Y con una risa siniestra y cruel señalaba el carro, delante del cual se

hallaba el pobre Renzo. Luego tomando su semblante un aire de seriedad

aún más infame y burlesco, hizo un gran saludo en aquella dirección,

y continuó diciendo: “Permitid, mi querido amo, que un pobre diablo

de _monatto_ paladee el vino de vuestra bodega. Consideradlo bien,

llevamos una vida... somos los que os hemos colocado en el carruaje

para conduciros á la campiña. Además, el vino, por poco que beban sus

señorías, no les sienta nunca bien; los pobres _monatti_, al contrario,

siempre tienen buen estómago”.

Sus compañeros dieron grandes risotadas, en medio de las cuales cogió

el jarro y lo levantó; mas antes de beber se volvió á Renzo, le miró

fijamente, y con cierto aire de insultante compasión, le dijo: “Es

preciso que el diablo con quien has hecho pacto, sea bien joven; pues

si nosotros no te hubiésemos salvado, te daba un triste socorro”; y

entre un nuevo y general estrépito de ruidosas carcajadas, se aplicó el

jarro á la boca.

--¿Y nosotros? ¡eh!, ¿y nosotros?, gritaron muchas voces desde el carro

que iba delante. El bribón, después de haber bebido hasta saciarse,

entregó con ambas manos el gran jarro á sus compañeros, los cuales se

lo pasaron de uno á otro, hasta que llegando al último de ellos, que

lo desocupó enteramente, lo cogió por el cuello, y dándole vueltas á

guisa de molinete, lo arrojó haciéndole mil pedazos contra el suelo

y gritando: “¡Viva la peste!” Después de estas palabras, se puso á

entonar una inmunda copla, siendo su voz acompasada por todas las demás

que componían aquel horrible coro. La infernal canción mezclada al

retintín de las campanillas, al rechinar de los carros, al ruido de

las pisadas de los caballos, resonaba en el silencioso espacio de las

calles, y retumbando en las casas comprimía dolorosamente el corazón de

los pocos que todavía las habitaban.

¿Pero qué cosa no puede venir á veces á propósito? ¿qué es lo que no

puede parecernos bien en ciertos casos? El peligro de un momento antes

había hecho más que tolerable á Renzo la compañía de aquellos muertos y

de aquellos vivos; y al presente, semejante música se puede decir que

era grata á sus oídos, pues lo sacaba del embarazo de una conversación

poco satisfactoria. Medio trastornado todavía, daba gracias á la

Providencia desde lo íntimo de su corazón, de haber escapado de

tan inminente riesgo, sin recibir daño alguno ni tampoco hacerlo;

suplicando al mismo tiempo que le librase de sus mismos libertadores;

y además, por su parte estaba alerta, observaba á los _monatti_,

examinaba la calle para pillar la ocasión favorable de bajar despacio

del carro sin ser sentido, y evitar cualquier escándalo que hiciese

poner sobre sí á los que pasaban.

De repente, al revolver una esquina, le pareció reconocer el sitio;

miró con más atención, y efectivamente se aseguró de ello. ¿Quieren

saber los lectores en dónde se encontraba nuestro héroe?, pues

bien, se hallaba en la calle que va á parar á la Puerta Oriental,

en aquella misma por la cual unos veinte meses antes había entrado

con tanta lentitud, y tuvo que volver á pasar al poco tiempo tan

precipitadamente. Recordó de pronto que desde allí se iba directamente

al lazareto, y el hallarse en dicha calle sin calcular ni preguntar, lo

tuvo por un especial favor de la Providencia, y por un feliz agüero de

todo lo demás. En el mismo instante salió al encuentro de los carros un

comisario gritando á los _monatti_ que parasen: en efecto, el convoy

se detuvo y la música se convirtió en un ruido diferente. Uno de los

_monatti_ que se hallaba en el carro de Renzo saltó á tierra: el joven

se dirigió al otro que quedaba y le dijo: “Os doy gracias por vuestra

caridad; que Dios os lo pague; y dicho esto saltó también por el otro

lado”.

--Anda, anda, pobrecillo envenenador, respondióle aquél, no serás tú el

que destruya á Milán.

Por fortuna no se encontraba por allí nadie que pudiese oirlo. El

convoy se había parado en el lado izquierdo; Renzo se encaminó

apresuradamente hacia el opuesto, y pegado á la pared de las casas,

siguió adelante con dirección al puente; pasó éste, continuó su marcha

por el arrabal, reconoció el convento de capuchinos, y próximo ya á la

puerta divisó un ángulo del lazareto, atravesó la verja, presentándose

á su vista la escena exterior de aquel fatal recinto: era un leve

indicio de lo que contenía en su interior; mas con todo, era un

espectáculo vasto, diverso é imposible de describir.

Una inmensa muchedumbre se precipitaba en las avenidas; eran los

enfermos que iban en cuadrillas al lazareto; algunos se sentaban ó

caían á las orillas de los dos fosos que costean el camino, ya fuese

que sus fuerzas no hubiesen sido suficientes para conducirles á su

asilo, ya que habiendo salido de allí desesperados, les hubiesen

también faltado dichas fuerzas para ir más lejos. Otros, sumamente

enfermos, erraban desbandados como estúpidos, y no pocos privados

de razón; uno estaba sobremanera animado contando sus delirios á un

desgraciado que yacía abrumado por el mal, otro estaba furioso; por

último, aparecía otro que miraba á todas partes con aire risueño, como

si asistiese á un espectáculo muy divertido. En medio de tan triste

alegría, oíase una voz que cantaba hasta perder el aliento; el ruido

no parecía salir de aquella miserable reunión, y sin embargo dominaba

á todas las demás; era una canción de amor alegre y picaresca, á las

cuales los milaneses dan el nombre de _Villanelle_. Dejándose guiar por

el sonido para descubrir quién podía estar tan contento en aquellas

circunstancias y en semejante lugar, veíase á un desgraciado que

sentado tranquilamente en el foso que circuye las tapias del lazareto

cantaba á grito pelado.

Apenas Renzo hubo dado algunos pasos dando la vuelta al costado

meridional del edificio, cuando se elevó al través de la multitud un

rumor extraordinario y un ruido de voces lejanas que gritaban: “¡Á

un lado!, ¡detente!”. Renzo se alzó de puntillas, y vió un caballo

corriendo á todo escape, espoleado por un extraño jinete: era un

frenético, que habiendo visto á dicho animal suelto, sin nadie que

le guardase junto á un carro, había saltado encima prontamente, y

pegándole en el cuello con el puño, haciendo servir de espuelas á sus

talones, lo aguijoneaba con furia. Los _monatti_ le seguían gritando,

un instante después no se divisaba más que una espesa nube de polvo en

lontananza.

Así, aturdido y fatigado ya de ver miserias, el joven llegó á la puerta

de aquel lugar, en el cual acaso había más amontonadas que no había

visto en todo el espacio que había tenido que recorrer. Finalmente,

pasó el umbral, y permaneció un momento inmóvil debajo del pórtico.

CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO

Figúrese el lector el recinto del lazareto poblado de diez y seis mil

atacados de la peste; aquel vasto espacio enteramente cubierto por un

lado de cabañas y de tiendas, por otro de carros, más allá de hombres,

aquellas dos prolongadas hileras de pórticos á derecha é izquierda

llenas de moribundos ó de cadáveres tendidos en jergones ó encima de

mugrientas y desnudas pajas, percibiéndose y sobresaliendo al través

de aquella inmensa morada de dolores un ruido sordo, parecido al

lejano murmullo de las olas agitadas por la tempestad. Veíanse por

doquier convalecientes, frenéticos, enfermeros, un ir y venir, pararse,

correr, inclinarse y levantarse. Tal fué el espectáculo que se ofreció

á un mismo tiempo á la vista de Renzo, teniéndole clavado allí por

un momento, estupefacto y afligido. No nos proponemos ciertamente el

describir con minuciosidad dicho espectáculo, ni tampoco creemos que

el lector lo desee, y sí tan solo acompañaremos á nuestro joven en

su penosa marcha: nos detendremos en los parajes que él se detenga,

diremos todo cuanto sea preciso de lo que vió, refiriendo lo que hizo y

lo que después le aconteció.

Desde la puerta en donde se había parado hasta la capilla, que estaba

situada en el centro, y desde ésta á la otra puerta de enfrente,

formaba una especie de calle cubierta de cabañas y de toda clase de

obstáculos fijos. Á la segunda ojeada divisó Renzo en la expresada

calle ó prolongado pasadizo una multitud de carretones que conducían de

una parte á otra las cosas necesarias á los moradores que encerraba tan

fatal recinto; vió también capuchinos y seglares que dirigían aquellas

operaciones, los cuales hacían salir de allí á los que nada hacían.

Temiendo nuestro héroe el ser echado del mismo modo, se escondió al

instante entre las cabañas que se hallaban á su derecha, casualmente

hacia el lado en que él se encontraba.

Continuaba avanzando, á medida que iba descubriendo sitio para poner

el pie, de cabaña en cabaña, asomándose en todas, observando las camas

que se hallaban al descubierto, examinando los rostros abatidos por

los padecimientos, contraídos por el espasmo ó por la inmovilidad de

la muerte, por si acaso daba con aquel que, sin embargo, tanto temía

encontrar allí. Había andado ya mucho y repetido varias veces aquel

doloroso examen sin ver á mujer alguna, en vista de lo cual calculó

que debían estar en lugar separado. Efectivamente, lo adivinaba; mas

en dónde pudiera ser, ni tenía el más pequeño indicio, ni de dónde

sacarlo. Encontraba á su paso muchos individuos destinados en el

establecimiento, tan diferentes en aspecto, maneras y trajes, cuan

diverso y opuesto era el principio que les daba á todos una fuerza

igual de vivir prestando tales servicios, viéndose en los unos una

total extinción de piedad, y en los otros una compasión sobrehumana.

Pero ni á unos ni á otros se atrevía á preguntar, para no tropezar

con alguna dificultad; y concluyó por andar, andar hasta llegar á

encontrar á las mujeres. Al propio tiempo que así lo hacía, no dejaba,

sin embargo, de mirar á todas partes; mas de cuando en cuando se veía

obligado á retirar contristado su mirada, desvanecido á la presencia de

tantas desgracias. ¿Pero adónde debía volver la vista, adónde detenerla

más que sobre otras y otras desgracias?

La atmósfera misma y el cielo aumentaban el horror de aquella escena,

si es que pudiese haber algo que lo aumentase. La espesa niebla se

había ido aclarando poco á poco, dividiéndose en mil nubecillas

flotantes, que condensándose cada vez más, parecían anunciar una

tempestad. En medio de aquel cielo encapotado y sombrío, se presentaba

como cubierto de un espeso velo el disco del sol, pálido, sin rayos,

arrojando una claridad triste y dudosa, y esparciendo un calor pesado

y sofocante. En medio de aquel vasto rumor, oíase elevarse por

intervalos, sordos é interrumpidos gemidos, no pudiéndose decir de

dónde salían, aun escuchando con la mayor atención; únicamente, se

hubiera creído oir un ruido lejano de carros que se paraban de repente.

No se veía en la campiña de los alrededores, ni agitarse siquiera

una sola hoja en los árboles, ni tampoco posarse ningún pájaro en

ellos: únicamente la golondrina, apareciendo de súbito en el techo del

recinto, dirigía su vuelo hacia abajo, con las alas extendidas como

si fuese á rozar la tierra; mas asustada de aquel bullicio, volvía

á emprender su vuelo y huía. Asemejábase todo aquello á una de esas

épocas en que entre una reunión de viajeros no hay uno que rompa el

silencio; en que el cazador camina pensativo con la vista fija en la

tierra; en que el labrador, trabajando en su campo, deja de cantar sin

advertirlo; asemejábase, repito, á uno de esos momentos precursores del

huracán, en los cuales la naturaleza, como inmóvil en el exterior y

agitada por un trabajo interior, parece oprimir á todo ser viviente, y

añade cierta pena molesta á toda ocupación, al ocio y á la existencia

misma. Pero en aquel lugar, destinado á los padecimientos y á la

muerte, se veía al hombre hecho presa ya del mal, ceder á la nueva

opresión, como también sucumbir los enfermos á centenares, siendo la

agonía postrera la más cruel, y en este colmo de dolores los quejidos

más sofocados, el último estertor más penoso. Quizás en aquella mansión

de miserias no había tenido lugar todavía una hora tan terrible como la

que describimos.

Nuestro joven había dado ya una gran vuelta sin fruto por entre

la inmensa multitud de cabañas, cuando en medio de la confusión y

diversidad de lamentos comenzó á distinguir una mezcla singular de

lloros de niños y de balidos, hasta que llegó á una especie de tapia

ó tabique medio hendido y estropeado, detrás del cual salía aquel

extraordinario ruido. Miró por una ancha abertura que había entre

dos vigas, y vió un recinto en el que se hallaban varias cabañas

esparcidas, y tanto en ellas como en el pequeño campo no divisó la

acostumbrada reunión de enfermos, sino una infinidad de pequeñas

criaturas echadas sobre colchoncitos, almohadas y sábanas extendidas,

teniendo á su alrededor nodrizas y otras mujeres para cuidarlas; pero

lo que más que todo llamaba la atención y atraía las miradas de Renzo,

era el ver mezcladas en medio de dichas mujeres á varias cabras,

convertidas en auxiliares de aquéllas: en una palabra, era una especie

de inclusa, según lo permitían el lugar y las circunstancias. Era,

repito, una cosa singular el contemplar á algunos de los expresados

animales parados y quietos sobre éste ó aquel niño, dándoles de mamar;

otros acudir prontamente á los lloros del mismo modo que podría hacerlo

una madre; pararse junto al tierno infante, procurando colocarse encima

con sumo cuidado, dando balidos y bullendo sin cesar como llamando que

fuese alguien en su auxilio.

Veíanse sentadas en varias partes nodrizas con niños colgados al pecho;

algunas de ellas manifestando tales muestras de cariño, que hacían

dudar al que miraba si habían sido atraídas á aquel paraje por el ansia

de la remuneración ó por esa caridad espontánea que va en busca de los

necesitados y de los que padecen. Una de dichas nodrizas, en extremo

afligida, desprendía de su pecho á una criatura que lloraba con fuerza,

é iba tristemente buscando el animal que hiciera sus veces. Otra

contemplaba satisfecha al que se le había quedado dormido con el pecho

en la boca, y besándole dulcemente, se dirigía á una cabaña con el fin

de colocarlo sobre un colchoncito. Mas una tercera, abandonando su

pecho á una criatura extraña con cierto aire, no de negligencia, pero

sí de preocupación, miraba fijamente al cielo: ¿qué pensaba en aquel

instante, en aquella actitud, con aquellas miradas, sino en el hijo

nacido de sus entrañas, que quizá poco antes había chupado aquel pecho,

y que también acaso exhalara sobre él su último suspiro? Otras mujeres

de más avanzada edad, estaban ocupadas en desempeñar otras faenas.

Una acudía á los gritos de un niño hambriento; lo tomaba en brazos,

y lo llevaba cerca de una cabra que pacía en medio de un montón de

fresca yerba, aproximándolo á la teta, llamando al inexperto animal y

acariciándole á la vez hasta que prestaba dulcemente su servicio. Ésta

corría afanosa á coger á un pobrecito á quien pisaba una cabra, del

todo atenta en dar de mamar á otro; aquélla llevaba el suyo de un lado

á otro, meciéndolo, procurando bien dormirlo por medio del canto, bien

acallándolo con cariñosas palabras, y dándole un nombre que ella misma

le había puesto. En esto se presentó un capuchino de blanquísima barba,

llevando dos tiernos niños que lloraban amargamente, los cuales acababa

de sacar de entre los brazos de las madres expirantes. Una mujer acudió

presurosamente á recibirlos, después de lo cual anduvo mirando entre

las nodrizas y las cabras, con el objeto de encontrar de pronto quien

ocupase el lugar de madre.

Más de una vez, Renzo, impulsado por el primero y el más fuerte de

sus pensamientos, se había separado de la abertura para proseguir su

marcha; mas en seguida volvía á fijar la vista para mirar todavía otro

poco.

Finalmente, apartándose de allí, fué dando la vuelta al tabique, hasta

que una porción de cabañas apoyadas en él lo forzaron á volverse.

Entonces continuó su camino arrimado á dichas cabañas, con la mira

de acercarse otra vez al mencionado tabique, siguiendo hasta su

conclusión, y con esto descubrir nuevo terreno. Mientras miraba hacia

adelante para examinar el camino, una aparición repentina, pasajera,

instantánea, hiere su vista y turba su espíritu. Ve á unos cien

pasos de distancia pasar y perderse de pronto entre las barracas un

capuchino, que aun de lejos y en medio de aquella precipitación,

tenía el mismo modo de andar, todas las maneras, y por último las

formas todas del padre Cristóbal. Imagínese el lector el ansia con que

correría hacia el paraje por donde el fraile había desaparecido: busca

de aquí, busca de allí, delante, detrás, dentro y fuera de aquellos

lugares; en fin, le vuelve á ver á bastante distancia que se alejaba de

una gran marmita, encaminándose con una cazuela en la mano hacia cierta

cabaña; luego observa que se sienta en el umbral, que hace la señal

de la cruz sobre la citada cazuela que tiene delante; y mirando á su

alrededor, como un hombre que siempre está alerta, se pone á comer. Era

justamente el mismo padre Cristóbal.

Referiremos en dos palabras la historia del buen fraile desde el

momento en que lo perdimos de vista, hasta su actual encuentro. No

se había movido nunca de Rímini, ni había pensado siquiera en ello,

á no ser por la peste que estalló en Milán, la cual le ofreció la

ocasión de hacer lo que siempre había deseado tanto: esto es, dar la

vida por su prójimo. Suplicó con grandes instancias el ser llamado

para servir y asistir á los apestados. Aquel conde, miembro del

consejo secreto, pariente del conde Attilio, había muerto, y por otro

lado, en los tiempos que corrían se necesitaban más bien enfermeros

que diplomáticos, por lo cual accedieron sin dificultad alguna á sus

ruegos. En seguida se dirigió á Milán, y entró en el lazareto, haciendo

cerca de tres meses que se hallaba en él.

Mas el consuelo que experimentó Renzo al encontrar á su buen fraile,

no fué completo ni tan siquiera un solo momento. ¡Era él! Pero, ¡cuán

cambiado estaba! Veíasele sumamente encorvado, abatido y como triste;

el rostro pálido y demacrado; observábase en todo él una naturaleza

exhausta, una vida apagada y expirante, sostenida por los esfuerzos de

su grande alma.

Tenía también la mirada fija sobre el joven que se dirigía hacia él, y

que no atreviéndose á darse á conocer por medio de la voz trataba de

hacerlo con el gesto. “¡Oh, padre Cristóbal!”, dijo luego que estuvo

bastante cerca para ser oído sin gritar.

--¡Tú aquí! respondió el fraile, dejando la cazuela en el suelo y

levantándose.

--¿Cómo estáis, padre? ¿cómo estáis?

--Mejor que todos esos infelices que ves aquí, repuso el fraile; y su

voz era débil, extinguida y mudada como todo lo demás. Sus ojos se

conservaban en su primitivo estado, notándose en ellos un cierto no sé

qué de más vivo y espléndido; como si la caridad elevada por el peligro

de la obra, y exaltada por sentirse próxima á su principio, le hubiese

restituido un fuego más ardiente y puro que el que la enfermedad iba

extinguiendo poco á poco.

--Pero tú, proseguía, ¿cómo es que te hallas aquí? ¿por qué vienes de

este modo á desafiar la peste?

--Gracias á Dios, la he pasado. Ahora vengo... en busca de... Lucía.

--¡Lucía! ¿está aquí Lucía?

--Seguramente; á lo menos confío en Dios en que aún estará aquí.

--¿Es tu esposa?

--¡Oh, mi querido padre! no, no es mi esposa. ¿Ignoráis todo lo que ha

sucedido?

--En efecto, hijo mío; desde que Dios me alejó de vosotros, nada más he

sabido; pero ahora que él te envía, digo francamente que deseo tener

noticias de todo. Pero... ¿y el destierro?

--¿Sabéis, pues, las cosas que me han pasado?

--¿Pero tú, qué has hecho?

--Escuchad; si quisiese decir que aquel día en Milán tuve juicio,

mentiría; mas tampoco he cometido ninguna mala acción.

--Lo creo, y también lo creía antes.

--Ahora, pues, lo podré decir todo.

--Espera, dijo el fraile; y dando algunos pasos fuera de la cabaña,

llamó: “¡Padre Víctor!”. Un momento después se presentó un joven

capuchino, al cual dijo: “Padre Víctor, dispensadme la caridad de velar

por mí á esos infelices, mientras me separo cortos instantes; y sin

embargo, si alguno me busca, llamadme en seguida. ¡Aquel individuo

sobre todo! si diese la más leve señal de volver en sí, avisadme por

favor prontamente”.

--Descuidad; así lo haré, respondió el joven. Entonces el anciano

dirigiéndose á Renzo le dijo: “Entremos aquí. Pero... añadió

súbitamente, me parece que estás muy extenuado, y por lo tanto debes

tener necesidad de comer”.

--Es cierto, replicó Renzo; ahora que me hacéis pensar en ello,

recuerdo que todavía estoy en ayunas.

--Espera, dijo el fraile, y fué á llenar otra cazuela adonde se hallaba

la marmita, dándosela á Renzo juntamente con una cuchara. Después lo

hizo sentar sobre un mal jergón que le servía de lecho; luego puso un

vaso de vino en una mesita junto á su convidado, volvió á tomar en

seguida su cazuela, y se sentó al lado de Renzo.

--¡Oh, padre Cristóbal! ¡vos solo érais el que podía hacer esto!

¡Siempre el mismo! Os doy las gracias de todo corazón.

--No es á mí á quien debéis darlas; esto pertenece á los pobres; mas

en la actualidad tú lo eres también. Ahora dime lo que ignoro; háblame

de nuestra pobre niña, y trata de hacerlo en pocas palabras, porque

el tiempo es precioso, y tengo mucho que hacer, según tú mismo estás

viendo.

Renzo comenzó entre una y otra cucharada la historia de Lucía: contó

que se había refugiado en el convento de Monza; del modo que había

sido robada... Á la imagen de tantos sufrimientos y peligros, á la

idea de que él había encaminado á dicho paraje á la pobre inocente,

el buen fraile se quedó sin aliento; mas se repuso en seguida al oir

de la manera milagrosa que había sido librada, devuelta á su madre, y

confiada por esta misma á D.ª Prajedes.

--Ahora voy á hablar de mí, prosiguió Renzo, y refirió sucintamente

la jornada de Milán, su fuga y cómo en todo el tiempo que siguió

había permanecido lejos de su casa, habiéndose arriesgado á ir en la

actualidad, á causa de estar todo tan revuelto; que no había podido

encontrar á Inés; y, por último, que en Milán había sabido que Lucía

estaba en el lazareto. Y aquí estoy, concluyó diciendo, aquí estoy con

el objeto de buscarla, para saber si vive, y si... me quiere todavía...

porque... á veces...

--Pero, replicó el fraile, ¿hay algún indicio del lugar en que ha sido

colocada, al ser conducida aquí?

--Ninguno, mi querido padre, ninguno más sino que ella está aquí, si es

que así sea; que Dios lo quiera.

--¡Oh, desgraciado joven! ¿Mas qué pesquisas has hecho hasta ahora?

--He dado vueltas y más vueltas; pero en medio de tanta confusión no he

visto casi más que hombres. He calculado que las mujeres deben estar

en un lugar aparte; mas no he podido encontrarlo: si es así, ahora me

haréis la caridad de enseñármelo.

--¿Ignoras, hijo mío, que está prohibido el que los hombres entren en

él, no siendo destinados á prestar sus servicios?

--¡Y bien! ¿Qué me puede suceder?

--La ley es justa y santa, mi querido amigo; y si la multitud y

gravedad de los males no permite que se pueda hacer observar con

todo rigor, ¿es ésta una razón para que un joven honrado se atreva á

infringirla?

--Pero, ¡padre Cristóbal! dijo Renzo; Lucía debía ser mi esposa; vos

mismo sabéis cómo hemos sido separados; hace veinte meses que sufro, y

tengo paciencia; he venido aquí á riesgo de una infinidad de cosas, que

si malas son unas, mucho peores son las otras, y ahora...

--No sé qué decirte, replicó el fraile, respondiendo más bien á sus

pensamientos que á las palabras del joven: tú vas con buena intención;

¡pluguiera á Dios que todos los que tienen libre acceso en estos

lugares, se portasen como yo estoy seguro que tú lo harás! Dios, que

ciertamente bendice ésta tu perseverancia en amar, ésta tu felicidad en

querer y buscar á la que él te había dado; Dios, que es más riguroso

que los hombres, pero también más indulgente, no querrá consentir nada

que no sea regular en este tu modo de buscarla. Recuerda tan solo

que de tu conducta en este sitio ambos tendremos que dar cuenta, no

regularmente á los hombres, pero sí á Dios. Sígueme.

Al decir estas palabras se levantó, y Renzo hizo lo mismo. Éste

permanecía con la mayor atención, habiendo decidido en su interior,

según se había propuesto antes, el no hablarle de la consabida promesa

de Lucía. “Si lo llega á saber, pensó entre sí, de seguro me pondrá

otras dificultades. Ó la encuentro, y tendremos siempre tiempo de

reflexionar, ó... y entonces, ¿de qué puede servirme?”

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 24 / 29 段