--Me lo han dicho, hijo mío; pero lo que me aflige, lo que me aterra,

es el ver que aún tratáis de excusaros, procurando acusar á vuestro

prójimo acerca de lo que debería formar parte de vuestra confesión.

¿Quién ha puesto á esos infortunados, no digo en la necesidad, sino

en la tentación de hacer lo que han hecho? ¿Hubieran buscado esta vía

irregular, si la legítima no se les hubiese cerrado? ¿Habrían pensado

en tender lazos á su pastor si ellos hubiesen sido recibidos en sus

brazos, auxiliados y aconsejados por él?, ¿á sorprenderle, si no se

hubiera escondido? ¡Y queréis ahora hacerles soportar el peso!, ¡y os

indignáis porque después de tantas desventuras, ¿qué digo?, en medio

de la misma desgracia, hayan dejado escapar una palabra de consuelo

delante de su pastor y del vuestro! Que las reclamaciones del oprimido,

que las quejas del afligido sean odiosas al mundo, lo comprendo; ¡pero

á nosotros! ¿Y qué ventaja os hubiera producido su silencio? Hubierais

ganado en esto que su causa fuese enteramente al juicio de Dios.

¿No es para vos una nueva razón (teniendo ya tantas) de amar á esas

personas que os han procurado la ocasión de escuchar la voz sincera de

vuestro obispo, que os han dado un medio más conveniente para conocer

y descontar en parte la gran deuda que tenéis con ellos? ¡Ah!, si os

hubiesen provocado, ofendido, atormentado, os diría (¡y tendría acaso

necesidad de decíroslo!) que los amarais justamente por lo mismo.

Queredlos porque ellos han padecido, porque todavía padecen, porque

forman parte de vuestro rebaño, porque son débiles, porque tenéis

necesidad de perdón, y para obtenerlo, juzgad cuánto pueden valer sus

súplicas.

D. Abundio guardaba silencio, pero no con ese silencio forzado é

impaciente; callaba, como aquel que tiene más que pensar que no decir.

Las palabras que oía eran consecuencias inesperadas, aplicaciones

nuevas de una doctrina, no obstante antigua en su mente y no

contrastada. El mal de su prójimo, de cuya consideración le había

distraido el miedo propio, le hacía al presente una nueva impresión. Si

no sentía todos los remordimientos que la amonestación quería producir,

á causa de aquel maldito miedo que estaba siempre allí para el papel

de defensor oficioso, experimentaba á lo menos un cierto desagrado de

sí mismo, cierta compasión hacia los demás, cierta mezcla, en fin, de

ternura y vergüenza. Se asemejaba, si me es permitida la comparación, á

la húmeda y retorcida mecha de una vela, que aproximada á la llama de

una antorcha empieza á humear, luego chisporrotea, parece que rehúsa

encenderse, mas por último lo verifica y luce bien ó mal. D. Abundio se

hubiera acusado abiertamente, se habría lamentado de su conducta, si

no hubiese tenido la idea fija en D. Rodrigo; sin embargo, se mostró

bastante conmovido para que el cardenal dejase de conocer que sus

palabras habían servido de algo.

--Ahora, prosiguió el cardenal, el uno está fugitivo fuera de su casa,

la otra muy próxima á abandonarla; no tienen ambos más que motivos

poderosos para permanecer alejados, sin ninguna probabilidad de verse

jamás reunidos, y únicamente satisfechos, esperando que Dios los junte

en la otra vida; ahora, ¡ay!, ellos no tienen necesidad de vos; al

presente no tenéis motivo alguno de favorecerlos, y nuestra corta

previsión no alcanza á descubrir lo que podrá suceder. ¿Pero quién sabe

si Dios en su misericordia no os prepara la ocasión? ¡Ah, no la dejéis

escapar!, ¡buscadla, estad al acecho, rogad que se presente!

--No dejaré de hacerlo, monseñor; no dejaré de hacerlo; yo os lo

aseguro, respondió D. Abundio, con un acento que en aquel instante

salía del corazón.

--¡Ah, sí, hijo mío, sí!, exclamó Federico, y con afectuosa dignidad

continuó: ¡El cielo sabe que hubiera deseado tener con vos otra especie

de conversación! ¡Los dos hemos vivido ya mucho en este mundo! ¡Dios

sabe cuán penoso me ha sido el afligir vuestra ancianidad, teniendo

que usar de las reprensiones!, ¡cuánta mayor satisfacción hubiera sido

para mí el haber podido consolarnos mutuamente de nuestros cuidados

comunes y de nuestras penas, hablando de la bienaventurada esperanza,

de la cual estamos ya tan próximos!, ¡Dios quiera que las palabras que

me he visto obligado á deciros, sirvan para ambos! No hagáis que él me

tenga que pedir cuenta, en aquel día terrible, de haberos conservado

en un sagrado ministerio, al cual tan desgraciadamente habéis faltado.

Recobremos el tiempo perdido; la hora se acerca; el esposo no puede

tardar; tengamos encendidas nuestras lámparas. Ofrezcamos á Dios

nuestros miserables y vacíos corazones, para que se digne llenarlos

de esa caridad que repara el pasado, que asegura el porvenir, que teme

y espera, llora y se regocija con sabiduría; que nos conceda en todas

ocasiones la virtud que tanta falta nos hace.

Dicho esto se levantó, y D. Abundio siguió sus pasos.

Aquí nuestro anónimo nos advierte que la anterior entrevista no fué

la única que tuvieron los dos personajes, ni tampoco Lucía el solo

objeto de sus conversaciones; pero que se ha limitado á esto, por no

separarse demasiado del principal objeto de su narración; y que por

el mismo motivo no hará mención de otras cosas notables dichas por

Federico en todo el curso de la visita, ni de sus liberalidades, ni de

las discordias apaciguadas, ni de los odios antiguos entre personas,

familias y tierras enteras apagados (sucediendo por desgracia con

demasiada frecuencia que solamente se adormecen), ni de algunos

guapetones ó tiranuelos calmados por algún tiempo ó para siempre; todas

cosas que no dejaban de suceder siempre más ó menos, en cada uno de los

lugares de la diócesis en que aquel excelente personaje se detenía.

Después dice, que á la mañana siguiente fué D.ª Prajedes, según estaba

convenido, á buscar á Lucía y á cumplimentar al cardenal, el cual

colmó de alabanzas á la joven y se la recomendó eficazmente. Ya podrá

figurarse el lector cuántas lágrimas costaría á Lucía el separarse

de su madre; salió de la casita y dió el segundo adiós á su pueblo

natal, con ese sentimiento de excesiva amargura que se experimenta al

abandonar un paraje que fué el solo amado, y que ya no puede serlo más.

Pero con respecto á su madre, no fué ésta su última despedida; porque

D.ª Prajedes había anunciado que permanecería aún algunos días en su

quinta, la cual no estaba lejos del pueblo; prometiendo Inés ir á ver á

su hija, para dar y recibir un más doloroso adiós.

El cardenal se disponía también á marchar para continuar su visita,

cuando llegó el cura de la parroquia en donde estaba situado el

castillo del Incógnito, pidiendo tener una entrevista con él. Después

de haber sido introducido, le presentó un paquete y una carta, en la

cual rogaba á Federico que hiciese aceptar á la madre de Lucía cien

escudos de oro que iban contenidos en dicho paquete, para que sirvieran

de dote á la joven, ó para el uso que ambas juzgasen conveniente: al

mismo tiempo le suplicaba se dignara decirles, que si alguna vez, en

cualquier tiempo, necesitaban de sus servicios, la infeliz doncella no

ignoraba por desgracia su morada; y que el prestarles su ayuda, sería

para él uno de los sucesos más felices y deseados de su vida.

El cardenal mandó llamar á Inés al momento, y le participó la misión

que acababa de recibir, la cual fué escuchada con tanta sorpresa como

alegría; y puso en sus manos el paquete, que ella se apresuró á tomar

sin hacer muchos cumplimientos. Que Dios recompense á ese señor, dijo,

y ruego á vuestra señoría ilustrísima que le dé nuestras más sinceras

gracias; pero que esto no lo sepa nadie, porque vivimos en un pueblo,

que... Perdonadme; ya lo veis; sé demasiado que un señor como vos no va

ahora á hablar de semejantes cosas; pero... su señoría ya me entiende.

En seguida se volvió á casa apresuradamente, encerróse en su

habitación, y abrió el paquete. Aunque preparada, vació con admiración

en un pañuelo todo aquel montón de zequíes que tan pocas veces había

visto, y aun esto, solamente uno á uno: los contó, costóle gran trabajo

el reunirlos y colocarlos unos sobre otros, porque á cada instante se

escapaban de sus inexpertos dedos, y cayendo sobre la pila que tenía

hecha, tenía que volver á empezar su trabajo: habiendo logrado por

último hacer un cartucho lo mejor que le fué posible, lo envolvió en

un trapo, atándolo cuidadosamente con un bramante y fué á esconderlo

en uno de los rincones de su jergón. El resto del día no hizo más que

desvariar, formar proyectos para lo sucesivo, y suspirar el día de

mañana. Se acostó y permaneció algún tiempo despierta, atormentada por

la idea del oro que tenía debajo; y dormida lo veía igualmente. Se

levantó al rayar el alba, y se puso en camino para la quinta en la

cual se hallaba Lucía.

La repugnancia que ésta experimentaba en hablar del voto que había

hecho, no se disminuía; sin embargo, estaba resuelta á violentarse,

confiándose á su madre en la siguiente entrevista, que por algún tiempo

á lo menos debía llamarse la última.

Apenas pudieron estar solas, cuando Inés, con el semblante animado, y

al mismo tiempo en voz baja como si temiera que alguno la oyese, empezó

á hablar de este modo: “Tengo que darte una gran noticia”; y se puso á

referir su inesperada fortuna.

--Dios bendiga á ese señor, dijo Lucía: así tendréis con que vivir

felizmente, y podréis también hacer bien á alguno.

--¡Cómo!, respondió Inés; ¿no ves cuántas cosas podemos hacer con

tanto dinero? Escucha: yo no tengo más hija que tú; más que los dos,

puedo decir; porque á Renzo, desde que empezó á obsequiarte, lo he

mirado siempre como un hijo mío. Todo está en que no le haya sucedido

alguna desgracia al ver que no nos ha dado ninguna noticia de su

persona. Pero, ¡vaya!, ¡acaso ha de ir todo mal! Confiemos en que no,

y esperemos. En cuanto á mí, hubiera querido dejar los huesos en mi

país; mas al presente, que tú no puedes permanecer en él, por culpa de

ese bribón, y solamente al pensar que lo tendría cerca, he cogido odio

al pueblo que me ha visto nacer. Hasta aquí, estaba resuelta á ir con

vosotros, aunque hubiese sido hasta el fin del mundo; pero, sin dinero,

¿cómo hacerlo? ¿Comprendes ahora? Los pocos cuartos que el pobre Renzo

había recogido con tantos afanes y á costa de una estricta economía, he

aquí que ha ido la justicia con sus manos lavadas, y ha arramblado con

todo; mas el Señor en recompensa nos ha enviado la fortuna. Así, pues,

luego que haya encontrado el medio de que sepamos si existe ó no, en

dónde está, y cuáles son sus intenciones, voy á buscarte á Milán, no

lo dudes; en otro tiempo me hubiera parecido una gran cosa; pero las

desgracias le hacen á uno abrir los ojos, y le prestan atrevimiento

para todo: he ido hasta Monza, y por consiguiente, sé lo que es

viajar. Escojo un hombre decidido, un pariente, como por ejemplo,

Alejo de Magganiaco, que según todos dicen es hombre de resolución;

¿no es cierto?, voy á Milán en su compañía, hacemos los gastos y... ¿me

comprendes?

Pero viendo que en vez de animarse, apenas podía Lucía ocultar

su turbación, no manifestando más que una ternura sin consuelo,

interrumpió su discurso, y dijo: “¿Qué tienes? ¿no eres de mi parecer?”.

--¡Madre mía!, ¡infeliz madre mía!, exclamó Lucía, echándole uno de sus

brazos al cuello y ocultando su rostro bañado de lágrimas en el seno

de aquélla.

--¿Qué te pasa?, preguntó de nuevo la madre con la mayor inquietud.

--Hubiera debido decíroslo antes, respondió Lucía levantando el rostro,

y enjugándose las lágrimas, mas me ha faltado el valor; compadecedme.

--Pero, di; habla pues.

--¡No puedo ser mujer de ese desgraciado joven!

--¿Cómo?, ¿cómo?

Lucía, con la cabeza baja, respirando apenas, sofocada por las

lágrimas que derramaba sin exhalar un solo gemido, como el que cuenta

una cosa que no tiene remedio, reveló el voto que había hecho; y al

mismo tiempo, juntando las manos, pidió de nuevo perdón á su madre de

haberle tenido hasta entonces oculto aquel misterio. Suplicóle también,

encarecidamente, que no lo dijese á alma viviente, y que la ayudase á

cumplir lo que había prometido.

Inés se quedó estupefacta y consternada: quería mostrarse indignada á

causa del silencio que su hija había guardado con ella; mas los graves

pensamientos nacidos de esta circunstancia, ahogaron su resentimiento.

Primeramente, trató de vituperar su resolución; pero después le pareció

que era querer habérselas con el cielo; tanto más, cuanto que Lucía

le pintaba con tan vivos colores aquella espantosa noche, su fatal

desconsuelo y su imprevista salvación, en medio de todo lo cual, había

formulado su promesa tan expresa y solemne. Inés escuchaba entretanto

con la mayor atención, y cien ejemplos que había oído referir muchas

veces, y que ella misma había contado á su hija, tocante á castigos

extraños y terribles, ocasionados por la violación de algún voto, se

le presentaban tumultuosamente en su imaginación. Después de haber

permanecido un poco como suspensa, dijo: “¿Y ahora qué harás?”.

--Ahora, respondió Lucía, al Señor toca cuidar de ello; al Señor y á la

Madonna: me he puesto en sus manos; hasta aquí no me han abandonado;

tampoco me abandonarán ahora que... La gracia que pido al Señor, la

sola gracia, después de la salvación de mi alma, es que me haga volver

pronto á vuestro lado; él me la concederá; sí, confío en que me la

concederá. Aquel día terrible... en aquel fatal carruaje... ¡Ah, Virgen

Santísima!... entre aquellos hombres... ¡quién me había de haber dicho

al verme conducida por ellos, que debía encontrarme con vos al día

siguiente!

--¡Mas no decírselo pronto á tu madre!, continuó Inés con cierto enfado

templado por el cariño y compasión.

--Tened lástima de mí; no tenía el valor suficiente... ¿y de qué

hubiera servido el afligiros con anticipación?

--¿Y Renzo?, dijo Inés, meneando la cabeza.

--¡Ah!, exclamó Lucía estremeciéndose; yo no debo pensar ya más en ese

infortunado. Se conoce que no estaba destinado... Ved cómo parece que

el Señor nos había querido separar. ¿Y quién sabe?... Pero no, no; él

lo habrá preservado del peligro, y quizá hará que sea más afortunado

apartándole de mí.

--Pero entretanto, replicó la madre, si tú no estuvieses ligada para

siempre, y con tal que no hubiese sucedido á Renzo desgracia alguna,

con el dinero se hubiera remediado todo.

--Pero este dinero, replicó Lucía, ¿estaría en vuestro poder si yo no

hubiese pasado aquella noche? Ya que Dios ha querido que todo vaya así,

hágase su divina voluntad. Y la voz de Lucía se extinguió ahogada por

las lágrimas.

Á tan inesperado argumento, Inés se quedó pensativa. Después de algunos

momentos de silencio, Lucía conteniendo sus sollozos, repuso:

--Al presente, que la cosa está ya hecha, es preciso someterse

voluntariamente; y vos, mi pobre madre, vos que me podéis ayudar,

primeramente rogando al Señor por vuestra desdichada hija, y luego...

conviene que el infeliz Renzo lo sepa. Meditadlo, hacedme todavía este

favor; porque vos, podéis pensar en ello. Cuando sepáis dónde está,

hacedle escribir, buscad un sujeto... justamente vuestro primo Alejo,

que es un hombre prudente y caritativo, que nos ha querido siempre

bien, y que no hablará de más: valeos de él para escribirle del modo

que ha pasado todo, en dónde me he encontrado, lo que he padecido, y

además decidle que Dios lo ha querido así, que se tranquilice, que yo

no puedo jamás pertenecer á ningún hombre. Hacédselo comprender bien,

explicadle lo que yo he prometido, que he hecho voto... Cuando sepa que

he prometido á la Virgen... Él ha sido siempre muy temeroso de Dios...

y vos, desde el momento en que sepáis noticias suyas, escribidme,

hacedme saber que está sano y salvo; y después... no me hagáis saber

nada más.

Inés, sumamente enternecida, aseguró á su hija que todo se haría como

deseaba.

--Quisiera deciros otra cosa, replicó ésta: lo que ha sucedido al

infortunado Renzo no hubiera tenido lugar, si no hubiera tenido la

desgracia de pensar en mí: está al presente errante, fugitivo; se le

han hecho perder todos sus ahorros; se le ha arrebatado todo lo que

poseía; todas las economías que el infeliz había hecho, bien sabéis

por qué... ¡y nosotras, que tenemos tanto dinero! ¡Oh, madre mía! ¡Ya

que el Señor os ha enviado tantas riquezas y que al infeliz lo miráis

como hijo vuestro!... ¡Oh, partidlas con él que seguramente Dios os

lo premiará; buscad una ocasión á propósito, y enviadle la mitad: ¡el

cielo sabe cuánta necesidad tendrá de ello!

--¡Y bien!, ¿qué crees tú?, respondió Inés; sí, seguramente que se lo

mandaré. ¡Pobre joven! ¿Por qué piensas que yo estaba contenta con ese

dinero? Pero... ¡yo que había venido aquí tan alegre! Vaya; dejemos

esto: yo se lo enviaré; ¡desdichado Renzo! Mas él también... yo me

entiendo. Ciertamente el dinero agrada al que lo necesita; pero á él,

de seguro no lo hará engordar.

Lucía dió gracias á su madre por aquella pronta y liberal

condescendencia, con una gratitud, con un afecto, capaz de hacer

comprender á quien la hubiese escuchado, que su corazón pertenecía aún

todo entero á Renzo; quizá más de lo que ella misma creía.

--¿Y sin ti, qué haré yo, infeliz mujer?, dijo Inés llorando á su vez.

--¿Y yo sin vos, pobre madre mía, y en una casa extraña? ¡Allá tan

lejos, en aquel Milán!... Mas el Señor será con nosotras dos, y nos

reunirá. Dentro de ocho ó nueve meses nos volveremos á ver; y de aquí

á entonces, y aun antes, espero que él habrá arreglado las cosas para

consolarnos. Dejémoslo á su divina voluntad; siempre, siempre pediré á

la Madonna esta gracia. Si tuviese alguna otra cosa que ofrecerle, lo

haría; pero es tan misericordiosa, que á pesar de todo me lo otorgará.

Con éstas y otras semejantes palabras, repetidas muchas veces,

acompasadas de lamentos y de consuelos, de aflicción y de resignación,

con multitud de recomendaciones y promesas de no decir nada á nadie,

con una infinidad de lágrimas, después de prolongados y nuevos abrazos,

las mujeres se separaron, prometiéndose recíprocamente volverse á ver

para el próximo otoño, á más tardar; como si esto dependiese de ellas,

y según se hace siempre en semejantes casos.

Sin embargo, pasóse largo espacio de tiempo sin que Inés pudiese saber

nada absolutamente con respecto á la suerte de Renzo; no recibía

cartas ni mensajes de ninguna especie; las gentes del pueblo ó de las

cercanías, á quien podía preguntar, no sabían más que ella.

No era Inés la única que hiciese inútilmente tales pesquisas: el

cardenal Federico, que no había dicho por mera fórmula á nuestras dos

pobres mujeres que quería tomar informes acerca del infeliz joven,

escribió efectivamente con la mayor prontitud para tenerlos. Cuando fué

á Milán, de vuelta de su visita diocesana, recibió una respuesta, en la

cual le decían no haberse podido encontrar huella alguna del indicado

sujeto, que verdaderamente permaneció algún tiempo en casa de un

pariente suyo, en tal país, en el cual nada había dado que decir; pero

que una mañana muy temprano desapareció de súbito, y que ni aun su

mismo pariente nada sabía de él, no pudiendo más que repetir ciertas

voces sin fundamento y contradictorias que corrían, de haber el joven

sentado plaza para Levante, habiendo pasado á Alemania, en donde había

perecido al vadear un río: luego se añadía que estarían sobre aviso, si

alguna vez sabían algo de positivo, con el objeto de dar prontamente

parte á su señoría ilustrísima y reverendísima.

Más tarde, éstas y otras voces semejantes se esparcieron hasta el

territorio de Lecco, y llegaron por consiguiente á los oídos de Inés.

La pobre mujer hacía todo lo posible para sacar en claro la verdad,

para llegar á la fuente de donde provenía; pero no conseguía nunca

encontrar nada más que aquel _se dice_, que á pesar de todo, aun hoy en

día es suficiente para atestiguar tantas cosas. Algunas veces, apenas

le referían alguna noticia, llegaba uno y le decía que no era cierta;

pero esto era para darle en cambio otra igualmente extraña ó siniestra.

Todo charlatanería: he aquí el hecho.

El gobernador de Milán, y capitán general de Italia, D. Gonzalo

Fernández de Córdoba, se había quejado amargamente al señor presidente

de Venecia en Milán, porque un bribón, un ladrón público, un promovedor

de motines y asesinatos, el famoso Lorenzo Tramaglino, el cual,

estando en poder de la justicia misma, había excitado una rebelión

para procurarse la libertad, hubiese sido acogido y recibido en el

territorio de Bérgamo. El presidente había contestado, que nada sabía

acerca de semejante asunto, y que escribiría á Venecia para poder dar á

su excelencia alguna explicación del caso.

En Venecia había por máxima el secundar y cultivar la inclinación

que tenían los operarios de seda milaneses á establecerse en el

territorio de Bérgamo; de hacer que ellos encontrasen en dicho país

muchas ventajas, y sobre todo que estuviesen seguros y al abrigo de

toda clase de persecución, sin lo cual no hay ningún bien en este

mundo. Pues así como entre dos fuertes litigantes, cualquier cosa, por

pequeña que sea, hay necesidad siempre de que tome parte un tercero;

del mismo modo Bartolo fué avisado confidencialmente no se sabe por

quién, que Renzo no estaba seguro en el pueblo, y que sería mejor que

entrase en alguna otra fábrica, mudando al propio tiempo de nombre;

Bartolo comprendió el caso, y no se entretuvo en hacer objeciones,

sino que corrió precipitadamente al encuentro de su primo, y contóle

sucintamente la ocurrencia, lo metió consigo en un calesín, lo acompañó

á otra fábrica distante de la suya cerca de quince millas, y lo

presentó bajo el nombre de Antonio Rivolta, al dueño, que era también

del estado de Milán, y antiguo conocido suyo. Éste, aunque los tiempos

fuesen calamitosos, no se hizo de rogar para recibir un operario

que se le recomendaba como hábil y honrado, por un hombre de bien é

inteligente. Luego que lo experimentó, no hizo más que regocijarse

de tal adquisición; únicamente que al principio, el joven le había

parecido que debía ser un poco sordo, á causa de que cuando se le

llamaba Antonio, las más veces no contestaba.

Poco tiempo después, llegó de Venecia una orden redactada en estilo

bastante dulce, al capitán de Bérgamo, para que se informase y

diese aviso si en su jurisdicción, y especialmente en tal pueblo,

se encontraba el sujeto consabido. El capitán, habiendo hecho sus

diligencias de la manera que había comprendido que se deseaban, dió una

respuesta negativa, la cual fué trasmitida al presidente en Milán, para

que éste la trasmitiese á su vez á D. Gonzalo Fernández de Córdoba.

Y no faltaban curiosos que quisiesen saber por Bartolo por qué el

susodicho joven no estaba ya allí, y dónde había ido. Á la primera

pregunta éste respondió: “Ha desaparecido”. Para desembarazarse de los

más obstinados, sin darles que sospechar de lo que había de cierto,

juzgó á propósito regalarles, ya á unos, ya á otros, las noticias

referidas anteriormente; pero todo esto, como cosas inciertas que

también él había oído decir, sin asegurar que fuesen positivas.

Mas cuando la pregunta fué hecha por orden del cardenal, sin

nombrarlo, y con cierto aparato de importancia y de misterio, dejando

comprender que era en nombre de un gran personaje, Bartolo se puso más

sobre sí, y creyó necesario responder según costumbre; de modo que

tratándose de una persona ilustre, dió de una vez todas las noticias

que había ideado una á una en aquellas diversas ocurrencias.

No se crea, sin embargo, que D. Gonzalo, siendo un señor de aquella

especie, quisiese habérselas personalmente con un infeliz aldeano

hilador de seda; que no se crea tampoco que informado quizá del poco

respeto usado, y de las malas palabras dichas por él á su rey moro

encadenado por la garganta, tratase de vengarse; ó que lo juzgase un

sujeto bastante peligroso para perseguirle aun en su fuga y no dejarle

vivir por muy lejos que estuviese, del mismo modo que hizo el senado

romano con Aníbal. D. Gonzalo tenía demasiadas cosas en que pensar

para tomarse cuidado por las acciones de Renzo; y si pareció que se lo

tomó, provino de un concurso singular de circunstancias por las cuales

el infeliz, sin comerlo ni beberlo, se encontró con un sutilísimo é

invisible hilo atado á aquellos grandes é importantes negocios.

CAPÍTULO NOVENO

Ya más de una vez se ha ocurrido el hacer mención de la guerra que

entonces fermentaba, con motivo de la sucesión á los estados del duque

Vicente Gonzaga, segundo de este nombre; pero siempre ha acontecido en

momentos de apuro, de modo que no hemos podido decir más que algunas

palabras al vuelo. Sin embargo, al presente es indispensable para la

inteligencia de nuestra narración, que entremos en algunos detalles

particulares. Éstas son cosas que el que conoce la historia debe

saberlas; mas como por una especie de justo sentimiento de uno mismo,

debemos suponer que esta obra no podrá ser leída sino por personas que

la ignoren, no será malo que digamos lo preciso para dar una ligera

tintura á los que tengan necesidad de ello.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 11 / 29 段