Cuando estuvo puesta la mesa, la dueña fué á buscar á Lucía, y la

acompañó hasta su asiento; cortó una ala del capón, y se la sirvió;

sentáronse también los dos esposos, y ambos exhortaron á su huéspeda,

abatida y vergonzosa, á que tuviese valor y comiese. El sastre empezó,

á los primeros bocados, á discurrir con gran énfasis, en medio de

las interrupciones de los niños, que comían alrededor de la mesa,

y que habían visto cosas demasiado extraordinarias, para limitarse

largo tiempo al solo papel de oyentes. Aquél describía las solemnes

ceremonias, luego saltaba á hablar de la conversión milagrosa. Pero lo

que le había hecho más impresión, y lo que repetía más, era el sermón

del cardenal.

--Al ver ante el altar, decía, un señor de aquella especie, lo mismo

que un simple párroco...

--¿Y aquella cosa de oro que llevaba en la cabeza?... decía una de las

niñas.

--Cállate; al pensar, repito, que un señor de esa especie, una persona

tan sabia, que según dicen ha leído todos los libros del mundo,

circunstancia que no se ha visto en ningún otro hombre, ni aun en

el mismo Milán; al pensar que ha sabido adaptarse á decir aquellas

hermosas cosas, de manera que todos las hayan comprendido...

--Yo también las he comprendido, dijo la otra niña.

--Cállate; ¿qué es lo que has de haber tú comprendido?

--He comprendido que explicaba el Evangelio en lugar del señor cura.

--¡Silencio! No digo que se haya hecho comprender solamente de aquellos

que saben algo, porque en este caso están obligados á comprenderle,

sino también de los que tienen la cabeza más dura, los más ignorantes,

seguían el hilo de su discurso. ¡Id ahora á preguntarles si sabrían

repetir las palabras que decía! ¡Oh! sí; no las podrán expresar, pero

el sentido de ellas, lo tienen aquí; y se golpeaba la frente con la

palma de la mano. ¡Y cómo se comprendía que hablaba del consabido señor

sin tener necesidad de pronunciar su nombre! Y además, para estar

uno al cabo del asunto, hubiera bastado el ver las lágrimas que se

desprendían de sus ojos; y entonces toda la gente se ponía también á

llorar...

--Justamente es la verdad, exclamó el niño, interrumpiendo al orador;

¿mas por qué lloraban todos como si fuesen criaturas?

--¿Quieres callar? Y no se diga, sin embargo, que en el pueblo no hay

corazones bien duros. Como iba diciendo, monseñor nos ha hecho ver

claramente, que aunque hay carestía, es preciso dar gracias á Dios, y

estar contentos; hacer lo que se pueda, ingeniarse, ayudarse, y después

alegrarse; porque la desgracia no consiste en padecer y ser pobres;

está también en obrar mal. Y esto no son palabras vanas; pues, no se

ignora que él vive también como un pobre, que se quita el pan de la

boca para dárselo á los desgraciados, cuando podría darse una vida

mejor de la que tiene. ¡Oh, qué placer experimenta uno al oirlo hablar!

No es como tantos otros que dicen: haced lo que os digo y no lo que yo

hago; y luego, nos ha manifestado con la mayor precisión, que aun los

que no son señores, y que no obstante tienen más de lo necesario, están

obligados á hacer partícipes á los que padecen.

En esto interrumpió de improviso su discurso, como atormentado por una

idea. Se detuvo un momento; en seguida llenó un plato de los manjares

que había sobre la mesa, añadió un pan, colocó dicho plato dentro de

una servilleta, y habiéndola tomado por las cuatro puntas, dijo á la

mayor de sus niñas: “cógela así”. Le puso en la otra mano una botella

de vino, y prosiguió: “Ve á casa de María la viuda; déjale esto, y

dile que es para que se regale un poco con sus niños. Pero mira; ten

cuidado cómo lo haces, no vayas á dárselo como si fuera á hacérsele una

limosna: que no se te escape una sola palabra si encuentras á alguien;

y, por último, ten cuidado de que nada se rompa”.

Lucía se conmovió hasta el punto de derramar lágrimas, y sintió en su

alma un enternecimiento que la distrajo de su dolor. Ya el discurso

anterior de aquel hombre honrado le había causado un alivio, que las

palabras de consuelo, más dulces, más directas, no le hubieran podido

procurar. Su espíritu, cediendo al atractivo de aquellas descripciones

de pompas augustas, de aquellas emociones de piedad y admiración,

sobrecogido por el mismo entusiasmo del narrador, alejaba de sí sus

dolorosos pensamientos, y cuando volvían, se encontraba más fuerte

contra ellos. La idea misma de su sacrificio, sin haber perdido su

amargura, experimentaba una cierta alegría austera y solemne.

Poco después entró el cura del pueblo, y dijo que el cardenal le

enviaba á informarse de Lucía, y para advertirla que monseñor quería

verla aquel mismo día; en seguida dió las gracias en su nombre al

sastre y á su mujer. Éstos y aquélla, conmovidos y turbados, no

hallaban palabras para contestar á las demostraciones de semejante

personaje. “¿Y vuestra madre no ha llegado todavía?”, preguntó el cura

á Lucía.

--¡Mi madre!, exclamó ésta. Diciéndole luego el cura cómo había sido

mandada á buscar por orden del arzobispo, se puso el delantal en

los ojos, y prorrumpió en un copioso llanto, que duró mucho tiempo

después de haberse marchado el eclesiástico. Cuando los sentimientos

tumultuosos que se habían suscitado en su alma, á aquel anuncio,

empezaron á dar lugar á ideas más tranquilas, la infeliz joven se

acordó que la alegría entonces tan próxima de volver á ver á su madre,

contento tan inesperado pocas horas antes, lo había también implorado

expresamente en aquellas horas terribles, y lo había puesto casi como

una condición á su voto. _Hacedme volver sana y salva al lado de mi

madre_, había dicho; y estas palabras aparecieron distintamente á su

memoria. Se confirmó más que nunca en el propósito de mantener su

promesa, y se reprochó de nuevo y muy amargamente aquel _¡infeliz de

mí!_ que se había escapado de su interior en los primeros momentos.

Efectivamente, cuando hablaron de Inés, ésta se encontraba ya muy

cerca. Es fácil imaginar cómo se quedaría la pobre mujer á una

invitación tan poco esperada, y á la noticia necesariamente truncada

y confusa de un peligro, se podía decir, que ya había cesado, pero de

un peligro espantoso, de una terrible aventura, que el mensajero no

sabía referir ni explicar, y de la cual ella no tenía á qué agarrarse

para explicársela por sí misma. Después de haber llevado las manos

á su cabeza, después de haber exclamado muchas veces: “¡Ah, Señor,

ah, Madonna!” después de haber hecho varias preguntas al mensajero,

á las cuales éste no sabía qué responder, se lanzó furiosa y con

precipitación en el carruaje, continuando, durante todo el camino,

deshaciéndose en exclamaciones y preguntas inútiles. Mas al llegar á

cierto paraje, se encontró de manos á boca con D. Abundio, que se

adelantaba poco á poco, apoyado en su bastón. Después de un “¡oh!”

proferido por ambas partes, D. Abundio se detuvo; Inés hizo parar el

carruaje, y se bajó; luego, los dos se dirigieron hacia un castañar que

se hallaba al lado del camino. D. Abundio le había participado todo

lo que había podido saber y debido ver. La cosa no estaba tan clara

todavía; pero á lo menos Inés se cercioró de que Lucía permanecía en

seguridad, y respiró.

En seguida, D. Abundio quiso entablar otra clase de conversación é

instruirla largamente sobre la manera de gobernarse con el arzobispo,

si éste, como era probable, deseaba hablar con ella y con su hija,

diciéndole, principalmente, que no convenía hacerle mención del

casamiento. Pero conociendo Inés que el buen hombre no iba más que á

su propio interés, lo dejó plantado, sin prometerle nada, sin resolver

nada tampoco, contestando solamente que tenía otras cosas en que

pensar; después de lo cual se volvió á poner en camino.

Finalmente, el carruaje llegó á su destino, y paró á la puerta de la

casa del sastre. Lucía se levanta precipitadamente; Inés se apea;

se precipita dentro de la expresada casa, y he aquí que se abrazan

estrechamente una á otra. La mujer del sastre, que era la única que

se hallaba presente, les dió ánimo, las tranquilizó, se regocijó con

ellas; y después, siempre discreta, las dejó solas, diciendo que iba á

disponer una cama; que podía hacerlo, sin incomodarse; pero que en todo

caso, tanto su marido como ella, más bien hubieran querido dormir en

el suelo, que permitir que fuesen á otra parte á buscar un asilo para

aquella noche.

Pasado el primer ímpetu de abrazos y sollozos, Inés quiso saber las

aventuras de Lucía, y ésta se puso á contárselas con la mayor ansiedad;

mas como el lector sabe, era una historia que nadie la conocía

toda; y para la misma Lucía había partes sumamente oscuras, hechos

inexplicables, y principalmente aquella fatal coincidencia de haberse

encontrado con el terrible carruaje en medio de su camino, justamente

cuando ella pasaba por una casualidad extraordinaria; sobre esto

último, la madre y la hija hacían mil conjeturas, sin acertar nunca con

la verdadera causa, ni siquiera aproximarse á ella.

Con respecto al autor de la trama, ninguna de las dos podía dudar que

no fuese D. Rodrigo.

--¡Ah, espíritu malo!, ¡tizón del infierno!, exclamaba Inés; pero ya

le llegará su hora: el Señor se lo recompensará según sus méritos, y

entonces él experimentará también...

--¡No, no, madre mía! la interrumpió Lucía; no deseéis ningún mal

á él ni á nadie tampoco. ¡Si sabéis lo que es sufrir; si lo habéis

experimentado! ¡No, no!, roguemos más bien por él á Dios y á la

Madonna; que el Señor le toque el corazón como lo ha hecho con ese otro

infeliz, que era mucho peor y ahora es un santo.

El terror que causaba á Lucía el recordar aquellos hechos tan recientes

y crueles, le hizo más de una vez titubear; más de una vez dijo que

no tenía bastante valor para continuar, y después de muchas lágrimas

y suspiros, volvió á tomar el uso de la palabra con el mayor pesar;

pero un sentimiento contrario la hizo vacilar al llegar á cierto punto

de su narración: cuando se trató del voto. El temor de que su madre

la acusara de imprudente y precipitada, y que como había hecho en el

asunto del casamiento, no le pusiera por delante aquella su tan larga

regla de conciencia, y la quisiese hacer prevalecer, ó que la buena

mujer le dijese en confianza á alguno, no por otra cosa más sino

para que la iluminara y aconsejara, y llegase de este modo á hacerse

público; al pensar esto solo Lucía percibía que sus mejillas se cubrían

de un vivo carmín; añádase también cierta vergüenza que le causaba su

misma madre, y una inexplicable repugnancia de hablar sobre la materia,

fueron motivos todos que le hicieron ocultar aquella circunstancia

importante, proponiéndose confiársela primeramente al padre Cristóbal.

¡Mas cómo se quedó, cuando preguntando por él, supo que no estaba ya

en Pescarenico; que había sido enviado á un pueblo muy lejano, á un

pueblo que tenía cierto nombre!...

--¿Y Renzo?, dijo Inés.

--Está en salvo, ¿no es cierto?, replicó ávidamente Lucía.

--Sí, porque todos lo dicen; se asegura que se ha refugiado en el

territorio de Bérgamo; pero el paraje verdadero nadie puede decirlo:

hasta ahora no ha dado noticias de su persona; es indispensable que no

haya hallado el medio de hacerlo.

--¡Ah, si está en salvo, gracias sean dadas al Señor!, dijo Lucía; y

procuraba mudar de conversación, cuando ésta fué interrumpida por un

suceso inesperado; tal fué la aparición del cardenal arzobispo.

Éste, vuelto de la iglesia, donde lo habíamos dejado, habiendo

sabido por el Incógnito la llegada de Lucía, fué á sentarse á la

mesa, haciendo colocar á su derecha al señor, en medio de un círculo

de sacerdotes que no podían saciarse de lanzar ojeadas sobre aquel

semblante tan dulcificado sin debilidad, tan humillado sin bajeza, y de

compararle con la idea que desde largo tiempo tenían de dicho personaje.

Concluido el desayuno, el Incógnito y el cardenal se retiraron de nuevo

juntamente. Después de un coloquio que duró más que el primero, el

señor partió para su castillo, montado en la misma mula de la mañana.

El cardenal hizo llamar al párroco, y le manifestó que deseaba ser

conducido á la casa en donde Lucía se había refugiado.

--¡Oh, monseñor!, respondió éste, no os molestéis: haré avisar al

momento á la joven para que venga, como también la madre, si es que ha

llegado, y también los dueños de la casa si quiere monseñor; todos los

que vuestra señoría ilustrísima guste.

--Deseo yo mismo ir á verlos, replicó Federico.

--Vuestra señoría ilustrísima no debe molestarse: enviaré á llamarlos

en seguida; es cosa de un momento, insistió el párroco asaz oficioso é

impertinente (por lo demás excelente sujeto); mas no comprendía que el

cardenal quería con semejante visita rendir homenaje á la desgracia,

á la inocencia, á la hospitalidad y á su propio ministerio á un mismo

tiempo. Pero habiendo el superior expresado de nuevo sus deseos, el

inferior se inclinó y se puso en marcha.

Apenas los dos personajes pusieron el pie en la calle, cuando toda la

gente se encaminó hacia ellos, acudiendo de todas partes, y rodeándoles

de manera que llegaban á impedirles el paso. El párroco se esforzaba en

decir: “vamos, atrás, retiraos; ¡más, más!”. Y Federico le replicaba:

“dejadlos, dejadlos”, é iba avanzando, tan pronto alzando la mano para

bendecir al pueblo, tan pronto bajándola para acariciar á los niños

que embarazaban su marcha. De este modo llegaron á la casa, en la

cual entraron: la multitud permaneció agrupada en la calle. El sastre

se hallaba también entre la gente que había seguido al cardenal, el

cual con los ojos fijos en éste y la boca abierta, iba mirándole sin

saber adónde se dirigía. Al ver que el arzobispo entraba en su casa, se

abrió paso, dejando á la consideración de los lectores el estrépito que

movería, gritando sin cesar: “dejad pasar á quien debe”; y entró.

Inés y Lucía oyeron en la calle un ruido que á cada paso se aumentaba:

mientras pensaban lo que podría ser, vieron abrirse la puerta y

aparecer el cardenal en compañía del párroco.

--¿Es aquélla?, preguntó el primero al segundo; y á una señal

afirmativa se dirigió hacia Lucía, que estaba allí con la madre, ambas

inmóviles y mudas de vergüenza y sorpresa. Pero el tono de aquella

voz, el aspecto, el continente, y sobre todo las palabras de Federico,

las tranquilizaron prontamente. “¡Pobre joven, dijo, Dios ha querido

someteros á una gran prueba; mas os ha hecho ver que siempre tenía su

vista fija sobre vos, y que no habíais sido olvidada! Él os ha puesto

en salvo, y se ha servido de vos para consumar una grande obra, para

manifestar su misericordia á un hombre, y para aliviar al propio tiempo

á otros muchos”.

En esto apareció en la estancia el ama de la casa, la cual, al ruido,

se había asomado á la ventana, y habiendo visto quién entraba, bajó

precipitadamente la escalera, después de haberse arreglado lo mejor

que pudo. El sastre entró casi al mismo tiempo por otra puerta.

Al ver trabada la conversación, fueron á reunirse á un rincón, en

donde permanecieron con aire respetuoso. El cardenal, saludándolos

cortésmente, continuó su plática con las mujeres, mezclando á sus

consuelos algunas preguntas, para ver si en las respuestas podía hallar

alguna coyuntura de hacer bien á quien tanto había padecido.

--Convendría que todos los sacerdotes fuesen como vuestra señoría,

que tomasen algunas veces el partido de los pobres, y no les ayudasen

á meterlos en medio de las mayores dificultades para ellos huir

el cuerpo, dijo Inés, animada por el aire familiar y afectuoso de

Federico, y encolerizada al pensar que el Sr. D. Abundio, después de

sacrificar siempre á los demás, pretendiese también impedir una pequeña

expansión de espíritu, la menor queja á los que eran superiores á él,

cuando por una rara casualidad se presentaba una ocasión.

--Decid todo lo que pensáis, dijo el cardenal, hablad con libertad.

--Quiero decir, que si nuestro señor cura hubiese cumplido con su

deber, las cosas no hubieran llegado á tal extremo.

Mas haciéndole el cardenal nuevas instancias para que se explicara con

mayor claridad, ella empezó á hallarse embarazada con tener que referir

una historia en la que la misma tenía una parte que procuraba ocultar,

especialmente á semejante personaje. Sin embargo, encontró el medio de

arreglarla, con una pequeña variación: contó el concertado casamiento,

la denegación de D. Abundio; no pasando en silencio el pretexto de

los _superiores_ que él había puesto por delante (¡ah, Inés!) y pasó

al atentado de D. Rodrigo, y cómo habiendo sido avisadas habían

podido escapar. “Pero sí, añadió en conclusión, escapar para caer en

otros lazos. Si en aquella ocasión, el señor cura hubiese hablado con

sinceridad, y casado en seguida á mis pobres jóvenes, nos hubiéramos

ido todos juntos secretamente, muy lejos, á un paraje que ni siquiera

el aire lo hubiera sabido. Así es como se ha perdido el tiempo y ha

sucedido lo que ha sucedido”.

--El señor cura me dará cuenta de este hecho, dijo el cardenal.

--No señor, no, replicó Inés prontamente: no lo he dicho por esto; no

le reprendáis, porque ya lo que está hecho, hecho se queda; y además,

que de nada sirve: es un hombre de este carácter; si el caso se

presentase de nuevo, obraría del mismo modo.

Pero Lucía, no satisfecha de aquel modo de referir la historia,

añadió: “Nosotras también, nosotras también hemos obrado mal: se ha

visto que la voluntad del Señor era que la cosa no tuviese buen éxito”.

--¿Qué mal habéis podido hacer, desgraciada joven?

Lucía, á pesar de las señas que la madre le hacía á hurtadillas con los

ojos, contó la aventura de la tentativa hecha en casa de D. Abundio, y

concluyó diciendo: “Hemos obrado mal y Dios nos ha castigado”.

--Aceptad de su mano los padecimientos que habéis sufrido, y tened

valor, dijo Federico; porque ¿quién tendrá razón de alegrarse y de

esperar sino el que ha padecido y piensa en acusarse á sí mismo?

Entonces preguntó en dónde se hallaba el prometido, y sabiendo por Inés

(Lucía permanecía silenciosa, con la cabeza baja) que había huido del

país, experimentó y manifestó admiración y desagrado, queriendo saber

la causa que lo había motivado.

Inés refirió lo mejor que le fué posible lo poco que sabía de las

aventuras de Renzo.

--He oído hablar de ese joven, dijo el cardenal; ¿pero cómo permitís

que un hombre que se halla comprometido en negocios de semejante

especie trate de casarse con esta joven?

--Era un joven muy honrado, dijo Lucía ruborizándose, pero con voz

segura.

--Era un muchacho pacífico hasta dejarlo de sobra, añadió Inés; y

vuestra señoría puede preguntarlo á quien quiera, aunque sea al mismo

señor cura. ¿Quién es capaz de saber las intrigas y enredos que le

habrán armado por allá? Muy poca cosa se necesita para hacer pasar á

los pobres por bribones.

--Es demasiado cierto, dijo el cardenal; yo me informaré: y habiéndose

hecho decir el nombre y apellido del joven, lo apuntó en un librito

de memorias. En seguida añadió que contaba marcharse á su país dentro

de algunos días; que entonces Lucía podría ir allá sin temor, y que

entretanto él se ocuparía de proporcionarle un asilo en donde pudiese

estar con seguridad, hasta que todo se arreglase.

Después se volvió á los dueños de la casa, que se adelantaron con

prontitud; renovó las gracias que les había dirigido por medio del

párroco, y les preguntó si querían conservar por pocos días á los

huéspedes que Dios les había enviado.

--¡Oh!, sí señor, contestó el ama con un tono de voz y un aire que

expresaban mucho más que aquella corta respuesta, medio ahogada por

la timidez. Pero el marido, animado por la presencia de semejante

personaje que se dignaba interrogarles, como igualmente del deseo de

lucirse en una ocasión tan importante, estudiaba ansiosamente una

bella contestación. Arrugó la frente, puso los ojos bizcos, apretó

los labios, tendió con todas sus fuerzas el arco de la inteligencia,

barrenó y sintió dentro de sí un choque de ideas, á las cuales faltaba

algo, y de palabras truncadas; mas el tiempo apremiaba, y el cardenal

demostraba ya haber interpretado su silencio. Entonces el buen hombre

abrió la boca y dijo: “Figuraos...”. Nada más pudo venirle por el

pronto. No sólo quedó avergonzado allí aquel día, sino que su recuerdo

importuno agrió siempre el placer del grande honor que había recibido.

¡Cuántas veces pensando en esta circunstancia, como para contrariarle,

le vinieron á la imaginación una multitud de palabras, que todas

hubieran valido más que su insulso “_¡figuraos!_”. Pero como dice un

antiguo proverbio: á burro muerto, &c.

El cardenal partió diciendo: “que la bendición del Señor sea sobre esta

casa”.

Por la tarde preguntó al cura cómo podría recompensarse de un modo

conveniente á aquel hombre, que no debía ser rico, de una hospitalidad

costosa, especialmente en aquellos tiempos. El párroco respondió que

á la verdad, ni las ganancias de su profesión, ni la renta de algunos

pequeños campos que el buen sastre poseía, hubieran sido suficientes

aquel año para ponerlo en posición de ser liberal para con los demás;

pero que habiendo economizado en los años anteriores, se encontraba

al presente ser uno de los más acomodados del pueblo; que podía hacer

algunos gastos sin que le causaran ninguna extorsión, y que ciertamente

los haría con gusto, y que por otra parte tomaría como una ofensa el

que se le hiciese aceptar recompensa alguna.

--Probablemente tendrá, dijo el cardenal, créditos contra gente que no

pueda pagar.

--Ya puede figurárselo vuestra señoría ilustrísima: esas pobres gentes

pagan con el sobrante de la recolección; en un año escaso nada sobra;

al contrario, falta todavía lo necesario.

--Bueno; yo tomo á mi cargo todas esas deudas y vos os serviréis

recoger de ellos la nota de las partidas, y las saldaréis.

--Compondrá una gran suma.

--Tanto mejor; y tendréis otros ranchos bastante necesitados, que no

tendrán deudas, porque no habrá quién les preste.

--¡Oh, sí; hay muchos! Y sin embargo, se hace lo que se puede; pero,

¿cómo atender á todos en unos tiempos tan calamitosos?

--Disponed que se les vista á mis expensas, y pagadlo bien.

Verdaderamente este año, todo el dinero que se gaste en pan me parece

robado; pero éste es un caso excepcional.

No queremos, con todo, concluir la historia de aquel día, sin referir

sucintamente cómo terminó la del Incógnito.

Esta vez el ruido de su conversión le había precedido en el valle:

se había esparcido prontamente, y había excitado una sorpresa, una

ansiedad y una irritación difíciles de pintar. Á los primeros bravos

ó servidores (que era igual) que encontraba, les hacía seña que le

siguiesen: éstos caminaban detrás de él siendo presa de una nueva

inquietud y con su acostumbrada obediencia; su séquito se aumentaba

á cada instante. Llega por fin al castillo: indica á los que se

encuentran á sus puertas que le sigan también; entran en el primer

patio, se coloca en medio de él, y allí, afirmándose en sus estribos,

lanza un grito atronador, siendo ésta la señal que usaba para que todos

aquellos de los suyos, á quienes llegara dicho grito, se presentasen

al instante. En seguida todos los que se hallaban esparcidos por el

castillo se apresuraron á acudir á aquella voz terrible, y se reunieron

al resto de la numerosa cuadrilla, fijando todas sus miradas sobre su

señor.

--Id á esperarme al gran salón, dijo, y desde lo alto de su cabalgadura

estaba viéndolos partir. En seguida se apeó, condujo por sí mismo la

mula á la cuadra, y se encaminó hacia donde era esperado. El sordo

murmullo que reinaba en el salón cesó á su aspecto; retiráronse todos á

un ángulo, dejando un gran espacio vacío á su alrededor. Ellos serían

unos treinta.

El Incógnito levantó la mano como para mantener el silencio que su

sola presencia había hecho nacer; alzó su cabeza, que sobresalía á

todas las demás, y dijo: “Escuchadme todos, y nadie hable sin ser

preguntado. ¡Hijos míos!, el camino por el cual hemos andado hasta

hoy conduce al fondo del infierno. Esto no es un reproche que yo

quiera haceros, yo que he sido el primero que he ido delante y os he

sobrepujado en esta abominable carrera, yo el más culpable de todos;

mas atended á lo que voy á deciros.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 8 / 29 段