la entreabre, manda á la vieja que salga, introduce en el mismo
instante á D. Abundio y á la buena dama, cierra de nuevo la puerta,
permanece detrás de ella por la parte de afuera, y manda á la vieja á
un extremo lejano del castillo, según había ya enviado también á la
mujer que se hallaba fuera de guardia. Al primer punto de vista, todo
este movimiento y la aparición de personas nuevas, causaron á Lucía
mucho sobresalto y agitación; porque si su situación presente le era
insoportable, todo cambio, sin embargo, era un motivo de sospecha y de
nuevo espanto. Mira; ve á un sacerdote, á una dama; se tranquiliza un
poco, y mira con más atención: ¿es ó no es él? Reconoce á D. Abundio y
permanece con los ojos fijos como vencida por un encanto. La buena dama
se acerca á ella, la saluda, la mira con ademán enternecido, coge sus
dos manos, como para acariciarla y levantarla al mismo tiempo, y luego
le dice: “¡Oh, pobrecita!, venid, venid con nosotros!”.
--¿Quién sois, pregunta Lucía?, mas sin aguardar respuesta se vuelve
hacia D. Abundio, el cual permanecía de pie, con aire compungido, á dos
pasos de distancia; lo mira fijamente de nuevo, y exclama: ¡Vos!, ¿sois
vos, señor cura? ¿En dónde estamos? ¡Oh, cuán desgraciada soy, estoy
fuera de mí!
--No, no, repuso D. Abundio: soy yo en efecto; tened ánimo. Mirad;
estamos aquí para llevaros: soy vuestro propio cura, habiendo venido
aquí expresamente, á caballo...
Lucía, como si hubiese recobrado en un instante todas sus fuerzas, se
enderezó precipitadamente, después fijó aún su mirada sobre aquellos
dos rostros, y dijo: “¿Es, pues, la Madonna la que os ha enviado?”.
--Creo que sí, dijo la buena dama.
--Mas, ¿podemos marchar, podemos marchar ya de veras?, replicó Lucía
bajando la voz y con aire tímido é indeciso. ¿Y toda esa gente?...
prosiguió, con los labios contraídos y trémulos de espanto y horror: ¿y
ese señor... ese hombre?... Él me lo había prometido.
--Aquí está también, el cual ha venido á propósito con nosotros, dijo
D. Abundio, y espera fuera. Marchemos pronto; no hagamos esperar á
semejante sujeto.
Entonces, aquel de quien se hablaba, empujó la puerta y se dejó ver.
Lucía, que poco antes lo deseaba, no teniendo otra esperanza en el
mundo; ahora, después de haber visto y oído aquellas voces amigas no
pudo reprimir un súbito terror; se estremeció, contuvo su respiración,
se arrimó á la buena dama, y ocultó su semblante en el seno de ésta. Al
aspecto de aquella joven inocente, sobre la cual ya la noche precedente
no había podido fijar su vista, al aspecto de aquella desgraciada que
una larga abstinencia y prolongados sufrimientos habían vuelto pálida,
abatida, inconsolable, se detuvo. Al ver luego aquel movimiento de
terror, bajó los ojos, permaneció todavía un momento inmóvil y mudo;
después, respondiendo á lo que la pobre niña no había dicho: “Es
verdad, exclamó, ¡perdonadme!”.
--Viene á libertaros, ya no es el mismo hombre; se ha hecho bueno. ¿Ois
cómo os pide perdón?, decía la buena dama al oído de Lucía.
--¿Se puede decir más? ¡Vamos!, levantad la cabeza, no seáis niña; que
podamos partir al instante, le decía D. Abundio.
Lucía levantó la cabeza, miró al Incógnito, y al ver aquella frente
baja, aquella mirada confusa y aterrada, presa de un sentimiento
mezclado de esperanza, de reconocimiento y de piedad, dijo: “¡Oh,
monseñor, que Dios os recompense vuestra misericordia!”.
--Y á vos, cien veces, el bien que me hacéis con estas palabras.
Diciendo esto, dió una media vuelta, se encaminó hacia la puerta, y
salió el primero. Lucía, enteramente reanimada, con la dama que le
daba el brazo, le siguieron: D. Abundio cerraba la marcha. Bajaron la
escalera y llegaron á la pequeña puerta que daba al patio. El Incógnito
la abrió de par en par, se dirigió á la litera, abrió la portezuela, y
con una especie de cortesía llena de timidez (dos cosas nuevas en él)
sosteniendo del brazo á Lucía, la ayudó á entrar, y después también
á la que debía acompañarla. Enseguida tomó la mula de D. Abundio, é
igualmente le ayudó á montar.
--¡Oh, qué complacencia!, dijo éste: y montó mucho más ligero que lo
había hecho la primera vez. La comitiva se puso en camino, después
que el Incógnito hubo también montado á caballo. Su cabeza estaba
levantada; su mirada había vuelto á tomar la ordinaria expresión
de mando. Los bravos que encontraba descubrían perfectamente en su
rostro las señales de un vigoroso pensamiento, de una preocupación
extraordinaria; mas no comprendían, no podían ir más allá. En el
castillo nada sabían aún del gran cambio que se había verificado en el
corazón de aquel hombre, y ciertamente ninguno de ellos hubiera podido
llegar á conseguirlo sólo por conjeturas.
La buena dama se había apresurado á correr las cortinillas de la
litera: en seguida cogió afectuosamente las manos de Lucía, y se
puso á reanimarla por medio de palabras de piedad, de felicitación y
de ternura. Viendo luego cómo, además de la fatiga de tantas penas
sufridas, la confusión y la oscuridad de los sucesos, impedían á la
pobrecita el que experimentara plenamente el contento de su libertad,
le dijo todo lo que pudo hallar de más apto para distraerla, y para
aclarar sus pensamientos le nombró el pueblo adonde iban.
--¡Sí!, dijo Lucía, la cual sabía que dicho pueblo estaba á poca
distancia del suyo. ¡Ah, Madonna Santísima, os doy mil y mil gracias!
¡Madre mía, madre mía!
--Nosotros la enviaremos en seguida á buscar, dijo la buena dama, la
cual no sabía que la cosa estaba ya hecha.
--Sí, sí, Dios os lo recompensará... ¿Y vos quién sois?, ¿cómo habéis
venido?...
--Nuestro cura me ha enviado, dijo la dama; porque este señor, á
quien Dios ha tocado el corazón (bendito sea él), ha venido á nuestra
población con el objeto de hablar al señor cardenal arzobispo, que ha
ido á visitarnos. Se ha arrepentido de sus horribles pecados, y quiere
mudar de vida; habiendo dicho al cardenal que él había hecho robar á
una pobre inocente, que sois vos, en connivencia con otro, que tampoco
teme á Dios, y del cual el cura no me ha podido decir el nombre.
Lucía alzó los ojos al cielo.
--Vos lo sabréis quizá, continuó la dama, bien. Ahora, pues, el señor
cardenal ha pensado que tratándose de una joven, se requería una
persona del mismo sexo para acompañarla, y ha dicho al párroco que la
buscase: éste tan bondadoso ha venido á mí...
--¡Oh, el Señor recompense vuestra caridad!
--Figuraos, hija mía, que el señor cura me ha dicho que procurase
tranquilizaros, que tratara de sacaros pronto de la inquietud en que
estabais, y que os hiciese comprender cómo el Señor os ha salvado
milagrosamente...
--¡Oh, sí!, bien milagrosamente; por intercesión de la Madonna.
--Me ha dicho igualmente que os animara y aconsejara á perdonar al que
os ha causado el daño; á que estéis contenta por la misericordia que
Dios ha usado con él, y al propio tiempo que roguéis por él mismo,
porque además de que recibiréis vuestro merecido, sentiréis todavía más
alivio en vuestro corazón.
Lucía respondió por medio de una mirada que expresaba su asentimiento
tan claramente como la hubieran podido hacer las palabras, y con una
dulzura que éstas mismas no hubieran podido significar.
--¡Excelente joven!, exclamó la dama, y prosiguió: hallándose también
vuestro cura párroco en nuestro pueblo (pues que han acudido tantos
de todas las cercanías, que se podrían celebrar á un tiempo cuatro
misas mayores), el señor cardenal ha juzgado conveniente el que nos
acompañara, á pesar que de bien poco nos ha servido. Ya había yo
oído decir que era un pobre hombre; mas en esta ocasión, he podido
claramente ver que él estaba tan embarazado como un pollo en medio de
la estopa.
--¿Y este?... preguntó Lucía; este hombre que se ha vuelto bueno...
¿quién es?
--¡Cómo!, ¿no lo sabéis?, dijo la buena dama; y lo nombró.
--¡Oh, misericordia divina!, exclamó Lucía. ¡Cuántas veces había oído
repetir aquel nombre, en más de una historia que, como en las de otro
género, aparecía siempre el del _Ogro_[5]! Á la idea de haber estado
en su terrible poder, y permanecer al presente bajo su custodia,
al considerar un tan gran peligro, y una tan imprevista redención,
contemplando quién era aquel hombre que había conocido tan feroz,
y ahora tan conmovido y humilde, permanecía como estática, diciendo
únicamente de vez en cuando: “¡Oh, misericordia!”.
--¡Es ciertamente una gran misericordia!, repetía la dama, es una
dicha para medio mundo. ¡Al pensar cuánta gente tenía alarmada!, y al
presente, según me ha dicho nuestro párroco... Y luego no hay más que
mirarle la cara; ¡se ha vuelto enteramente un santo! Por otra parte, no
hay más que ver su nuevo modo de portarse.
El decir que esta buena dama no experimentaba mucha curiosidad de
conocer un poco más distintamente la grande aventura en que ella
representaba también su papel, sería faltar á la verdad. Pero es
preciso decir en honor suyo, que sobrecogida de una piedad respetuosa
hacia Lucía, calculando en cierto modo la gravedad y dignidad del
encargo que se le había confiado, no pensó, sin embargo, en hacer
ninguna pregunta indiscreta y ociosa; todas sus palabras, durante aquel
corto viaje, fueron para dar valor á la pobre joven, manifestándole al
propio tiempo el más vivo interés.
--¡Dios sabe desde cuándo no habréis tomado alimento!
--No recuerdo..., pero hace ya algún tiempo.
--¡Pobrecita! ¿Tendréis necesidad de restaurar vuestras fuerzas?
--Sí, respondió Lucía con voz apagada.
--En mi casa, á Dios gracias, encontraremos en seguida alguna cosa.
Tened ánimo, que ya no estamos lejos.
Después de esto, Lucía se dejó caer lánguidamente en el fondo de la
litera, como adormecida, y entonces su compañera la dejó reposar.
Con respecto á D. Abundio, la vuelta no le causaba tanto espanto como
la ida pocas horas antes; pero con todo, no fué tampoco para él un
viaje agradable. Desde que dejó de tener miedo, se sintió enteramente
aliviado de un gran peso; mas bien pronto empezaron á nacer en su
interior cien otros disgustos, lo mismo que cuando ha sido arrancado un
corpulento árbol y el terreno queda por algún tiempo vacío y desnudo,
pero luego se cubre de altas yerbas. Había llegado á hacerse más
impresionable que antes; y tanto en el presente como en las ideas del
porvenir, hallaba materia para atormentarse. Ahora sentía mucho más
que á la ida la incomodidad de viajar de aquel modo, al cual no estaba
acostumbrado; y sobre todo, esto le acontecía al principio, desde
la bajada del castillo al fondo del valle. El conductor, estimulado
por las señas del Incógnito, hacía ir á las mulas á buen paso; ambas
cabalgaduras iban una detrás de otra con la mayor uniformidad; y de
esto resultaba, que en ciertos parajes en que la pendiente era más
rápida, el pobre D. Abundio, como si estuviese colocado sobre un
resorte, se tambaleaba, se caía hacia delante, y para sostenerse se
veía obligado á agarrarse al arzón de la silla, y no se atrevía, sin
embargo, á pedir que fuesen más despacio, pues por otro lado hubiera
querido salir de aquel territorio lo más pronto posible. Además de
esto, en donde el camino colocado sobre una eminencia formaba un
arrecife, la mula, según la costumbre de los animales de su raza,
parecía que hacía propósito de salirse siempre de dicho arrecife,
y de andar por la misma orilla. D. Abundio veía bajo de sí, casi
perpendicularmente, un gran salto, ó como él pensaba, un precipicio.
“¡También tú, decía interiormente al animal, tienes el maldito gusto
de ir buscando los peligros, siendo el camino tan ancho!” Y tiraba
la brida hacia el otro lado, pero inútilmente. De suerte que, como
de ordinario, turbado por la cólera y el miedo, se dejaba conducir á
la voluntad de otro. Los bravos no le causaban ya tanto terror, al
presente que él sabía más claramente del modo que pensaba su amo. “Pero
sin embargo, se decía, si la noticia de esta gran conversión se esparce
por aquí, mientras nosotros permanecemos todavía, ¿quién sabe cómo lo
tomarán esas gentes? ¿Quién es capaz de saber lo que podrá resultar?
¿Y si llegasen á imaginar que yo he venido á hacer el misionero?
¡Pobre de mí, me martirizarían!” El aire feroz del Incógnito no le
inspiraba inquietud alguna. “Para tener á raya á aquellas fachas,
decía, no hay necesidad de otra cosa más que el continente de éste,
bien lo comprendo; ¿pero por qué es preciso que yo me encuentre siempre
mezclado entre toda esta clase de gente?”.
Mas basta ya de hablar acerca del miedo de D. Abundio. Llegaron al
término de la pendiente, y finalmente salieron también del valle.
La frente del Incógnito se fué serenando. D. Abundio mismo tomó un
aire más natural; sacó la cabeza de entre sus hombros, en donde
hasta entonces la había tenido como aprisionada; alargó los brazos
y las piernas; se colocó mejor sobre la silla, lo cual le daba otro
continente; respiró más á su placer y, con el ánimo más reposado, se
puso á considerar otros peligros lejanos. “¿Qué dirá ese imbécil de D.
Rodrigo? ¡Quedar de este modo con un palmo de narices, con la pérdida
de sus esperanzas, y hecho el escarnio de todos! ¡Considerad si la
píldora le parecerá amarga! Ahora es cuando se dará de veras al diablo.
Lo único que al presente falta es que venga á emprenderla conmigo,
sólo por haberme hallado metido en este desagradable asunto. Si él ha
tenido antes de ahora valor de enviarme dos demonios con el objeto de
amenazarme en medio de mi camino, ¿qué hará en la actualidad? Con su
señoría ilustrísima no la podrá armar, porque es un pedazo mucho mayor
que él, y se verá precisado á tascar el freno. Entretanto tendrá el
veneno en el cuerpo, y querrá descargarlo sobre alguno. ¿Sabéis cómo se
concluyen estos negocios? Los golpes siempre se dirigen bajos, y los
andrajos al aire. Su señoría ilustrísima se ocupará, como es justo, de
poner á Lucía en un lugar seguro; ese otro pobre diablo, mala cabeza,
está fuera de tiro, y ha pasado ya la suya; de modo que el andrajo he
llegado á ser yo. Después de tantas incomodidades, después de tantas
agitaciones, ¿no sería una cosa bien cruel el que sin comerlo ni
beberlo debiese pagar la pena? ¿Qué hará ahora su señoría ilustrísima
para defenderme, después de haberme metido en danza? ¿Podrá impedir
acaso el que ese hombre malvado no me juegue una tostada peor que
la primera? ¡Y después tiene tantas cosas en su cabeza! ¡Está tan
abrumado de negocios! ¿Cómo podrá atenderme? Éste es el motivo por el
cual algunas veces las cosas quedan más embrolladas que antes. Los
que hacen el bien lo hacen en todo: cuando han experimentado esta
satisfacción, tienen bastante, y no quieren incomodarse á esperar todas
sus consecuencias; pero los que tienen el gusto de hacer el mal ponen
en ello más diligencia, lo siguen hasta el fin; no descansan un momento
porque ellos tienen un cáncer que los devora. ¿Iré yo á decir que he
venido por orden expresa de su señoría ilustrísima y no por mi propia
voluntad? Parecería que quisiera formar partido con la maldad. ¡Oh,
Dios mío! ¡Yo formar partido con la maldad; por las distracciones que
me proporciona! ¡Vamos! Lo mejor será referir á Perpetua la cosa como
es en sí, y dejársela publicar á su gusto. Con tal que á monseñor no le
vengan deseos de hacer alguna cosa que llame la atención, alguna escena
inútil y meterme también en ella. Á buena cuenta, apenas lleguemos,
si ha salido de la iglesia iré á presentarle corriendo mis respetos,
y si no dejo mis excusas, y me dirijo pian pianito á mi casa. Lucía
está bien protegida; ninguna necesidad tiene de mí; y después de tantas
incomodidades, bien puedo yo también pretender el ir á descansar. Y
luego... ¡si monseñor tiene la curiosidad de saber toda la historia, y
me es preciso darle cuenta del negocio del casamiento! ¡Es lo único que
faltaba! ¡Y si va igualmente á visitar mi parroquia!... ¡Oh!, suceda
lo que Dios quiera: no quiero confundirme antes de tiempo; bastantes
cuidados pesan sobre mí. Por el momento voy á encerrarme en mi casa.
Hasta que monseñor salga de este territorio, D. Rodrigo no tendrá
deseos de hacer locuras, y después... ¿y después? ¡Ah!, ¡demasiado veo
que pasaré mal mis últimos años!”
La comitiva llegó antes de concluirse los divinos oficios: atravesó por
entre aquella inmensa muchedumbre, no menos conmovida que la primera
vez, y luego se dividió. Los dos jinetes dieron la vuelta hacia una
plazoleta, en cuyo fondo se encontraba la casa del párroco; la litera
siguió adelante con dirección á la de la dama.
D. Abundio hizo lo que había pensado: apenas se hubo desmontado,
cumplimentó del modo más expansivo al Incógnito, y le suplicó que le
hiciese el obsequio de excusarle con el cardenal, pues debía volverse
á su parroquia en derechura para atender á negocios urgentes. Fué á
buscar lo que él llamaba su caballo, y que no era otra cosa más que
el bastón que había dejado en un rincón de la estancia, después de lo
cual se puso en camino. El Incógnito estuvo aguardando que el cardenal
volviese de la iglesia.
La buena dama, habiendo hecho sentar á Lucía en el mejor sitio de su
cocina, se apresuró á disponer algo que comer para reparar sus débiles
fuerzas. Ella rechazaba con cierta amable aspereza las gracias y
reiteradas excusas que la joven no cesaba de prodigarla.
Con la mayor prontitud colocó algunas ramas secas bajo una pequeña
marmita que había puesto en el hogar, en donde nadaba un buen capón.
Dejó hervir por espacio de algún tiempo todo lo que aquélla contenía, y
llenando luego una gran taza, dentro de la cual había cortado algunas
rebanadas de pan, por último se la presentó á Lucía. Al ver á la
pobre niña que reparaba sus fuerzas á cada cucharada, se felicitaba
en voz alta á sí misma de que la cosa hubiese sucedido en un día, en
el cual según su expresión, el gato no estaba en el hogar. “Éste es
un día de fiesta para todo el mundo”, añadió la dama, “excepto para
los desgraciados que tienen la aflicción de comer pan de algarroba y
_polenta_ de maíz. Sin embargo, ellos esperan hoy recibir alguna cosa
de un señor caritativo: en cuanto á nosotras, á Dios gracias, no nos
hallamos en este caso: entre el oficio de mi marido, y alguna cosilla
que tenemos al sol, vamos pasando. Comed, pues, con apetito, y en el
entretanto esperaremos á que el capón se cueza, y así podréis recobrar
un poco mejor vuestras fuerzas”. Así diciendo, volvió á cuidar de la
comida y á preparar la mesa.
Lucía, después de haberse restaurado un poco, y sintiendo volver la
tranquilidad á su alma, trató de reparar el desorden de su vestido,
por una costumbre, por un instinto de curiosidad y de pudor. Trenzaba
y arreglaba sus largos cabellos en desorden; ajustaba su pañuelo
sobre el seno y alrededor de su cuello. Al hacer esta operación, sus
dedos se enredaron en el rosario que llevaba suspendido, y que tanto
le había servido la noche antes: fijó en él sus miradas, y se turbó
instantáneamente. El recuerdo del voto que había hecho, ese recuerdo
hasta entonces olvidado por tantas sensaciones dolorosas, se presentó
de improviso clara y distintamente á su imaginación. En este momento,
todas las potencias de su ánimo, apenas despiertas, fueron vencidas
de nuevo en un solo instante; y si su alma no hubiese estado tan
preparada por una vida llena enteramente de inocencia, de resignación
y de confianza, la consternación que experimentó en aquel momento la
habría llevado hasta la desesperación. Después del primer tumulto de
aquellos pensamientos, demasiado confusos para venir á la imaginación
con palabras, las primeras que se formaron fueron éstas: “¡Oh, infeliz
de mí, qué es lo que he hecho!” Pero apenas las hubo concebido, cuando
se sintió sobrecogida de cierta especie de terror. Agrupáronse en su
mente todas las circunstancias del voto; sus mortales angustias, el
estar sin esperanza alguna de socorro humano, el fervor de su súplica,
la plenitud de sentimiento con la cual su promesa había sido hecha: el
arrepentirse de ésta, después de haber obtenido la gracia que había
implorado, le pareció una ingratitud sacrílega, una perfidia hacia Dios
y á la santa Virgen: juzgó que semejante infidelidad le atraería nuevas
y más terribles desventuras, en las cuales nada podía esperar, ni aun
podría tener el auxilio de la súplica: y por lo tanto se apresuró á
echarse en cara aquel arrepentimiento voluntario. Se quitó devotamente
el rosario del cuello, y sosteniéndolo con mano trémula, confirmó,
renovó su voto, pidiendo al mismo tiempo con súplica ferviente que
el cielo le concediese la fuerza necesaria para cumplirlo; que éste
arrojase lejos de ella los pensamientos y las ocasiones, las cuales
hubieran podido, si no variar su ánimo, agitarlo á lo menos demasiado.
El alejamiento en que estaba Renzo, sin ninguna probabilidad de que
volviera; este alejamiento que hasta entonces le había parecido tan
amargo, al presente se le figuraba que era una disposición de la
divina Providencia, que había hecho coincidir dos sucesos para llegar
á un solo fin, esforzándose la desventurada en encontrar en el uno
una razón para consolarse del otro. Detrás de este pensamiento, se le
figuraba igualmente que la misma Providencia, para consumar la obra,
sabría hallar el modo de hacer que Renzo también se resignase, que no
pensara más... Pero apenas semejante idea se le hubo presentado á su
imaginación, cuando se levantó en ella una gran confusión. Sintiendo
que su corazón la llevaba involuntariamente á arrepentirse de lo que
había hecho, volvió de nuevo á recurrir á la súplica, al combate,
saliendo como un vencedor (si me es permitido hacer esta comparación);
como un vencedor, repito, herido y abrumado de fatiga que se levanta de
encima de su enemigo.
De repente se oye á lo lejos un ruido de pisadas y de gritos de
alegría: era la familia de la dama que volvía de la iglesia. Dos
pequeñas niñas y un niño, entraron gritando: se pararon un momento
para echar una curiosa mirada sobre Lucía, y después corrieron
presurosos hacia la mamá, agrupándose á su alrededor. Uno le pregunta
el nombre de aquella huéspeda desconocida, y el por qué se hallaba
allí: otro quiere contarle las maravillas que había visto: la buena
dama respondió á unos y á otros con un: “Vamos, quietos, silencio”. El
amo de la casa entró en seguida con paso más sosegado, pero pintado en
su semblante una expansiva alegría. Éste era, si no lo hemos dicho ya
antes, el sastre de la población y de todas las cercanías, hombre que
sabía leer, que había leído efectivamente más de una vez la _Leyenda de
los Santos_ y los _Reales de Francia_, y pasaba en el territorio por un
hombre de talento y de ciencia, alabanzas todas que rechazaba con mucha
modestia, diciendo únicamente que había equivocado su vocación, y que
si hubiese estudiado en lugar de tantos otros... Aparte de esto, era
un hombre de la mejor pasta del mundo. Se hallaba presente cuando el
párroco había suplicado á su mujer el emprender aquel viaje caritativo;
y no sólo lo había aprobado, sino que también hubiera añadido sus
persuasiones, si hubiera sido necesario. Al presente, que la función,
el aparato, el concurso, y sobre todo el sermón del cardenal habían,
como se dice vulgarmente, exaltado todos sus buenos sentimientos,
volvía á su casa con la expectativa, con el deseo ansioso de saber qué
es lo que había pasado, y de ver si se había salvado la pobre inocente.
--Miradla, le dijo, al entrar, la buena dama, señalando á Lucía. Ésta
se levantó ruborizándose, y empezó á balbucear algunas excusas; pero
él se aproximó á la joven, no sin grandes demostraciones de alegría, y
exclamó: “¡Bien venida, bien venida! Vos sois la bendición del cielo en
esta casa. ¡Cuán contento estoy de veros aquí! Bien seguro estaba yo
que llegaríais á buen puerto, porque jamás he visto que el Señor haya
empezado un milagro sin concluirlo perfectamente; pero ¡cuán contento,
repito, estoy de veros aquí! ¡Pobre niña! ¡Mas sin embargo, es una cosa
grande el haber sido objeto de un milagro!”.
No se crea que él solo calificase de milagro aquel acontecimiento,
porque hayamos dicho que había leído la _Leyenda_; por todo el pueblo y
por todos los alrededores no se habló en otros términos mientras duró
su memoria. Y á decir verdad, con las añadiduras que le pusieron, no le
podía convenir otro nombre.
Se acercó en seguida poco á poco á su mujer, que desataba la marmita
de la cadena, que la tenía suspendida sobre el fuego, y le dijo en voz
baja:
--¿Ha ido todo bien?
--Perfectamente, ya te lo contaré más tarde.
--Sí, sí, con comodidad.