Así como en las calamidades públicas, y cuando el orden regular se

ve invertido y perturbado por espacio de largo tiempo, se encuentra

siempre un aumento, una sublimidad de virtud; así también igualmente

aparece un acrecentamiento por lo ordinario mucho más general de

perversidad. Los malvados que la epidemia perdonaba y no aterraba

encontraron en la confusión común, en la tibieza de la fuerza pública,

una nueva ocasión de actividad, y al propio tiempo un nuevo y seguro

medio de impunidad, mayormente cuando el uso de la fuerza pública

misma fué á parar en gran parte á manos de los más osados de entre

ellos. Para desempeñar los oficios de _monatti_ y _apparitori_ no

se hallaban más que hombres en quienes el atractivo de la rapiña

y licencia tenía más poder que miedo al contagio y la repugnancia

natural. Se les habían prescrito estrechísimas reglas, intimado las

más severas penas, señalándoles sus puestos, sometiéndoles al mando

de comisarios, según ya hemos dicho, estando unos y otros sujetos

á la autoridad de los magistrados y nobles, con la facultad de

proveer sumariamente á todas las medidas de orden y buen gobierno

que reclamasen las circunstancias. Semejantes disposiciones tuvieron

efecto hasta cierto tiempo; pero creciendo todos los días el número

de muertos, la desolación, el espanto y el aislamiento, se vieron

libres de toda autoridad, faltando quien los tuviese á raya, haciéndose

principalmente los _monatti_ dueños y árbitros de todo. Entraban en

las casas como amos ó como enemigos, y sin hablar del pillaje y de

los malos tratamientos que hacían experimentar á los infelices que la

epidemia condenaba á caer bajo su férula, los malvados ponían sus manos

infestadas y criminales sobre las personas sanas, sobre los hijos,

padres y esposos, amenazándoles con llevarles al lazareto si no se

rescataban ó eran rescatados á fuerza de dinero. Otras veces ponían á

precio sus servicios, rehusando el llevarse los cadáveres en estado ya

de putrefacción si no se les daba tal ó cual suma. Dícese también, y

aun el mismo Dr. Tadino lo afirma, que dejaban caer á propósito de sus

carros los efectos infestados, con el objeto de propagar el contagio,

pues que para ellos era un manantial de riquezas y de regocijo.

Otros bribones, fingiéndose _monatti_, y atándose una campanilla á

los pies, según estaba prescrito como distintivo, y para advertir su

aproximación, se introducían en las casas y robaban á mansalva: en

algunas abiertas sin inquilinos, ó habitadas solamente por algunos

desdichados moribundos, los ladrones las saqueaban á discreción y sin

ninguna especie de temor; otras eran ocupadas é invadidas por esbirros,

los cuales hacían lo mismo, si no peor.

Á la vez que la perversidad, creció la demencia; todos los errores,

ya más, ya menos dominantes, tomaron á causa del aturdimiento y de

la agitación de los ánimos una fuerza extraordinaria, produciendo

efectos más rápidos y más vastos; todo lo cual sirvió para dar fuerza

y engrandecer el miedo de las unturas consabidas, que según hemos

visto era otra maldad. La imagen de este supuesto peligro asediaba y

atormentaba los espíritus, mucho más que el peligro presente y real.

Además de los montones de cadáveres hacinados siempre á nuestra vista,

dice Ripamonti, los cuales obstruían el paso de los transeúntes,

convirtiendo á la ciudad entera en un vasto cementerio, había otra cosa

más funesta y horrorosa aún; ésta era la desconfianza recíproca, la

monstruosidad de las sospechas... No sólo huía uno de su vecino, de su

amigo y de su huésped, sino que los dulces nombres, los tiernos lazos

de esposo, padre, hijo, hermano, eran objeto de terror; ¡y cosa indigna

y horrible de expresarse!, la misma mesa de la familia, el lecho

nupcial, eran mirados como lazo ó como sitios destinados á ocultar la

ponzoña.

Después de la ambición y concupiscencia, que fueron los primeros

motivos atribuidos á los envenenadores, llegó á creerse que éstos

encontraban en su modo de obrar cierta voluptuosidad diabólica, cierto

atractivo más poderoso que su voluntad. El delirio de los enfermos,

que se acusaban á sí mismos de lo que habían temido de parte de los

demás, se asemejaban á otras tantas revelaciones voluntarias; lo cual

contribuía para dar crédito á todo aquello. Y más que las palabras eran

las demostraciones las que debían conmover los ánimos, si acontecía

que los enfermos en su delirio hacían lo que en su imaginación se

figuraban que ejecutaban los envenenadores; circunstancia, por otra

parte, muy probable y propia para explicar la persuasión general y el

testimonio de muchos escritores. Así es que durante el largo tiempo

y triste periodo de las pesquisas judiciales tocante á la magia, las

confesiones algunas veces voluntarias de los acusados sirvieron no

poco para esparcir y mantener la opinión que reinaba con respecto á

los sortilegios; pues cuando una opinión obtiene un vasto y prolongado

imperio, se expresa de todos modos, prueba todas las salidas, recorre

todos los grados de la persuasión, y es difícil que todos ó una gran

parte crean por mucho tiempo que se haga una cosa extraña sin que venga

alguno el cual se imagine hacerla.

Entre las anécdotas, á las cuales dió lugar ese delirio de los

envenenamientos, hay una que merece ser referida por el crédito que

adquirió y por el giro que tomó. Contábase, no por todos del mismo modo

(que sería un privilegio demasiado especial de la fábula), sino casi

unánimemente, que una persona, en tal día, había visto llegar á la

plaza de la catedral un carruaje tirado por seis caballos, y dentro de

él, entre otros que le acompañaban, se hallaba un gran personaje, cuyo

rostro aparecía sombrío y bronceado, sus ojos inflamados, erizados los

cabellos, y en sus labios dibujaba una expresión amenazadora. Mientras

que el espectador permanecía embobado mirando el expresado carruaje,

éste se había parado, y el cochero le invitó á subir, á lo cual no

supo negarse. Después de diversos rodeos, el carruaje se volvió á parar

á la puerta de cierto palacio, en el cual entraron todos, y el curioso

juntamente con ellos, viendo en su interior escenas deliciosas y al

propio tiempo de horror, espantosos desiertos y risueños jardines,

sombrías cavernas y magníficos salones: en uno de éstos, los hombres

fantasmas tomaron asiento y se pusieron á deliberar. Finalmente, le

habían enseñado grandes cajas llenas de dinero, diciéndole que tomase

cuanto quisiera, con tal que aceptase un frasquito del consabido unto,

y fuese á esparcirlo por la ciudad. Mas no habiendo querido consentir,

se había encontrado en un decir Jesús en el mismo sitio en donde había

subido al carruaje. Esta relación, generalmente creída por el pueblo,

y de la cual, según dice Ripamonti, muchos hombres de juicio no se

burlaron lo bastante, se extendió por toda Italia y también fuera de

ella. En Alemania se vieron láminas que representaban dicha paparrucha.

El arzobispo elector de Maguncia, escribió al cardenal Federico,

preguntándole qué había de cierto acerca de los hechos maravillosos que

se decía pasaban en Milán, á lo cual Federico contestó que no eran otra

cosa, que sueños de imaginaciones exaltadas.

De igual valor, si no en un todo igual naturaleza, eran los sueños

de los hombres instruidos, si bien que sus efectos no eran menos

desastrosos. La mayor parte de ellos veían el anuncio y la causa

de aquellas calamidades en un cometa aparecido en 1628, y en una

conjunción de Saturno con Júpiter. Los mismos médicos que, como Tadino

y Settala habían desde un principio anunciado la peste, viéndola

introducirse por doquier, siguiendo su pista, y observando todos sus

progresos, concluyeron por ceder al torrente de la opinión general,

atribuyendo á envenenamientos, á conjuros diabólicos y á otras mil

patrañas, los accidentes ordinarios de la enfermedad. Entre las muchas

anécdotas que circulaban de boca en boca, se contaba como verídica

la siguiente: Diz que cierto día se introdujeron en la habitación

de un enfermo unas cuantas personas desconocidas, las cuales le

ofrecieron curarle y darle una gran remuneración si untaba las casas

circunvecinas; mas como aquél rehusase, dichas personas habían

desaparecido, quedando en su lugar un lobo debajo de la cama, y encima

tres gatos.

Los magistrados, diezmados todos los días, aterrorizados y confusos,

empleaban la poca resolución que les quedaba en buscar los

envenenadores. Entre los escritos de aquella época que se conservan

en el archivo general de Milán, se encuentra una carta (sin ningún

documento que se refiera á ella), en la cual el gran canciller Antonio

Ferrer, informa seriamente, y con la mayor urgencia al gobernador,

de haber recibido un aviso, en que se le decía que en una casa de

campo, propia de los hermanos Gerónimo y julio Monti, nobles milaneses,

se componía veneno en tanta cantidad, que cuarenta hombres estaban

ocupados _en este ejercicio_[21], con la ayuda de cuatro caballos

de Brescia, los cuales hacían venir los materiales de Venecia _para

la fábrica de veneno_. Añade que él había tomado con sigilo las

disposiciones necesarias para mandar á la citada quinta al podestá

de Milán y al auditor de la junta de sanidad con treinta soldados de

caballería; que por desgracia uno de los hermanos había sido advertido

á tiempo para hacer desaparecer el cuerpo del delito, y probablemente

por medio del mismo auditor amigo suyo, y que éste buscaba excusas para

dar tiempo y no partir; pero que no obstante, el podestá, acompañado

de fuerza armada, había _ido á reconocer la casa para ver si hallaba

algunos vestigios_, como igualmente para tomar informes y prender á

todos aquellos que fuesen culpables.

Los procesos á que dieron margen semejantes imposturas, no eran

ciertamente los primeros de este género, y no se pueden, con todo,

considerar como una rareza en la historia de la jurisprudencia. La

descripción que podríamos hacer de dicho proceso, sería larga y

dolorosa; mas éste no es lugar á propósito para tratar de ella con la

atención que merece, pues sería preciso escribir una historia aparte.

Por lo tanto, dejando á otros escritores el cuidado de hacerlo más

circunstanciadamente, volveremos, por último, á buscar á nuestros

personajes, para no abandonarlos ya más hasta el fin.

NOTAS:

[18] P. Verri, en sus observaciones sobre la tortura.

[19] En aquella época los llamaban en Milán _untori_, que literalmente

traducido, equivale á untadores, dándoles este nombre, porque según

decían, lo untaban todo con sustancias venenosas.--_Nota del T. E._

[20] Agustín Lampugnano.

[21] Todas las palabras en itálicas en el original están en español,

pues ya sabemos que Antonio Ferrer lo era.--_Nota del T. E._

CAPÍTULO DECIMOQUINTO

Una noche, á fines del mes de agosto, justamente cuando la peste se

hallaba en su mayor incremento en Milán, se dirigía D. Rodrigo á su

casa, acompañado de su fiel _Griso_, uno de los tres ó cuatro que

habían quedado vivos de toda su servidumbre. Volvía de una reunión de

amigos acostumbrados á juntarse para tratar de distraer por medio de

francachelas y comilonas la melancolía inherente á los calamitosos

tiempos que corrían; á cada día que trascorra, se les unían otros

nuevos, al paso que iban faltando de antiguos. Aquel día D. Rodrigo

estuvo sumamente alegre y festivo, y entre otras cosas había hecho reir

mucho á la sociedad con una especie de elogio fúnebre á la memoria del

conde Attilio, arrebatado por la peste dos días antes.

Sin embargo, á medida que iba andando, sentía un malestar, un

abatimiento, una flojedad en las piernas, una dificultad en respirar,

un ardor interior, que hubiera querido atribuir únicamente al vino,

al continuo trasnochar, á la influencia de la estación. Durante todo

el camino no abrió la boca siquiera; y llegados á casa, la primera

palabra fué ordenar al _Griso_ que le alumbrase hasta su cámara. Cuando

estuvieron en ella, el _Griso_ observó que el semblante de su dueño

estaba desencajado, encendido, los ojos centelleantes y casi fuera

de sus órbitas. Conservábase á una distancia respetuosa, porque en

aquellas peligrosas circunstancias todo bribón se había visto obligado

á adquirir, según vulgarmente se dice, ojo médico.

--¿Ves? estoy bueno, dijo D. Rodrigo, que leyó en el rostro del

_Griso_ el pensamiento que pasaba por su mente.--Me siento bien; pero

he bebido mucho, acaso demasiado. Ya se ve; la _vernaccia_[22] era

tan excelente... Mas durmiendo bien, todo desaparecerá. El sueño me

abruma... Quita esa luz que me ofusca la vista... ¡me incomoda tanto!...

--Esto son los humos de la _vernaccia_, dijo el _Griso_, permaneciendo

siempre á cierta distancia.

Conviene que su señoría se acueste pronto, pues el dormir le vendrá

perfectamente.

--Tienes razón; si es que puedo dormir... Por lo demás, me siento

bien. Ponme aquí cerca esa campanilla, por si acaso esta noche

necesitase algo; y ten cuidado si la oyes sonar; ¿entiendes? Mas no

tendré necesidad de nada... Llévate pronto esa maldita luz, siguió

diciendo, mientras que el _Griso_ obedecía, acercándosele lo menos

posible.--¡Diablo! ¡que tenga que incomodarme tanto!...

El _Griso_ cogió la bujía, y deseando á su señor una buena noche, salió

precipitadamente de la estancia, mientras que D. Rodrigo se ocultaba

bajo el cobertor de su lecho.

Mas el citado cobertor pesaba sobre él como si fuese un monte. Lo

arrojó lejos de sí, y se acurrucó con el objeto de poder dormir,

porque efectivamente se moría de sueño. Apenas sus ojos se cerraban,

despertábase en extremo sobresaltado, como si alguno le hubiese dado

un fuerte golpe, sintiendo que se aumentaba su malestar y crecía su

insufrible ardor. Pensaba en el sofocante calor del estío, en la

_vernaccia_, en los excesos que cometía, habiendo querido encontrar en

todo esto, la causa de sus sufrimientos. Mas una idea venía á mezclarse

siempre involuntariamente á dichos pensamientos; una idea que se

introducía, por decirlo así, en todos los cerebros, que formaba parte

de todas las conversaciones y discursos que se tenían en aquellas

orgías, porque era más fácil hacer escarnio de ella que pasarla en

silencio; á saber, la peste.

Después de haber luchado terriblemente consigo mismo por espacio de

largo tiempo, acabó por dormirse, y tuvo los sueños más confusos y

desordenados del mundo. Le pareció que se hallaba en medio de una

vasta iglesia, al frente de una inmensa muchedumbre. Ignoraba cómo se

encontraba en aquel paraje y cómo le había venido á la imaginación

semejante pensamiento, especialmente en aquellas circunstancias;

lo cual le enfurecía sobremanera. Paseaba sus miradas sobre los

circunstantes, no viendo más que semblantes descarnados, lívidos,

con ojos apagados ó extraviados, y los labios colgando. Los vestidos

de estas asquerosas criaturas se caían á pedazos, y al través de los

agujeros se divisaban horrorosos bubones y manchas sanguinolentas.

Figurábase que gritaba “Apartaos, canalla”; y dirigiendo su vista

hacia la puerta, que estaba sumamente lejos, y dando un grito con

aire amenazador, pero sin moverse, pegó todo lo posible sus brazos

al cuerpo para no rozar con nadie, aunque le tocaban ya bastante por

todas partes. Pero ninguno de aquellos insensatos daba señales de

moverse, ni de oirle; por el contrario, le tenían fuertemente oprimido,

pareciéndole además que alguno de ellos con el codo le apretaba en el

costado izquierdo junto al corazón y debajo del brazo, en cuyo sitio

experimentaba agudas y dolorosas punzadas. Movíase violentamente, hacía

inútiles esfuerzos para salir de tan penosa situación; mas de repente

parecíale que se sentía picado de nuevo en el mismo paraje. Furioso

quiere llevar la mano á la espada, y ve que se ha deslizado á lo largo

de su cuerpo, siendo el pomo lo que le oprime en aquel sitio, en el

cual va á buscar su espada que no encuentra, sintiendo en su lugar un

dolor todavía más agudo. Agitado y sin aliento quiere esforzarse á

gritar, cuando ve que todas aquellas figuras se precipitaban hacia un

solo lado. Lanza en la misma dirección su extraviada vista; descubre un

púlpito, apareciendo en él confusamente un objeto vago y movible; luego

ve elevarse una cabeza rapada, después dos ojos, una cara, una larga

y blanca barba, un fraile de pie con la mitad del cuerpo fuera del

púlpito; en una palabra, Fr. Cristóbal. Le parece á D. Rodrigo que el

capuchino, después de haber recorrido con la vista á todo el auditorio,

la fija sobre él, levantando al mismo tiempo la mano, juntamente

en la misma actitud que había tomado en una de las salas de su

palacio. Entonces él también alza la suya con furia, hace un esfuerzo

desesperado como para lanzarse á detener aquel brazo suspendido sobre

su cabeza: un gruñido sordo detenido en su garganta sale de repente

convertido en un alarido terrible, de cuyas resultas despierta. Deja

caer su brazo, que en efecto había levantado, tardando un buen rato en

recobrarse y abrir bien los ojos, porque la luz del día, ya bastante

avanzado, no le molestaba menos que la de la bujía de antes. Por último

reconoce su lecho, su cámara; comprende que todo aquello no había

sido más que un sueño; la iglesia, el pueblo, el fraile, todo había

desaparecido, á excepción del dolor en el costado izquierdo. Al propio

tiempo sentía en el corazón una palpitación violenta y agitada, un gran

zumbido en los oídos, un fuego interior que le consumía, y una pesadez

en todos los miembros mucho peor aún que cuando se había ido á acostar.

Vaciló un instante antes de mirar la parte donde tenía el dolor;

finalmente, la descubre, le arroja una pavorosa mirada, y distingue un

espantoso tumor de un lívido purpúreo.

D. Rodrigo se vió perdido: el temor á la muerte se apoderó de él,

experimentándolo acaso mucho más al imaginar que podría llegar á

ser presa de los _monatti_, siendo llevado y lanzado al lazareto.

Buscando el modo de evitar esta horrible suerte, sentía que sus ideas

se oscurecían y turbaban, viendo aproximarse el momento en que no le

quedaría más recurso que entregarse á la desesperación. Luego cogió con

mano convulsa la campanilla, y la agitó violentamente. El _Griso_, que

estaba alerta, se presentó en seguida. Detúvose á cierta distancia del

lecho, miró atentamente á su señor, y se cercioró de lo mismo que la

noche antes no había pasado de una conjetura.

--_¡Griso!_, dijo D. Rodrigo, sentándose en el lecho con mucho trabajo:

tú has sido siempre mi favorito.

--Sí, señor.

--Te he tratado bien siempre.

--Ciertamente; por un efecto de vuestra gran bondad.

--¡Me puedo, pues, fiar de ti!...

--¡Diablo!

--_Griso_, me siento malo.

--Ya lo había conocido.

--Si me pongo bueno, te trataré todavía mejor de lo que lo he hecho

hasta aquí.

Nada contestó el _Griso_, y estuvo esperando adónde iría á parar con

tales preámbulos.

--De nadie quiero fiarme más que de ti, continuó diciendo D. Rodrigo;

_Griso_, hazme un favor.

--Mande su señoría.

--¿Sabes dónde vive el cirujano Chiodo?

--Perfectamente.

--Es un excelente sujeto, que cuando se le paga bien oculta á los

atacados de la peste. Anda á buscarlo: dile que le daré cuatro, seis

escudos por visita, más, si quiere más; pero que venga pronto; y haz

la cosa de modo que nadie se aperciba de ello.

--Muy bien pensado, dijo el _Griso_; voy y vuelvo al momento.

--Oye, _Griso_, dame primero un poco de agua. Siento un ardor que no

puedo resistir más.

--No señor: nada sin aviso del médico. Son enfermedades sumamente

prontas; por consiguiente, no hay tiempo que perder: tranquilícese su

señoría; en un decir Jesús estaré aquí con el Sr. Chiodo.

Al concluir de pronunciar las anteriores palabras, salió cerrando la

puerta.

D. Rodrigo, habiendo vuelto á acurrucarse en su lecho, lo seguía con

la imaginación á la casa de Chiodo; contaba los pasos, y calculaba

el tiempo. De vez en cuando miraba su tumor del costado izquierdo;

mas volvía en seguida la vista hacia otro lado con el mayor

estremecimiento. Al cabo de poco rato empezó á prestar atención, con

el objeto de ver si oía llegar al cirujano; y semejante esfuerzo de

atención suspendía el sentimiento del mal, y le dejaba libre el uso

de sus pensamientos. De repente oye un ruido lejano de campanillas,

que le parece más bien que viene del interior de su casa que no de la

calle. Escucha atentamente, y á cada instante lo percibe más fuerte,

más repetido, acompañado al mismo tiempo de un rumor de pisadas, con

cuyo motivo una horrible sospecha se le presenta de súbito á la

imaginación. Consigue incorporarse, y se sienta: se pone á escuchar

aún con más atención, y distingue claramente un ruido sordo en la

vecina estancia, como de una cosa pesada que depositan en el suelo con

precaución. Saca las piernas fuera del lecho en ademán de levantarse,

clava la vista en la puerta, la ve abrirse y aparecer por ella dos

viejos y sucios vestidos rojos, dos criaturas malditas; en una palabra,

dos _monatti_. Finalmente, divisa á medias la figura del _Griso_, el

cual permanece espiando, oculto detrás de una de las hojas de la puerta

que ha quedado entreabierta.

--¡Ah, traidor infame!... ¡Fuera de aquí, vil canalla! ¡Blondino,

Carlotto!, ¡socorro, que me asesinan!, grita desaforadamente D.

Rodrigo: mete una mano debajo de la almohada para buscar una pistola,

la coge, trata de amartillarla, mas ya es tarde, porque á su primer

grito, los citados _monatti_ se habían precipitado hacia su lecho. El

más ágil se le echa encima antes de que pueda hacer ningún movimiento;

le arranca la pistola de la mano, arrójala lejos de sí, le fuerza á

volverse á acostar, y lo sujeta fuertemente exclamando con un acento

de rabia y de mofa á la vez: “¡Ah, bribón! ¡hacer armas contra los

_monatti_!, ¡contra los ministros de la junta de sanidad!, ¡contra los

que hacen tantas obras de misericordia!”.

--Sujétalo bien, hasta que lo saquemos de aquí, dijo el compañero,

encaminándose hacia una grande arca que se hallaba en la misma

habitación. Después de esto entró el _Griso_ y le ayudó á forzar la

cerradura.

--¡Malvados!, gritó D. Rodrigo con acento de desesperación, mirando

al _Griso_ por debajo del que le sujetaba, y forcejeando entre sus

nervudos brazos.--Dejadme matar á ese infame, decía en seguida á los

_monatti_, y después haced de mí lo que queráis. Luego volvía á llamar

con toda la fuerza de sus pulmones á los demás criados; mas era en

vano, porque el abominable _Griso_ los había alejado, con supuestas

órdenes del mismo amo, antes de ir á proponer á los expresados

_monatti_ dicha expedición, y dividir con ellos los despojos.

--Tranquilizaos, tranquilizaos, decía al desventurado Rodrigo el bribón

que lo tenía tendido sobre el lecho; y volviéndole después hacia los

que saqueaban, les gritaba: haced las cosas como hombres de honor.

--¡Tú, tú!, exclamaba con rabia D. Rodrigo, dirigiéndose al _Griso_, al

cual veía ocupado en destrozarlo todo, en sacar el dinero, los efectos

y hacer las particiones. ¡Tú!, ¡después!... ¡Ah, demonio infernal!

¡Todavía puedo curar!, sí; ¡puedo aún ponerme bueno! El _Griso_ no

resollaba siquiera, y con todo trataba de evitar todo lo posible

el dirigir la vista hacia el lado de donde partían las anteriores

palabras.

--Tenlo firme, decía el otro _monatto_, porque está frenético.

Efectivamente era así. Después de exhalar un gran grito, después de

hacer un último y más violento esfuerzo con el fin de recobrar su

libertad, cayó de repente fatigado é insensible; sin embargo, todavía

lanzaba miradas estúpidas, y de vez en cuando daba fuertes sacudidas ó

arrojaba débiles quejidos.

Los _monatti_ le cogieron el uno por los pies y el otro por debajo de

los brazos, y fueron á colocarlo en una camilla que habían dejado en

la habitación inmediata; en seguida uno de ellos volvió para tomar el

botín, después de lo cual, cargando con la miserable carga, se alejaron.

El _Griso_ se quedó con el objeto de escoger lo que le pudiese ser de

más utilidad; hizo un fardo de todo ello y tomó la puerta. Á pesar

de haber tenido mucho cuidado de no tocar á los _monatti_, ni de ser

tocado por ellos, con todo, en medio del frenesí por robar que se había

apoderado de él, cogió del lado del lecho los vestidos de su amo, y los

sacudió sin reflexionar nada, con el ansia de ver si tenían dinero.

Esto tuvo no obstante el día siguiente sus consecuencias. En efecto,

mientras estaba divirtiéndose en una taberna, se sintió sobrecogido de

terribles calofríos, sus ojos se oscurecieron, le faltaron las fuerzas

y cayó desplomado. Abandonado por sus compañeros, fué á parar en manos

de los _monatti_ los cuales, habiéndole despojado de todo lo bueno que

llevaba, le echaron sobre un carro, en el cual expiró, antes de llegar

al lazareto donde había sido conducido su amo.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 20 / 29 段