La caridad inagotable de aquel hombre resplandecía no menos en su

continente que en sus larguezas. De fácil acceso para todo el mundo,

creía deber manifestar un semblante jovial, una cortesía afectuosa á

aquellos á quienes llaman de baja condición, tanto más, cuanto que

éstos encuentran pocos en el mundo. Y en este punto tuvo que combatir

con los caballeros del _ne quid nimis_[3]. Un día que en una de sus

visitas á un país montañoso y salvaje, Federico instruía á unos pobres

niños, y en un momento de descanso los acariciaba amistosamente con

la mano, uno de esos nobles de que acabo de hablar, le advirtió que

usara más miramiento en hacer caricias á aquellos muchachos, porque

estaban demasiado sucios y asquerosos, como si hubiera supuesto el buen

hombre que Federico no poseía bastante sentido común para conocerlo,

ó la suficiente penetración para adivinar lo que se ocultaba bajo

semejante consejo. Tal es la desgracia de los hombres constituidos en

dignidad, que mientras que las gentes que les adviertan de sus faltas

son muy raras, se encuentran multitud de personas atrevidas que les

reprenden el bien que hacen. Pero el buen obispo respondió, no sin

algún resentimiento: Son almas encomendadas á mi custodia; acaso no me

volverán á ver nunca más; ¡y no queréis que los abrace!

Sin embargo, el resentimiento era bien raro en él, estimado como era

por su tranquilidad de espíritu, por la dulzura de su genio, que se

hubiera atribuido á una felicidad extraordinaria de temperamento, y

sólo era, sin embargo, el efecto de una lucha constante contra una

índole pronta y viva. Si alguna vez se mostró severo y brusco, fué con

sus subordinados, culpables de avaricia y negligencia, ú otros vicios

diametralmente opuestos al espíritu de su noble y santo ministerio.

Por todo lo que podía tener alguna relación con sus intereses, ó á su

gloria temporal, no daba jamás señales de alegría, pesar, ardor ni

agitación: admirable en efecto si estos movimientos no se presentaban

á su espíritu, más prodigioso todavía si se presentaban. No sólo en un

gran número de cónclaves, á los cuales asistió, se atrajo el concepto

de no haber aspirado jamás al puesto que ocupaba, tan envidiado por

la ambición y tan terrible para la verdadera piedad, sino que una vez

uno de sus colegas más eminentes fué á ofrecerle su voto y el de su

facción (palabra muy fea, pero era la que usaban): Federico rehusó esta

proposición tan resueltamente, que aquél renunció á su idea, y volvió

sus miras á otra parte. Esta misma modestia, esta aversión á dominar,

aparecía igualmente en todas las ocasiones más ordinarias de su vida.

Atento é infatigable á disponer, á gobernar lo que él juzgaba que era

un deber suyo el hacerlo, huyó siempre de entrometerse en los negocios

de otros; aun cuando se reclamase su intervención, se defendía con todo

su poder; discreción y comedimiento poco comunes en los hombres tan

celosos del bien, como lo era Federico.

Si quisiéramos abandonarnos al placer de recoger los rasgos notables

de su carácter, resultaría seguramente una mezcla singular de méritos

opuesta en apariencia, y que á la verdad es difícil encontrar

reunidos; sin embargo, no omitiremos el señalar una particularidad de

aquella hermosa existencia: llena como fué de actividad, de cuidados

importantes, de funciones, de enseñanza, de audiencias, de visitas

diocesanas, de viajes, de controversias, no sólo el estudio tuvo su

parte, sino que tuvo tanta, que hubiera bastado á un literato de

profesión. Efectivamente, además de muchos títulos dignos de alabanza,

Federico obtuvo también, entre sus contemporáneos, el de hombre docto.

No debemos, con todo, disimular que adoptó con una firme persuasión y

que sostuvo con una larga constancia ciertas opiniones, que hoy día

parecerían á todos más bien extrañas que mal fundadas aun á los mismos

que tuviesen deseos de hallarlas justas. Si se le quisiera defender

acerca de dicho punto, se tendría esta excusa tan corriente y recibida,

que eran errores de aquella época más bien que suyos; excusa que cuando

resulta del examen particular de los hechos, puede tener algún valor y

significar alguna cosa; pero cuando se aplica en general y enteramente

á ciegas, nada vale absolutamente. Sin embargo, como no queremos

resolver por medio de simples fórmulas cuestiones complicadas, ni

alargar demasiado un episodio, nos abstendremos también de exponerlos.

Bástanos haber indicado de paso, que estamos lejos de pretender, que

en un hombre tan admirable en conjunto, lo fuese igualmente en todo,

porque tenemos miedo que se nos diga hemos querido escribir una oración

fúnebre.

No es ciertamente hacer una injuria á nuestros lectores, el suponer

que alguno de ellos pregunte, si un hombre tan sabio y tan estudioso

no ha dejado por ventura algún monumento. ¡Sí lo ha dejado! Las obras

que han quedado de Federico, grandes y pequeñas, latinas é italianas,

impresas y manuscritas, llegan á más de ciento, las cuales se conservan

en la biblioteca fundada por él: tratados de moral, de oraciones,

disertaciones sobre la historia, antigüedades sagradas y profanas,

literatura, bellas artes y otras muchas.

¿Y cómo, pues, dirá el lector, tanta diversidad de obras están

condenadas al olvido, ó á lo menos son tan poco conocidas, tan poco

buscadas? ¿Cómo, pues, con tanto ingenio, con tanto estudio, con tanta

experiencia de los hombres y de las cosas, con tanto meditar, con una

tan viva pasión por lo bueno, con un alma tan candorosa, con todas

estas cualidades que forman al grande escritor, ese hombre en cien

obras no ha dejado tan siquiera una sola de las que son reputadas

insignes por los mismos que no las aprueban del todo, y conocidas por

el título aun de aquellos que no las leen? ¿Cómo, pues, todas juntas

no son suficientes, á lo menos por su número, para dar á su nombre una

fama literaria que llegue hasta nosotros, que para él constituimos la

posteridad?

La demanda es razonable, sin duda, y el debate muy interesante. Las

causas de este fenómeno no se encuentran; sería preciso hallarlas en

una multitud de hechos generales. Encontrados que fueran, conducirían

á la explicación de muchos otros fenómenos semejantes, pero serían

numerosos y prolijos; ¿y después si os agradasen?, ¿si os hiciesen

arrugar el entrecejo? Vamos; lo mejor será que volvamos á tomar el

hilo de nuestra historia, en vez de parlotear más tiempo acerca del

mencionado personaje; y vamos á verle obrar, guiados por nuestro autor.

NOTAS:

[2] S. Carlos Borromeo.

[3] Nada de más.

CAPÍTULO QUINTO

Mientras que el cardenal Federico esperaba la hora de ir á la iglesia á

celebrar los divinos oficios, y se entretenía en estudiar, como tenía

de costumbre en sus ratos de ocio, entró el familiar con aire inquieto

y turbado.

--Una extraña visita; extraña en verdad, monseñor ilustrísimo.

--¿Quién es?, preguntó el Cardenal.

--Nada menos que el señor ***, replicó el capellán, y apoyándose en cada

sílaba con ademán significativo, pronunció aquel nombre que nosotros

no podemos decir á nuestros lectores. Luego añadió: Está ahí fuera en

persona, y no pide más que ser introducido á la presencia de vuestra

señoría.

--¡Él!, dijo el cardenal con semblante animado, cerrando el libro y

levantándose del sitial; ¡que venga, que venga pronto!

--Pero... replicó el capellán sin moverse; vuestra señoría ilustrísima

debe saber quién es este individuo: aquel desterrado, aquel famoso...

--Y no es una fortuna para un obispo el que haya nacido en un hombre

semejante la voluntad de venir á encontrar...

--Pero... insistió el capellán: nosotros no podemos hablar de ciertas

cosas, porque monseñor dice que son charlatanerías; mas cuando llega

el caso, me parece que es un deber... El celo le hace á uno cobrar

enemigos, monseñor; y sabemos positivamente que más de un malvado ha

osado vanagloriarse que un día ú otro...

--¿Y qué han hecho?, interrumpió el cardenal.

--Digo que ese hombre es un encubridor de delitos, un calavera, que

tiene correspondencia con los calaveras mayores, y que acaso puede ser

enviado...

--¡Oh!, ¿qué disciplina es ésta?, interrumpió el cardenal con una

sonrisa. ¡Qué! ¿Los soldados exhortan al general á tener miedo? Luego

con aire grave y pensativo replicó: San Carlos no hubiera deliberado un

momento si debía recibir á semejante hombre; hubiera ido á buscarlo en

seguida. Hacedlo entrar al instante: demasiado ha esperado ya.

El capellán salió, diciendo entre sí: No hay remedio; todos estos

santos son obstinados.

Abrió la puerta, y habiéndose presentado en la estancia donde se

encontraba el señor y la gente reunida, vió á ésta retirada á un

lado, ocupada en cuchichear y mirar de reojo á aquél, abandonado y

enteramente solo en otro extremo. Se encaminó hacia él, y mientras lo

miraba según podía con el rabo del ojo, estaba pensando qué diablo de

armas podía llevar ocultas bajo aquel traje. Verdaderamente, antes de

introducirlo hubiera debido, á lo menos, proponerle... mas no pudo

resolverse á ello... Se le acercó, y dijo: “Monseñor aguarda á vuestra

señoría: hacedme el obsequio de venir conmigo”. Y precediéndolo en

medio de aquella pequeña multitud que de súbito se abrió dejando paso,

echaba á derecha é izquierda ciertas miradas, las cuales significaban:

¿Qué queréis?, ¿no sabéis vosotros tan bien como yo que ese buen señor

hace siempre lo que se le antoja?

Apenas el Incógnito fué introducido, cuando Federico le salió al

encuentro, con semblante alegre y sereno, con los brazos abiertos,

como á una persona que esperaba con ansia, y en seguida hizo seña al

capellán que saliese: éste obedeció.

Los dos permanecieron por espacio de algún tiempo sin hablar, y

diversamente indecisos. El Incógnito, que había sido llevado allí

como á la fuerza, por un delirio inexplicable, más bien que conducido

por un determinado designio, estaba como violentado, desgarrado por

dos pasiones opuestas: experimentaba á la vez el deseo, la esperanza

confusa de encontrar un alivio en sus tormentos interiores, y por

otra parte una cólera, una vergüenza de llegar á aquel sitio como

vencido por el arrepentimiento, como un súbdito, como un miserable

para confesarse culpable, para implorar á un hombre; él no encontraba

palabras, ni tampoco casi las buscaba. Sin embargo, alzando los ojos

hacia el rostro de aquel hombre, se sentía cada vez más sobrecogido

por un sentimiento de respeto suave, irresistible, que aumentando la

confianza, mitigaba el despecho, y sin hacer frente al orgullo, lo

hacía alejarse y le imponía silencio.

La presencia de Federico era en efecto de aquellas que anuncian

cierta superioridad. Su porte era naturalmente modesto y casi

involuntariamente majestuoso, no encorvado ni destruido por los años;

su mirada era grave y viva, la frente serena y pensativa; en la

blancura de sus cabellos, en la palidez de su semblante, al través de

las huellas de la abstinencia, de la meditación, de la fatiga brillaba

un cierto no sé qué de virginal: todos los rasgos de su semblante

indicaban que en otro tiempo había sido dotado de lo que con más

propiedad llamamos belleza; el hábito de los pensamientos solemnes y

benévolos, la paz interna de una larga vida, el amor hacia los hombres,

la alegría continua de una esperanza inefable, habían sustituido una,

si así podemos decirlo, hermosura de anciano, que sobresalía todavía

más en medio de la magnífica sencillez de la púrpura cardenalicia.

El cardenal tuvo un momento fija sobre el Incógnito su mirada

penetrante y ejercitada en leer los pensamientos de los hombres en

su semblante, y bajo aquel aire sombrío y turbado, creyó descubrir

alguna cosa que estaba conforme con la esperanza que había concebido al

primer anuncio de semejante visita. ¡Oh!, exclamó con voz animada; ¡qué

preciosa visita es ésta para mí! ¡Cuán agradecido debo estaros por tan

buena resolución, aunque para mí tenga cierto aire de reproche!

--¡Reproche!, exclamó el señor atónito, pero tranquilo por aquellas

palabras y suaves maneras, como también satisfecho de que el cardenal

hubiese roto la valla y entablado la conversación.

--Ciertamente es para mí un reproche, replicó éste, el haber dejado

prevenirme por vos. ¡Cuántas veces y cuánto tiempo hace, que hubiera

podido, que yo hubiera debido ir á buscaros!

--¡Á mí, vos!, ¿sabéis quién soy yo?, ¿os han dicho verdaderamente mi

nombre?

--¡Ah!, este consuelo que yo experimento y que á la verdad se

manifiesta en mi semblante, ¿os parece que yo lo hubiera sentido al

anuncio, á la vista de un desconocido? Vos sois el que me lo habéis

hecho experimentar; vos, repito, á quien debería haber ido á buscar;

vos, á quien tanto he amado y compadecido, y por el cual tanto he

rogado; vos, aquel de mis hijos, que sin embargo los amo á todos de

corazón, aquel de mis hijos á quien más hubiera deseado acoger y

abrazar si yo lo hubiese creído posible. Pero Dios solo sabe obrar

milagros, y suple á la debilidad, á la lentitud de sus miserables

servidores.

El Incógnito permanecía admirado á aquella acogida tan ardiente, á

aquellas palabras que respondían tan resueltamente á lo que él no había

dicho todavía, ni estaba determinado á decir. Conmovido y bastante

turbado, guardaba el más profundo silencio.

--¡Pues cómo!, replicó aún más afectuosamente Federico: ¿tenéis una

buena noticia que darme, y me la hacéis esperar tanto?

--¡Una buena noticia, yo! Tengo el infierno en el corazón ¡y vendría á

daros una buena noticia! Decidme vos si lo sabéis, ¿cuál es esta buena

noticia que esperáis de un hombre como yo?

--Que Dios ha tocado vuestro corazón y quiere haceros suyo, respondió

el cardenal con la mayor calma.

--¡Dios! ¡Dios! ¡Dios! ¡Si yo lo viese! ¡si yo lo sintiese! ¿en dónde

está ese Dios?

--¡Vos me lo preguntáis, vos! ¿y quién más que vos lo tiene tan cerca?

¿No lo sentís en vuestro corazón, que os oprime, que os agita, que no

os deja un momento de reposo, y que al mismo tiempo os atrae, os hace

presentir una esperanza de tranquilidad, de consuelo, de un consuelo

que está lleno, inmenso, tan pronto como vos lo reconozcáis, lo

confeséis y lo imploréis?

--¡Oh! sí, sí; yo tengo aquí alguna cosa que me oprime, que me devora.

Pero, ¡Dios!... si es ese Dios, ése que decís, ¿qué queréis que haga de

mí?

Estas palabras fueron pronunciadas con acento de desesperación: mas

Federico, con tono solemne y como de plácida inspiración, respondió:

“¿Qué cosa puede hacer Dios de vos? ¿qué es lo que quiere hacer? una

señal de su poder y de su bondad: quiere recabar de vos una gloria

que ningún otro pudiera darle. Vos, contra quien el mundo grita hace

tanto tiempo; vos, contra quien mil y mil voces se levantan y cuyos

hechos detestan... (El Incógnito se estremeció y permaneció un momento

estupefacto al oir aquel lenguaje tan insólito, más estupefacto

todavía de no experimentar ni un átomo de cólera, y de encontrar al

mismo tiempo casi una especie de consuelo). ¡Cuánta gloria, prosiguió

Federico, no reportará á Dios! Ésos son gritos de terror, son gritos de

interés; quizá también gritos de justicia, pero ¡de una justicia tan

fácil, tan natural! Entre los que os acusan, los hay á quienes anima la

envidia de ese desgraciado poder que habéis ejercido, de esa deplorable

seguridad de ánimo que habéis conservado hasta hoy. Pero cuando vos

mismo os levantaréis para condenar vuestra vida y para acusaros,

entonces, ¡oh, entonces Dios será glorificado! ¿Y preguntáis lo que

Dios puede hacer de vos? ¿Quién soy yo, criatura indigna, para deciros

qué provecho puede sacar Dios en adelante de vos, el que puede hacer de

esta voluntad impetuosa, de esta imperturbable constancia, cuando la

haya animado, enardecido con su amor, de esperanza y arrepentimiento?

¿Quién sois vos, pobre mortal, que habéis pensado ejecutar cosas más

grandes por medio del mal, que Dios no puede hacer que hagáis y deis

cumplimiento por medio del bien? ¿Lo que Dios puede hacer de vos? ¿Y

perdonaros, salvaros? ¿Y consumar en vos la obra de la redención? ¿No

son acaso cosas magníficas y dignas de él? ¡Oh, mirad si yo, humilde

pecador; si yo tan miserable, y sin embargo tan lleno de mí mismo; si

yo, tal cual soy, me regocijo de vuestra salvación, que para asegurarla

daría con alegría (el Señor me es testigo) estos pocos días que me

restan de vida! ¡Oh, juzgad cuánta debe ser la caridad de ese Dios

que me infunde una tan viva, aunque tan imperfecta; y cuánto os ama,

cuánto os quiere, él que me ordena y me inspira hacia vos un amor que

me abrasa!”

Á medida que estas palabras salían de sus labios, su semblante, sus

miradas, cada uno de sus movimientos expresaba lo que sentía. La cara

de su oyente, hasta entonces consternada, convulsa, primeramente

comenzó á aparecer admirada y atenta, luego dejó traslucir una emoción

más profunda y menos angustiada: sus ojos, que desde la infancia no

conocían las lágrimas, se hincharon; cuando Federico dejó de hablar,

aquél ocultó el rostro entre sus manos, y dió rienda suelta al llanto,

que fué como su última y más clara respuesta.

--¡Dios grande y bueno!, exclamó el cardenal, alzando los ojos y las

manos al cielo: ¡qué he podido yo hacer jamás, servidor inútil, pastor

negligente, para que vos me hayáis llamado á este convite de gracia,

para que me hayáis considerado digno de asistir á un tan agradable

prodigio! Así diciendo, extendió la mano para coger la del Incógnito.

--¡No!, gritó éste: ¡no, apartaos, apartaos de mí! No manchéis esta

mano inocente y benéfica. No sabéis todo lo que ha hecho esta mano que

queréis estrechar.

--Dejad, dijo Federico, cogiéndola con dulce violencia; dejad que

estreche esta mano que reparará tantos males, que derramará tantos

beneficios, que aliviará á tantos afligidos, que se extenderá

desarmada, pacífica, humilde á tantos enemigos.

--¡Esto es demasiado!, dijo sollozando el Incógnito: ¡dejadme,

monseñor!, ¡buen Federico, dejadme! Una multitud de gente reunida os

aguarda con ansia; hay tantas almas puras, tantos inocentes que han

venido desde muy lejos para veros una sola vez, para oiros; y vos os

entretenéis... ¡con quién!

--Dejemos las noventa ovejas, respondió el cardenal, ellas están

seguras en el monte; al presente quiero permanecer con la que estaba

descarriada. Esas almas están ahora, quizá, más contentas que si viesen

á este pobre obispo. Acaso Dios, que ha obrado en vos un prodigio

de misericordia, infunde á aquéllas alegría, cuya causa no penetran

todavía. Esa multitud está quizá unida á nosotros sin saberlo; acaso

el Espíritu Santo introduce en sus corazones un ferviente ardor de

caridad, les inspira una súplica, que exhala por vos acciones de

gracias, de las cuales sois el objeto aún ignorado. Al decir esto, echó

los brazos al cuello del Incógnito; el cual, después de haber intentado

sustraerse, y resistido un momento, cedió como vencido por aquel ímpetu

de caridad, abrazó á su vez al cardenal, y dejó caer sobre su hombro

su trémulo y demudado semblante. Sus ardientes lágrimas se deslizaban

sobre la púrpura sin mancha de Federico, y las manos puras del obispo

estrechaban afectuosamente aquellos miembros, oprimían aquel traje

habituado á llevar las armas de la violencia y de la traición.

El Incógnito, desasiéndose de los brazos del cardenal, se cubrió de

nuevo los ojos con las manos, y alzando al mismo tiempo la cabeza,

exclamó: “¡Dios verdaderamente grande! ¡Dios verdaderamente bueno,

ahora me reconozco, comprendo quién soy!, ¡tengo á la vista mis

iniquidades; me horrorizo de mí mismo; y sin embargo... sin embargo,

experimento un consuelo, una alegría, sí, una alegría tal como nunca la

he sentido en todo el trascurso de mi horrible vida!”.

--Es una gracia, dijo Federico, que Dios os concede para atraeros á su

servicio, para animaros á entrar resueltamente en la nueva vida, en la

cual tanto tendréis que deshacer, tanto que reparar, tanto que lamentar.

--¡Yo, desventurado!, exclamó el señor: ¡cuántas... cuántas cosas hay,

las cuales no podré hacer más que lamentar! Pero á lo menos hay algunas

que apenas están empezadas, y que yo podré deshacer, y tengo una,

principalmente, que puedo deshacer en seguida, romper, reparar.

Federico prestó la mayor atención, y el Incógnito refirió sucintamente,

pero con palabras más execrables, más enérgicas, quizá, que nosotros

lo hubiéramos hecho, la violencia cometida con Lucía, los terrores y

padecimientos de la infortunada, el modo con que le había implorado, y

la especie de frenesí que las súplicas de dicha joven había hecho nacer

en su alma, y cómo ella seguía aún en el castillo.

--¡Ah, no perdamos tiempo!, exclamó Federico, palpitante de piedad y de

solicitud. ¡Bienaventurado vos! Ésta es una prenda del perdón de Dios:

él hace de vos un instrumento de salvación para aquella de quien vos

queríais ser un instrumento de ruina. ¡Dios os ha bendecido!... ¿Sabéis

de dónde es nuestra pobre desgraciada?

El señor nombró el pueblo de Lucía.

--No está lejos de aquí, dijo el cardenal: ¡Dios sea loado! y

probablemente... Al hablar así, corrió á una pequeña mesa y tocó una

campanilla. El capellán entró al momento con aire inquieto, y la

primera cosa que hizo fué mirar al Incógnito. Al ver aquella figura tan

descompuesta, aquellos ojos preñados de lágrimas, miró al cardenal, y

al través de aquella modestia, aquella calma inalterable, descubrió

en su semblante como una especie de gran contento, de extraordinaria

solicitud. Hubiera permanecido extasiado y con la boca abierta, si el

cardenal no le hubiese sacado repentinamente de aquella contemplación,

preguntándole, si entre los párrocos reunidos en la otra estancia se

encontraba el de ***.

--Está efectivamente, monseñor ilustrísimo, respondió el capellán.

--Hacedlo entrar en seguida, dijo Federico, y con él al párroco de esta

iglesia.

El capellán salió y se dirigió á la sala en donde los sacerdotes

estaban reunidos. Todas las miradas se fijaron en él, el cual con la

boca siempre abierta, la admiración pintada sobre su rostro, dijo

levantando las manos y agitándolas en el aire: “¡Señor, Señor! _hic

mutatio dexteræ excelsi_”; y permaneció un momento sin añadir nada

más. Después, tomando el tono y la voz correspondientes al encargo que

llevaba, añadió: “Su señoría ilustrísima y reverendísima pregunta por

el señor cura de la parroquia y el señor cura de ***”.

El primer llamado apareció en seguida, y al mismo tiempo salió, de

entre la multitud, un “¿yo?” tardío y pronunciado con acento de

sorpresa.

--¿No sois por ventura el señor cura de ***? prosiguió el capellán.

--Justamente; mas...

--Su señoría ilustrísima y reverendísima os llama.

--¿Á mí?, dijo todavía aquella voz, significando claramente en aquel

monosílabo: “¿Qué tengo que hacer allá dentro?”. Pero esta vez el

hombre salió de la multitud juntamente con la voz, no siendo otro que

D. Abundio en persona. Se adelantó con forzado paso y con semblante

entre atónito y disgustado. El capellán le hizo una seña con la mano,

que quería decir: “Vamos, vamos; ¿cuesta esto tanto?”. Y precediendo á

los dos curas, se encaminó hacia la puerta, la abrió y los introdujo.

El cardenal abandonó la mano del Incógnito, con el cual entretanto

había concertado lo que debían hacer. Se separó un poco de él y llamó

por medio de una seña al cura de la parroquia. Contóle en pocas

palabras el asunto del cual se trataba, y le preguntó si podría

encontrar en seguida una buena señora que quisiese ir en una litera al

castillo para traer á Lucía. Era preciso que fuese una mujer decidida,

caritativa, que supiese gobernarse bien en una expedición tan nueva, y

usar las maneras más convenientes, encontrar las palabras más adaptadas

para reanimar y tranquilizar á aquella infeliz, á quien después de

tantas angustias é inquietudes la idea de su libertad podía causar una

nueva turbación en su alma.

Después de haber reflexionado un momento, el cura dijo que tenía una

persona á propósito, y dicho esto salió. El cardenal llamó con otra

seña al capellán, á quien ordenó que hiciese preparar una litera y

ensillar un par de mulas. Luego que hubo partido el capellán, se volvió

hacia D. Abundio.

Éste, que se había ya colocado cerca del cardenal por estar lejos de

aquel otro señor, y que miraba de reojo, tan pronto al uno como al

otro, perdiéndose en conjeturas acerca de lo que podía significar todo

aquello, se adelantó un poco más, hizo una profunda reverencia, y dijo:

“Se me ha significado que vuestra señoría ilustrísima me llamaba; mas

creo que debe haber sido una equivocación”.

--No es equivocación, respondió Federico; tengo que daros una noticia á

la vez agradable y consoladora, y un encargo dulcísimo. Una de vuestras

feligresas, que habéis llorado como perdida, Lucía Mondella, ha sido

hallada; está aquí cerca, en la casa de este mi estimado amigo que

tenéis presente. Iréis con él y con una señora que el cura de esta

población ha ido á buscar: iréis, repito, al sitio en que se encuentra,

y la acompañaréis aquí.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 5 / 29 段