tenía una colección considerable de libros, que constaba á lo menos
de trescientos volúmenes, de lo más selecto; obras todas de las más
reputadas sobre diversas materias, en cada una de las cuales estaba
más ó menos versado. En astrología era tenido, y con razón, por más
que un aficionado; porque no solamente poseía las nociones generales
y el vocabulario común de influencias, de aspectos y conjunciones,
sino que también hablaba científicamente de las doce moradas del
cielo, de los grandes círculos, de los grados brillantes y tenebrosos,
de exaltaciones, tránsitos y revoluciones; en una palabra, de los
principios más ciertos y recónditos de la ciencia. Hacía quizá veinte
años, que en largas y frecuentes disputas sostenía la preeminencia de
Cardano sobre otro sabio apegado ferozmente á la de Alcabizio, por mera
obstinación, decía D. Ferrante; el cual reconociendo voluntariamente
la superioridad de los antiguos, no podía, sin embargo, sufrir que no
se quisiera dar la razón á los modernos, principalmente en aquellas
cosas que estaban á la vista de todo el mundo. Conocía también más que
medianamente la historia de la ciencia; sabía en caso necesario citar
las más célebres predicciones verificadas, y razonar con la mayor
sutileza y erudición sobre los demás que habían fallado, para demostrar
que la culpa no era de la ciencia, sino de los que no habían sabido
aplicarla bien.
De la filosofía antigua había aprendido igualmente lo suficiente,
y sin cesar iba empapándose más y más en la lectura de Diógenes
Laercio. Sin embargo, como no se pueden poseer todos los sistemas,
por hermosos que ellos sean, y para ser filósofo es preciso escoger
un autor, D. Ferrante había elegido á Aristóteles, el cual, según
acostumbraba á decir, no era antiguo ni moderno, sino el _non plus
ultra_ de los filósofos. Tenía también diversas obras de los más sabios
y útiles secuaces de la escuela aristotélica entre los modernos; con
respecto á las de los adversarios, jamás había querido leerlas para
no desperdiciar el tiempo, según decía, ni comprarlas porque tampoco
quería tirar el dinero. Únicamente y por vía de excepción daba lugar en
su biblioteca á los veintidós libros de _Subtilitate_ y á algunas obras
antiperipatéticas de Cardano, á causa de su mérito en la astrología,
diciendo que el que había podido escribir el tratado de _Restitutione
temporum et motuum cœlestium_ y el libro _Duodecim geniturarum_,
merecía ser escuchado aunque se equivocase; que el mayor defecto de
aquel hombre célebre había sido el tener demasiada sutileza, y que
nadie hubiera sido capaz de calcular hasta dónde habría llegado también
en la filosofía, si siempre hubiese seguido el camino recto. Por lo
demás, aunque á juicio de los hombres doctos D. Ferrante pasase por
un peripatético consumado, con todo, á sus propios ojos no le parecía
saber todavía lo suficiente, y más de una vez se le oyó decir con una
modestia edificante, que la esencia, los universales, el alma del mundo
y de la naturaleza de las cosas no eran materias tan claras cuanto se
pudiesen creer.
Tocante á filosofía natural, se había formado más bien un pasatiempo
que un estudio: las obras mismas de Aristóteles sobre esta materia las
había más bien leído que estudiado. No obstante, con esta lectura, con
las noticias recogidas incidentalmente en los tratados de filosofía
general, con algunas ojeadas echadas sobre la _Magia naturale Lapidum_,
de Porta, las tres historias _Lapidum_, _Animalium_, _Plantarum_ de
Cardano, el tratado de las yerbas, plantas y animales del grande
Alberto, y algunas otras obras de menos importancia, sabía en caso
necesario entretener una reunión de personas instruidas, razonando
acerca de las virtudes más admirables y de las curiosidades más
singulares de muchos simples. Describía exactamente las formas y los
hábitos de las sirenas y del ave Fénix, único en su especie; explicaba
del modo con que la Salamandra permanecía en medio del fuego sin
quemarse, cómo la Rémora, siendo un pescado tan pequeño, tiene la
fuerza y la habilidad de detener en un instante en alta mar á cualquier
buque de gran porte; cómo las gotas del rocío se vuelven perlas en el
seno de las conchas; cómo el Camaleón se alimenta del aire; cómo del
hielo endurecido lentamente con el trascurso del tiempo se forma el
cristal; y por último, otra serie de secretos de la naturaleza, los más
prodigiosos.
Él se había dedicado mucho más á los de la magia y del sortilegio,
porque dice nuestro anónimo se trataba de una ciencia mucho más en boga
y más necesaria, de la cual los hechos son de mucha mayor importancia
y más fácil de poderlos verificar. No hay necesidad de decir que en
semejante estudio no había tenido jamás otra mira que la de instruirse
y conocer á fondo las malas artes de los hechiceros, para poderse
guardar y defenderse. Guiado, sobre todo, por el gran Martín del
Río (el hombre de ciencia), estaba en disposición de discurrir _ex
professo_ sobre el maleficio del amor, sobre el soporífero, sobre el
hostil, y otras infinitas especies que por desgracia, dice también
el anónimo, se ven en práctica diariamente, de estos tres géneros
capitales de maleficios de efectos tan dolorosos. Los conocimientos
de D. Ferrante en la historia, especialmente universal, eran vastos
y profundos, sobre cuyas materias sus autores favoritos eran el
Tarcagnota, el Dolce, el Bugatti, el Campana, el Guazzo; finalmente,
los más célebres.
Pero, decía con frecuencia D. Ferrante, ¿qué es la historia sin la
política? Un guía que marcha siempre sin cesar, desprovisto de persona
que le enseñe el camino, y que por consiguiente pierde todo lo que
anda; del mismo modo, la política sin la historia es un hombre que
camina sin guía. Tenía, pues, en sus estantes designado un pequeño
lugar á los publicistas: allí, entre otros muchos de segundo orden,
campeaban Bodin, Cavalcanti, Sansovino, Paruta y Boccalini: dos libros,
sin embargo, había que D. Ferrante prefería á todos; dos obras que
llamó, durante mucho tiempo, las primeras, sin poder jamás resolver
á cuál de las dos convenía únicamente dar la primacía: la una era
el _Príncipe_ y los _Discursos_ del célebre secretario florentino;
“malvado, sí, decía D. Ferrante, pero profundo:” la otra, la _Ragion di
Stato_, del no menos célebre Juan Botero, “hombre de bien ciertamente,
decía también, mas astuto”. Pero poco tiempo antes de formular nuestra
historia, salió á luz una obra que terminó la cuestión de primacía,
sobrepujando también á las obras de aquellos dos _matones_, decía
D. Ferrante; un libro en la cual se hallaban comprendidas y como
destiladas todas las maldades para poderlas conocer, y todas las
virtudes para poderlas practicar; un libro poco voluminoso, pero
todo de oro; en una palabra, el _Statista Regnante_, de D. Valeriano
Castiglione, de ese hombre célebre, del cual se puede decir que los más
grandes literatos le ensalzaban á porfía, y se lo disputaban los más
célebres personajes; de ese hombre que el papa Urbano VIII honró, según
es público y notorio, colmándole de magníficos elogios, que el cardenal
Borghese y el virrey de Nápoles, D. Pedro de Toledo, le pidieron que
escribiese, el primero la vida del papa Paulo V, el otro las guerras
del rey católico en Italia; ambos lo solicitaron en vano, de ese hombre
que Luis XIII, rey de Francia, aconsejado por el cardenal Richelieu,
nombró su cronista; á quien el duque Carlos Emanuel de Saboya confirió
el mismo cargo, en elogio del cual, para callar otros gloriosos
testimonios, la duquesa Cristina, hija del cristianísimo rey Enrique
IV, pudo en un diploma, con muchos otros títulos, añadir: “la certeza
de la fama que él obtiene en Italia de primer escritor de nuestra
época”.
Pero si D. Ferrante podía decirse instruido en todas las ciencias
expresadas anteriormente, había una en la cual merecía y gozaba el
título de profesor: ésta era la ciencia caballeresca; no sólo razonaba
acerca de ella como maestro, sino que también rogado frecuentemente
para que interviniese en asuntos de honor, daba siempre alguna
decisión. Poseía en su biblioteca, y se puede añadir en su cabeza,
las obras de los escritores más célebres en dicha materia: Parido del
Pozzo, Fausto de Longiano, Urrea, Muzio, Romey, Albergato, y Torcuato
Tasso, del cual tenía siempre dispuestos y en caso de necesidad sabía
citar de memoria todos los pasajes de la _Jerusalén libertada_, como
también de la _conquistada_, que podían servir de ejemplo en materias
de caballería. Á pesar de todo, el autor de los autores, según su
opinión, era el célebre Francisco Birago, con el cual se encontró más
de una vez para sentenciar en los asuntos de honor, y que por su parte
hablaba de D. Ferrante en términos de singular aprecio; y aun antes que
los _Discursos caballerescos_ de dicho insigne escritor hubiesen visto
la luz pública, D. Ferrante pronosticó, sin vacilar, que esta obra
destruiría la autoridad de Olevano, y quedaría con sus otras nobles
hermanas, como el código de una autoridad sin rival á los ojos de la
posteridad; profecía, dice nuestro anónimo, que se ha verificado según
todos pueden ver.
El expresado autor pasa en seguida á hablar de los conocimientos que
poseía D. Ferrante con respecto á la amena literatura; pero nosotros
empezamos á dudar si el lector tendrá grandes deseos de seguir
adelante con aquél en esta reseña, y por lo tanto, temiendo molestarle
demasiado, volveremos á tomar el interrumpido hilo de nuestra historia,
para detenernos en ella más pausadamente. Además, tenemos aún un largo
camino que recorrer antes de encontrar á los personajes por los cuales
el citado lector se interesa más, si hay sin embargo alguna cosa en
todo esto que ciertamente le interese.
Hasta el otoño de 1629 permanecieron todos, quienes voluntariamente,
quienes por fuerza, en el mismo estado en que los hemos dejado, sin
que sucediese á ninguno de ellos la menor cosa digna de ser referida.
Vino por fin el deseado otoño en que Inés y Lucía habían proyectado
reunirse; pero un gran acontecimiento público echó por tierra semejante
cálculo, siendo esto á la verdad el más pequeño de sus efectos.
Vinieron en seguida otros sucesos, que sin embargo, no trajeron ningún
cambio notable en la suerte de nuestros personajes. Finalmente, nuevas
desgracias, más generales, más terribles y formidables, llegaron
hasta ellos como un impetuoso y devastador huracán que arranca los
árboles, echa abajo las casas, abate la cúspide de las más elevadas
torres, cuyas ruinas siembra por doquier; se lleva también las flores
escondidas entre la yerba, arrebata las hojas ligeras y ya secas que
una débil brisa había arrojado en un rincón, y las arrastra en su
inmenso torbellino.
Ahora, para que los hechos particulares que nos restan por referir
aparezcan claros, debemos absolutamente, y es indispensable que
volvamos á tomar la narración de los hechos generales desde un poco más
atrás.
CAPÍTULO DÉCIMO
Después de la famosa asonada del día de S. Martín y del siguiente,
pareció que la abundancia hubiese vuelto á Milán como por milagro.
Las panaderías se veían llenas de pan; el precio de éste era como
en los años más fértiles; las harinas estaban en proporción. Los
que en aquellos dos días habían gritado por las calles ó hecho algo
más, tenían al presente (exceptuando el pequeño número que habían
sido presos) motivos de congratularse, y no se crea por esto que
permaneciesen tranquilos después de pasado el primer susto de las
prisiones: en las plazas, en las esquinas, dentro de las tabernas,
bailaban, se felicitaban, y aun se jactaban entre dientes de haber
encontrado el medio de hacer bajar el precio del pan; mas sin embargo,
en medio de las fiestas y regocijos reinaba una vaga inquietud, un
presentimiento confuso de que semejante dicha no sería de muy larga
duración, agrupábanse en torno de las panaderías y de los almacenes
de harina, según había sucedido cuando aquella abundancia ficticia
y pasajera producida por la primera tarifa de Antonio Ferrer, todos
gastaban con profusión, el que tenía algún dinero lo invertía en harina
y pan, les servían de almacenes los cofres, los más pequeños toneles, y
hasta las ollas. Apresurándose de este modo á gozar de las ventajas del
momento, hacían, no digamos imposible su larga duración, porque por sí
misma ya lo era, sino que á cada instante se volvía más y más difícil
su continuación.
El 15 de noviembre, Antonio Ferrer, _de orden de su excelencia_,
publicó un bando, por el cual se prohibía á cualquiera que tuviese en
su casa grano ó harina, el comprar pan, poco ni mucho, y á los demás
únicamente el que necesitasen para dos días, _bajo penas pecuniarias y
corporales al arbitrio de su excelencia_. Dicho bando intimaba á los
encargados de su cumplimiento y á cualesquiera persona, el denunciar á
los contraventores, ordenando á los jueces el hacer pesquisas en las
casas que les fuesen designadas, dando al propio tiempo á los panaderos
una nueva orden terminante y expresa de tener las tiendas bien
provistas de pan, _so pena, en caso de contravención, de cinco años de
galeras y de mayor pena_, al arbitrio de su excelencia. Es preciso un
grande esfuerzo de imaginación para creer que semejante bando pudiese
ponerse en ejecución. Á la verdad, si todos los que se publicaban
entonces hubiesen podido tener entero y cumplido efecto, el ducado de
Milán hubiera tenido en el mar más gente que hoy día la Gran Bretaña.
Pero mandando á los panaderos hacer una tan gran cantidad de pan, era
indispensable igualmente dar alguna orden para que no faltasen las
primeras materias. En las épocas de carestía se hace siempre un estudio
especial en reducir á pan los productos ó alimentos que acostumbran á
consumirse bajo otra forma. Se había, pues, calculado el hacer entrar
el arroz en la composición del pan llamado de _mistura_[6]. El 23 de
noviembre salió una nueva orden secuestrando á las órdenes del vicario
y de los doce miembros de la provisión la mitad del arroz (que entonces
se le daba el nombre de _risono_[7], y aún hoy día se llama del mismo
modo), que cada uno tuviese, bajo pena, á cualquiera que dispusiera de
él sin permiso de los expresados señores, á la pérdida del género y á
una multa de tres escudos por _moggio_[8]. Esto, según se ve, era muy
justo.
Mas para comprar dicho arroz era preciso pagarlo á un precio muy
desproporcionado al que tenía el pan; por lo tanto se impuso á la
ciudad la carga de suplir esta enorme diferencia; mas el consejo de
los decuriones deliberó el mismo día 23 de noviembre el representar
al gobernador la imposibilidad de sostener por mucho tiempo semejante
carga, y el gobernador por medio de un bando, fecha 7 de diciembre,
fijó el precio del mencionado arroz á doce libras el _moggio_. Tanto al
que pidiese un precio más subido como al que rehusase venderlo, se le
intimó la pena de la pérdida del género y una multa del mismo valor,
_y mucha y más grande pena pecuniaria y también corporal, hasta la de
galeras, al arbitrio de su excelencia, según la cualidad de los casos y
las personas_.
El precio del arroz mondado había sido ya fijado antes de la primera
conmoción: la tarifa, ó para servirnos de una denominación más célebre
en los anales modernos, el _máximum_ del grano y de los demás cereales
comunes se había fijado en otros bandos que no hemos podido encontrar.
Mantenido de este modo á un precio módico en Milán el trigo y la
harina, sucedió que una multitud de gentes del campo acudieron á
proveerse á la ciudad. D. Gonzalo, para remediar dicho inconveniente,
según él lo llamaba, prohibió por otra ordenanza de 15 de diciembre
el sacar fuera de Milán pan por más del valor de veinte sueldos, bajo
pena de la pérdida del pan mismo y veinticinco escudos, _y en caso de
insolvencia, de dos carreras de azotes en público, y mayor castigo
aún_, como de costumbre, al arbitrio de su excelencia. El 22 del mismo
mes se publicó una orden igual para las harinas y granos.
El populacho había querido procurarse la abundancia por medio del
pillaje y del incendio: el gobierno quería mantenerla con las galeras y
azotes. Dichos medios eran bastante adecuados; mas juzgue el lector si
podían lograr el fin que se proponían: en un momento vamos á ver cómo
lo consiguieron. Por otra parte, no es inútil que observemos que estos
extraños medios entre sí tienen una conexión íntima y necesaria; cada
uno era la consecuencia inevitable del precedente, y todos dimanaban
del primero, que fijaba al pan un precio tan desproporcionado al que
debía resultar del estado real de las cosas. Semejante expediente
ha parecido, y ha debido parecer siempre á la multitud, no sólo
conforme á la equidad, sino también muy sencillo y muy fácil de poner
en ejecución: es, pues, sumamente natural que en las angustias
y padecimientos que trae en pos de sí la carestía, la expresada
multitud lo desea, lo pide, y si puede lo impone. Pero á medida que se
experimentan las consecuencias, es necesario que á aquellos á quienes
toca esta incumbencia, se dediquen á repararlas todas por medio de
una ley que prohíba hacer lo que designaban las leyes anteriores.
Permítasenos observar aquí, como de paso, una singular combinación.
En un país y en época no muy lejana, en la época más famosa y notable
de la historia moderna, se recurrió en circunstancias semejantes á
iguales expedientes (casi podríamos decir los mismos en la sustancia),
con la sola diferencia que eran en mayor proporción, y poco más ó
menos en el mismo orden. Tomáronse, pues, estas medidas en menosprecio
de la razón de los tiempos tan cambiados y de los conocimientos
crecientes en Europa, y en dicho país quizá más que en otro alguno,
siendo principalmente la causa de esto, que la gran masa del pueblo,
hasta la cual no habían llegado todavía los mencionados conocimientos,
pudiese hacer prevalecer su juicio, é hiciese igualmente la ley, según
vulgarmente se dice á los legisladores.
Mas volviendo á proseguir nuestra interrumpida narración, diremos que
al fin y al cabo los dos principales frutos de la sublevación habían
sido dos: el desperdicio y pérdida efectiva de víveres, durante la
conmoción misma, consumiendo mientras rigió la tarifa, sin cuidado
y sin medida el poco grano que debía bastar para ir tirando hasta la
nueva recolección. Á estos efectos generales es preciso añadir el
suplicio de cuatro desventurados designados como jefes del motín, los
cuales fueron ahorcados, dos enfrente del horno de las _Muletas_, y los
dos restantes al extremo de la calle, en donde se hallaba la casa del
vicario de la provisión.
Además, las relaciones históricas de aquella época, están escritas
tan sin orden, que no se ha podido encontrar cómo y cuándo cesó la
expresada tarifa tan arbitraria. Si á falta de pruebas positivas nos
es lícito aventurar algunas conjeturas, estamos decididos á creer que
fué suprimida un poco antes ó después del 24 de diciembre, día de la
consabida ejecución. Por lo que respecta á las ordenanzas, después
de la del día 22 del mismo mes, que hemos citado, no encontramos
otra en materia de subsistencias, ya sea que las que se hubiesen
publicado fracasaran, ya que hayan escapado á nuestras pesquisas,
ya, por último, que la autoridad desanimada, si no convencida de la
ineficacia de sus remedios y arrastrada por la fuerza misma de los
sucesos, los haya abandonado á su propio curso. Pero nosotros hallamos
en las relaciones de más de un historiador (inclinados como estaban
todos á describir los grandes acontecimientos, más bien que á observar
las causas y progresos) el cuadro del país, y principalmente el de
la ciudad, á la conclusión del invierno y en la primavera. En esta
época, la desproporción de los víveres y las necesidades que no habían
podido hacer cesar ni los remedios que aumentándola, habían suspendido
temporalmente los efectos, ni una introducción suficiente de cereales
extranjeros, á la cual se oponían la escasez de medios públicos y
privados, la penuria de los países circunvecinos, la languidez y la
paralización del comercio, las leyes mismas que tendían á establecer la
baratura á favor de medidas violentas; todas estas circunstancias, que
eran la verdadera causa de la carestía, ó por mejor decir, esta misma
obraba sin obstáculo de ninguna especie y con toda su fuerza. He aquí
la copia de aquel doloroso cuadro.
Todas las tiendas estaban cerradas; las fábricas en gran parte
desiertas; las calles ofrecían un espectáculo terrible, un incesante
curso de miserias y una morada perpetua de sufrimientos. Los mendigos
de profesión, habiendo quedado circunscritos á un número muy escaso,
confundidos y perdidos en una nueva multitud, se veían reducidos á
disputar la limosna con aquellos de los cuales en otro tiempo la habían
recibido. Los oficiales y aprendices despedidos por los comerciantes
y fabricantes, privados de su salario y jornal, vivían penosamente
de sus economías y ahorros: los jornaleros, errando de puerta en
puerta, de calle en calle, apoyados en las esquinas, tumbados en
las aceras, arrimados á las casas y á las iglesias, pedían limosna
con voz lastimera ó vacilaban entre la necesidad y la vergüenza que
aún no habían podido dominar; descarnados, débiles, apenas tenían
la suficiente fuerza para sostenerse, abatidos como estaban por una
larga vigilia y por los rigores del frío, que penetraba por entre sus
andrajosos vestidos, en los cuales se distinguían aún las señales de su
antiguo bienestar. Veíanse mezclados á esta deplorable turba, y no en
muy pequeño número, servidores despedidos por sus amos, caídos entonces
desde la medianía á la estrechez, ó que á pesar de tener facultades,
se encontraban inhábiles en tiempos tan calamitosos, de sostener tan
grande y numerosa servidumbre. Á todos estos indigentes se agregaba
otro número infinito, acostumbrados en parte á vivir de las sobras
de aquéllos; divisábanse por todas partes niños, mujeres, ancianos,
agrupados en torno de los que habían sido hasta el presente su sostén,
vagando dispersos tendiendo la mano.
Tropezábase también y se les distinguía por sus _ciuffo_ ó poblados
mechones, por los restos de sus magníficos vestidos, por un cierto
no sé qué en el porte y gesto, por esas huellas que los hábitos
imprimen sobre el rostro; encontrábanse, repito, muchos individuos
pertenecientes á la mala ralea de los bravos, los cuales, habiendo
perdido por una suerte común su pan criminal, lo andaban buscando
por misericordia. Domados por el hambre, no disputaban con los
demás, valiéndose únicamente de las súplicas; se arrastraban por la
ciudad, ellos que tantas veces la habían recorrido con la cabeza
alta, con ademán altanero y feroz, cubiertos de ricos y caprichosos
vestidos, cargados de magníficas armas, adornados de elegantes plumas,
perfectamente peinados y perfumados: veíase al presente, á estos
hombres, alargar humildemente aquella mano que tantas veces se había
levantado para amenazar con insolencia ó para herir á traición.
Pero el espectáculo más horrible y más digno de compasión á la vez,
era la innumerable multitud de aldeanos: veíanse reunidos por familias
enteras; maridos, mujeres, niños, ancianos. Algunos cuyas casas habían
sido invadidas y despojadas por la soldadesca alojada ó que iba de
paso, habían huido desesperados; otros para mover más á compasión y
para hacer distinguir su miseria entre tantas, mostraban las heridas y
cicatrices de los golpes que habían recibido al defender sus escasas y
últimas provisiones, ó al escapar de aquel desenfreno ciego y brutal.
Otros, finalmente, no habiéndoles alcanzado todavía semejante azote,
pero arrojados por otros dos, de los cuales ningún rincón había quedado
exento, á saber: la esterilidad y las cargas más exorbitantes que
jamás habían sido exigidas para satisfacer lo que entonces llamaban
necesidades de la guerra, llegaban á la ciudad como á la morada, como
al último asilo de la abundancia y de una piadosa munificencia. Se
podían conocer fácilmente los recién llegados por su aire incierto
y de estupidez, y poco después por el despecho que manifestaban á
la vista de tal desorden, de una tan grande rivalidad de miseria,
allí donde habían esperado ser objeto singular de compasión y atraer
sobre sí las miradas y los socorros. En las facciones de los que por
más ó menos tiempo recorrían y habitaban las calles de la ciudad,
prolongando su desgraciada existencia por los escasos socorros que
obtenían por largos intervalos, veíase pintada una consternación más
negra y más profunda. Vestidos de diferentes maneras, los que todavía
podían llamarse vestidos, y distintos también en su aspecto: semblantes
descoloridos de la tierra baja, bronceados del llano, del Mediodía y
de las colinas, sanguíneos de los montañeses; mas sin embargo, todos
afilados y descompuestos, todos con los ojos hundidos, miradas fijas
participando de la fiereza é insensatez; los cabellos desordenados,
las barbas largas y descuidadas; cuerpos nutridos y endurecidos por
las fatigas, veíanse ahora aniquilados por el hambre. Y para completar
cuadro tan desolador, la naturaleza misma aparecía como vencida por
cierta especie de languidez y consunción.