y otro además, en el cual le exhortaba que se encaminase prontamente

á libertar la Tierra santa. Pero es destino que los consejos de los

poetas no sean jamás escuchados; y si en la historia encontráis algunos

hechos conformes á lo que ellos han aconsejado, podéis decir sin rebozo

alguno que ya eran cosas resueltas anteriormente. El cardenal Richelieu

había al contrario decidido el volver á Francia para despachar los

negocios que le parecían más urgentes. Girolamo Soranzo, enviado de

Venecia, trató de aducir las más poderosas razones para combatir esta

resolución, pero el rey y el cardenal no hicieron más caso de su prosa

que de los versos de Achillini, y se volvieron con el grueso del

ejército, dejando únicamente seis mil hombres en Susa para ocupar el

paso y mantener el tratado.

Mientras que este ejército se alejaba por una parte, el de Fernando se

acercaba por otra, invadiendo el país de los Grisones y la Valtellina,

disponiéndose á penetrar en el milanesado. Además de todos los daños

que podían temerse de semejante paso de tropas, tenía avisos exactos

la junta de sanidad, la cual sabía que dicho ejército traía la peste;

pues siempre en aquel entonces había algunos gérmenes en las tropas

alemanas, según dice Varchi, hablando de la que un siglo antes habían

éstos llevado á Florencia. Alejandro Tadino, uno de los vocales de la

junta de sanidad, (componíase de seis, además del presidente, cuatro

magistrados y dos médicos), fué encargado por el tribunal, como refiere

él mismo, para hacer presente al gobernador el peligro espantoso que

amenazaba al país, si aquella gente pasaba por allí para ir al sitio de

Mantua, según las voces que corrían. Por todos los actos de D. Gonzalo

se traslucía el deseo que tenía de ocupar un lugar en la historia, la

cual efectivamente no pudo pasarlo en silencio; pero (como sucede con

frecuencia) no conoció ó no se cuidó de registrar uno de sus actos

más dignos de memoria, cual fué la contestación que dió á Tadino en

aquella ocasión. Respondió que no sabía qué hacerse; que las razones

de intereses y de honor, por las cuales dicho ejército se había puesto

en movimiento, eran de mayor peso que el peligro que se le oponía; que

trataría sin embargo, de arreglarlo como se pudiera, y que se debía

confiar en la Providencia.

Para disponerlo, pues, todo del mejor modo que fuese posible, los dos

médicos de la junta de sanidad (el citado Tadino y el senador Settala,

hijo del célebre Ludovico), propusieron que se prohibiese, bajo las más

severas penas, el que persona alguna comprase efectos de los soldados

que debían pasar; pero fué cosa imposible el hacer comprender la

necesidad de semejante orden al presidente, hombre, dice el Dr. Tadino,

sumamente bondadoso, el cual no creía que del comercio con las tropas,

y á causa de la venta de sus efectos, pudiese resultar la muerte de

tantos millares de personas.

Por lo que hace á D. Gonzalo, poco después de su célebre respuesta

salió de Milán, y la partida fué tan triste para él como lo eran los

motivos. Acababa de ser removido de su destino por efecto de los malos

sucesos de la guerra de la cual había sido el principal motor y jefe,

y el pueblo le echaba la culpa del hambre sufrida bajo su gobierno.

(Lo que había hecho por la peste se ignoraba, ó por lo menos nadie

se cuidaba de ello, según más adelante veremos, exceptuando la junta

de sanidad, y especialmente los dos médicos.) Al salir, pues, en su

carroza de viaje del palacio, en medio de una escolta de alabarderos,

marchando delante á caballo dos trompetas, y acompañado de otras

carrozas de nobles que formaban su séquito, fué saludado con una

estrepitosa salva de silbidos por los muchachos reunidos en la plaza de

la catedral, y que siguieron en tropel detrás del carruaje. Habiendo

entrado la comitiva en la calle que se dirigía á la puerta de salida,

se encontró en medio de una multitud de gente, que parte de ella estaba

ya esperándole, y parte acudía á dicho sitio; tanto más, cuanto que los

trompeteros, hombres de juicio, no cesaron de tocar desde el palacio

hasta la puerta. Y en el proceso que se formó sobre aquel motín,

haciendo cargos á uno de éstos, que con su incesante tocar había sido

causa de que se aumentase, contestó: “Respetable señor, ésta es nuestra

profesión; y si su excelencia no hubiese tenido gusto que tocáramos,

hubiera mandado que callásemos”. Pero D. Gonzalo, ó por repugnancia

de manifestar temor, ó por miedo de hacer con ello más atrevida á la

muchedumbre, ó porque estuviese efectivamente un poco aturdido, lo

cierto era que no daba ninguna orden. La multitud que los guardias

habían intentado en vano rechazar, precedía, rodeaba y seguía la

carroza gritando: “Ahí va la carestía; ahí va la sangre de los pobres”,

y muchas otras cosas peores aún. Cuando llegaron junto á la puerta,

empezaron á arrojar piedras, ladrillos, terrones y tronchos de berza,

proyectiles ordinarios en semejantes casos: una gran parte corrió á las

murallas, y desde allí hicieron una última descarga sobre las carrozas

que salían, después de lo cual se desbandaron precipitadamente.

En lugar de D. Gonzalo, fué enviado el marqués Ambrosio Spínola,

cuyo nombre había ya conquistado en las guerras de Flandes aquella

celebridad militar de que aún goza en el día.

Entretanto el ejército alemán, bajo el mando supremo del conde Rambaldo

di Collato, también jefe italiano, de menor fama, pero igualmente

célebre, había recibido la orden definitiva de ir á caer sobre Mantua,

entrando por lo tanto en el ducado de Milán en el mes de setiembre.

En aquella época, la milicia se componía todavía en gran parte de

soldados aventureros; reclutados por capitanes aventureros también,

á los cuales en Italia se les daba el nombre de _condottieri_, y que

no tenían otra profesión que ponerse al frente de una partida de

gente alistada bajo sus órdenes, algunas veces por comisión de tal ó

cual príncipe, otras por su propia cuenta, y para venderse después en

compañía de sus afiliados. Los hombres se adherían á dicha profesión,

menos por el sueldo que les estaba asignado que por la esperanza del

pillaje y demás atractivos de la licencia. En el ejército no había

disciplina alguna estable y general; ésta no hubiera podido avenirse

tan fácilmente con la autoridad en parte independiente de tanta

variedad de jefes. Por otra parte, éstos no eran muy escrupulosos con

respecto á la disciplina, y aun cuando lo hubiesen sido, se puede

juzgar que no hubieran podido establecerla ni mantenerla; pues soldados

de semejante especie, ó se sublevarían contra su jefe innovador, al

cual se le metiese en la cabeza el abolir el pillaje, ó cuando menos

el dejarlo contemplando sus banderas. Además, como los príncipes para

tomar, según se dice, dichas partidas á sueldo cuidaban más de tener

mucha gente para asegurar sus empresas, que en proporcionar el número

á los medios que poseían para pagarles, medios ordinariamente muy

escasos, así los sueldos jamás los percibían exactamente. Los despojos

de los países en los cuales habían guerreado ó recorrido, llegaban á

ser como un suplemento tácitamente convenido. La siguiente sentencia

de Wallenstein no es menos célebre que su nombre: “Es más fácil

mantener un ejército de cien mil hombres que uno de doce mil”. El de

que nosotros hablamos estaba en parte compuesto de gente que bajo su

mando había desolado la Alemania en aquella guerra célebre entre todas

las guerras, por lo cual por sí misma y por sus efectos tomó en seguida

el nombre de los treinta años de su duración. Su propio regimiento era

conducido por uno de sus lugartenientes, la mayor parte de los demás

jefes habían mandado bajo sus órdenes, y se encontraban algunos de

ellos, los cuales cuatro años después debían ayudarle á tener el fin

desgraciado que todos saben.

Eran veinte y ocho mil infantes y siete mil caballos. Al bajar de la

Valtellina para caer sobre Mantua, debían costear el Adda hasta el

sitio en que se lanza en el Po; entre todo, tenían que hacer ocho

jornadas de marcha por el ducado de Milán.

Una gran parte de los habitantes se refugiaban á los montes llevándose

sus objetos más preciosos, y echando adelante los animales; otros

permanecían en sus casas para cuidar algún enfermo, preservarla del

incendio, ó para velar sobre las ricas alhajas escondidas y enterradas;

otros, porque nada tenían que perder, y que al contrario hacían cuenta

de ganar, tampoco se movían. Cuando la primera división llegaba al

sitio en que debía detenerse, se esparcía en seguida por el pueblo y

sus cercanías, y luego se entregaba al saqueo: lo que podía ser comido

ó llevado, desaparecía; lo restante, lo destruían y arruinaban; los

muebles se veían convertidos en leña, las casas en establos. Todos

los escondrijos, todas las astucias para salvar las riquezas, eran

casi siempre inútiles, y algunas veces atraían mayores males. Los

soldados, gente muy práctica en las estratagemas de semejante modo de

guerrear, registraban hasta los más pequeños rincones de las casas,

agujereaban las paredes y las echaban abajo: descubrían con la mayor

facilidad en los jardines la tierra removida de nuevo; se dirigían

á los montes á robar los ganados, penetraban en las cuevas guiados

por algunos bribones del país, según llevamos dicho, en busca de los

ricos habitantes refugiados en dichos sitios; los despojaban, los

arrastraban á sus casas, y á fuerza de golpes y amenazas les obligaban

á indicar el lugar en donde tenían escondidos sus tesoros.

Por último, emprenden la marcha: ya han partido; se oye morir á lo

lejos el sonido de las cajas y cornetas; sucédense algunas horas

de un espanto más tranquilo; mas he aquí que un nuevo redoble de

tambores, otro maldito toque de cornetas, anuncia la llegada de una

nueva división. Los que la componían, furiosos por no encontrar ya

presa alguna, destruían todo lo que quedaba; quemaban los muebles, las

puertas, las vigas, y también las casas enteras; trataban del modo más

bárbaro y cruel á los habitantes, yendo así de peor en peor por espacio

de veinte días, con motivo de estar el ejército compuesto del mismo

número de divisiones.

Colico fué el primer pueblo del ducado que invadieron aquellos malos

espíritus: lanzáronse en seguida sobre Bellano; desde dicho punto

entraron y se esparcieron por la Valtellina, de donde desembocaron en

el territorio de Lecco.

NOTAS:

[6] Pan hecho de varias especies de granos.

[7] Llámase así el arroz sin mondar.

_Notas del traductor español._

[8] Medida que equivale á nuestra fanega, aunque es un poco

menor.--_Nota del traductor español._

[9] Historia patriæ, decadis V, lib. 6, pág. 386.--_Nota del autor._

[10] Noticia del origen y diarios sucesos de la gran peste contagiosa,

benéfica y maléfica, habida en la ciudad de Milán, &c. Milán 1648, pág.

20.

[11] El célebre Dr. F. Enrico Acerbi.

[12] Traducido literalmente: Sudad, oh fuegos, para preparar

metales.--_Nota del traductor español._

CAPÍTULO DECIMOPRIMERO

Aquí, entre los infelices amedrentados, encontramos personas muy

conocidas nuestras.

Quien no ha visto á D. Abundio el día que se esparció de repente la

noticia de la bajada del ejército, de su aproximación y de sus excesos,

no puede saber de ningún modo lo que es espanto. Ya vienen, son

treinta, cuarenta, cincuenta mil; son diablos, arrianos, antecristos;

han saqueado á Cortenuova; han pegado fuego á Primaluna; han destruido

á Introbbio, Parsturo, Barsio; han llegado á Balabbio; mañana estarán

aquí; tales eran las voces que corrían de boca en boca. Por doquier se

veía correr, pararse á su vez, consultarse tumultuosamente, titubear

entre el emprender la fuga ó quedarse; las mujeres se agrupaban

lanzando desesperados gritos y mesándose los cabellos.

D. Abundio, habiendo resuelto huir á todo evento, pues era el primero

que había tratado de ello, veía, sin embargo, en cada camino que iba á

tomar, en cada sitio en que pensaba refugiarse, obstáculos insuperables

y peligros espantosos. ¿Qué hacer?, exclamaba: ¿adónde ir? Los montes,

dejando aparte la dificultad del camino, no ofrecían seguridad; era

sabido que los lasquenetes[13] trepaban por ellos como gatos, con solo

que tuviesen algún indicio ó esperanza de poder hacer la menor presa.

El lago tenía muy hinchadas las narices; soplaba un viento sumamente

fuerte; además de esto, la mayor parte de los barqueros, temiendo

ser forzados á tener que pasar los soldados ó bagajes, se habían

refugiado con sus bateles á la orilla opuesta del Adda; las pocas que

aún quedaban se hallaban cargadísimas de gente, con cuyo enorme peso

y el temporal que reinaba, se temía que zozobrasen á cada paso. Para

alejarse y salir de la ruta que el ejército tenía que recorrer, no era

posible encontrar ni un carruaje, ni un caballo, ni algún otro modo

cualquiera. Yendo D. Abundio á pie no hubiera podido adelantar mucho

camino, y temía ser alcanzado. Los confines del territorio de Bérgamo

no se hallaban tan lejos que sus piernas no le pudiesen llevar de un

tirón; pero ya se había esparcido la noticia de haber salido de Bérgamo

á toda prisa un escuadrón de dragones para guardar la frontera y tener

á raya á los lasquenetes; aquéllos eran diablos en carne y hueso lo

mismo que éstos, y por su parte hacían todo el mal que les era posible.

El pobre hombre corría por la casa como un insensato y enteramente

fuera de sí; iba detrás de Perpetua para concertar con ella lo que

debía hacerse; pero ésta, ocupada del todo en reunir los objetos más

preciosos y en esconderlos debajo del pavimento ó en los más pequeños

agujeros, andaba apresuradamente, afanada, preocupada, con las manos

llenas, y respondía: “en concluyendo de poner todo esto en seguridad,

haremos en seguida lo que hacen los demás”. D. Abundio quería conversar

con ella y discutir acerca del partido que debían tomar; mas Perpetua,

entre los quehaceres y la prisa, y el miedo que tenía metido en el

cuerpo y la cólera que le causaba el de su amo, estaba en semejante

momento menos tratable que nunca. “¿No se ingenian los demás?, pues

nosotros también nos ingeniaremos. Permitidme que os diga que no

servís más que para estorbar. ¿Creéis que los otros no tengan también

su pellejo que salvar?, ¿juzgáis que los soldados vienen á haceros

á vos solo la guerra? Mejor sería que en lugar de venir delante y

detrás lloriqueándome y quemándome la sangre, me ayudarais á fin de

despachar más pronto”. Con éstas y otras contestaciones semejantes

se desembarazaba de él, habiendo ya decidido que luego que hubiese

concluido del mejor modo posible aquella precipitada operación, le

cogería de la mano como se hace con un niño, y lo arrastraría consigo

á los montes. Abandonado de este modo, se situaba en la ventana,

miraba por todas partes, aguzaba los oídos, y al ver pasar á la gente,

exclamaba con acento de queja y de reproche á la vez: “Haced la caridad

á vuestro infeliz cura de buscarle algún caballo, un mulo, un asno

cualquiera. ¿Es posible que nadie quiera socorrerme? ¡Oh, qué gente,

Dios mío! Á lo menos esperadme, para que pueda ir en vuestra compañía;

esperad á que seáis quince ó veinte para que yo marche con vosotros y

que no me vea abandonado. ¿Queréis dejarme en poder de esos perros?,

¿ignoráis por ventura que la mayor parte son luteranos, y que tienen

por una obra meritoria el asesinar á un sacerdote católico, apostólico,

romano?, ¿queréis dejarme aquí para que reciba el martirio? ¡Oh, qué

gente, qué gente!”.

Pero, ¿á quién dirigía estas palabras? Á hombres que pasaban encorvados

bajo el peso de su pobre ajuar, pensando en lo que dejaban en casa,

echando sus vacas por delante, siguiéndoles los hijos cargados con

cuanto podían, y sus mujeres llevando en hombros á los pequeñuelos que

no podían andar. Algunos pasaban de largo sin responder ni tan siquiera

mirar; otros le decían: “¡Eh! señor, componeos como mejor podáis;

dichoso vos que no tenéis que pensar en la familia; ayudaos, ingeniaos”.

“¡Oh, infeliz de mí! exclamaba D. Abundio. ¡Qué gente, qué corazones!

no hay caridad; cada uno sólo piensa en sí mismo, y de mí nadie se

acuerda”. Y después de esto se dirigía de nuevo en busca de Perpetua.

--¡Oh, casualmente, le dijo ésta, venís á propósito; ¿y el dinero?

--¿Cómo lo haremos?

--Dádmelo; iré á enterrarlo en el jardín juntamente con la plata.

--Pero...

--Pero, pero... dádmelo; guardad algunos sueldos para lo que pueda

ofrecerse, y después dejad lo demás á mi cuidado.

D. Abundio obedeció; se dirigió hacia su arca, sacó su pequeño tesoro,

y lo entregó á Perpetua, la cual dijo: “Voy á enterrarlo en el jardín,

al pie mismo de la higuera”; dicho lo cual salió.

Poco después volvió á aparecer con una banasta llena de comestibles y

un canastillo vacío, en el cual se puso á colocar apresuradamente un

poco de ropa blanca para ella y para su amo.

Hecho esto, dijo Perpetua: “Á lo menos llevaréis el breviario”.

--Pero, ¿adónde vamos?

--¿Adónde van todos los demás? Primeramente nos dirigiremos al camino,

y una vez allí, oiremos y veremos lo que mejor nos convenga hacer.

En el mismo momento entró Inés con una pequeña cesta en las espaldas, y

como en ademán del que viene á hacer una proposición importante.

Inés, decidida á no aguardar tampoco los tan peligrosos huéspedes,

viéndose en su casa enteramente sola, y además todavía con algún oro

del Incógnito, había estado largo tiempo dudando acerca del paraje

donde podría refugiarse. El resto de aquellos escudos, los cuales,

durante la época del hambre, le habían hecho tan al caso, era la

principal causa de sus alarmas y de su irresolución; pues había oído

decir que en los países ya invadidos, los que tenían dinero estaban

en una situación más terrible que los demás, viéndose expuestos á un

mismo tiempo á la violencia de los extranjeros y á las asechanzas de

sus compatriotas. Es verdad que no había confiado á nadie el secreto

del bien que le había llovido del cielo, según vulgarmente se dice, á

no ser á D. Abundio, á cuya casa iba de cuando en cuando á cambiar

los escudos, dejando siempre alguna cosa para que la diese á los que

fuesen más pobres que ella. Pero el dinero oculto, especialmente para

los que no están acostumbrados á manejarlo con frecuencia, tienen al

poseedor en una continua zozobra, con respecto á los demás. En la

ocasión presente, mientras que Inés iba escondiendo, ya por un lado, ya

por otro, las cosas mejores que no podía llevar consigo, y pensaba en

los escudos que llevaba cosidos en su vestido, recordó que juntamente

con ellos le había hecho el Incógnito las más cumplidas ofertas de

servirla en todo y por todo; acordóse también, de lo que había oído

contar tocante á su castillo situado en un lugar tan seguro, con el

cual nadie, á excepción de los pájaros, podía llegar contra la voluntad

de su dueño, por cuyo motivo resolvió ir á buscar un asilo. Calculó

cómo podría hacerse reconocer de aquel señor, y en seguida pensó en

D. Abundio, el cual, después de la conversación que había tenido con

el arzobispo, le había manifestado las muestras más particulares de

aprecio, con una efusión tanto mayor, cuanto que lo podía hacer sin

comprometerse, y que permaneciendo los dos jóvenes muy lejos, estaba

muy distante el caso de que se le pudiese hacer una petición, la cual

hubiera puesto su benevolencia á una muy dura prueba. Inés supuso,

pues, que en aquella barahúnda el pobre hombre debía hallarse más

embarazado y aturdido que ella, y que el partido que iba á proponerle

le parecería bueno. Habiéndolo encontrado en compañía de Perpetua,

expuso á ambos el motivo de su visita.

--¿Qué decís á esto, Perpetua?

--Digo que es una inspiración del cielo; que es preciso no perder

tiempo, y que nos pongamos al momento en camino.

--Y después...

--Después, después, cuando ya estemos allá, nos encontraremos muy

satisfechos. Al presente sabemos que ese señor no trata más que de

favorecer al prójimo, y tendrá un verdadero placer en proporcionarnos

un asilo. En aquel paraje, en la frontera misma, y casi perdidos en

los aires, no hay cuidado que vayan los soldados. Y luego, tampoco nos

faltará que comer; pues de lo contrario, allá en lo más elevado de

las montañas, cuando se nos hubiese concluido esta pequeña gracia que

Dios nos ha enviado, (y así diciendo, colocaba los víveres en la cesta

encima de la ropa blanca,) nos veríamos muy apurados.

--Conque ¿se ha convertido, convertido de veras, eh?

--¿Quién lo duda, después de todo lo que se sabe, después de lo que vos

mismo habéis presenciado?

--¿Y si fuésemos á meternos en la jaula?

--¿Qué jaula? Perdonad que os diga que con todas las cosas tan

insustanciales que se os ocurren, nunca se llegaría á resolver nada.

Excelente Inés, habéis tenido una bella idea; y al concluir estas

palabras, puso la banasta sobre una mesita, y, habiendo pasado los

brazos por las correas, se la cargó á las espaldas.

--¿No se podría, dijo D. Abundio, encontrar á algún hombre que viniese

con nosotros para escoltar á su cura? Si topásemos con algún bribón,

que en semejantes ocasiones se ven con frecuencia, ¿de qué ayuda

podríais servirme vosotras?

--¡Otra exigencia todavía!, ¡y siempre para perder tiempo! ¡Ir ahora

á buscar á ese hombre, cuando cada uno no piensa más que en sus

quehaceres! Acabemos de una vez: buscad vuestro sombrero y breviario, y

andando.

D. Abundio salió, y volvió al cabo de pocos instantes con el breviario

bajo del brazo, el sombrero puesto y bastón en mano, después de lo

cual salieron los tres por una puertecilla que daba á la plaza de la

iglesia. Perpetua la cerró, más bien para no omitir una formalidad, que

por la fe que ella tuviese en la cerradura y en las hojas de la puerta,

guardándose en seguida la llave en la faltriquera. D. Abundio, al pasar

por delante de la iglesia, le echó una ojeada, y dijo entre dientes:

“Al pueblo corresponde guardarla, pues que á él es para quien sirve. Si

tienen un poco de amor á su iglesia, tratarán de conservarla; si no lo

tienen, así sufran lo que ella”.

Dirigiéronse á través de los campos guardando el más profundo silencio,

pensando cada uno en sus propios negocios, y mirando en torno de

sí, principalmente D. Abundio, por si acaso divisaba alguna figura

sospechosa; ó algo de extraordinario. No encontraban á nadie: la gente

toda estaba metida en sus casas, con objeto de guardarlas, recogiendo

sus efectos, ó escondiéndolos, ó por los caminos que conducían

directamente á los montes.

Después de haber suspirado innumerables veces y dejado escapar alguna

interjección, D. Abundio empezó á murmurar ya, más continuadamente.

La tomaba con el duque de Nevers, que hubiera podido permanecer muy

bien en Francia gozando en hacer el príncipe, y que quería ser duque

de Mantua á despecho de todo el mundo. Luego la emprendía con el

emperador, que hubiera debido tener más juicio que los demás, dejando

seguir al agua su curso, no siendo tan quisquilloso; pues al fin y al

cabo, ¿por ventura no sería siempre el emperador, bien fuese duque de

Mantua, Ticio ó Sempronio? Pero con quien principalmente la pegaba era

con el gobernador, pues á éste correspondía haber alejado los azotes

del país, habiendo sido al contrario, el que los había atraído por su

afición á la guerra. Convendría que esos señores estuvieran aquí para

que viesen y probasen lo que es bueno. ¡Gran cuenta tienen que rendir!

Pero entretanto lo pagamos los que ninguna culpa tenemos.

--Dejad un poco tranquilas á esas gentes, pues ya no vendrán á

ayudarnos, decía Perpetua. Ya volvéis, perdonadme; ya volvéis á

vuestras tonterías, que á nada conducen. Lo que más bien me causa más

inquietud es...

--¿El qué?

Perpetua, que en el pedazo de camino andado había ido pensando con

todo sosiego en lo que había escondido tan precipitadamente, empezó á

lamentarse de haber olvidado tal cosa, ocultado mal tal otra, de haber

dejado en cierto paraje una señal que podía guiar á los ladrones, en

otro sitio...

--¡Muy bien!, dijo D. Abundio, tranquilizado ya por su vida lo

suficiente para afligirse por sus intereses. ¡Buena cosa habéis hecho

por vida mía! ¿En dónde teníais la cabeza?

--¡Cómo!, exclamó Perpetua, plantándosele delante y puesta en jarras,

según se lo permitía la banasta, con la cual iba cargada: ¡cómo!,

¡venís ahora con tales reproches, cuando vos érais el que me daba tanta

prisa, y me devanabais los sesos en vez de ayudarme y animarme! Antes

bien he pensado en las cosas de la casa que en las mías propias; nadie

ha habido que me diese una mano; todo ha tenido que pasar por mí; si

algo sale mal, ninguna culpa tengo; he hecho más de lo que debía.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 15 / 29 段