no la he visto, porque está en Pasturo; sin embargo, creo que
sigue bien. ¡Pero vos!... ¡todavía estáis padeciendo! ¡Parece que
seguís débil! Con todo, estáis curada; lo estáis; ¿no es cierto?...
--El Señor ha dispuesto dejarme en el mundo. ¡Ah, Renzo!, ¿por qué
habéis venido?
--¿Por qué?, repuso Renzo, acercándose más á ella: ¡me preguntáis por
qué he venido! ¿Es necesario que yo os lo diga? ¿Por ventura no me
llamo ya Renzo? ¿No sois vos Lucía?
--¡Ah! ¡Qué decís, qué decís! ¿No os ha escrito mi madre?...
--Sí; demasiado me ha escrito; ¡bonitas cosas en efecto ha escrito á un
infeliz afligido y fugitivo, á un joven que jamás os había hecho daño
alguno!
--¡Pero Renzo, Renzo! Pues que sabéis... ¿por qué venir, por qué?
--¡Por qué venir, Lucía; por qué venir!, decís. ¡Después de tantas
promesas! ¿Es que nosotros no somos ya los mismos?, ¿ellas no os
recuerdan nada? ¿Qué faltaba, pues?
--¡Oh, Señor!, exclamó dolorosamente Lucía, juntando las manos y
elevando los ojos al cielo: ¡por qué no me habéis dispensado la gracia
de llevarme con vos!... ¡Oh, Renzo!, ¿qué habéis hecho? ¡Ay de mí!
Ahora que empezaba á tener la esperanza... de que con el tiempo...
hubiera echado de mi memoria...
--¡Magnífica esperanza!, ¡hermosas cosas para decirme cara á cara!
--¡Ah! ¿Qué habéis hecho?, ¡y en este lugar!, ¡en medio de estas
escenas, de tantas miserias! Aquí en donde no se hace más que morir,
habéis podido...
--Es preciso rogar á Dios por los que mueren y confiar que irán á un
buen lugar; pero no es justo, por lo mismo, que los que viven lo hagan
desesperadamente...
--Pero, ¡Renzo, Renzo!, no reflexionáis lo que decís: ¡una promesa á la
Madonna!... ¡un voto!
--Y yo os digo que tales promesas nada valen.
--¡Oh, Dios mío! ¿Qué estáis diciendo?, ¿dónde os habéis metido todo
este tiempo?, ¿con quién os habéis acompañado?, ¿qué modo de hablar es
éste?
--Hablo como buen cristiano: hago más favor á la Madonna que vos,
porque creo que ella no quiere que se le hagan promesas en perjuicio
del prójimo. ¡Si la Madonna lo hubiese dispuesto! ¡Oh!, entonces...
Pero esto no ha sido más que una idea vuestra. ¿Sabéis lo que es
necesario prometer á la Madonna? Prometed que daremos el nombre de
María á la primera hija que tengamos: yo me hallo aquí para prometerlo
también: éstas son cosas que honran mucho más á la Madonna; éstas
son las devociones que tienen mucho más sentido común, y no son en
perjuicio de tercero.
--No, no; no penséis de este modo: no sabéis lo que os decís; ignoráis
lo que es hacer un voto; no estáis en este caso; no lo habéis
experimentado. ¡Marchaos, marchaos, por amor de Dios!
Y se apartó impetuosamente de él, dirigiéndose hacia el lecho.
--¡Lucía, dijo Renzo sin moverse; decidme á lo menos, decidme, ¿si no
fuese por esa causa... seriáis la misma para mí?
--¡Hombre sin corazón!, respondió Lucía, conteniendo apenas sus
lágrimas; ¡cuando me habréis hecho decir palabras inútiles, palabras
que me harán daño, palabras que acaso serán pecados, estaréis contento!
¡Partid! ¡oh, partid!, ¡olvidadme!, ¡se conoce que no estábamos
destinados el uno para el otro! Arriba nos volveremos á ver: poco me
resta que estar en este mundo. Partid; procurad hacer saber á mi madre
que estoy curada, que también aquí Dios me ha asistido siempre, que he
encontrado una buena alma, esta digna señora que me sirve de madre;
decidle que confío que ella habrá sido preservada del contagio, y que
nos veremos, cuando y como Dios quiera. ¡Marchad por el amor del
cielo! y no penséis en mí... sino cuando rogareis al Señor.
Y como quien no tiene otra cosa que decir ni quiere oir nada más, como
el que desea sustraerse á un peligro, se aproximó todavía más al lecho
en donde yacía la mujer de quien había hablado.
--¡Escuchad, Lucía, escuchad!, dijo Renzo, no acercándose, sin embargo,
más.
--No, no; ¡idos, por caridad!
--Escuchad: el padre Cristóbal...
--¿Cómo?
--Está aquí.
--¡Aquí!, ¿dónde?, ¿cómo lo sabéis?
--Le he hablado pocos momentos hace; he permanecido en su compañía
largo rato; y un religioso tal como él me parece...
--¡Está aquí!, seguramente para asistir á los enfermos; mas decidme:
¿ha tenido la peste?
--¡Ah, Lucía! Temo, temo demasiado que... Y mientras que Renzo vacilaba
en pronunciar una palabra tan dolorosa para él, y que debía también
serlo tanto para Lucía, ésta se había separado de nuevo del lecho, y se
aproximaba á Renzo.--¡Temo que la tenga ya encima!
--¡Oh, infeliz y santo hombre! ¿Pero qué digo? ¡Pobre hombre!
¡Desgraciados de nosotros! ¿Y cómo está?, ¿guarda cama?, ¿está bien
asistido?
--Está levantado, anda, asiste á los demás; pero, ¡si lo vierais, qué
color, con qué dificultad se sostiene! He visto tantos y tantos, que
desgraciadamente... no se puede uno engañar.
--¡Oh, pobres de nosotros! ¿Y se halla precisamente aquí?
--Sí, y muy cerca: poco más que de mi casa á la vuestra... si os
acordáis.
--¡Oh, Virgen Santísima!
--Bien; poco más. Ya podréis juzgar si habremos hablado de vos. ¡Me ha
dicho tantas cosas!... ¡Y si supieseis lo que me ha hecho ver! Ya lo
sabréis; mas ahora quiero empezar por repetiros lo que él mismo con su
propia boca me ha dicho. En primer lugar ha sido de su aprobación el
que venga á buscaros, diciéndome que el Señor quiere que un joven obre
de este modo; y que él me ayudaría á encontraros, como así ha sido. En
fin, es un santo. Por lo tanto, ya lo veis.
--Pero si él ha dicho esto, es porque no sabe...
--¿Y cómo queréis que sepa las cosas que habéis hecho por vuestro
antojo, sin juicio y sin el parecer de nadie? Un hombre excelente, una
persona de sentido como él, no va á pensar semejantes cosas. Pero lo
que él me ha hecho ver... Y le refirió su visita á la cabaña. Aunque
los sentidos y el espíritu de Lucía estuviesen familiarizados en
aquella mansión con las más fuertes impresiones, estaba, sin embargo,
sobrecogida de horror y de compasión.
--Y en dicha cabaña, prosiguió Renzo, habló también como un oráculo.
Ha dicho que el Señor ha resuelto quizás perdonar á ese infortunado...
(al presente no puede darle otro nombre)... que él espera cogerle en un
momento favorable; pero quiere al mismo tiempo que nosotros dos juntos
roguemos por él... ¡Juntos!, ¿habéis comprendido?
--Sí, sí, rogaremos cada uno donde el Señor disponga que nos hallemos;
él sabe unir las oraciones.
--Pero ¡si os digo sus palabras!...
--Mas, Renzo, él no sabe...
--¿Pero no comprendéis que es un santo cuando habla, y que el Señor
es también el que le hace hablar?, y que no lo hubiera verificado si
esto no debiese ser justamente así... ¿Y el alma de ese desgraciado?
Yo he rogado ya y rogaré por él; lo he hecho de todo corazón, lo mismo
que si hubiese sido hermano mío. Mas ¿cómo queréis que esté en el otro
mundo el infeliz, si en éste no se arregla alguna cosa, y no se reparan
en cierto modo los males que él ha causado? Si vos os dais á razón,
entonces todo será como antes: lo que ha sucedido no tiene remedio: él
lo ha pagado aquí.
--No, Renzo, no: el Señor no quiere que obremos mal con el fin de
excitar su misericordia. Dejad ese infeliz á su cuidado: por lo que
á nosotros hace, nuestro deber es rogar por él. Si hubiese muerto en
aquella fatal noche, entonces Dios no hubiera podido perdonarte; ¿y si
aún existo, si he sido salvada?...
--Y vuestra madre, esa pobre Inés, que tanto me ha querido siempre,
que tan ansiosa estaba de vernos casados, ¿no os ha dicho también que
vuestra promesa era muy insensata; ella, que os ha hecho entender
la razón en otras ocasiones, porque en ciertas cosas piensa más
juiciosamente que vos?...
--¡Mi madre!, ¡queréis que mi madre me haya aconsejado el faltar á mi
voto! ¡Renzo!, ¿estáis en vuestro juicio?
--¡Oh!, ¿queréis que os lo diga? Vosotras las mujeres no podéis saber
estas cosas. El padre Cristóbal me ha dicho que vuelva á verle, con el
fin de participarle si os he encontrado ó no. Voy allá; veremos, pues,
lo que él dice.
--Sí, sí; id á encontrar á ese santo hombre; decidle que ruego por él,
y que lo haga á su vez por mí; ¡pues tengo tanta necesidad de ello!
Pero por el amor de Dios, por la salvación de vuestra alma y de la mía,
no vengáis más aquí á causarme daño, á... tentarme. El padre Cristóbal
os lo sabrá explicar todo, y haceros volver en vos, restituyendo la paz
en vuestro corazón.
--¡La paz en mi corazón! ¡Oh, quitaos esto de la cabeza! Esta
palabrota ya me la habéis hecho escribir una vez; sé lo que me ha hecho
también padecer; y al presente tenéis todavía valor de decírmela.
Pues bien, yo os declaro lisa y llanamente que jamás tendré paz en mi
corazón. Queréis olvidaros de mí, y yo no de vos; y os aseguro que
si me hacéis perder la razón, no volveré á recobrarla ya nunca más.
Mandaré al diablo el oficio y la buena conducta; ya que tenéis gusto
en que viva rabiando toda mi vida, será como deseáis... ¡Y aquel
desgraciado! Dios sabe si lo he perdonado de corazón; pero vos...
¿queréis hacerme pensar por ventura que él no era el que?... ¡Lucía, me
habéis dicho que os olvide! ¡Olvidaros yo! ¿Y cómo hacerlo?, ¿en quién
creéis que yo haya pensado en todo este tiempo? ¡Y después de tantas
cosas, después de tantas promesas! ¿Pero qué os he hecho yo desde que
nos separamos? ¿Me tratáis así porque he padecido, porque he tenido una
multitud de desgracias, porque todo el mundo me ha perseguido, porque
he pasado tanto tiempo fuera de mi casa, triste y lejos de vos, porque
desde el momento en que me ha sido posible he venido á buscaros?
Cuando el llanto permitió hablar á Lucía, exclamó juntando de nuevo
las manos, y elevando al cielo sus ojos preñados de lágrimas: “¡Virgen
Santísima, favorecedme! Vos sabéis que después de aquella terrible
noche, no he pasado un momento más cruel que éste. ¡Vos que me
socorristeis entonces, prestadme también ahora vuestra ayuda!”.
--Sí, Lucía, hacéis bien en invocar á la Madonna; mas, ¿por qué queréis
creer que ella tan buena, siendo como es, madre de misericordia,
pueda complacerse en hacernos sufrir... á mí á lo menos... por una
palabra que se os ha escapado en un momento en que no sabíais lo que
os decíais? ¿Podéis imaginar que os socorriera entonces para dejaros
después metida en un berenjenal?... Si por el contrario, todo esto
no es más que una excusa, si es que he llegado á seros odioso...
decídmelo... hablad francamente.
--Por piedad, Renzo, por piedad; acabad, acabad; no me hagáis morir:
éste no sería el momento más á propósito. Id á ver al padre Cristóbal;
recomendadme á él: no volváis más, no volváis más aquí.
--Voy; ¡pero creéis que yo no vuelva! Pues volveré aun cuando fuese al
fin del mundo; sí, volveré. Y dicho esto desapareció.
Lucía fué á sentarse, ó más bien se dejó caer en el suelo junto al
lecho, y descansando sobre él su cabeza, continuó llorando amargamente.
La mujer que hasta entonces había permanecido con los ojos abiertos y
el oído atento, sin respirar, preguntó qué aparición, qué debates, qué
llantos eran aquéllos. Pero el lector quizás pregunte también por su
parte, quién era dicha mujer; mas para satisfacerle, vamos á decírselo
en pocas palabras.
Era una rica mercadera que contaría apenas unos treinta años. En el
espacio de algunos días había visto morir en su casa al marido y á
todos los hijos; de allí á poco, atacada también ella de la peste,
había sido conducida al lazareto y colocada en aquella miserable
cabaña, al tiempo que Lucía, después de haber superado sin apercibirse
la furia del mal, y mudado igualmente sin notarlo varias veces de
compañía, empezaba á mejorar y recobrar el conocimiento que había casi
perdido desde el primer acceso de la enfermedad en la misma casa de D.
Ferrante. La humilde cabaña no podía contener más que dos personas;
y entre estas dos mujeres afligidas, abandonadas, solas en medio de
tan inmensa multitud, había nacido á un mismo tiempo una intimidad,
una afección, que apenas hubiera podido tener lugar habiendo vivido
juntas largo tiempo. Bien pronto Lucía se vió en estado de cuidar á su
compañera, que estuvo á las puertas de la muerte. Al presente, que se
hallaba ya fuera de peligro, se hacían compañía, se velaban y animaban
recíprocamente, habiéndose prometido una á otra que no saldrían más que
juntas del lazareto, como también habían tomado varias medidas para no
separarse después de su salida. La mercadera, que había dejado bajo la
custodia de un hermano, comisario de sanidad, su casa, almacén y caja,
todo ello muy bien provisto, iba á encontrarse sola y triste dueña de
mucho más de lo que necesitaba para vivir cómodamente: por lo tanto,
quería llevarse consigo á Lucía, y mirarla como á una hija ó hermana.
Ésta se había adherido á dicho pensamiento; ¡imagínese con qué gratitud
hacia su amiga y para con la Providencia!, pero únicamente hasta
tanto que tuviese noticias de su madre, y saber, como lo esperaba,
su voluntad. Por lo demás, como era tan reservada, no había dicho
una palabra de su promesa de casamiento, ni de sus extraordinarias
aventuras. Pero en la actualidad, en medio de su grande agitación,
tenía á lo menos tanta necesidad de aliviarse de su terrible peso,
como la otra deseos de enterarse; por lo cual, estrechando entre sus
dos manos la derecha de su amiga, se puso en seguida á satisfacer á su
demanda, sin otra detención más que los sollozos, que por intervalos
interrumpían el uso de su palabra.
Entretanto Renzo se dirigía apresuradamente al encuentro del buen
fraile. Con un poco de atención, y no sin algunos pasos perdidos,
consiguió llegar al fin. Encontró la cabaña; pero no al digno fraile
en ella: mas buscando y dando vueltas á los alrededores, lo divisó en
una barraca, que inclinado hasta el suelo y casi de bruces, estaba
administrando sus deberes á un moribundo. Renzo se detuvo y esperó
silenciosamente. Poco después vió que cerraba los ojos á aquel infeliz,
arrodillarse en seguida y orar un momento, y luego levantarse. Entonces
Renzo echó á andar y le salió al encuentro.
--¡Oh!, dijo el fraile al verle: ¿qué hay?
--Existe; la he hallado.
--¿En qué estado?
--Curada, ó á lo menos levantada.
--¡El Señor sea loado!
--Pero..., dijo Renzo cuando estuvo cerca del capuchino, para poderle
hablar en voz baja. Hay otra dificultad.
--¿Cómo?
--Quiero decir que... Ya sabéis cuán buena es la pobre joven; mas
algunas veces es un poco testaruda. Después de tantas promesas, después
de lo que ignoráis, sale ahora con que no quiere casarse conmigo,
porque dice... qué sé yo... que en aquella noche que tuvo tanto miedo
perdió la cabeza, y se... como si dijéramos, se prometió á la Madonna.
Éstas son cosas que nada significan, ¿no es verdad? Cosas buenas para
quien sabe y tiene medio de hacerlas; pero, ¡para nosotros, gente
ordinaria, que no sabemos cómo deben hacerse!... ¿es cierto que no
valen?
--Dime, ¿está muy lejos de aquí?
--¡Oh!, no: á pocos pasos de la iglesia.
--Espérame aquí un momento, dijo el fraile, y después nos iremos juntos.
--Queréis decir que le haréis comprender...
--No lo sé, hijo mío; es preciso que oiga lo que me diga.
--Comprendo, contestó Renzo, y permaneció con la vista fija en el
suelo, y los brazos cruzados sobre el pecho, tascando con impaciencia
su incertidumbre, que había quedado en pie. El fraile fué de nuevo en
busca del padre Víctor, rogó que le supliera de nuevo un poco más,
entró en su cabaña, salió con una espuerta debajo del brazo, volvió por
Renzo, y le dijo: “Vamos”, y marchó delante de él, encaminándose á la
cabaña, donde poco antes habían entrado juntos. Esta vez entró solo, y
después de un momento apareció diciendo: “¡Nada!, roguemos, roguemos
por él”. Luego repuso: “Ahora guíame”.
Y sin añadir una sola palabra más, se pusieron en camino.
El tiempo se había ido oscureciendo cada vez más, y anunciaba una
próxima é inminente tempestad. Rápidos relámpagos, hendiendo la
oscuridad siempre creciente, alumbraban con un fulgor instantáneo los
prolongados techos y las arcadas de los pórticos, la cúpula de la
capilla y los humildes remates de las cabañas; por último, el repetido
estruendo del trueno recorría, formando con su resplandor espantosas
culebrillas, de una región del cielo á otra. El joven marchaba el
primero, atento al camino, con una grande impaciencia por llegar,
pudiendo apenas aflojar el paso para medirlo á las fuerzas del que le
seguía, el cual medio muerto de fatiga, abrumado por el mal, oprimido
por el desfallecimiento, andaba penosamente, elevando, de vez en
cuando, al cielo su marchito semblante, como para poder respirar con
más libertad.
Cuando Renzo hubo llegado delante de la cabaña se detuvo, volvió atrás
su vista, y con trémulo acento dijo: “Aquí es”.
Entran; y... “Míralos”, exclama la mujer que yacía en el lecho. Lucía
se vuelve, se levanta con precipitación, y corre al encuentro del
anciano gritando: “¡Oh, qué veo, padre Cristóbal!”.
--¡Y bien, Lucía!, ¡de cuántas angustias os ha librado el Señor!
¡Debéis ser bien dichosa de haber confiado siempre en él!
--¡Oh!, sí; pero, ¿y vos, padre mío? ¡Pobre sacerdote! ¡Cuán cambiado
estáis!, ¿cómo os sentís?, decidme, ¿cómo os sentís de salud?
--Como Dios quiere, y como por su gracia también quiero yo, respondió
el fraile con sereno rostro. Dichas las anteriores palabras, la llamó
aparte, y añadió: “Escuchad, yo no puedo permanecer aquí más que breves
instantes: ¿estáis dispuesta á confiaros á mí como en otro tiempo?”.
--¡Oh!, ¿no sois siempre mi padre?
--Pues bien, hija mía, decidme: ¿qué voto es ése del cual me ha hablado
Renzo?
--Es una promesa que he hecho á la Madonna de no casarme jamás.
--Mas, ¿no reflexionasteis que ibais á ligaros por medio de un
juramento?
--Como se trataba del Señor y de la Madonna... no he reflexionado.
--El Señor, hija mía, agradece los sacrificios y ofrecimientos cuando
los hacemos por nuestro propio bien: lo que él quiere es el corazón, la
voluntad; pero vos no podíais ofrecer la voluntad de otro hacia quien
estabais obligada.
--¿He obrado mal, por ventura?
--No, pobre niña, no. Creo además que la Santa Virgen habrá agradecido
la intención de vuestra alma afligida, ofreciéndola á Dios en lugar
vuestro. Mas decidme, ¿no habéis pedido parecer á nadie?
--No pensé que obraba mal para confesarme de ello; y lo poco bien que
uno pueda obrar, es sabido que no es conveniente vociferarlo.
--¿No tenéis ningún otro motivo que os impida cumplir la promesa hecha
á Renzo?
--En cuanto á esto... por lo que á mí toca... ¿qué motivo?... Yo no
podré decir... nada más, respondió Lucía, con cierta vacilación, que
anunciaba sólo una incertidumbre en su pensamiento; y su rostro,
descolorido aún por la enfermedad, se cubrió de repente del más vivo
sonrosado.
--¿Creéis, replicó el anciano con los ojos bajos, que Dios ha concedido
á su Iglesia la autoridad de redimir y condenar, según que pueda
resultar de ello un bien mucho mayor, las deudas y obligaciones que los
hombres puedan haber contraído con él?
--Sí, lo creo.
--Tened, pues, entendido, que encargados de las almas en este lugar,
estamos revestidos de los más amplios poderes para los que recurran á
nosotros; y en su consecuencia puedo, si lo pedís, relevaros de todas
las obligaciones que hayáis contraído por medio del voto hecho.
--¿Pero no es cometer un pecado el desdecirse y arrepentirse de una
promesa hecha á la Virgen? Yo la he hecho de todo corazón... dijo Lucía
violentamente agitada y asaltada de una (bueno será que lo digamos)
de una esperanza impensada, redoblando la oposición de un error
fortalecido por todos los pensamientos que constituían hacía ya mucho
tiempo la principal ocupación de su espíritu.
--¡Pecado, hija mía!, dijo el fraile: ¡pecado el recurrir á la Iglesia
y pedir á su ministro que haga uso de la autoridad con que le ha
facultado, y que ella ha recibido de Dios! He visto que habéis sido
hechos para estar reunidos; y á la verdad, si alguna vez ha podido
parecerme que dos almas hubiesen podido ser unidas por Dios, éstas son
las vuestras. En la actualidad, no veo por qué Dios querría separaros;
y yo le bendigo, aunque indigno, por haberme concedido el poder de
hablar en su nombre y de devolveros vuestra palabra. Si me pedís que os
declare relevada de vuestro voto, no vacilaré en hacerlo, y aun deseo
que me lo pidáis.
--Entonces... si es así... os lo suplico, dijo Lucía con un semblante
que no aparecía turbado más que por el pudor.
El fraile llamó por medio de una seña al joven, que permanecía retirado
á bastante distancia en un extremo mirando fijamente, ya que no podía
oir la conversación que tanto le interesaba. Cuando se hubo acercado,
el buen fraile dijo en voz alta á Lucía: “Con la autoridad que tengo de
la Iglesia os declaro relevada del voto de virginidad, anulando lo que
puede tener de inconsiderado, y librándoos de todas las obligaciones
que podéis haber contraído”.
Figúrese el lector de qué modo semejantes palabras resonarían en los
oídos de Renzo. Dió gracias vivamente con los ojos al que las había
proferido; y en seguida buscó, pero en vano, los de Lucía.
--Volved con tranquilidad y confianza á vuestras ideas primitivas,
continuó diciendo el capuchino: impetrad nuevamente del Señor las
gracias que le pedíais para ser una santa esposa; y confiad que os las
concederá con más abundancia después de tantas desgracias. Y tú, dijo
dirigiéndose á Renzo, acuérdate, hijo mío, que si la Iglesia te da esta
compañera, no lo hace para procurarte un goce temporal y mundano, el
cual aunque fuese absoluto y sin mezcla de ningún disgusto, tendría
siempre que concluir en una grande aflicción al tiempo de separaros;
su objeto, pues, se cifra sólo en dirigiros á ambos por el camino de
los goces que no tendrán fin. Amaos como compañeros de viaje, con el
pensamiento de tener que abandonaros uno á otro, y con la esperanza
de volveros á reunir para siempre. Dad gracias al cielo, que os ha
colocado en esta situación, no por medio de goces turbulentos y
pasajeros, sino al través de trabajos y desgracias, para disponeros el
que disfrutéis de una alegría completa y tranquila. Si Dios os concede
hijos, cuidad de educarlos para él; imbuidles el que le amen, como
también el que profesen estimación á los demás hombres, pues de este
modo los podréis guiar bien en todo y por todo. ¡Lucía! ¿os ha dicho, y
á esto señalaba á Renzo, á quién ha visto?
--¡Oh, padre mío! Sí, me lo ha dicho.