La proposición fué espantosa para Gertrudis. Perder á Lucía por

un accidente imprevisto, sin culpa, le parecía una desgracia, un

castigo amargo; habiéndosele ordenado que se deshiciese de ella por

medio de una criminal perfidia, cambiando de este modo en un nuevo

remordimiento, un motivo de expiación. La desgraciada probó todos los

medios para eximirse de tan horrible orden; todos, repito, á excepción

del único que hubiera sido infalible, y que sin embargo, estaba al

alcance de su poder. El crimen es un dueño severo é inflexible, contra

el cual no llega uno á ser fuerte si no se subleva enteramente.

Gertrudis no pudo resolverse á esto último, y obedeció.

El día prefijado había llegado; acercábase la hora convenida:

Gertrudis, retirada con Lucía en su locutorio particular, la colmaba

de caricias más que de ordinario, y ésta las recibía y devolvía con

creciente ternura; como la oveja estremeciéndose sin temor bajo la mano

del pastor que la palpa y la arrastra suavemente, se vuelve á lamer su

mano; y no sabe que el carnicero á quien el pastor acaba de venderla,

está aguardando que salga del redil para sacrificarla.

Necesito un gran servicio, y vos sola podéis prestármelo. Poseo mucha

gente que me obedezca, pero nadie de quien fiarme. Para un negocio de

la más alta importancia, que os referiré en seguida, necesito hablar al

momento, con el padre guardián de capuchinos que os ha conducido aquí,

mi pobre y querida Lucía; mas con todo, es preciso que nadie sepa que

yo lo he mandado llamar. No tengo á otra persona más que vos sola para

verificar con el más escrupuloso secreto este mensaje.

Lucía se quedó aterrada al escuchar semejante petición; y con su

ordinaria timidez, pero no sin manifestar una grande admiración, alegó

de pronto, con el objeto de excusarse, las razones que la señora debía

comprender, que hubiera debido prever: sin su madre, sin nadie, en un

camino solitario, en medio de un país desconocido... Pero Gertrudis,

educada en una escuela infernal, manifestó á su vez también tanta

admiración, y tanto disgusto de experimentar tal negativa de una

persona con la cual creía poder contar, que fingió hallar muy frívolas

semejantes excusas: “¡Á la mitad del día, cuatro pasos, un camino que

Lucía había andado pocos días antes, y que aun cuando no lo hubiese

visto jamás, con una pequeña indicación era imposible equivocarse!”...

Tanto dijo, que la pobrecita, conmovida á la vez de reconocimiento y

vergüenza, dejó escapar de su boca: “¡Y bien!, ¿qué debo hacer?”.

--Id al convento de capuchinos; y al decir esto, le hizo de nuevo

la descripción del camino: Haced llamar al padre guardián; decidle,

á solas por supuesto, que venga aquí al instante; pero que no diga

absolutamente á nadie que soy yo la que lo manda llamar.

--Mas, ¿qué diré á la portera, que nunca me ha visto salir y que me

preguntará adónde voy?

--Procurad pasar sin ser vista; y si no podéis conseguirlo, decid que

vais á la iglesia tal, donde habéis prometido ir á rezar.

Nueva dificultad para la infeliz joven; ¡mentir! Pero la _señora_ se

manifestó de nuevo tan afligida de la repulsa, hizo ver á Lucía que

era una cosa tan fea el anteponer un vano escrúpulo al reconocimiento,

que esta desgraciada, aturdida más bien que convencida, y sobre todo,

conmovida más que nunca, respondió: “Bien, iré: ¡Dios me ampare!”.

Dicho lo cual, se puso en marcha.

Cuando Gertrudis, que desde la reja del locutorio la seguía con los

ojos fijos y turbados, la vió poner el pie en el umbral de la puerta,

como dominada por un sentimiento irresistible, abrió la boca y dijo:

“¡Escuchad, Lucía!”.

Ésta se volvió, y se dirigió de nuevo á la reja. Mas ya otro

pensamiento, un pensamiento habituado á predominar, había prevalecido

en el ánimo de la desventurada Gertrudis. Fingiendo no estar satisfecha

de las instrucciones que le había dado, explicó por segunda vez á Lucía

el camino que debía tomar, y la despidió diciendo: “Hacedlo todo del

modo que os he dicho, y volved pronto”. Lucía partió.

Pasó sin ser observada la puerta del claustro, emprendió el camino, con

los ojos bajos, muy inmediata á la tapia; encontró con las indicaciones

que la _señora_ le había hecho y con sus propios recuerdos, la puerta

de la villa; salió, se encaminó toda sobrecogida y temblorosa por el

camino real; llegó en pocos momentos á la entrada del que conducía al

convento, y lo reconoció. Este camino formaba, y forma ahora todavía,

una especie de hondonada, semejante al cauce de un río, entre dos

elevadas márgenes orladas de arbustos, constituyendo también en su

parte superior una estrecha vereda. Lucía entró en el expresado camino,

y viéndolo enteramente desierto, sintió aumentarse el miedo, y apresuró

el paso; mas poco después se tranquilizó algún tanto al ver un coche

de camino que estaba parado, y cerca de él, enfrente de la portezuela

abierta, dos viajeros que miraban á todas partes, como dudosos del

camino. Siguió andando, y oyó que uno de aquellos dos individuos decía:

“He aquí á propósito una buena joven que nos indicará el camino”.

Efectivamente, cuando hubo llegado delante del carruaje, aquel mismo

hombre, con palabras más corteses que no denotaban su aspecto, se

volvió á ella y le dijo: “Excelente joven, ¿podríais enseñarnos el

camino de Monza?”.

--El que seguís es enteramente opuesto, respondió la infeliz; Monza cae

hacia aquel lado... Al volverse para señalárselo con la mano, el otro

compañero (que era Nibbio, á quien ya conocemos), la cogió de improviso

por la mitad del cuerpo, y la levantó haciéndole perder la tierra.

Lucía aterrada vuelve la cabeza y lanza un grito; el malvado la mete á

la fuerza en el carruaje: un tercero que estaba sentado en el fondo,

la sujeta y la obliga, aunque la infeliz hace desesperados é inútiles

esfuerzos á sentarse delante de él; otro le tapa la boca con su pañuelo

y ahoga sus gritos. Entonces Nibbio entra también precipitadamente en

el carruaje; ciérrase la portezuela, y parte al escape. El que había

hecho la pérfida pregunta, permaneció parado en medio del camino

real, lanzó una ojeada á todos lados, para ver si por acaso había

acudido alguno á los gritos de Lucía: nadie, sin embargo, se presentó;

saltó á una de las márgenes asiéndose á las ramas de un arbusto, y

desapareció. Era éste un servidor de Egidio; se había colocado cerca de

la puerta del monasterio, haciéndose el tonto, con el objeto de espiar

la salida de Lucía: después de haberla visto salir, la había observado

bien, para poderla reconocer, y se había dirigido apresuradamente por

un camino más corto á esperarla en el sitio convenido.

¡Quién es capaz de describir el terror, las angustias de la infortunada

Lucía, de expresar lo que pasaba en su interior! En su cruel ansiedad,

quería conocer su horrible situación; abría sus ojos despavoridos,

y los cerraba de repente, á causa del miedo que le infundían

aquellos espantosos semblantes; forcejeaba para desasirse, mas

estaba enteramente sujeta: reunía todas sus fuerzas, y daba inútiles

sacudidas, para arrojarse hacia la portezuela; pero dos nervudos

brazos la tenían como clavada en el fondo del carruaje: además de

esto, cuatro enormes manazas parecían encadenarla. Cada vez que abría

la boca para lanzar un grito, el pañuelo estaba pronto á ahogarlo en

su garganta. Mientras tanto, tres infernales bocas, con la voz más

humana que les había sido posible tomar, le decían: “Quedo, quedo;

no tengáis miedo, no queremos haceros mal alguno”. Después de breves

momentos de una lucha tan angustiosa, pareció calmarse; dejó caer los

brazos y la cabeza hacia atrás, sus párpados apenas se abrían, y sus

pupilas veíanse inmóviles: aquellas horribles caras que tenía delante

parecieron confundirse y agitarse en una monstruosa miscelánea; el

color huyó de sus mejillas, cubriéronse de un sudor frío, cayendo

desvanecida y sin sentido.

--Vamos, ánimo, decía Nibbio; ánimo, repetían los otros dos malvados;

pero el desvanecimiento de todos los sentidos preservaba en aquel

momento á Lucía de oir las exhortaciones de aquellas horribles voces.

--¡Diantre, parece muerta!, dijo uno de ellos; ¿si estará muerta de

veras?

--¡Bah!, replicó otro; esto es uno de los desmayos que suelen dar á las

mujeres. Yo sé por experiencia que cuando he querido mandar á alguno al

otro mundo, fuese hombre ó mujer, ha sido preciso hacer otra cosa.

--Vamos, dijo Nibbio, atended á vuestro deber, y no traigáis á colación

cosas pasadas. Sacad las armas de debajo del asiento, y tenedlas

dispuestas; porque en el bosque donde ahora entramos, se guarecen

siempre muchos bandidos: ¡no así, en la mano, diablo!, colocáoslas

detrás, ocultadlas: ¿no veis que ésta es una marica que se desmaya

por nada? Si ve armas es capaz de morirse de veras. Cuando recobre el

sentido, procurad no asustarla; no la toquéis mientras yo no os lo

avise; para sujetarla basto yo, y chitón; dejadme hablar.

En el ínterin el carruaje, continuando siempre al escape, había entrado

en el bosque.

Poco tiempo después, la infeliz Lucía empezó á volver en sí como de un

sueño penoso y profundo, y abrió los ojos. En un principio le costó

mucho trabajo poder distinguir los espantosos objetos que la rodeaban y

reunir sus ideas; mas al fin comprendió de nuevo su terrible situación.

El primer uso que hizo de las pocas fuerzas que había recobrado, fué

el de arrojarse otra vez hacia la portezuela, para precipitarse fuera

del carruaje; pero se la sujetó, y no pudo entrever más que por un

momento, la salvaje soledad del sitio por donde pasaban. Lanzó de

nuevo un grito; mas Nibbio, levantando su enorme mano, juntamente con

el pañuelo, “vamos”, le dijo, dando á su voz la entonación más dulce

que le fué posible; “estaos quieta, y será mucho mejor para vos; no

queremos causaros daño alguno; pero si no queréis callar, nos veremos

precisados á usar de la fuerza para conseguirlo”.

--¡Dejadme ir!, ¿quién sois?, ¿adónde me conducís?, ¿por qué me

detenéis? ¡Dejadme marchar, dejadme ir!

--Os repito que no tengáis miedo: no sois una niña, y por consiguiente,

debéis comprender que no queremos haceros mal alguno. ¿No veis

que habríamos podido mataros cien veces si hubiésemos tenido malas

intenciones? Por lo tanto, tranquilizaos.

--No, no; dejadme ir por mi camino: yo no os conozco.

--Os conocemos nosotros.

--¡Oh, Virgen santísima! ¿Cómo me conocéis?, ¿quiénes sois?, ¿por qué

me habéis cogido?

--Porque así se nos ha mandado.

--¿Quién, quién? ¿Quién puede haberlo mandado?

--¡Silencio!, replicó Nibbio con ademán severo; á nosotros no se nos

hacen preguntas.

Lucía intentó de nuevo el lanzarse de improviso á la portezuela;

mas viendo que era inútil acudió otra vez á las súplicas; y con la

cabeza baja, los ojos bañados de lágrimas, la voz entrecortada por los

sollozos, y las manos unidas junto á sus labios: “¡Oh!” decía, “¡por

el amor de Dios y de la Virgen santísima, dejadme ir! ¿Qué es lo que

os he hecho? Soy una infeliz criatura que ningún mal os ha causado:

el que vosotros me habéis hecho, os lo perdono de corazón, y rogaré á

Dios por vosotros. Si tenéis una hija, una esposa, una madre, pensad

lo que padecerían si se hallasen en esta situación. Acordaos que todos

hemos de morir, y que un día desearéis que Dios use con vosotros de

misericordia. Soltadme, dejadme aquí: el Señor hará que encuentre mi

camino”.

--No podemos.

--¿No podéis? ¡Oh, Señor! ¿Por qué no podéis?, ¿dónde queréis

conducirme?, ¿por qué?...

--No podemos; no os canséis en vano: no tengáis miedo, pues no queremos

causaros daño alguno; estaos quieta y nadie os tocará.

Lucía, cada vez más temblorosa, alarmada y aterrada de ver que sus

palabras no producían efecto alguno, se volvió al que tiene en sus

potentes manos el corazón de los hombres, y puede, cuando quiere,

ablandar á los más duros. Se estrechó todo lo posible en el rincón

del carruaje, cruzó los brazos sobre el pecho, y oró algún tiempo

mentalmente; después sacó su rosario, y empezó á rezar con más fe y

fervor que nunca. De cuando en cuando, esperando haber alcanzado la

gracia que imploraba, volvía á suplicar de nuevo á aquellos hombres;

mas siempre inútilmente. Luego recaía en su abatimiento, y se rehacía

para sufrir nuevas angustias; pero el corazón se resiste á describirlas

por más tiempo: una piedad sumamente dolorosa nos hace apresurar el

término de aquel viaje, que duró más de cuatro horas, y después del

cual tendremos otras penosas que pasar. Trasladémonos al castillo donde

la infeliz era esperada.

El Incógnito la aguardaba con una inquietud y con una agitación de

ánimo extraordinarias. ¡Cosa extraña! Aquel hombre que había dispuesto

á sangre fría de tantas vidas, que en medio de tantos crímenes

cometidos, no había tenido en cuenta los tormentos que había hecho

sufrir, á no ser para saborear algunas veces una salvaje voluptuosidad

de venganza; al presente, al tiranizar á una humilde aldeana, sentía

como cierta impresión de pena, podría decirse, casi de terror. Desde

una elevada ventana del castillo, miraba hacía algún tiempo á una

de las entradas del valle: ve aparecer de pronto el carruaje que se

adelanta lentamente, porque la precipitación de la primera carrera

había apagado la fogosidad y domado las fuerzas de los caballos; y

aunque en el sitio desde el cual estaba observando, el convoy no

pareciese más que uno de esos cochecitos que sirven de juguete á los

niños, sin embargo, al instante lo reconoció y sintió latir de nuevo su

corazón con más fuerza.

“¿Sí será?”, pensó súbitamente, “¡qué incomodidad me causa esa joven!”,

proseguía en su interior. “Es indispensable librarme de ella”.

Y quería llamar á uno de sus sicarios y enviarlo en seguida al

encuentro del carruaje para que diese la orden á Nibbio de volverse,

y conducir á Lucía al palacio de D. Rodrigo. Mas un no imperioso que

resonó en su mente hizo desvanecer semejante designio. Atormentado,

sin embargo, por la necesidad de mandar algo, siéndole intolerable

el permanecer esperando ociosamente aquel carruaje que tan despacio

avanzaba, á manera de traición ó de castigo, ¡qué sé yo! hizo llamar á

una anciana que estaba á su servicio.

Ésta había nacido en el mismo castillo, era hija de un antiguo

servidor, y había pasado allí toda su vida. Lo que había visto y oído

desde su nacimiento, había impreso en su imaginación una opinión

terrible del poder de sus dueños, y la principal máxima que había

retenido de las instrucciones y de los ejemplos, consistía en que era

preciso obedecerlos en todo y por todo, porque podían hacer mucho mal.

La idea del deber, depositada como un germen en el corazón de todos los

hombres, desenvolviéndose en el suyo, juntamente con los sentimientos

de respeto, de temor y de servil codicia, la había asociado y adherido

á ellos. Cuando el Incógnito, llegado á ser dueño, empezó á hacer aquel

uso espantoso de su fuerza, ella experimentó al principio cierta pena

y á la vez un sentimiento más profundo de sumisión. Con el tiempo se

había acostumbrado á lo que veía y oía todos los días: la voluntad

poderosa y sin freno de tan gran señor, era para ella como una especie

de justicia fatal. Ya mujer formada, se había casado con un criado de

la casa, el cual habiendo ido poco después á una peligrosa expedición,

había dejado el pellejo en el camino y á la viuda en el castillo. La

venganza que tomó su señor al momento de dicha muerte, la consoló

en extremo. Desde entonces no puso los pies fuera del castillo sino

muy raras veces; y poco á poco no le quedó de la vida humana ninguna

otra idea, á excepción de las que recibía en aquel lugar. No estaba

adherida á servicio alguno especial; pero en medio de aquella cuadrilla

de bandidos, ya el uno, ya el otro, le daban á cada instante algo que

hacer, lo cual constituía su tormento. Tan pronto tenía que repasar la

ropa y preparar la comida á los que volvían de una expedición, como

cuidar á los heridos. Tanto las órdenes y los reproches de éstos, como

las gracias que le daban, estaban llenas de mofa y de improperios:

no la llamaban más que la _vieja_, y los requiebros que unían á este

nombre, variaban según las circunstancias y el humor del que hablaba.

Ella, turbada en su pereza, y provocada en su amor propio, que eran

dos de sus predominantes pasiones, cambiaba algunas veces aquellos

cumplimientos con palabras, en las cuales Satanás hubiera conocido

mejor su espíritu que en las de los provocadores.

--¿Ves allá abajo aquel carruaje? le dijo el señor.

--Lo veo, respondió la vieja, adelantando su afilada barba y abriendo

sus hundidos ojos, como si tratase de lanzarlos fuera de sus órbitas.

--Manda preparar al punto una litera, entra en ella, y hazte llevar á

la _Malanotte_. Pronto, pronto; que llegues antes que el carruaje, que

se va acercando con el paso de la muerte. En dicho carruaje está...

debe estar... una joven... Si en efecto está, di á Nibbio, de orden

mía, que la meta en la litera, y que él se venga al momento... Tú

entrarás en la litera con esa... joven; y cuando lleguéis aquí, la

conducirás á tu cuarto. Si te pregunta adónde la llevas, y de quién es

el castillo... guárdate bien de decir...

--¡Oh!, replicó la vieja.

--Pero, continuó el Incógnito, anímala.

--¿Qué he de decirle?

--¿Qué has de decirle?, anímala, te repito. ¿Has llegado por ventura

á tu edad sin saber cómo se inspira el ánimo á una criatura cuando

es preciso? ¿Tu corazón no ha sido lacerado por ninguna clase de

aflicciones? ¿Has tenido miedo alguna vez? ¿Ignoras las palabras que

agradan en semejantes momentos? Dile de estas palabras; búscalas en el

recuerdo de tus desgracias: anda.

Luego que la vieja hubo partido, el Incógnito permaneció algún tiempo

en la ventana, con los ojos fijos sobre el carruaje, que ya aparecía

mucho mayor; en seguida los levantó al sol, que en aquel instante se

ocultaba detrás de la montaña; luego miró las nubes esparcidas por la

atmósfera, cuyo color oscuro se cambió de repente en color de fuego.

Retiróse de la ventana, la cerró y se puso á pasear de arriba abajo por

la estancia, con el paso de un caminante que lleva prisa.

NOTAS:

[1] Mala noche.

CAPÍTULO TERCERO

La vieja se había apresurado á obedecer y á mandar con la autoridad de

un nombre que por cualquiera que fuese pronunciado en aquel paraje,

hacía brincar á todos, porque á nadie le pasaba por la imaginación que

hubiese una sola persona que se sirviese de él falsamente. En efecto,

se halló en la _Malanotte_ un poco antes de llegar el carruaje; al

verlo venir, salió de la litera é hizo una señal al cochero para que

parase; se acercó á la portezuela, y refirió en voz baja á Nibbio, que

había sacado la cabeza fuera, las órdenes del amo.

Lucía, al detenerse el carruaje, se estremeció y salió de la especie de

letargo en que estaba sumida. Sintió que se le agolpaba toda la sangre

en la cabeza, abrió la boca y los ojos, y miró á todas partes. Nibbio

se había hecho un poco atrás, y la vieja, con la puntiaguda barba

sostenida en la portezuela, mirando á Lucía, decía: “Venid, niña mía:

venid, pobrecita; venid conmigo; pues tengo orden de trataros bien y de

tranquilizaros”.

Al sonido de una voz de mujer, la desventurada experimentó cierto

consuelo y valor momentáneo; pero en seguida volvió á caer en un más

profundo terror. “¿Quién sois?”, dijo con voz trémula, fijando sus

miradas atónitas en el semblante de la vieja.

--Venid, venid, pobrecita, seguía ésta repitiendo.

Nibbio y sus dos compañeros, adivinando por las palabras y por la

voz tan extraordinariamente sosegada de la vieja cuáles fuesen las

intenciones de su señor, trataban por medios suaves de persuadir á la

infortunada á que se manifestase obediente; mas ella continuaba mirando

á su alrededor; y aunque el lugar solitario y desconocido, y el aire de

seguridad de sus guardianes no le dejaban concebir esperanza alguna de

socorro, sin embargo, abrió la boca para gritar; pero viendo á Nibbio

que le enseñaba el pañuelo, se detuvo, y se puso á temblar; después

de lo cual la cogieron y la metieron en la litera, entrando la vieja

en pos de aquélla. Nibbio ordenó á los otros dos bribones que fuesen

escoltándola, acudiendo él al llamamiento de su señor.

--¿Quién sois?, preguntaba Lucía con ansiedad á la vista de aquel

semblante desconocido y deforme: ¿por qué me encuentro en vuestra

compañía?, ¿en dónde estoy?, ¿adónde me conducís?

--¡Á la morada del que quiere haceros bien, respondió la vieja!

¡Dichosos aquellos á los que él quiere hacer bien! ¡Para vos es una

felicidad, una verdadera felicidad. No tengáis miedo; alegraos, pues me

ha mandado que os tranquilice. ¿Se lo diréis, eh?, ¿le diréis que os he

tranquilizado?

--¿Quién es?, ¿qué quiere de mí? Yo no le pertenezco. Decidme en dónde

estoy, dejadme marchar; decid á esos hombres que me dejen ir, que me

lleven á alguna iglesia. ¡Oh, vos que sois una mujer!, ¡en nombre de la

Virgen María!...

Este santo y dulce nombre, repetido con veneración en los primeros

años, y luego nunca más invocado en muchísimo tiempo, ni acaso oído

proferir, causaba en la mente de la desventurada que lo escuchaba en

aquel momento una impresión confusa, extraña, lenta, como el recuerdo

de la luz en un anciano, ciego desde niño.

Mientras tanto el Incógnito, de pie en la puerta del castillo, miraba

al camino; veía venir la litera muy despacio, como antes el carruaje,

y á Nibbio subir precipitadamente, adelantándose á la litera, cuya

distancia se aumentaba más á cada paso que ésta daba. Cuando llegó

arriba, el señor le hizo seña de que le siguiese, dirigiéndose con él á

una de las habitaciones del castillo.

--¿Y bien?, dijo parándose.

--Todo ha salido á pedir de boca, respondió Nibbio, inclinándose

respetuosamente: el aviso á tiempo, la mujer también, el paraje

solitario, un solo grito, ningún aparecido, el cochero pronto, ágiles

los caballos, ningún encuentro: mas...

--¿Mas qué?

--Mas... digo la verdad; hubiera querido mejor que la orden hubiese

sido la de descargarle un arcabuzazo en las espaldas, sin oirla hablar,

sin verle el rostro.

--¡Hola, hola! ¿Qué es lo que quieres decir?

--Quiero decir, que todo aquel tiempo... me ha causado mucha compasión.

--¡Compasión! ¿Qué entiendes tú de compasión?, ¿sabes acaso lo que es?

--Jamás la he comprendido como ahora: la compasión es una cosa parecida

al miedo; si uno se deja apoderar de ella, es hombre perdido.

--Oigamos cómo se ha compuesto para moverte á compasión.

--¡Oh, ilustrísimo señor!, ¡tanto tiempo!... Orar, suplicar de cierto

modo, y volverse pálida, pálida como la muerte; y después sollozar y

rezar de nuevo, y ciertas palabras...

“No quiero á esa mujer en mi castillo”, decía para sí entretanto el

Incógnito; “he sido un bruto en empeñarme en semejante cosa; mas lo

he prometido... en fin, lo he prometido... Cuando estará lejos..”. Y

levantando la cabeza, en actitud de mando, hacia Nibbio: “ahora deja la

compasión á un lado”, dijo; “monta á caballo, toma un compañero, dos si

quieres, y vuela al palacio del consabido D. Rodrigo. Dile que mande...

pero que sea pronto, pronto; porque de otro modo...”

Mas otro _no_ interior más imperioso que el primero, le impidió el

concluir la frase. “No”, dijo con voz resuelta, como para manifestarse

á sí mismo el mandato de aquella voz secreta: “no, vete á descansar, y

mañana por la mañana... harás lo que te diga”.

“Es preciso que esa muchacha tenga algún demonio que la proteja”, pensó

en seguida. Habiendo quedado solo, de pie con los brazos cruzados sobre

el pecho, y la mirada inmóvil sobre cierta parte del pavimento, en

donde los rayos de la luna, entrando por una elevada ventana, dejaban

ver un cuadrado de pálida luz, cortado á trechos por la sombra de los

barrotes de hierro, y atravesado en divisiones de los vidrios; “algún

demonio ó... ángel que la defienda... ¡Causar compasión á Nibbio!...

Mañana, mañana muy temprano, es indispensable que esa mujer esté fuera

del castillo; que vaya á su destino, y que no se hable más de esto; y

después proseguía, con ese ademán con el cual se intima una orden á un

niño indócil: ¡jum!, ¡que no se hable más de esto! Que ese animal de

D. Rodrigo no me venga á romper la cabeza con sus gracias; porque... no

quiero oir hablar más de semejante cosa. Lo he servido, porque... se lo

prometí; y se lo prometí... porque... era mi destino. Mas yo haré que

me pague este servicio con usura. Vamos á ver...”.

Y él trataba de imaginar una empresa difícil que encargarle en

compensación y como en represalias; pero vinieron á atravesársele

de nuevo en la mente estas palabras: “¡Causar compasión á Nibbio!

¿Cómo ella puede haberlo conseguido?, se decía arrastrado por aquel

pensamiento. Quiero verla... ¡oh!, no... Sí, quiero verla”.

Y de una en otra estancia, llegó á una escalerilla; subióla á tientas,

se encaminó á la habitación de la vieja, y llamó á la puerta por medio

de un puntapié.

--¿Quién es?

--Abre.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 2 / 29 段