Divisábase por doquier en las calles, pegados á las paredes de las

casas, montones de paja y bálago, mezclados de asquerosa inmundicia;

esto, sin embargo, era para aquellos infortunados un don y una prueba

de la caridad; éstos eran los lechos donde reposaban sus cabezas

durante la noche. De cuando en cuando se veía, aun en medio del día,

echarse en ellos á alguno á quien la debilidad había quitado las

fuerzas y paralizado las piernas: muchas veces aquel triste lecho

acogía un cadáver: muchas veces se veía caer á un desgraciado de

improviso en la calle, y quedar en el mismo sitio sin movimiento y sin

vida.

De vez en cuando, al lado de alguno de esos infelices se veía á un

pasajero ó vecino atraído por una súbita compasión. En algunos puntos

llegaban socorros ordenados con más larga previsión, dirigidos por una

mano rica en medios, y acostumbrada á prestar grandes beneficios: ésta

era la mano del virtuoso Federico. Había escogido seis sacerdotes, los

cuales á una caridad viva y perseverante, uniesen una constitución

fuerte y robusta; los había dividido en tres parejas, designando á

cada una el que recorriese la tercera parte de la ciudad, seguidos por

mozos cargados de alimentos, refrigerios y ropas. Todas las mañanas,

aquellos dignos sacerdotes recorrían las calles en diversos sentidos:

aproximábanse á los que veían echados en el suelo, prestando á cada uno

los socorros necesarios; al que estaba agonizando y no podía recibir

ya los alimentos, le administraban los auxilios y consuelos de la

religión; á los hambrientos les daban sopas, huevos, pan y vino, á

los extenuados por una larga vigilia los confortaban antes por medio

de espíritus, con el objeto de que se pusiesen en estado de resistir

el alimento; igualmente distribuían vestidos á los que se hallaban en

la más espantosa desnudez. No se limitaba á esto solo su asistencia:

el buen pastor había querido á lo menos procurar un alivio eficaz y

duradero hasta donde llegasen sus alcances. Los infelices á quienes

este primer socorro volvía las fuerzas para poder andar y manejarse

por sí solos, recibían también algún dinero, á fin de que la necesidad

renaciente y la falta de otros recursos no les lanzase por segunda

vez en su primitivo estado; á otros les buscaban un asilo y abrigo en

alguna casa de las más próximas. En la morada de estos bienhechores

eran casi siempre acogidos por caridad, y como recomendados por el

cardenal; en otras, donde á pesar de la buena voluntad faltaban medios,

los buenos sacerdotes pedían únicamente que el desgraciado fuese

recibido pagando una pensión, convenían en el precio, y entregaban

cierta cantidad por vía de adelanto. En seguida daban la lista de los

desgraciados á los curas de la parroquia para que los visitasen, y

volvían los mismos sacerdotes á verlos.

No es necesario decir que Federico hubiese aguardado que el mal

llegara á su colmo para ser movido y dedicar todos sus cuidados. Su

ardiente caridad debía hacerse sentir en todas partes, acumularse,

acudir adonde no había podido todavía tomar, por decirlo así, tantas

formas cuantas exigía la necesidad. Reuniendo todo aquello de que podía

disponer, guardando la más estricta economía, invirtiendo todos los

ahorros destinados á otras obras de beneficencia que entonces se habían

vuelto de una importancia secundaria, había buscado todos los medios

posibles para recoger dinero, empleándolo exclusivamente en aliviar á

los infelices que morían de hambre. Hizo grandes compras de granos, y

había enviado una buena parte á los lugares más escasos de su diócesis.

Como el socorro estaba lejos de igualar á la necesidad, mandó también

una gran cantidad de sal, con la cual, según dice Ripamonti, la yerba

de los prados y la corteza de los árboles se convertía en alimento[9].

Había distribuido granos y dinero á los párrocos de la ciudad; él

mismo en persona recorría todos los barrios, repartiendo limosnas y

socorriendo además, secretamente, á muchas familias indigentes. En

el palacio episcopal se hacía cocer diariamente una gran cantidad de

arroz, y al decir de un escritor contemporáneo (el médico Alejandro

Tadino, en una de sus obras[10], que con frecuencia tendremos ocasión

de citar más adelante), se repartían todas las mañanas dos mil

escudillas.

Pero estos efectos de la caridad, que podemos llamar grandiosos al

considerar que venían de un solo hombre y de sus solos medios (ya que

Federico rehusaba por sistema el ser el dispensador de la liberalidad

de otros); estos efectos, repito, unidos á los dones de otras manos

privadas, si no tan fecundas, á lo menos numerosas, juntamente con

los socorros que el consejo de los decuriones había decretado, dando

al tribunal de la provisión la incumbencia de distribuirlos, no eran

suficientes aún en comparación de las necesidades que había. Mientras

que algunos aldeanos próximos á morir de hambre, lograban por la

caridad del cardenal prolongar su existencia, otros llegaban á aquel

extremo; los primeros, concluido un tan moderado socorro, volvían á

recaer; por otro lado, había gentes no olvidadas sino pospuestas,

como que padecían menos, por una caridad precisada á escoger; por

consiguiente, los sufrimientos venían á ser mortales; por doquier

aparecía la muerte, de todas partes acudían á la ciudad. Por un lado,

veíanse millares de hambrientos más robustos y diestros para sobrepujar

la concurrencia y hacerse sitio, los cuales habían conquistado una

escudilla de sopa suficiente para no morirse en aquel día; pero otros

muchos se quedaban atrás envidiando á aquellos, nosotros diremos, más

afortunados, siendo así que entre los rezagados había al mismo tiempo

padres, mujeres é hijos de los primeros. Y mientras en ciertas partes

de la ciudad algunos de los más menesterosos y reducidos al último

extremo se levantaban del suelo reanimados, recobrados y alimentados

por algún tiempo, en cien distintos lados, otros caían desfallecidos y

aun expiraban sin ayuda, sin auxilio alguno.

Durante el día, oíase por las calles un ruido confuso de voces

suplicantes; por la noche un susurro de gemidos, suspendido de cuando

en cuando por grandes lamentos lanzados de improviso, por gritos, por

acentos profundos de invocación, que terminaban en sofocados sollozos.

Lo más notable y digno de consideración era, que en medio de tan

grande exceso de sufrimientos, con tanta variedad de disputas, no se

viese jamás una tentativa, no se escapase un solo grito sedicioso. Sin

embargo, de todos aquellos que vivían y morían de semejante modo,

había un buen número de hombres habituados á todo, menos á tolerar,

siendo éstos al contrario los centinelas de los mismos que el día de S.

Martín se habían hecho oir tanto. No es posible imaginar que el ejemplo

de los cuatro desgraciados que habían pagado la pena por todos, fuese

lo que ahora los refrenase: ¿qué fuerza podía tener, no la presencia,

sino la memoria de las ejecuciones sobre los ánimos de una multitud

vagabunda y reunida, que se veía como condenada á un lento suplicio, y

que en efecto ya lo padecía? Pero los hombres en general, todos somos

así, nos rebelamos indignados y furiosos contra los males pequeños, y

nos encorvamos silenciosamente bajo el peso de los grandes; soportamos,

no resignados sino con la mayor estupidez, el colmo de lo que en un

principio habíamos llamado insoportable.

El vacío que la mortandad hacía diariamente en aquella deplorable

multitud, se llenaba de nuevo á cada momento: era un concurso continuo,

primeramente de los pueblos circunvecinos, después de toda la campiña,

luego de las ciudades del milanesado; y por último, también de otros

pueblos. Entretanto, los antiguos habitantes de la ciudad salían de

ella todos los días á bandadas, unos para sustraerse á la vista de

tantas calamidades; otros, viéndose, por decirlo así, arrebatados de

sus posiciones por nuevos concurrentes en mendicidad, partían con la

última esperanza de buscar socorros en otras partes, fuese donde fuese,

en donde la multitud apareciera menos menesterosa, ó la emulación de

pedir se viese que no era tanta. Las dos cuadrillas de peregrinos se

encontraban en su opuesto viaje: ¡espectáculo doloroso!, ¡siniestro

presagio del término al cual unos y otros iban encaminados!, mas ellos

seguían su camino, si no con la esperanza de mudar de suerte, á lo

menos para no volver á cobijarse bajo un cielo que les había llegado

á ser odioso, para no ver jamás los lugares en donde habían sido

entregados á la desesperación. Á veces un desgraciado, cuya necesidad

había agotado las últimas fuerzas vitales, caía desplomado en el camino

y exhalaba allí su postrer suspiro, siendo un espectáculo funesto, un

objeto de horror para sus mismos compañeros de miseria, y acaso de

reproche para los demás viajeros. “Yo presencié, escribe Ripamonti,

en la calle que se dirige á la muralla, el cadáver de una mujer... Le

salía de la boca yerba medio mascada, y los labios presentaban aún

el ademán de un esfuerzo rabioso... Llevaba un pequeño fardo en la

espalda, y apretaba convulsivamente la cara de un tierno niño contra su

pecho, el cual, llorando amargamente, pedía de mamar... Aparecieron en

aquel sitio algunas personas compasivas, las cuales, habiendo recogido

del suelo á la desgraciada criatura, se la llevaron, tratando de

cumplir en seguida el primer deber materno”.

Aquel contraste de vestidos magníficos y de harapos, de lujo y de

miseria, espectáculo muy común en tiempos normales, había entonces

cesado enteramente. La pobreza y los andrajos lo habían casi invadido

todo, y el que más se distinguía era apenas bajo una apariencia de

humilde medianía. Veíase á los nobles caminar con traje sencillo y

modesto, y casi casi puede decirse ordinario; los unos porque la

miseria general había cambiado hasta ese punto su fortuna, los otros

por temor de provocar con el lujo la pública desesperación, ó por pudor

y para no insultar la desgracia bajo la cual gemía el pueblo entero.

Aquellos poderosos, odiados y temidos, que solían andar dando vueltas

por la ciudad con un numeroso séquito de bravos, iban al presente

casi solos, con la cabeza baja, y en sus ademanes parecía que pedían

y ofrecían la paz. Los que aun en el apogeo de la fortuna habían, sin

embargo, tenido ideas más humanitarias y mostrádose más modestos,

aparecían también confusos, consternados y como oprimidos á la vista

continua de una miseria que sobrepujaba, no sólo la posibilidad de los

socorros, sino que también podríamos decir las fuerzas de la compasión.

El que podía dispensar alguna limosna, tenía no obstante que hacer una

triste elección entre hambre y hambre, entre urgencia y urgencia.

Apenas se veía una piadosa mano que se aproximaba á un infeliz,

cuando aparecía á su alrededor, como por encanto, una innumerable

turba de menesterosos, de los cuales el que conservaba más vigor se

hacía lugar y se adelantaba á todos para pedir con más instancia; los

extenuados, los ancianos y los niños alzaban las descarnadas manos;

las madres levantaban y mostraban de lejos á sus pequeños hijos que

lloraban sin consuelo, mal envueltos en andrajosos pañales, y á quienes

volvían á bajar estrechándolos contra su pecho, por carecer de fuerzas

suficientes, á causa de su extremada debilidad para sostenerlos en

aquella posición.

De este modo se pasó el invierno y la primavera. Hacía ya algún tiempo

que la junta de sanidad había representado al tribunal de la Provisión

el peligro á que tanta miseria exponía á la ciudad; y para prevenir

el contagio proponía encerrar á los mendigos vagabundos en diversos

hospicios. Mientras que se discute este proyecto, se aprueba, se piensa

en los medios, modos y lugares para llevarlo á efecto, los cadáveres

cubren las calles á cada día que transcurría y en número creciente,

aumentándose á proporción de esto todo el restante cúmulo de miserias.

El tribunal de la provisión propone entonces un partido más fácil y

expedito, cual es el reunir en un solo lugar, en el lazareto, á todos

los mendigos sanos y enfermos, debiendo ser mantenidos y curados á

expensas de la ciudad. Esto fué resuelto contra el parecer de la junta

de sanidad, la cual se oponía, y con razón, objetando que en una tan

gran reunión de gentes, el peligro al cual se quería poner remedio no

haría más que aumentarse.

Es casi indispensable que hagamos aquí una ligera descripción del

lazareto de Milán, para aquellos de nuestros lectores que no tengan

de él ninguna idea. Es, pues, un edificio que forma un cuadrilátero,

y está situado fuera de la ciudad, distando de las murallas sólo el

espacio del foso, de un camino de circunvalación, y de un acueducto que

rodea el recinto mismo. Las dos alas mayores tienen de longitud unos

quinientos pasos; las otras dos, unos cuatrocientos ochenta y cinco;

todos por la parte exterior están divididos en pequeñas habitaciones

de un solo piso; en el interior se ve un gran claustro cuyos pórticos

están sostenidos por pequeñas y delgadas columnas.

Las celdas eran doscientas ochenta y ocho en aquel entonces; en

nuestros días hay muchas más, habiéndose hecho en el centro una gran

entrada y otra pequeña en un extremo de la fachada que da al camino

real. En el tiempo á que nos referimos no había más que dos entradas;

la una en el centro del ala que mira á las murallas de la ciudad, y

la otra de frente en el opuesto. En el centro del espacio interior

existía, y aún existe todavía, una pequeña iglesia de forma octógona.

El primer destino de todo el edificio, comenzado en el año de 1489,

con el dinero de un legado particular, continuado después por algunos

otros públicos de varios testadores y donantes; el primer destino del

edificio, repito, fué, como lo da á conocer el mismo nombre, el de

acoger cuando ocurriese, á los atacados de la peste; la cual ya mucho

antes de dicha época solía aparecer dos, cuatro, seis y ocho veces cada

siglo, ya en uno, ya en otro país de Europa, invadiendo una gran parte

de ésta y también recorriéndola enteramente en todas direcciones: en el

momento de que hablamos, el lazareto no servía más que para depósito de

las mercancías sujetas á la cuarentena.

Para desocuparlo y dejarlo expedito, no miraron el rigor de las leyes

sanitarias, y habiendo hecho precipitadamente la limpieza y los

experimentos prescritos, despacharon todos los géneros á un tiempo,

echaron paja en todas las celdas, se hicieron provisiones de víveres

hasta donde fué posible, y se invitó por medio de edictos públicos á

todos los menesterosos que quisieran refugiarse allí.

Muchos concurrieron voluntariamente: todos los que yacían enfermos por

las calles y plazas, fueron trasladados; en pocos días, entre unos y

otros, ascendieron á más de tres mil. Sin embargo, muchos más fueron

los que quedaron sin asilo; ya fuese que éstos esperasen ver que los

demás se iban y que ellos quedarían en número muy escaso para gozar de

las limosnas de la ciudad, ya esa natural repugnancia á la clausura,

ya esa desconfianza de los pobres por todo lo que se les propone por

parte de los que poseen la riqueza y el poder (desconfianza siempre

proporcionada á la ignorancia común de quien la siente y de quien la

inspira, al número de los pobres y al poco criterio de las leyes), ó

el saber efectivamente cuál era en realidad el beneficio ofrecido; ya

fuese todo esto junto, ú otra cosa, el hecho es que la mayor parte,

no haciendo caso de la invitación, continuaba arrastrándose por las

calles y sufriendo las más grandes privaciones. Al ver esto se juzgó

conveniente pasar de la invitación á la fuerza. Se nombraron rondas

de alguaciles, para que condujesen á los mendigos al lazareto y que

llevasen atados á los que se resistieran; por cada uno de los cuales

les fué señalado una recompensa de diez sueldos: ¡he aquí cómo el

dinero del pueblo se encuentra siempre para malgastarlo, aun en tiempos

de la mayor penuria y escasez! Y aunque según se había calculado, y la

misma junta de la Provisión lo había hecho á propio intento, de que

cierto número de menesterosos huyese de la ciudad, para ir á vivir ó

morir en otra parte, disfrutando á lo menos de libertad; sin embargo,

la caza fué tal, que en poco tiempo el número de refugiados, entre

voluntarios y prisioneros, se aproximó á diez mil.

Debemos suponer que las mujeres y los niños estarían colocados en

distintas habitaciones, á pesar de que la historia de aquel tiempo

no rece nada de esto. Además, creemos que no faltarían reglas y

precauciones para el buen orden; pero imagínese cualquiera qué orden

podía establecerse y mantenerse, especialmente en aquellos tiempos y

circunstancias, en una tan vasta y varia reunión, en donde, con los

voluntarios, se hallaban mezclados los forzados; con aquellos para los

cuales la mendicidad era una necesidad, un dolor, una vergüenza; con

aquellos que la tenían por oficio; con muchos criados en la honesta

actividad de los campos y de las oficinas, revueltos con otros educados

en las plazas, en las tabernas, en los palacios de los poderosos,

acostumbrados al ocio, á la holgazanería, á las maldades y á la

violencia.

Del modo que estarían tanta diversidad de clases viviendo y comiendo

juntos, se podría tristemente conjeturar, aunque no tuviésemos ningunas

noticias positivas, pero por fortuna las tenemos. De veinte á treinta

dormían hacinados en cada una de aquellas celdas, ó tumbados bajo los

pórticos, sobre un poco de paja podrida é infecta, ó sobre la desnuda

tierra; porque si bien se había mandado que la paja fuese fresca y

abundante, cambiándola á menudo, sin embargo, lo positivo era el ser

mala, escasa, y el no remudarse nunca. Igualmente se había ordenado,

que el pan fuese de buena calidad; mas, ¿qué administrador ha dicho

jamás que se hacen y gastan malos artículos? Pero esto que no se

hubiera obtenido en circunstancias ordinarias, ni aun para el servicio

más estrecho, ¿cómo lograrlo en aquella ocasión y en medio de toda

aquella barahúnda? Entonces se dijo, según encontramos en las memorias

de aquella época, que el pan del lazareto había sido alterado con

sustancias pesadas y no nutritivas; y sin embargo, es demasiado creíble

que esto no eran vanas quejas. Por último, había una gran escasez de

agua, es decir, de agua viva y saludable; el pozo común debía ser el

acueducto que lame las murallas del recinto, cuyas aguas escasas,

estancadas y también cenagosas, habían llegado á ponerse peor, á causa

del uso continuo y la proximidad de tanta gente.

Á todas estas causas de mortandad, tanto más activas, cuanto que ellas

obraban sobre cuerpos ya enfermos ó extenuados, se unía la malignidad

de la estación: lluvias obstinadas seguidas de una sequedad más

obstinada todavía, y después de esto un calor anticipado y violento. La

desgracia común fué aumentada por la inquietud y por la desesperación,

por el deseo de los antiguos hábitos, por el recuerdo de los seres

queridos que los infortunados habían perdido, por la memoria inquieta

y dolorosa de aquéllos de quienes habían sido separados, por mil otras

pasiones de abatimiento y de rabia que habían traído y también nacido

allí dentro; la aprehensión y el espectáculo continuo de la muerte

había llegado á ser para ellos mismos un nuevo y poderoso motivo de

temores y de alarmas; no debe, pues, causar admiración que la mortandad

se aumentara y reinara en aquel recinto hasta el punto de tomar el

aspecto y nombre de peste, según la opinión de muchas gentes. Ya sea

que la reunión y aumento de todas estas causas hiciesen multiplicar la

actividad de una influencia puramente epidémica; ya sea (según parece

que acontece en las carestías de menos gravedad y duración que de la

que nos ocupamos) que motivase un cierto contagio, el cual en los

cuerpos dispuestos y preparados por la misma miseria y mala calidad

de los alimentos, por la intemperie, desaseo y abyección, hallase los

temperamentos, por decirlo así, en su verdadera sazón, en fin, las

condiciones indispensables para nacer, nutrirse y acrecentarse, si es

lícito á un ignorante el hablar así, escudado á favor de la hipótesis

propuesta por algunos facultativos, y apoyada vigorosamente, por

último, con poderosas razones y mucha reserva por uno tan solícito como

de grande ingenio[11]; ya sea que el contagio naciese primeramente

como por una oscura é inexacta relación, juzgaron los médicos de

la junta de sanidad, ya que existiera y hubiera ido minando con

anterioridad (lo que acaso parece más verosímil, calculando que el

hambre era ya antigua y general, y la mortandad muy frecuente); y que,

en fin, llevado hacia aquella multitud permanente, se propagase con

nueva y terrible rapidez. Dejando aparte cuál de todas estas conjeturas

fuese la verdadera, lo cierto es que el número de muertos en el

lazareto ascendió bien pronto á más de un centenar por día.

Mientras que en dicho lugar reinaban los padecimientos, las más

horribles angustias, el espanto y un general estremecimiento, el

tribunal de la Provisión aparecía cubierto de vergüenza, aturdimiento é

incertidumbre. Se consultó, se oyó el parecer de la junta de sanidad,

y no se encontró otra cosa mejor que deshacer lo que se había hecho

con tanto aparato, á costa de gastos tan exorbitantes y de tantas

vejaciones. Se abrió, pues, el lazareto, y despidieron á todos los

infelices que aún no estaban atacados del contagio, los cuales salieron

con frenética alegría.

La ciudad volvió á resonar con los antiguos lamentos, pero más débiles

é interrumpidos; apareció de nuevo aquella turba de mendigos, más rara

y más miserable, dice Ripamonti, pensando cómo había sido tan diezmada.

Los enfermos fueron trasladados á Santa María della Stella, entonces

hospital de pobres, en donde perecieron la mayor parte.

Mientras tanto los campos bienaventurados empezaban á dorarse. Los

mendigos llegados á la ciudad de todos los alrededores fueron cada uno

por su lado á tomar parte en aquella tan deseada siega. La caridad

inagotable ó ingeniosa del buen Federico se dió también á conocer: á

cada aldeano que se presentó en el arzobispado, le hizo dar un bieldo,

y una hoz para segar.

Con la cosecha cesó por fin la carestía; la mortandad epidémica ó

contagiosa, disminuyéndose de día en día, se prolongó no obstante hasta

el otoño. Estando ya á punto de concluirse, he aquí que sobrevino un

nuevo azote.

Muchas cosas importantes, de ésas á las cuales especialmente se da el

título de históricas, habían sucedido durante todo este intervalo. El

cardenal Richelieu, después de haberse apoderado de la Rochela, según

ya se ha dicho, y hecho un tratado de paz con la Inglaterra, había

propuesto y obtenido por medio de su poderosa palabra, en el consejo

del rey de Francia, que se socorriese eficazmente al duque de Nevers,

habiendo igualmente determinado al rey mismo que mandase en persona la

expedición. Mientras se hacían los preparativos, el conde de Nassau,

comisario imperial, intimaba en Mantua al nuevo duque que entregase

sus estados en manos de Fernando, pues en caso de no verificarlo, éste

mandaría un ejército para ocuparlos. El duque, que en circunstancias

más desesperadas había rehusado aceptar una condición tan dura y

sospechosa, reanimado entonces por los socorros próximos de la Francia,

lo rehusaba con más motivo, pero en términos ambiguos y con protestas

de sumisión, aunque aparente, no menos envueltas. El comisario había

partido protestando que la fuerza lo decidiría. En el mes de marzo el

cardenal Richelieu había en efecto desembarcado con el rey á la cabeza

de un ejército, habiendo pedido el paso al duque de Saboya, lo cual

tratándolo nada se había conseguido. Después de un encuentro en que los

franceses obtuvieron las mayores ventajas, se había tratado de nuevo

y concluido un acuerdo, en el cual el duque, entre otras cosas, había

estipulado que D. Gonzalo de Córdoba levantaría el sitio de Casal,

obligándose, si éste se negase á ello, á unirse con los franceses

para invadir el ducado de Milán. D. Gonzalo, que deseaba salir bien

librado, levantó el campo que tenía al frente de Casal, en cuyo punto

entró apresuradamente un cuerpo de tropas francesas para reforzar la

guarnición.

En esta ocasión fué cuando Achillini dirigió al rey Luis aquel famoso

soneto:

Sudate, o fochi, a preparar metalli[12].

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 14 / 29 段