“Dios en su misericordia me ha llamado á cambiar de vida; cambiaré, he

cambiado ya: ¡plegue á este mismo Dios que haga otro tanto con todos

vosotros! Sabed, pues, y tened por cierto, que estoy resuelto á morir

antes que hacer nada más contra sus santas leyes. Retiro á cada uno

de vosotros las órdenes criminales que tenéis de mí; ya me entendéis:

así, os mando que nada hagáis de lo que yo os había prescrito; tened

igualmente por cierto, que nadie podrá en adelante cometer ninguna

maldad bajo mi protección ni á mi servicio. Los que quieran permanecer

conmigo con estas condiciones, los consideraré como hijos míos; me

contemplaré dichoso: en tiempo de hambre y de miseria compartiré el

último pan que quede en mi casa con el último de vosotros. El que no

quiera, se le dará el salario que se le debe, y además un regalo;

éste podrá ir adonde desee; pero le advierto que no ponga los pies

aquí, á no ser para mudar de vida, pues con este motivo será recibido

con los brazos abiertos. Reflexionad esta noche sobre lo que os he

dicho; mañana por la mañana os llamaré uno á uno, para que me deis la

contestación, y entonces os daré nuevas órdenes. Por ahora, retiraos

cada uno á vuestro puesto; y Dios, que ha usado conmigo de tanta

misericordia, os inspire un buen pensamiento”.

Cesó de hablar y todos guardaron el más profundo silencio: aunque

fermentaron en sus cerebros ardientes una multitud de extrañas y

tumultuosas ideas, ninguna, sin embargo, dejaron traslucir. Estaban

habituados á escuchar la voz de su señor como la manifestación de una

voluntad absoluta á la cual era preciso obedecer sin replicar; aquella

voz anunciando que la voluntad se había cambiado, no daba indicio

alguno de que estuviese aniquilada. Á ninguno de ellos le pasó, sin

embargo, por la imaginación, que por haberse convertido, se pudiese

atrever á replicarle, como á otro hombre cualquiera. Veían en él á

un santo, pero uno de esos santos á los cuales pintan con la cabeza

alta y la espada en la mano. Además del temor que inspiraba, tenían

hacia él (sobre todo aquellos que habían nacido bajo su dominación,

y que eran la mayor parte) una afección como de hombres ligados á su

señor feudal. Su admiración tenía algo de cariño; y experimentaba á su

vista ese respeto que los más rebeldes y petulantes tienen ante una

superioridad que ya han reconocido. Las cosas, pues que habían oído

pronunciar por aquella boca eran seguramente odiosas á sus oídos, pero

no falsas ni enteramente extrañas á sus inteligencias. Si habían hecho

mil veces burla, no era porque no tuvieran fe, sino para prevenir con

la misma burla el miedo que les hubiera venido pensándolo seriamente.

Al presente, al ver el efecto de este miedo en un valor tan indomable

como el de su amo, no hubo ninguno que no lo experimentase, á lo menos

por algún tiempo. Añádase á todo esto, aquellos que hallándose por

la mañana fuera del valle, habían sido los primeros sabedores de la

gran nueva y habían visto igualmente y también referido la alegría

de toda la población, el amor y la veneración hacia el Incógnito que

había sucedido de repente al antiguo odio y terror; de manera, que

en el hombre que habían siempre mirado, por decirlo así, como un

ser todopoderoso, aun cuando ellos mismos formaban en gran parte su

fuerza, veían ahora que era la maravilla, el ídolo de la multitud; lo

contemplaban que sobresalía á los otros de un modo muy diverso antes,

pero no menos; siempre fuera de la esfera común, siempre á la cabeza.

Estaban pues, todos aturdidos, inciertos unos de otros, y también de

sí mismos. El uno buscaba en su imaginación en dónde podría encontrar

un asilo y ocupación; el otro se preguntaba si podría doblegarse á

aquel nuevo género de vida; éste, conmovido por aquellas palabras,

experimentaba hacia el señor cierta inclinación; aquél, sin resolver

nada, se proponía prometerlo todo á buena cuenta, tratando mientras de

comer aquel pan ofrecido de tan buena gana y entonces tan escaso, é ir

ganando tiempo. Ninguno resolló; y cuando el Incógnito al fin de su

discurso alzó de nuevo aquella mano imperiosa para indicarles que se

marcharan, dóciles como un rebaño de ovejas, tomaron todos el camino de

la puerta. Él salió también detrás de ellos, y parándose en medio del

patio, miró á la débil luz del crepúsculo cómo se separaban y cada uno

se encaminaba á su puesto. Luego entró á coger su linterna, recorrió de

nuevo los patios, los corredores, las salas, visitó todas las avenidas,

y cuando vió que todo estaba tranquilo, se fué por último á dormir. Sí,

á dormir, porque tenía sueño.

Jamás, aun cuando siempre había ido en busca de negocios intrincados é

intrigas, jamás, repito, se había visto tan abrumado como al presente;

con todo, tenía sueño. Los remordimientos que le tuvieron desvelado

la noche anterior, en vez de haberse calmado levantaban el grito más

soberbios, más severos, más absolutos; y sin embargo, tenía sueño. El

orden, la especie de gobierno establecido allí dentro por él tantos

años hacía, á fuerza de tantos cuidados, con tan extraordinario

acopio de audacia y perseverancia, ahora él mismo lo había puesto en

todo su vigor con pocas palabras; la dependencia ilimitada de los

suyos que estaban dispuestos á todo con la fidelidad de esclavos, con

la cual estaba acostumbrado desde largo tiempo á descansar, ahora la

había puesto á prueba; los medios de que se había valido, crearon una

multitud de obstáculos: la confusión é incertidumbre estaba apoderada

del castillo; no obstante, tenía sueño.

Se encaminó, pues, á su cámara, entró en ella, se acercó á aquel lecho,

el cual la noche antes había hallado tan espinoso, y se arrodilló cerca

de él, con la intención de rezar. Encontró, en efecto, en un apartado

y profundo rincón de su mente las oraciones que estaba acostumbrado

á rezar cuando era niño; comenzó á recitarlas, y aquellas palabras

detenidas allí tanto tiempo y juntamente revueltas, venían unas después

de otras como si se deshiciesen. Experimentaba en esto una mezcla

de sentimientos indefinibles, una cierta dulzura en aquella vuelta

material á los hábitos de la inocencia, una sensación de dolor al

pensar el grande abismo que mediaba entre aquel tiempo y el actual, un

ardor de llegar por medio de obras expiatorias á adquirir una nueva

conciencia, un estado más próximo á la virtud, á la cual no podía

volver, un agradecimiento, una confianza en aquella misericordia que

lo podía conducir á dicho estado, y que le había dado ya señales tan

marcadas de quererlo. Después de haber rezado, se acostó, y quedóse

dormido inmediatamente.

Así terminó aquel día tan célebre aún cuando escribía nuestro anónimo;

y que ahora, á no haber sido él, nada de particular se sabría, y á

lo cual Ripamonti y Rivola, citados antes, no dicen más, que aquel

tan célebre tirano, después de una entrevista con Federico, mudó

maravillosamente de vida para siempre. ¿Y cuántos son los que han leído

las obras de los dos expresados autores? Menos aún que los que leerán

nuestro libro. ¿Y quién sabe, si en ese mismo valle, el que tenga

deseos de buscarlo y la habilidad de encontrarlo, habrá quedado alguna

débil y confusa tradición del hecho? ¡Han nacido tantas cosas desde

aquel tiempo al presente!

NOTAS:

[5] Ogro: monstruo fabuloso que decían se comía las criaturas.

CAPÍTULO SÉPTIMO

El día siguiente en el pueblo de Lucía y en todo el territorio de

Lecco, no se hablaba más que de ella, del Incógnito, del arzobispo y

de otro sujeto, que aunque le gustase mucho que hablasen de él, en

aquellas circunstancias lo hubiera perdonado de buena gana; queremos

decir que éste era el Sr. D. Rodrigo.

No se vaya á creer que antes de dicho día no se hubiese hablado de sus

hechos; pero eran conversaciones truncadas y secretos; era preciso

que los interlocutores se conociesen muy bien entre sí para entablar

polémica sobre tal objeto, aún estaban lejos de hablar con el calor

de que hubieran sido capaces; porque cuando los hombres no pueden,

sin correr un gran peligro, abandonarse á su indignación, no sólo se

manifiestan mucho menos, sino que también reprimen la que experimentan

en su interior; pero sin embargo, no por esto dejan de sentir. ¿Quién

podría hoy contenerse?, ¿quién dejaría de hablar sobre un suceso que

había hecho tanto ruido, en el cual se veía claramente la mano de la

Providencia, y en donde representaban un gran papel dos personajes

semejantes? El uno, en el que el amor por la justicia tan valeroso se

veía unido á tanta autoridad; el otro, al cual parecía que el poder

en persona estaba humillado, que la bravería, por decirlo así, había

venido á deponer las armas y á pedir la paz. Á tales comparaciones,

el Sr. D. Rodrigo considerábase como un pigmeo. Entonces todo el

mundo comprendía lo que había ideado para atormentar la inocencia,

para deshonrarla, para perseguirla con una violencia tan atroz y con

asechanzas tan abominables. Pasábase en aquella ocasión una revista á

todas las demás proezas de dicho señor, y sobre todo las decían del

mismo modo que las sentían, animados y encantados como estaban de

hallarse todos de acuerdo; era un murmullo, un grito unánime, á lo

lejos, sin embargo, porque si no había bravos, había esbirros.

Una buena porción de esta pública animadversión tocaba también á sus

colegas y amigos. No se perdonaba al señor podestá, siempre sordo,

ciego, mudo, con respecto á las violencias de aquel tirano; pero

no se hablaba de esto más que en voz baja, porque el podestá tenía

igualmente sus esbirros. No usaban tantos miramientos tocante al doctor

Azzecca-Garbugli, que no poseía más que mucha charlatanería y astucia,

ni para con los demás pequeños colegas iguales suyos, á los cuales se

les señalaba tanto con el dedo y se les miraba con tanta prevención,

que juzgaron prudente el no dejarse ver en la calle por espacio de

algún tiempo.

D. Rodrigo, herido como de un rayo por aquella noticia imprevista, tan

distante del aviso que esperaba de día en día y de momento en momento,

se mantuvo encerrado en su palacio solo con sus bravos, devorando

su rabia por espacio de dos largos días; mas al tercero partió para

Milán. Si aquello no hubiese sido más que un sordo murmullo del

pueblo, quizá, aunque la cosa hubiese pasado más adelante, se hubiera

quedado expresamente para desafiarla, para buscar la ocasión de dar

sobre alguno de los más ardientes una lección que sirviese para todos;

pero lo que le obligó á marchar, fué el haber sabido de positivo

que el cardenal iba hacia aquel lado. El conde su tío, el cual nada

sabía de toda aquella historia sino lo que le había dicho Attilio,

hubiera ciertamente exigido que en semejante circunstancia D. Rodrigo

hiciera la primera visita al cardenal, y que obtuviese en público la

acogida más distinguida: véase, pues, cómo aquél había dispuesto otra

cosa. El conde lo hubiera pretendido y se habría hecho dar cuenta

minuciosamente, porque ésta era una ocasión importante de hacer ver en

qué estimación era tenida la familia por una autoridad tan eminente.

Para escapar de un embarazo tan enojoso, D. Rodrigo, habiéndose

levantado una mañana antes de salir el sol, se metió en un carruaje,

acompañado del _Griso_ y algunos otros bravos que iban escoltándole; y

dejando la orden de que el resto de la servidumbre siguiese después,

partió como un fugitivo (permítasenos elevar á nuestros personajes por

medio de alguna ilustre comparación), como Catalina de Roma, echando

espumarajos de rabia y jurando volver bien pronto, de otro modo, para

consumar su venganza.

Entretanto el cardenal se adelantaba, visitando todos los días una de

las parroquias situadas en el territorio de Lecco. El día que debía

llegar á la de Lucía, una gran parte de los habitantes habían salido

de sus casas para salirle al encuentro. Á la entrada de la población,

precisamente al lado mismo de la casita de nuestras dos mujeres,

había un arco triunfal construido de madera, cubierto de paja y de

musgo, adornado de verdes ramos de boj y de acebo. La fachada de la

iglesia estaba cubierta de tapices; de cada ventana pendían colchas

y sábanas extendidas, fajas de niños colocadas á guisa de banderas;

todo aquello, por último, que podía parecer necesario, bien ó mal,

ó superfluo. Por la tarde, que era la hora en la cual se esperaba al

cardenal, los que habían permanecido en las casas, los ancianos, las

mujeres y los niños más pequeños, se pusieron también en marcha para ir

á su encuentro, parte formados en fila, y parte en pelotón, precedidos

por D. Abundio. El pobre cura estaba triste en medio de tanta alegría;

el estrépito le aturdía; el movimiento de tanta gente discurriendo por

todas partes le volvía loco, como él decía; y estaba atormentado por el

temor secreto de que las mujeres lo hubieran charlado todo, por lo cual

tuviese que rendir cuenta de su conducta en el negocio del casamiento.

Finalmente, vese aparecer al cardenal, ó por mejor decir la turba

en medio de la cual se encontraba en su litera, y el séquito que

lo rodeaba. Apenas se le podía distinguir en medio de toda aquella

cohorte, y únicamente se divisaba por sobresalir de todas las cabezas,

un extremo de la cruz llevada por un capellán que cabalgaba en una

mula. El pueblo que iba con D. Abundio, se apresuró á reunirse al

grueso de la multitud; y éste, después de haber dicho tres ó cuatro

veces: “Despacio, en fila, ¿qué hacéis?”, atravesó la calle sumamente

incomodado y murmurando siempre: “Esto es una Babilonia, es una

Babilonia”, entró en la iglesia que estaba desocupada, y se quedó allí

aguardando.

El cardenal avanzaba, dando bendiciones con la mano, y recibiéndolas

de la boca del pueblo, que la gente de su séquito podía apenas

contener, á pesar de todos sus esfuerzos. Como compatriotas de Lucía,

los habitantes hubieran querido hacer al arzobispo las demostraciones

más extraordinarias; pero la cosa no era fácil, porque había la

costumbre de que á todas partes adonde llegaba hacían todo lo más

que podían. Ya al principio de su pontificado, á su primera entrada

solemne en la catedral, el numeroso concurso, la impetuosidad del

pueblo que se agrupó á su alrededor había sido tal, que se temió por

su vida, y algunos caballeros que se hallaban junto á él tuvieron que

tirar de las espadas para amedrentar y apartar á la multitud. Había

en las costumbres de aquel tiempo un cierto no sé qué de violento y

desordenado, que aun para hacer demostraciones benévolas á un obispo

en la iglesia, era preciso derramar sangre para contenerlas. Dicho

antemural no habría sido suficiente, si dos sacerdotes dotados de gran

vigor y de mucha presencia de ánimo, no le hubiesen levantado en brazos

y llevado de este modo desde la puerta de la iglesia hasta el altar

mayor. Desde aquel día, en todas las visitas episcopales que hizo, no

puede menos de causar escándalo el referir su primera entrada en las

iglesias en medio de sus trabajos pastorales y peligros que corrió más

de una vez.

Entró, pues, en ésta como pudo; se encaminó al altar, y desde allí,

después de haber orado un momento, según su costumbre, dirigió un

pequeño discurso á los asistentes, sobre su amor hacia ellos, respecto

al deseo de su salvación, y el modo de prepararse para la ceremonia del

día siguiente. Habiéndose retirado en seguida á casa del cura, entre

otra multitud de cosas que habló con éste, tomó informes acerca de la

conducta y cualidades de Renzo. D. Abundio dijo que era un joven un

poco vivo de genio, testarudo y colérico. Pero tocante á las preguntas

más precisas y especiales del cardenal, se vió obligado á decir que

era un buen muchacho, y que no podía comprender cómo en Milán hubiese

podido cometer todas aquellas locuras que habían dicho.

--En cuanto á la joven, repuso el cardenal, ¿os parece que pueda venir

ya ahora con seguridad á habitar su casa?

--Por ahora, respondió D. Abundio, puede venir y permanecer como

quiera; digo por ahora, pero... añadió en seguida, lanzando un suspiro:

sería preciso que vuestra señoría ilustrísima estuviese siempre aquí ó

á lo menos cerca.

--El Señor está siempre cerca, dijo el cardenal; además, yo procuraré

ponerla en lugar seguro. Y dió orden inmediatamente que al día

siguiente, muy temprano, fuese la litera con una escolta á buscar á las

dos mujeres.

D. Abundio salió sumamente contento de que el cardenal le hubiera

hablado de los dos jóvenes, sin haberle pedido cuenta de su negativa

en casarlos. “¿Conque él no sabe nada?, decía entre sí: ¿Inés se ha

callado?, ¡qué milagro! Sin embargo, se volverán á ver; pero le daremos

otras instrucciones; sí, se las daremos”. No sabía el pobre hombre que

Federico no había querido entablar aquella conversación, justamente

porque quería hablar más largamente y con más comodidad; y antes de

darle lo que era debido quería oir también sus razones.

Mas los cuidados del buen prelado para la seguridad de Lucía habían

llegado á ser inútiles. Después que él la había dejado, sobrevinieron

cosas que es indispensable referir.

Las dos mujeres, en aquellos pocos días que tuvieron que pasar bajo

el techo hospitalario del sastre, volvieron á tomar cuanto les fué

posible su antiguo y habitual modo de vivir. Lucía había pedido en

seguida alguna labor, y como hacía en el monasterio, pasaba todo el día

cosiendo, retirada en una pequeña estancia, apartada de las miradas de

los curiosos. Inés salía algunas veces, y trabajaba también un poco

en compañía de su hija. Sus conversaciones eran tanto más tristes

cuanto más afectuosas: ambas estaban dispuestas á separarse, ya que la

oveja no podía volver á pacer junto á la guarida del lobo: ¿y cuándo,

cuál sería el término de esta separación? El porvenir era oscuro,

inexplicable para una de ellas principalmente. Inés, sin embargo de

esto, no dejaba de entregarse interiormente á alegres conjeturas. “Al

cabo y al fin”, decía, “si no ha sucedido nada de malo á Renzo, bien

pronto nos dará noticias suyas; si ha encontrado que trabajar y el modo

de establecerse; si ¿y cómo dudarlo? tiene su fe jurada á Lucía y sigue

firme en su promesa, ¿por qué no se podría ir hacia donde él está?”

Ella iba entreteniendo á su hija con tales esperanzas, y yo no podría

decir si ésta experimentaba más pena escuchándolas que respondiendo á

ellas. Había tenido siempre encerrado su gran secreto en su interior,

y aunque la atormentase el disgusto de ocultar una cosa á tan buena

madre, estaba, sin embargo, contenida como á su pesar, por la vergüenza

y por mil diversos temores, según ya hemos dicho anteriormente, dejando

pasar los días sin decir nada absolutamente. Sus proyectos eran bien

diferentes de los de su madre, ó mejor diremos, no tenía ninguno;

estaba enteramente abandonada á la Providencia. Trataba, pues, de hacer

decaer ó desviar aquella conversación; decía en términos generales

que ella no esperaba ni deseaba nada en el mundo; que no aspiraba más

que el reunirse prontamente con su madre; más de una vez, el llanto

ahogando su voz, venía oportunamente á cortarle la palabra.

--¿Sabes por qué esto te parece así?, decía Inés: porque tú has sufrido

mucho, y te figuras que no es posible que pueda volver el bien. Pero

deja hacer al Señor; y si... deja que se vea una vislumbre apenas de

esperanza, y entonces me sabrás decir si no piensas ya en nada. Lucía

abrazaba á su madre y lloraba.

Además, entre ellas y sus patrones había nacido súbitamente una grande

amistad; y efectivamente, ¿de dónde podía nacer ésta sino entre el

bienhechor y los beneficiados, cuando los unos y los otros son personas

de buenos sentimientos? Inés especialmente tenía con el ama de la casa

bastante tela cortada para hablar. Luego el sastre las entretenía un

poco con sus historias y sus discursos morales: á la comida, sobre

todo, tenía siempre algo que contar acerca de la espada de Rolando ó de

los Eremitas del desierto.

Á algunas millas del pueblo habitaban dos personajes importantes, á

saber: D. Ferrante y D.ª Prajedes. El apellido, según costumbre, yace

bajo la pluma de nuestro anónimo. D.ª Prajedes era una dama de calidad,

avanzada en años y muy inclinada á hacer bien; éste es seguramente

el oficio más digno que el hombre puede ejercer en el mundo; pero

el exceso puede ser también perjudicial, como sucede en todas las

cosas. Para hacer el bien es preciso conocerlo, y al igual de todo lo

demás, nosotros no podemos conocerlo más que al través de nuestras

pasiones, por medio de nuestra razón, de nuestras ideas. D.ª Prajedes

se gobernaba con sus ideas, según decía, como debe hacerse con los

amigos; tenía muy pocas, pero estaba muy adherida á ellas. Entre esas

pocas ideas se encontraban por desgracia muchas defectuosas y no eran

las que menos quería. Sucedía de ahí, ó el proponerse por bien, lo cual

efectivamente no lo era, ó tomar por medios, cosas que hacían más bien

inclinarse al lado opuesto, ó el creer permitidas ciertas otras que

no lo eran del todo, por una cierta suposición en confuso, que el que

hace más de lo que debe puede dirigir según le plazca. Algunas veces

concluía por no ver en un hecho lo que tenía de real ó lo que no había,

y muchas otras cosas semejantes que pueden suceder y suceden á todo el

mundo, sin exceptuar á los mejores; pero esto acontecía con frecuencia

á D.ª Prajedes, y casi siempre á la vez.

Al oir el gran suceso de Lucía y todo lo que en aquella ocasión se

decía de la joven, le vino la curiosidad de verlas, enviando un

carruaje con un viejo escudero para que le llevaran la madre y la hija.

Ésta se encogía de hombros y rogaba al sastre que se había encargado

del mensaje, que buscase el medio de excusarlas. Tantas veces como

le habían pedido cierta clase de gentes que les proporcionase el

trabar conocimiento con la joven del milagro, el sastre les había

rendido voluntariamente semejante servicio; pero en esta ocasión la

negativa le parecía una especie de rebelión. Hizo tantos gestos, tantas

exclamaciones, dijo tantas cosas, y que no se acostumbraba así, y que

era una gran casa, y que á los señores no se les dice que no, y que

esto podía ser su suerte, y que la Sra. D.ª Prajedes, además de todo,

era también una santa; tantas cosas en suma, que Lucía se vió obligada

á ceder, tanto más cuanto que Inés confirmaba todas aquellas razones

por otros tantos “seguramente, seguramente”.

Llegadas á la presencia de la noble dama, ésta les hizo una magnífica

acogida y las llenó de felicitaciones; interrogó, aconsejó, todo con

cierta superioridad casi innata, pero corregida por tantas expresiones

dulces y modestas, templada por tanto afecto, cubierta de tanta

devoción, que Inés, casi en seguida, y Lucía pocos instantes después,

empezaron á sentirse aliviadas del respeto tiránico que en un principio

había impreso en ellas aquella activa presencia, encontrando luego

cierto atractivo. Para resumir: D.ª Prajedes, oyendo que el cardenal

se había encargado de buscar un asilo para Lucía, lanzada por el deseo

de secundar y prevenir al mismo tiempo tan buena intención, ofreció

el tener á la joven en su casa, en la cual, sin estar adicta á ningún

servicio particular, podría, cuando gustase, ayudar á las demás

mujeres en sus labores, añadiendo que avisaría y daría parte de ello á

monseñor.

Además del bien ordinario é inmediato que había en hacer semejante

obra, D.ª Prajedes veía y se proponía otra, acaso mucho más

considerable, según su parecer: ésta era curar un cerebro enfermo

y guiar por una buena senda á una joven que tenía gran necesidad.

Desde que había oído por la primera vez hablar de Lucía, se había de

repente persuadido que una joven que había podido prometerse á un

malvado, á un criminal, á uno que había escapado de la horca, tal

como Renzo, debía estar un poco corrompida y ocultar algún vicio.

_Dime con quién andas, y te diré quién eres._ La visita de Lucía la

había confirmado en aquella persuasión. No era que en el fondo no le

pareciese una buena joven, como se suele decir, pero había mucho que

hablar. Aquella cabecita baja, aquella manía de no responder nunca ó de

hacerlo con sumo trabajo y como por fuerza, podían indicar vergüenza,

pero descubrían á golpe de vista mucha tenacidad. No se necesitaba un

gran esfuerzo para augurar que aquella pequeña cabeza tenía sus ideas:

y aquel ruborizarse á cada momento, aquellos largos suspiros... en

seguida dos grandes ojos que no agradaban del todo á D.ª Prajedes.

Tenía por cierto, como si lo hubiese sabido por buena parte, que todas

las desgracias de Lucía eran un castigo del cielo por su amistad con

aquel bribón, y un aviso de lo alto para que se separase enteramente.

Esto supuesto, ella se proponía cooperar á un tan buen fin, porque

así como decía á los demás y á sí misma, ¿todo su estudio no era acaso

secundar la voluntad del cielo? Pero caía con frecuencia en el terrible

error de tomar por el cielo los desvaríos de su cerebro. Sin embargo,

ella se guardó bien de dar el más pequeño indicio de la segunda

intención que hemos dicho. Una de sus principales máximas se reducía

á que para conducir á su término un buen designio, lo primero era no

darlo á conocer.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 9 / 29 段