digo!, el tormento, el martirio que le causaba semejante proposición,
semejante mandato. Demasiado adelantado para contener un gesto
desagradable formado ya sobre su rostro, trató de ocultarlo,
inclinándose profundamente en señal de obediencia; y no se levantó
más que para hacer otro pequeño saludo al Incógnito, dirigiéndole
una mirada piadosa que equivalía á decir: “Estoy en vuestras manos,
compadeceos de mí: _parcere subjectis_”.
El cardenal le preguntó en seguida qué parientes tenía Lucía.
--No tiene pariente más próximo que su madre, con la cual vivía,
respondió D. Abundio.
--¿Y ésta se halla en su casa?
--Sí, monseñor.
--Ya que, replicó Federico, esa pobre niña no puede por el pronto ir
á su morada, le servirá de un gran consuelo el ver á su madre cuanto
antes: si el señor cura párroco de esta población no llega antes de que
yo vaya á la iglesia, os ruego tengáis á bien decirle que busque un
carruaje ó una cabalgadura, y envíe un hombre de juicio para buscar á
la madre y conducirla aquí.
--¿Y si fuese yo mismo?, dijo D. Abundio.
--No, vos no; ya os he suplicado otra cosa, contestó el cardenal.
--Lo decía, replicó D. Abundio, para disponer á aquella pobre madre:
es una persona muy sensible, y se requiere uno que la conozca, y sepa
comprender su genio, con el objeto de no causarle más mal que bien...
--Por esto es por lo que os he suplicado que advirtieseis al señor
párroco que escoja una persona á propósito: vos seréis mucho más
necesario en otra parte, respondió el cardenal. Él hubiera querido
decir: “Esa pobre niña tiene necesidad de ver prontamente una figura
conocida, una persona segura en ese castillo, después de tantas horas
de espanto, y en una tan terrible oscuridad acerca del porvenir”. Pero
esto era cosa que no podía decirse claramente delante de aquel tercer
personaje. El cardenal encontró, sin embargo, extraño, que D. Abundio
no lo hubiese entendido con el aire que lo decía, y también que no lo
hubiese pensado por sí propio. La oferta y la persistencia con la cual
se oponía, le parecieron fuera de lugar, lo cual le hizo juzgar que
allí se encerraba algún misterio. Miróle al semblante, y descubrió sin
trabajo el miedo que el pobre cura experimentaba de tener que viajar
con aquel hombre temible, como igualmente el de ser su huésped aunque
fuese por pocos momentos. Quiso disipar enteramente sus temores; y como
no juzgó conveniente llamarlo aparte y hablarle en secreto en presencia
de su nuevo amigo, pensó que el mejor medio era hacer lo que hubiera
hecho sin este motivo; es decir, hablar al Incógnito mismo. Así, D.
Abundio vería por sus respuestas que ya no era un hombre del cual se
pudiese tener miedo. Se aproximó, pues, al señor, y con ese aire de
confianza espontánea que se encuentra en una nueva y fuerte afección,
del mismo modo que en una antigua antipatía, “No creáis, le dijo, que
yo me contente con la visita de hoy: ¿vos volveréis, no es cierto, en
compañía de este digno eclesiástico?”
--¡Sí volveré! contestó el Incógnito, aun cuando vos lo rehusarais, me
quedaría obstinadamente á vuestra puerta como un mendigo; ¡yo tengo
necesidad de hablaros, de oiros, de veros! En una palabra, ¡tengo
necesidad de vos!
Federico le tomó la mano, se la apretó, y le dijo: “Favorecednos, pues,
quedándoos á comer con nosotros; así lo espero. Entretanto, voy á rogar
y á dar gracias en compañía del pueblo, y vos id á recoger los primeros
frutos de la misericordia”.
D. Abundio, á semejantes demostraciones, se parecía á un niño miedoso
que ve acariciar sin temor á un gran perro de presa, con el pelo
erizado, con los ojos sangrientos, famoso por sus mordeduras y por los
terrores que ha causado. El niño ha oído perfectamente decir al dueño
que su perro es un buen animal, dulce, tranquilo, y mientras está
oyendo dichas alabanzas, mira al expresado dueño, y no le contradice
ni aprueba; mira también al perro, y no se atreve á acercarse á él por
miedo de que el buen animal no le enseñe los dientes, aun cuando no
sea más que por vía de juego, ni tampoco osa alejarse por no parecer
cobarde, y dice interiormente: ¡oh, si me encontrase en mi casa!
El cardenal, que se disponía á salir, teniendo siempre de la mano
y llevando consigo al Incógnito, dió de nuevo una ojeada al pobre
cura, que se quedaba atrás, triste, mortificado, descontento, dejando
entrever, á su pesar, el disgusto que sentía. Juzgando que semejante
desagrado pudiese provenir de que pareciese que era olvidado ó como
abandonado en un rincón, tanto más poniéndole en parangón con un
facineroso tan bien acogido y tan acariciado, volviéndose hacia él se
paró un momento, y con una amable sonrisa le dijo: “Señor cura, vos
habéis permanecido siempre conmigo en la casa de nuestro buen padre;
pero éste... este _perierat, et inventus est_...”.
--¡Oh, cuánto me alegro! dijo D. Abundio, haciendo al mismo tiempo á
ambos una gran reverencia.
El arzobispo pasó el primero, empujó la puerta, que fué súbitamente
abierta de par en par por la parte exterior, por dos criados que
estaban colocados uno á un lado y otro á otro, y el admirable cuadro
de aquellos tres personajes tan distintos entre sí, apareció á las
ávidas miradas del clero reunido en aquel paraje. Viéronse aquellos dos
rostros, en los cuales estaba retratada una emoción muy diversa, pero
igualmente profunda: en el aspecto venerable de Federico, la ternura de
reconocimiento, la humilde alegría; en el del Incógnito, una confusión
templada por el contento, un pudor nuevo, una compunción en la cual,
sin embargo, se traslucía todavía el vigor de aquella naturaleza áspera
y salvaje. Y luego se supo, que á más de uno de los espectadores le
había venido á la imaginación este pasaje de Isaías: El lobo y el
cordero irán á pacer juntos á una misma pradera; el león y el buey
comerán en un mismo establo. Detrás de ellos venía D. Abundio, de
quien nadie hizo caso.
Cuando estuvieron en medio de la estancia, entró por el ángulo opuesto
el ayuda de cámara del cardenal, el cual se acercó para decirle que
había ejecutado las órdenes comunicadas por el capellán; que la litera
y las mulas estaban preparadas, y que únicamente se esperaba á la
señora que el párroco debía conducir. El cardenal le previno que apenas
llegara aquél se viese al momento con D. Abundio, y que en seguida se
pusiese todo á las órdenes de éste y del Incógnito, al cual apretó de
nuevo la mano en ademán de despedida, diciendo: “Os aguardo”. Se volvió
á saludar á D. Abundio, y se dirigió hacia el lado que conducía á la
iglesia. El clero le siguió en buen orden; los dos compañeros de viaje
se quedaron solos en la estancia.
El Incógnito permanecía recogido en su interior, meditabundo, y al
propio tiempo impaciente por que llegase el momento de ir á aliviar á
su Lucía de sus penas y sacarla de su encierro; porque ella es ahora su
Lucía, pero en muy diverso sentido que lo era la víspera. Su semblante
expresaba una agitación concentrada, que á la espantadiza vista de D.
Abundio, podía parecer fácilmente otra cosa peor. De cuando en cuando
miraba al Incógnito á hurtadillas; bien hubiera querido entablar con
él una conversación amistosa; “pero, ¿qué es lo que debo decirle?,
pensaba entre sí; ¿le diré de nuevo que me alegro? ¡Me alegro! ¿De
qué? ¿De que habiendo sido hasta ahora un demonio, haya tomado la
resolución de llegar á ser un hombre honrado como los demás? ¡Hermoso
cumplido! ¡Bah, bah, bah!, de cualquier modo, por más vueltas que le
dé, las congratulaciones no significarían más que lo dicho. Y después,
¿será cierto que se haya vuelto hombre de bien, así, tan de pronto? ¡Se
hacen tantas demostraciones en este mundo, y por tantas cosas! ¿Qué sé
yo?, algunas veces... ¡Y entretanto es preciso que vaya con él á ese
castillo!... ¡Oh, qué historia, qué historia! ¡Quién me lo había de
haber dicho esta mañana! ¡Ah!, si llego á salir con bien, la señora
Perpetua tendrá que oírme, por haberme impelido aquí á la fuerza, sin
necesidad, fuera de mi curato. ¡Todos los párrocos de las cercanías
acuden, y no es cosa de quedarse atrás, y esto, y meterme en un negocio
de semejante especie! ¡Oh, infeliz de mí! Sin embargo, es preciso decir
algo á este hombre”. Se puso á pensar; y por último, encontró lo que
tenía que decirle. “Jamás hubiera esperado tener la dicha de hallarme
con tan respetable compañía”, é iba abrir la boca, cuando el ayuda de
cámara entró acompañado del cura del pueblo, el cual anunció que la
dama estaba pronta en la litera; y luego se volvió á D. Abundio para
recibir de él la otra comisión del cardenal. D. Abundio desempañó como
pudo su encargo en medio de aquel desorden de ideas, y acercándose
enseguida al ayuda de cámara, le dijo: “Dadme al menos un animal
pacífico; porque, á la verdad, soy muy mal jinete”.
--Podéis estar tranquilo, respondió el ayuda de cámara con tono de
zumba; es la mula del secretario, que es un literato.
--Bien..., replicó D. Abundio, y continuó diciendo entre sí: “¡El cielo
me la depare buena!”.
El señor se había apresurado á ponerse en marcha al primer aviso.
Llegado al umbral, se apercibió de que D. Abundio se había quedado
atrás. Se detuvo para esperarle, y cuando éste llegó precipitadamente
con ademán de pedirle perdón, le saludó y le hizo pasar adelante con
aire cortés y humilde, cosa que tranquilizó algún tanto el espíritu
del pobre atribulado. Mas apenas puso el pie en el patiecillo, vió
otra novedad que le disminuyó un poco aquel pequeño consuelo: divisó
al Incógnito dirigirse hacia un rincón, tomar con una mano su carabina
por la culata, después cogerla con la otra por la correa, y con un
movimiento rápido, como si hiciese el ejercicio, colocarla sobre sus
espaldas.
--¡Ay, ay, ay!, dijo D. Abundio: ¿qué es lo que querrá hacer con
semejante herramienta? ¡Buen cilicio, bella disciplina de convertido!
¡Y si le viene á la imaginación alguna brutalidad! ¡Oh, qué expedición,
qué expedición!
Si el señor hubiese podido sospechar apenas qué especie de ideas
pasaban por la mente de su compañero, no se puede decir qué es lo que
hubiera hecho para tranquilizarlo; mas estaba muy lejano de semejante
sospecha; y D. Abundio procuraba no hacer ningún ademán que significase
claramente: “no me fío de vuestra señoría”.
Llegados á la puerta de la calle, encontraron las dos cabalgaduras
dispuestas: el Incógnito saltó sobre la que le fué presentada por un
palafrenero.
--¿No tiene ningún vicio?, preguntó al ayuda de cámara D. Abundio, con
un pie puesto en el estribo y el otro apoyado todavía en tierra.
--Montad y tranquilizaos, porque es un cordero, respondió aquél. D.
Abundio, agarrándose á la silla sostenido por el ayuda de cámara, hace
esfuerzos y más esfuerzos para montar, y por fin lo consigue.
La litera, que permanecía á algunos pasos delante, arrastrada también
por dos mulas, se puso en movimiento á la voz del conductor, y la
comitiva partió.
Era preciso pasar por delante de la iglesia, toda llena de gente,
por una plazuela henchida también de gentes del país y forasteros
que no habían podido entrar en aquélla. La gran noticia se había
difundido ya por todas partes, y al aparecer la litera, al divisar
aquel hombre, objeto pocas horas antes de terror y de execración,
y ahora de admirable pasmo, se alzó al través de la multitud un
confuso murmullo como de aplausos; y abriendo paso se apresuraban
todos con la mayor ansiedad á salirle al encuentro para verlo de
cerca. La litera pasó: el Incógnito también; y delante de la puerta
abierta de la iglesia, se quitó el sombrero, é inclinó aquella
frente tan temible hasta las mismas crines de la mula, en medio del
susurro de cien voces que decían: “¡Dios os bendiga!”. D. Abundio
se quitó igualmente su sombrero, se inclinó, y se encomendó á Dios;
mas percibiendo el concierto solemne de sus colegas que cantaban sin
interrupción, experimentó una envidia, una especie de triste ternura,
una desanimación tan grande, la cual no le dejó contener las lágrimas.
Mas cuando hubieron salido de la población, cuando se hallaron á campo
raso, en medio de las revueltas con frecuencia totalmente solitarias
del camino, un velo aún más oscuro se extendió sobre sus pensamientos.
No tenía otro objeto en el cual posar de una manera segura sus miradas
más que sobre el conductor, el que estando al servicio del cardenal
debía ser verdaderamente un hombre de bien, siendo así que no tenía
facha de bribón. De vez en cuando aparecían viajeros que acudían á ver
al cardenal; su vista era un bálsamo para D. Abundio, pero pasajero;
pues recordaba que se dirigía hacia aquel terrible valle en donde
no se encontraban más que súbditos del amigo: ¡y qué súbditos! Él
hubiera deseado al presente más que nunca entablar conversación con el
Incógnito, tanto para tantearle todavía, como para tenerle propicio;
mas viéndolo tan preocupado y meditabundo, se le pasaban los deseos.
Vióse, pues, obligado á hablar consigo mismo; y he aquí una parte de lo
que el infeliz se dijo en aquella travesía.
“¿No es una cosa admirable que tanto los santos como los bribones
tengan siempre azogue en las venas; que no se contentan en revolverse,
con apesadumbrarse ellos mismos, sino que quieren meter en danza, si
pueden, á todo el género humano? ¿No es una fatalidad que los más
revoltosos me vengan siempre á encontrar, yo que no busco á nadie, á
cogerme casi por los cabellos para meterme en sus negocios, yo que no
pido otra cosa sino que me dejen vivir tranquilo? ¡Ese malvado, ese
loco de atar de D. Rodrigo! ¿Qué es lo que podría faltarle para ser el
hombre más feliz de este mundo, si él tuviese únicamente un poco de
juicio? Él es rico, joven, respetado, cortejado; su dicha le pesa y es
preciso que vaya á caza de cuidados para sí y para los demás. Podía
poseer el arte de _Michelaccio_: ¡no, Dios mío!, quiere tener el oficio
de molestar á las mujeres, el más loco, el más necio, el más rabioso
oficio de este mundo: podría ir al paraíso en carroza, y quiere ir
á la mansión del diablo á pie cojo. ¡Y éste!... Y diciendo esto lo
miraba, como si hubiese sospechado que él entendiese sus pensamientos.
Éste, después de haber revuelto por sus maldades el mundo de arriba
abajo, al presente lo revuelve con su conversión... ¡Dios quiera que
sea verdadera! Pero mientras, á mí me toca hacer la experiencia... Hay
gente que cuando nace con esta manía, siempre están poseídos del afán
de hacer ruido. ¿Se quiere que uno sea hombre de bien toda su vida,
como yo lo he sido? No señor: se debe descuartizar, asesinar, hacer
mil diabluras... ¡Oh, cuán desgraciado soy!... ¿Y luego, meter tanto
ruido aun para hacer penitencia? Cuando se tienen buenos deseos de
hacerla, se puede practicar en casa tranquilamente sin tanto aparato,
sin incomodar tanto al prójimo... ¡Y su señoría ilustrísima! Salirle
al encuentro con los brazos abiertos, diciéndole, amigo querido, amigo
mío; escuchar sus menores palabras como si le hubiese visto hacer
milagros, tomar de repente una resolución, aprobarlo todo, aplaudir
todo lo que aquél propone; pronto por aquí, pronto por allá. Esto se
llama, según mi pobre entender, una precipitación. ¡Y sin tener ninguna
prenda, sin la menor seguridad poner en sus manos á un pobre párroco!
Esto se llama jugar á un hombre á pares ó nones. Un santo obispo como
él lo es, debe estar tan celoso de sus párrocos, como de las niñas de
sus ojos. Un poco de cachaza, un poco de prudencia, un poco de caridad,
son cosas que pueden, á mi entender, conciliarse con la santidad... ¡Y
si todo esto no fuesen más que apariencias! ¿Quién es capaz de conocer
los designios de los hombres? ¡Y digo, de los hombres como éste!
¡Solamente el pensar que tengo que ir con él á su casa, me horrorizo!
¿Quién sabe las diabluras que puede tener proyectadas allá arriba?
¡Desventurado de mí! Es mejor no pensar en esto. ¿Qué embrollo es
éste de Lucía? Se diría que era una inteligencia con D. Rodrigo: ¡qué
gente ésta! Dios permita todavía que la cosa sea así: pero ¿cómo ha
caído en las garras de ese hombre? ¿quién lo sabe? Éste es un secreto
entre él y monseñor; y no se dignan decirme una palabra siquiera á mí,
que me hacen trotar de semejante modo. Yo no me cuido de saber los
negocios de otro; pero cuando á uno le va el pellejo, tiene derecho de
no ignorar las cosas. Si fuese en efecto para ir á buscar á aquella
pobre criatura, ¡vaya, paciencia! Á pesar de que podía conducirla muy
bien consigo en derechura. Y luego, si en efecto está arrepentido, si
se ha convertido en un santo hombre, ¿qué necesidad tenía de mí? ¡Oh,
qué confusión!... Basta. ¡Plegue al cielo que así sea! Habrá sido una
penosa comisión; pero ¡paciencia! me alegraré por la pobre Lucía; la
infeliz habrá escapado de una buena. ¡Dios sabe lo que ha sufrido! La
compadezco; pero ella ha nacido para causar mi ruina... Á lo menos, si
pudiese leer en el corazón de este hombre y saber lo que piensa! ¿Quién
podrá vanagloriarse de conocerlo? Helo aquí; tan pronto se parece á
S. Antonio en el desierto, tan pronto á Holofernes en persona. ¡Oh
infeliz de mí, cuán desgraciado soy! Vamos; el cielo está obligado á
protegerme, pues yo no me he mezclado en nada por mi capricho”.
Efectivamente, sobre el semblante del Incógnito veíanse pasar, por
decirlo así, los pensamientos que le agitaban, como se ve en un día
de tempestad á las nubes correr delante del sol, ora dejando escapar
sus deslumbradores rayos, ora oscureciendo el espacio. El ánimo,
aún embriagado por las suaves palabras de Federico, y como rehecho
y rejuvenecido por una nueva vida, se elevaba hacia las ideas de
misericordia, de perdón y de amor; volviendo á caer de nuevo bajo el
peso de aquel terrible pasado, inquieto, agitado, turbulento, buscaba
en su memoria cuáles eran las iniquidades que podía esperar, cuáles
las que podía detener que no estuviesen aún ejecutadas del todo; qué
remedios serían más expeditos y seguros; el modo de cortar tantos
nudos; qué hacer de tantos cómplices: era una verdadera confusión y
aturdimiento esa expedición á la cual corre, esa expedición tan fácil,
que toca ya á su fin, y á la que no va más que con un deseo mezclado
de angustias, atormentado como está por el pensamiento de que aquella
infortunada criatura sufre, ¡ah, Dios sabe cuánto! Ansía que llegue el
momento de libertarla; y entretanto, ¡él es el que la hace padecer!
Cada vez que se presentaban dos caminos, el conductor de la litera
se volvía hacia el Incógnito para saber cuál debía tomar, y éste se
lo indicaba con la mano, haciéndole al propio tiempo señas de que
apresurase el paso.
Por último, entraron en el valle. ¡En qué estado se hallaba entonces el
pobre D. Abundio! ¡Encontrarse en aquel famoso valle, acerca del cual
había oído referir tan espantosas, tan horribles historias! ¡Aquellos
hombres célebres, la flor de los bravos de Italia; aquellos hombres sin
miedo y sin misericordia, verlos en carne y hueso; tropezar con uno,
dos ó tres á cada revuelta que hacía el camino! Ellos se inclinaban, es
verdad, con respeto ante su señor; pero aquellos rostros bronceados,
aquellos erizados bigotes, aquellos enormes ojazos, que al sentir de
D. Abundio parecían decir: “¿Es necesario ajustar la cuenta á este
sacerdote?...”. El desgraciado estaba turbado hasta tal extremo, que en
un momento de consternación llegó á decirse interiormente: Aun cuando
los hubiera casado, no podía sucederme otra cosa peor.
Entretanto, avanzaban por un sendero arenoso á lo largo del
torrente. Al frente las miradas no se detenían más que sobre aquellos
terribles, profundos y desiertos precipicios, detrás de los cuales
se hallaba aquella espantosa población, á cuyo lado la más horrible
soledad hubiera sido preferible. Dante no estaba mejor en medio del
_Malebolge_[4].
Pasan por delante de la _Malanotte_: los bravos que están á la puerta
saludan respetuosamente al señor, y echan miradas furtivas á su
compañero y á la litera. Ellos no sabían qué pensar: ya la partida del
Incógnito solo al amanecer tenía algo de extraordinario; la vuelta
no lo era menos. ¿Era acaso una presa que conducía? ¿y cómo la había
hecho por sí solo? ¿y de quién podía ser aquella librea? Miraban,
miraban, pero nadie se movía, porque ésta era la orden que el amo les
significaba con su aire y sus miradas.
Emprenden la subida; llegan por fin á lo alto. Los bravos que se
hallaban en la explanada, y en la puerta, se retiran á un lado y á
otro con el objeto de dejar el paso libre: el Incógnito les manifiesta,
por medio de una seña, que no se muevan; espolea á su cabalgadura, y
pasa delante de la litera; indica al conductor y á D. Abundio que le
sigan; entra primeramente en un patio, luego en otro; se dirige á una
pequeña puerta; detiene por medio de un gesto á un bravo que acudía
á tenerle el estribo, y le dice: “Quédate aquí y no dejes pasar á
nadie”. Se apea, ata con precipitación la mula á una reja, se dirige á
la litera, se acerca á la dama que había descorrido las cortinillas,
y le dice en voz baja: “Consoladla pronto; hacedle comprender que
está libre, en poder de amigos; Dios os lo pagará”. Después, manda al
conductor que abra; luego se aproxima á D. Abundio, y con un semblante
tan sereno como éste no le había visto todavía, ni creía que pudiese
tenerlo nunca, en el cual se pintaba la alegría que experimentaba, de
ver tocar á su fin la buena obra que iba á consumar, le dice también
en voz baja: “Señor cura, no pido que perdonéis la incomodidad que se
os ha causado por mi causa; vos lo hacéis por aquel que recompensa
largamente, y por esa desgraciada”. Esto dicho, cogió con una mano el
morro de la cabalgadura de D. Abundio, y con la otra el estribo, y lo
ayudó para que se apease.
Aquel rostro, aquellas palabras y aquel ademán, le habían dado la
vida. Lanzó un suspiro que una hora hacía giraba dentro de su pecho
sin poder hallar salida; se inclinó ante el Incógnito, y le contestó
en voz muy baja: “¿Vuestra señoría se burla? ¡Pero, pero, pero!...”,
y aceptando la mano que se le ofrecía de una manera tan cortés, se
deslizó como pudo de su mula. El Incógnito la ató también, y habiendo
dicho al conductor que se quedase allí esperando, sacó una llave del
bolsillo, abrió la puerta, hizo entrar al cura y á la dama, en seguida
entró él, pasó delante, se encaminó hacia una escalerilla, y la subió
en silencio, seguido de sus compañeros.
NOTAS:
[4] Así llama el Dante á su octavo círculo del infierno, en donde este
inmortal poeta coloca á los fraudulentos. Aquellos de nuestros lectores
á quienes sea familiar la lengua italiana, y hayan leído las célebres
obras del sublime autor de la _Divina Comedia_, recordarán estos
magníficos versos, con los cuales empieza el canto XVIII.
Luogo è in inferno detto Malebolge
Tutto di pietra e di color ferrigno
Come la cerchia che d’intorno il volge &c.
_N. del T._
CAPÍTULO SEXTO
Lucía se había levantado apenas, empleando poco tiempo en despertarse
de hecho, separando las confusas visiones de sus sueños, de los
recuerdos é imágenes de aquella realidad tan semejante al funesto
delirio de un enfermo. La vieja se le acercó al instante, y con aquella
voz forzadamente humilde, le dijo: “¡Ah!, ¿habéis dormido? Hubierais
podido dormir en el lecho; bastantes veces os lo dije ayer noche”. Y no
recibiendo contestación, continuó siempre de una manera forzada: “Tomad
un bocado; tened juicio. ¡Uf! ¡Os vais á poner fea! Tenéis necesidad de
comer. Y después, cuando vuelva, la va á tomar conmigo”.
--No, no; quiero marchar, quiero ir adonde está mi madre. El amo me lo
ha prometido; ha dicho: mañana por la mañana. ¿En dónde está el amo?
--Ha salido; pero me ha dicho que volverá pronto y que hará todo lo que
vos queráis.
--¿Ha dicho esto?, ¿lo ha dicho? ¡Bien! Quiero ir adonde está mi madre;
en seguida, en seguida.
De repente se oye un ruido de pisadas en la vecina estancia, y después
llamar á la puerta. La vieja corre á ella y pregunta: “¿Quién es?”.
--Abre, le responde dulcemente una voz bien conocida.