descorrer el cerrojo, y la puerta se abrió de par en par. El Incógnito,
desde el umbral, lanzó una ojeada al interior, y á la luz de una
lámpara que ardía encima de la mesa, vió á Lucía echada en el suelo, en
el rincón más lejano de la puerta.
--¿Quién te ha mandado que la arrojases ahí como un lío de trapos
viejos, desgraciada?, dijo á la vieja con ademán iracundo.
--Se ha puesto donde ha querido, contestó ésta humildemente; he hecho
todo lo posible para tranquilizarla; ella misma os lo podrá decir; pero
no he sido escuchada.
--Levantaos, dijo á Lucía, aproximándose á ella; mas ésta, á quien el
modo de llamar, el abrir, la aparición de aquel hombre, sus palabras,
habían infundido un nuevo espanto en su espíritu alarmado, se acurrucó
más y más en el rincón, con el rostro oculto entre sus dos manos,
inmóvil, silenciosa y sobrecogida de un temblor general.
--Levantaos, que no quiero causaros ningún mal... y puedo dispensaros
mucho bien, repitió el señor. ¡Levantaos!, gritó en seguida con voz de
trueno, irritado de haber mandado dos veces una misma cosa inútilmente.
Como si el espanto la hubiese reanimado, la infortunada se arrodilló
de súbito, y con las manos juntas, en ademán de súplica, como hubiera
hecho delante de una imagen, alzó los ojos hacia el Incógnito, y
bajándolos al momento exclamó: “Aquí me tenéis, matadme”.
--Os he dicho que no quiero haceros mal alguno, respondió el Incógnito
con acento más dulce, mirando fijamente aquel semblante alterado por la
aflicción y el terror.
--Ánimo, ánimo, decía la vieja; si él mismo dice que no quiere causaros
mal alguno...
--¿Y por qué?, replicó Lucía, con una voz en la cual, á pesar de
la turbación y espanto se traslucía cierta seguridad de indignación
desesperada, ¿por qué me hace padecer las penas del infierno?, ¿qué es
lo que yo le he hecho?
--¿Os han maltratado quizás?, hablad.
--¡Oh, maltratado! ¡Se han apoderado de mí, á traición, por fuerza!
¿Por qué, por qué he sido robada?, ¿por qué me encuentro en este
sitio?, ¿en dónde estoy? Soy una infeliz muchacha: ¿qué he hecho yo? En
el nombre de Dios...
--¡Dios, Dios!, interrumpió el Incógnito; ¡siempre Dios! Los que no
pueden defenderse á sí mismos, los que carecen de fuerza, continuamente
ponen á Dios por delante, como si le hubiesen hablado. ¿Pretendéis con
semejante palabra hacerme... y dejó la oración sin concluir.
--¡Oh, señor!, ¡pretender!... ¿Qué puedo yo pretender, estando cautiva,
sino que uséis conmigo de misericordia? ¡Dios perdona tantas cosas por
una sola obra de misericordia! ¡Dejadme ir; por caridad, dejadme ir!
Ninguna cuenta tiene al que en su día ha de morir, el hacer padecer
tanto á una pobre criatura. ¡Oh, vos que podéis mandar, decid que me
dejen ir! Me han traído aquí á la fuerza. Enviadme con esta mujer á
*** en donde mi madre se halla. ¡Oh, Virgen santísima! ¡Madre mía,
mi querida, mi idolatrada madre!, ¡quizá no esté lejos de aquí!...
¡He divisado mis montañas! ¿Por qué me hacéis padecer? Disponed que
me conduzcan á una iglesia: rogaré por vos toda mi vida. ¿Qué os
cuesta decir una palabra?, ¡he aquí que os enternecéis!, ¡decid una
sola palabra, decidla! ¡Dios perdona tantas culpas por una obra de
misericordia!
“¡Oh, por qué no será hija de uno de esos perros que me han
desterrado!, pensaba el Incógnito; ¡de uno de esos miserables que me
quisieran ver muerto!, cómo gozaría ahora con sus sufrimientos! y en
vez de...”.
--¡No desechéis una tan buena inspiración!, continuaba fervorosamente
Lucía, reanimada al ver un cierto aire de duda en el rostro y en el
ademán de su tirano. Si vos no me concedéis esta gracia, el Señor me
la concederá: me hará morir y todo se habrá concluido para mí; pero
vos... acaso un día, también... pero no, no; yo siempre rogaré al Señor
que os preserve de todo mal. ¿Qué os cuesta decir una palabra? Si vos
llegaseis alguna vez á sufrir estos tormentos...
--Vamos, ánimo, interrumpió el Incógnito, con una dulzura que admiró á
la vieja. ¿Os he causado yo por ventura algún mal? ¿Os he hecho algunas
amenazas?
--¡Oh!, no; veo que tenéis buen corazón, que os compadecéis de una
infeliz criatura. Si vos quisierais, podríais infundirme doble miedo
que todos los demás, podríais hacerme morir; y por el contrario, me
habéis... consolado un poco. Dios os lo premiará. Acabad la obra de
misericordia; salvadme, salvadme.
--Mañana por la mañana.
--¡Oh!, salvadme ahora, en seguida...
--Os repito que mañana por la mañana nos volveremos á ver. En el
ínterin, tranquilizaos, descansad; debéis tener necesidad de tomar
algún alimento; ahora os lo traerán.
--No, no, yo me muero si alguno entra aquí; yo me muero. Conducidme á
una iglesia cualquiera... lo cual Dios os lo pagará.
--Vendrá una mujer para traeros la comida, dijo el Incógnito; y
dicho esto, se quedó estupefacto al ver que le hubiese venido á la
imaginación semejante salida, y que hubiera pensado en la necesidad de
buscarlo para tranquilizar á una mujer.
--Y tú, replicó en seguida, volviéndose á la vieja, anímala á que coma,
y haz que descanse en este lecho; si quiere que te acuestes con ella,
bien; si no, puedes dormir en el suelo por esta noche. Repito que
la animes, que la alegres; y, sobre todo, guárdate que no tenga que
quejarse de ti.
Pronunciadas las anteriores palabras, se dirigió hacia la puerta. Lucía
se levantó y corrió con el objeto de detenerle y renovar sus súplicas;
pero ya había desaparecido.
--¡Oh, infeliz de mí! Cerrad, cerrad pronto. Y cuando hubo oído cerrar
la puerta y echar el cerrojo, volvió á acurrucarse en su rincón. ¡Oh,
pobre de mí!, exclamó sollozando de nuevo. Y ahora ¿á quién suplicaré?,
¿en dónde estoy? Decidme, decidme por piedad, ¿quién es ese señor...
ése que me ha hablado?
--¿Quién es, eh?, ¿quién es? ¡Queréis que os lo diga! Ya podéis
esperarlo: os habéis puesto orgullosa porque os protege: con tal de que
estéis satisfecha, nada os importa que yo sea la víctima; preguntádselo
á él. Si yo os complaciera en esto, no recibiría palabras tan dulces
como las que habéis oído. Yo soy vieja, soy vieja, continuó murmurando
entre dientes. ¡Malditas sean las jóvenes, que así poseen la gracia
de llorar como de reir y siempre tienen razón! Mas oyendo sollozar
á Lucía se acordó de las órdenes amenazadoras del amo; se inclinó
hacia la infortunada que permanecía acurrucada en su rincón, y con la
voz más dulce que le fué posible, repuso: “Vamos, en todo esto no os
he dicho nada de mal, alegraos. No me preguntéis cosas que no puedo
deciros; por lo demás, tranquilizaos. ¡Oh, si supierais cuánta gente se
hubiera alegrado de oirle hablar como lo ha hecho con vos! Regocijaos,
que ahora traerán de comer; y yo que comprendo... según el modo con
que os ha hablado, que va á venir algo bueno. Y luego os acostaréis
y... espero que dejaréis un ladito para mí”, añadió con un acento de
despecho, un tanto comprimido á su pesar.
--No quiero comer, no quiero dormir. Dejadme, no os acerquéis; no os
mováis de aquí.
--No, no, vamos; dijo la vieja retirándose y yéndose á sentar en un
ancho y carcomido sitial, desde donde lanzaba á la infeliz ciertas
miradas de terror y de cólera á la vez; después de lo cual contemplaba
su lecho, enfurecida al pensar que acaso estaría privada de él toda la
noche y tiritando de frío; mas por otro lado se alegraba con la idea de
la cena, con la esperanza que también participaría de ella. Lucía no
sentía frío, ni tenía hambre, y como aturdida no experimentaba de sus
mismos dolores más que un sentimiento confuso y vago, parecido á esas
imágenes vanas que se presentan en el delirio de la fiebre.
Al oir tocar á la puerta de la estancia, se estremeció; y alzando su
aterrado semblante, gritó: “¿Quién es, quién es? ¡que nadie entre!”.
--No es nada, nada; una buena noticia; es Marta que nos trae algo que
comer.
--Cerrad, cerrad, exclamaba Lucía.
--¡Oh, ciertamente!, en seguida, en seguida, replicó la vieja; y
tomando una cesta de las manos de la expresada Marta, á la cual
despidió apresuradamente, cerró la puerta, y fué á colocar dicha cesta
sobre una mesa que había en medio de la habitación. Después invitó
repetidas veces á Lucía para que se aproximase á gozar de aquellos
deliciosos manjares. Empleaba las palabras más eficaces, á su parecer,
con el objeto de infundir apetito á la desgraciada, y prorrumpía en
exclamaciones de júbilo, hablando de la excelencia de la comida.
“Cuando la gente como nosotras puede llegar á disfrutar de semejantes
manjares, se acuerdan toda la vida. Este vino es del que el amo bebe en
compañía de sus amigos... cuando le vienen á visitar... y quieren estar
alegres... ¡Hem!”. Mas viendo que todas sus tentativas eran inútiles:
“¡Sois vos la que no queréis!, dijo; es preciso no olvidar el decirle
mañana que yo os he animado. Mientras tanto, yo comeré dejándoos lo
suficiente para cuando entréis en razón y queráis obedecer”. Dicho
esto, se puso á comer ávidamente. Saciada que estuvo, se encaminó
al rincón, y bajándose hacia Lucía, la invitó de nuevo á comer y á
acostarse.
--No, no quiero nada, respondió ésta, con voz débil y como soñolienta;
en seguida dijo con más resolución: “¿Está la puerta cerrada, bien
cerrada?” Y después de haber echado una ojeada por toda la estancia,
se levantó, y con las manos puestas adelante, con paso sospechoso, se
dirigió hacia aquel lado.
La vieja llegó corriendo antes que ella, cogió el cerrojo, lo corrió, y
dijo: “¿Lo veis?, ¿está bien cerrado? ¿estáis ahora satisfecha?”.
--¡Oh, contenta! ¡Yo contenta aquí! replicó Lucía, volviéndose de nuevo
á su rincón; pero Dios sabe dónde estoy.
--Venid á acostaros; ¿qué queréis hacer ahí echada como un perro? ¿Se
han visto rehusar jamás los comodidades, cuando se pueden tener?
--No, no; dejadme.
--Vos sois la que lo queréis. Vamos, he aquí un buen sitio; me pongo
en la orilla; estaré incómoda por vos. Si queréis venir á la cama, ya
sabéis que lo podéis hacer. Acordaos que os lo he rogado muchas veces.
Así diciendo, se metió vestida como estaba debajo del cobertor, y todo
quedó en el más profundo silencio.
Lucía permanecía inmóvil, en su rincón, con las rodillas pegadas al
pecho, las manos colocadas sobre ellas, y el rostro oculto entre
dichas manos. El estado de abatimiento en que se hallaba, no era sueño
ni desvelo, sino una sucesión rápida, dolorosa y vaga, de terribles
pensamientos, de ideas penosas, de latidos de corazón. Ora más
segura de su razón, y recordando mejor todos los horrores que había
presenciado y sufrido aquel día, recordaba dolorosamente hasta las
más pequeñas circunstancias de la oscura y formidable realidad en la
cual se veía envuelta; ora su mente transportada á una región aún más
tenebrosa, luchaba contra los fantasmas nacidos de la incertidumbre
y del terror. Largo tiempo permaneció siendo presa de semejantes
angustias; pero al fin, abatida, fatigada, sintiendo aflojar sus
atormentados miembros, se acostó, ó más bien, se dejó caer sobre el
pavimento, y permaneció algún tiempo en un estado muy parecido al
sueño. Mas de repente se despertó, como al ruido de una voz exterior
que la estuviese llamando, y experimentó el deseo de despertar
enteramente, de dar toda la extensión posible á su pensamiento, de
saber en dónde estaba, cómo y por qué. Prestó atento oído al ruido que
se percibía, el cual no era otra cosa más que la respiración lenta y
embarazosa de la vieja. Abrió sus espantados ojos, y distinguió una
opaca claridad, que por intervalos aparecía y desaparecía: era la
torcida de la lámpara que, estando muy cerca de apagarse, despedía una
luz trémula, y en seguida se retiraba, por decirlo así, como la ola que
va y viene sobre la playa. Aquella luz que huía antes que los objetos
hubiesen recibido de ella un reflejo y color distinto, no ofrecía á
la vista más que una sucesión de cosas flotantes é indecisas. Pero
bien pronto las recientes impresiones, reapareciendo en su mente, la
ayudaron á distinguir lo que se presentaba á su vista de una manera tan
confusa. La desventurada, despierta ya del todo, reconoció su prisión;
todos los recuerdos del horrible día transcurrido, todos los terrores
del porvenir la asaltaron á la vez: aquella nueva calma, después de
tantas agitaciones, aquella especie de reposo, aquel abandono en que
había estado sumida, le producían un nuevo terror, y se apoderó de
ella tal ansiedad que deseó morir. Pero en semejante momento se acordó
que podía á lo menos dirigir sus súplicas al cielo, y juntamente con
dicho pensamiento apareció en su corazón como una repentina esperanza
de felicidad. Tomó de nuevo su rosario, y empezó á rezar. Á medida que
las oraciones se desprendían de sus trémulos labios, su corazón se
entreabría á una confianza indeterminada. Mas de pronto se le presentó
otra idea á la imaginación, esto es, que sus oraciones serían mejor
acogidas y escuchadas, si en medio de su desolación hiciese alguna
promesa. Trajo á la memoria lo que más amaba, lo que más había amado;
y aun cuando su espíritu no podía sentir otra afección que el espanto,
ni concebir otro deseo que el de la libertad, se acordó, sin embargo,
y resolvió súbitamente, hacer un sacrificio. Se incorporó, colocando
sus manos unidas junto al pecho, de las cuales pendía el rosario,
elevó los ojos al cielo, y dijo: “¡Oh, Virgen Santísima! ¡Vos, á quien
me he acogido tantas veces, y que tantas me habéis consolado! ¡Vos,
que habéis padecido tantos dolores, y sois ahora tan gloriosa, y
habéis obrado tantos milagros en favor de los infelices atribulados,
socorredme, sacadme de este peligro; haced que vuelva sana y salva al
lado de mi madre, Madre del Señor! y hago voto de permanecer virgen;
renuncio para siempre á mi desventurado prometido, para no ser jamás de
nadie, más que vuestra”.
Dichas las anteriores palabras, bajó la cabeza y se puso el rosario
alrededor del cuello, casi como en señal de consagración, y á la vez
de resguardo como una armadura de la nueva milicia, á la cual se había
inscrito. Habiéndose vuelto á sentar en el suelo, sintió renacer en
su alma una cierta tranquilidad, una más larga confianza. Le vino á
la imaginación aquel _mañana por la mañana_ repetido por el poderoso
desconocido, y le pareció entrever en aquella palabra una promesa de
salvación. Los sentidos, fatigados por tantas luchas, se adormecieron
poco á poco en aquella tranquilidad de pensamientos, y por último, ya
cercano el día, con el sagrado nombre de su protectora en los labios,
se durmió gozando de un sueño perfecto y continuado.
Mas había otra persona en aquel mismo castillo, que hubiera querido
hacer otro tanto, y no le fué posible. Habiéndose separado, ó más
bien, huido de Lucía, después de haber dado las órdenes convenientes
para la cena de ésta, y visitado, según costumbre, ciertos puestos del
castillo, siempre preocupado con la imagen de Lucía, y con aquellas
palabras que resonaban sin cesar en sus oídos, el señor se había
retirado á su estancia.
Se había encerrado precipitadamente, como si hubiera tenido que
atrincherarse contra un ejército de enemigos; y desnudándose sumamente
agitado, se acostó. Pero aquella imagen cada vez más presente en su
mente, pareció que en aquel momento le decía: tú no dormirás. “¡Qué
loca curiosidad he tenido de ver á esa muchacha! se decía. Tiene razón
ese imbécil de Nibbio; ¡uno no es ya hombre, es hombre perdido! ¡Yo!...
¿no soy yo hombre por ventura? ¿Qué ha pasado, pues? ¿Qué me ha pasado?
¿Qué diablos tengo? ¿Qué hay de nuevo? ¿No sabía antes de verla que las
mujeres siempre chillan? ¡Lloran aun los hombres algunas veces, cuando
no son bastante fuertes para defenderse! ¡Qué diablo!, ¿esto consiste
en que yo no he oído lloriquear jamás mujeres?”
Y aquí, sin que tuviese necesidad de fatigar su memoria, ésta le
presentó más de un caso, en que las súplicas ni lamentos habían podido
quebrantar la resolución de llevar á cabo sus empresas. Mas lejos
de darle el valor que le faltaba para cumplir ésta, como esperaba
y deseaba, todos sus recuerdos no hicieron más que añadir á su
irresolución una especie de consternación y de terror. De modo, que el
volver á la primera imagen de Lucía, contra la cual había tratado de
afirmar todo su valor, pareció que le aliviaba. “Ella vive, pensaba:
se halla en el castillo; aún es tiempo; le puedo decir: partid,
regocijaos; puedo ver cambiar aquel semblante; además le puedo decir:
perdonadme... ¡Perdonadme! ¡Yo pedir perdón!, ¡y á una mujer!, ¡yo!...
Y sin embargo, ¡si una palabra, si una palabra tal me pudiese hacer
bien!, si me ayudase á sacudir por un momento el demonio que se ha
apoderado de mí, la pronunciaría. ¡Á qué estado me veo reducido! ¡Ya no
soy hombre, no soy hombre!... ¡Vamos!, dijo en seguida, revolviéndose
furiosamente sobre su lecho, que le parecía tan duro como una piedra,
y debajo de sus cobertores que le pesaban horriblemente: vamos,
éstas son simplezas que me han pasado por la cabeza otras veces;
ésta pasará también”. Y para hacerla pasar trató de buscar con el
pensamiento algún proyecto, alguno de aquellos que solían ocuparle
fuertemente, y no le dejaban un instante siquiera para reflexionar;
mas no encontró ninguno. Todo se le presentaba cambiado: lo que otras
veces estimulaba con más fuerza sus deseos, ahora no tenía para él
ningún atractivo. La pasión rehusaba avanzar, del mismo modo que cuando
un caballo se asusta de repente de una sombra cualquiera. Pensando
en las empresas comenzadas y no acabadas, en vez de animarse á dar
cima á ellas, en lugar de irritarse con los obstáculos (en semejante
momento, la cólera misma le hubiera parecido dulce), experimentaba una
sombría tristeza, se espantaba casi de los pasos ya dados. El tiempo
se presentaba á su imaginación desnudo de todo interés, de todo
querer, de toda acción, lleno únicamente de recuerdos intolerables:
todas las horas que iban á sucederse se le representaban semejantes
á la que corría tan lentamente, y que tanto pesaba sobre su cabeza.
Repasaba en su imaginación á todos sus secuaces, y no encontraba nada
importante que mandar á ninguno de éstos: la idea misma de volverlos
á ver, de hallarse en medio de ellos, era un nuevo peso, un motivo de
disgusto y embarazo. Cuando quería encontrar una ocupación para el día
siguiente, una cosa que fuese factible, no se detenía más que en un
solo pensamiento; éste era, que á la mañana siguiente podía dejar en
libertad á aquella infortunada.
“La libertaré, sí; apenas empiece á apuntar el día, volaré á su lado,
y le diré: partid, partid. La haré acompañar... ¿Y mi promesa? ¿y el
compromiso que tengo? ¿y D. Rodrigo?... ¿Quién es D. Rodrigo?”
Como un hombre á quien su superior dirige de improviso una pregunta
embarazosa, el Incógnito pensó de pronto responder á la que él mismo
se había hecho, ó mejor diremos, aquel nuevo _él_ que en un momento
había tomado tan colosales y terribles dimensiones, y se levantaba
como para juzgar al antiguo. Iba, pues, buscando las razones por las
cuales, antes casi de ser rogado, se había podido resolver á tomar el
empeño de hacer sufrir tanto, sin ningún motivo de aborrecimiento
ni de temor, á una infeliz desconocida, únicamente para servir á D.
Rodrigo; pero lejos de conseguir hallar en aquel momento ninguna razón
que le pareciese propia para excusar semejante acción, no sabía casi
explicarse á sí mismo cómo había sido inducido á ello. Aquel rasgo,
más bien que una deliberación, había sido un movimiento instantáneo
de un espíritu obediente á sentimientos antiguos y habituales, la
consecuencia de mil hechos anteriores; y en medio del doloroso examen,
al cual se entregaba para darse cuenta de un solo hecho, se encontró
engolfado en repasar toda su vida.
Remontándose á tiempos muy lejanos, de año en año, de empresa en
empresa, de crimen en crimen, de asesinato en asesinato, cada una
de sus acciones se presentaba á su nuevo espíritu separada por
sentimientos que le habían determinado y hecho cometer, apareciendo
bajo un aspecto monstruoso, que estos mismos sentimientos no le habían
dejado hasta entonces comprender. Todos le pertenecían, eran suyos: el
horror de este pensamiento, que nacía á cada una de estas imágenes, y
que estaba adherido á todas ellas, creció hasta la desesperación. Se
levantó furioso, llevó con rabia las manos hacia la pared cercana á su
lecho, agarró una pistola, apretóla convulsivamente, la montó, y...
en el instante de ir á terminar una vida que le era insoportable,
su pensamiento, sorprendido por un terror, por una inquietud, por
decirlo así, supersticiosa, se lanzó al tiempo que seguiría después
de su muerte. Figurábase con estampa su cadáver desfigurado, inmóvil,
en poder de los hombres más viles; la sorpresa, la confusión que
reinarían al día siguiente en el castillo; él mismo, sin fuerza, sin
voz, arrojado quién sabe dónde. Se figuraba oir las conversaciones que
tendrían lugar con motivo de semejante catástrofe, y que no dejarían
de correr en todos los alrededores, y la alegría de sus enemigos. Las
tinieblas mismas, el silencio de la noche, le hacían ver en la muerte
cierta cosa de más triste, de más espantosa. Le parecía que no habría
vacilado si hubiese sido de día, fuera de su casa y en presencia
de alguno. Además, ¿qué tenía de particular echarse en el río y
desaparecer? Absorto en estas desgarradoras contemplaciones, montaba y
desmontaba con fuerza convulsiva el gatillo de la pistola, cuando le
vino á la imaginación otra idea: si esa otra vida de la cual me han
hablado siendo muchacho, de la cual se me habla siempre como si fuese
una cosa segura; si esa vida consiste únicamente en no ser; si es una
invención de los sacerdotes, ¿qué hago entonces? ¿qué importa todo lo
que yo he hecho? ¿no dejará de ser una locura mía?... ¿Y si hay en
efecto otra vida?...