El gobernador les dió por respuesta pésames y nuevas exhortaciones,

sintiendo mucho el no poder encontrarse en la ciudad para emplear

todos sus cuidados en procurar su alivio, pero esperando al mismo

tiempo que el celo de los magistrados supliría esta falta; que

las circunstancias exigían gastar sin economía, y que era preciso

ingeniarse de cualquier modo que fuese. En cuanto á las peticiones

expresadas, _proveeré en el mejor modo que el tiempo y necesidades

presentes permitieren_; concluyendo la carta con un garrapato que

quería decir, Ambrosio Spínola, tan claro como sus promesas. El gran

canciller Ferrer le escribió que su contestación había sido leída

por los decuriones _con gran desconsuelo_; finalmente, á todas las

preguntas contestó con respuestas evasivas; los demás mensajes que le

enviaron tuvieron los mismos resultados. Algún tiempo después, cuando

la epidemia se hallaba en su mayor fuerza, el gobernador confirió su

autoridad al citado Ferrer, teniendo él, según decía, que dedicarse

exclusivamente á los cuidados de la guerra, la cual, sea dicho aquí de

paso, después de haberse llevado ya, por la parte más corta, un millón

de personas, sin contar los soldados, por medio del contagio, entre

la Lombardía, el territorio veneciano, el Piamonte, la Toscana y la

Romanía; después de haber desolado, como hemos visto más arriba, los

lugares por donde pasó; después de la toma y atroz saqueo de Mantua,

finalizó reconociendo todos al nuevo duque, por cuya exclusión se había

emprendido la expresada guerra. Sin embargo, es preciso decir que se

vió obligado á ceder al duque de Saboya una parte del Monferrato, cuyas

rentas ascendían á quince mil escudos, y otras tierras á Ferrante,

duque de Guastalla, que redituaban seis mil: que fué hecho otro tratado

aparte, y con el mayor secreto, en el cual el mencionado duque de

Saboya cedió Piñerol á la Francia: tratado llevado á ejecución poco

tiempo después bajo otros pretextos y á fuerza de picardías.

Juntamente con aquella resolución, los decuriones habían tomado otra,

á saber, la de pedir al cardenal arzobispo que se hiciese una solemne

procesión, llevando por la ciudad el cuerpo de S. Carlos. El buen

prelado rehusó por muchas razones. La confianza en un medio dudoso le

desagradaba, y temía que si el efecto no correspondía, según pensaba,

aquélla no se convirtiese en escándalo. Temía además que si había

envenenadores, la expresada procesión serviría de ocasión favorable

para cometer el crimen; si no los había, recelaba que una tan gran

reunión de gente no podía hacer más que propagar el contagio, peligro

mucho más real y verdadero. La sospecha acerca de los envenenadores,

adormecida hasta entonces, se despertó más general y furiosamente que

antes.

Se había visto de nuevo, ó se había creído ver al presente, untadas las

paredes, las puertas de los edificios públicos, las de las casas y las

aldabas con sustancias venenosas. La noticia de tales descubrimientos

volaba de boca en boca, y como sucede siempre cuando los ánimos están

preocupados, el oir referir la cosa producía el mismo efecto que si se

viese. Los espíritus agriados cada vez más, y sobremanera irritados

por la inminencia del peligro, abrazaban voluntariamente aquella

creencia; pues la cólera aspira á castigar; y como observó sabiamente,

á propósito de esto, un hombre célebre[18], gusta más atribuir los

males á una perversidad humana, contra la cual se puede ejercer la

venganza, que no á otra causa, á la que es indispensable resignarse.

La idea de un veneno sutil, instantáneo, y en sumo grado penetrante,

era motivo más que suficiente para explicar la violencia, todos los

accidentes más incomprensibles y desordenados de la enfermedad. Decíase

que en la composición de dicho veneno, entraban sapos, culebras, y

pus y baba de los apestados; en fin, todo lo que las imaginaciones

feroces y perversas podían encontrar de más irritante. Añadíanse á esto

los maleficios, por cuyo medio todo efecto lograba ser posible, toda

objeción venía á quedar sin fuerza, toda dificultad se resolvía. Si

los efectos no habían seguido inmediatamente á la primera tentativa,

fácilmente se adivinaba la causa; consistía en que los envenenadores

eran todavía novicios, mientras que al presente el arte se había

perfeccionado, y las voluntades estaban mejor afirmadas en su infernal

resolución. Si alguno se hubiera atrevido á sostener que aquello era

una burla, si hubiese negado la existencia de una negra trama, habría

pasado por ciego, por un obstinado, si no se le sospechaba interesado

en distraer de la verdad la atención pública, ó de ser cómplice ó

envenenador[19], este vocablo se hizo rápidamente común, solemne,

terrible. Era tal el convencimiento de que existían envenenadores, que

se debían descubrir casi infaliblemente; todos los ojos estaban alerta;

la acción más indiferente podía excitar sospechas, cambiándose éstas

muy pronto en certidumbre, y la certidumbre en furor.

En confirmación de lo dicho, Ripamonti cita dos hechos, siendo de

advertir el haberlos escogido, no como los más atroces de los que

tenían lugar diariamente, sino porque desgraciadamente los había

presenciado ambos.

En la iglesia de S. Antonio, cierto día de no sé qué solemnidad, un

anciano más que octogenario, después de haber orado un rato puesto

de rodillas, quiso sentarse, y antes de verificarlo sacudió el polvo

con su capa. “¡Aquel viejo unta los bancos!”. gritaron á un tiempo

algunas mujeres que vieron aquella acción. La gente que se hallaba

en la iglesia (¡en la iglesia!) se arroja inmediatamente sobre el

anciano, ásenle de sus blancos cabellos, le dan de puñadas y puntapiés,

lo lanzan, lo empujan hacia fuera; si no acabaron con él, fué para

arrastrarlo medio muerto á la cárcel, ante el juez, al tormento. Yo

mismo en persona vi en tan deplorable situación, á aquel desgraciado,

dice Ripamonti, é ignoro el fin de su dolorosa aventura; pero estoy

segurísimo que sobreviviría muy pocos instantes á tan bárbaros y

crueles tratamientos.

El otro caso tuvo lugar al siguiente día; fué igualmente extraño, pero

no de funestas consecuencias. Tres jóvenes amigos franceses, el uno

literato, el otro pintor y el tercero mecánico, recién llegados con el

objeto de visitar la Italia toda, estudiar las antigüedades y hacer

algún dinero, se acercaron á cierta parte exterior de la catedral

y se pusieron á contemplarla con la mayor atención. Uno que pasaba

los vió y se paró; hizo señas á un segundo, éste á un tercero, y así

sucesivamente, hasta formar un círculo á su alrededor; no se les perdió

de vista un solo momento, porque su traje, su peinado, su equipaje,

en fin, los acusaba de extranjeros, y lo que era peor entonces, de

franceses. Para cerciorarse de que la pared era de mármol, alargaron

la mano para tocarla: esto fué lo suficiente. En un momento fueron

envueltos, atados, abrumados de golpes y arrastrados á la cárcel. Por

fortuna el palacio de justicia está cerca de la catedral, y también

felizmente para ellos, los hallaron inocentes y los soltaron.

Todo esto no sucedía solamente en la ciudad: el frenesí se había

propagado del mismo modo que el contagio. El viajero encontrado por

los aldeanos fuera del camino real, ó que en este mismo se parase con

el objeto de mirar cualquiera cosa por insignificante que fuese, ó se

echase para descansar un poco; el desconocido que en su aspecto ó en

su traje les pareciese tener algo de extraño ó sospechoso, al instante

eran calificados de envenenadores. Al solo aviso del primero que los

veía, al grito de un niño, se tocaba á rebato, y todo el mundo acudía;

los desventurados se veían asediados por una granizada de piedras, ó

cogidos y conducidos á la cárcel con la mayor violencia por un pueblo

furioso. Acerca de esto dice el citado Ripamonti que en aquellas

circunstancias la cárcel era un lugar de seguridad.

Entretanto los decuriones á quienes la denegación del sabio prelado

no había desanimado, redoblaban las instancias que el voto público

secundaba por medio de sus clamores. Federico se resistió aún algún

tiempo, trató de convencerlos en todo lo que puede la razón de un

hombre contra la fuerza de los tiempos y la insistencia de muchos. Por

último, después de haber sido instado con exceso, cedió: no diremos que

fuese ó no causa de una voluntad un poco débil, hizo más que consentir

en que se verificase la procesión: permitió que la urna que encerraba

las reliquias de S. Carlos permaneciese expuesta por espacio de ocho

días á la pública veneración sobre el altar mayor de la catedral.

La junta de sanidad y las autoridades no se opusieron ni hicieron

demostración de ninguna especie en contra de semejante disposición.

Únicamente la expresada junta ordenó algunas precauciones, que sin

reparar el peligro, indicaban el temor. Dió las más severas órdenes con

el objeto de impedir la entrada en la ciudad á las gentes de afuera; y

á fin de asegurar mejor la ejecución, hizo cerrar las puertas. Quiso

también alejar todo lo posible de la concurrencia á los infestados y

sospechosos, y mandó clavar las puertas de las casas secuestradas,

las cuales, según dice un escritor contemporáneo, ascendían casi á

quinientas.

Se gastaron tres días en los preparativos. Al rayar la aurora del día

11 de junio, que era el señalado, salió la procesión de la catedral.

Veíase en primer lugar una larga fila de pueblo, compuesta la mayor

parte de mujeres con el rostro cubierto de grandes máscaras de seda,

muchas con los pies descalzos y revestidas de cilicios. Seguían luego

los gremios, precedidos por sus estandartes, las cofradías con trajes

de varias formas y colores; después el clero regular y secular, cada

uno con las insignias de su dignidad, y llevando en la mano un cirio

encendido. En medio de dicha procesión, entre el brillante resplandor

de un sinnúmero de hachas, de la melodiosa armonía de los cánticos,

y debajo de un rico palio, avanzaba la urna, llevada en andas por

cuatro canónigos vestidos con largos y rozagantes trajes de seda, cuyos

individuos se relevaban de cuando en cuando. Al través de los cristales

de la citada urna se divisaban los mortales despojos del santo,

revestido de magníficos hábitos pontificales, y cubierta la cabeza

con la mitra. En sus facciones descompuestas y mutiladas se podían

distinguir aún algunos vestigios de su antiguo semblante, según nos

le representan las imágenes, tal como algunos se acordaban de haberlo

visto y honrado en vida. Detrás de los despojos del santo prelado

(dice Ripamonti, del cual principalmente tomamos esta descripción), y

próximo á él, tanto por sus méritos, linaje y dignidad, como por su

persona, venía el arzobispo Federico. Seguía luego el resto del clero;

después los magistrados en traje de ceremonia, tras éstos los nobles;

unos ricamente vestidos, como en solemne demostración del culto; otros

en señal de penitencia enlutados, descalzos y cubiertos de cilicios,

oculto el semblante bajo oscuras capuchas; todos con hachas encendidas.

Por último, una inmensa muchedumbre de pueblo terminaba el suntuoso

cortejo.

Toda la carrera por donde había de pasar la procesión estaba adornada

como en los más solemnes días de fiesta. Los ricos habían sacado sus

adornos más preciosos; las fachadas de las casas pobres habían sido

decoradas por los vecinos pudientes, ó á expensas del público. Aquí

en lugar de colgaduras, y allá sobre las colgaduras mismas se veían

pendientes formando graciosos festones, ondulantes guirnaldas de verdes

hojas; por todas partes se veían cuadros, inscripciones y emblemas;

osténtanse en los balcones ricos jarrones, raras antigüedades, muebles

preciosos, luces por doquier. Divisábanse en muchos de aquellos

balcones á los enfermos separados de comunicarse con los demás que

miraban la procesión, y la acompañaban con sus preces. Las calles

restantes estaban mudas y desiertas; solamente algunas personas desde

lo alto de las ventanas prestaban oído á aquel vago rumor; otras, y

entre éstas se veían hasta religiosas, que se habían subido á las

azoteas para ver si desde dicho sitio podían distinguir, aunque fuese

de lejos, aquella urna, aquel acompañamiento, por último, una tan

suntuosa procesión.

Ésta pasó por todos los barrios de la ciudad. En cada una de las

encrucijadas ó plazoletas que se encuentran á los extremos de las

calles principales que van á desembocar á los arrabales se hacía una

parada: colocábase la urna junto á las cruces erigidas por S. Carlos en

la anterior epidemia, de las cuales permanecen en pie algunas hoy día;

de modo que la procesión dió la vuelta á la catedral poco después del

mediodía.

Mas al día siguiente, mientras que reinaba en los ánimos una

presuntuosa confianza, y en muchos la certeza fanática que la citada

procesión debía haber puesto fin á la peste, he aquí que el número

de muertos aumentó en todas las clases y en toda la ciudad, con tal

exceso, y de un modo tan repentino, que no hubo nadie que no viese

la causa ó la ocasión en la procesión misma. Mas ¡oh poder admirable

y doloroso de una preocupación general! el mayor número no atribuyó

este efecto á hallarse reunidas tantas personas, ni á la infinita

multiplicación de contactos fortuitos, sino á la facilidad que habían

tenido los envenenadores para ejecutar en grande sus infernales

designios. Se dijo que mezclados entre la multitud habían infestado

con sus untos á toda la gente que les fué posible. Pero como esta

idea no podía ser suficiente para explicar una mortandad tan vasta

y tan esparcida en toda clase de personas, como según todas las

apariencias, al ojo más atento, que la sospecha hacía más perspicaz,

no había sido posible hallar unturas ni manchas de ninguna especie,

ni en las paredes, ni en otra parte alguna, se recurrió para la

explicación del hecho á otro expediente ya antiguo y muy admitido por

la opinión general en Europa, á saber: la existencia de polvos mágicos

y emponzoñados. Se aseguró que dichos polvos sembrados con profusión

por la carrera, y principalmente en los parajes en donde la procesión

hacía alto, se habían pegado á las colas de los vestidos, y todavía más

en los pies de los muchos que habían ido aquel día descalzos. Vióse

por tanto, dice un célebre escritor contemporáneo[20], el mismo día

de la procesión, mezclada la piedad con la impiedad, la perfidia con

la sinceridad, y la pérdida con la adquisición. ¡De tal modo el pobre

entendimiento humano se complace en debatir con los fantasmas creados

por él mismo!

Desde entonces la furia del contagio fué siempre en aumento; al poco

tiempo no quedó casa que estuviese libre de él. El número de los

enfermos dentro del lazareto ascendió desde dos mil hasta doce mil; y

más tarde, según el decir de todos, llegó hasta diez y seis mil. El 4

de julio, según se encuentra en una carta dirigida por los miembros

de la junta de sanidad al gobernador, la mortandad diaria pasaba

de quinientas víctimas; más adelante, cuando la enfermedad llegó á

su colmo, según el cálculo más común, morían mil doscientos, mil

trescientos; y si hemos de dar crédito al doctor Tadino, hubo días en

que llegaron á más de tres mil quinientos. Él mismo afirma, que por

las pesquisas hechas después de la peste se vió la población de Milán

reducida á poco más de sesenta y cuatro mil almas, siendo así que antes

pasaban de doscientas cincuenta mil. Según Ripamonti, sólo constaba el

pueblo de Milán de doscientas mil: al hablar del número de muertos,

dice que por los registros de la ciudad resultan ciento cuarenta mil,

además de los que no pudieron entrar en cuenta. Los demás escritores de

aquella época dicen poco más ó menos lo mismo.

¡Júzguese cuáles serían las angustias de los decuriones, á quienes

había quedado la pesada carga de proveer á las necesidades públicas,

y reparar lo que era reparable en un desastre semejante! Veíanse

precisados á sustituir y aumentar diariamente á los individuos

encargados de prestar al público servicios de toda especie. Se dividían

en tres clases: la una era de los _monatti_; esta denominación era

ya muy antigua y de dudoso origen, designando con ella á los hombres

dedicados á los trabajos más terribles y peligrosos durante la

epidemia, pues quitaban los cadáveres de las casas, de las calles,

los conducían en carros hasta el sitio en donde los enterraban,

verificándolo ellos mismos; llevaban los atacados al lazareto, los

cuidaban; en fin, quemaban y purificaban los objetos infestados

y sospechosos. La segunda clase era conocida bajo el nombre de

_apparitori_; sus funciones especiales eran ir delante de los carros

mortuorios, avisando por medio del sonido de una campanilla á los

transeúntes que se apartasen, y finalmente, la tercera clase, á los que

daban el nombre de _comisarios_, que presidían á unos y á otros, bajo

las inmediatas órdenes de la junta de sanidad. Era indispensable que el

lazareto estuviese provisto de médicos, cirujanos, drogas, alimentos,

de todo el ajuar en fin necesario á un hospital; siendo preciso también

hallar y disponer otros sitios para acoger á los enfermos que todos

los días iban en aumento. Con este objeto se mandaron construir á

toda prisa chozas de madera y paja en todo el circuito del lazareto,

planteóse otro nuevo, formado de cabañas, y rodeado de un cercado de

tablas, capaz de contener en su interior cuatro mil personas; y no

bastando esto, ordenaron hacer otros dos; pusieron manos á la obra,

pero faltando medios, quedaron sin concluir. Los recursos, los brazos y

el valor iban disminuyendo á medida que se acrecentaban las necesidades.

No sólo la ejecución quedaba siempre detrás de los proyectos y de las

órdenes, no sólo se proveía con mucho trabajo y únicamente con palabras

á un gran número de necesidades perentorias, sino que se llegó á un

grado tal de impotencia y desesperación, que al fin y al cabo aun este

último recurso faltó del todo. Cada día por ejemplo morían abandonados

una gran multitud de niños, cuyas madres habían muerto de la peste.

La junta de sanidad propuso fundar una casa de asilo para esas

inocentes criaturas, como igualmente para las mujeres más indigentes

que estuviesen de parto, ó á lo menos que se hiciese algo en favor de

ellas; mas nada pudo alcanzar. Todos los socorros eran exclusivamente

para la soldadesca, porque el gobernador decía que se estaba en tiempo

de guerra, y era necesario tratar bien á los soldados.

Entre tanto, hallándose colmado de cadáveres un ancho y profundo foso

que se había hecho junto al lazareto, y quedando no sólo en él sino

en todas partes de la ciudad insepultos los nuevos cadáveres, que

aumentaban á cada instante; los magistrados, después de haber buscado

en vano brazos para desempeñar tan tristes faenas, se veían reducidos

á decir que no sabían ya qué partido tomar. Ignoramos de qué modo se

hubiera concluido semejante calamidad, á no haber venido un socorro

extraordinario. El presidente de la junta de sanidad acudió lleno de

desesperación y con los ojos anegados en lágrimas á aquellos dos buenos

é intrépidos frailes que gobernaban el lazareto. El padre Miguel se

empeñó en desembarazar á la ciudad de los cadáveres que la obstruían,

en el término de cuatro días, y en cavar, en una semana, dos fosos

que bastasen no sólo á las necesidades del momento, sino también á

lo que pudiese sobrevenir en lo sucesivo. Seguido de un compañero

también religioso, y de algunas personas de la sanidad nombradas por

el presidente, se dirigió al campo en busca de aldeanos; y en parte

por la autoridad de la expresada junta, en parte por la de su hábito

y palabras, reunió cerca de doscientos; á los cuales mandó hacer tres

grandes fosos; envió en seguida del lazareto á los _monatti_ para

que recogiesen los muertos; verificándose de tal manera, que el día

prefijado su promesa quedó cumplida.

Una vez el lazareto se quedó sin médicos; á fuerza de trabajo, de

mucho tiempo, y de grandes ofertas de dinero y honores, se pudieron

encontrar algunos, pero no los necesarios. Con frecuencia faltaban

víveres hasta el punto de hacer temer que el hambre contribuiría á

acrecentar el número de muertos; y más de una vez, mientras que se

ponían en práctica todos los medios posibles para buscar dinero ó

provisiones, con la esperanza no solamente de no hallarlo á tiempo,

sino ni aun de hallarlo nunca, llegaban de pronto abundantes socorros,

don inesperado de la caridad de particulares. En medio del aturdimiento

general, de la indiferencia que se experimentaba por las desgracias de

los demás, indiferencia que hacía nacer el temor que tenía cada uno

de por sí, se encontraron sin embargo almas piadosas que estuvieron

siempre dispuestas á dispensar beneficios, y otras personas además á

quienes la caridad nació con motivo de la pérdida de todas las alegrías

terrestres; así como en medio de la destrucción y terrible estrago que

reinaban se vieron hombres que emprendieron la fuga, siendo así que

eran los que debían velar y proveer á la seguridad pública, aparecieron

al propio tiempo otros que, siempre sanos de cuerpo y de un valor á

toda prueba, permanecieron fieles en su puesto: hubo también otros que,

por una admirable adhesión de piedad, tomaron sobre sí y llenaron con

una constancia heroica las funciones á las cuales no les llamaban sus

deberes.

Pero sobre todo, en lo que fué más digno de notarse la constancia más

firme y espontánea con respecto á desempeñar la penosa obligación que

les era impuesta, fué, repito, en los sacerdotes. En los lazaretos, en

la ciudad, su asistencia jamás faltó; por doquier había sufrimientos,

allí se les encontraba, siempre mezclados y confundidos entre los

enfermos y moribundos, estando ellos mismos con frecuencia moribundos

y expirando. Junto con los auxilios espirituales, prodigaban en cuanto

les era posible los temporales, prestando todos los servicios que

requerían las circunstancias. Más de sesenta párrocos de la ciudad

solamente murieron del contagio, cerca la novena parte de ellos.

Federico, como no podía menos de esperarse, inspiraba valor á todos,

y era el primero en dar ejemplo. Después de haber visto perecer en su

mismo palacio á casi todas las personas que le rodeaban, siendo rogado

por su familia, por las principales autoridades y príncipes vecinos

para que huyese del peligro yendo á vivir á una quinta aislada, rechazó

sus consejos é instancias con el mismo valor con que escribía á los

curas de su diócesis: “Estad dispuestos á abandonar esta vida mortal,

más bien que á esos desgraciados que son nuestros hijos y nuestra

familia; andad con amor al encuentro de la peste, como si fueseis á

buscar la otra vida, á adquirir un premio, pues que de este modo

podréis conquistar almas para Jesucristo”. No descuidó ninguna de las

precauciones compatibles con sus deberes; dió también instrucciones y

reglas al clero, no importándosele nada absolutamente, ni pareciendo

ver el peligro, por el cual tenía que pasar, al tratar de hacer bien.

Sin hablar de los eclesiásticos, con los cuales estaba siempre, con

el objeto de alabar y dirigir su celo, de excitar á los tibios y

remisos, enviándolos á los parajes en donde otros habían perecido,

quiso que tuviese libre acceso cualquiera que tuviese necesidad de él.

Visitaba los lazaretos para consolar á los enfermos y animar á los

que los servían; recorría la ciudad llevando auxilios á los infelices

incomunicados en sus casas, deteniéndose á sus puertas debajo de sus

ventanas para escuchar sus lamentos, dándoles en cambio palabras de

consuelo é inspirándoles valor. Se lanzó, por último, y vivió en medio

del contagio, admirándose él mismo, así que hubo cesado, de haber

salido ileso.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 19 / 29 段