D. Abundio hizo un profundo saludo, diciendo entretanto para sí: “¡Ay
de mí, precisamente he venido á un campamento!” En esto se paró el
carro; D. Abundio se apresuró á pagar al conductor y lo despidió,
encaminándose con sus compañeras hacia la subida, sin proferir una
sola palabra. La vista de aquellos lugares le hacía aglomerar á la
imaginación, á la vez que las angustias presentes, el recuerdo de
las que había sufrido anteriormente: é Inés, que jamás había visto
aquellos sitios, y que se formaba en su mente un cuadro ideal cada vez
que pensaba en el espantoso viaje de Lucía, al verlos ahora según eran
verdaderamente, experimentaba como un nuevo y más vivo sentimiento
por aquellos crueles recuerdos. “¡Oh, señor cura! exclamó: ¡al pensar
solamente que mi pobre Lucía ha pasado por este camino!...”.
--¡Queréis callar, mujer sin juicio!, le dijo al oído D. Abundio; ¿son
palabras éstas para pronunciarlas aquí? ¿No sabéis que estamos en su
casa? La fortuna que ahora nadie os oye; pero si habláis de este modo...
--¡Oh!, dijo Inés, al presente, que es un santo...
--¡Silencio!, replicó D. Abundio; ¿creéis que á los santos se les puede
decir, así sin más ni más, lo que á uno se le antoje? Tratad más bien
de darle gracias por los bienes que os ha dispensado.
--¡Oh!, lo que es en esto ya había yo pensado; ¿creéis que no sepa
también yo algo de buena crianza?
--La buena crianza consiste en decir cosas que no puedan desagradar,
especialmente al que no está acostumbrado á oirlas; y tened ambas
entendido, que éste no es sitio de decir necedades ni habladurías. Ésta
es la casa de un gran señor, ya lo sabéis; ved cuánta gente le rodea;
las hay de todas clases; conque así tened juicio, si podéis; pesad las
palabras, y sobre todo hablad poco y sólo cuando sea necesario, que por
callar nada se pierde.
--Vos sí que todo echáis á perder con vuestras... volvía á decir
Perpetua. “¡Silencio!”, repitió en voz baja D. Abundio, y al momento
se quitó el sombrero precipitadamente é hizo un profundo saludo. Había
divisado al Incógnito que se dirigía á su encuentro: éste había visto
y reconocido á D. Abundio, y por lo tanto se encaminaba hacia él
apresuradamente.
--Señor cura, dijo cuando estuvo cerca; hubiera querido ofreceros mi
casa en mejor ocasión; pero de todos modos, experimento un gran placer
en poderos ser útil en algo.
--Confiado en la gran bondad de vuestra señoría ilustrísima, contestó
D. Abundio, me he atrevido á venir á molestaros en esta circunstancia;
y según ve vuestra señoría, me he tomado además la libertad de traer
compañía. Ésta mi ama...
--Bien venida, dijo el Incógnito.
--Y ésta, continuó D. Abundio, es una buena mujer á la cual vuestra
señoría ha dispensado mucho bien. Es la madre de aquella... de
aquella...
--De Lucía, dijo Inés.
--¡De Lucía!, exclamó el Incógnito, volviendo su inclinada frente hacia
Inés. ¡Mucho bien yo, justo Dios! Vos sois la que me colmáis de bienes
con vuestra venida... á esta casa. Bien llegada seáis, pues que traéis
la bendición del cielo.
--¡Oh, muy al contrario! Yo vengo más bien á importunaros. En seguida
ella añadió acercándose á su oído: “Vengo también á daros las gracias”.
El Incógnito se apresuró á interrumpirla, preguntándole con mucho
interés por Lucía. Luego que Inés le satisfizo, dió la vuelta para
acompañar al castillo á los nuevos huéspedes, como lo verificó á pesar
de la respetuosa resistencia de éstos. Inés echó al cura una mirada que
quería decir: “Ved si hay necesidad que os interpongáis entre nosotros
dos para darnos consejos”.
--¿Han llegado acaso los enemigos á vuestra parroquia?, preguntó el
Incógnito.
--No, señor: no he querido esperar á esos demonios. Sólo Dios sabe si
habría salido vivo de entre sus manos, y venido ahora á molestar á
vuestra señoría ilustrísima.
--Vamos, tranquilizaos, replicó el Incógnito: al presente estáis en
seguridad. Aquí no vendrán; y si quisiesen probarlo, estamos dispuestos
á recibirlos.
--Roguemos que no vengan, dijo D. Abundio; además, por aquel lado,
añadió señalando con el dedo las montañas opuestas que servían de
límites al valle; por aquel lado anda también otra cuadrilla de gente;
pero...
--Es verdad, respondió el Incógnito; mas no dudéis que también estamos
preparados contra ellos.
“¡Entre dos fuegos!, decía entre sí D. Abundio; ¡justamente entre dos
fuegos!, ¡adónde me he dejado arrastrar!, ¡y por dos charlatanas!,
¡cualquiera diría que este hombre se complace en meterse en medio de
todo! ¡Oh, qué gentes hay en el mundo!”
Habiendo entrado en el castillo, el señor hizo conducir á Inés y á
Perpetua á una estancia del lado señalado para las mujeres, el cual
ocupaba las tres alas del segundo patio, en la parte posterior del
edificio, situada sobre un peñasco solitario y de difícil acceso, que
dominaba á un precipicio. Los hombres habitaban las alas del otro
patio, á derecha é izquierda, y también la que daba sobre la explanada.
El cuerpo del medio, que separaba los dos patios, y se pasaba del
uno al otro por una vasta galería que iba á corresponder á la puerta
principal, estaba ocupado en parte por las provisiones, y servía
en parte de lugar de depósito para los efectos que los refugiados
deseaban poner en salvo. En el sitio destinado á los hombres, había
una pequeña estancia para los eclesiásticos que pudiesen llegar. El
Incógnito acompañó personalmente á D. Abundio á la referida estancia,
siendo el primero que tomó posesión de ella.
Nuestros fugitivos permanecieron veintitrés ó veinticuatro días en el
castillo, en medio de un movimiento continuo y numerosa compañía, la
cual al principio iba siempre en aumento, pero sin que aconteciese nada
que sea digno de contarse. No se pasaba día sin que dejase de haber
alarma: los lasquenetes vienen por este lado; se han visto dragones
por el otro. Á cada aviso, el Incógnito mandaba exploradores; si era
preciso, tomaba consigo gente que tenía siempre dispuesta para un
caso, y salía del valle por el lado en que se le había indicado el
peligro. Era cosa digna de admiración el ver una partida de hombres
determinados, armados hasta los dientes, y alineados como soldados,
conducidos por otro hombre desarmado. Las más veces, los que causaban
semejantes alarmas, no eran más que foragidos y ladrones desbandados
que emprendían la fuga antes de ser alcanzados... Mas un día,
persiguiendo á algunos de éstos, para enseñarles que no debían atenerse
á merodear por aquel lado, el Incógnito fué avisado de que un pueblo
vecino había sido invadido y saqueado. Eran lasquenetes de varios
cuerpos que habiéndose quedado rezagados con el objeto de entregarse
al pillaje, se habían reunido é iban á lanzarse de improviso sobre las
tierras cercanas á aquellas donde el ejército hacía alto, mientras
tanto ellos despojaban á los habitantes y les sacaban gruesas sumas de
dinero. El Incógnito arengó brevemente á los suyos, y los condujo hacia
el citado pueblo.
Llegaron sin ser esperados. Los salteadores que creían marchar
directamente á la presa, viendo que iba sobre ellos gente armada
y disciplinada, dispuesta á combatir, abandonaron el saqueo y
emprendieron precipitadamente la fuga por el mismo camino por donde
habían venido, sin esperarse tan siquiera los unos á los otros. El
Incógnito los persiguió por algún tiempo; mas luego, habiendo mandado
hacer alto, estuvo esperando un rato por si veía algo de nuevo, y por
último volvió con su gente á desandar lo andado. Al pasar por el pueblo
que había salvado, es imposible describir los aplausos y bendiciones
con las cuales fué recibida la partida libertadora como igualmente su
jefe.
Ninguna clase de desorden hubo nunca en el castillo, á pesar de una
tan innumerable reunión de gentes de todas clases, costumbres, edades
y sexos. El Incógnito había colocado centinelas en distintos puntos,
los cuales vigilaban atentamente para prevenir todas las dificultades,
con aquel ardor que cada uno ponía en las cosas de las cuales debía dar
cuenta.
Después, había suplicado á los eclesiásticos y á las personas más
respetables que estaban refugiadas allí, que se tomasen también la
molestia de rondar y vigilar. Cuando podía, él mismo se mostraba
en todas partes; y aunque se hallase ausente, la memoria del dueño
contenía todo lo que hubiera podido suceder. Además, la reunión se
componía en su mayor parte de fugitivos, gente inclinada en general, á
la paz y tranquilidad; el pensamiento de sus cosas é intereses, unido
al peligro en el cual habían dejado á algunos parientes ó amigos,
contribuían á mantener y aumentar cada vez más la citada disposición.
Encontrábanse también, allí, hombres de un temple más fuerte y de
corazón animoso, los cuales trataban de pasar alegremente aquella época
tan desgraciada. Habían abandonado sus casas por no tener bastante
fuerza para defenderlas, pero no eran de opinión de lamentarse y
llorar por cosas irremediables, no queriendo representarse en su
imaginación el estrago que más tarde verían á la fuerza con sus propios
ojos. Una porción de familias amigas habían ido juntas al castillo, ó
encontrándose allí, habían formado nuevas amistades, y la multitud se
hallaba dividida en distintas reuniones, según las costumbres y genios.
Los que tenían dinero y discreción bajaban á comer al valle, donde en
aquellas circunstancias se habían abierto á toda prisa las posadas;
algunos alternaban los bocados con suspiros, y no se les oía hablar
más que de desgracias; otros no pensaban en éstas más que para decir
que no era necesario acordarse de ellas. En el castillo se distribuía
pan, sopa y vino á los que no podían ó no querían gastar; además había
algunas mesas, las cuales eran servidas todos los días para los que
el señor convidaba expresamente; de este número eran nuestros tres
personajes.
Inés y Perpetua, por no comer el pan á expensas de nadie, habían
querido ser empleadas en los servicios que requería una tan gran
reunión de gentes hospedadas; en esto pasaban una gran parte del día,
y el resto lo invertían en charlar con algunas nuevas amigas, que se
habían adquirido allí, ó con el pobre D. Abundio. Éste no tenía nada
que hacer; mas sin embargo, no se fastidiaba, pues el miedo le hacía
compañía. Con respecto al temor de un asalto, creemos que se le había
disipado, ó si le quedaba aún, le causaba muy poca inquietud, porque
cada vez que reflexionaba un poco, debía comprender cuán infundado
era. Pero la imagen del país circunvecino inundado por todas partes de
espantosos soldados; las armas y las gentes con ellas que tenía siempre
á la vista; un castillo en el cual estaba metido; el reflexionar todo
lo que podía surgir á cada instante en tales circunstancias, contribuía
á inspirarle un espanto confuso, vasto, continuo, dejando aparte la
aflicción que le causaba el pensar en su pobre casa. En todo el tiempo
que permaneció en el castillo, no se separó jamás de él á la distancia
de un tiro de bala, ni puso nunca el pie en la bajada; su único paseo
era la explanada y recorrer, ya una parte, ya otra del castillo,
mirando las cimas y precipicios para estudiar si habría un paso un
poco practicable, algún pequeño sendero por donde buscar un escondrijo
en un caso de apuro. Hacía grandes reverencias y saludos á todos sus
compañeros de asilo, pero hablaba con muy pocos: sus conversaciones
más frecuentes eran con las dos mujeres según hemos dicho: con ellas
desfogaba sus pesadumbres, á riesgo algunas veces de verse interrumpir
por Perpetua, y que además Inés lo avergonzase. En la mesa, donde
permanecía poquísimo y hablaba menos, oía las noticias de la terrible
invasión que llegaban diariamente, ó de pueblo en pueblo, ó de boca en
boca, ó traídas por alguno que en un principio había querido quedarse
en casa, y por último huía sin haber podido salvar nada, y á veces,
para colmo de infortunios, sumamente maltratados. Todos los días se
referían y llegaban noticias de haber sucedido nuevas desgracias.
Algunos noticieros de oficio recogían diligentemente todas las voces
que corrían, exprimían el jugo de todas las narraciones, y luego lo
pasaban á sus vecinos. Disputaban acerca de los regimientos que eran
más endiablados, si era peor la infantería ó la caballería, repetían
del mejor modo posible los nombres de ciertos jefes ó condottieri;
se referían las antiguas hazañas de algunos; se especificaban las
paradas y las marchas: tal día el regimiento A llegaría al pueblo
B; al día siguiente iría á caer sobre la villa C, en donde tal otro
cometía mil tropelías. Procuraban tomar informes y tener cuidado con
los regimientos que pasaban el puente de Lecco, porque éstos podían
considerarse ya como realmente fuera del país. Pasa la caballería de
Wallenstein, la infantería de Merode, los caballos de Anhalt y los
infantes de Brandeburgo; luego la caballería de Montecuccoli y la gente
de á pie de Ferrari; pasa Altringer, Furstenberg, Colloredo; pasan los
Croatas, Torcuato Conti y otros muchos; cuando el cielo quiso, pasó
también Galasso, el cual fué el último. El escuadrón volante de los
venecianos concluyó igualmente por alejarse, y todo el país á derecha
é izquierda quedó enteramente libre. Ya los habitantes de las primeras
tierras invadidas y saqueadas habían empezado á abandonar el castillo:
todos los días iba marchando gente á la manera que después de una
tempestad de otoño se ven salir de las frondosas ramas de un corpulento
árbol una multitud de pájaros que se habían refugiado en ellas. Yo
creo que nuestros tres personajes fueron los últimos en irse, y esto
por causa de D. Abundio, el cual temía, si volvía tan pronto á casa,
el encontrar aún algunos lasquenetes rezagados. Perpetua no dejó de
decirle una y mil veces que cuanto más se tardase en dar la vuelta,
tanta mayor proporción tendrían los rateros del país de entrar en la
casa y apoderarse de todo lo que los otros hubiesen dejado; cuando se
trataba de salvar la piel, D. Abundio era el primero en vencer todas
las dificultades, á menos que la inminencia del peligro no le hiciese
perder efectivamente la cabeza.
Fijado el día de la partida, el Incógnito mandó tener dispuesto en la
Malanotte un carruaje, en el cual había hecho meter un gran número de
piezas de lienzo destinadas á Inés. Llamóla aparte, y también le hizo
aceptar un cartucho de escudos para reparar la pérdida sufrida en su
casita, á pesar de que Inés, con la mano puesta sobre el corazón, le
repetía sin cesar que aún conservaba algunos de los primeros.
--Cuando veáis á vuestra excelente y pobre Lucía, le dijo, por último
(estoy segurísimo que ruega por mí, pues la he causado mucho daño),
decidle que le doy mil y mil gracias, y confío en Dios que sus súplicas
atraerán sobre ella las bendiciones del cielo.
Después de esto quiso acompañar á sus tres huéspedes hasta donde
esperaba el carruaje. Dejamos al arbitrio del lector que imagine las
demostraciones de agradecimiento y humildes cumplimientos de D. Abundio
y Perpetua.
Finalmente, emprendieron la marcha, y se detuvieron, según habían
convenido, pero sin llegar á sentarse, en casa del sastre, donde
oyeron contar muchas cosas sobre la invasión; esto es, la acostumbrada
relación de robos, heridas, insultos y violencias; mas allí por fortuna
no habían visto los lasquenetes.
--¡Ah, señor cura! dijo el sastre dándole el brazo para ayudarle á
subir al carruaje;--se pueden imprimir muchos libros acerca de ese tan
grande estrago.
Después de haber hecho un poco de camino, nuestros viajeros empezaron
á ver con sus propios ojos algunas de las cosas que habían oído
referir. Viñas despojadas, no por las manos del vendimiador, sino por
el granizo y el huracán que hubiesen caído juntamente sobre ellas;
las cepas destrozadas y pisoteadas; los rodrigones[14] arrancados; la
tierra cubierta de pámpanos y tiernos retoños; los árboles golpeados y
talados; los cercados abiertos por mil partes. En las poblaciones, las
puertas echadas abajo, las ropas y demás efectos tirados y esparcidos
por las calles; de las casas salía una atmósfera pesada y vapores
mefíticos; los habitantes veíanse ocupados en arrojar la inmundicia
los unos, y en reparar las puertas del mejor modo posible los otros;
algunos, en fin, con los brazos cruzados sobre el pecho, lanzaban
lastimeros gemidos. Al pasar el carruaje, multitud de manos se dirigían
por ambos lados de las portezuelas implorando una limosna.
Con semejantes imágenes, tan pronto delante de sus ojos como presentes
á su imaginación, y con la triste expectativa de encontrar otro tanto
en sus casas, llegaron y vieron en efecto lo que esperaban.
Inés hizo colocar los pequeños fardos en un rincón del patio, el cual
era el sitio que había quedado más aseado de toda la casa; en seguida
se puso á limpiar, recoger y arreglar los pocos efectos que le habían
dejado, y mandó llamar un carpintero y un cerrajero para componer las
puertas; y desliando pieza por pieza el lienzo que el Incógnito le
había regalado, contando después sus nuevos escudos, exclamó para sí:
“He caído de pie; gracias sean dadas á Dios, á la Madonna, y á ese buen
_señor_; propiamente puedo decir que he caído de pie”.
D. Abundio y Perpetua entran en su casa sin auxilio de llaves; á
cada paso que dan hacia el interior, sienten aumentarse un tufo, un
veneno y cierta peste que les hace retroceder; con una mano puesta
en las narices se dirigen á la puerta de la cocina; entran en ella
de puntillas, teniendo cuidado en donde ponen los pies á causa de la
inmundicia que cubre el suelo, y empiezan á mirar por todas partes.
Nada hay entero; pero al mismo tiempo divisan á su alrededor los
fragmentos y restos de lo que había sido: las plumas de las gallinas
de Perpetua, pedazos de lienzo, hojas de los almanaques de D. Abundio,
menudos trozos de cazuelas y platos, todo desparramado y confundido.
Solamente en el hogar se podían reconocer todas las señales de un vasto
saqueo, fragmentos de tizones apagados que demostraban haber sido un
brazo de una silla, un pie de una mesa, una puerta de un armario, el
tablado de una cama, una duela del pequeño tonel en donde estaba el
vino que confortaba el estómago de D. Abundio. Lo restante no eran más
que cenizas y carbones, con los cuales los invasores habían embadurnado
las paredes de figuras grotescas, poniéndoles ciertos bonetes, coronas
y alzacuellos, con el objeto de representar sacerdotes, cuidando
particularmente de que apareciesen horribles y ridículos, intención que
seguramente no podía menos de esperarse de semejantes artistas.
--¡Ah, descreídos! exclamó Perpetua.
--¡Ah, bribones! gritó D. Abundio; y como si fuesen perseguidos,
salieron por otra puerta que daba al huerto. Respiraron: encamináronse
directamente á la higuera; mas antes de llegar vieron la tierra
removida, y ambos á la vez lanzaron un grito. Finalmente, se acercaron,
y encontraron efectivamente en lugar del muerto, la huesa abierta. Aquí
te quiero ver, escopeta: D. Abundio empezó á habérselas con Perpetua
diciendo que no lo había escondido bien: ¡juzgue el lector si ésta
se daría por vencida! Después de haber gritado mucho, ambos con el
índice extendido hacia el agujero, se volvieron juntos refunfuñando,
y téngase por cierto, que todo lo encontraron en el mismo estado de
desorden. Costóles gran trabajo el hacer limpiar y purificar la casa,
tanto más cuanto que en aquellos días era difícil encontrar ayuda; y se
ignora cuánto tiempo se vieron obligados á permanecer como acampados,
acomodándose del mejor modo posible, y componiendo las puertas, muebles
y utensilios con dinero prestado por Inés.
Dicho desastre fué por espacio de algún tiempo un inagotable manantial
de fastidiosas disputas, porque Perpetua á fuerza de inquirir y
preguntar, de husmear y buscar, llegó á saber que algunos de los
efectos que creían haber sido presa de los soldados, estaban al
contrario en poder de ciertas gentes del pueblo; por lo cual ella
apremiaba á su amo para que se dejase ver, y reclamase lo que era suyo.
No se podía tocar para D. Abundio una cuerda más odiosa; en atención
á que sus efectos estaban en poder de bribones; es decir, de aquella
especie de gentes con las cuales le convenía vivir en paz.
--Pero si no quiero saber nada de estas cosas, decía. ¿Cuántas veces
debo repetiros, que lo hecho, hecho se queda? ¿Tengo que hacerme poner
en cruz, porque mi casa ha sido saqueada?
--¡Si lo tengo dicho, decía Perpetua, que os dejaréis sacar los ojos!
Robar á los otros es pecado; mas á vos, no.
--¿Queréis callaros? ¿Viene ahora al caso el disparatar de este modo?,
replicaba D. Abundio.
Perpetua se callaba, pero era por poco tiempo; la más leve cosa le
servía de pretexto para volver á empezar de nuevo; tanto, que el pobre
hombre estaba reducido á no dejar escapar la menor queja sobre tal ó
cual cosa que le faltaba, so pena de oir decir; id á buscarla á casa de
Fulano que la tiene, y que no la hubiera tenido hasta estos momentos si
no hubiese dado con un buen hombre como vos.
Experimentaba una más viva inquietud al saber que diariamente
continuaban pasando soldados rezagados, según él había conjeturado
demasiado bien. Siempre temía ver llegar á alguno, ó una compañía
entera á su puerta, la cual había hecho componer apresuradamente antes
que todo lo demás, y que tenía cerrada con gran cuidado; mas á Dios
gracias nada sucedió. Sin embargo, aún no habían cesado estos terrores,
cuando sobrevino uno nuevo.
Mas dejando aquí á nuestro pobre hombre, vamos á tratar de otras cosas
más interesantes que de sus particulares aprehensiones: de la desgracia
de algunos países, ó de un desastre pasajero.
NOTAS:
[14] Así llaman á las estacas que ponen para sostener las
vides.--_Nota del T. E._
CAPÍTULO DECIMOTERCERO
La peste que la junta de sanidad había temido ver penetrar en el
milanesado, juntamente con las tropas alemanas, había entrado en
efecto, según todos saben, siendo también conocido que no sólo se
limitó á desolar dicho país, sino que también invadió y diezmó una
buena parte de Italia. El hilo de nuestra historia nos conduce al
presente, á referir las principales circunstancias de la expresada
calamidad, pero sólo en el milanesado, y casi exclusivamente en la
ciudad de Milán; porque las memorias de aquel tiempo no se ocupan
más que de esta última. Ya sea razón, ya capricho, los historiadores
siempre hacen lo mismo.
En toda la línea de territorio recorrida por el ejército invasor,
habíanse encontrado algunos cadáveres en las casas y en los caminos.
Poco después, ya en éste, ya en aquel pueblo, familias enteras fueron
acometidas de enfermedades violentas, extrañas, acompañadas de síntomas
generalmente desconocidos, á los cuales sucumbían. Solamente algunas
personas ancianas, recordaban haberlas visto otra vez; éstas eran
las que habían sido testigos de la peste que cincuenta y tres años
antes había desolado á la mayor parte de Italia, y principalmente
al milanesado, en donde tomó el nombre que lleva aún, de peste de
S. Carlos. ¡Tan fuerte es el poder de la caridad!: ella puede hacer
sobresalir la memoria de un hombre sobre la de un vasto y solemne
infortunio de todo un pueblo, porque dicha caridad ha inspirado á este
hombre los sentimientos y las acciones más memorables aun que los
males; ella puede grabar sus nombres en todos los corazones, y traer
á la memoria el recuerdo de aquellos desgraciados sucesos, pues la
introduce y presenta como un guía, un socorro, un ejemplo, una víctima
voluntaria.
El protomédico Ludovico Settala, que no sólo había visto aquella
peste, sino que también había sido uno de los profesores más activos
é intrépidos, á pesar de ser en aquel entonces muy joven, teniendo
al presente grandes sospechas acerca del contagio, estaba sobre
aviso y procuraba tomar todos los informes posibles, en vista de lo
cual participó el 20 de octubre á la junta de sanidad, que en la
jurisdicción de Chiuso (la última del territorio de Lecco y confinante
con el de Bérgamo) se había presentado indudablemente la enfermedad
epidémica. Las mismas noticias se recibieron de Lecco y de Bellano.
Entonces la junta dispuso y expidió un comisionado que tomando un
médico en Como, se encaminase con él á visitar los lugares indicados.
Ambos, dice Tadino, ó por incapacidad, ó por otra causa cualquiera, se
dejaron persuadir por un viejo é ignorante barbero de Bellano, de que
aquella especie de enfermedad no era una epidemia, sino causada por las
emanaciones del agua estancada en algunas partes, y en otras efectos
de las incomodidades y malos tratamientos sufridos por el paso de los
alemanes. Este informe fué enviado á la junta de sanidad, la cual
parece que quedó tranquila.