lamentándose tanto de los males é incomodidades que sufría, cuanto de
ver desvanecerse la esperanza de abrazar pronto á su amada Lucía, que
según recordarán los lectores, justamente había llegado el otoño, en
el cual madre é hija habían proyectado volverse á ver; porque no era
de suponer que D.ª Prajedes quisiese ir hacia aquel lado en semejantes
circunstancias, habiendo, al contrario, salido de él, si por casualidad
se hubiese encontrado, como hacía todo el mundo.
La vista de los lugares hacía más vivos aún los pensamientos de Inés
y más punzante su disgusto. Habiendo salido de los senderos que
atravesaban los campos, entraron en el mismo camino real por el cual
la pobre mujer había ido acompañando por tan poco tiempo á la hija á
su casita, después de haber permanecido con ella en casa del sastre. Á
todo esto se divisaba ya la población.
--¿Iremos á saludar á esas buenas gentes? dijo Inés.
--Y también á descansar un poquito; pues, esta banasta empieza ya á
fastidiarme, y luego tenemos que comer un bocado, contestó Perpetua.
--Con la condición de no perder tiempo, pues no viajamos por diversión,
dijo D. Abundio.
Fueron recibidos con la mayor satisfacción y con los brazos abiertos:
es de advertir que traían á la memoria una buena acción. Haced bien
á todos cuantos podáis, dice en esta ocasión nuestro autor, y con
frecuencia encontraréis caras risueñas.
Al abrazar Inés á la buena señora, prorrumpió en un copioso llanto,
el cual le sirvió de un gran alivio, contestando con sollozos á las
preguntas que ella y su marido le hacían con respecto á Lucía.
--Está mejor que nosotros, dijo D. Abundio: se halla en Milán al abrigo
de todo peligro, y lejos de estas diabólicas escenas.
--¿Por ventura el señor cura y la compañía, van de huida? dijo el
sastre.
--Justamente, contestaron á un tiempo el amo y la criada.
--Lo siento mucho.
--Nos dirigimos, repuso D. Abundio, al castillo de ***.
--Muy bien pensado; estaréis tan seguros como en el cielo.
--¿Y aquí no tenéis miedo?
--Os diré, señor cura; juiciosamente pensando, según todas las
probabilidades, no deberían venir á alojarse aquí, á causa de estar
esto fuera de camino para esas gentes: cuando más podrán hacer alguna
escapatoria (lo que Dios no quiera), pero en todo caso siempre hay
tiempo: antes hemos de oir hablar de las infelices poblaciones por
donde irán pasando.
Los viajeros habían resuelto descansar algunos momentos, y como era
justamente la hora de comer, “Señores, dijo el sastre, os ruego que
honréis mi pobre mesa; francamente, consistirá en un solo plato que
tiene muy buena traza”.
Perpetua dijo que llevaba consigo algo con que romper el ayuno. Después
de algunos cumplidos por una y otra parte, acordaron juntar las
provisiones y comer en compañía.
Los niños se habían colocado con grande algazara alrededor de Inés,
su antigua amiga. El sastre ordenó prontamente á una de sus hijas (la
que había enviado con aquel plato de comida á la viuda María, según
recordarán los lectores), que fuese á asar unas castañas, que eran de
las primeras que se habían cogido.
--Y tú, dijo á un muchacho, marcha corriendo al huerto, y sacude bien
el albérchigo, recoge los que caigan, y tráelos; que vengan todos,
¿oyes? Y tú, dijo á otro, encarámate á la higuera y coge los higos que
estén más maduros. Éste es un oficio que conocéis demasiado.
Por lo que á él hace, fué á destapar un tonelito de vino, y su mujer
á traer ropa de mesa. Perpetua sacó sus provisiones, púsose la mesa,
se colocó en la cabecera una servilleta y un plato de loza para
D. Abundio, añadiendo Perpetua un cubierto que traía en la cesta.
Sentáronse á la mesa y comieron si no con grande alegría, á lo menos
con mucha más de la que ninguno de los comensales hubiera esperado
disfrutar aquel día.
--¿Qué decís vos, señor cura, de esa barahúnda de cosas? dijo el
sastre; me parece que estoy leyendo la historia de los sarracenos en
Francia.
--¡Qué queréis que diga! ¡Era preciso que me alcanzase esta nueva
desgracia!
--Pero habéis escogido un excelente refugio, replicó aquél, ¿quién
se atrevería á subir allí á la fuerza? Encontraréis una numerosa
concurrencia, porque he oído decir que se ha refugiado mucha gente, y
que continuamente va llegando más.
--Me atrevo á esperar que seremos bien recibidos. Conozco á ese buen
señor; y cuando una vez tuve que apersonarme con él, se portó muy bien
conmigo.
--Y conmigo también, interrumpió Inés; me mandó á decir, por conducto
de monseñor ilustrísimo, que cuando necesitase algo acudiese á él.
--Sublime y hermosa conversión repuso D. Abundio; persevera en ella,
¿no es cierto?, ¿persevera?
El sastre se puso entonces á hablar largamente acerca de la santa vida
que hacía el Incógnito, y cómo después de haber sido el cruel azote de
todas las cercanías, había llegado á ser el ejemplo y el bienhechor.
--¿Y la gente que tenía consigo... toda aquella servidumbre?...
replicó D. Abundio, el cual había oído decir algo, pero que no estaba
enteramente seguro.
--La mayor parte se han marchado, respondió el sastre; y los que
han quedado, han variado de vida, de tal modo... En una palabra, el
castillo se ha convertido en una nueva Tebaida: vos debéis saber todo
esto.
Luego se puso á platicar con Inés sobre la visita del cardenal.
“¡Grande hombre!, decía; ¡grande hombre!, ¡lástima que pasara por
aquí con tanta precipitación, pues ni aun pude honrarle como merecía.
¡Oh, cuán satisfecho estaría si pudiese hablarle otra vez, así, más
despacio!”.
Después que se levantaron de la mesa, les enseñó una estampa que
representaba al cardenal. La tenía pegada á una de las hojas de la
puerta, como en señal de veneración al personaje, y también para poder
decir á todo el mundo que el retrato no era parecido, porque él había
podido examinar de cerca, y con mucha calma, al cardenal en persona, en
aquella misma habitación.
Lo han querido hacer con esta cosa aquí... dijo Inés: el vestido le
parece; pero...
--¿No es verdad que no tiene parecido?, repuso el sastre: yo siempre
lo digo; no nos engañamos, ¿eh? Mas en su defecto está su nombre
debajo; al fin es un recuerdo.
D. Abundio daba prisa y estaba impaciente por llegar; el sastre se
empeñó en ir á buscar un carro que los condujese hasta el pie de la
subida; corrió, pues, con la mayor solicitud á su encuentro, y pocos
momentos después volvió diciendo que ya venía. Luego se dirigió á D.
Abundio, y le dijo: “Señor cura, si deseáis llevaros allá arriba
algún libro para pasar el tiempo, yo podré serviros, pues, aunque soy
un infeliz, me divierto también en leer un poco. Ello no serán libros
como los vuestros, por estar escritos en lenguaje vulgar, pero no
obstante...”.
--Gracias, gracias, respondió D. Abundio: las circunstancias son tales,
que apenas tiene uno cabeza para ocuparse de lo que es de obligación.
Mientras se dan y vuelven las gracias, se cambian los saludos y buenos
presagios, invitaciones y promesas de otra visita á la vuelta, el carro
ha llegado delante de la puerta de la calle. Colocan en él las cestas,
montan y emprenden con un poco más de calma y tranquilidad de espíritu
la segunda mitad del viaje.
El sastre había dicho la verdad á D. Abundio, con respecto á la nueva
vida del Incógnito. Desde el día en que lo dejamos, había continuado
haciendo lo que se propuso; á saber: reparar los males causados,
reconciliarse con sus enemigos, socorrer á los desgraciados, hacer, en
suma, todo el bien que pudiese. Aquel valor que en otro tiempo había
manifestado en ofender y defenderse, ahora lo mostraba en no hacer una
cosa ni otra. Iba siempre solo y sin armas, dispuesto á sufrir las
consecuencias posibles de tantas violencias como había cometido, y
persuadido que sería usar de una nueva si se valía de la fuerza para
defender su persona, que era deudora de tantas y tantas; convencido,
igualmente, de que todo el daño que se le hiciese sería una injuria
hacia Dios, pero con respecto á él una justa retribución, y que él
tenía menos derecho que cualquiera otra persona para castigar al que le
injuriase. Á pesar de todo esto, permanecía tan inviolable como cuando
tenía armados para su seguridad tanta multitud de brazos en unión con
el suyo. El recuerdo de su antigua ferocidad, y la vista de su actual
mansedumbre, la una que debía haber dejado naturalmente tantos deseos
de venganza, y la otra, que la hacía tan fácil, conspiraban, sin
embargo, á la vez, á vencer los odios, y á conquistarle una admiración
que le servía principalmente de salvaguardia. Éste era el hombre que
nadie había podido humillar, y que se había humillado á sí mismo. Los
rencores irritados otras veces por su desprecio y por el miedo que le
tenían, veíanse, al presente, embotarse ante aquella nueva humildad:
los ofendidos habían obtenido, contra toda esperanza y sin ninguna
especie de riesgo, una satisfacción que no hubieran podido prometerse
de la mejor venganza; esto es, el placer de ver á un hombre semejante
arrepentido de sus crímenes, y siendo partícipe, por decirlo así, de
su indignación. Existían muchos cuyo rencor se había hecho más amargo
y profundo á causa del infinito número de años que lo abrigaban, sin
haber podido encontrar durante tan largo trascurso de tiempo una
ocasión en que pudiesen ser más fuertes que aquel hombre para tomar la
revancha de los daños que les había causado; mas al verlo luego solo,
desarmado y en la actitud de un hombre que no opondría resistencia,
no sentían otro impulso hacia él más que una intensa veneración y
profundísimo respeto. En aquella voluntaria humillación, su presencia
y continente habían adquirido, sin que él lo supiese, un cierto no
sé qué de más noble y elevado, pues se traslucía en toda su persona,
todavía mejor que antes, la ausencia de todo temor. Los odios, aun
los más tenaces é inveterados, se sentían como ligados y contenidos
respetuosamente por la veneración general de la cual era objeto aquel
hombre arrepentido y tan benéfico. Dicha veneración era tal, que él
mismo se veía embarazado para sustraerse á las demostraciones que se le
hacían, teniendo que poner todo su cuidado en no dejar transparentar
en su semblante y ademanes, el sentimiento interior de compunción y
no humillarse mucho para no ser demasiado ensalzado. En la iglesia
eligió el sitio más inferior, y no había peligro que nadie lo ocupase;
hubiera sido lo mismo que usurpar un puesto de honor. Ofender pues á
semejante individuo ó tratarle con poco miramiento, podía parecer no
solamente una insolencia y villanía, sino también un sacrilegio; y los
mismos á quienes este sentimiento general podía servir de comedimiento,
participaban igualmente más ó menos.
Éstas y otras muchas causas alejaban también de él la venganza de la
fuerza pública, y le procuraban además por este lado una seguridad,
por la cual ningún cuidado pasaba. El rango y elevado nacimiento, que
en todo tiempo le habían servido de escudo, militaban aún más en su
favor, después que á aquel nombre ya famoso se unían las alabanzas
de una conducta sumamente ejemplar y la gloria de su conversión. Los
magistrados y los grandes se habían alegrado de ésta públicamente como
el pueblo, habiendo parecido extraño el enconarse contra el que era
objeto de tantas congratulaciones. Además de esto, un poder ocupado en
una guerra perpetua y siempre desgraciada contra rebeliones vivas y
renacientes, podía estar bastante satisfecho con haber librado de la
más indomable y molesta, para no ir á buscar otra; tanto más, cuanto
que dicha conversión producía reparaciones que el expresado poder no
estaba acostumbrado á obtener, ni tampoco á pedir. Martirizar á un
santo no parecía un buen medio para librarse de la vergüenza de no
haber sabido tener á raya á un facineroso, y el efecto que se hubiera
conseguido castigándole no habría sido otro que hacer volver á sus
semejantes á su antigua y criminal vida. Probablemente también la parte
que el cardenal Federico había tenido en la conversión, y su nombre
asociado al del convertido, servían á éste como de un impenetrable y
sagrado escudo. Y en ese estado de cosas é ideas, en esas singulares
relaciones de la autoridad espiritual y del poder civil, que tan á
porfía debatían entre sí sin pensar jamás en destruirse, mezclando
continuamente á las hostilidades, actos de reconocimiento y protestas
de deferencia, y que no obstante iban siempre de conserva á un fin
común, sin hacer nunca las paces, pudo parecer en cierto modo que
la reconciliación de la primera llevase consigo el olvido, si no la
absolución del segundo, cuando aquélla se había acumulado solamente
para producir un efecto querido de ambas.
Así, aquel hombre, sobre el cual, si hubiese caído, habrían corrido á
porfía grandes y pequeños á pisotearle, derribándose voluntariamente,
conseguía ser perdonado por todos, y venerado por muchos.
Es cierto que también había algunos á quienes aquel estrepitoso cambio
debía dejar muy disgustados; tales eran los ejecutores pagados para
cometer crímenes, los compañeros de delitos, que perdían una tan gran
fuerza, con la cual estaban habituados á crearse una renta, y que acaso
en el momento que esperaban la noticia de la ejecución, encontraban
á un mismo tiempo rotos los hilos de las tramas urdidas á fuerza de
tanto tiempo y trabajo. Pero ya hemos visto los diversos sentimientos
que la tal conversión hizo nacer en los corazones de los secuaces que
se encontraban entonces con él, y la cual oyeron anunciar por la misma
boca de su jefe: estupor, aflicción, abatimiento, cólera; un poco de
todo, menos desprecio ni odio. Lo propio sucedió á los demás que tenía
apostados en diferentes sitios, cuando llegaron á informarse de tan
terrible nueva; lo mismo á los cómplices de más alta importancia, y á
todos por las mismas causas. El odio principal, según dice Ripamonti,
recayó más bien sobre el cardenal Federico. Miraban á éste como el que
se había mezclado en sus negocios para destruirlos: el Incógnito había
querido salvar su alma; nadie tenía razón de quejarse.
Poco á poco la mayor parte de los antiguos sicarios del Incógnito,
no pudiendo acostumbrarse á su nueva disciplina, y no viendo tampoco
ninguna probabilidad de cambio, se fueron marchando. El uno había ido
á buscar un nuevo amo, acaso entre los amigos del que acababa de dejar;
el otro fué á alistarse en alguno de los tercios, como entonces se
llamaban, de España ó de Mantua, ó de cualquier otra parte beligerante;
éste se lanzó á los caminos reales, á fin de hacer la guerra por su
cuenta; y aquél, por último, se había contentado con ir tuneando á
sus anchas. Los que se hallaban á sus órdenes en diversos pueblos, se
vieron obligados á hacer poco más ó menos lo mismo. El pequeño número
de los que habían podido habituarse á aquel nuevo género de vida, y
que la abrazaron voluntariamente, naturales los más del valle, habían
vuelto á los campos ó á ejercer los oficios aprendidos en sus primeros
años, y abandonados después: los forasteros se quedaron en el castillo
en clase de criados; unos y otros, como convertidos al mismo tiempo que
su amo, pasaban del modo que éste su vida, sin hacer ni recibir daños,
inermes y respetados.
Mas cuando á la llegada de las tropas alemanas algunos fugitivos de las
poblaciones invadidas ó amenazadas se dirigían al castillo para pedir
un asilo, el Incógnito, sumamente satisfecho de que sus muros fuesen un
lugar de refugio para los débiles, así como en otro tiempo lo habían
sido de execración y espanto, acogía á esos desgraciados más bien con
expresiones de agradecimiento que de cortesía. Hizo publicar que su
casa estaría abierta á todo el que quisiera refugiarse, y se ocupó
en seguida de poner, no solamente el castillo, sino también el valle,
en estado de defensa, por si los lasquenetes ó dragones quisiesen ir
allí á hacer de las suyas. Reunió los servidores que le habían quedado,
que eran pocos, pero valientes, como los versos de Torti; hízoles
una arenga sobre la dichosa ocasión que Dios les ofrecía, así como
igualmente á él, de emplearse una vez en ayuda de su prójimo, al cual
tantas habían oprimido y asustado; y con aquel antiguo tono natural de
mando, que expresaba la certidumbre de ser obedecido, les anunció en
términos generales lo que él deseaba que hiciesen, y les prescribió
sobre todo cómo debían conducirse, á fin de que la gente que llegara
á refugiarse al castillo no viese en ellos todos más que amigos y
defensores. Mandó sacar de un desván en donde estaban hacinadas una
multitud de armas blancas y de fuego, las cuales distribuyó; hizo
decir á sus aldeanos y arrendadores del valle, que si querían ir
voluntariamente al castillo con armas, serían bien recibidos, y que el
que no las tuviese se le darían; nombró oficiales, señaló los puestos
á la entrada y en diversos parajes del valle, en la subida, á las
puertas del castillo; fijó las horas y el modo de relevarse, como en un
campamento, ó según se había verificado en dicho castillo mismo en los
tiempos de su vida criminal.
En un rincón del susodicho desván, se hallaban separadas del montón
las armas que él solo había usado: veíase allí su famosa carabina, sus
mosquetes, espadas, dagas, espadones, pistolas, cuchillos, puñales,
tirados por el suelo ó arrimados á la pared. Ninguno de los servidores
tocó á dichas armas; pero trataron de preguntar al señor las que
deseaba que le fuesen llevadas: ninguna, respondió; y ya fuese esto
voto, ya resolución, permaneció siempre desarmado á la cabeza de
aquella especie de guarnición.
Al mismo tiempo había puesto en movimiento á otros hombres y mujeres
de su casa y dependencias, para preparar en el castillo alojamiento
al mayor número de personas que fuese posible, haciendo disponer
camas, colocar jergones y colchones en las salas, las cuales estaban
transformadas en dormitorios. Había dado orden para que trajeran
provisiones en abundancia, con el objeto de subvenir á las necesidades
de los huéspedes que Dios le enviase, y cuyo número iba aumentándose de
día en día. En el ínterin él no permanecía ocioso; veíasele tan pronto
dentro como fuera del castillo, ya arriba, ya abajo de la colina; era
digno de contemplar con qué solicitud recorría el valle, estableciendo,
reforzando y visitando los puestos, examinándolo todo, dejándose ver,
poniendo y conservando el orden por medio de sus palabras, de sus
miradas, y de su presencia. En su castillo, por los caminos, acogía á
todos los fugitivos que encontraba; y todos, ya fuese que lo hubiesen
visto, ó lo viesen por la primera vez, lo miraban estáticos, olvidando
un momento los pesares y temores que los habían lanzado á aquellos
sitios, y se volvían aún á mirarlo, cuando apartándose de ellos
continuaba su camino.
NOTAS:
[13] Nombre que se daba antiguamente á los soldados alemanes, ya
fuesen de á pie ó de á caballo.--_Nota del traductor español._
CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO
Aunque el mayor concurso no se hallase por el lado que nuestros tres
fugitivos se aproximaban al valle, sino más bien en la parte opuesta,
no obstante, empezaron á encontrar compañeros de viaje y de infortunio,
que llegaban por caminos de travesía y pequeños senderos al camino
real. En semejantes ocasiones todos los que se encuentran se tratan
como antiguos conocimientos. Cada vez que el carro alcanzaba algún
caminante, se cambiaban de un lado y de otro una multitud de preguntas
y respuestas. Éste se había escapado del mismo modo que nuestros
personajes, sin esperar la llegada de los soldados; aquél había oído
los tambores y las cornetas; otro por último los había visto, y los
pintaba con el prisma que el espanto acostumbra dar á todas las cosas.
--Á Dios gracias, nosotros somos aún bastante afortunados. Por allá se
han quedado nuestros intereses, pero al menos estamos en salvo.
Mas D. Abundio no encontraba motivos de alegrarse tanto. Aquella
gran concurrencia de gente, y más todavía la que temía hallar en el
castillo, empezaba á entristecerle. “¡Oh, qué historia!” decía en voz
baja á las mujeres en un momento en el cual no había nadie alrededor.
“¡Oh, qué historia! ¿No comprendéis que reunirse tanta gente en un
sitio solamente, es lo mismo que el querer atraer por fuerza á los
soldados? Todo el mundo se esconde, todos huyen; en las casas no queda
nadie; en su consecuencia los soldados creerán que allá arriba están
los tesoros, y de seguro subirán. ¡Oh, infeliz de mí, en buena me he
metido!”
--¡Oh, no tendrán nada más que hacer que subir al castillo! decía
Perpetua; ellos también deben ir por su camino. Además, siempre he oído
decir que en los peligros es mejor el encontrarse muchos reunidos.
--¡Muchos, muchos! replicaba D. Abundio; ¡pobre mujer! ¿No sabéis que
cada lasquenete se comería cien de éstos? Y después, “¡si quisiesen
hacer locuras, sería una bonita cosa! ¿no es cierto que sería hermoso
el hallarse en medio de una batalla? ¡Oh, pobre de mí! Mejor hubiera
sido ir á refugiarse en los montes. ¡Que todos hayan de querer
ocultarse en un mismo sitio! ¡Maldita gente!”. En seguida refunfuñaba:
“Todos aquí; andad, andad pues; uno detrás de otro del mismo modo que
las ovejas”.
--Según esta cuenta, dijo Inés, ellos podrían decir otro tanto de
nosotros.
--Callaos, callaos, dijo D. Abundio; las habladurías no sirven de nada.
Lo hecho, hecho se queda; ya nos hallamos aquí, y por lo tanto, es
preciso que permanezcamos. Sucederá lo que Dios quiera: el cielo nos la
depare buena.
Mas lo peor fué cuando, á la entrada del valle, vió un numeroso puesto
de gentes armadas; los unos en la puerta de una casa, y los otros
en el piso bajo: mirólos de reojo; aquellos rostros no eran los que
había visto en su primero y doloroso viaje, ó si encontraba algunos
estaban muy cambiados; pero á pesar de todo esto, no puede expresarse
la aflicción que le causó semejante vista. “¡Oh, pobre de mí! se decía
interiormente: ¡He aquí si hacen locuras! No podía ser de otro modo:
yo debía esperarlo de un hombre como ése. Pero, ¿qué querrá hacer? ¿La
guerra acaso? ¿Querrá, por ventura, desempeñar el papel de rey? ¡Oh,
infeliz de mí! En las actuales circunstancias, en que sería preciso
esconderse bajo siete estados de tierra, él busca, al contrario, todos
los medios de hacerse ver, de darse á conocer á ellos, ó mejor diré,
quiere provocarlos”.
--Mirad, mirad pues, señor, le dijo Perpetua, si hay aquí gente
valiente que sabrá defendernos: que vengan ahora los soldados; aquí no
son como nuestros miedosos lugareños, que no tienen más que piernas
para correr.
--¡Silencio! respondió en voz baja D. Abundio, pero con iracundo
acento: “¡Silencio! pues no sabéis lo que os decís. Rogad al cielo que
los soldados tengan prisa para proseguir su camino, que no lleguen
á saber lo que aquí se hace, y que este lugar se dispone como un
fuerte. ¿Ignoráis, por ventura, que el oficio de los soldados es tomar
fortalezas? No buscan otra cosa; para ellos el dar un asalto es como ir
á unas bodas, porque todo lo que encuentran lo hacen suyo, y pasan á
todo el mundo á cuchillo. ¡Oh, Dios mío, Dios mío! Vaya; yo veré si hay
algún medio de ponerse en salvo sobre cualquiera de esos precipicios.
¡Oh, en una batalla, no me cogerán! ¡oh, de seguro! no me cogerán”.
--Si tenéis también miedo de ser defendido y auxiliado... volvía á
empezar Perpetua; mas D. Abundio la interrumpió ásperamente, pero
siempre en voz baja: “¡Silencio! procurad no traer á colación estas
cosas; recordad que aquí es preciso mostrar siempre la cara risueña y
aprobar todo lo que se ve”.