separarse, la oferta pareció á ambas aceptable, si no por otra cosa,
á lo menos por estar aquella quinta muy próxima á su pueblo natal.
Habiendo leído cada una en su rostro su mutuo asentimiento, se
volvieron á D.ª Prajedes y aceptaron la proposición, manifestándole su
agradecimiento. Ésta renovó los cumplidos y promesas, y dijo que al
momento escribiría una carta á monseñor.
Después de haber partido las dos mujeres, hizo extender la citada
carta por D. Ferrante, del cual por ser literato, según haremos
especial mención, se servía como de un secretario en las ocasiones
de importancia. Como se trataba de un negocio de aquella especie,
D. Ferrante hizo los mayores esfuerzos de ingenio, y al entregar la
minuta á su esposa para que la copiase, le recomendó ardientemente
la ortografía, que era una de las muchas cosas que había estudiado, y
de las pocas sobre las cuales tenía mando en la casa. D.ª Prajedes se
apresuró á copiar la carta y enviarla al sastre. Esto pasó dos ó tres
días antes que el cardenal mandase la litera para conducir á nuestras
mujeres á su pueblo.
Luego que hubieron llegado, se apearon en la casa parroquial, en
donde se hallaba el cardenal. Se había dado orden para introducirlas
inmediatamente. El capellán, que fué el primero que las vió, se
apresuró á obedecer, deteniéndolas únicamente sólo lo necesario para
darles apresuradamente una pequeña lección tocante al ceremonial que
era preciso usar con monseñor, y sobre los títulos que debían darle,
cosa que tenía costumbre de hacer, siempre que podía, ocultándose del
cardenal. Era para el pobre hombre un tormento continuo el ver el poco
orden que reinaba en torno del cardenal sobre dicho particular: todo
esto sucede, decía á los demás de la familia, por la demasiada bondad
de ese hombre bienaventurado, por su gran familiaridad. Y refería
haber escuchado, con sus propios oídos, que contestaban muchas veces á
monseñor: sí, señor, y no, señor.
En aquel momento el cardenal estaba conversando con D. Abundio sobre
los asuntos de la parroquia, de modo que éste no tuvo ocasión de dar
á su vez, según hubiera deseado, sus instrucciones á las dos mujeres:
solamente al pasar junto á éstas, y mientras que él salía y ellas
entraban, les pudo echar una ojeada, para darles á entender que estaba
muy satisfecho de su comportamiento, y que continuasen como honradas y
dignas mujeres guardando silencio.
Después de la primera acogida por una parte, y los saludos por otra,
Inés sacó de su seno la carta, la presentó al cardenal diciendo: es de
la Sra. D.ª Prajedes, la cual dice que conoce mucho á vuestra señoría
ilustrísima, monseñor, como naturalmente, entre los grandes señores,
se deben conocer unos á otros. Cuando vuestra señoría la habrá leído,
quedará enterado.
--¡Bien!, dijo Federico después de haberla leído y descubierto su
sentido bajo el fárrago de flores de retórica de D. Ferrante. Conocía
bastante aquella familia para estar seguro que Lucía había sido
invitada con buena intención, y que con ella estaría al abrigo de las
asechanzas y violencias de su perseguidor. Con respecto á la opinión
que podía tener acerca de D.ª Prajedes, no sabemos nada de positivo.
Probablemente no era la persona que hubiera elegido para semejante
obra; pero así como hemos dicho, ó hemos dado á conocer en otro lugar,
no tenía costumbre de deshacer las cosas que no le pertenecían, para
procurar volver á hacerlas mejor.
--Aceptad aun sin pena esta separación, y la incertidumbre en que
os encontráis, añadió en seguida: tened la esperanza que esto debe
concluirse pronto y que el Señor quiere conducir las cosas al término
que se ha propuesto; pero tened por cierto que todo lo que él quiera
enviaros será para vuestro mayor bien. Dió después á Lucía, en
particular, algún otro consuelo amistoso, como igualmente nuevos ánimos
á ambas, les echó su bendición, y las dejó partir.
Apenas hubieron puesto el pie en la calle, cuando se vieron rodeadas
de un enjambre de amigos y amigas, todo el pueblo, en fin, que las
aguardaba con impaciencia, y que las condujo como en triunfo hasta su
casita. Todas las mujeres las felicitaban, se apiadaban de su suerte,
las abrumaban con preguntas, y todas experimentaban el mayor desagrado
al saber que Lucía marchaba al día siguiente. Los hombres se disputaban
á porfía el ofrecerles sus servicios; cada uno quería permanecer
aquella noche haciendo la guardia á la casita. Sobre este hecho,
nuestro anónimo juzga conveniente poner aquí un pequeño proverbio:
“Queréis tener muchos que os ayuden, procurad no tener necesidad de
ellos”.
Esta brillante acogida que confundía y turbaba á Lucía, no dejó
interiormente de causarle algún bien, pues la vino á distraer un poco
de las ideas y recuerdos que se ofrecían á su imaginación, en medio
del tumulto mismo, en aquel umbral, en aquellas habitaciones tan
conocidas, á la vista de cada objeto.
Al sonido de la campana, que anunciaba la proximidad de la augusta
ceremonia, todos se encaminaron á la iglesia, siendo esto para las
recién venidas otro paseo triunfal.
Concluida la función, D. Abundio, que había corrido á ver si Perpetua
había preparado todas las cosas para el desayuno, fué llamado por el
cardenal. Se dirigió sin pérdida de momento á la estancia de su ilustre
huésped, el cual, habiéndolo dejado acercar, “señor cura”, dijo. Estas
palabras fueron pronunciadas de un modo que debían hacerle comprender
que era la introducción de una larga y seria conversación.
--Señor cura, ¿por qué no habéis casado á esa pobre Lucía con su
prometido?
“Ellas han vaciado el saco esta mañana”, pensó D. Abundio, y respondió
balbuceando: “Vuestra señoría ilustrísima habrá sin duda oído hablar de
todos los obstáculos que han surgido de este asunto: hay una confusión
tal, que no se puede, ni aun hoy día, ver nada claro: monseñor
ilustrísimo sabe bien que la joven no se halla aquí, después de tantos
accidentes, más que de milagro; y que con respecto al mancebo, se
ignora absolutamente su paradero”.
--Pregunto, replicó el cardenal, si es verdad que antes de todos estos
sucesos habíais rehusado celebrar el matrimonio, cuando vos mismo
señalasteis el día convenido.
--Ciertamente... si vuestra señoría ilustrísima supiese... qué
intimaciones... qué órdenes tan terribles he recibido para que no
hablase... Y se paró sin concluir nada, con un ademán que daba
respetuosamente á entender, que sería una indiscreción el querer saber
más.
--¡Más!, dijo el cardenal con acento y continente mucho más severos que
de costumbre: es vuestro obispo el que por deber y por vuestra propia
justificación quiere saber de vos los motivos por los cuales no habéis
ejecutado lo que en los sucesos ordinarios de la vida estabais obligado
rigurosamente á hacer.
--Monseñor, dijo D. Abundio humillándose hasta el extremo; yo no quería
decir del todo... pero me ha parecido que como esto se reducía á un
negocio muy embrollado, á cosas ya pasadas, y hoy día sin remedio, era
inútil el removerlas... sin embargo, digo... sé que vuestra señoría
ilustrísima no puede estar en todo: y yo permanezco aquí, expuesto...
no obstante, ya que monseñor lo manda, lo diré todo.
--Decid: no deseo más que el hallaros exento de culpa.
D. Abundio se puso entonces á referir su dolorosa historia; mas
suprimió el nombre del principal personaje y lo sustituyó con la
palabra un _gran señor_, dando de este modo á la prudencia lo que podía
dársele en semejante apuro.
--¿Y no habéis tenido otro motivo? preguntó el cardenal, cuando D.
Abundio hubo concluido.
--Acaso no me haya explicado bastante, respondió éste; bajo pena de la
vida, me han intimado el no celebrar el matrimonio.
--¿Y es ésta una razón bastante para dejar de cumplir un deber preciso?
--Siempre he tratado de llenar mi deber aun á riesgo de grandes
incomodidades; pero cuando se trata de la vida...
--¿Y cuando fuisteis presentado en la Iglesia, replicó Federico con
acento aún más severo, para ser admitido al sagrado ministerio que
habéis ejercido, la Iglesia os ha exceptuado el exponer la vida?
¿Os ha dicho que los deberes impuestos por este santo ministerio
estuviesen libres de todo obstáculo, exentos de todo peligro? ¿Os ha
manifestado que en donde empezaría el riesgo, cesaría el deber? ¿No
os ha demostrado expresamente lo contrario? ¿No os ha advertido que
os enviaba como un cordero en medio de los lobos? ¿No sabíais, pues,
que había hombres violentos á quienes desagradaría lo que os fuese
ordenado? Aquel de quien nosotros tenemos la doctrina y el ejemplo, á
cuya imitación nos dejamos llamar y nos decimos pastores, viniendo á la
tierra para llenar el peligroso cargo, ¿ha puesto acaso por condición
que la vida estaría segura? ¿Y para salvarla, para conservarla algunos
días más sobre la tierra, olvidando la caridad y el deber, era preciso,
pues, que recibieseis la santa unción y la gracia del sacerdocio? El
mundo basta para dar esta virtud, para enseñar esta doctrina. ¿Qué
digo?, ¡oh, vergüenza! el mundo mismo la combate. El mundo hace también
sus leyes que prescriben el bien y rechazan el mal; tiene igualmente
su evangelio, un evangelio de orgullo y de odio; y no quiere que se
diga que el amor á la vida sea una razón para traspasar sus órdenes. Lo
quiere y es obedecido; ¡y nosotros, nosotros, hijos y mensajeros de la
palabra de Dios!, ¿qué sería de la Iglesia, si vuestro lenguaje fuese
el de todos vuestros colegas? ¿En dónde estaríais hoy si se hubiese
anunciado al mundo con semejantes doctrinas?
D. Abundio permanecía con la cabeza baja; su corazón se hallaba bajo el
peso de aquellos terribles argumentos, del mismo modo que un polluelo
bajo las garras del halcón, que lo tiene suspendido en una región
desconocida, en medio de una atmósfera que jamás ha respirado. Viendo
enseguida que era absolutamente preciso contestar algo, dijo con
forzada sumisión: “Monseñor ilustrísimo, he faltado; y ya que no se
debe procurar por la vida, nada más tengo que decir; pero cuando uno
tiene que habérselas con ciertas gentes que tienen, la fuerza en la
mano y que no quieren escuchar razones, no veo qué es lo que se puede
ganar con hacer el valiente; y con un señor como aquél, contra el cual
no se puede vencer ni desquitar”.
--¿Ignoráis por ventura que el sufrir por la justicia es el modo que
nosotros tenemos de vencer? Si no lo sabéis, ¿qué predicáis, pues? ¿Qué
enseñáis? ¿Cuál es el Evangelio que anunciáis á los pobres? ¿Quién
exige de vos que doméis la fuerza con la fuerza? Ciertamente no os
será demandado en el día del juicio si habéis sabido reprimir á los
poderosos, porque no se os ha dado ni la misión ni los medios, pero
se os exigirá cuenta del modo que habéis ejecutado lo que os estaba
prescrito, aun cuando se hubiera tenido la temeridad de prohibíroslo.
“Á la verdad que estos santos son bien extraños, pensaba entretanto
D. Abundio: exprimid todo el jugo de sus discursos, y sacaréis en
sustancia, que prefieren más el amor de dos jóvenes, que la vida
de un pobre sacerdote”. Tocante á él, se hubiera contentado que la
conversación acabase allí; pero veía al cardenal que á cada pausa
permanecía con el ademán de uno que aguarda una contestación, una
confesión ó una apología.
--Repito, monseñor, respondió enseguida, que he faltado: el valor no se
puede inspirar al que no lo tiene.
--¿Y por qué, pues, podría deciros, os habéis encargado de un
ministerio que os impone la tarea de estar siempre en guerra abierta
con las pasiones del siglo? ¿Mas cómo, os diré más bien, cómo no
pensáis que si en este ministerio, de cualquier modo que hayáis
entrado, os es indispensable el valor para llenar nuestros deberes, el
Todopoderoso os lo concederá infaliblemente cuando se lo pidiereis?
¿Creéis que tantos millares de mártires como ha habido, naturalmente
tuviesen valor, que no hiciesen ningún caso de la vida, tantos jóvenes
que empezaban á gozar de sus encantos, tantos ancianos que veían á cada
instante que se les iba á escapar, tantas vírgenes, tantas esposas
y tantas madres? Todos han tenido valor porque éste era necesario,
y además, tenían confianza en Dios. Conociendo vuestra debilidad y
vuestros deberes, ¿habéis procurado, por ventura, prepararos para
las situaciones difíciles en que podíais encontraros y en las que os
habéis hallado en efecto? ¡Ah!, si durante tantos años de ejercicio
pastoral habéis amado vuestra grey (como no lo dudo), si habéis hecho
descansar en ella vuestras afecciones, vuestros cuidados, vuestras
más caras delicias, el valor no debía faltaros en caso de necesidad;
el amor es intrépido. Si vos apreciáis á los que están confiados á
vuestra custodia espiritual, á aquellos que llamáis vuestros hijos; á
la verdad, si los amáis, cuando habéis visto á dos de estos amenazados
al mismo tiempo que vos, ¡ah!, ciertamente, la caridad ha debido
haceros temblar por ellos, como la debilidad de la carne os ha hecho
temblar por vos mismo. Vos habréis sido humillado con este primer
temor, porque era un efecto de vuestra miseria; habréis implorado la
fuerza para vencerle, para arrojarle de vos, porque era una tentación;
pero el temor santo y noble para el prójimo, para vuestros hijos, lo
habréis atendido; él no os habrá sin duda dejado un momento de tregua
ni reposo; os habrá excitado, arrastrado á pensar todo lo posible para
separar de ellos el peligro que les amenazaba... ¿Qué es lo que os ha
inspirado, pues, este temor, este amor?, ¿qué habéis hecho por ellos?,
¿qué habéis pensado hacer?
Y calló en ademán de quien aguarda una respuesta.
CAPÍTULO OCTAVO
Á una tal demanda, D. Abundio, á quien había costado mucho trabajo
contestar á las preguntas muy poco precisas, se quedó sin articular
una palabra. Y para decir la verdad, aun nosotros, con este manuscrito
delante, con la pluma en la mano, no teniendo que disputar más que con
las frases, ni otra cosa que temer que la crítica de nuestros lectores,
también nosotros, repito, experimentamos una cierta repugnancia en
proseguir: encontramos un cierto no sé qué de extraño en este deseo
de presentar tan fácilmente tantos bellos preceptos de fortaleza y
de caridad, de infatigable solicitud para los demás, de ilimitado
sacrificio de sí mismo. Mas pensando en seguida que dichas cosas eran
proferidas por un hombre que las ponía en ejecución, avancemos con
valor.
--¿No respondéis?, replicó el cardenal. ¡Ah!, si hubieseis hecho lo que
la caridad, lo que el deber reclamaba, de cualquier modo que las cosas
hubieran ido, no os faltaría ahora una contestación. Vos mismo veis lo
que habéis hecho: obedecisteis á la iniquidad sin cuidaros de lo que os
prescribía el deber. Habéis seguido puntualmente sus órdenes; ella se
ha manifestado á vos únicamente para significaros su deseo, pero quería
permanecer oculta al que hubiera podido defenderse y ponerse en guardia
contra ella; no quería despertar sospechas, sí únicamente el secreto,
para madurar con comodidad sus proyectos de asechanzas ó de violencia;
os ordenó infringir vuestros deberes y que callaseis; así lo habéis
hecho. Os pregunto al presente si no habéis hecho más; decidme si es
verdad que disteis falsas excusas para no revelar el motivo de vuestra
negativa... Pronunciadas estas palabras, guardó silencio, esperando una
contestación.
“¡También han referido esto las charlatanas!”, pensaba D. Abundio, pero
no daba señales de tener nada que decir.
--¿Es verdad, prosiguió el cardenal, es verdad que habéis dicho á esas
pobres criaturas lo que no había, para tenerlas en la ignorancia, en
la oscuridad, en la que las quería la iniquidad?... Me veo obligado
á creerlo; únicamente me resta el ruborizarme con vos, y esperar que
lloraréis conmigo. ¡Ved adónde os ha conducido! (¡Dios clemente, sin
embargo lo presentáis como una justificación!) ¡Ved, repito, adónde
os ha conducido esa solicitud por una vida que debe concluirse! Ella
os ha conducido... rebatid libremente estas palabras si os parecen
injustas; tomadlas como una humillación saludable si no lo son... os ha
conducido, vuelvo á decir, á engañar á los débiles, á mentir á vuestros
hijos.
“He aquí cómo van las cosas”, decía aún D. Abundio entre sí, “á ese
demonio encarnado (y pensaba en el Incógnito), los brazos al cuello;
y á mí, por una nada, por una media mentira dicha con el solo fin de
salvar el pellejo, tanto ruido; pero son superiores, y siempre tienen
razón; ésta es mi estrella: todos tienen que pagarla conmigo, sin
exceptuar ni aun los santos”. Después dijo en alta voz:
--He faltado, conozco que he faltado; pero ¿qué debía hacer en unas
circunstancias tan críticas?
--¡Y todavía lo preguntáis! ¿No os lo he dicho ya?, ¿y debíais
decírmelo? Amar, hijo mío, amar y rogar. Entonces habríais visto que
la iniquidad puede amenazar, dar golpes, pero no órdenes; hubierais
unido, según la ley de Dios, lo que el hombre quería separar, hubierais
prestado á esos desgraciados inocentes el ministerio que tenían el
derecho de pediros; Dios hubiera respondido de las consecuencias,
porque se habían seguido sus mandatos; hoy que habéis ejecutado otros,
sobre vos sólo recae la responsabilidad. ¡Y qué consecuencias, justo
cielo! ¿Y qué haríais si todos los medios humanos os faltasen, si no
hubiese ninguna senda abierta para salvaros, cuando apenas habéis
mirado á vuestro alrededor, cuando ni aun habéis reflexionado ni
tampoco dignado buscarlos un solo instante? Sabed, pues, que esos
infortunados habían pensado en su fuga después de haber celebrado
su casamiento; estaban dispuestos á huir lejos de la presencia del
poderoso, y habían ya elegido el lugar donde refugiarse. Y aun sin
esto, ¿no os ha venido á la memoria que al fin y al cabo teníais un
superior?, ¿cómo se atrevería éste á revestirse de la autoridad para
reprenderos el haber faltado á vuestros deberes, si no se creyese
obligado á ayudaros á cumplirlos?, ¿por qué no habéis tratado de
informar á vuestro obispo de los obstáculos que una infame violencia
ponía al ejercicio de vuestro ministerio?
“Éste era el parecer de Perpetua”, pensaba dolorosamente D. Abundio, á
quien en medio de todos estos discursos lo que tenía presente con más
claridad, era la imagen de aquellos bravos, y la idea que D. Rodrigo
estaba vivo y sano, y que un día ú otro volvería glorioso y triunfante
y enardecido de rabia. Aunque aquella dignidad presente, aquel aspecto
y lenguaje le hiciesen estar confuso y le imprimiesen cierto temor,
era, no obstante, un temor que no le subyugaba y que no impedía el que
su pensamiento se rebelase, porque calculaba que al fin de la cuenta,
el cardenal no empleaba arcabuces, espadas ni bravos.
--¿Cómo no habéis reflexionado, proseguía Federico, que si aquellas
inocentes víctimas no hubiesen tenido abierto ningún otro asilo, yo
podía acogerles, ponerles en un lugar seguro en el momento que vos me
los enviaseis, como si estuvieran adheridos á un obispo, como una cosa
que le pertenecía, como la parte más preciosa, no digo de su cargo,
sino de sus riquezas? Por lo que toca á vos, yo hubiera permanecido
inquieto; me habría sido imposible descansar un momento hasta que os
hubiese puesto en seguridad, procurando que no se os tocase ni siquiera
uno solo de vuestros cabellos. ¿Imagináis que no hubiera sabido cómo
asegurar vuestra vida? ¿Creéis que ese hombre, por atrevido que sea,
no hubiera perdido su audacia, cuando hubiese llegado á su noticia
que sus tramas eran conocidas fuera de aquí, conocidas de mí que
velaba, que estaba decidido á emplear para vuestra defensa todos los
medios que estuviesen en mi mano? ¿Ignoráis que si el hombre promete
con frecuencia mucho más de lo que puede sostener, amenaza también
algunas veces más de lo que no se atreve á ejecutar? ¿No sabéis que la
iniquidad no solamente se funda en sus propias fuerzas, sino también en
la credulidad y en el espanto de los otros?
“Justamente, la razón es de Perpetua”, pensó todavía D. Abundio, sin
reflexionar que el hallarse de acuerdo su criada y Federico Borromeo
sobre lo que se hubiera podido y debido hacer, era un fuerte argumento
contra él.
--Pero vos, prosiguió el cardenal, no habéis visto, no habéis querido
ver más que vuestro peligro temporal. ¿Cómo os ha podido parecer tan
grande para sacrificar á él todo lo demás?
--Es porque yo vi aquellas caras feroces, se le escapó decir á
D. Abundio; yo mismo oí sus terribles palabras. Vuestra señoría
ilustrísima dice muy bien; pero sería preciso estar en el interior de
un pobre sacerdote y haber presenciado aquella escena.
Apenas hubo pronunciado estas palabras, cuando se mordió la lengua.
Conoció que se había dejado vencer demasiado por el despecho, y dijo
entre sí: “Ahora va á descargar la nube”; pero levantando tímidamente
la vista, se quedó sumamente admirado al ver al cardenal, al cual no
le era dado jamás el adivinar ni comprender, ó más bien diré, pasar de
aquella gravedad de mando y reprensión, á una compungida y pensativa.
--Es demasiado cierto, dijo Federico. ¡Tal es nuestra terrible y mísera
condición: nosotros queremos exigir rigurosamente de los demás lo
que Dios solo sabe si nosotros estaríamos dispuestos á dar: queremos
juzgar, corregir, reprender, y Dios sabe lo que nosotros haríamos
en el mismo caso, lo que hemos hecho en ocasiones semejantes! ¡Pero
desgraciado de mí si quisiese tomar mi debilidad por medida del deber
de los otros, por norma de mi instrucción! Sin embargo, es cierto
que juntamente con las doctrinas, debo dar el ejemplo á mi prójimo,
no para parecerme al fariseo que impuso á los demás enormes cargas,
las cuales después no quiso él ni aun tocar con el dedo. Escuchadme
pues, hijo mío, querido hermano: los errores de los que mandan son
frecuentemente más conocidos de los demás que de ellos mismos; si
vos sabéis que yo haya descuidado por desidia, por respetos humanos,
alguno de mis deberes, decídmelo francamente, hacédmelo observar, á fin
de que allí, donde ha faltado el ejemplo, sobrevenga á lo menos una
humilde confesión. Mostradme libremente mis debilidades, y entonces las
palabras adquirirán más valor en mi boca, porque experimentaréis más
vivamente que no son mías, sino de aquel que puede darnos á ambos la
fuerza necesaria para hacer lo que ellas prescriben.
“¡Oh, qué hombre tan santo, pero cuánto me atormenta!” decía
interiormente D. Abundio: “Siempre está sobre sí; quiere que yo
examine, remueva, critique, averigüe lo que encuentre malo en su
conducta”; en seguida dijo en alta voz:
--¡Oh, monseñor se burla de mí! ¿Quién no conoce el corazón fuerte,
el celo infatigable de vuestra señoría ilustrísima? Y añadió en su
interior, “Más que infatigable”.
--Yo no os pediría alabanzas que me hacen temblar, porque Dios conoce
mis faltas, y también yo me conozco bastante para confundirme; pero
hubiera querido, querría que nos confundiéramos juntos ante él, para
confiar igualmente ambos: desearía por amor á vos que comprendieseis
cuán opuesta ha sido vuestra conducta y vuestro lenguaje á las leyes,
que sin embargo, predicáis, y según las cuales seréis juzgado.
“Todo se vuelve contra mí”, pensó D. Abundio.
--Pero estas personas que han venido á referíroslo todo, no os han
dicho que ellas se han introducido en mi casa á traición, para
sorprenderme y hacerme celebrar un matrimonio contra las reglas.