D. Ferrante pasaba largos ratos en su gabinete de estudio, en donde

tenía una colección considerable de libros, que constaba á lo menos

de trescientos volúmenes, de lo más selecto; obras todas de las más

reputadas sobre diversas materias, en cada una de las cuales estaba

más ó menos versado. En astrología era tenido, y con razón, por más

que un aficionado; porque no solamente poseía las nociones generales

y el vocabulario común de influencias, de aspectos y conjunciones,

sino que también hablaba científicamente de las doce moradas del

cielo, de los grandes círculos, de los grados brillantes y tenebrosos,

de exaltaciones, tránsitos y revoluciones; en una palabra, de los

principios más ciertos y recónditos de la ciencia. Hacía quizá veinte

años, que en largas y frecuentes disputas sostenía la preeminencia de

Cardano sobre otro sabio apegado ferozmente á la de Alcabizio, por mera

obstinación, decía D. Ferrante; el cual reconociendo voluntariamente

la superioridad de los antiguos, no podía, sin embargo, sufrir que no

se quisiera dar la razón á los modernos, principalmente en aquellas

cosas que estaban á la vista de todo el mundo. Conocía también más que

medianamente la historia de la ciencia; sabía en caso necesario citar

las más célebres predicciones verificadas, y razonar con la mayor

sutileza y erudición sobre los demás que habían fallado, para demostrar

que la culpa no era de la ciencia, sino de los que no habían sabido

aplicarla bien.

De la filosofía antigua había aprendido igualmente lo suficiente,

y sin cesar iba empapándose más y más en la lectura de Diógenes

Laercio. Sin embargo, como no se pueden poseer todos los sistemas,

por hermosos que ellos sean, y para ser filósofo es preciso escoger

un autor, D. Ferrante había elegido á Aristóteles, el cual, según

acostumbraba á decir, no era antiguo ni moderno, sino el _non plus

ultra_ de los filósofos. Tenía también diversas obras de los más sabios

y útiles secuaces de la escuela aristotélica entre los modernos; con

respecto á las de los adversarios, jamás había querido leerlas para

no desperdiciar el tiempo, según decía, ni comprarlas porque tampoco

quería tirar el dinero. Únicamente y por vía de excepción daba lugar en

su biblioteca á los veintidós libros de _Subtilitate_ y á algunas obras

antiperipatéticas de Cardano, á causa de su mérito en la astrología,

diciendo que el que había podido escribir el tratado de _Restitutione

temporum et motuum cœlestium_ y el libro _Duodecim geniturarum_,

merecía ser escuchado aunque se equivocase; que el mayor defecto de

aquel hombre célebre había sido el tener demasiada sutileza, y que

nadie hubiera sido capaz de calcular hasta dónde habría llegado también

en la filosofía, si siempre hubiese seguido el camino recto. Por lo

demás, aunque á juicio de los hombres doctos D. Ferrante pasase por

un peripatético consumado, con todo, á sus propios ojos no le parecía

saber todavía lo suficiente, y más de una vez se le oyó decir con una

modestia edificante, que la esencia, los universales, el alma del mundo

y de la naturaleza de las cosas no eran materias tan claras cuanto se

pudiesen creer.

Tocante á filosofía natural, se había formado más bien un pasatiempo

que un estudio: las obras mismas de Aristóteles sobre esta materia las

había más bien leído que estudiado. No obstante, con esta lectura, con

las noticias recogidas incidentalmente en los tratados de filosofía

general, con algunas ojeadas echadas sobre la _Magia naturale Lapidum_,

de Porta, las tres historias _Lapidum_, _Animalium_, _Plantarum_ de

Cardano, el tratado de las yerbas, plantas y animales del grande

Alberto, y algunas otras obras de menos importancia, sabía en caso

necesario entretener una reunión de personas instruidas, razonando

acerca de las virtudes más admirables y de las curiosidades más

singulares de muchos simples. Describía exactamente las formas y los

hábitos de las sirenas y del ave Fénix, único en su especie; explicaba

del modo con que la Salamandra permanecía en medio del fuego sin

quemarse, cómo la Rémora, siendo un pescado tan pequeño, tiene la

fuerza y la habilidad de detener en un instante en alta mar á cualquier

buque de gran porte; cómo las gotas del rocío se vuelven perlas en el

seno de las conchas; cómo el Camaleón se alimenta del aire; cómo del

hielo endurecido lentamente con el trascurso del tiempo se forma el

cristal; y por último, otra serie de secretos de la naturaleza, los más

prodigiosos.

Él se había dedicado mucho más á los de la magia y del sortilegio,

porque dice nuestro anónimo se trataba de una ciencia mucho más en boga

y más necesaria, de la cual los hechos son de mucha mayor importancia

y más fácil de poderlos verificar. No hay necesidad de decir que en

semejante estudio no había tenido jamás otra mira que la de instruirse

y conocer á fondo las malas artes de los hechiceros, para poderse

guardar y defenderse. Guiado, sobre todo, por el gran Martín del

Río (el hombre de ciencia), estaba en disposición de discurrir _ex

professo_ sobre el maleficio del amor, sobre el soporífero, sobre el

hostil, y otras infinitas especies que por desgracia, dice también

el anónimo, se ven en práctica diariamente, de estos tres géneros

capitales de maleficios de efectos tan dolorosos. Los conocimientos

de D. Ferrante en la historia, especialmente universal, eran vastos

y profundos, sobre cuyas materias sus autores favoritos eran el

Tarcagnota, el Dolce, el Bugatti, el Campana, el Guazzo; finalmente,

los más célebres.

Pero, decía con frecuencia D. Ferrante, ¿qué es la historia sin la

política? Un guía que marcha siempre sin cesar, desprovisto de persona

que le enseñe el camino, y que por consiguiente pierde todo lo que

anda; del mismo modo, la política sin la historia es un hombre que

camina sin guía. Tenía, pues, en sus estantes designado un pequeño

lugar á los publicistas: allí, entre otros muchos de segundo orden,

campeaban Bodin, Cavalcanti, Sansovino, Paruta y Boccalini: dos libros,

sin embargo, había que D. Ferrante prefería á todos; dos obras que

llamó, durante mucho tiempo, las primeras, sin poder jamás resolver

á cuál de las dos convenía únicamente dar la primacía: la una era

el _Príncipe_ y los _Discursos_ del célebre secretario florentino;

“malvado, sí, decía D. Ferrante, pero profundo:” la otra, la _Ragion di

Stato_, del no menos célebre Juan Botero, “hombre de bien ciertamente,

decía también, mas astuto”. Pero poco tiempo antes de formular nuestra

historia, salió á luz una obra que terminó la cuestión de primacía,

sobrepujando también á las obras de aquellos dos _matones_, decía

D. Ferrante; un libro en la cual se hallaban comprendidas y como

destiladas todas las maldades para poderlas conocer, y todas las

virtudes para poderlas practicar; un libro poco voluminoso, pero

todo de oro; en una palabra, el _Statista Regnante_, de D. Valeriano

Castiglione, de ese hombre célebre, del cual se puede decir que los más

grandes literatos le ensalzaban á porfía, y se lo disputaban los más

célebres personajes; de ese hombre que el papa Urbano VIII honró, según

es público y notorio, colmándole de magníficos elogios, que el cardenal

Borghese y el virrey de Nápoles, D. Pedro de Toledo, le pidieron que

escribiese, el primero la vida del papa Paulo V, el otro las guerras

del rey católico en Italia; ambos lo solicitaron en vano, de ese hombre

que Luis XIII, rey de Francia, aconsejado por el cardenal Richelieu,

nombró su cronista; á quien el duque Carlos Emanuel de Saboya confirió

el mismo cargo, en elogio del cual, para callar otros gloriosos

testimonios, la duquesa Cristina, hija del cristianísimo rey Enrique

IV, pudo en un diploma, con muchos otros títulos, añadir: “la certeza

de la fama que él obtiene en Italia de primer escritor de nuestra

época”.

Pero si D. Ferrante podía decirse instruido en todas las ciencias

expresadas anteriormente, había una en la cual merecía y gozaba el

título de profesor: ésta era la ciencia caballeresca; no sólo razonaba

acerca de ella como maestro, sino que también rogado frecuentemente

para que interviniese en asuntos de honor, daba siempre alguna

decisión. Poseía en su biblioteca, y se puede añadir en su cabeza,

las obras de los escritores más célebres en dicha materia: Parido del

Pozzo, Fausto de Longiano, Urrea, Muzio, Romey, Albergato, y Torcuato

Tasso, del cual tenía siempre dispuestos y en caso de necesidad sabía

citar de memoria todos los pasajes de la _Jerusalén libertada_, como

también de la _conquistada_, que podían servir de ejemplo en materias

de caballería. Á pesar de todo, el autor de los autores, según su

opinión, era el célebre Francisco Birago, con el cual se encontró más

de una vez para sentenciar en los asuntos de honor, y que por su parte

hablaba de D. Ferrante en términos de singular aprecio; y aun antes que

los _Discursos caballerescos_ de dicho insigne escritor hubiesen visto

la luz pública, D. Ferrante pronosticó, sin vacilar, que esta obra

destruiría la autoridad de Olevano, y quedaría con sus otras nobles

hermanas, como el código de una autoridad sin rival á los ojos de la

posteridad; profecía, dice nuestro anónimo, que se ha verificado según

todos pueden ver.

El expresado autor pasa en seguida á hablar de los conocimientos que

poseía D. Ferrante con respecto á la amena literatura; pero nosotros

empezamos á dudar si el lector tendrá grandes deseos de seguir

adelante con aquél en esta reseña, y por lo tanto, temiendo molestarle

demasiado, volveremos á tomar el interrumpido hilo de nuestra historia,

para detenernos en ella más pausadamente. Además, tenemos aún un largo

camino que recorrer antes de encontrar á los personajes por los cuales

el citado lector se interesa más, si hay sin embargo alguna cosa en

todo esto que ciertamente le interese.

Hasta el otoño de 1629 permanecieron todos, quienes voluntariamente,

quienes por fuerza, en el mismo estado en que los hemos dejado, sin

que sucediese á ninguno de ellos la menor cosa digna de ser referida.

Vino por fin el deseado otoño en que Inés y Lucía habían proyectado

reunirse; pero un gran acontecimiento público echó por tierra semejante

cálculo, siendo esto á la verdad el más pequeño de sus efectos.

Vinieron en seguida otros sucesos, que sin embargo, no trajeron ningún

cambio notable en la suerte de nuestros personajes. Finalmente, nuevas

desgracias, más generales, más terribles y formidables, llegaron

hasta ellos como un impetuoso y devastador huracán que arranca los

árboles, echa abajo las casas, abate la cúspide de las más elevadas

torres, cuyas ruinas siembra por doquier; se lleva también las flores

escondidas entre la yerba, arrebata las hojas ligeras y ya secas que

una débil brisa había arrojado en un rincón, y las arrastra en su

inmenso torbellino.

Ahora, para que los hechos particulares que nos restan por referir

aparezcan claros, debemos absolutamente, y es indispensable que

volvamos á tomar la narración de los hechos generales desde un poco más

atrás.

CAPÍTULO DÉCIMO

Después de la famosa asonada del día de S. Martín y del siguiente,

pareció que la abundancia hubiese vuelto á Milán como por milagro.

Las panaderías se veían llenas de pan; el precio de éste era como

en los años más fértiles; las harinas estaban en proporción. Los

que en aquellos dos días habían gritado por las calles ó hecho algo

más, tenían al presente (exceptuando el pequeño número que habían

sido presos) motivos de congratularse, y no se crea por esto que

permaneciesen tranquilos después de pasado el primer susto de las

prisiones: en las plazas, en las esquinas, dentro de las tabernas,

bailaban, se felicitaban, y aun se jactaban entre dientes de haber

encontrado el medio de hacer bajar el precio del pan; mas sin embargo,

en medio de las fiestas y regocijos reinaba una vaga inquietud, un

presentimiento confuso de que semejante dicha no sería de muy larga

duración, agrupábanse en torno de las panaderías y de los almacenes

de harina, según había sucedido cuando aquella abundancia ficticia

y pasajera producida por la primera tarifa de Antonio Ferrer, todos

gastaban con profusión, el que tenía algún dinero lo invertía en harina

y pan, les servían de almacenes los cofres, los más pequeños toneles, y

hasta las ollas. Apresurándose de este modo á gozar de las ventajas del

momento, hacían, no digamos imposible su larga duración, porque por sí

misma ya lo era, sino que á cada instante se volvía más y más difícil

su continuación.

El 15 de noviembre, Antonio Ferrer, _de orden de su excelencia_,

publicó un bando, por el cual se prohibía á cualquiera que tuviese en

su casa grano ó harina, el comprar pan, poco ni mucho, y á los demás

únicamente el que necesitasen para dos días, _bajo penas pecuniarias y

corporales al arbitrio de su excelencia_. Dicho bando intimaba á los

encargados de su cumplimiento y á cualesquiera persona, el denunciar á

los contraventores, ordenando á los jueces el hacer pesquisas en las

casas que les fuesen designadas, dando al propio tiempo á los panaderos

una nueva orden terminante y expresa de tener las tiendas bien

provistas de pan, _so pena, en caso de contravención, de cinco años de

galeras y de mayor pena_, al arbitrio de su excelencia. Es preciso un

grande esfuerzo de imaginación para creer que semejante bando pudiese

ponerse en ejecución. Á la verdad, si todos los que se publicaban

entonces hubiesen podido tener entero y cumplido efecto, el ducado de

Milán hubiera tenido en el mar más gente que hoy día la Gran Bretaña.

Pero mandando á los panaderos hacer una tan gran cantidad de pan, era

indispensable igualmente dar alguna orden para que no faltasen las

primeras materias. En las épocas de carestía se hace siempre un estudio

especial en reducir á pan los productos ó alimentos que acostumbran á

consumirse bajo otra forma. Se había, pues, calculado el hacer entrar

el arroz en la composición del pan llamado de _mistura_[6]. El 23 de

noviembre salió una nueva orden secuestrando á las órdenes del vicario

y de los doce miembros de la provisión la mitad del arroz (que entonces

se le daba el nombre de _risono_[7], y aún hoy día se llama del mismo

modo), que cada uno tuviese, bajo pena, á cualquiera que dispusiera de

él sin permiso de los expresados señores, á la pérdida del género y á

una multa de tres escudos por _moggio_[8]. Esto, según se ve, era muy

justo.

Mas para comprar dicho arroz era preciso pagarlo á un precio muy

desproporcionado al que tenía el pan; por lo tanto se impuso á la

ciudad la carga de suplir esta enorme diferencia; mas el consejo de

los decuriones deliberó el mismo día 23 de noviembre el representar

al gobernador la imposibilidad de sostener por mucho tiempo semejante

carga, y el gobernador por medio de un bando, fecha 7 de diciembre,

fijó el precio del mencionado arroz á doce libras el _moggio_. Tanto al

que pidiese un precio más subido como al que rehusase venderlo, se le

intimó la pena de la pérdida del género y una multa del mismo valor,

_y mucha y más grande pena pecuniaria y también corporal, hasta la de

galeras, al arbitrio de su excelencia, según la cualidad de los casos y

las personas_.

El precio del arroz mondado había sido ya fijado antes de la primera

conmoción: la tarifa, ó para servirnos de una denominación más célebre

en los anales modernos, el _máximum_ del grano y de los demás cereales

comunes se había fijado en otros bandos que no hemos podido encontrar.

Mantenido de este modo á un precio módico en Milán el trigo y la

harina, sucedió que una multitud de gentes del campo acudieron á

proveerse á la ciudad. D. Gonzalo, para remediar dicho inconveniente,

según él lo llamaba, prohibió por otra ordenanza de 15 de diciembre

el sacar fuera de Milán pan por más del valor de veinte sueldos, bajo

pena de la pérdida del pan mismo y veinticinco escudos, _y en caso de

insolvencia, de dos carreras de azotes en público, y mayor castigo

aún_, como de costumbre, al arbitrio de su excelencia. El 22 del mismo

mes se publicó una orden igual para las harinas y granos.

El populacho había querido procurarse la abundancia por medio del

pillaje y del incendio: el gobierno quería mantenerla con las galeras y

azotes. Dichos medios eran bastante adecuados; mas juzgue el lector si

podían lograr el fin que se proponían: en un momento vamos á ver cómo

lo consiguieron. Por otra parte, no es inútil que observemos que estos

extraños medios entre sí tienen una conexión íntima y necesaria; cada

uno era la consecuencia inevitable del precedente, y todos dimanaban

del primero, que fijaba al pan un precio tan desproporcionado al que

debía resultar del estado real de las cosas. Semejante expediente

ha parecido, y ha debido parecer siempre á la multitud, no sólo

conforme á la equidad, sino también muy sencillo y muy fácil de poner

en ejecución: es, pues, sumamente natural que en las angustias

y padecimientos que trae en pos de sí la carestía, la expresada

multitud lo desea, lo pide, y si puede lo impone. Pero á medida que se

experimentan las consecuencias, es necesario que á aquellos á quienes

toca esta incumbencia, se dediquen á repararlas todas por medio de

una ley que prohíba hacer lo que designaban las leyes anteriores.

Permítasenos observar aquí, como de paso, una singular combinación.

En un país y en época no muy lejana, en la época más famosa y notable

de la historia moderna, se recurrió en circunstancias semejantes á

iguales expedientes (casi podríamos decir los mismos en la sustancia),

con la sola diferencia que eran en mayor proporción, y poco más ó

menos en el mismo orden. Tomáronse, pues, estas medidas en menosprecio

de la razón de los tiempos tan cambiados y de los conocimientos

crecientes en Europa, y en dicho país quizá más que en otro alguno,

siendo principalmente la causa de esto, que la gran masa del pueblo,

hasta la cual no habían llegado todavía los mencionados conocimientos,

pudiese hacer prevalecer su juicio, é hiciese igualmente la ley, según

vulgarmente se dice á los legisladores.

Mas volviendo á proseguir nuestra interrumpida narración, diremos que

al fin y al cabo los dos principales frutos de la sublevación habían

sido dos: el desperdicio y pérdida efectiva de víveres, durante la

conmoción misma, consumiendo mientras rigió la tarifa, sin cuidado

y sin medida el poco grano que debía bastar para ir tirando hasta la

nueva recolección. Á estos efectos generales es preciso añadir el

suplicio de cuatro desventurados designados como jefes del motín, los

cuales fueron ahorcados, dos enfrente del horno de las _Muletas_, y los

dos restantes al extremo de la calle, en donde se hallaba la casa del

vicario de la provisión.

Además, las relaciones históricas de aquella época, están escritas

tan sin orden, que no se ha podido encontrar cómo y cuándo cesó la

expresada tarifa tan arbitraria. Si á falta de pruebas positivas nos

es lícito aventurar algunas conjeturas, estamos decididos á creer que

fué suprimida un poco antes ó después del 24 de diciembre, día de la

consabida ejecución. Por lo que respecta á las ordenanzas, después

de la del día 22 del mismo mes, que hemos citado, no encontramos

otra en materia de subsistencias, ya sea que las que se hubiesen

publicado fracasaran, ya que hayan escapado á nuestras pesquisas,

ya, por último, que la autoridad desanimada, si no convencida de la

ineficacia de sus remedios y arrastrada por la fuerza misma de los

sucesos, los haya abandonado á su propio curso. Pero nosotros hallamos

en las relaciones de más de un historiador (inclinados como estaban

todos á describir los grandes acontecimientos, más bien que á observar

las causas y progresos) el cuadro del país, y principalmente el de

la ciudad, á la conclusión del invierno y en la primavera. En esta

época, la desproporción de los víveres y las necesidades que no habían

podido hacer cesar ni los remedios que aumentándola, habían suspendido

temporalmente los efectos, ni una introducción suficiente de cereales

extranjeros, á la cual se oponían la escasez de medios públicos y

privados, la penuria de los países circunvecinos, la languidez y la

paralización del comercio, las leyes mismas que tendían á establecer la

baratura á favor de medidas violentas; todas estas circunstancias, que

eran la verdadera causa de la carestía, ó por mejor decir, esta misma

obraba sin obstáculo de ninguna especie y con toda su fuerza. He aquí

la copia de aquel doloroso cuadro.

Todas las tiendas estaban cerradas; las fábricas en gran parte

desiertas; las calles ofrecían un espectáculo terrible, un incesante

curso de miserias y una morada perpetua de sufrimientos. Los mendigos

de profesión, habiendo quedado circunscritos á un número muy escaso,

confundidos y perdidos en una nueva multitud, se veían reducidos á

disputar la limosna con aquellos de los cuales en otro tiempo la habían

recibido. Los oficiales y aprendices despedidos por los comerciantes

y fabricantes, privados de su salario y jornal, vivían penosamente

de sus economías y ahorros: los jornaleros, errando de puerta en

puerta, de calle en calle, apoyados en las esquinas, tumbados en

las aceras, arrimados á las casas y á las iglesias, pedían limosna

con voz lastimera ó vacilaban entre la necesidad y la vergüenza que

aún no habían podido dominar; descarnados, débiles, apenas tenían

la suficiente fuerza para sostenerse, abatidos como estaban por una

larga vigilia y por los rigores del frío, que penetraba por entre sus

andrajosos vestidos, en los cuales se distinguían aún las señales de su

antiguo bienestar. Veíanse mezclados á esta deplorable turba, y no en

muy pequeño número, servidores despedidos por sus amos, caídos entonces

desde la medianía á la estrechez, ó que á pesar de tener facultades,

se encontraban inhábiles en tiempos tan calamitosos, de sostener tan

grande y numerosa servidumbre. Á todos estos indigentes se agregaba

otro número infinito, acostumbrados en parte á vivir de las sobras

de aquéllos; divisábanse por todas partes niños, mujeres, ancianos,

agrupados en torno de los que habían sido hasta el presente su sostén,

vagando dispersos tendiendo la mano.

Tropezábase también y se les distinguía por sus _ciuffo_ ó poblados

mechones, por los restos de sus magníficos vestidos, por un cierto

no sé qué en el porte y gesto, por esas huellas que los hábitos

imprimen sobre el rostro; encontrábanse, repito, muchos individuos

pertenecientes á la mala ralea de los bravos, los cuales, habiendo

perdido por una suerte común su pan criminal, lo andaban buscando

por misericordia. Domados por el hambre, no disputaban con los

demás, valiéndose únicamente de las súplicas; se arrastraban por la

ciudad, ellos que tantas veces la habían recorrido con la cabeza

alta, con ademán altanero y feroz, cubiertos de ricos y caprichosos

vestidos, cargados de magníficas armas, adornados de elegantes plumas,

perfectamente peinados y perfumados: veíase al presente, á estos

hombres, alargar humildemente aquella mano que tantas veces se había

levantado para amenazar con insolencia ó para herir á traición.

Pero el espectáculo más horrible y más digno de compasión á la vez,

era la innumerable multitud de aldeanos: veíanse reunidos por familias

enteras; maridos, mujeres, niños, ancianos. Algunos cuyas casas habían

sido invadidas y despojadas por la soldadesca alojada ó que iba de

paso, habían huido desesperados; otros para mover más á compasión y

para hacer distinguir su miseria entre tantas, mostraban las heridas y

cicatrices de los golpes que habían recibido al defender sus escasas y

últimas provisiones, ó al escapar de aquel desenfreno ciego y brutal.

Otros, finalmente, no habiéndoles alcanzado todavía semejante azote,

pero arrojados por otros dos, de los cuales ningún rincón había quedado

exento, á saber: la esterilidad y las cargas más exorbitantes que

jamás habían sido exigidas para satisfacer lo que entonces llamaban

necesidades de la guerra, llegaban á la ciudad como á la morada, como

al último asilo de la abundancia y de una piadosa munificencia. Se

podían conocer fácilmente los recién llegados por su aire incierto

y de estupidez, y poco después por el despecho que manifestaban á

la vista de tal desorden, de una tan grande rivalidad de miseria,

allí donde habían esperado ser objeto singular de compasión y atraer

sobre sí las miradas y los socorros. En las facciones de los que por

más ó menos tiempo recorrían y habitaban las calles de la ciudad,

prolongando su desgraciada existencia por los escasos socorros que

obtenían por largos intervalos, veíase pintada una consternación más

negra y más profunda. Vestidos de diferentes maneras, los que todavía

podían llamarse vestidos, y distintos también en su aspecto: semblantes

descoloridos de la tierra baja, bronceados del llano, del Mediodía y

de las colinas, sanguíneos de los montañeses; mas sin embargo, todos

afilados y descompuestos, todos con los ojos hundidos, miradas fijas

participando de la fiereza é insensatez; los cabellos desordenados,

las barbas largas y descuidadas; cuerpos nutridos y endurecidos por

las fatigas, veíanse ahora aniquilados por el hambre. Y para completar

cuadro tan desolador, la naturaleza misma aparecía como vencida por

cierta especie de languidez y consunción.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 13 / 29 段