En la Malanotte encontraron otro puesto de gente armada, á los cuales

D. Abundio hizo un profundo saludo, diciendo entretanto para sí: “¡Ay

de mí, precisamente he venido á un campamento!” En esto se paró el

carro; D. Abundio se apresuró á pagar al conductor y lo despidió,

encaminándose con sus compañeras hacia la subida, sin proferir una

sola palabra. La vista de aquellos lugares le hacía aglomerar á la

imaginación, á la vez que las angustias presentes, el recuerdo de

las que había sufrido anteriormente: é Inés, que jamás había visto

aquellos sitios, y que se formaba en su mente un cuadro ideal cada vez

que pensaba en el espantoso viaje de Lucía, al verlos ahora según eran

verdaderamente, experimentaba como un nuevo y más vivo sentimiento

por aquellos crueles recuerdos. “¡Oh, señor cura! exclamó: ¡al pensar

solamente que mi pobre Lucía ha pasado por este camino!...”.

--¡Queréis callar, mujer sin juicio!, le dijo al oído D. Abundio; ¿son

palabras éstas para pronunciarlas aquí? ¿No sabéis que estamos en su

casa? La fortuna que ahora nadie os oye; pero si habláis de este modo...

--¡Oh!, dijo Inés, al presente, que es un santo...

--¡Silencio!, replicó D. Abundio; ¿creéis que á los santos se les puede

decir, así sin más ni más, lo que á uno se le antoje? Tratad más bien

de darle gracias por los bienes que os ha dispensado.

--¡Oh!, lo que es en esto ya había yo pensado; ¿creéis que no sepa

también yo algo de buena crianza?

--La buena crianza consiste en decir cosas que no puedan desagradar,

especialmente al que no está acostumbrado á oirlas; y tened ambas

entendido, que éste no es sitio de decir necedades ni habladurías. Ésta

es la casa de un gran señor, ya lo sabéis; ved cuánta gente le rodea;

las hay de todas clases; conque así tened juicio, si podéis; pesad las

palabras, y sobre todo hablad poco y sólo cuando sea necesario, que por

callar nada se pierde.

--Vos sí que todo echáis á perder con vuestras... volvía á decir

Perpetua. “¡Silencio!”, repitió en voz baja D. Abundio, y al momento

se quitó el sombrero precipitadamente é hizo un profundo saludo. Había

divisado al Incógnito que se dirigía á su encuentro: éste había visto

y reconocido á D. Abundio, y por lo tanto se encaminaba hacia él

apresuradamente.

--Señor cura, dijo cuando estuvo cerca; hubiera querido ofreceros mi

casa en mejor ocasión; pero de todos modos, experimento un gran placer

en poderos ser útil en algo.

--Confiado en la gran bondad de vuestra señoría ilustrísima, contestó

D. Abundio, me he atrevido á venir á molestaros en esta circunstancia;

y según ve vuestra señoría, me he tomado además la libertad de traer

compañía. Ésta mi ama...

--Bien venida, dijo el Incógnito.

--Y ésta, continuó D. Abundio, es una buena mujer á la cual vuestra

señoría ha dispensado mucho bien. Es la madre de aquella... de

aquella...

--De Lucía, dijo Inés.

--¡De Lucía!, exclamó el Incógnito, volviendo su inclinada frente hacia

Inés. ¡Mucho bien yo, justo Dios! Vos sois la que me colmáis de bienes

con vuestra venida... á esta casa. Bien llegada seáis, pues que traéis

la bendición del cielo.

--¡Oh, muy al contrario! Yo vengo más bien á importunaros. En seguida

ella añadió acercándose á su oído: “Vengo también á daros las gracias”.

El Incógnito se apresuró á interrumpirla, preguntándole con mucho

interés por Lucía. Luego que Inés le satisfizo, dió la vuelta para

acompañar al castillo á los nuevos huéspedes, como lo verificó á pesar

de la respetuosa resistencia de éstos. Inés echó al cura una mirada que

quería decir: “Ved si hay necesidad que os interpongáis entre nosotros

dos para darnos consejos”.

--¿Han llegado acaso los enemigos á vuestra parroquia?, preguntó el

Incógnito.

--No, señor: no he querido esperar á esos demonios. Sólo Dios sabe si

habría salido vivo de entre sus manos, y venido ahora á molestar á

vuestra señoría ilustrísima.

--Vamos, tranquilizaos, replicó el Incógnito: al presente estáis en

seguridad. Aquí no vendrán; y si quisiesen probarlo, estamos dispuestos

á recibirlos.

--Roguemos que no vengan, dijo D. Abundio; además, por aquel lado,

añadió señalando con el dedo las montañas opuestas que servían de

límites al valle; por aquel lado anda también otra cuadrilla de gente;

pero...

--Es verdad, respondió el Incógnito; mas no dudéis que también estamos

preparados contra ellos.

“¡Entre dos fuegos!, decía entre sí D. Abundio; ¡justamente entre dos

fuegos!, ¡adónde me he dejado arrastrar!, ¡y por dos charlatanas!,

¡cualquiera diría que este hombre se complace en meterse en medio de

todo! ¡Oh, qué gentes hay en el mundo!”

Habiendo entrado en el castillo, el señor hizo conducir á Inés y á

Perpetua á una estancia del lado señalado para las mujeres, el cual

ocupaba las tres alas del segundo patio, en la parte posterior del

edificio, situada sobre un peñasco solitario y de difícil acceso, que

dominaba á un precipicio. Los hombres habitaban las alas del otro

patio, á derecha é izquierda, y también la que daba sobre la explanada.

El cuerpo del medio, que separaba los dos patios, y se pasaba del

uno al otro por una vasta galería que iba á corresponder á la puerta

principal, estaba ocupado en parte por las provisiones, y servía

en parte de lugar de depósito para los efectos que los refugiados

deseaban poner en salvo. En el sitio destinado á los hombres, había

una pequeña estancia para los eclesiásticos que pudiesen llegar. El

Incógnito acompañó personalmente á D. Abundio á la referida estancia,

siendo el primero que tomó posesión de ella.

Nuestros fugitivos permanecieron veintitrés ó veinticuatro días en el

castillo, en medio de un movimiento continuo y numerosa compañía, la

cual al principio iba siempre en aumento, pero sin que aconteciese nada

que sea digno de contarse. No se pasaba día sin que dejase de haber

alarma: los lasquenetes vienen por este lado; se han visto dragones

por el otro. Á cada aviso, el Incógnito mandaba exploradores; si era

preciso, tomaba consigo gente que tenía siempre dispuesta para un

caso, y salía del valle por el lado en que se le había indicado el

peligro. Era cosa digna de admiración el ver una partida de hombres

determinados, armados hasta los dientes, y alineados como soldados,

conducidos por otro hombre desarmado. Las más veces, los que causaban

semejantes alarmas, no eran más que foragidos y ladrones desbandados

que emprendían la fuga antes de ser alcanzados... Mas un día,

persiguiendo á algunos de éstos, para enseñarles que no debían atenerse

á merodear por aquel lado, el Incógnito fué avisado de que un pueblo

vecino había sido invadido y saqueado. Eran lasquenetes de varios

cuerpos que habiéndose quedado rezagados con el objeto de entregarse

al pillaje, se habían reunido é iban á lanzarse de improviso sobre las

tierras cercanas á aquellas donde el ejército hacía alto, mientras

tanto ellos despojaban á los habitantes y les sacaban gruesas sumas de

dinero. El Incógnito arengó brevemente á los suyos, y los condujo hacia

el citado pueblo.

Llegaron sin ser esperados. Los salteadores que creían marchar

directamente á la presa, viendo que iba sobre ellos gente armada

y disciplinada, dispuesta á combatir, abandonaron el saqueo y

emprendieron precipitadamente la fuga por el mismo camino por donde

habían venido, sin esperarse tan siquiera los unos á los otros. El

Incógnito los persiguió por algún tiempo; mas luego, habiendo mandado

hacer alto, estuvo esperando un rato por si veía algo de nuevo, y por

último volvió con su gente á desandar lo andado. Al pasar por el pueblo

que había salvado, es imposible describir los aplausos y bendiciones

con las cuales fué recibida la partida libertadora como igualmente su

jefe.

Ninguna clase de desorden hubo nunca en el castillo, á pesar de una

tan innumerable reunión de gentes de todas clases, costumbres, edades

y sexos. El Incógnito había colocado centinelas en distintos puntos,

los cuales vigilaban atentamente para prevenir todas las dificultades,

con aquel ardor que cada uno ponía en las cosas de las cuales debía dar

cuenta.

Después, había suplicado á los eclesiásticos y á las personas más

respetables que estaban refugiadas allí, que se tomasen también la

molestia de rondar y vigilar. Cuando podía, él mismo se mostraba

en todas partes; y aunque se hallase ausente, la memoria del dueño

contenía todo lo que hubiera podido suceder. Además, la reunión se

componía en su mayor parte de fugitivos, gente inclinada en general, á

la paz y tranquilidad; el pensamiento de sus cosas é intereses, unido

al peligro en el cual habían dejado á algunos parientes ó amigos,

contribuían á mantener y aumentar cada vez más la citada disposición.

Encontrábanse también, allí, hombres de un temple más fuerte y de

corazón animoso, los cuales trataban de pasar alegremente aquella época

tan desgraciada. Habían abandonado sus casas por no tener bastante

fuerza para defenderlas, pero no eran de opinión de lamentarse y

llorar por cosas irremediables, no queriendo representarse en su

imaginación el estrago que más tarde verían á la fuerza con sus propios

ojos. Una porción de familias amigas habían ido juntas al castillo, ó

encontrándose allí, habían formado nuevas amistades, y la multitud se

hallaba dividida en distintas reuniones, según las costumbres y genios.

Los que tenían dinero y discreción bajaban á comer al valle, donde en

aquellas circunstancias se habían abierto á toda prisa las posadas;

algunos alternaban los bocados con suspiros, y no se les oía hablar

más que de desgracias; otros no pensaban en éstas más que para decir

que no era necesario acordarse de ellas. En el castillo se distribuía

pan, sopa y vino á los que no podían ó no querían gastar; además había

algunas mesas, las cuales eran servidas todos los días para los que

el señor convidaba expresamente; de este número eran nuestros tres

personajes.

Inés y Perpetua, por no comer el pan á expensas de nadie, habían

querido ser empleadas en los servicios que requería una tan gran

reunión de gentes hospedadas; en esto pasaban una gran parte del día,

y el resto lo invertían en charlar con algunas nuevas amigas, que se

habían adquirido allí, ó con el pobre D. Abundio. Éste no tenía nada

que hacer; mas sin embargo, no se fastidiaba, pues el miedo le hacía

compañía. Con respecto al temor de un asalto, creemos que se le había

disipado, ó si le quedaba aún, le causaba muy poca inquietud, porque

cada vez que reflexionaba un poco, debía comprender cuán infundado

era. Pero la imagen del país circunvecino inundado por todas partes de

espantosos soldados; las armas y las gentes con ellas que tenía siempre

á la vista; un castillo en el cual estaba metido; el reflexionar todo

lo que podía surgir á cada instante en tales circunstancias, contribuía

á inspirarle un espanto confuso, vasto, continuo, dejando aparte la

aflicción que le causaba el pensar en su pobre casa. En todo el tiempo

que permaneció en el castillo, no se separó jamás de él á la distancia

de un tiro de bala, ni puso nunca el pie en la bajada; su único paseo

era la explanada y recorrer, ya una parte, ya otra del castillo,

mirando las cimas y precipicios para estudiar si habría un paso un

poco practicable, algún pequeño sendero por donde buscar un escondrijo

en un caso de apuro. Hacía grandes reverencias y saludos á todos sus

compañeros de asilo, pero hablaba con muy pocos: sus conversaciones

más frecuentes eran con las dos mujeres según hemos dicho: con ellas

desfogaba sus pesadumbres, á riesgo algunas veces de verse interrumpir

por Perpetua, y que además Inés lo avergonzase. En la mesa, donde

permanecía poquísimo y hablaba menos, oía las noticias de la terrible

invasión que llegaban diariamente, ó de pueblo en pueblo, ó de boca en

boca, ó traídas por alguno que en un principio había querido quedarse

en casa, y por último huía sin haber podido salvar nada, y á veces,

para colmo de infortunios, sumamente maltratados. Todos los días se

referían y llegaban noticias de haber sucedido nuevas desgracias.

Algunos noticieros de oficio recogían diligentemente todas las voces

que corrían, exprimían el jugo de todas las narraciones, y luego lo

pasaban á sus vecinos. Disputaban acerca de los regimientos que eran

más endiablados, si era peor la infantería ó la caballería, repetían

del mejor modo posible los nombres de ciertos jefes ó condottieri;

se referían las antiguas hazañas de algunos; se especificaban las

paradas y las marchas: tal día el regimiento A llegaría al pueblo

B; al día siguiente iría á caer sobre la villa C, en donde tal otro

cometía mil tropelías. Procuraban tomar informes y tener cuidado con

los regimientos que pasaban el puente de Lecco, porque éstos podían

considerarse ya como realmente fuera del país. Pasa la caballería de

Wallenstein, la infantería de Merode, los caballos de Anhalt y los

infantes de Brandeburgo; luego la caballería de Montecuccoli y la gente

de á pie de Ferrari; pasa Altringer, Furstenberg, Colloredo; pasan los

Croatas, Torcuato Conti y otros muchos; cuando el cielo quiso, pasó

también Galasso, el cual fué el último. El escuadrón volante de los

venecianos concluyó igualmente por alejarse, y todo el país á derecha

é izquierda quedó enteramente libre. Ya los habitantes de las primeras

tierras invadidas y saqueadas habían empezado á abandonar el castillo:

todos los días iba marchando gente á la manera que después de una

tempestad de otoño se ven salir de las frondosas ramas de un corpulento

árbol una multitud de pájaros que se habían refugiado en ellas. Yo

creo que nuestros tres personajes fueron los últimos en irse, y esto

por causa de D. Abundio, el cual temía, si volvía tan pronto á casa,

el encontrar aún algunos lasquenetes rezagados. Perpetua no dejó de

decirle una y mil veces que cuanto más se tardase en dar la vuelta,

tanta mayor proporción tendrían los rateros del país de entrar en la

casa y apoderarse de todo lo que los otros hubiesen dejado; cuando se

trataba de salvar la piel, D. Abundio era el primero en vencer todas

las dificultades, á menos que la inminencia del peligro no le hiciese

perder efectivamente la cabeza.

Fijado el día de la partida, el Incógnito mandó tener dispuesto en la

Malanotte un carruaje, en el cual había hecho meter un gran número de

piezas de lienzo destinadas á Inés. Llamóla aparte, y también le hizo

aceptar un cartucho de escudos para reparar la pérdida sufrida en su

casita, á pesar de que Inés, con la mano puesta sobre el corazón, le

repetía sin cesar que aún conservaba algunos de los primeros.

--Cuando veáis á vuestra excelente y pobre Lucía, le dijo, por último

(estoy segurísimo que ruega por mí, pues la he causado mucho daño),

decidle que le doy mil y mil gracias, y confío en Dios que sus súplicas

atraerán sobre ella las bendiciones del cielo.

Después de esto quiso acompañar á sus tres huéspedes hasta donde

esperaba el carruaje. Dejamos al arbitrio del lector que imagine las

demostraciones de agradecimiento y humildes cumplimientos de D. Abundio

y Perpetua.

Finalmente, emprendieron la marcha, y se detuvieron, según habían

convenido, pero sin llegar á sentarse, en casa del sastre, donde

oyeron contar muchas cosas sobre la invasión; esto es, la acostumbrada

relación de robos, heridas, insultos y violencias; mas allí por fortuna

no habían visto los lasquenetes.

--¡Ah, señor cura! dijo el sastre dándole el brazo para ayudarle á

subir al carruaje;--se pueden imprimir muchos libros acerca de ese tan

grande estrago.

Después de haber hecho un poco de camino, nuestros viajeros empezaron

á ver con sus propios ojos algunas de las cosas que habían oído

referir. Viñas despojadas, no por las manos del vendimiador, sino por

el granizo y el huracán que hubiesen caído juntamente sobre ellas;

las cepas destrozadas y pisoteadas; los rodrigones[14] arrancados; la

tierra cubierta de pámpanos y tiernos retoños; los árboles golpeados y

talados; los cercados abiertos por mil partes. En las poblaciones, las

puertas echadas abajo, las ropas y demás efectos tirados y esparcidos

por las calles; de las casas salía una atmósfera pesada y vapores

mefíticos; los habitantes veíanse ocupados en arrojar la inmundicia

los unos, y en reparar las puertas del mejor modo posible los otros;

algunos, en fin, con los brazos cruzados sobre el pecho, lanzaban

lastimeros gemidos. Al pasar el carruaje, multitud de manos se dirigían

por ambos lados de las portezuelas implorando una limosna.

Con semejantes imágenes, tan pronto delante de sus ojos como presentes

á su imaginación, y con la triste expectativa de encontrar otro tanto

en sus casas, llegaron y vieron en efecto lo que esperaban.

Inés hizo colocar los pequeños fardos en un rincón del patio, el cual

era el sitio que había quedado más aseado de toda la casa; en seguida

se puso á limpiar, recoger y arreglar los pocos efectos que le habían

dejado, y mandó llamar un carpintero y un cerrajero para componer las

puertas; y desliando pieza por pieza el lienzo que el Incógnito le

había regalado, contando después sus nuevos escudos, exclamó para sí:

“He caído de pie; gracias sean dadas á Dios, á la Madonna, y á ese buen

_señor_; propiamente puedo decir que he caído de pie”.

D. Abundio y Perpetua entran en su casa sin auxilio de llaves; á

cada paso que dan hacia el interior, sienten aumentarse un tufo, un

veneno y cierta peste que les hace retroceder; con una mano puesta

en las narices se dirigen á la puerta de la cocina; entran en ella

de puntillas, teniendo cuidado en donde ponen los pies á causa de la

inmundicia que cubre el suelo, y empiezan á mirar por todas partes.

Nada hay entero; pero al mismo tiempo divisan á su alrededor los

fragmentos y restos de lo que había sido: las plumas de las gallinas

de Perpetua, pedazos de lienzo, hojas de los almanaques de D. Abundio,

menudos trozos de cazuelas y platos, todo desparramado y confundido.

Solamente en el hogar se podían reconocer todas las señales de un vasto

saqueo, fragmentos de tizones apagados que demostraban haber sido un

brazo de una silla, un pie de una mesa, una puerta de un armario, el

tablado de una cama, una duela del pequeño tonel en donde estaba el

vino que confortaba el estómago de D. Abundio. Lo restante no eran más

que cenizas y carbones, con los cuales los invasores habían embadurnado

las paredes de figuras grotescas, poniéndoles ciertos bonetes, coronas

y alzacuellos, con el objeto de representar sacerdotes, cuidando

particularmente de que apareciesen horribles y ridículos, intención que

seguramente no podía menos de esperarse de semejantes artistas.

--¡Ah, descreídos! exclamó Perpetua.

--¡Ah, bribones! gritó D. Abundio; y como si fuesen perseguidos,

salieron por otra puerta que daba al huerto. Respiraron: encamináronse

directamente á la higuera; mas antes de llegar vieron la tierra

removida, y ambos á la vez lanzaron un grito. Finalmente, se acercaron,

y encontraron efectivamente en lugar del muerto, la huesa abierta. Aquí

te quiero ver, escopeta: D. Abundio empezó á habérselas con Perpetua

diciendo que no lo había escondido bien: ¡juzgue el lector si ésta

se daría por vencida! Después de haber gritado mucho, ambos con el

índice extendido hacia el agujero, se volvieron juntos refunfuñando,

y téngase por cierto, que todo lo encontraron en el mismo estado de

desorden. Costóles gran trabajo el hacer limpiar y purificar la casa,

tanto más cuanto que en aquellos días era difícil encontrar ayuda; y se

ignora cuánto tiempo se vieron obligados á permanecer como acampados,

acomodándose del mejor modo posible, y componiendo las puertas, muebles

y utensilios con dinero prestado por Inés.

Dicho desastre fué por espacio de algún tiempo un inagotable manantial

de fastidiosas disputas, porque Perpetua á fuerza de inquirir y

preguntar, de husmear y buscar, llegó á saber que algunos de los

efectos que creían haber sido presa de los soldados, estaban al

contrario en poder de ciertas gentes del pueblo; por lo cual ella

apremiaba á su amo para que se dejase ver, y reclamase lo que era suyo.

No se podía tocar para D. Abundio una cuerda más odiosa; en atención

á que sus efectos estaban en poder de bribones; es decir, de aquella

especie de gentes con las cuales le convenía vivir en paz.

--Pero si no quiero saber nada de estas cosas, decía. ¿Cuántas veces

debo repetiros, que lo hecho, hecho se queda? ¿Tengo que hacerme poner

en cruz, porque mi casa ha sido saqueada?

--¡Si lo tengo dicho, decía Perpetua, que os dejaréis sacar los ojos!

Robar á los otros es pecado; mas á vos, no.

--¿Queréis callaros? ¿Viene ahora al caso el disparatar de este modo?,

replicaba D. Abundio.

Perpetua se callaba, pero era por poco tiempo; la más leve cosa le

servía de pretexto para volver á empezar de nuevo; tanto, que el pobre

hombre estaba reducido á no dejar escapar la menor queja sobre tal ó

cual cosa que le faltaba, so pena de oir decir; id á buscarla á casa de

Fulano que la tiene, y que no la hubiera tenido hasta estos momentos si

no hubiese dado con un buen hombre como vos.

Experimentaba una más viva inquietud al saber que diariamente

continuaban pasando soldados rezagados, según él había conjeturado

demasiado bien. Siempre temía ver llegar á alguno, ó una compañía

entera á su puerta, la cual había hecho componer apresuradamente antes

que todo lo demás, y que tenía cerrada con gran cuidado; mas á Dios

gracias nada sucedió. Sin embargo, aún no habían cesado estos terrores,

cuando sobrevino uno nuevo.

Mas dejando aquí á nuestro pobre hombre, vamos á tratar de otras cosas

más interesantes que de sus particulares aprehensiones: de la desgracia

de algunos países, ó de un desastre pasajero.

NOTAS:

[14] Así llaman á las estacas que ponen para sostener las

vides.--_Nota del T. E._

CAPÍTULO DECIMOTERCERO

La peste que la junta de sanidad había temido ver penetrar en el

milanesado, juntamente con las tropas alemanas, había entrado en

efecto, según todos saben, siendo también conocido que no sólo se

limitó á desolar dicho país, sino que también invadió y diezmó una

buena parte de Italia. El hilo de nuestra historia nos conduce al

presente, á referir las principales circunstancias de la expresada

calamidad, pero sólo en el milanesado, y casi exclusivamente en la

ciudad de Milán; porque las memorias de aquel tiempo no se ocupan

más que de esta última. Ya sea razón, ya capricho, los historiadores

siempre hacen lo mismo.

En toda la línea de territorio recorrida por el ejército invasor,

habíanse encontrado algunos cadáveres en las casas y en los caminos.

Poco después, ya en éste, ya en aquel pueblo, familias enteras fueron

acometidas de enfermedades violentas, extrañas, acompañadas de síntomas

generalmente desconocidos, á los cuales sucumbían. Solamente algunas

personas ancianas, recordaban haberlas visto otra vez; éstas eran

las que habían sido testigos de la peste que cincuenta y tres años

antes había desolado á la mayor parte de Italia, y principalmente

al milanesado, en donde tomó el nombre que lleva aún, de peste de

S. Carlos. ¡Tan fuerte es el poder de la caridad!: ella puede hacer

sobresalir la memoria de un hombre sobre la de un vasto y solemne

infortunio de todo un pueblo, porque dicha caridad ha inspirado á este

hombre los sentimientos y las acciones más memorables aun que los

males; ella puede grabar sus nombres en todos los corazones, y traer

á la memoria el recuerdo de aquellos desgraciados sucesos, pues la

introduce y presenta como un guía, un socorro, un ejemplo, una víctima

voluntaria.

El protomédico Ludovico Settala, que no sólo había visto aquella

peste, sino que también había sido uno de los profesores más activos

é intrépidos, á pesar de ser en aquel entonces muy joven, teniendo

al presente grandes sospechas acerca del contagio, estaba sobre

aviso y procuraba tomar todos los informes posibles, en vista de lo

cual participó el 20 de octubre á la junta de sanidad, que en la

jurisdicción de Chiuso (la última del territorio de Lecco y confinante

con el de Bérgamo) se había presentado indudablemente la enfermedad

epidémica. Las mismas noticias se recibieron de Lecco y de Bellano.

Entonces la junta dispuso y expidió un comisionado que tomando un

médico en Como, se encaminase con él á visitar los lugares indicados.

Ambos, dice Tadino, ó por incapacidad, ó por otra causa cualquiera, se

dejaron persuadir por un viejo é ignorante barbero de Bellano, de que

aquella especie de enfermedad no era una epidemia, sino causada por las

emanaciones del agua estancada en algunas partes, y en otras efectos

de las incomodidades y malos tratamientos sufridos por el paso de los

alemanes. Este informe fué enviado á la junta de sanidad, la cual

parece que quedó tranquila.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 17 / 29 段