--Dios os dé salud en estos tiempos y siempre, dijo Renzo; y mientras

el eclesiástico se disponía á partir, añadió: “Tengo que pediros otro

favor”, y en seguida le habló de aquella infeliz mujer olvidada. El

digno sacerdote le dió las gracias por haberle dado ocasión de hacer

una obra meritoria tan urgente, y continuó su camino diciendo que iba

á avisarlo á quien correspondía. Renzo, después de haberle saludado

respetuosamente, se puso también en marcha: en el ínterin que iba

andando, trataba de hacerse una repetición del itinerario, para no

tener necesidad de preguntar á cada paso. Mas no puede imaginarse cuán

penosa le fué dicha operación, no tanto por la dificultad de lo que la

cosa era en sí, sino por una nueva turbación que había nacido en su

espíritu. El nombre de la calle, la misma indicación del camino, habían

redoblado sus alarmas. Él había deseado saberlo, lo había preguntado;

sin esto nada podía hacer; al propio tiempo no averiguó cosa alguna que

pudiese hacerle presagiar ninguna desgracia: ¡pero qué!, la idea más

distinta de una solución próxima en que iba á salir de una gran duda,

en que podría oir decir: “Ella vive todavía”, ó al contrario: “Ella

ha muerto”; esta idea se presentó á su espíritu tan clara y terrible,

que en aquel momento hubiera querido mejor encontrarse en su primitiva

oscuridad y estar al principio del viaje, á cuyo término tocaba ya. Sin

embargo, reunió todo su valor y se dijo: “¡Vamos, si ahora empiezo á

hacerme el niño, cómo he de salir bien!”. De este modo, reanimado todo

lo posible, continuó su camino internándose en la ciudad. ¡Qué ciudad!

¡Cómo era posible reconocerla, comparándola del modo que estaba el año

anterior con motivo del hambre!

Renzo se encontraba justamente en uno de los sitios más asolados, en

la encrucijada de calles que llamaban el _Carrobio di Porta Nuova_.

(En aquel tiempo había una cruz en el centro, y frente á la misma,

en donde está situado ahora S. Francisco de Paula, se hallaba una

antigua iglesia llamada santa Anastasia.) Tantos estragos había causado

el contagio en aquellos alrededores, y tan grande era el hedor que

despedían los cadáveres allí abandonados, que las pocas personas

que habían quedado vivas se vieron obligadas á huir: así que, á

la tristura que infundía al que pasaba aquel aspecto de soledad y

abandono, añadíase el horror y el disgusto de las señales y restos de

lugares habitados recientemente. Renzo apresuró el paso, reanimándose

con la idea de que el término de su viaje no debía estar tan próximo,

y esperando que antes de llegar encontraría cambiada la escena, á lo

menos en parte, y en efecto, no lejos de allí, desembocó en un paraje

que con todo podía llamarse ciudad de vivientes; ¡pero qué ciudad

también!, ¡qué vivientes! Todas las puertas estaban cerradas con motivo

de la desconfianza ó del terror, á excepción de las que habían sido

abiertas, ó por la fuga de sus habitantes ó por la invasión; otras

veíanse clavadas y tapiadas por haber en ellas muertos ó apestados;

otras también señaladas con cruces hechas con carbón, para advertir á

los _monatti_ que había cadáveres que recoger. Andrajos por doquier,

vendas ensangrentadas, camas infestadas, ropas, sábanas arrojadas por

las ventanas; algunos cuerpos, ó de personas muertas de repente en

la calle y dejados allí hasta que pasara un carro para llevárselos,

ó caídos de los carros mismos, ó echados por los balcones. ¡De tal

modo había embrutecido los ánimos y despojado de todo sentimiento de

piedad y humana consideración la larga duración y la furia de tantos

estragos! Había dejado de oirse el ruido de los obreros, el estrépito

de los carruajes, los gritos de los vendedores, el rumor de las

conversaciones de los que discurrían por las calles; era sumamente raro

que este silencio de muerte fuese interrumpido por otra cosa más que

por el pavoroso rumor de los carros fúnebres, por los lamentos de los

infelices mendigos, por los ayes de los enfermos, por los aullidos de

los frenéticos, y por los gritos de los _monatti_.

Al amanecer, al medio día, á la tarde, una campana de la catedral daba

la señal de recitar ciertas preces asignadas por el arzobispo, á cuyo

toque respondían las campanas de las demás iglesias; y entonces se

hubiera visto asomarse la gente á las ventanas y rezar como en familia;

habríase oído un confuso murmullo de voces y sollozos que inspiraban

una tristeza, mezclada, sin embargo, de alguna esperanza.

Á aquellas horas habían muerto ya los dos tercios de los habitantes:

la mayor parte de los que quedaron habían huido ó estaban enfermos;

la concurrencia de los forasteros veíase reducida á la más mínima

expresión; entre el escaso número de los que andaban por las calles,

no se habría encontrado por casualidad, en un largo circuito, uno solo

que, en su aspecto, no apareciese algo de extraño, y que indicase un

funesto cambio de cosas. Se veían los más distinguidos personajes

sin capa ni manto, parte entonces esencialísima del traje civil; los

sacerdotes sin sotana; los frailes sin hábitos; en fin, se habían

abandonado todos los vestidos que por ser largos y flotantes pudiesen

rozar en algo, ó proporcionar á los envenenadores (lo que entonces se

temía más) una bella ocasión para ejercer sus maldades. Además del

cuidado de ir vestidos lo más ligeramente posible, y ajustarse mucho,

notábase el mayor descuido y negligencia en las personas. Los que

acostumbraban á llevar barba la tenían de una desmesurada longitud;

los demás se la dejaban crecer: los cabellos enmarañados y largos,

no sólo á causa de la incuria que nace de un prolongado abatimiento,

sino porque los barberos habían llegado también á ser sospechosos

después que uno de ellos, llamado Giangiocomo Mora, había sido preso y

condenado como envenenador famoso, el cual conservó por largo tiempo

una celebridad de infamia, siendo por el contrario digno de compasión.

La mayor parte llevaban en la mano un nudoso y fuerte bastón, y algunos

además una pistola, en señal de aviso y amenaza al que quisiese

acercarse demasiado; otros, pastillas de olor, bolas huecas de metal

ó de madera, llenas de esponjas mojadas en vinagres medicinales; y

al paso que iban andando las aplicaban á las narices, y las llevaban

de continuo adheridas á ellas. Algunos tenían colgadas en el cuello

redomitas con un poco de azogue, persuadidos que dicho mineral absorbía

todas las emanaciones pestilenciales, procurando renovarlas todos

los días. Los nobles no sólo recorrían las calles sin su acostumbrado

acompañamiento, sino que también se les veía con una cesta al brazo,

yendo á buscar las cosas necesarias para su sustento. Cuando por

casualidad se encontraban en la calle dos amigos, se saludaban de lejos

silenciosamente con aire triste y agitado. Cada uno, particularmente al

andar, tenía mucho quehacer tratando de evitar los objetos mortíferos

é inmundos, de los cuales el suelo estaba sembrado y algunas veces

enteramente embarazado. Todos procuraban ir por el medio de la calle

por miedo de ser alcanzados por lo que pudiese caer de las ventanas,

ó para evitar los polvos venenosos que se decía habían sido arrojados

con frecuencia sobre los que pasaban, ó para huir de todo contacto de

las paredes, que podían estar untadas con sustancias también venenosas.

De este modo la ignorancia, prudente fuera de tiempo, añadía al

presente las angustias á las angustias, y promovía falsos terrores en

compensación de los temores justos y saludables que en un principio

había impedido.

En medio de semejante desolación, Renzo había andado ya una gran parte

de su camino, cuando á algunos pasos de distancia, por una calle

hacia donde debía dar la vuelta, oyó aproximarse un confuso ruido, en

el que se distinguía aquel horrible y tan frecuente retintín de las

campanillas.

Habiendo llegado á la esquina de la calle, que era una de las más

espaciosas, divisó en medio de ella cuatro carros parados. Así como en

un mercado de granos se ve á las gentes ir y venir, cargar y descargar

sacos, del mismo modo era el movimiento que se notaba en aquel paraje.

No se veían más que _monatti_ que entraban en las casas; _monatti_ que

salían con grandes bultos, los cuales arrojaban en los carros; unos con

sus trajes rojos, otros sin dicho distintivo; muchos con uno todavía

más odioso, el plumaje y capas de varios colores, que los miserables

ostentaban con aire de triunfo en medio del luto universal. Ya de ésta,

ya de la otra ventana salía una lúgubre voz que murmuraba: “_Monatti_,

aquí”; y de entre aquel triste murmullo dejábase oir de tiempo en

tiempo un sonido más siniestro aún, cual era el de otra voz bronca

que respondía: “Ahora, ahora”. Percibíanse también las quejas de los

vecinos que les gritaban que despachasen pronto, á lo que los _monatti_

contestaban blasfemando.

Al entrar Renzo en la expresada calle aceleró el paso, procurando no

ver aquel horroroso espectáculo ó á lo menos evitándolo cuanto le

fuese posible, cuando he aquí que su mirada errante tropezó en un

objeto de compasión singular, de una compasión que forzaba el ánimo á

contemplarlo; de modo que se paró casi involuntariamente.

Una dama, cuyo aspecto anunciaba una juventud gastada, mas no del todo

extinguida, salía de una de aquellas casas y se encaminaba hacia el

convoy. En sus facciones se traslucía una belleza velada y ofuscada,

pero no enteramente perdida, á causa de una grande aflicción y de una

mortal languidez; esa belleza dulce y á la vez majestuosa que brilla

en la sangre lombarda. Su andar era penoso, mas no vacilante; de sus

ojos no se desprendían lágrimas, pero se conocía que habían derramado

muchas; veíase en su dolor un no sé qué de tranquilo y profundo que

anunciaba un alma toda ocupada en sentirlo. Pero no era su solo aspecto

lo que en medio de tantas miserias la hacía un objeto particular

de conmiseración y reanimaba hacia ella aquel sentimiento siempre

encerrado y amortiguado en el corazón; llevaba en brazos á una niña

que contaría apenas nueve años, muerta, pero perfectamente compuesta,

con los cabellos divididos sobre la frente, vestida de blanco, como si

sus manos la hubiesen adornado para una fiesta prometida desde largo

tiempo y acordada en recompensa. No la llevaba echada, sino incorporada

y sentada sobre el brazo; el pecho apoyado contra su pecho: se hubiera

dicho que respiraba, si una manecita como la cera no colgara con una

gravedad inanimada, y si su cabeza no hubiese descansado sobre el

hombro de su madre con un abandono más fuerte que el sueño: ¡de su

madre! Pues aun cuando la semejanza de aquellos dos rostros no lo

hubiera atestiguado, se habría leído sobre aquél, en el que se pintaba

todavía un sentimiento de vida.

Repentinamente un asqueroso _monatto_ se acercó á ella para arrancarle

la hija de los brazos, procurando hacerlo, sin embargo, con una especie

de respeto no acostumbrado y una perplejidad involuntaria. Pero la

dama, dando un paso hacia atrás con aire que no demostraba desprecio

ni indignación: “No, dijo; no la toquéis aún; yo soy la que debo

depositarla sobre el carro”. Después, abriendo la mano: “Tomad”, volvió

á decir; y dejó caer una bolsa en las del _monatto_. “Prometedme,

continuó, que no le quitaréis nada de lo que lleva puesto, y que no

dejaréis que otros se atrevan á verificarlo, enterrándola del mismo

modo que está”.

El _monatto_ llevó una mano á su pecho; luego conmovido y casi

obsequioso, menos aún por aquella inesperada recompensa que por el

sentimiento, del cual se sentía subyugado, se apresuró á hacer en el

carro un poco de sitio para la pequeña difunta. La madre, después de

haberle dado un beso en la frente, la colocó como en un lecho, la

compuso, extendió sobre ella un blanquísimo lienzo, y le dijo estas

últimas palabras: “¡Adiós, Cecilia: descansa en paz! Esta tarde nos

volveremos á ver para no separarnos jamás. Entretanto, ruega por

nosotros, que yo lo haré por ti y por los demás”. Después, dirigiéndose

de nuevo al _monatto_, “al pasar esta tarde por aquí, le dijo, subid á

buscarme; no seré yo sola”.

Dicho esto, volvió á entrar en la casa, y un momento después se asomó

á la ventana, llevando en brazos otra niña más pequeña viva aún,

pero con las señales de la muerte retratadas en su semblante. Estuvo

contemplando las indignas exequias de Cecilia hasta que el carro se

puso en marcha, siguiéndole con la vista mientras pudo divisarlo,

después de lo cual desapareció. ¿Y qué otra cosa pudo hacer más que

depositar sobre el lecho á la única hija que le quedaba, y colocarse

á su lado para morir juntas, del mismo modo que la flor que eleva

su cabeza orgullosa y cae en seguida juntamente con el botón oculto

todavía dentro de su cáliz, bajo la hoz que iguala todas los yerbas de

la pradera?

--¡Oh, Señor! exclamó Renzo, ¡atended á sus ruegos; protegedla y

también á su inocente hija; bastante han padecido las infelices; sí,

bastante han padecido!

Recobrado de aquella extraordinaria conmoción, y mientras trata de

recordar el itinerario con el objeto de si debía dar la vuelta á la

primera calle, ó dirigirse á derecha ó izquierda, oye que se acercaba

por aquella un nuevo y diverso estrépito, un sonido confuso de gritos

imperiosos, de ahogados sollozos, un continuo llorar de mujeres y un

gran vocerío de niños.

Siguió adelante, llevando en su corazón la triste y oscura esperanza de

costumbre. Llegado á la encrucijada, vió avanzar por un lado un confuso

tropel de gentes, parándose para dejarlo pasar. Eran los enfermos que

conducían al lazareto: los unos, á quienes llevaban á la fuerza, se

resistían inútilmente, gritaban en vano que querían morir en su lecho,

y respondían con impotentes imprecaciones á los juramentos y á las

órdenes de los _monatti_ que los conducían: los otros caminaban en

silencio como insensatos, sin mostrar dolor ni ningún otro sentimiento:

mujeres con niños en brazos; muchachos asustados por aquellos gritos,

por aquellas órdenes, por aquel acompañamiento, más que por la idea

confusa de la muerte, los cuales llorando amargamente, pedían á sus

madres sus fieles brazos y sus propias casas. ¡Ah! y acaso su madre,

que ellos creían haber dejado dormida sobre su lecho, había sido

arrojada allí, repentinamente sorprendida por la peste, privada de

conocimiento, para ser llevada en el carro al lazareto ó á la fosa, por

poco que dicho carro tardase en llegar. ¡Quizás!, ¡oh, desgracia digna

de lágrimas aún más amargas! quizás la madre enteramente ocupada de

sus padecimientos, lo había olvidado todo, hasta sus propios hijos, no

teniendo más que una sola idea, la de morir en paz. Sin embargo, en

medio de tanta confusión, se veían todavía algunos ejemplos de firmeza

y piedad: padres, hermanos, hijos, esposos, que sostenían á los seres

á quienes amaban, y los acompañaban con palabras de consuelo; y no

sólo eran los adultos, sino también los niños y niñas, que conducían á

sus hermanos menores con el juicio y la compasión de la edad madura,

recomendándoles la obediencia, y asegurándoles que iban á un paraje en

donde otros cuidarían de ellos y los curarían.

En medio de la tristeza y la lástima que inspiraba semejante

espectáculo, una cosa tocaba más de cerca, y tenía sumamente agitado

á nuestro viajero. La casa consabida debía estar muy próxima, y quién

sabe si entre aquella gente... Pero habiendo pasado toda la comitiva,

y cesando la duda, se dirigió á un _monatto_ que iba detrás, y le

preguntó por la calle y por la casa de D. Ferrante. “Vete enhoramala,

imbécil”; tal fué la contestación que recibió. No trató de responderle

como merecía, sino que divisando á dos pasos de distancia á un

comisario que cerraba la marcha del convoy, y que tenía el aspecto un

poco más humano, le hizo la misma pregunta. Éste, señalando con el

bastón el lado de donde venía, dijo: “La primera calle á la derecha; la

última casa grande á la izquierda”.

El joven se encaminó hacia aquel sitio, lleno su corazón de una nueva

y mayor ansiedad. Una vez en la calle, distinguió de pronto la

casa entre las otras más bajas, y de mezquina apariencia. Se acerca

al portón que está cerrado, lleva la mano á la aldaba, y la tiene

suspendida como en una urna antes de sacar la cédula, de la cual

dependiese su vida ó su muerte. Finalmente, levanta la expresada aldaba

y da un golpe con la mayor resolución.

Un instante después se entreabre una ventana; asoma por ella con

precaución una cabeza de mujer, la cual mira quién llama, con ademán

sombrío, que parece decir: “_¿Monatti?_, ¿vagabundos?, ¿comisarios?,

¿envenenadores?, ¿diablos?”.

--Buena señora, dijo Renzo alzando la cabeza, pero con voz poco segura:

¿se halla sirviendo en esta casa una joven aldeana que se llama Lucía?

--No está aquí; andad con Dios, respondió la mujer, haciendo ademán de

cerrar la ventana.

--¡Un momento, por piedad! ¿Está aquí ó no? ¿En dónde se encuentra?

--En el lazareto; é iba á cerrar de nuevo.

--¡Por Dios!, un instante más. ¿Se halla atacada de la peste?

--Sí. Es cosa nueva, ¿no es cierto? Id pues.

--¡Oh, infeliz de mí! Esperad. ¿Estaba muy mala? ¿Hace mucho tiempo

que?... Pero esta vez la ventana se cerró de veras.

--¡Eh!, señora; buena señora, por caridad; una palabra tan solo, por el

alma de vuestros pobres difuntos! Nada os pido que sea vuestro: ¡eh!

Mas nada; del mismo modo que si hubiese hablado á la pared.

Afligido de tan triste noticia, y encolerizado de la brusca retirada

de aquella mujer, Renzo asió de nuevo la aldaba, y casi pegado á la

puerta, apretaba aquella con fuerza, la levantaba para llamar por

segunda vez, y la tenía suspendida. En tal agitación se volvió con

el objeto de ver si por casualidad divisaba algún vecino, del cual

pudiese informarse más extensamente, y sacar algún indicio, alguna

luz. Pero la primera, la única persona que descubrió fué otra mujer

á la distancia de unos veinte pasos; la cual, con un semblante que

expresaba el terror, el odio, la impaciencia, y la malicia, con unos

ojos que querían á la vez observar y mirar desde lejos, abría la boca

como para gritar con todas sus fuerzas; mas reteniendo todavía la

respiración, alzando los descarnados brazos, extendiendo y retirando

dos manos crispadas y encogidas á manera de garras, como si tratase de

coger alguna cosa, parecía querer llamar gente, de modo que nadie se

apercibiese de ello. Cuando la mirada de Renzo se encontró con la suya,

apareció más horrible todavía, y se estremeció de la misma manera que

una persona á quien se sorprende.

--¡Qué demonio!... empezaba á decir Renzo, levantando también sus dos

manos hacia donde se hallaba la mujer; pero ésta, habiendo perdido

la esperanza de hacerle coger de improviso, dejó escapar el grito que

hasta entonces había comprimido: “¡Al envenenador!, ¡aquí!, ¡aquí!

¡Prended al envenenador!”.

--¿Quién?, ¡yo!, ¡ah, infame bruja! ¡Silencio!, exclamó Renzo, y

corrió hacia ella para amedrentarla y hacerla callar. Pero en seguida

conoció que debía pensar más bien en sus negocios. Al chillar de la

vieja acudió gente de todas partes; no el tropel que en semejante

caso habría acudido tres meses antes, pero la suficiente para poder

hacer de un solo hombre lo que quisiesen. Al propio tiempo se abrió

de nuevo aquella ventana que ya sabemos, y se asomó la misma mujer

que tan descortés había sido, la cual ahora gritaba desaforadamente:

“Prendedle, prendedle, pues debe ser uno de esos bribones que andan por

la ciudad untando las puertas de las casas de las gentes de bien”.

Renzo no creyó oportuno el detenerse á reflexionar; le pareció mucho

mejor partido abandonar precipitadamente aquel lugar que permanecer en

él para sincerarse: lanzó una mirada á su alrededor para ver hacia qué

lado había menos gente, y por éste se deslizó. Rechazó de una puñada

á uno que le cerraba el camino, pegó en el pecho á otro que le salía

al encuentro, al cual hizo retroceder ocho ó diez pasos; y echó á

correr en seguida con los puños levantados y cerrados convulsivamente,

dispuesto á castigar á cualquiera que se le pusiese por delante. La

calle veíase desembarazada y libre delante de él; mas á sus espaldas

oíase aumentar y crecer á cada instante el ruido y las terribles

voces de “¡á él, á él!, ¡al envenenador!”. Ignoraba el número de sus

perseguidores, y no sabía cómo podría salvarse. Su cólera se convirtió

en rabia, las angustias en desesperación; un espeso velo cubrió sus

ojos, echó mano á su cuchillo, lo abrió, se paró resueltamente, luego

dirigió su mirada torva y amenazadora hacia los que le perseguían,

y con el brazo extendido, blandiendo en el aire la reluciente hoja,

gritó: “¡Canalla infame!, ¡si hay alguno entre todos vosotros que sea

hombre, que avance!, yo le daré con éste una buena untura”.

Mas vió con admiración y con un sentimiento confuso de placer que sus

perseguidores se habían detenido á cierta distancia como vacilantes.

Sin embargo, continuaban gritando, y al parecer hacían demostraciones

como si estuviesen poseídos de los malos espíritus á gentes que se

hallaban detrás de Renzo, pero bastante lejos todavía. Éste se volvió

de nuevo y divisó (su gran turbación no le había permitido verlo antes)

un carro que avanzaba, y detrás de éste una larga hilera de ellos con

su acostumbrado acompañamiento. Por otro lado, y á alguna distancia se

hallaba otra porción de gentes que de todas veras hubieran deseado

caer sobre el envenenador; mas estaban contenidas por el mismo

impedimento. Viéndose así entre dos fuegos, calculó que lo que para

éstas era un objeto de terror, podía serlo para él de salvación; por

lo tanto pensó que no era tiempo de hacerse el delicado: cerró su

cuchillo, echó á correr hacia los carros, pasó el primero, y observó

en el segundo que había un buen espacio desocupado; en su consecuencia

toma sus medidas, da un salto, y helo allí plantado sobre el pie

derecho, el izquierdo en el aire, y levantados ambos brazos.

--¡Bravo, bravo! gritaron á una los _monatti_, algunos de los cuales

seguían el convoy á pie, otros subidos en los carros; y en fin, los

más, para referir exactamente lo horrible de semejante espectáculo,

iban sentados sobre los cadáveres y bebiendo de un gran jarro, el

que dando vueltas sin cesar pasaba de mano en mano.--¡Bravo, bravo,

magnífico golpe!

--¿Has venido á ponerte bajo la protección de los _monatti_?, pues haz

cuenta que estás tan seguro como en una iglesia, le dijo uno de los que

se hallaban en el carro adonde se había subido.

Los enemigos, al acercarse al tren, la mayor parte habían vuelto

las espaldas y se apartaban gritando siempre “¡á él, á él!, ¡al

envenenador!”. Algunos se retiraban con más lentitud, parándose de

cuando en cuando, rechinando los dientes y amenazando á Renzo, el cual

desde el carro les contestaba enseñándoles los puños.

--Dejadme hacer, le dijo un _monatto_; y arrancando de uno de los

cadáveres un asqueroso harapo, lo anuda precipitadamente, lo coge

por uno de los extremos, lo levanta á manera de honda sobre aquellos

obstinados, y hace ademán de arrojárselo, gritando: “¡Aguardad,

canalla!”. Al observar esto, todos sin excepción emprendieron la fuga

horrorizados, y Renzo no vió más que las espaldas y las piernas de sus

enemigos, que se movían con la misma celeridad que las aspas de un

molino de viento.

Entre los _monatti_ se elevó un grito unánime de triunfo, una larga

y estrepitosa carcajada de risa, un prolongado ¡juy! como para

acompañarles en su fuga.

--¡Ja, ja! ¿Ves como sabemos proteger á la gente honrada? dijo aquel

mismo _monatto_ á Renzo. Más vale uno solo de nosotros que todos esos

maricas.

--Seguramente, respondió Renzo, y bien puedo decir que os debo la vida,

por lo cual os doy las gracias de todo corazón.

--¿De qué? contestó el _monatto_; tú te lo mereces, se conoce que eres

un valiente muchacho. Haces bien en untar á esa canalla; úntalos,

extirpa á esos miserables que nada valen hasta que mueren, que en

recompensa de la vida que llevamos nos maldicen y van vociferando que

así que concluya la peste quieren hacernos ahorcar á todos. Es preciso

que ellos mueran antes de que cese la epidemia; es indispensable que

los _monatti_ queden solos cantando victoria y regocijándose en Milán.

--¡Viva la peste y muera la canalla! gritó otro; y después de

semejante brindis se acercó el jarro á los labios, y sosteniéndole con

ambas manos en medio de los vaivenes del carro, echó un buen trago,

ofreciéndole en seguida á Renzo, al cual dijo: “Bebe á nuestra salud”.

--Os la deseo con todas las veras de mi alma, contestó Renzo, pero no

tengo sed, ni tampoco ganas de beber en este momento.

--Á mi parecer has pasado un gran susto, dijo el _monatto_; tienes

facha de ser un pobre hombre; tu traza no es de envenenador.

--Cada uno se ingenia como puede, dijo el otro.

--Alargadme el jarro, dijo uno de los que caminaban al lado del carro,

quiero echar otro trago á la salud del amo del vino, que se encuentra

en nuestra buena compañía... me parece que está allí; sí, justamente,

dentro de aquel hermoso carruaje.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 23 / 29 段