en busca de otro, cuya historia nada hubiera tenido de común con la
suya, si él á la fuerza no lo hubiese querido; pudiéndose también
asegurar, que á no ser así, nada tendríamos al presente que decir ni
del uno ni del otro. Queremos hablar de Renzo, de este joven á quien
dejamos en una nueva fábrica bajo el nombre de Antonio Rivolta.
Permaneció en dicha fábrica por espacio de cinco ó seis meses, pasados
los cuales, habiéndose enemistado la república y el rey de España,
y cesando, por consiguiente, todo temor para él, Bartolo se había
apresurado á ir á buscarle para tenerle consigo, ya por el cariño que
le profesaba, ya porque Renzo, naturalmente despejado y muy hábil en el
oficio, era en una fábrica un poderoso auxiliar para el _fac totum_,
sin poder jamás aspirar á serlo él mismo, á causa de la desgracia de
no saber manejar la pluma. Así como esta razón se había tenido en
cuenta, nosotros hemos creído deber indicarla también. Acaso querríais
un Bartolo más ideal; no puedo decir más que una cosa: fabricadlo; el
nuestro era ni más ni menos, según os lo he presentado.
Después de lo que va referido, Renzo había continuado trabajando al
lado de su primo. Con frecuencia, y especialmente luego de haber
recibido algunas de las consabidas cartas de Inés, le pasó por la
imaginación el hacerse soldado y concluir de una vez: ocasiones no
faltaban, pues justamente en aquella época la república tenía necesidad
de gente. La tentación fué para Renzo tanto más fuerte, cuanto que se
hablaba de invadir el milanesado, y naturalmente le parecía magnífico
el volver á su casa con ínfulas de vencedor, ver á Lucía y tener con
ella una explicación. Pero Bartolo, con buenas razones, había sabido
apartarlo siempre de semejante resolución.
--Si ellos han de ir, del mismo modo irán sin ti, y después tú podrás
encaminarte allá á tu gusto; si vuelven con la cabeza rota, ¿no habrá
sido mejor el que te hayas quedado en casa? No faltarán desesperados
que quieran ir á tal expedición, y antes que puedan poner los pies...
Por lo que á mí hace, soy muy incrédulo: aquí se vocifera mucho; mas
ya, ya, el milanesado no es un bocado tan fácil de tragar. Se trata de
la España, hijo mío: ¿sabes lo que es la España? S. Marcos es fuerte
dentro de su territorio, pero esto no basta. Ten paciencia: ¿por
ventura no estás bien aquí?... Comprendo lo que me quieres decir; pero
si está escrito arriba que suceda, puedes estar seguro que sin hacer
locuras, saldrá mejor: algún santo te ayudará. Así, pues, créeme,
éste no es tu oficio. ¿Te parece que convenga dejar de
encanillar seda para ir á matar? ¿Qué quieres tú hacer entre gente de
semejante ralea? Para esto se necesitan hombres á propósito.
Otras veces Renzo quería ir de oculto, disfrazado, y con nombre
supuesto; pero Bartolo supo también disuadirle por medio de razones
fáciles de adivinar.
Esparcida después la peste en el milanesado, y llegando hasta las
fronteras del territorio de Bérgamo, no tardó mucho en invadirlo,
y... no os alarméis, lectores míos; no creáis que vaya á haceros otra
descripción del contagio que sufrió este último país; nada de eso; el
que quiera informarse podrá leer la obra escrita por un cierto Lorenzo
Chirardelli, y en ella hallará todas cuantas noticias desee; yo sólo
diré que Renzo fué también acometido de la epidemia; que se curó él
mismo; ó mejor dicho, nada hizo para ello; estuvo á las puertas del
sepulcro; pero gracias á su fuerte constitución, venció al mal, y al
cabo de pocos días se halló fuera de peligro. Al recobrar la salud, los
cuidados, los deseos, las esperanzas, los recuerdos y los proyectos de
su vida, resucitaron con más fuerza y vigor que nunca; ó lo que es lo
mismo, todos sus pensamientos se concentraron en Lucía. ¿Qué habría
sido de ella en aquellos calamitosos tiempos, en que el vivir era una
excepción? ¡Hallarse tan próximo y no poder tener noticias suyas!
¡Permanecer, Dios sabe cuánto, en tal incertidumbre! ¡Y aun después de
disipada ésta, cuando hubiese cesado todo peligro, sabiendo que Lucía
había sobrevivido, ¡cómo descifrar aquel otro enigma, aquel misterio
impenetrable del consabido voto! ‟Yo mismo iré á enterarme de todo á la
vez, se decía interiormente antes de encontrarse en estado de poder
gobernarse por sí mismo. ¡Con tal que todavía viva! Por lo que hace á
encontrarla, yo lo conseguiré; oiré cómo me explica ella misma á lo
que se reduce la tal promesa; le haré comprender que es un absurdo; un
imposible, y me la traeré aquí, juntamente con la pobre Inés, si es
que aún vive; ¡Inés, la cual tanto me ha querido siempre, y que estoy
muy seguro me quiere todavía!... ¿Y la orden de prisión? ¡Bah!, en
otras cosas tienen que pensar los que han quedado con vida; aun aquí
veo pasearse con la mayor tranquilidad á algunos que... ¿Por ventura
serán sólo los bribones los que tengan salvoconducto? ¡Y en Milán, en
donde todo el mundo dice que no hay más que confusión y desorden! ¡Si
dejo escapar una ocasión tan hermosa! ¡La peste! ¡Mirad cómo algunas
veces nos hace emplear las palabras ese feliz instinto de referirlo y
subordinarlo todo á nosotros mismos! ¡Ciertamente, no encontraré mejor
coyuntura! Es necesario esperar, mi querido Renzo”.
Cuando apenas pudo manejarse por sí solo, fué en busca de Bartolo, el
cual hasta entonces había podido librarse del contagio, y permanecía
encerrado en su casa. Renzo no entró en ella, sino que llamando á su
primo desde la calle, hizo que se asomara á la ventana.
--¡Ah! ¡ah! exclamó Bartolo; ¿te has librado? ¡Cuán feliz eres!
--Tengo todavía un poco de debilidad en las piernas, según ves; mas en
cuanto al peligro, ya estoy fuera de él.
--¡Oh! ¡yo quisiera hallarme como tú! En otro tiempo, el pronunciar
estas palabras, estoy bueno, parecía abarcarlo todo; pero ahora de
nada sirve. Cuando se puede llegar á decir: estoy mejor; ¡he aquí á la
verdad una bella palabra!
Habiendo Renzo felicitado á su primo por haber escapado hasta allí
de la peste, y haciendo de esto buenos pronósticos, le comunicó la
resolución que había tomado.
--Lo que es ahora, ve; que el cielo te bendiga, respondió Bartolo;
procura esquivar la justicia del mismo modo que yo trataré de esquivar
el contagio; y si Dios quiere que á los dos nos vaya bien, pronto
volveremos á vernos.
--¡Oh! seguramente volveré; ¡y si pudiese no dar la vuelta solo! Basta,
así lo espero.
--Vuelve pues acompañado, que si Dios quiere, aquí habrá trabajo
para todos, y viviremos juntos en buena paz y armonía. Permita el
cielo que me encuentres vivo y sano, y que haya cesado ese diablo de
influencia[23].
--Volveremos á vernos, sí, estoy seguro de ello.
--Repito de nuevo, ¡que Dios lo quiera!
Durante algunos días Renzo se ocupó en hacer ejercicio, tanto para
probar sus fuerzas, cuanto para aumentarlas, y apenas le pareció que
se hallaba en estado de soportar las fatigas del viaje, se dispuso
á emprender el camino. Ciñóse bajo de sus vestidos un cinto, dentro
del cual puso los consabidos cincuenta escudos, á los que nunca había
tocado ni hecho conversación con nadie, ni aun con su primo Bartolo;
en seguida tomó algún dinerillo suelto que había ido ahorrando día par
día, viviendo con la más estricta economía; colocó debajo del brazo un
pequeño lío de ropa; metió en su cartera un certificado bajo el nombre
de Antonio Rivolta que por precaución se había hecho dar por su segundo
amo; puso en una de las faltriqueras de sus calzones un cuchillo, que
era lo menos que un hombre honrado podía llevar en aquellos tiempos, y
emprendió el viaje á últimos del mes de agosto, tres días después que
D. Rodrigo había sido conducido al lazareto. Se encaminó hacia Lecco,
porque quería antes de aventurarse á entrar en Milán, pasar por su
pueblo, en el cual esperaba hallar á Inés viva, y empezar á saber de
ella algo de lo que tanto deseaba.
El pequeño número de los que habían curado de la peste era
verdaderamente una clase privilegiada en medio del resto de la
población. Una gran parte de esta última estaba enferma ó expiraba, y
los que hasta entonces habían sido respetados por el contagio, vivían
en un continuo sobresalto. Andaban con precaución, con aire inquieto,
con precipitación y perplejidad á la vez, porque todo podía volverse
contra ellos, armas cuyas heridas fuesen mortales. Otros al contrario,
seguros ya por haber pasado la enfermedad (pues el tener dos veces la
peste era un caso más bien prodigioso que raro) discurrían impávidos
por medio del contagio general con la mayor osadía y resolución, á la
manera de los paladines de la edad media, cubiertos de hierro de pies á
cabeza, y montados en fogosos corceles defendidos del mismo modo que
sus dueños, daban vueltas por el mundo llevando una vida aventurera
(de donde provino su gloriosa denominación de caballeros andantes)
entre una infeliz multitud pedestre de aldeanos y gente pobre, los
cuales para rechazar los golpes no tenían más defensa que sus vestidos.
¡Magnífica, sabia y útil profesión! ¡Profesión digna de figurar en
primera línea en un tratado de economía política!
Con una tal seguridad, templada sin embargo por las inquietudes que
el lector no ignora, como igualmente por el espectáculo frecuente y
la idea incesante de la calamidad de todo un pueblo, Renzo se dirigía
hacia su casita, en medio de un hermoso día y al través de un hermoso
país; mas no encontraba después de haber andado largo trecho en medio
de una inmensa y triste soledad, sino alguna que otra cosa errante, más
bien que seres vivientes ó cadáveres conducidos á su última morada,
sin los honores de las exequias, sin cantos fúnebres, sin el menor
acompañamiento.
Al llegar el sol á la mitad de su carrera, el joven se detuvo en
un bosquecillo con el objeto de comer un poco de pan y alguna otra
friolera que traía consigo. Si quería fruta, tenía á su disposición
toda cuanta quería, pues el país que atravesaba producía en abundancia
higos, albérchigos, ciruelas y manzanas á montones; bastaba que entrase
en los campos y alargase la mano para alcanzarla, ó que la recogiera
debajo de los mismos árboles, en donde estaba amontonada; porque el año
era extraordinariamente abundante de fruta con especialidad, y no había
nadie que se tomase el cuidado de guardarla. Los grandes racimos de
uvas escondían, por decirlo así, los pámpanos, y quedaban á merced de
los viajeros.
Por último, al anochecer descubrió su pueblo. Á su vista, con todo de
estar preparado, sintió latir su corazón; se vió asaltado en un momento
por un tropel de penosos recuerdos y de presentimientos dolorosos;
parecíale tener aún, en los oídos, aquellos siniestros tañidos de
la campana que tocaba á rebato, que le habían, como si dijéramos
acompañado, perseguido en su fuga fuera de su pueblo; y percibía,
permítasenos la expresión, el prolongado silencio de la muerte que
moraba en tan tristes lugares. Al desembocar en la plazuela de la
iglesia, experimentó una turbación mucho mayor, esperando que sería
peor al llegar al término de su viaje, porque había formado el proyecto
de detenerse en aquella casita que tantas veces en otro tiempo solía
llamar la casa de Lucía. Al presente, no podía ser más que de Inés, y
la única gracia que imploraba al cielo, era encontrarla viva y sana. En
dicha casa se proponía pedir un asilo, conjeturando perfectamente que
la suya sólo serviría de madriguera á los ratones y comadrejas.
No queriendo que le viesen, se dirigió por un estrecho sendero que se
hallaba en las afueras del pueblo, el mismo por el cual había entrado
tan bien acompañado en aquella fatal noche de su fuga y sorpresa del
cura. Á la mitad poco más ó menos del expresado sendero, se encontraba
por un lado la viña y por el otro la casita de Renzo; por lo cual, al
pasar, podía penetrar en ambas un momento, con el fin de ver en qué
estado se hallaban sus negocios.
Mientras proseguía su marcha, miraba delante de sí, deseando y temiendo
al propio tiempo el ver á alguno. En efecto, á los pocos pasos que hubo
dado, divisó á un hombre en camisa, sentado en el suelo y apoyadas
las espaldas contra un seto formado de jazmines, con el aire de un
insensato: en esto, y además en la fisonomía, creyó reconocer á
Gervasio, el pobre tonto que había ido como de segundo testigo á su
malograda expedición; pero en seguida, acercándose más, vió que era
aquel Tonio tan vivo que le había acompañado. La peste, arrebatándole
el vigor del cuerpo á la vez que el del entendimiento, lo había
desfigurado completamente, y dádole en todas sus facciones y ademanes
una pequeña y oculta semejanza con su imbécil hermano.
--¡Oh, Tonio!, exclamó Renzo parándose delante de él; ¿eres tú?
Tonio alzó los ojos, sin hacer el más leve movimiento de cabeza.
--¡Tonio!, ¿no me conoces?
--Á quién le toca, á quién le toca, respondió Tonio, quedándose con la
boca abierta.
--¿Ya la tienes encima, eh?, ¡pobre Tonio!; ¿pero no me conoces?
--Á quién le toca, á quién le toca, volvió á repetir éste,
prorrumpiendo en una estúpida carcajada.
Viendo Renzo que nada podía sacar en limpio, continuó su camino mucho
más contristado. Mas he aquí que de repente divisó por una de las
revueltas del sendero que se iba acercando cierta cosa negra, en la
cual reconoció en seguida á D. Abundio. Éste caminaba á pasos lentos,
apoyándose sobre un bastón, como aquel á quien cuesta gran trabajo
andar: á medida que se iba aproximando, se podía fácilmente conocer
por su rostro pálido y demacrado, como también en todo su aspecto, que
debía haber pasado igualmente la borrasca. D. Abundio miraba con la
mayor atención; le parecía y no le parecía Renzo; veía algo de extraño
en su vestido, pues era justamente el de los habitantes de Bérgamo.
“¡No hay duda; es él!”, dijo para sí; y alzó las manos al cielo con un
movimiento de admiración descontenta, quedando suspendido en el aire el
bastón que empuñaba su diestra, viéndose bailar dentro de las mangas
sus pobres brazos, que en otro tiempo estaban tan oprimidos. Renzo,
acelerando el paso, le fué al encuentro y le saludó cortésmente; pues
aunque entrambos había mediado lo que ya sabemos, era siempre, con
todo, su párroco.
--¡Vos aquí!, exclamó D. Abundio.
--Ciertamente, ya lo veis. ¿Se sabe algo de Lucía?
--¿Qué queréis que se sepa? Nada absolutamente. Si vive, debe hallarse
en Milán; pero vos...
--¿E Inés, ha sobrevivido?
--Puede ser; mas, ¿quién queréis que lo sepa? Aquí no está; pero vos...
--¿Pues en dónde se halla?
--Se ha retirado á la Valsassina, al lado de sus parientes, los cuales
dicen que la peste no hace tantos estragos como aquí; ¿comprendéis?
Pero vos, vuelvo á repetir...
--Esto me contraría mucho. ¿Y el padre Cristóbal?...
--Hace ya algún tiempo que marchó. Mas...
--Lo sé; me lo han escrito; sólo preguntaba si por casualidad había
vuelto por aquí.
--¡Ah!, nada de eso; no se ha oído hablar más de él; pero...
--Esto también me disgusta.
--Pero vos, repito, ¿qué venís á hacer aquí? ¡Por el amor del cielo!
¿Ignoráis, por ventura, la orden de prisión?...
--¿Qué me importa? Ahora tienen otras cosas en qué pensar. He querido
venir á ver por mí mismo mis negocios; y no se sabe justamente...
--¿Qué queréis ver? Al presente no hay aquí nadie, ni nada; y como
iba diciendo, con la consabida orden de prisión, venir al pueblo,
justamente á ponerse dentro de la boca del lobo; ¿es esto tener juicio?
Atended á las reflexiones de un anciano que posee más experiencia que
vos, y que os habla por el afecto que os profesa: abandonad el campo,
y antes de que nadie os vea volved adonde estabais; y si por desgracia
os han visto, marchad cuanto antes con mucho más motivo. ¿Os parece que
pueden conveniros los aires que aquí se respiran? ¿No sabéis que han
venido á buscaros, que lo han revuelto todo de arriba abajo por dar con
vos?...
--¡Bribones!, ¡demasiado lo sé!
--Pues entonces...
--Os digo que no se piensa en semejante cosa. ¿Y él, vive todavía?,
¿permanece aquí?
--Repito que no hay nadie; repito que no penséis en las cosas de aquí;
repito que...
--Lo que pregunto es si él está aquí.
--¡Oh, Dios mío! Hablad de otra cosa: es posible que estéis todavía tan
fogoso, después de tantas aventuras!
--¿Se halla aquí ó no?
--No, vamos. Pero, ¡la peste, hijo mío, la peste! ¿Quién es el que se
atreve á andar en estos tiempos?
--Si no hubiese más que la peste en el mundo... lo digo por mí; la he
tenido, y ya nada temo.
--¡Pues entonces!, ¿acaso no es esto un aviso del cielo? Cuando uno ha
escapado de un peligro de semejante especie, me parece que deberían
tributarse gracias á Dios, y...
--Yo le doy gracias con todo mi corazón.
--Pues creedme, no vayáis á buscarla otra vez; escuchad mis consejos...
--Señor cura, si no me engaño, vos también la habéis tenido.
--¡Sí, la he tenido!, terrible, espantosa; vivo de milagro; basta decir
que me ha dejado de la manera que veis. Al presente necesito un poco
de tranquilidad para reponerme; empezaba á sentirme ya mejor... ¡En
nombre!... ¿qué venís á hacer aquí? Volveos.
--Siempre con lo mismo: volverme; para esto hubiera valido más no
haberme movido de donde estaba. Decís: ¿á qué habéis venido?, ¿á qué
habéis venido?, y yo os respondo: vengo á mi casa.
--¡Á vuestra casa!...
--Decidme: ¿ha habido muchos muertos aquí?
--¡Ah, ah!, exclamó D. Abundio; y empezando por Perpetua, hizo una
larga enumeración de personas y familias enteras. Renzo esperaba ya
una cosa parecida; pero al oir tantos nombres de personas conocidas,
de amigos, de parientes, se hallaba sobrecogido del más intenso dolor,
y con la cabeza baja exclamaba de cuando en cuando: “¡Pobrecito!
¡pobrecita! ¡pobrecitos!”
--Ya lo veis, prosiguió D. Abundio; y todavía no se ha concluido. Si
los que quedan no tienen un poco de juicio, y no calman la exaltación
de sus cerebros, esto va á ser el fin del mundo.
--En efecto, yo no pienso en detenerme aquí un momento más.
--¡Ah! ¡Dios sea loado! ¡por fin habéis entrado ya en razón! ¡Supongo
pues que volveréis al territorio de Bérgamo!
--Esto poco os importa.
--¡Cómo! ¿querríais acaso hacerme una jugarreta peor que la pasada?
--Repito que poco os importa lo que pienso hacer; esto me pertenece
exclusivamente: ya no soy un niño; por consiguiente, tengo suficiente
juicio para obrar según me convenga. Espero además que no diréis á
nadie que me habéis visto. Sois sacerdote; yo uno de vuestras ovejas;
por lo tanto confío en que no me querréis hacer traición.
--Comprendo, dijo D. Abundio suspirando con ademán
colérico,--comprendo: queréis perderos y perderme; ¿no os basta lo
que habéis sufrido, y yo también? ¡Comprendo, comprendo! Dichas las
anteriores palabras, D. Abundio siguió refunfuñando entre dientes y
continuó su camino.
Renzo permaneció triste y descontento, pensando en dónde podría
encontrar un asilo; en aquella fatal enumeración de muertes que le
había hecho D. Abundio, se hallaba una familia arrebatada por la
epidemia, á excepción de un joven, poco más ó menos de la edad de
Renzo, y compañero suyo desde la infancia. La casa en donde habitaba
estaba situada á poca distancia del pueblo, por lo cual pensó
encaminarse á ella con el fin de pedir hospitalidad.
Habiéndose puesto en marcha, llegó cerca de su viña, y antes de entrar
pudo juzgar acerca de su deplorable estado. Los árboles, el verdor
que había dejado, no sobresalían de la cerca; si algo se veía eran
cosas poco gratas, sobrevenidas durante su ausencia. Se presentó á la
abertura de la expresada cerca (pues de puerta ni aun señales había),
y lanzó una ojeada á todo alrededor. ¡Pobre viña! Por espacio de dos
inviernos consecutivos, las gentes del pueblo habían ido á cortar leña,
á la propiedad del infeliz muchacho, como ellos decían. Las cepas,
las moreras, los árboles frutales de todas clases, veíanse arrancados
ó pisoteados. Distinguíanse también algunos vestigios del antiguo
cultivo: tiernas ramas, jóvenes retoños de higueras, albérchigos y
ciruelos, se veían esparcidos por todas partes, y mezclados al través
de una espesa y nueva verdura que no debía su nacimiento á la mano
del hombre; la ortiga, el helecho, la cizaña, la grama, la bellesca,
el amaranto, la achicoria y acederas crecían entre otra innumerable
porción de plantas semejantes, á las cuales la gente del campo de cada
país forma una clase á su modo, y les da la nominación de malas yerbas.
Troncos de diversas magnitudes se empujaban y trataban de adelantarse
unos á otros, apretándose en la tierra, y disputándose por último un
sitio por doquier. Aquello era una vasta y confusa mezcla de hojas, de
flores, de frutos de mil colores, de mil formas y tamaños; racimos de
uvas, mazorcas de maíz, espiguillas y florecitas blancas, encarnadas,
amarillas y azules. Algunas plantas más vistosas, más aparentes, pero
que no valían mucho más, se destacaban del fondo de todas aquellas
vulgares; en primer lugar, distinguíase la zarzamora con sus largas
ramas de color rojo, con sus pomposas hojas de un verde oscuro, algunas
de ellas matizadas en sus extremidades de un color de púrpura, con sus
pequeños racimos sumamente agrupados, sostenidos por el pie con una
especie de ramitas violadas, luego verdes, y en la punta guarnecidas
de flores blanquizcas; en segundo lugar, el tejo tan común, con sus
grandes hojas lanudas y colgantes, dirigida su cima al cielo, y
sus largas espigas esparcidas y formando estrellas de flores de un
amarillo brillante; multitud de cardos con sus erizadas púas, hojas,
cálices de donde salían mazorcas de blancas y purpúreas flores, las
cuales se deshacían azotadas por la suave brisa que se las llevaba á
manera de plateadas y ligeras plumas. Aquí una prolongada guirnalda
de alboholes, entrelazada á los nuevos retoños de un moral, los había
con sus ondulantes hojas, meciéndose en graciosos festones sobre su
copa, y ostentando sus blancas y sedosas campanillas: allá un cítiso
con sus encarnadas bayas se había unido á las nuevas cepas de una viña,
la cual después de haber buscado inútilmente un apoyo más sólido,
había enlazado á su vez sus vides á aquél, y mezclando sus débiles
extremidades se arrastraban uno en pos de otro, á semejanza de los que
se sienten sin fuerzas y se apoyan mutuamente. Todo se veía cubierto
de hiedra, la cual discurría de una planta á otra, trepaba, volvía
á deshacer lo andado, replegaba sus ramas ó las extendía, según los
obstáculos ó apoyos que encontraba, y habiendo atravesado el mismo
dintel de la puerta, parecía que se había colocado en dicho sitio para
disputar la entrada aun al propio dueño.
Mas éste ni siquiera pensó entrar en semejante viña, y acaso no estuvo
tanto tiempo mirándola, como nosotros hemos tardado en describirla.
Separó su vista de tan doloroso espectáculo: su casa, estaba á muy
poca distancia; atravesó el huerto, hundiéndose hasta la rodilla en
la yerba, de la cual se veía cubierto del mismo modo que la viña. Puso
el pie en el pavimento de una de las habitaciones que eran bajas: al
ruido de sus pisadas, á su sola aproximación, multitud de enormes
ratas espantadas huyeron en desorden y corrieron á esconderse en un
inmenso montón de inmundicias que cubría todo el suelo: aquello era
todavía el lecho de los lasquenetes. Echó una ojeada á las paredes;
viólas descascaradas, sucias, ahumadas: alzó los ojos al techo: largas
tramas de telarañas colgaban por todas partes. Esto era lo único que
allí había. Separóse también de aquel lugar de desolación, con las
manos puestas en la cabeza; volvió atrás repasando el sendero que él
mismo había hecho momentos antes; á pocos pasos tomó un pequeño camino
hacia la izquierda, que se dirigía al campo; y sin ver ni oir á alma
viviente, llegó cerca de la casita, en donde había resuelto pedir un
asilo. La noche comenzaba á cubrir la tierra con su lúgubre y negro
manto. El amigo de que ya hemos hablado, estaba sentado en el umbral
de la puerta, en un banco de madera con los brazos cruzados sobre el
pecho, los ojos fijos y levantados al cielo, como un hombre abrumado
por las desgracias é irritado por la soledad. Al oir ruido de pasos,
vuelve la cabeza, con el fin de ver quién se acercaba; y como la
oscuridad y el follaje no le permitían distinguir bien los objetos,
exclamó en alta voz, poniéndose en pie y alzando ambas manos: “¿No se
encuentra, por ventura, otro más á propósito que yo? ¿Acaso no he hecho
ayer bastante? Dejadme descansar un poco; esto será también una obra de
misericordia”.
Renzo, ignorando lo que dichas palabras querían significar, le
respondió llamándole por su nombre.
--¡Renzo!... dijo aquél prorrumpiendo en una exclamación y preguntando
á la vez.
--El mismo, contestó Renzo; y corrieron el uno al encuentro del otro.