Después de haberlo conducido á la entrada de la cabaña, el fraile

prosiguió diciendo: “Escucha; nuestro padre Félix, que es el presidente

del lazareto, lleva hoy á unos cuantos convalecientes que se hallan

aquí, para que hagan cuarentena. ¿Ves esa iglesia que hay en el

centro?...”, y levantando su mano trémula y descarnada, señalaba á la

izquierda, en el sombrío espacio, la cúpula de la capilla que dominaba

las miserables cabañas. “Ellos van á reunirse allí para salir en

procesión por la puerta por la cual tú debes haber entrado”.

--¿Has oído ya algún toque de campana?

--En efecto, he oído uno.

--Era el segundo; al tercero estarán todos reunidos; el padre Félix

pronunciará un pequeño discurso, y en seguida emprenderá la marcha con

ellos. Tú, á esta señal, trasládate allí; procura colocarte detrás de

la procesión, á una orilla del camino, desde donde, sin estorbar á

nadie ni hacerte notar, puedes verla pasar; y después ves... ves si

ella va. Si Dios no ha querido que la pobrecita se encuentre allí, en

ese lado; y diciendo esto, levantó de nuevo la mano, señalando la parte

del edificio que tenían delante de sí;--ese lado de la fábrica y una

porción de terreno que hay enfrente, está asignado á las mujeres. Verás

una empalizada que divide aquel cuartel de éste, mas interrumpida,

abierta en algunos parajes, de modo que podrás entrar sin dificultad

alguna. Cuando estés ya dentro, trata de no hacer nada que pueda dar

lugar á sospechas; y así será probable que nadie se meta contigo. Con

todo, si te ponen algún obstáculo, di que el padre Cristóbal de ***

te conoce y responde de ti. Búscala, búscala con confianza, y... con

resignación; pues ten presente que lo que has venido á pedir aquí es

una cosa muy grande, cual es una persona viva en el lazareto. ¿Sabes

cuántas veces he visto renovarse en estos lugares á mi pobre pueblo?

¿Cuántas me lo he visto arrebatar? ¿Cuán poco lo he visto salir? Ve

pues dispuesto á llenar ese penoso sacrificio...

--¡Ya!... ¡sí; comprendo! le interrumpió Renzo con extraviados ojos y

demudado semblante.--¡Comprendo! Voy; miraré, buscaré por todas partes;

recorreré todo el lazareto... ¡Y si no la encuentro!...

--¡Si no la encuentras! dijo el fraile con grave y atento ademán y con

escrutadora mirada.

Pero Renzo, á quien la cólera, largo tiempo amontonada en su corazón,

turbaba la vista y quitaba todo respeto, prosiguió: “Si no la

encuentro, procuraré encontrar á otro, ó en Milán, ó en su abominable

palacio, ó en el cabo del mundo, ó en el mismo infierno, encontraré á

ese malvado que nos ha separado, al infame que ha tenido la culpa de

que Lucía no me permanezca veinte meses hace; y si hubiésemos estado

destinados á morir, á lo menos hubiéramos muerto juntos. En fin, si aún

existe, yo daré con él...”.

--¡Renzo! replicó el fraile, cogiéndole por un brazo y mirándole

todavía con más severidad.

--Y si lo encuentro, prosiguió Renzo, ciego enteramente de cólera,--si

es que la peste no me ha hecho ya justicia... Ya se acabó el tiempo

en que un cobarde rodeado de sus bravos podía reducir á las gentes á

la desesperación y burlarse de ellas. Ha llegado ya el día en que los

hombres se encuentran cara á cara: ¡yo me haré justicia! sí, ¡yo mismo

me la haré!

--¡Desgraciado! exclamó el padre Cristóbal, con voz sonora y reforzada

de repente. “¡Desgraciado!” Y su cabeza inclinada se levantó, sus

mejillas recobraron la antigua vida, y el fuego que despedían sus

ojos tenía un no sé qué de terrible. “¡Mira, desgraciado!” Y mientras

oprimía y sacudía fuertemente con una mano el brazo de Renzo, paseaba

la otra delante de él, obligándole á contemplar la dolorosa escena

que tenía á la vista. “¡Mira quién es el que castiga; quién el que

juzga, y no es juzgado; quién el que impone penas, y perdona! ¡Pero

tú, miserable gusano, tú, quieres hacerte justicia! ¿Sabes acaso lo

que es justicia? ¡Vete, infeliz, vete! Yo esperaba... sí; he tenido la

esperanza de que antes de morir Dios me concedería el consuelo de saber

que mi pobre Lucía vivía todavía, de verla quizás, de oirla hacerme la

promesa de que me enviaría una súplica á la huesa en donde descansen

mis restos mortales. Anda; tú has arrebatado mi esperanza: Dios no la

ha dejado sobre la tierra para ti; y no tendrás ciertamente la audacia

de creerte digno de que Dios piense siquiera en consolarte; habrá

pensado en ella, porque es de las almas á las cuales están reservados

los goces eternos. ¡Anda! no tengo tiempo de escucharte ya más”.

Al decir estas palabras, rechazó el brazo de Renzo, y se dirigió hacia

una cabaña de apestados.

--¡Ah, padre mío! dijo Renzo, siguiéndole con ademán suplicante,

¿queréis que me vuelva de este modo?

--¡Cómo! repuso el capuchino con no menos severo acento, “¿tendrás la

osadía de pretender que yo robe el tiempo á esos pobres afligidos, los

cuales están aguardando que les hable del perdón de Dios, por escuchar

tus palabras iracundas y tus proposiciones de venganza? Te he prestado

atención cuando me pedías consuelos y consejos; he quitado el tiempo

debido á la caridad; mas ahora que se ha apoderado la venganza de tu

corazón, ¿qué pretendes de mí? Parte. He visto morir á los ofendidos

perdonando, á los agresores lamentándose de no poder humillarse ante el

agraviado; he llorado con los unos y con los otros; pero contigo, ¿qué

he de hacer?”

--¡Ah, yo le perdono! ¡Yo le perdono: sí; le perdono para siempre!

exclamó el joven.

--Renzo, dijo el fraile con una severidad más tranquila: piénsalo bien,

y dime cuántas veces lo has perdonado.

Y habiendo permanecido algunos instantes sin recibir respuesta, inclinó

de repente la cabeza, y con voz más baja y lenta continuó: “¿Sabes tú

por qué llevo este hábito?”.

Renzo titubeaba.

--¿Lo sabes? repuso el anciano.

--Lo sé.

--Yo también he odiado; yo, que te he reprendido por un pensamiento,

por una palabra. Al hombre que aborrecía, que aborrecí largo tiempo, le

di muerte.

--Sí, pero era un poderoso, uno de los...

--¡Silencio! gritó el fraile. ¿Crees tú que si hubiese habido alguna

buena razón para disculpar semejante atentado, no la habría encontrado

en el espacio de treinta años? ¡Ah, si pudiera ahora introducir en tu

corazón el sentimiento que después he tenido siempre y que aún ahora

tengo hacia el hombre que tanto aborrecí! ¡Si yo pudiera!... pero Dios

lo puede todo: ¡que él lo haga!... Escucha, Renzo; el Señor te quiere

más de lo que tú te quieres á ti mismo: tú has podido pensar en la

venganza; pero él tiene bastante fuerza y suficiente misericordia para

alejarte de ella; te concede una gracia, de la cual algunos no serían

dignos. No ignoras, y tú mismo lo has dicho repetidas veces, que él

puede detener la mano de un poderoso; mas es preciso que sepas también

que puede parar la de un vengativo. Y porque eres pobre, porque te

han ofendido, ¿crees que no puede defenderte de un hombre que ha

criado á su semejanza? ¿Juzgas acaso que te dejará hacer todo lo que

quieras? ¡No! ¿Pero sabes lo que él puede hacer? Puede aborrecerte y

perderte; puede por ese mal pensamiento que te anima, alejar de ti toda

bendición; porque de cualquier modo que vayan las cosas, sea cual fuere

tu suerte, ten por seguro que todo será castigo, hasta que tú hayas

perdonado de manera que no puedas volver á decir jamás: yo le perdono.

--Sí, sí, dijo Renzo, enteramente conmovido y confuso: comprendo que

jamás lo había perdonado de veras; comprendo que he hablado como una

bestia, y no como un cristiano; y ahora con el favor especial del

Señor, sí; lo perdono de todo corazón.

--¿Y si le vieses?

--Rogaría á Dios que me diese paciencia y que tocase su corazón.

--Acuérdate que el Señor no nos ha dicho que perdonemos á nuestros

enemigos, sino que los amemos. Recuerda que él los amó hasta morir por

ellos.

--Es muy cierto.

--Pues bien, sígueme. Has dicho: lo encontraré; sí, lo encontrarás. Ven

y verás contra quién podías conservar tu odio, á quién podías desear

mal, á quién hacerlo, y contra qué vida querías atentar.

Después de esto cogió la mano de Renzo, y apretándola del mismo modo

que hubiera podido hacerlo un joven lleno de fuerza y robustez, echó á

andar. Éste, sin atreverse á preguntar ni pedir más, le siguió.

Á los pocos pasos, el fraile se paró á la entrada de una cabaña, miró

fijamente á Renzo con cierto aire de gravedad y ternura, y lo introdujo

dentro.

La primera cosa que se veía al entrar, era un enfermo sentado sobre la

paja, en el fondo; un enfermo que no estaba, sin embargo, de peligro, y

que aún parecía próximo á la convalecencia, el cual, al ver al padre,

sacudió la cabeza como en señal de negativa: el fraile también inclinó

la suya, con ademán de tristeza y resignación. Entretanto Renzo,

dirigiendo con inquieta curiosidad la vista á los demás objetos, vió

á tres ó cuatro enfermos, divisando además uno en un rincón que yacía

tendido sobre un colchón de pluma, envuelto en una sábana y abrigado

con una capa de caballero á guisa de cobertor. Miróle fijamente, y

reconociendo á D. Rodrigo, hizo ademán de retroceder; mas el fraile,

haciéndole sentir de nuevo con fuerza la presión de la mano con la

cual lo tenía cogido, le mostraba con la otra al individuo que estaba

allí acostado. El infeliz permanecía inmóvil; sus ojos, espantosamente

abiertos, nada veían; su rostro, pálido y cubierto de manchas lívidas;

sus labios, negros é hinchados; en una palabra, hubiérase dicho que

era el semblante de un cadáver, si una contracción violenta no hubiese

revelado una vida tenaz. Veíase por intervalos levantársele el pecho

con penosa respiración; su mano derecha, fuera de la capa, apretaba

convulsivamente el corazón con sus dedos lívidos y negros en sus

extremidades.

--¡Ya lo ves!, dijo el fraile en voz baja y solemne. Esto puede ser

un castigo, acaso un acto de misericordia. La misma compasión que

experimentes al presente por este hombre que te ha ofendido, Dios

á quien también has colmado de ofensas, la tendrá de ti en su día.

Bendícele, y sé bendecido. Cuatro días hace que está como le ves, sin

dar ninguna señal de vida. ¡Quizás el Señor esté dispuesto á concederle

una hora de arrepentimiento, pero él desearía que tú se la pidieses;

acaso quiere también que se lo ruegues juntamente con nuestra pobre

Lucía; puede ser que reserve dicha gracia á tu sola súplica, á los

ruegos de un corazón afligido y resignado, quizás la salvación de este

hombre y la tuya dependan ahora de ti, de un sentimiento de perdón por

tu parte, de compasión... de amor!

Calló, y juntando las manos, inclinó la cabeza como en ademán de rezar,

y Renzo hizo lo mismo.

Después de algunos instantes de permanecer en semejante actitud, se

dejó oir el tercer toque de la campana. Levantáronse ambos á un mismo

tiempo, y salieron. No hubo de una ni otra parte preguntas ni protestas

de ningún género; sus semblantes eran los que hablaban.

--Ahora ve, repuso el fraile; ve preparado á hacer un sacrificio, como

también á alabar á Dios, cualquiera que sea el éxito de tus pesquisas;

después de lo cual ven á darme cuenta del resultado, los dos á una lo

alabaremos.

Al acabar de decir esto, sin añadir una palabra más, se separaron; el

uno se volvió por donde había venido, el otro se encaminó hacia la

capilla que se hallaba situada á unos cien pasos de distancia de aquel

paraje.

CAPÍTULO DECIMOCTAVO

¡Quién había de haber dicho á Renzo algunas horas antes que en medio de

sus indagaciones, al empezar los momentos más dudosos y decisivos, su

corazón se hallaría dividido entre Lucía y D. Rodrigo! Y sin embargo,

así era: la figura de este último venía á mezclarse á todas las

imágenes queridas y terribles que en tan fatal travesía la esperanza

y el temor hacían nacer sucesivamente en su espíritu: las palabras

que había oído junto á aquel lecho de dolores, se colocaban entre las

crueles incertidumbres de que su alma se veía combatida, y no podía

terminar una súplica por el feliz éxito de su empresa sin volver á

reanudar la que había comenzado, cuando el sonido de la campana lo

interrumpió.

La capilla de forma octógona que se ostenta, elevada sobre una pequeña

escalinata en el centro del lazareto, era en su primitiva construcción

abierta por todos lados sin otro sostén que un montón de pilastras

ó columnas; en cada fachada un arco entre dos intercolumnios; por

la parte interior daba vueltas un pórtico alrededor de la capilla,

compuesta de ocho arcos correspondientes al número de sus fachadas,

con su cúpula encima; de modo que el altar erigido en el centro podía

ser visto desde las ventanas de todos los departamentos del recinto y

también casi de todas partes del campo. Al presente, convertido dicho

edificio para otros muy diferentes usos, han sido tapiados los vacíos

de los arcos; pero habiendo quedado intacto el antiguo osario, indica

claramente su anterior estado y su destino primitivo.

Apenas Renzo se había encaminado al sitio que acabamos de describir,

cuando vió aparecer en el pórtico de la mencionada capilla al padre

Félix, el cual se paró debajo del arco que mira á la ciudad, á cuyo

frente se hallaba reunida la comitiva. Por el continente y ademanes

que presentaba el santo varón á la distancia en que estaba Renzo,

comprendió que había empezado á predicar.

Dió vueltas y más vueltas con el fin de llegar y colocarse detrás de

todo el auditorio según se le había prevenido. Por último habiéndolo

conseguido, lo recorrió todo con la vista y no distinguió más que una

multitud, ó mejor diremos un enlosado de cabezas. En el centro había

cierto número cubiertas con pañuelos ó velos; hacia dicho lado fué

donde fijó con más atención sus miradas; pero no llegando á descubrir

nada de particular, las dirigió también hacia donde todos las tenían

fijas. Sintióse sobrecogido de emoción y respeto á la vista del

venerable aspecto del sagrado orador, y con toda la atención que podía

quedarle en su actual situación y en aquel momento de incertidumbre

terrible, oyó la siguiente parte del solemne sermón:

“Concedamos un recuerdo, á lo menos á tantos millares de seres que han

entrado allí”; y con el dedo levantado señalaba la puerta que conducía

al cementerio llamado de _S. Gregorio_, que entonces no era más que

una sola y vasta fosa: “Echemos una ojeada en torno de los muchos que

aquí quedan, demasiado inciertos del sitio donde irán á parar; lancemos

una mirada sobre nosotros mismos, reducidos á un número tan escaso.

¡Bendito sea el Señor! ¡bendito sea en su justicia, bendito en su

misericordia, en la muerte, en la vida! ¡Bendito sea por la elección

que ha querido hacer de nosotros! ¡Oh! ¿Por qué lo ha querido, hijos

míos, sino para reservarse un pequeño pueblo corregido por la aflicción

y fortalecido por el reconocimiento; sino porque reflexionando al

presente más vivamente que la vida es un don suyo, prestemos la

estimación que merece una cosa dada por él, empleándola en acciones

ú obras que sean dignas de ofrecérsele; sino á fin de que la memoria

de nuestros padecimientos nos vuelvan compasivos y nos inspiren deseos

de socorrer á nuestro prójimo? Entretanto, esos en cuya compañía

hemos sufrido, esperado y temido; entre los cuales dejamos amigos y

parientes, y que últimamente todos son hermanos nuestros; esos, repito,

al veros pasar por medio de ellos, mientras que recibirán quizás algún

alivio pensando que otros salen de aquí con vida, ven al propio tiempo

la edificación de nuestro continente. No permita Dios que puedan

descubrir en nosotros una alegría estrepitosa, una alegría mundana por

haber escapado de la muerte, con la cual ellos luchan, todavía. Que

vean que partimos dando gracias al cielo por nosotros, y rogando por

ellos, y que puedan decir: ¡Aun fuera de este lugar, ellos se acordarán

de nosotros, y continuarán rogando por los desgraciados! Empecemos

desde este viaje, desde estos primeros pasos que vamos á dar, una vida

enteramente llena de caridad. Que los que hayan recobrado su antiguo

vigor, presten un brazo fraternal á los débiles: ¡jóvenes, sostened á

los ancianos! ¡Vosotros los que habéis quedado sin hijos, ved á vuestro

alrededor cuántos hijos han quedado sin padres! ¡Sedlo para ellos! Y

esta caridad, redimiendo vuestros pecados, endulzará también vuestros

dolores”.

En esto, un sordo murmullo de gemidos y sollozos que iba cada vez más

en aumento entre el auditorio, fué suspendido de repente viendo al

predicador ponerse una cuerda al cuello y caer de rodillas. Se aguardó

con el mayor silencio lo que iba á decir.

--Por mí, dijo, y por todos mis compañeros, que desprovistos de todo

mérito hemos tenido el privilegio de ser escogidos para servir á Cristo

en vuestras personas, os pido humildemente perdón si no hemos llenado

dignamente un tan grande ministerio. Si la pereza, si la indocilidad

de la carne nos ha vuelto menos atentos á vuestras necesidades, menos

prontos á vuestros llamamientos; si una injusta impaciencia, si un

culpable tedio nos ha hecho que os mostremos un semblante enojado y

severo; si alguna vez el miserable pensamiento de que vosotros nos

necesitabais, nos ha llevado á no trataros con toda aquella humanidad

que se requería; si nuestra fragilidad nos ha hecho cometer alguna

acción que os haya escandalizado, perdonadnos. Así Dios perdone

vuestras ofensas y os bendiga. Y habiendo hecho sobre el auditorio la

señal de la cruz, se levantó.

Hemos podido referir, si no las precisas palabras, á lo menos el

sentido, el tema de las que profirió exactamente; pero el acento

con que fueron dichas, no es posible describirlo. Era el acento de

un hombre que llamaba privilegio el de servir á los atacados de la

peste, porque por tal lo tenía; que confesaba que sentía no haberlo

ejercido dignamente; que pedía perdón porque estaba persuadido que

tenía necesidad de él. Pero la multitud, que había visto á su alrededor

aquellos capuchinos sólo ocupados en servirla; que habían presenciado

la muerte de tan gran número, y éste que hablaba en nombre de todos,

siempre el primero tanto en la fatiga como en la autoridad, á no ser

cuando había estado á punto de morir, ¡calcúlese con qué sollozos, con

qué lágrimas contestarían á semejantes palabras! El admirable fraile

tomó en seguida una cruz que estaba apoyada á una pilastra; la levantó

colocándosela delante de sí; dejó las sandalias junto al pórtico

exterior, bajó la escalinata; y hendiendo la multitud, que se apartó

respetuosamente para dejarle libre el paso, fué á ponerse á la cabeza.

Renzo, todo lloroso, ni más ni menos que si hubiera sido uno de

aquellos á quienes habían pedido tan singular perdón, se separó un poco

más, yendo á colocarse al lado de una cabaña. Allí estuvo esperando,

medio oculto, con el cuerpo hacia atrás, la cabeza para adelante, los

ojos muy abiertos, con una gran palpitación de corazón; pero al mismo

tiempo con una nueva y particular confianza, nacida, á mi parecer, del

enternecimiento que le había inspirado el sermón y el espectáculo de la

emoción general.

Y ve ahí llegar el padre Félix, descalzo, con la cuerda al cuello,

llevando aquella pesada cruz; su rostro pálido y descarnado respiraba

á la vez compunción y valor; avanzaba á pasos lentos, pero resueltos

como el que quiere economizar la debilidad de los demás, y en todo como

un hombre á quien dichas fatigas y trabajos exorbitantes prestaban

fuerzas para sostener las faenas tan numerosas de su cargo. Seguían

inmediatamente los niños más crecidos, descalzos la mayor parte, muy

pocos del todo vestidos, y algunos hasta en camisa. Venían en seguida

las mujeres, llevando casi todas una niña de la mano, y cantando

alternativamente el _Miserere_: el sonido apagado de sus voces, la

palidez y el aire lánguido de sus rostros habrían llenado de compasión

á cualquiera que se hubiese encontrado allí como simple espectador.

Pero Renzo miraba, examinaba de fila en fila, de semblante en

semblante; sin dejar escapar uno tan solo, pues la marcha lenta de la

procesión se lo permitía fácilmente. Pasa y repasa, mira y remira, pero

siempre inútilmente. Lanza una última mirada hacia la muchedumbre que

quedaba todavía atrás, y que iba disminuyendo sin cesar; ya no restan

más que algunas filas; he aquí la postrera; todas han pasado: no ha

visto más que caras desconocidas. Con los brazos colgando y la cabeza

inclinada sobre un hombro, acompañó con la vista aquella comitiva,

mientras pasa la de los hombres. Una nueva atención, una nueva

esperanza nace en su alma viendo aparecer después de éstos, algunos

carros que conducían á los convalecientes que aún no se hallaban en

estado de poder andar. Allí las mujeres venían las últimas; y el tren

iba tan despacio, que Renzo pudo igualmente examinarlas á todas sin

que se le escapase ninguna. ¡Pero qué!, examina el primer carro, el

segundo, el tercero, y siempre con el mismo éxito, hasta llegar al

último, detrás del cual marchaba un capuchino de severo aspecto y con

un bastón en la mano, como regulador de la comitiva. Era aquel padre

Miguel que hemos dicho haber sido dado al padre Félix por coadjutor.

Por lo tanto, Renzo debía renunciar á aquella última esperanza que,

desvaneciéndose, no sólo le había arrebatado el valor que ella misma le

inspiró, sino también, como de ordinario suele acontecer, le dejó en un

estado peor que antes. Al presente, lo mejor que le podía suceder, era

encontrar á Lucía atacada de la peste. Sin embargo, uniendo al ardor

de una esperanza presente algo del temor creciente, el infeliz se asió

con todas las fuerzas de su alma á este triste y débil hilo. Dirigióse,

pues, hacia el paraje por donde la procesión había venido. Cuando

estuvo al pie de la capilla, fué á ponerse de rodillas sobre el último

escalón, y elevó á Dios una plegaria, ó por mejor decir, una mezcla

de palabras sin ilación, de frases entrecortadas, de exclamaciones,

instancias, lamentos, promesas; uno de esos discursos que no se dirigen

á los hombres, porque no tienen bastante penetración para entenderlos,

ni paciencia para escucharlos; porque carecen de la grandeza necesaria

para experimentar compasión y desprecio.

Se levantó un poco más reanimado; dió vuelta á la capilla; se encontró

en el otro lado del edificio que aún no había recorrido, y que salía

á otra puerta, viendo á los pocos pasos la empalizada de la cual el

padre Cristóbal le había hablado, pero cortada por varias partes, como

éste verdaderamente le dijo; entró pues por una de dichas aberturas,

y se halló dentro del sitio destinado á las mujeres. Á poco de haber

andado, vió en el suelo una de aquellas campanillas que los _monatti_

llevaban en los pies, la cual estaba intacta, no faltándole tampoco

sus correspondientes correas. Le vino á la imaginación que dicho

objeto podía servirle como de pasaporte; lo recogió, miró si alguien

le observaba, y se lo ató según lo hacían los expresados _monatti_.

En seguida empezó sus pesquisas, que por la sola multiplicidad de los

objetos habrían de ser más penosas, aun cuando éstas hubieran sido muy

diferentes de lo que eran. Comenzó á recorrer con la vista y contemplar

á la vez nuevas escenas de dolor, parecidas algunas á las que ya había

presenciado, y otras sumamente diversas. Bajo el peso de la misma

calamidad, se veía aquí otro modo de padecer, ó mejor diremos, otro

modo de languidecer, de quejarse, de soportar el dolor, de compadecerse

y ayudarse mutuamente; era para el espectador otra piedad y otro horror.

Había andado ya largo trecho sin fruto y sin ningún accidente

particular, cuando he aquí que oye detrás de sí un “¡eh!” que parecía

serle dirigido. Se vuelve, y ve á cierta distancia á un comisario que

levantaba las manos señalándole y gritando: “Dirigíos allí, á las

habitaciones, pues hay necesidad de ayuda; aquí se ha concluido ahora

de limpiar”.

Renzo comprendió al instante por quién se le había tomado, y que

la campanilla era la causa de la equivocación. Llamóse imbécil por

haber pensado únicamente en los obstáculos que dicha insignia podía

evitarle, y no en los que sería posible que le suscitase; pero al mismo

tiempo trató de salir de semejante apuro. Se apresuró de contestar al

mencionado comisario, haciéndole con la cabeza una señal afirmativa,

como para darle á entender que lo había comprendido y que obedecía;

después de lo cual se ocultó de su vista con la mayor prontitud,

metiéndose entre las cabañas.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 25 / 29 段