cambiado ya: ¡plegue á este mismo Dios que haga otro tanto con todos
vosotros! Sabed, pues, y tened por cierto, que estoy resuelto á morir
antes que hacer nada más contra sus santas leyes. Retiro á cada uno
de vosotros las órdenes criminales que tenéis de mí; ya me entendéis:
así, os mando que nada hagáis de lo que yo os había prescrito; tened
igualmente por cierto, que nadie podrá en adelante cometer ninguna
maldad bajo mi protección ni á mi servicio. Los que quieran permanecer
conmigo con estas condiciones, los consideraré como hijos míos; me
contemplaré dichoso: en tiempo de hambre y de miseria compartiré el
último pan que quede en mi casa con el último de vosotros. El que no
quiera, se le dará el salario que se le debe, y además un regalo;
éste podrá ir adonde desee; pero le advierto que no ponga los pies
aquí, á no ser para mudar de vida, pues con este motivo será recibido
con los brazos abiertos. Reflexionad esta noche sobre lo que os he
dicho; mañana por la mañana os llamaré uno á uno, para que me deis la
contestación, y entonces os daré nuevas órdenes. Por ahora, retiraos
cada uno á vuestro puesto; y Dios, que ha usado conmigo de tanta
misericordia, os inspire un buen pensamiento”.
Cesó de hablar y todos guardaron el más profundo silencio: aunque
fermentaron en sus cerebros ardientes una multitud de extrañas y
tumultuosas ideas, ninguna, sin embargo, dejaron traslucir. Estaban
habituados á escuchar la voz de su señor como la manifestación de una
voluntad absoluta á la cual era preciso obedecer sin replicar; aquella
voz anunciando que la voluntad se había cambiado, no daba indicio
alguno de que estuviese aniquilada. Á ninguno de ellos le pasó, sin
embargo, por la imaginación, que por haberse convertido, se pudiese
atrever á replicarle, como á otro hombre cualquiera. Veían en él á
un santo, pero uno de esos santos á los cuales pintan con la cabeza
alta y la espada en la mano. Además del temor que inspiraba, tenían
hacia él (sobre todo aquellos que habían nacido bajo su dominación,
y que eran la mayor parte) una afección como de hombres ligados á su
señor feudal. Su admiración tenía algo de cariño; y experimentaba á su
vista ese respeto que los más rebeldes y petulantes tienen ante una
superioridad que ya han reconocido. Las cosas, pues que habían oído
pronunciar por aquella boca eran seguramente odiosas á sus oídos, pero
no falsas ni enteramente extrañas á sus inteligencias. Si habían hecho
mil veces burla, no era porque no tuvieran fe, sino para prevenir con
la misma burla el miedo que les hubiera venido pensándolo seriamente.
Al presente, al ver el efecto de este miedo en un valor tan indomable
como el de su amo, no hubo ninguno que no lo experimentase, á lo menos
por algún tiempo. Añádase á todo esto, aquellos que hallándose por
la mañana fuera del valle, habían sido los primeros sabedores de la
gran nueva y habían visto igualmente y también referido la alegría
de toda la población, el amor y la veneración hacia el Incógnito que
había sucedido de repente al antiguo odio y terror; de manera, que
en el hombre que habían siempre mirado, por decirlo así, como un
ser todopoderoso, aun cuando ellos mismos formaban en gran parte su
fuerza, veían ahora que era la maravilla, el ídolo de la multitud; lo
contemplaban que sobresalía á los otros de un modo muy diverso antes,
pero no menos; siempre fuera de la esfera común, siempre á la cabeza.
Estaban pues, todos aturdidos, inciertos unos de otros, y también de
sí mismos. El uno buscaba en su imaginación en dónde podría encontrar
un asilo y ocupación; el otro se preguntaba si podría doblegarse á
aquel nuevo género de vida; éste, conmovido por aquellas palabras,
experimentaba hacia el señor cierta inclinación; aquél, sin resolver
nada, se proponía prometerlo todo á buena cuenta, tratando mientras de
comer aquel pan ofrecido de tan buena gana y entonces tan escaso, é ir
ganando tiempo. Ninguno resolló; y cuando el Incógnito al fin de su
discurso alzó de nuevo aquella mano imperiosa para indicarles que se
marcharan, dóciles como un rebaño de ovejas, tomaron todos el camino de
la puerta. Él salió también detrás de ellos, y parándose en medio del
patio, miró á la débil luz del crepúsculo cómo se separaban y cada uno
se encaminaba á su puesto. Luego entró á coger su linterna, recorrió de
nuevo los patios, los corredores, las salas, visitó todas las avenidas,
y cuando vió que todo estaba tranquilo, se fué por último á dormir. Sí,
á dormir, porque tenía sueño.
Jamás, aun cuando siempre había ido en busca de negocios intrincados é
intrigas, jamás, repito, se había visto tan abrumado como al presente;
con todo, tenía sueño. Los remordimientos que le tuvieron desvelado
la noche anterior, en vez de haberse calmado levantaban el grito más
soberbios, más severos, más absolutos; y sin embargo, tenía sueño. El
orden, la especie de gobierno establecido allí dentro por él tantos
años hacía, á fuerza de tantos cuidados, con tan extraordinario
acopio de audacia y perseverancia, ahora él mismo lo había puesto en
todo su vigor con pocas palabras; la dependencia ilimitada de los
suyos que estaban dispuestos á todo con la fidelidad de esclavos, con
la cual estaba acostumbrado desde largo tiempo á descansar, ahora la
había puesto á prueba; los medios de que se había valido, crearon una
multitud de obstáculos: la confusión é incertidumbre estaba apoderada
del castillo; no obstante, tenía sueño.
Se encaminó, pues, á su cámara, entró en ella, se acercó á aquel lecho,
el cual la noche antes había hallado tan espinoso, y se arrodilló cerca
de él, con la intención de rezar. Encontró, en efecto, en un apartado
y profundo rincón de su mente las oraciones que estaba acostumbrado
á rezar cuando era niño; comenzó á recitarlas, y aquellas palabras
detenidas allí tanto tiempo y juntamente revueltas, venían unas después
de otras como si se deshiciesen. Experimentaba en esto una mezcla
de sentimientos indefinibles, una cierta dulzura en aquella vuelta
material á los hábitos de la inocencia, una sensación de dolor al
pensar el grande abismo que mediaba entre aquel tiempo y el actual, un
ardor de llegar por medio de obras expiatorias á adquirir una nueva
conciencia, un estado más próximo á la virtud, á la cual no podía
volver, un agradecimiento, una confianza en aquella misericordia que
lo podía conducir á dicho estado, y que le había dado ya señales tan
marcadas de quererlo. Después de haber rezado, se acostó, y quedóse
dormido inmediatamente.
Así terminó aquel día tan célebre aún cuando escribía nuestro anónimo;
y que ahora, á no haber sido él, nada de particular se sabría, y á
lo cual Ripamonti y Rivola, citados antes, no dicen más, que aquel
tan célebre tirano, después de una entrevista con Federico, mudó
maravillosamente de vida para siempre. ¿Y cuántos son los que han leído
las obras de los dos expresados autores? Menos aún que los que leerán
nuestro libro. ¿Y quién sabe, si en ese mismo valle, el que tenga
deseos de buscarlo y la habilidad de encontrarlo, habrá quedado alguna
débil y confusa tradición del hecho? ¡Han nacido tantas cosas desde
aquel tiempo al presente!
NOTAS:
[5] Ogro: monstruo fabuloso que decían se comía las criaturas.
CAPÍTULO SÉPTIMO
El día siguiente en el pueblo de Lucía y en todo el territorio de
Lecco, no se hablaba más que de ella, del Incógnito, del arzobispo y
de otro sujeto, que aunque le gustase mucho que hablasen de él, en
aquellas circunstancias lo hubiera perdonado de buena gana; queremos
decir que éste era el Sr. D. Rodrigo.
No se vaya á creer que antes de dicho día no se hubiese hablado de sus
hechos; pero eran conversaciones truncadas y secretos; era preciso
que los interlocutores se conociesen muy bien entre sí para entablar
polémica sobre tal objeto, aún estaban lejos de hablar con el calor
de que hubieran sido capaces; porque cuando los hombres no pueden,
sin correr un gran peligro, abandonarse á su indignación, no sólo se
manifiestan mucho menos, sino que también reprimen la que experimentan
en su interior; pero sin embargo, no por esto dejan de sentir. ¿Quién
podría hoy contenerse?, ¿quién dejaría de hablar sobre un suceso que
había hecho tanto ruido, en el cual se veía claramente la mano de la
Providencia, y en donde representaban un gran papel dos personajes
semejantes? El uno, en el que el amor por la justicia tan valeroso se
veía unido á tanta autoridad; el otro, al cual parecía que el poder
en persona estaba humillado, que la bravería, por decirlo así, había
venido á deponer las armas y á pedir la paz. Á tales comparaciones,
el Sr. D. Rodrigo considerábase como un pigmeo. Entonces todo el
mundo comprendía lo que había ideado para atormentar la inocencia,
para deshonrarla, para perseguirla con una violencia tan atroz y con
asechanzas tan abominables. Pasábase en aquella ocasión una revista á
todas las demás proezas de dicho señor, y sobre todo las decían del
mismo modo que las sentían, animados y encantados como estaban de
hallarse todos de acuerdo; era un murmullo, un grito unánime, á lo
lejos, sin embargo, porque si no había bravos, había esbirros.
Una buena porción de esta pública animadversión tocaba también á sus
colegas y amigos. No se perdonaba al señor podestá, siempre sordo,
ciego, mudo, con respecto á las violencias de aquel tirano; pero
no se hablaba de esto más que en voz baja, porque el podestá tenía
igualmente sus esbirros. No usaban tantos miramientos tocante al doctor
Azzecca-Garbugli, que no poseía más que mucha charlatanería y astucia,
ni para con los demás pequeños colegas iguales suyos, á los cuales se
les señalaba tanto con el dedo y se les miraba con tanta prevención,
que juzgaron prudente el no dejarse ver en la calle por espacio de
algún tiempo.
D. Rodrigo, herido como de un rayo por aquella noticia imprevista, tan
distante del aviso que esperaba de día en día y de momento en momento,
se mantuvo encerrado en su palacio solo con sus bravos, devorando
su rabia por espacio de dos largos días; mas al tercero partió para
Milán. Si aquello no hubiese sido más que un sordo murmullo del
pueblo, quizá, aunque la cosa hubiese pasado más adelante, se hubiera
quedado expresamente para desafiarla, para buscar la ocasión de dar
sobre alguno de los más ardientes una lección que sirviese para todos;
pero lo que le obligó á marchar, fué el haber sabido de positivo
que el cardenal iba hacia aquel lado. El conde su tío, el cual nada
sabía de toda aquella historia sino lo que le había dicho Attilio,
hubiera ciertamente exigido que en semejante circunstancia D. Rodrigo
hiciera la primera visita al cardenal, y que obtuviese en público la
acogida más distinguida: véase, pues, cómo aquél había dispuesto otra
cosa. El conde lo hubiera pretendido y se habría hecho dar cuenta
minuciosamente, porque ésta era una ocasión importante de hacer ver en
qué estimación era tenida la familia por una autoridad tan eminente.
Para escapar de un embarazo tan enojoso, D. Rodrigo, habiéndose
levantado una mañana antes de salir el sol, se metió en un carruaje,
acompañado del _Griso_ y algunos otros bravos que iban escoltándole; y
dejando la orden de que el resto de la servidumbre siguiese después,
partió como un fugitivo (permítasenos elevar á nuestros personajes por
medio de alguna ilustre comparación), como Catalina de Roma, echando
espumarajos de rabia y jurando volver bien pronto, de otro modo, para
consumar su venganza.
Entretanto el cardenal se adelantaba, visitando todos los días una de
las parroquias situadas en el territorio de Lecco. El día que debía
llegar á la de Lucía, una gran parte de los habitantes habían salido
de sus casas para salirle al encuentro. Á la entrada de la población,
precisamente al lado mismo de la casita de nuestras dos mujeres,
había un arco triunfal construido de madera, cubierto de paja y de
musgo, adornado de verdes ramos de boj y de acebo. La fachada de la
iglesia estaba cubierta de tapices; de cada ventana pendían colchas
y sábanas extendidas, fajas de niños colocadas á guisa de banderas;
todo aquello, por último, que podía parecer necesario, bien ó mal,
ó superfluo. Por la tarde, que era la hora en la cual se esperaba al
cardenal, los que habían permanecido en las casas, los ancianos, las
mujeres y los niños más pequeños, se pusieron también en marcha para ir
á su encuentro, parte formados en fila, y parte en pelotón, precedidos
por D. Abundio. El pobre cura estaba triste en medio de tanta alegría;
el estrépito le aturdía; el movimiento de tanta gente discurriendo por
todas partes le volvía loco, como él decía; y estaba atormentado por el
temor secreto de que las mujeres lo hubieran charlado todo, por lo cual
tuviese que rendir cuenta de su conducta en el negocio del casamiento.
Finalmente, vese aparecer al cardenal, ó por mejor decir la turba
en medio de la cual se encontraba en su litera, y el séquito que
lo rodeaba. Apenas se le podía distinguir en medio de toda aquella
cohorte, y únicamente se divisaba por sobresalir de todas las cabezas,
un extremo de la cruz llevada por un capellán que cabalgaba en una
mula. El pueblo que iba con D. Abundio, se apresuró á reunirse al
grueso de la multitud; y éste, después de haber dicho tres ó cuatro
veces: “Despacio, en fila, ¿qué hacéis?”, atravesó la calle sumamente
incomodado y murmurando siempre: “Esto es una Babilonia, es una
Babilonia”, entró en la iglesia que estaba desocupada, y se quedó allí
aguardando.
El cardenal avanzaba, dando bendiciones con la mano, y recibiéndolas
de la boca del pueblo, que la gente de su séquito podía apenas
contener, á pesar de todos sus esfuerzos. Como compatriotas de Lucía,
los habitantes hubieran querido hacer al arzobispo las demostraciones
más extraordinarias; pero la cosa no era fácil, porque había la
costumbre de que á todas partes adonde llegaba hacían todo lo más
que podían. Ya al principio de su pontificado, á su primera entrada
solemne en la catedral, el numeroso concurso, la impetuosidad del
pueblo que se agrupó á su alrededor había sido tal, que se temió por
su vida, y algunos caballeros que se hallaban junto á él tuvieron que
tirar de las espadas para amedrentar y apartar á la multitud. Había
en las costumbres de aquel tiempo un cierto no sé qué de violento y
desordenado, que aun para hacer demostraciones benévolas á un obispo
en la iglesia, era preciso derramar sangre para contenerlas. Dicho
antemural no habría sido suficiente, si dos sacerdotes dotados de gran
vigor y de mucha presencia de ánimo, no le hubiesen levantado en brazos
y llevado de este modo desde la puerta de la iglesia hasta el altar
mayor. Desde aquel día, en todas las visitas episcopales que hizo, no
puede menos de causar escándalo el referir su primera entrada en las
iglesias en medio de sus trabajos pastorales y peligros que corrió más
de una vez.
Entró, pues, en ésta como pudo; se encaminó al altar, y desde allí,
después de haber orado un momento, según su costumbre, dirigió un
pequeño discurso á los asistentes, sobre su amor hacia ellos, respecto
al deseo de su salvación, y el modo de prepararse para la ceremonia del
día siguiente. Habiéndose retirado en seguida á casa del cura, entre
otra multitud de cosas que habló con éste, tomó informes acerca de la
conducta y cualidades de Renzo. D. Abundio dijo que era un joven un
poco vivo de genio, testarudo y colérico. Pero tocante á las preguntas
más precisas y especiales del cardenal, se vió obligado á decir que
era un buen muchacho, y que no podía comprender cómo en Milán hubiese
podido cometer todas aquellas locuras que habían dicho.
--En cuanto á la joven, repuso el cardenal, ¿os parece que pueda venir
ya ahora con seguridad á habitar su casa?
--Por ahora, respondió D. Abundio, puede venir y permanecer como
quiera; digo por ahora, pero... añadió en seguida, lanzando un suspiro:
sería preciso que vuestra señoría ilustrísima estuviese siempre aquí ó
á lo menos cerca.
--El Señor está siempre cerca, dijo el cardenal; además, yo procuraré
ponerla en lugar seguro. Y dió orden inmediatamente que al día
siguiente, muy temprano, fuese la litera con una escolta á buscar á las
dos mujeres.
D. Abundio salió sumamente contento de que el cardenal le hubiera
hablado de los dos jóvenes, sin haberle pedido cuenta de su negativa
en casarlos. “¿Conque él no sabe nada?, decía entre sí: ¿Inés se ha
callado?, ¡qué milagro! Sin embargo, se volverán á ver; pero le daremos
otras instrucciones; sí, se las daremos”. No sabía el pobre hombre que
Federico no había querido entablar aquella conversación, justamente
porque quería hablar más largamente y con más comodidad; y antes de
darle lo que era debido quería oir también sus razones.
Mas los cuidados del buen prelado para la seguridad de Lucía habían
llegado á ser inútiles. Después que él la había dejado, sobrevinieron
cosas que es indispensable referir.
Las dos mujeres, en aquellos pocos días que tuvieron que pasar bajo
el techo hospitalario del sastre, volvieron á tomar cuanto les fué
posible su antiguo y habitual modo de vivir. Lucía había pedido en
seguida alguna labor, y como hacía en el monasterio, pasaba todo el día
cosiendo, retirada en una pequeña estancia, apartada de las miradas de
los curiosos. Inés salía algunas veces, y trabajaba también un poco
en compañía de su hija. Sus conversaciones eran tanto más tristes
cuanto más afectuosas: ambas estaban dispuestas á separarse, ya que la
oveja no podía volver á pacer junto á la guarida del lobo: ¿y cuándo,
cuál sería el término de esta separación? El porvenir era oscuro,
inexplicable para una de ellas principalmente. Inés, sin embargo de
esto, no dejaba de entregarse interiormente á alegres conjeturas. “Al
cabo y al fin”, decía, “si no ha sucedido nada de malo á Renzo, bien
pronto nos dará noticias suyas; si ha encontrado que trabajar y el modo
de establecerse; si ¿y cómo dudarlo? tiene su fe jurada á Lucía y sigue
firme en su promesa, ¿por qué no se podría ir hacia donde él está?”
Ella iba entreteniendo á su hija con tales esperanzas, y yo no podría
decir si ésta experimentaba más pena escuchándolas que respondiendo á
ellas. Había tenido siempre encerrado su gran secreto en su interior,
y aunque la atormentase el disgusto de ocultar una cosa á tan buena
madre, estaba, sin embargo, contenida como á su pesar, por la vergüenza
y por mil diversos temores, según ya hemos dicho anteriormente, dejando
pasar los días sin decir nada absolutamente. Sus proyectos eran bien
diferentes de los de su madre, ó mejor diremos, no tenía ninguno;
estaba enteramente abandonada á la Providencia. Trataba, pues, de hacer
decaer ó desviar aquella conversación; decía en términos generales
que ella no esperaba ni deseaba nada en el mundo; que no aspiraba más
que el reunirse prontamente con su madre; más de una vez, el llanto
ahogando su voz, venía oportunamente á cortarle la palabra.
--¿Sabes por qué esto te parece así?, decía Inés: porque tú has sufrido
mucho, y te figuras que no es posible que pueda volver el bien. Pero
deja hacer al Señor; y si... deja que se vea una vislumbre apenas de
esperanza, y entonces me sabrás decir si no piensas ya en nada. Lucía
abrazaba á su madre y lloraba.
Además, entre ellas y sus patrones había nacido súbitamente una grande
amistad; y efectivamente, ¿de dónde podía nacer ésta sino entre el
bienhechor y los beneficiados, cuando los unos y los otros son personas
de buenos sentimientos? Inés especialmente tenía con el ama de la casa
bastante tela cortada para hablar. Luego el sastre las entretenía un
poco con sus historias y sus discursos morales: á la comida, sobre
todo, tenía siempre algo que contar acerca de la espada de Rolando ó de
los Eremitas del desierto.
Á algunas millas del pueblo habitaban dos personajes importantes, á
saber: D. Ferrante y D.ª Prajedes. El apellido, según costumbre, yace
bajo la pluma de nuestro anónimo. D.ª Prajedes era una dama de calidad,
avanzada en años y muy inclinada á hacer bien; éste es seguramente
el oficio más digno que el hombre puede ejercer en el mundo; pero
el exceso puede ser también perjudicial, como sucede en todas las
cosas. Para hacer el bien es preciso conocerlo, y al igual de todo lo
demás, nosotros no podemos conocerlo más que al través de nuestras
pasiones, por medio de nuestra razón, de nuestras ideas. D.ª Prajedes
se gobernaba con sus ideas, según decía, como debe hacerse con los
amigos; tenía muy pocas, pero estaba muy adherida á ellas. Entre esas
pocas ideas se encontraban por desgracia muchas defectuosas y no eran
las que menos quería. Sucedía de ahí, ó el proponerse por bien, lo cual
efectivamente no lo era, ó tomar por medios, cosas que hacían más bien
inclinarse al lado opuesto, ó el creer permitidas ciertas otras que
no lo eran del todo, por una cierta suposición en confuso, que el que
hace más de lo que debe puede dirigir según le plazca. Algunas veces
concluía por no ver en un hecho lo que tenía de real ó lo que no había,
y muchas otras cosas semejantes que pueden suceder y suceden á todo el
mundo, sin exceptuar á los mejores; pero esto acontecía con frecuencia
á D.ª Prajedes, y casi siempre á la vez.
Al oir el gran suceso de Lucía y todo lo que en aquella ocasión se
decía de la joven, le vino la curiosidad de verlas, enviando un
carruaje con un viejo escudero para que le llevaran la madre y la hija.
Ésta se encogía de hombros y rogaba al sastre que se había encargado
del mensaje, que buscase el medio de excusarlas. Tantas veces como
le habían pedido cierta clase de gentes que les proporcionase el
trabar conocimiento con la joven del milagro, el sastre les había
rendido voluntariamente semejante servicio; pero en esta ocasión la
negativa le parecía una especie de rebelión. Hizo tantos gestos, tantas
exclamaciones, dijo tantas cosas, y que no se acostumbraba así, y que
era una gran casa, y que á los señores no se les dice que no, y que
esto podía ser su suerte, y que la Sra. D.ª Prajedes, además de todo,
era también una santa; tantas cosas en suma, que Lucía se vió obligada
á ceder, tanto más cuanto que Inés confirmaba todas aquellas razones
por otros tantos “seguramente, seguramente”.
Llegadas á la presencia de la noble dama, ésta les hizo una magnífica
acogida y las llenó de felicitaciones; interrogó, aconsejó, todo con
cierta superioridad casi innata, pero corregida por tantas expresiones
dulces y modestas, templada por tanto afecto, cubierta de tanta
devoción, que Inés, casi en seguida, y Lucía pocos instantes después,
empezaron á sentirse aliviadas del respeto tiránico que en un principio
había impreso en ellas aquella activa presencia, encontrando luego
cierto atractivo. Para resumir: D.ª Prajedes, oyendo que el cardenal
se había encargado de buscar un asilo para Lucía, lanzada por el deseo
de secundar y prevenir al mismo tiempo tan buena intención, ofreció
el tener á la joven en su casa, en la cual, sin estar adicta á ningún
servicio particular, podría, cuando gustase, ayudar á las demás
mujeres en sus labores, añadiendo que avisaría y daría parte de ello á
monseñor.
Además del bien ordinario é inmediato que había en hacer semejante
obra, D.ª Prajedes veía y se proponía otra, acaso mucho más
considerable, según su parecer: ésta era curar un cerebro enfermo
y guiar por una buena senda á una joven que tenía gran necesidad.
Desde que había oído por la primera vez hablar de Lucía, se había de
repente persuadido que una joven que había podido prometerse á un
malvado, á un criminal, á uno que había escapado de la horca, tal
como Renzo, debía estar un poco corrompida y ocultar algún vicio.
_Dime con quién andas, y te diré quién eres._ La visita de Lucía la
había confirmado en aquella persuasión. No era que en el fondo no le
pareciese una buena joven, como se suele decir, pero había mucho que
hablar. Aquella cabecita baja, aquella manía de no responder nunca ó de
hacerlo con sumo trabajo y como por fuerza, podían indicar vergüenza,
pero descubrían á golpe de vista mucha tenacidad. No se necesitaba un
gran esfuerzo para augurar que aquella pequeña cabeza tenía sus ideas:
y aquel ruborizarse á cada momento, aquellos largos suspiros... en
seguida dos grandes ojos que no agradaban del todo á D.ª Prajedes.
Tenía por cierto, como si lo hubiese sabido por buena parte, que todas
las desgracias de Lucía eran un castigo del cielo por su amistad con
aquel bribón, y un aviso de lo alto para que se separase enteramente.
Esto supuesto, ella se proponía cooperar á un tan buen fin, porque
así como decía á los demás y á sí misma, ¿todo su estudio no era acaso
secundar la voluntad del cielo? Pero caía con frecuencia en el terrible
error de tomar por el cielo los desvaríos de su cerebro. Sin embargo,
ella se guardó bien de dar el más pequeño indicio de la segunda
intención que hemos dicho. Una de sus principales máximas se reducía
á que para conducir á su término un buen designio, lo primero era no
darlo á conocer.