Á semejante duda, á tal riesgo, se vió sobrecogido por una

desesperación aun más sombría, más grave, y contra la cual ni aun podía

hallar un refugio en la muerte. Dejó caer el arma fatal, llevó las

manos á sus cabellos, sus dientes rechinaban, un temblor convulsivo se

había apoderado de todos sus miembros. De repente, las palabras que

había oído pocas horas antes, volvieron á resonar en su memoria: “¡Dios

perdona tantas cosas por una obra de misericordia!” No volvían á su

espíritu del mismo modo que habían sido pronunciadas, con un acento de

humilde súplica, sino con un tono de autoridad, que dejaba entrever

al mismo tiempo una lejana esperanza. Esto fué para él un momento de

consuelo: dejó caer las manos, y en una actitud más tranquila, fijó

mentalmente sus miradas, como si la hubiera tenido delante, en aquella

que las había proferido; y la veía, no como su prisionera, ni como

una persona que suplica, sino con el ademán del que dispensa gracias

y consuelos. Esperaba con ansiedad que viniera el día para correr

á devolverle la libertad, para escuchar de su boca otras palabras

de alivio y de vida, imaginándose conducirla él mismo al lado de su

madre. “¿Y luego, yo, qué haré mañana, el resto del día? ¿Qué haré

el día que sigue después de mañana? ¿y al otro? ¿y á la noche? ¡la

noche que volverá con sus doce horas! ¡Oh, la noche, la noche; no, no

pensemos en la noche!”. Y volviendo á caer en el vacío espantoso del

porvenir, trataba en vano de buscar un modo de emplear el tiempo, una

manera de pasar los días y las noches. Tan pronto se proponía abandonar

el castillo y huir á países remotos, en donde jamás se hubiese oído

hablar de él, en que no se le conociera, ni aun siquiera de nombre;

como le renacía una confusa esperanza de recobrar el antiguo ánimo,

los antiguos gustos, no considerando la situación del momento más que

como un delirio pasajero; tan pronto, por último, temía la luz del

día que debía mostrarle á los suyos tan miserablemente cambiado; y

finalmente, suspiraba por esta misma luz que también debía iluminar

sus pensamientos. Mas he aquí que de pronto, al rayar el alba, pocos

momentos después que Lucía se había quedado dormida, mientras que él

estaba sentado é inmóvil sobre su lecho, un sonido vago y confuso,

pero que sin embargo tenía un cierto no sé qué de alegre, vino á herir

sus oídos. Prestó atención, y percibió un campaneo como si tocasen á

fiesta; después de algunos instantes, distinguió también que el eco de

la montaña repetía lánguidamente la lejana armonía, y se confundía con

ella. De allí á poco siente que el ruido se aproxima, es una campana

que está más cerca del castillo; después otra que le responde, y en

seguida todavía otra. “¿Qué alegría es ésta? ¿Por qué este ruido de

fiesta? ¿De qué se regocijan estas gentes?”. Salta de aquel lecho de

espinas; medio se viste apresuradamente, vuela á la ventana, la abre,

y mira por todas partes. Los montes estaban todavía medio velados por

la niebla; el cielo parecía cubierto por una oscura y vasta nube; pero

á la claridad del día que á cada instante iba creciendo, se divisaba

allá á lo lejos, en el camino que atravesaba el fondo del valle, gentes

que caminaban muy aprisa, otras que salían de sus casas y se ponían en

camino, y se dirigían todas hacia el mismo lado, á la entrada de dicho

valle, á la derecha del castillo, con los trajes domingueros, y una

alegría extraordinaria.

“¿Qué diablos tienen esas gentes? ¿qué hay de alegre en este maldito

país? ¿dónde va toda esa canalla?” Y habiendo llamado á un bravo de

confianza que dormía en una próxima habitación, le preguntó la causa

de todo aquel movimiento. Éste, que estaba tan enterado como su amo,

le contestó que iría al momento á informarse. El señor permaneció

apoyado en la ventana, sumamente atento al movible espectáculo. Veíanse

hombres, mujeres, niños, en grupos, solos, uno alcanzando al que iba

delante se unía á él; otro al salir de su casa se acompañaba con el

primero que encontraba, y caminaban juntos como amigos á hacer un

viaje convenido de antemano. Distinguíase en todos sus movimientos

una celeridad y alegría común; las campanas más ó menos próximas, más

ó menos distintas que resonaban á lo lejos, algunas veces sin estar

acordes, pero siempre concertadas, se asemejaban en cierto modo á la

voz de todo aquel pueblo y á la expresión de las palabras que no podían

llegar al castillo. El Incógnito miraba, miraba sin cesar, y sentía

nacer en su alma una ávida curiosidad de saber lo que podía comunicar

un transporte igual á tan diversas gentes.

CAPÍTULO CUARTO

Pocos momentos después, el bravo volvió y contó á su señor, que el

cardenal Federico Borromeo, arzobispo de Milán, había llegado la

víspera á *** en donde permanecería todo el día siguiente (que era

el en que estábamos). El ruido de la llegada se había esparcido la

misma tarde á lo lejos y por todas las cercanías, lo cual había hecho

que el pueblo tuviese deseos de ir á ver á aquel personaje, y tocaban

las campanas en señal de regocijo, y para avisar al mismo tiempo á

la gente. El Incógnito volvió á quedar solo, y continuó mirando en

dirección al valle, cada vez más pensativo. “¡Por un hombre!, ¡todos

presurosos, todos alegres, para ver á un hombre! ¡Y sin embargo, cada

uno de éstos tendrá su demonio que le atormente! ¡Pero nadie, nadie

deberá tener uno como el mío; nadie habrá pasado una noche como la

mía! ¿Qué tiene, pues, ese hombre para excitar la alegría de todo un

pueblo? Algún dinero que distribuirá así á la aventura... ¡Mas toda esa

gente no va á recibir una limosna! ¡Y bien: algunas cruces en el aire,

algunas palabras!... ¡Oh, si tuviese para mí palabras que pudieran

consolarme!, ¡sí!... ¿Por qué no había yo de ir también?, ¿por qué

no?... Iré, iré y le hablaré: le hablaré cara á cara. ¿Qué es lo que le

diré? ¡Y bien!, aquello que, que... veré lo que él sabe”.

Tomada esta vaga determinación, concluyó de vestirse precipitadamente,

poniéndose una especie de traje, cuyo corte tenía algo de militar;

cogió la pistola que había dejado encima de la cama, se la colocó en un

lado de su cinto, y en el otro una segunda que descolgó de la pared,

así como también su puñal; y habiendo alcanzado una carabina tan famosa

casi como él, se la puso á guisa de bandolera; tomó su sombrero, salió

de la estancia, y antes de partir se encaminó á la en que había dejado

á Lucía. Dejó su carabina en un rincón junto á la puerta, y llamó

haciendo al mismo tiempo oir su voz. La vieja se precipitó del lecho de

un salto, y corrió á abrir. El señor entró, y echando una ojeada por la

estancia, vió á Lucía acurrucada en su rincón y muy quieta.

--¿Duerme?, preguntó en voz baja á la vieja. ¡Duerme en semejante

sitio! ¿Eran éstas mis órdenes?, ¡desventurada!

--He hecho todo lo que he podido, respondió ésta; pero no ha querido

absolutamente comer ni tampoco venir...

--Déjala dormir en paz; guárdate de turbar su sueño; y cuando se

despierte... Marta vendrá aquí, á la habitación próxima, y la mandarás

á buscar lo que la joven pida. Cuando despierte... dile que yo... que

el señor ha salido por poco tiempo, que volverá, y que... hará todo lo

que ella quiera.

La vieja se quedó toda estupefacta, pensando entre sí: ¿será acaso

alguna princesa?

El castellano salió, tomó su carabina, mandó á Marta que permaneciese

en la antecámara; dió orden al primer bravo que encontró que se pusiera

de centinela para que ninguna otra persona más que ésta entrara en la

habitación, y después salió del castillo y bajó la pendiente con la

mayor agilidad y precipitación.

El manuscrito no dice la distancia que había desde el castillo al

pueblo en donde se hallaba el cardenal; pero por los hechos que vamos

á referir, resulta que no debía haber más que un largo paseo. Por

el solo acudir de los lugareños á dicho pueblo, no se podrían sacar

consecuencias, pues que en las memorias de aquel tiempo encontramos

que, de veinte millas y más, corría la gente en tropel para ver al

cardenal Federico.

Los bravos que acertaban á pasar mientras el Incógnito bajaba, se

paraban respetuosamente, esperando si tenía órdenes que darles, ó si

quería que le siguiesen á alguna expedición, no sabiendo qué pensar de

aquel aire y aquellas miradas con que contestaba á sus saludos.

Cuando estuvo ya en el camino real, lo que admiraba á los pasajeros era

el verlo sin acompañamiento. Por lo demás, todos le hacían lugar y se

desviaban, dejándole sitio suficiente, no sólo para él, sino también

para su séquito si lo hubiese llevado, y se quitaban respetuosamente

los sombreros. Habiendo llegado al pueblo, lo halló enteramente

cuajado de una inmensa muchedumbre de gentes; pero aun á pesar de esta

circunstancia, su nombre, pasando de repente de boca en boca, bastaba

para que la multitud le abriera paso. Se acercó á uno y le preguntó

en dónde estaba el cardenal. En la casa del cura, le contestó aquél

saludándole, y le indicó cuál era. El señor se dirigió á ella: entró

en un patiecillo, en donde había muchos sacerdotes, los cuales le

miraron con ademán atónito y de desconfianza. Divisó al frente una

puerta abierta que daba entrada á una salita, en donde se hallaban

reunidos otros muchos sacerdotes. Se desembarazó de la carabina y la

dejó en un rincón del patio; después entró en la mencionada salita,

y allí fué también acogido con miradas furtivas, murmullos, su nombre

repetido de boca en boca, concluyendo por guardar un profundo silencio.

Dirigiéndose el Incógnito á uno de ellos, le preguntó dónde se hallaba

el cardenal, porque quería hablarle.

“Yo soy forastero”, contestó el interrogado; y después de haber echado

una mirada en derredor, llamó á un capellán, familiar del cardenal, el

cual desde un rincón de la sala, estaba justamente diciendo, en voz

baja, á un compañero suyo: “¿Es ése el famoso?... ¿Á qué vendrá aquí?

¡Aparta!” No obstante, al llamamiento que resonó en medio del silencio

general, se vió precisado á acudir. Saludó al Incógnito, escuchó su

pregunta, y levantando la vista con una curiosidad inquieta sobre aquel

rostro, y bajándola en seguida, permaneció allí un poco como aturdido,

y después dijo, ó más bien balbuceó: “No sé si monseñor ilustrísimo...

en este instante se encuentra... éste... pueda... Bien: voy á ver”. Y

se dirigió de muy mala gana á la vecina estancia, en la cual se hallaba

el cardenal.

Llegados á este pasaje de nuestra historia, no podemos menos de

detenernos un poco, como el caminante fatigado y triste, á causa de

un largo viaje por un terreno árido y escabroso, se recrea y pierde

un poco de tiempo á la sombra de un frondoso árbol, sobre la yerba, ó

al lado de una cristalina fuente de agua viva. Nos hemos encontrado

con un personaje, cuyo nombre y recuerdo, presentándose á la mente en

cualquier tiempo que sea, le causan una emoción tranquila de respeto

y un agradable sentimiento de simpatía. Pero ¿cuánto más dulce es

dicho sentimiento, después de tantas imágenes dolorosas, después de la

contemplación de tanta perversidad? Es absolutamente indispensable que

nosotros digamos cuatro palabras tocante al expresado personaje; los

que no deseen oirlas y quieran sin embargo saber la continuación de la

historia, que salten en derechura al capítulo siguiente.

Federico Borromeo, nacido en el año de 1564, fué uno de esos hombres

raros en todo tiempo, que han empleado un esclarecido talento, todos

los recursos de una opulenta fortuna, todas las ventajas de una

condición privilegiada, una aplicación continua en buscar y practicar

el bien. Su vida es como un arroyuelo que, naciendo límpido de la

roca, sin estancarse ni enturbiarse jamás en un largo curso por

diversos terrenos, va á echarse límpido al caudaloso río. En medio

de los placeres y la magnificencia, se dedicó desde su más tierna

infancia á esas palabras de abnegación y de humildad, á esas máximas

sobre la vanidad de los goces, sobre la injusticia del orgullo, sobre

la verdadera dignidad y verdaderos bienes que, comprendidos ó no por

los corazones, son trasmitidos de generación en generación, siendo

la doctrina fundamental de la religión. Se aplicó, repito, á esas

palabras, á esas máximas; las adoptó formalmente, las gustó, las halló

verdaderas, reconoció que no podía haber verdad en las palabras y

máximas opuestas que se trasmiten también de una en otra generación con

la misma perseverancia, y tal vez por los mismos labios, y se propuso

tomar por norma de sus acciones y de sus pensamientos las que eran

realmente verdaderas. Persuadido que la vida no es para el mayor número

más que una pesada carga, y un placer para algunos pocos, pero de cuya

inversión es indispensable dar cuenta, empezó á pensar desde niño cómo

podría hacer la suya útil y santa.

En el año 1580 manifestó la resolución de consagrarse al ministerio

eclesiástico, y recibió el hábito de manos de su primo Carlos[2], á

quien la fama ya universalmente y desde largo tiempo proclamaba santo.

Poco después entró en el colegio fundado por éste en Pavía, y que

lleva todavía el nombre de la familia; y aplicándose con asiduidad á

las ocupaciones que estaban prescritas, se impuso además otras dos

voluntariamente, siendo la una el enseñar la doctrina cristiana á los

más pobres é ignorantes, y la otra el visitar, servir, consolar y

socorrer á los enfermos.

Se valió de la autoridad que tenía en aquel paraje para atraer á sus

compañeros á secundarle en dichas buenas obras; ejerció en todo lo que

era honesto y provechoso como una primacía de ejemplo, una primacía

que hubiera obtenido sólo por sus dotes personales, aunque hubiese

pertenecido á la más ínfima clase. Las ventajas de otro género que su

cuna le hubiera podido procurar, lejos de buscarlas, hizo un estudio

particular en esquivarlas. Quiso que su mesa fuera más mezquina que

frugal, sus vestidos más bien pobres que sencillos, y conforme á

esto todo lo demás, al tenor de su persona ó modo de vivir. No se

creyó jamás precisado á mudarlos, aun cuando algunos de sus parientes

ponían el clamor en el cielo, y se quejaban de que de semejante modo

deshonraba la dignidad de la casa. Tuvo también que sostener una

guerra con sus maestros, los cuales furtivamente, y como por sorpresa,

procuraban ponerle delante, detrás, á los lados, objetos más ricos,

ciertas cosas que lo distinguiesen de los demás, y le hiciesen parecer

como el príncipe del lugar donde se hallaba. Esto lo hacían tal vez

porque creerían que andando el tiempo podrían sacar algún partido

granjeándose su voluntad, ó acaso también movidos por esa bajeza servil

que se envanece y se recrea en el esplendor de otros, ó bien porque

fuesen de esos hombres prudentes que se asombraban tanto de la virtud

como del vicio, y proclaman siempre que la perfección conste en un

buen medio, y este medio lo fijan justamente en el punto donde ellos se

encuentran á su comodidad. Federico, en vez de dejarse vencer por tales

tentativas, reprendía á los que las hacían, y esto en una edad tierna,

á saber, entre la pubertad y la juventud.

Que viviendo el cardenal Carlos, que le llevaba veintiséis años,

en presencia de una persona tan imponente, y por decirlo así, tan

solemne, rodeado de homenajes y respeto, realzado por un tan gran

renombre, marcado al propio tiempo con señales de santidad, Federico,

niño todavía, procurase conformarse á las maneras y modo de pensar

de tal superior, no es ciertamente una cosa que admire; pero lo que

sorprende más es que después de la muerte de tan santo varón, nadie

pudo apercibirse de que Federico, el cual contaba apenas veinte años,

estuviese privado de un guía y un censor. El ruido siempre creciente

de sus talentos, de su instrucción y piedad, el parentesco y los

influjos de más de un poderoso cardenal, el crédito de su familia,

su mismo nombre, al cual el cardenal Carlos había adherido en los

ánimos una idea de santidad y de preeminencia, todo lo que debe y

puede conducir los hombres á las dignidades eclesiásticas, concurría

á pronosticárselas. Pero él, persuadido en el fondo de su corazón,

y un buen cristiano no lo puede negar, persuadido de que un hombre

no debe tener una justa superioridad sobre los demás, si no están á

su servicio, temía las dignidades y trataba de eludirlas; no porque

huyese de servir á los otros, pues pocas existencias se ocuparon en

esto tanto como la suya, sino porque no se consideraba bastante digno

ni con suficiente capacidad para tan importante y peligroso servicio.

Por esto, siendo en el año 1595 propuesto por Clemente VIII para el

arzobispado de Milán, se le vió sumamente agitado y rehusó sin titubear

este cargo; mas luego cedió á causa de una orden expresa y terminante

del Papa.

Semejantes demostraciones no son difíciles ni raras. ¿Quién no sabe

esto? La hipocresía no tiene necesidad de grandes esfuerzos de ingenio

para hacerlas, y la bufonería para burlarse de ellas á buena cuenta y á

cada paso. Mas, ¿dejan por ventura por esto de ser la expresión natural

de un sentimiento virtuoso y sabio? La vida es la piedra de toque de

las palabras; y las palabras que expresan dicho sentimiento, aunque

pasen por los labios de todos los impostores y bufones del mundo,

serán siempre bellas cuando vayan precedidas y seguidas de una vida de

desinterés y de sacrificio.

Federico, una vez fué arzobispo, hizo un estudio particular y continuo

de no tomar para sí más riquezas, más tiempo, más cuidados, ni nada

más en fin, que lo estrictamente necesario. Decía, como todos

dicen, que las rentas eclesiásticas son el patrimonio de los pobres;

ahora vamos á ver cómo ponía en práctica semejante máxima. Quiso

que se apreciase á cuánto podía ascender su manutención y la de su

servidumbre; y habiéndosele dicho que unos seiscientos escudos (escudo

se llamaba entonces á la moneda de oro que, quedando siempre con el

mismo peso y nombre, fué después llamada zequí), dió orden para que

todos los años se sacasen otros tantos de su caja particular, para la

de la mensa, no creyendo que á él, siendo tan rico, le fuera lícito

vivir con aquel patrimonio. Era tan escaso y minuciosamente económico

para sí mismo, que procuraba no quitarse un vestido hasta que estuviese

muy usado, uniendo, sin embargo, según fué notado por los escritores

contemporáneos, á la costumbre de una extremada sencillez, la de una

limpieza esmerada, dos circunstancias remarcables en aquel tiempo de

desaseo y despilfarro. Hizo más: á fin de que no se desperdiciase nada,

dispuso que las sobras de su frugal mesa se dieran á un hospicio, y

uno de los pobres del expresado establecimiento entraba todos los días

por orden suya al comedor á recoger todo lo que había quedado. Estos

pequeños cuidados acaso podrían inducir á formar el concepto de una

virtud avara y miserable, de un espíritu entregado á minuciosidades

é incapaz de elevados designios, si no atestiguase lo contrario esa

biblioteca ambrosiana que aún existe en el día, la cual proyectó

con tan animosa magnificencia y erigió con tantos dispendios. Para

proveerla de libros y manuscritos, además del regalo que hizo de los

que él mismo había compilado con grande estudio y enormes gastos, envió

ocho individuos, los más hábiles é instruidos que pudo hallar, con el

objeto de hacer compras por Italia, Francia, España, Alemania, Flandes,

Grecia y al monte Líbano, en Jerusalén. De este modo logró reunir cerca

de treinta mil volúmenes impresos y catorce mil manuscritos. Añadió á

la biblioteca un colegio de doctores (fueron nueve, pensionados por

Federico mientras vivió; después, no siendo suficientes las entradas

ordinarias para semejante gasto, quedaron reducidos á dos), y su oficio

era cultivar varios ramos de conocimientos humanos, como la teología,

la historia, las bellas letras, las antigüedades eclesiásticas y las

lenguas orientales, con la obligación cada uno de ellos de publicar

algún trabajo sobre la materia que les estaba señalada; añadió,

igualmente, un colegio llamado por él _Trilingüe_, para el estudio de

las lenguas griega, latina é italiana; un colegio de alumnos, á quienes

se instruía en las mencionadas facultades y lenguas para que ellos

llegasen también á enseñarlas algún día; estableció allí mismo una

imprenta para las lenguas orientales, esto es, para el hebreo, caldeo,

árabe, persa y armenio; una galería de pinturas, otra de escultura, y

una escuela de las tres principales artes del dibujo.

Para esto encontró fácilmente profesores ya formados; para lo demás,

sabemos qué de trabajos le habían costado el hallar los libros y

manuscritos. Pero los caracteres de las mencionadas lenguas, mucho

menos cultivadas en Europa que lo están en el día, eran ciertamente

muy difíciles de hallar; y mucho más todavía que los caracteres, los

profesores. Bastará decir, que de nueve doctores sacó ocho de entre

los jóvenes alumnos del seminario, juicio enteramente conforme al

que parece haber traído la posteridad, que ha condenado á unos y á

otros al olvido. En las reglas que planteó para el uso y gobierno de

la biblioteca, se trasluce una intención perpetua de utilidad, no

solamente bella en sí misma, sino sabia y bien entendida; y en muchas

partes, sobrepujando á las ideas y costumbres ordinarias de aquel

tiempo. Prescribió al bibliotecario que mantuviese correspondencia con

los hombres más doctos de Europa, para que le pusieran al corriente

del estado de las ciencias, y le diesen aviso de los mejores libros

extranjeros de todo género que salieran á luz, y que tratara de

adquirirlos: encargóle también, que indicase á los que quisieran

estudiar, las obras que podrían serles útiles, y ordenó que ya fuesen

nacionales, ya extranjeros, se les diese todo el tiempo y comodidad

posibles para servirse de ellas según la necesidad. Tal intención debe

parecer al presente muy natural, y aun inherente á la fundación de

una biblioteca; mas sin embargo, en aquella época no era así. En una

historia de la biblioteca Ambrosiana, escrita con la mira de utilidad y

con la elegancia propia del siglo, por un tal Pierpaolo Bosca, que fué

bibliotecario después de la muerte de Federico, se nota expresamente

como cosa muy singular, que en dicha biblioteca, fundada por un

particular y casi toda á sus expensas, los libros estaban expuestos á

la vista del público, eran llevados por cualquiera que los pedía, dando

también á todo el mundo sillas para sentarse, papel, plumas y tinta

para tomar apuntaciones, mientras que en todas las grandes bibliotecas

de Italia, no sólo no estaban visibles los libros, sino que también

estaban cuidadosamente cerrados en los armarios: jamás salían de ellos,

á no ser que los bibliotecarios se dignasen, por condescendencia, á

manifestarlos por un instante: respecto á facilitar á los concurrentes

las comodidades indispensables para estudiar, no se tenía una idea

siquiera. De modo que enriquecer semejantes bibliotecas, era sustraer

los libros al uso común; esto era un modo de cultivar que había

entonces, y hay todavía, que vuelve estériles los campos.

No vayáis ahora á preguntar cuáles han sido los efectos de la fundación

de Borromeo sobre la instrucción pública: sería fácil demostrarlo en

dos palabras, del mismo modo que se demuestra que fueron prodigiosos

ó que fueron nulos. Buscar y explicar hasta cierto punto cuáles

hayan sido verdaderamente, sería cosa muy pesada, de poca utilidad

y extemporánea. Pero imaginaos qué generoso, qué ilustrado, qué

benévolo, qué amigo tan perseverante de las mejoras humanas debió

haber sido el que pudo querer semejante cosa, que la quiso así, que la

puso en ejecución en medio de aquella inercia, de aquella antipatía

general para toda aplicación estudiosa, y por consecuencia en medio

de los ¿qué importa?... ¡otras cosas hay en qué pensar!... ¡Oh, bella

invención!... ¡No faltaba más que ésta!... y otras mil cosas por el

estilo. Seguramente, los propósitos debieron ser más números aún que

los escudos que gastó en la empresa, y eso que no bajaron de quinientos

mil.

Para dar á un hombre semejante el título de benéfico y liberal en el

más alto grado, puede parecer que no sea preciso saber si gastó mucho

dinero en socorrer inmediatamente á los necesitados: hay mucha gente

que opina, que los gastos de este género (iba á decir todos los gastos)

constituyen la mejor y más útil limosna. Mas en la opinión de Federico,

la limosna, propiamente dicha, era un deber esencial; y en esto,

como en lo demás, sus acciones estuvieron de acuerdo con su opinión.

Su vida fué una larga y perpetua limosna; y á propósito de aquella

misma carestía, de la cual nuestra historia ha hablado ya, tendremos

dentro de poco ocasión de referir algunos rasgos que harán ver cuánta

sabiduría y generosidad supo prestar aun á sus liberalidades. De

los muchos ejemplos singulares que de una tal virtud han descrito

sus biógrafos, no citaremos más que uno solo. Habiendo cierto día

llegado á su conocimiento que un noble usaba de mil artificios y malos

tratamientos para obligar á una de sus hijas á ser religiosa, que

deseaba más bien casarse, hizo llamar al padre; y habiéndole arrancado

que el verdadero motivo de semejante tiranía era el no tener cuatro mil

escudos, cuya cantidad, á su parecer, hubiera sido necesaria para casar

á su hija convenientemente, Federico la dotó con cuatro mil escudos.

Esto acaso parecerá á alguno una largueza excesiva, mal entendida,

demasiado condescendiente con los tontos caprichos de un orgulloso, y

que cuatro mil escudos podían ser mejor empleados de otras mil maneras;

á la cual nada tenemos que responder, sino que sería de desear que

se viesen con frecuencia tales excesos de una virtud tan libre de

opiniones dominantes (cada época tiene las suyas), tan independientes

de la tendencia general, como lo fué en este caso la que movió á un

individuo á dar cuatro mil escudos para que una joven no se viese

forzada á ser religiosa.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 4 / 29 段