prosiguió diciendo: “Escucha; nuestro padre Félix, que es el presidente
del lazareto, lleva hoy á unos cuantos convalecientes que se hallan
aquí, para que hagan cuarentena. ¿Ves esa iglesia que hay en el
centro?...”, y levantando su mano trémula y descarnada, señalaba á la
izquierda, en el sombrío espacio, la cúpula de la capilla que dominaba
las miserables cabañas. “Ellos van á reunirse allí para salir en
procesión por la puerta por la cual tú debes haber entrado”.
--¿Has oído ya algún toque de campana?
--En efecto, he oído uno.
--Era el segundo; al tercero estarán todos reunidos; el padre Félix
pronunciará un pequeño discurso, y en seguida emprenderá la marcha con
ellos. Tú, á esta señal, trasládate allí; procura colocarte detrás de
la procesión, á una orilla del camino, desde donde, sin estorbar á
nadie ni hacerte notar, puedes verla pasar; y después ves... ves si
ella va. Si Dios no ha querido que la pobrecita se encuentre allí, en
ese lado; y diciendo esto, levantó de nuevo la mano, señalando la parte
del edificio que tenían delante de sí;--ese lado de la fábrica y una
porción de terreno que hay enfrente, está asignado á las mujeres. Verás
una empalizada que divide aquel cuartel de éste, mas interrumpida,
abierta en algunos parajes, de modo que podrás entrar sin dificultad
alguna. Cuando estés ya dentro, trata de no hacer nada que pueda dar
lugar á sospechas; y así será probable que nadie se meta contigo. Con
todo, si te ponen algún obstáculo, di que el padre Cristóbal de ***
te conoce y responde de ti. Búscala, búscala con confianza, y... con
resignación; pues ten presente que lo que has venido á pedir aquí es
una cosa muy grande, cual es una persona viva en el lazareto. ¿Sabes
cuántas veces he visto renovarse en estos lugares á mi pobre pueblo?
¿Cuántas me lo he visto arrebatar? ¿Cuán poco lo he visto salir? Ve
pues dispuesto á llenar ese penoso sacrificio...
--¡Ya!... ¡sí; comprendo! le interrumpió Renzo con extraviados ojos y
demudado semblante.--¡Comprendo! Voy; miraré, buscaré por todas partes;
recorreré todo el lazareto... ¡Y si no la encuentro!...
--¡Si no la encuentras! dijo el fraile con grave y atento ademán y con
escrutadora mirada.
Pero Renzo, á quien la cólera, largo tiempo amontonada en su corazón,
turbaba la vista y quitaba todo respeto, prosiguió: “Si no la
encuentro, procuraré encontrar á otro, ó en Milán, ó en su abominable
palacio, ó en el cabo del mundo, ó en el mismo infierno, encontraré á
ese malvado que nos ha separado, al infame que ha tenido la culpa de
que Lucía no me permanezca veinte meses hace; y si hubiésemos estado
destinados á morir, á lo menos hubiéramos muerto juntos. En fin, si aún
existe, yo daré con él...”.
--¡Renzo! replicó el fraile, cogiéndole por un brazo y mirándole
todavía con más severidad.
--Y si lo encuentro, prosiguió Renzo, ciego enteramente de cólera,--si
es que la peste no me ha hecho ya justicia... Ya se acabó el tiempo
en que un cobarde rodeado de sus bravos podía reducir á las gentes á
la desesperación y burlarse de ellas. Ha llegado ya el día en que los
hombres se encuentran cara á cara: ¡yo me haré justicia! sí, ¡yo mismo
me la haré!
--¡Desgraciado! exclamó el padre Cristóbal, con voz sonora y reforzada
de repente. “¡Desgraciado!” Y su cabeza inclinada se levantó, sus
mejillas recobraron la antigua vida, y el fuego que despedían sus
ojos tenía un no sé qué de terrible. “¡Mira, desgraciado!” Y mientras
oprimía y sacudía fuertemente con una mano el brazo de Renzo, paseaba
la otra delante de él, obligándole á contemplar la dolorosa escena
que tenía á la vista. “¡Mira quién es el que castiga; quién el que
juzga, y no es juzgado; quién el que impone penas, y perdona! ¡Pero
tú, miserable gusano, tú, quieres hacerte justicia! ¿Sabes acaso lo
que es justicia? ¡Vete, infeliz, vete! Yo esperaba... sí; he tenido la
esperanza de que antes de morir Dios me concedería el consuelo de saber
que mi pobre Lucía vivía todavía, de verla quizás, de oirla hacerme la
promesa de que me enviaría una súplica á la huesa en donde descansen
mis restos mortales. Anda; tú has arrebatado mi esperanza: Dios no la
ha dejado sobre la tierra para ti; y no tendrás ciertamente la audacia
de creerte digno de que Dios piense siquiera en consolarte; habrá
pensado en ella, porque es de las almas á las cuales están reservados
los goces eternos. ¡Anda! no tengo tiempo de escucharte ya más”.
Al decir estas palabras, rechazó el brazo de Renzo, y se dirigió hacia
una cabaña de apestados.
--¡Ah, padre mío! dijo Renzo, siguiéndole con ademán suplicante,
¿queréis que me vuelva de este modo?
--¡Cómo! repuso el capuchino con no menos severo acento, “¿tendrás la
osadía de pretender que yo robe el tiempo á esos pobres afligidos, los
cuales están aguardando que les hable del perdón de Dios, por escuchar
tus palabras iracundas y tus proposiciones de venganza? Te he prestado
atención cuando me pedías consuelos y consejos; he quitado el tiempo
debido á la caridad; mas ahora que se ha apoderado la venganza de tu
corazón, ¿qué pretendes de mí? Parte. He visto morir á los ofendidos
perdonando, á los agresores lamentándose de no poder humillarse ante el
agraviado; he llorado con los unos y con los otros; pero contigo, ¿qué
he de hacer?”
--¡Ah, yo le perdono! ¡Yo le perdono: sí; le perdono para siempre!
exclamó el joven.
--Renzo, dijo el fraile con una severidad más tranquila: piénsalo bien,
y dime cuántas veces lo has perdonado.
Y habiendo permanecido algunos instantes sin recibir respuesta, inclinó
de repente la cabeza, y con voz más baja y lenta continuó: “¿Sabes tú
por qué llevo este hábito?”.
Renzo titubeaba.
--¿Lo sabes? repuso el anciano.
--Lo sé.
--Yo también he odiado; yo, que te he reprendido por un pensamiento,
por una palabra. Al hombre que aborrecía, que aborrecí largo tiempo, le
di muerte.
--Sí, pero era un poderoso, uno de los...
--¡Silencio! gritó el fraile. ¿Crees tú que si hubiese habido alguna
buena razón para disculpar semejante atentado, no la habría encontrado
en el espacio de treinta años? ¡Ah, si pudiera ahora introducir en tu
corazón el sentimiento que después he tenido siempre y que aún ahora
tengo hacia el hombre que tanto aborrecí! ¡Si yo pudiera!... pero Dios
lo puede todo: ¡que él lo haga!... Escucha, Renzo; el Señor te quiere
más de lo que tú te quieres á ti mismo: tú has podido pensar en la
venganza; pero él tiene bastante fuerza y suficiente misericordia para
alejarte de ella; te concede una gracia, de la cual algunos no serían
dignos. No ignoras, y tú mismo lo has dicho repetidas veces, que él
puede detener la mano de un poderoso; mas es preciso que sepas también
que puede parar la de un vengativo. Y porque eres pobre, porque te
han ofendido, ¿crees que no puede defenderte de un hombre que ha
criado á su semejanza? ¿Juzgas acaso que te dejará hacer todo lo que
quieras? ¡No! ¿Pero sabes lo que él puede hacer? Puede aborrecerte y
perderte; puede por ese mal pensamiento que te anima, alejar de ti toda
bendición; porque de cualquier modo que vayan las cosas, sea cual fuere
tu suerte, ten por seguro que todo será castigo, hasta que tú hayas
perdonado de manera que no puedas volver á decir jamás: yo le perdono.
--Sí, sí, dijo Renzo, enteramente conmovido y confuso: comprendo que
jamás lo había perdonado de veras; comprendo que he hablado como una
bestia, y no como un cristiano; y ahora con el favor especial del
Señor, sí; lo perdono de todo corazón.
--¿Y si le vieses?
--Rogaría á Dios que me diese paciencia y que tocase su corazón.
--Acuérdate que el Señor no nos ha dicho que perdonemos á nuestros
enemigos, sino que los amemos. Recuerda que él los amó hasta morir por
ellos.
--Es muy cierto.
--Pues bien, sígueme. Has dicho: lo encontraré; sí, lo encontrarás. Ven
y verás contra quién podías conservar tu odio, á quién podías desear
mal, á quién hacerlo, y contra qué vida querías atentar.
Después de esto cogió la mano de Renzo, y apretándola del mismo modo
que hubiera podido hacerlo un joven lleno de fuerza y robustez, echó á
andar. Éste, sin atreverse á preguntar ni pedir más, le siguió.
Á los pocos pasos, el fraile se paró á la entrada de una cabaña, miró
fijamente á Renzo con cierto aire de gravedad y ternura, y lo introdujo
dentro.
La primera cosa que se veía al entrar, era un enfermo sentado sobre la
paja, en el fondo; un enfermo que no estaba, sin embargo, de peligro, y
que aún parecía próximo á la convalecencia, el cual, al ver al padre,
sacudió la cabeza como en señal de negativa: el fraile también inclinó
la suya, con ademán de tristeza y resignación. Entretanto Renzo,
dirigiendo con inquieta curiosidad la vista á los demás objetos, vió
á tres ó cuatro enfermos, divisando además uno en un rincón que yacía
tendido sobre un colchón de pluma, envuelto en una sábana y abrigado
con una capa de caballero á guisa de cobertor. Miróle fijamente, y
reconociendo á D. Rodrigo, hizo ademán de retroceder; mas el fraile,
haciéndole sentir de nuevo con fuerza la presión de la mano con la
cual lo tenía cogido, le mostraba con la otra al individuo que estaba
allí acostado. El infeliz permanecía inmóvil; sus ojos, espantosamente
abiertos, nada veían; su rostro, pálido y cubierto de manchas lívidas;
sus labios, negros é hinchados; en una palabra, hubiérase dicho que
era el semblante de un cadáver, si una contracción violenta no hubiese
revelado una vida tenaz. Veíase por intervalos levantársele el pecho
con penosa respiración; su mano derecha, fuera de la capa, apretaba
convulsivamente el corazón con sus dedos lívidos y negros en sus
extremidades.
--¡Ya lo ves!, dijo el fraile en voz baja y solemne. Esto puede ser
un castigo, acaso un acto de misericordia. La misma compasión que
experimentes al presente por este hombre que te ha ofendido, Dios
á quien también has colmado de ofensas, la tendrá de ti en su día.
Bendícele, y sé bendecido. Cuatro días hace que está como le ves, sin
dar ninguna señal de vida. ¡Quizás el Señor esté dispuesto á concederle
una hora de arrepentimiento, pero él desearía que tú se la pidieses;
acaso quiere también que se lo ruegues juntamente con nuestra pobre
Lucía; puede ser que reserve dicha gracia á tu sola súplica, á los
ruegos de un corazón afligido y resignado, quizás la salvación de este
hombre y la tuya dependan ahora de ti, de un sentimiento de perdón por
tu parte, de compasión... de amor!
Calló, y juntando las manos, inclinó la cabeza como en ademán de rezar,
y Renzo hizo lo mismo.
Después de algunos instantes de permanecer en semejante actitud, se
dejó oir el tercer toque de la campana. Levantáronse ambos á un mismo
tiempo, y salieron. No hubo de una ni otra parte preguntas ni protestas
de ningún género; sus semblantes eran los que hablaban.
--Ahora ve, repuso el fraile; ve preparado á hacer un sacrificio, como
también á alabar á Dios, cualquiera que sea el éxito de tus pesquisas;
después de lo cual ven á darme cuenta del resultado, los dos á una lo
alabaremos.
Al acabar de decir esto, sin añadir una palabra más, se separaron; el
uno se volvió por donde había venido, el otro se encaminó hacia la
capilla que se hallaba situada á unos cien pasos de distancia de aquel
paraje.
CAPÍTULO DECIMOCTAVO
¡Quién había de haber dicho á Renzo algunas horas antes que en medio de
sus indagaciones, al empezar los momentos más dudosos y decisivos, su
corazón se hallaría dividido entre Lucía y D. Rodrigo! Y sin embargo,
así era: la figura de este último venía á mezclarse á todas las
imágenes queridas y terribles que en tan fatal travesía la esperanza
y el temor hacían nacer sucesivamente en su espíritu: las palabras
que había oído junto á aquel lecho de dolores, se colocaban entre las
crueles incertidumbres de que su alma se veía combatida, y no podía
terminar una súplica por el feliz éxito de su empresa sin volver á
reanudar la que había comenzado, cuando el sonido de la campana lo
interrumpió.
La capilla de forma octógona que se ostenta, elevada sobre una pequeña
escalinata en el centro del lazareto, era en su primitiva construcción
abierta por todos lados sin otro sostén que un montón de pilastras
ó columnas; en cada fachada un arco entre dos intercolumnios; por
la parte interior daba vueltas un pórtico alrededor de la capilla,
compuesta de ocho arcos correspondientes al número de sus fachadas,
con su cúpula encima; de modo que el altar erigido en el centro podía
ser visto desde las ventanas de todos los departamentos del recinto y
también casi de todas partes del campo. Al presente, convertido dicho
edificio para otros muy diferentes usos, han sido tapiados los vacíos
de los arcos; pero habiendo quedado intacto el antiguo osario, indica
claramente su anterior estado y su destino primitivo.
Apenas Renzo se había encaminado al sitio que acabamos de describir,
cuando vió aparecer en el pórtico de la mencionada capilla al padre
Félix, el cual se paró debajo del arco que mira á la ciudad, á cuyo
frente se hallaba reunida la comitiva. Por el continente y ademanes
que presentaba el santo varón á la distancia en que estaba Renzo,
comprendió que había empezado á predicar.
Dió vueltas y más vueltas con el fin de llegar y colocarse detrás de
todo el auditorio según se le había prevenido. Por último habiéndolo
conseguido, lo recorrió todo con la vista y no distinguió más que una
multitud, ó mejor diremos un enlosado de cabezas. En el centro había
cierto número cubiertas con pañuelos ó velos; hacia dicho lado fué
donde fijó con más atención sus miradas; pero no llegando á descubrir
nada de particular, las dirigió también hacia donde todos las tenían
fijas. Sintióse sobrecogido de emoción y respeto á la vista del
venerable aspecto del sagrado orador, y con toda la atención que podía
quedarle en su actual situación y en aquel momento de incertidumbre
terrible, oyó la siguiente parte del solemne sermón:
“Concedamos un recuerdo, á lo menos á tantos millares de seres que han
entrado allí”; y con el dedo levantado señalaba la puerta que conducía
al cementerio llamado de _S. Gregorio_, que entonces no era más que
una sola y vasta fosa: “Echemos una ojeada en torno de los muchos que
aquí quedan, demasiado inciertos del sitio donde irán á parar; lancemos
una mirada sobre nosotros mismos, reducidos á un número tan escaso.
¡Bendito sea el Señor! ¡bendito sea en su justicia, bendito en su
misericordia, en la muerte, en la vida! ¡Bendito sea por la elección
que ha querido hacer de nosotros! ¡Oh! ¿Por qué lo ha querido, hijos
míos, sino para reservarse un pequeño pueblo corregido por la aflicción
y fortalecido por el reconocimiento; sino porque reflexionando al
presente más vivamente que la vida es un don suyo, prestemos la
estimación que merece una cosa dada por él, empleándola en acciones
ú obras que sean dignas de ofrecérsele; sino á fin de que la memoria
de nuestros padecimientos nos vuelvan compasivos y nos inspiren deseos
de socorrer á nuestro prójimo? Entretanto, esos en cuya compañía
hemos sufrido, esperado y temido; entre los cuales dejamos amigos y
parientes, y que últimamente todos son hermanos nuestros; esos, repito,
al veros pasar por medio de ellos, mientras que recibirán quizás algún
alivio pensando que otros salen de aquí con vida, ven al propio tiempo
la edificación de nuestro continente. No permita Dios que puedan
descubrir en nosotros una alegría estrepitosa, una alegría mundana por
haber escapado de la muerte, con la cual ellos luchan, todavía. Que
vean que partimos dando gracias al cielo por nosotros, y rogando por
ellos, y que puedan decir: ¡Aun fuera de este lugar, ellos se acordarán
de nosotros, y continuarán rogando por los desgraciados! Empecemos
desde este viaje, desde estos primeros pasos que vamos á dar, una vida
enteramente llena de caridad. Que los que hayan recobrado su antiguo
vigor, presten un brazo fraternal á los débiles: ¡jóvenes, sostened á
los ancianos! ¡Vosotros los que habéis quedado sin hijos, ved á vuestro
alrededor cuántos hijos han quedado sin padres! ¡Sedlo para ellos! Y
esta caridad, redimiendo vuestros pecados, endulzará también vuestros
dolores”.
En esto, un sordo murmullo de gemidos y sollozos que iba cada vez más
en aumento entre el auditorio, fué suspendido de repente viendo al
predicador ponerse una cuerda al cuello y caer de rodillas. Se aguardó
con el mayor silencio lo que iba á decir.
--Por mí, dijo, y por todos mis compañeros, que desprovistos de todo
mérito hemos tenido el privilegio de ser escogidos para servir á Cristo
en vuestras personas, os pido humildemente perdón si no hemos llenado
dignamente un tan grande ministerio. Si la pereza, si la indocilidad
de la carne nos ha vuelto menos atentos á vuestras necesidades, menos
prontos á vuestros llamamientos; si una injusta impaciencia, si un
culpable tedio nos ha hecho que os mostremos un semblante enojado y
severo; si alguna vez el miserable pensamiento de que vosotros nos
necesitabais, nos ha llevado á no trataros con toda aquella humanidad
que se requería; si nuestra fragilidad nos ha hecho cometer alguna
acción que os haya escandalizado, perdonadnos. Así Dios perdone
vuestras ofensas y os bendiga. Y habiendo hecho sobre el auditorio la
señal de la cruz, se levantó.
Hemos podido referir, si no las precisas palabras, á lo menos el
sentido, el tema de las que profirió exactamente; pero el acento
con que fueron dichas, no es posible describirlo. Era el acento de
un hombre que llamaba privilegio el de servir á los atacados de la
peste, porque por tal lo tenía; que confesaba que sentía no haberlo
ejercido dignamente; que pedía perdón porque estaba persuadido que
tenía necesidad de él. Pero la multitud, que había visto á su alrededor
aquellos capuchinos sólo ocupados en servirla; que habían presenciado
la muerte de tan gran número, y éste que hablaba en nombre de todos,
siempre el primero tanto en la fatiga como en la autoridad, á no ser
cuando había estado á punto de morir, ¡calcúlese con qué sollozos, con
qué lágrimas contestarían á semejantes palabras! El admirable fraile
tomó en seguida una cruz que estaba apoyada á una pilastra; la levantó
colocándosela delante de sí; dejó las sandalias junto al pórtico
exterior, bajó la escalinata; y hendiendo la multitud, que se apartó
respetuosamente para dejarle libre el paso, fué á ponerse á la cabeza.
Renzo, todo lloroso, ni más ni menos que si hubiera sido uno de
aquellos á quienes habían pedido tan singular perdón, se separó un poco
más, yendo á colocarse al lado de una cabaña. Allí estuvo esperando,
medio oculto, con el cuerpo hacia atrás, la cabeza para adelante, los
ojos muy abiertos, con una gran palpitación de corazón; pero al mismo
tiempo con una nueva y particular confianza, nacida, á mi parecer, del
enternecimiento que le había inspirado el sermón y el espectáculo de la
emoción general.
Y ve ahí llegar el padre Félix, descalzo, con la cuerda al cuello,
llevando aquella pesada cruz; su rostro pálido y descarnado respiraba
á la vez compunción y valor; avanzaba á pasos lentos, pero resueltos
como el que quiere economizar la debilidad de los demás, y en todo como
un hombre á quien dichas fatigas y trabajos exorbitantes prestaban
fuerzas para sostener las faenas tan numerosas de su cargo. Seguían
inmediatamente los niños más crecidos, descalzos la mayor parte, muy
pocos del todo vestidos, y algunos hasta en camisa. Venían en seguida
las mujeres, llevando casi todas una niña de la mano, y cantando
alternativamente el _Miserere_: el sonido apagado de sus voces, la
palidez y el aire lánguido de sus rostros habrían llenado de compasión
á cualquiera que se hubiese encontrado allí como simple espectador.
Pero Renzo miraba, examinaba de fila en fila, de semblante en
semblante; sin dejar escapar uno tan solo, pues la marcha lenta de la
procesión se lo permitía fácilmente. Pasa y repasa, mira y remira, pero
siempre inútilmente. Lanza una última mirada hacia la muchedumbre que
quedaba todavía atrás, y que iba disminuyendo sin cesar; ya no restan
más que algunas filas; he aquí la postrera; todas han pasado: no ha
visto más que caras desconocidas. Con los brazos colgando y la cabeza
inclinada sobre un hombro, acompañó con la vista aquella comitiva,
mientras pasa la de los hombres. Una nueva atención, una nueva
esperanza nace en su alma viendo aparecer después de éstos, algunos
carros que conducían á los convalecientes que aún no se hallaban en
estado de poder andar. Allí las mujeres venían las últimas; y el tren
iba tan despacio, que Renzo pudo igualmente examinarlas á todas sin
que se le escapase ninguna. ¡Pero qué!, examina el primer carro, el
segundo, el tercero, y siempre con el mismo éxito, hasta llegar al
último, detrás del cual marchaba un capuchino de severo aspecto y con
un bastón en la mano, como regulador de la comitiva. Era aquel padre
Miguel que hemos dicho haber sido dado al padre Félix por coadjutor.
Por lo tanto, Renzo debía renunciar á aquella última esperanza que,
desvaneciéndose, no sólo le había arrebatado el valor que ella misma le
inspiró, sino también, como de ordinario suele acontecer, le dejó en un
estado peor que antes. Al presente, lo mejor que le podía suceder, era
encontrar á Lucía atacada de la peste. Sin embargo, uniendo al ardor
de una esperanza presente algo del temor creciente, el infeliz se asió
con todas las fuerzas de su alma á este triste y débil hilo. Dirigióse,
pues, hacia el paraje por donde la procesión había venido. Cuando
estuvo al pie de la capilla, fué á ponerse de rodillas sobre el último
escalón, y elevó á Dios una plegaria, ó por mejor decir, una mezcla
de palabras sin ilación, de frases entrecortadas, de exclamaciones,
instancias, lamentos, promesas; uno de esos discursos que no se dirigen
á los hombres, porque no tienen bastante penetración para entenderlos,
ni paciencia para escucharlos; porque carecen de la grandeza necesaria
para experimentar compasión y desprecio.
Se levantó un poco más reanimado; dió vuelta á la capilla; se encontró
en el otro lado del edificio que aún no había recorrido, y que salía
á otra puerta, viendo á los pocos pasos la empalizada de la cual el
padre Cristóbal le había hablado, pero cortada por varias partes, como
éste verdaderamente le dijo; entró pues por una de dichas aberturas,
y se halló dentro del sitio destinado á las mujeres. Á poco de haber
andado, vió en el suelo una de aquellas campanillas que los _monatti_
llevaban en los pies, la cual estaba intacta, no faltándole tampoco
sus correspondientes correas. Le vino á la imaginación que dicho
objeto podía servirle como de pasaporte; lo recogió, miró si alguien
le observaba, y se lo ató según lo hacían los expresados _monatti_.
En seguida empezó sus pesquisas, que por la sola multiplicidad de los
objetos habrían de ser más penosas, aun cuando éstas hubieran sido muy
diferentes de lo que eran. Comenzó á recorrer con la vista y contemplar
á la vez nuevas escenas de dolor, parecidas algunas á las que ya había
presenciado, y otras sumamente diversas. Bajo el peso de la misma
calamidad, se veía aquí otro modo de padecer, ó mejor diremos, otro
modo de languidecer, de quejarse, de soportar el dolor, de compadecerse
y ayudarse mutuamente; era para el espectador otra piedad y otro horror.
Había andado ya largo trecho sin fruto y sin ningún accidente
particular, cuando he aquí que oye detrás de sí un “¡eh!” que parecía
serle dirigido. Se vuelve, y ve á cierta distancia á un comisario que
levantaba las manos señalándole y gritando: “Dirigíos allí, á las
habitaciones, pues hay necesidad de ayuda; aquí se ha concluido ahora
de limpiar”.
Renzo comprendió al instante por quién se le había tomado, y que
la campanilla era la causa de la equivocación. Llamóse imbécil por
haber pensado únicamente en los obstáculos que dicha insignia podía
evitarle, y no en los que sería posible que le suscitase; pero al mismo
tiempo trató de salir de semejante apuro. Se apresuró de contestar al
mencionado comisario, haciéndole con la cabeza una señal afirmativa,
como para darle á entender que lo había comprendido y que obedecía;
después de lo cual se ocultó de su vista con la mayor prontitud,
metiéndose entre las cabañas.