placer experimento al verte! ¡Quién se lo había de imaginar! Al
principio te había tomado por Paulin el sepulturero, que viene siempre
á atormentarme para que vaya á ayudarle á enterrar. ¿Sabes que he
quedado solo? ¡Solo, solo como un ermitaño!
--Demasiado lo sé, dijo Renzo; y estrechamente abrazados, cambiando
y mezclando sin orden ni concierto preguntas y respuestas, entraron
juntos en la casita. Una vez dentro, sin interrumpir su conversación,
el amigo trató de hacer los honores á Renzo, según lo permitían las
circunstancias y la perentoriedad del tiempo. Puso agua á calentar,
y empezó á hacer la _polenta_; mas en seguida pasó á manos de Renzo
la caldereta para que meneara su contenido, y se fué diciendo: “¡He
quedado solo, absolutamente solo!”.
Al breve rato volvió con una pequeña vasija llena de leche, un poco de
carne salada y algunas frutas secas. Habiéndolo colocado todo en la
mesa, como igualmente habiendo vaciado la _polenta_ en una especie de
cazuela, se sentaron, dándose gracias mutuamente, el uno por la visita,
y el otro por una acogida tan benévola y amistosa; y después de una
ausencia de cerca de dos años, se encontraban de repente más amigos de
lo que jamás habían sido cuando se veían casi todos los días.
Ciertamente, nadie podía ocupar en el corazón de Renzo el lugar de
Inés ni consolarlo de aquella ausencia, no sólo á causa del antiguo
y particular afecto que ella le tenía, sino porque también entre
las cosas que ansiaba descifrar, había una de la cual únicamente la
misma Inés tenía la clave. Permaneció un momento indeciso pensando si
continuaría su viaje ó se dirigiría en busca de Inés, ya que se hallaba
cerca; pero considerando que ésta nada sabría tocante á la salud de
Lucía, adoptó su primera idea de ir directamente á salir de dudas, oir
el fallo de su misma boca, y en seguida llevar las noticias adquiridas
á la madre. Sin embargo, por su amigo supo muchas cosas que ignoraba;
aclaró otras de las que estaba poco enterado, como por ejemplo, sobre
las aventuras de Lucía, persecuciones que había sufrido, y cómo D.
Rodrigo se había marchado, como suele decirse, con el rabo entre
piernas, no habiendo vuelto á aparecer más. Supo también (y esto no
era cosa de poca importancia para Renzo) pronunciar perfectamente el
nombre de D. Ferrante: es verdad que Inés se lo había participado por
medio de su secretario; pero sólo el cielo sabe cómo se lo escribió;
y el intérprete de Bérgamo, al leer la carta le había dado un sentido
tal, que si hubiera ido con semejante explicación á Milán en busca
de la casa, probablemente no habría encontrado á nadie que pudiese
adivinar lo que quería decir; y con todo, éste era el único hilo que
poseía, y que le pudiese guiar para ir al encuentro de Lucía. Tocante
á la justicia, pudo confirmarse más y más en la idea de que el peligro
estaba muy lejano, para que le inspirase cuidado alguno: el señor
podestá había muerto de la peste; ¡quién sabe cuándo lo reemplazarían!
Los esbirros se habían marchado casi todos, y los que quedaban tenían
otras cosas en que pensar que en asuntos antiguos.
Él contó á su vez sus aventuras, oyendo en cambio de boca de su amigo
cien anécdotas acerca del paso del ejército invasor, de la peste, de
los envenenadores y de los demás prodigios. “Son cosas espantosas”,
dijo el amigo á Renzo, acompañándole á una pequeña estancia que la
epidemia había dejado desocupada; “cosas que jamás hubiera creído ver,
capaces de quitarle á uno la alegría para siempre; mas sin embargo,
esto de encontrarse con amigos, y poder tener con ellos un rato de
conversación, es un gran consuelo”.
Al amanecer estaban ya ambos levantados: Renzo dispuesto á ponerse en
marcha, con su cinto oculto debajo de la ropilla, y el cuchillo en la
faltriquera de los calzones, para andar más desembarazado, dejó en
depósito á su amigo el pequeño fardo que traía. “Si me va bien, le
dijo, si la encuentro viva, si... vamos, yo volveré; correré á Pasturo
á participar tan feliz noticia á la pobre Inés, y luego, y luego...
Pero si por desgracia, si por una fatalidad que Dios no permita...
entonces, no sé lo que haré, ni adónde iré; lo que puedo decir es,
que por este lado no me veréis nunca más”. Y así hablando de pie en
el umbral de la puerta, con la cabeza levantada, contemplaba con una
mezcla de ternura y pesadumbre la primera luz del día que alumbraba
el lugar de su nacimiento, que tanto tiempo hacía que no había visto.
Su amigo le animó, diciéndole, según se acostumbra, que todo saldría
á medida de su deseo; quiso que llevase algunas provisiones para el
camino, acompañándole largo trecho y deseándole un feliz viaje.
Renzo continuó su marcha con tranquilidad y sin acelerarse, porque le
bastaba llegar aquel día cerca de Milán, para entrar al siguiente muy
temprano y empezar al instante sus pesquisas. Ningún accidente ocurrió
en su viaje, nada aconteció que distrajera á Renzo de sus pensamientos,
á no ser las miserias y aflicciones acostumbradas en aquellas penosas
circunstancias. Según había hecho el día anterior, se detuvo á su
tiempo en un bosquecillo, con el objeto de tomar un bocado y descansar
un poco. Al pasar por Monza, delante de una tienda abierta en donde
había panes de muestra, pidió dos para no quedar desprovisto por lo que
pudiese ocurrir. El tendero le previno que no entrase, y le alargó en
una pequeña pala una cazuelita llena de agua y vinagre, diciéndole que
arrojase en ella el dinero; verificado esto, hizo pasar á sus manos,
por medio de una especie de tenazas, los dos panes, que Renzo metió uno
en cada faltriquera.
Á la caída de la tarde llegó á Greco, ignorando, sin embargo, el
nombre; pero con el pequeño recuerdo que conservaba de los lugares por
donde había pasado anteriormente, y calculando el camino hecho después
por Monza, sacó en consecuencia que debía estar cerca de la ciudad.
Abandonó el camino real, dirigiéndose á través de los campos en busca
de alguna choza en donde pasar la noche, pues no quería meterse en
ninguna posada. Encontró más de lo que buscaba; divisó una abertura
en medio de una cerca que rodeaba el corral de una lechería, por la
cual se introdujo atrevidamente. No había nadie: vió en un lado un
gran vestíbulo ó soportal con el suelo cubierto enteramente de heno,
y apoyada en el expresado soportal una escalera de mano. Dió una
ojeada á todo alrededor, y en seguida subió á la aventura; acomodóse
allí, con el fin de pasar la noche, y se durmió al instante para no
despertar hasta el amanecer. Cuando se levantó, se arrastró á tientas
hacia la extremidad de aquel gran lecho, sacó afuera la cabeza; y no
viendo tampoco á nadie, bajó por donde había subido, salió por donde
había entrado, y encaminándose por los senderos, tomó el edificio de
la catedral por su estrella polar. Después de una corta travesía, vino
á desembocar bajo las murallas de Milán, entre la puerta Oriental y la
puerta Nueva, encontrándose muy cerca de esta última.
NOTAS:
[22] Especie de vino blanco, que es exquisito, y al cual dan en Italia
este nombre.--_Nota del T. E._
[23] Habiendo llegado en la época de que hace referencia el autor, á
ser la astrología una ciencia en la cual se creía hasta el extremo de
rayar en fanatismo, atribuyendo todos los sucesos que tenían lugar,
por insignificantes que fuesen, á la influencia de los astros, la
generalidad achacaba la peste que asoló en aquel tiempo á la mayor
parte de Europa, á la citada causa.--_Nota del T. E._
CAPÍTULO DECIMOSEXTO
Tocante al modo de penetrar en la ciudad, Renzo había oído decir,
así de una manera vaga, que existían órdenes muy severas para no
dejar entrar á nadie sin boleta de sanidad; pero que sin embargo,
cualquiera que tuviese un poco de destreza y supiese aprovechar los
momentos favorables, le era fácil introducirse. En efecto, nada era
más cierto: dejando á un lado las causas generales por las cuales en
aquella época se cumplían muy mal las órdenes, dejando también aparte
las particulares que hacían tan difícil su rigurosa ejecución, Milán
se encontraba en aquel entonces en el estado de no ver cómo y por qué
sería útil el guardarla: por el contrario, cualquiera que tratase de
penetrar, podía parecer más bien que miraba con indiferencia su propia
vida, que peligroso á sus habitantes.
Con semejantes noticias, el designio de Renzo era el intentar
introducirse por la primera puerta que se le presentase; si había algún
entorpecimiento, dar por la parte exterior la vuelta á las murallas,
hasta que encontrase una de más fácil acceso. ¡Dios sabe cuántas
puertas creía que debía tener Milán!
Habiendo llegado, pues, delante de las murallas, se paró un rato á
mirar en torno de sí, como hace el que, no sabiendo qué determinación
tomar que sea más conveniente, parece aguardar que sobrevenga algún
indicio ó algún suceso que le saque del atolladero. Pero él no
descubría á derecha é izquierda más que dos pedazos de una calle
tortuosa; al frente las citadas murallas, por lado alguno la más leve
señal de seres vivientes, exceptuándose cierto punto del terraplén,
en el cual se elevaba una espesa columna de humo oscuro y denso,
que remontándose se ensanchaba y extendía en vastos torbellinos,
desvaneciéndose luego en el espacio, inmóvil y negruzco. Eran las
ropas, las camas y demás muebles infestados que se entregaban á las
llamas, no apareciendo las señales de tan tristes hogueras en un solo
punto, sino en varios.
El tiempo estaba encapotado, el aire pesado, el cielo velado por todas
partes de una vasta neblina igual, inerte, que parecía rehusar el sol,
sin prometer la lluvia; la campiña de los alrededores, parte inculta
y enteramente árida, toda ella despojada de verdor, y ni siquiera se
veía una sola gota de rocío sobre las hojas secas y marchitas. Aquella
soledad, aquel fúnebre silencio, tan próximo á una gran ciudad, añadían
una nueva consternación á la inquietud de Renzo, contribuyendo á hacer
más tétricos todos sus pensamientos.
Permaneció parado por espacio de un buen rato, luego se encaminó á la
derecha, á la casualidad, andando sin saberlo hacia la puerta Nueva,
la cual no había podido divisar, aunque estaba muy cerca á causa
de un baluarte que la ocultaba en aquel momento. Á los pocos pasos
empezó á oir un campaneo, que cesaba y volvía á comenzar de nuevo por
intervalos, y después muchas voces humanas. Sigue adelante, da la
vuelta al ángulo del baluarte, y lo primero que descubre al frente
de la puerta es una garita de madera, y delante de ella un centinela
apoyado en su mosquete, con aire aburrido é indolente. Detrás había
una estacada, y en el fondo se hallaba situada la puerta, es decir,
dos lienzos de muralla con una techumbre encima, para afianzar las
hojas que estaban abiertas, así como la puerta de la estacada. Mas
justamente delante de la misma abertura había un triste obstáculo, á
saber: unas angarillas colocadas en el suelo, sobre las cuales dos
_monatti_ tendían á un desgraciado para llevárselo; era el jefe de
los carabineros que acababa de ser atacado de la peste. Renzo se paró
aguardando el fin. Habiendo marchado el convoy, y no viniendo nadie á
cerrar el portillo, le pareció la ocasión oportuna, y se encaminó á él
apresuradamente, mas el centinela le gritó bruscamente: “¡Hola!” Renzo
se detuvo de nuevo repentinamente, le hizo una señal de inteligencia,
sacó un medio ducado y se lo mostró. El centinela, ya sea que hubiese
tenido la peste, ya que la temiese menos de lo que amaba los medios
ducados, indicó á Renzo que se lo echase; y habiéndolo visto volar en
seguida á sus pies, le dijo en voz baja: “Entra pronto”. Renzo no dejó
que se lo repitiera, pasó la estacada, la puerta, siguió adelante sin
que nadie reparase en él, ni le detuviese; únicamente, cuando hubo
andado cerca de unos cuarenta pasos oyó otro “¡Hola!” que un guarda
ó carabinero le dirigía por la espalda. Esta vez hizo como que no lo
oía, y en vez de volverse, dobló el paso. “¡Hola!” gritó de nuevo el
carabinero con una voz que indicaba más bien impaciencia que resolución
de hacerse obedecer; no siéndolo, se encogió de hombros, y volvió á
su casilla, como una persona á quien importaba más el no acercarse
demasiado á los pasajeros, que de informarse de sus acciones.
La calle que Renzo había tomado conducía entonces, lo mismo que ahora,
directamente hasta el canal llamado el _Naviglio_: en los costados
había cercas ó tapias de jardines, iglesias, conventos y pocas casas.
En lo alto de dicha calle, y en medio de la que costea el canal,
había una columna, con una cruz, llamada la cruz de S. Eusebio. Por
más que Renzo miraba hacia adelante, no veía otra cosa que la dichosa
cruz. Habiendo llegado á la encrucijada que divide la calle cerca
de la mitad, miró por ambos lados, y vió en el callejón llamado de
santa Teresa á un hombre que se dirigía justamente hacia él. “¡Por
fin, he aquí un cristiano!” se dijo, y se encaminó prontamente en
aquella dirección, pensando hacerse enseñar el camino por él. Éste,
sin embargo, había visto al forastero que se acercaba, y lo miraba
fijamente de lejos, tanto más alarmado cuanto que observó que en vez
de ir á sus negocios le salía al encuentro. Cuando Renzo estuvo á poca
distancia, se quitó el sombrero con la mayor cortesía, y pasándoselo
á la mano izquierda, llevó la derecha al pelo como para arreglarlo, y
se fué directamente hacia el desconocido, pero éste con los ojos fuera
de sus órbitas dió un paso atrás, alzó un nudoso bastón armado de una
punta de hierro, y dirigiéndolo contra Renzo, gritó: “¡Atrás, atrás,
paso!”
--¡Oh, oh! exclamó á su vez nuestro joven; luego se puso el sombrero,
y no deseando, según después refería esta aventura, meterse en aquel
instante en cuestiones, volvió la espalda al extravagante, y continuó
su camino, ó por mejor decir, siguió adelante por la calle en que se
encontraba.
El otro individuo se lanzó con precipitación por aquella en la cual se
hallaba sumamente aterrorizado, y volviendo hacia atrás á cada instante
la cabeza. Cuando llegó á su casa, contó que un envenenador se le había
aproximado con maneras humildes y corteses, pero con un aire de infame
impostor, llevando dentro de su sombrero la redomita del unto ó la caja
de los polvos (no pudiendo decir con certeza cuál de las dos cosas
era), con el fin de contagiarlo, si no hubiese tenido carácter para
saberlo tener á una distancia respetuosa. “Si hubiese dado un paso más,
añadió, le habría ensartado, antes de que el malvado hubiera tenido
tiempo de intentar nada. La desgracia era que nos hallábamos en un
paraje muy solitario, pues si hubiese sido en el centro de la ciudad,
habría llamado gente para que me ayudasen á cogerlo. Seguramente se
le hubiera encontrado aquella maldita droga en el sombrero. Pero allí
solos los dos, he debido contentarme con meterle miedo, sin aventurarme
á buscar una desgracia, porque un poco de polvo pronto está echado,
ellos tienen una destreza particular, y además el diablo les ayuda. Al
presente dará vueltas por Milán: ¡quién sabe los daños que causará!”
Tanto tiempo como vivió, que fueron muchos años, cada vez que se
hablaba de envenenadores, repetía su aventura, y añadía: “Los que
todavía sostienen que esto no ha sido cierto, que no me lo vengan á
decir, porque para hablar de ciertas cosas es preciso haberlas visto”.
Renzo, lejos de sospechar el peligro del cual había escapado, y agitado
más bien por la cólera que por el miedo, pensaba mientras seguía
andando en aquella acogida, adivinando perfectamente la opinión que el
desconocido había formado de él; pero la cosa le pareció tan fuera de
sentido común, que sacó por último en consecuencia que aquel hombre
debía de estar medio loco. “Esto empieza mal, pensaba entre sí. Parece
que en esta ciudad me persigue una mala estrella. Para entrar todo va
bien; y después cuando estoy dentro, los disgustos me abruman. Vamos...
con el auxilio de Dios... si encuentro... si consigo encontrar... ¡Bah!
todo ello no habrá sido nada”.
Al llegar al puente, volvió sin vacilar á la izquierda, hacia la calle
de S. Marcos, pareciéndole según su cálculo que debía conducirle al
interior de la ciudad. Y avanzando siempre, miraba á todas partes para
ver si podía descubrir algún ser viviente; mas no vió otra cosa que un
cadáver espantoso y desfigurado arrojado en una zanja que existe entre
algunas pocas casas (que en aquel tiempo eran todavía menos). Habiendo
pasado aquel trecho de calle, oyó exclamar: “¡Oh buen joven!” y mirando
hacia el lado de donde venía la voz, vió á cierta distancia en un
balcón de una casita aislada á una infeliz mujer rodeada de una caterva
de criaturas, la cual continuaba llamándole, y le hacía señas con la
mano de que se acercase. Renzo corrió hacia la citada casa, y cuando
estuvo próximo “¡oh, buen joven!” repitió la mujer, “por las almas de
los vuestros que hayan muerto, hacedme la caridad de ir á avisar al
comisario, que estamos aquí olvidados; nos han encerrado en casa como
sospechosos, porque mi pobre marido ha muerto; también han clavado
la puerta, según podéis ver, y desde ayer mañana nadie ha venido á
traernos de comer. Después de tantas horas como hemos pasado en esta
situación, no ha habido una buena alma que nos haga esta caridad, y
estas inocentes criaturas se mueren de hambre”.
--¡De hambre! exclamó Renzo; y metiendo las manos en las faltriqueras,
“he aquí, he aquí, dijo, sacando los dos panes: bajad alguna cosa para
meterlos dentro”.
--¡Dios os lo pague! Aguardad un momento, respondió la mujer; y en
seguida fué á buscar una cestita y una cuerda para atarla.
Mientras tanto Renzo se acordó de aquellos panes que había encontrado
cerca de la cruz en su anterior entrada en Milán. “Vamos, esto es
una restitución, pensaba, y acaso todavía mejor que si se los hubiese
restituido á su propio dueño; porque verdaderamente, es una obra de
misericordia”.
--Por lo que hace al comisario que decís, mi buena señora, prosiguió,
poniendo los panes en la cesta, yo no puedo serviros, porque á decir
verdad, soy forastero, y no tengo ninguna especie de conocimientos en
esta ciudad; sin embargo, si encuentro alguna persona un poco tratable
y humana á quien se lo pueda decir, lo haré.
La mujer le suplicó que así lo hiciera, diciéndole el nombre de la
calle, para que de este modo supiese dar las señas de la casa.
--Creo que vos podríais dispensarme también un favor, una verdadera
caridad, sin que os costase ningún trabajo, repuso Renzo. ¿Os sería
posible indicarme en dónde se halla el palacio de unos grandes señores,
de aquí, de Milán, el palacio de ***?
--Sé que hay en la ciudad una casa de este nombre, mas en dónde se
halla situada fijamente, lo ignoro. Siguiendo por esta calle adelante,
encontraréis alguno que os lo enseñe. Sobre todo, acordaos de hablarle
de nosotros.
--No lo dudéis, replicó Renzo; después de lo cual prosiguió su camino.
Á cada paso sentía crecer y aproximarse un rumor que ya había empezado
á oir mientras estaba entretenido hablando; un ruido de ruedas y de
caballos, acompañado del dilín dilín de campanillas, y de vez en
cuando, chasquidos de látigo y prolongados gritos. Todo se le volvía
mirar; pero nada veía. Habiendo llegado al extremo de la tortuosa calle
que seguía, y desembocando en la plaza de S. Marcos, el primer objeto
que hirió su vista fueron dos maderos rectos, clavados en el suelo
con una cuerda y sus correspondientes poleas. No tardó en reconocer
(era cosa muy familiar en aquella época) el horrible instrumento del
suplicio. Veíase levantado en aquel lugar, y no sólo en él, sino en
todas las plazas y calles más espaciosas, á fin de que los diputados de
cada barrio revestidos de las facultades más omnímodas y arbitrarias,
pudiesen hacer aplicar inmediatamente la pena á cualquiera que les
pareciese merecerla; ó á los relegados en sus casas que salieran
de ellas, ó á los empleados subalternos que no cumpliesen con su
deber, y por último fuese quien fuese. Era uno de aquellos remedios
extremos é ineficaces, los cuales se prodigaban en aquellos tiempos y
circunstancias con tanto exceso.
Mientras que Renzo contemplaba la fatal máquina, tratando de adivinar
la causa por qué se había levantado en aquel paraje, sintió que se
aproximaba más y más el rumor, y vió aparecer por la esquina de una
iglesia, á un hombre que agitaba una campanilla: era un _apparitori_,
y detrás de él dos caballos que alargando el cuello, y tropezando á
cada paso, avanzaban trabajosamente arrastrando un carro atestado de
muertos, después del cual seguía otro y otros, como igualmente los
_monatti_, al lado de dichos caballos, acosándolos á latigazos, golpes
y juramentos. La mayor parte de los cadáveres iban desnudos, otros
mal envueltos en lienzos hechos jirones por todas partes, reunidos y
hacinados unos sobre otros, del mismo modo que un montón de culebras
que se desplegan lentamente á los primeros calores de la primavera. Á
cada vaivén, á cada choque, veíanse aquellas funestas masas temblar y
crujir horriblemente, colgar cabezas, ondular cabelleras femeniles,
desprenderse brazos y dar contra las ruedas, mostrando á la vista ya
horrorizada, cómo un espectáculo semejante podía llegar á ser más
terrible y espantoso todavía.
El joven se había parado en una esquina de la plaza cerca de la barrera
del canal, y entretanto rogaba por aquellos muertos, á quienes no había
conocido en vida. De repente una lúgubre y atroz idea vino á helarle de
espanto: “¡Acaso allí mezclada con aquellos cadáveres, arrojada debajo
de ellos!... ¡Dios mío! ¡permitid que esto no suceda! ¡Haced que ni aun
yo tenga tales pensamientos!”.
Habiendo pasado el fúnebre convoy, Renzo volvió á ponerse en marcha,
siguiendo la orilla izquierda del canal, sin otro motivo para tomar la
expresada dirección, más que el haber visto que la comitiva se había
ido por otro lado. Después de haber andado unos cuantos pasos entre
la iglesia y el canal, divisó á la derecha el puente _Marcelino_,
y dirigiéndose á dicho punto, llegó por último al _Borgo-Nuovo_.
Mirando siempre á todas partes, con el objeto de hallar alguno á quien
preguntar, distinguió á un sacerdote apoyado en un bastón, parado junto
á una puerta entreabierta, con la cabeza inclinada y el oído puesto
en la abertura; viendo poco después que alzaba la mano y echaba la
bendición, pensó, con razón, que acababa de confesar á alguno, y dijo
para sí: “Éste es el hombre que me conviene. Si un sacerdote, en sus
funciones de tal, no tiene un poco de caridad, de amor y benevolencia,
es preciso creer que en el mundo no hay nada de esto”.
Entretanto el eclesiástico, después de haber abandonado la puerta,
se dirigía hacia el lado por donde iba Renzo y andaba con la mayor
precaución por el medio de la calle. Cuando Renzo estuvo cerca de
él, se quitó el sombrero, haciéndole señas de que deseaba hablarle,
parándose al mismo tiempo, procurando darle á entender que no quería
arrimársele indiscretamente. Aquél se detuvo en ademán de escucharle,
pero colocando, sin embargo, en el suelo, delante de sí, el bastón,
como para que le sirviese de antemural en caso necesario. Renzo hizo
su pregunta, á la cual el sacerdote no sólo satisfizo cumplidamente
diciéndole el nombre de la calle donde estaba situada la casa, sino
también trazándole su itinerario, porque vió que el pobre joven tenía
necesidad de él; indicándole á fuerza de repetirle muchas veces la
palabra de: “Tomad á la derecha, luego á la izquierda, seguid tales
encrucijadas é iglesias”, las seis ú ocho calles que tenía que recorrer
para llegar al término de su viaje.