Hemos dicho que D. Rodrigo, obstinado más que nunca en lleva

NOTAS DEL TRANSCRIPTOR

"Los desposados" es la traducción al castellano de la obra de

Alejandro Manzoni, que en su versión original en italiano lleva el

título de "I promessi sposi".

En otras versiones en castellano el título que se le ha dado es "Los

novios". El transcriptor estima que "Los novios" está más acorde con el

título original y el tenor de la obra.

En la versión de texto las palabras en itálicas están indicadas con

_guiones bajos_.

El criterio utilizado para llevar a cabo esta transcripción ha sido el

de respetar las reglas de la Real Academia Española vigentes cuando

la presente edición de esta obra fue publicada. El lector interesado

puede consultar el Mapa de Diccionarios Académicos de la Real Academia

Española.

En referencia a lo mencionado en el párrafo precedente, cabe destacar

que palabras como vió, fué, dió, por ejemplo, en esa época llevaban

acento ortográfico. Eso ha sido respetado.

En la presente transcripción se decidió adecuar la ortografía de las

mayúsculas acentuadas a las reglas indicadas por la RAE, que establecen

que el acento ortográfico debe utilizarse, incluso si la vocal

acentuada está en mayúsculas.

La cubierta del libro fue modificada por el transciptor y se ha

agregado al dominio público.

Errores evidentes de impresión y de puntuación han sido corregidos.

El Índice de capítulos, ha sido elaborado por el transcriptor.

* * * * *

LOS DESPOSADOS

TOMO SEGUNDO

LOS

DESPOSADOS

HISTORIA MILANESA DEL SIGLO XVII

POR ALEJANDRO MANZONI

TRADUCIDA DEL ITALIANO

[Ilustración]

MÉXICO

IMP. DE. ANDRADE Y ESCALANTE

Calle de Cadena número 13

1858

ÍNDICE

Pág.

CAPÍTULO PRIMERO 5

CAPÍTULO SEGUNDO 30

CAPÍTULO TERCERO 55

CAPÍTULO CUARTO 81

CAPÍTULO QUINTO 102

CAPÍTULO SEXTO 134

CAPÍTULO SÉPTIMO 178

CAPÍTULO OCTAVO 202

CAPÍTULO NOVENO 238

CAPÍTULO DÉCIMO 255

CAPÍTULO DECIMOPRIMERO 292

CAPÍTULO DECIMOSEGUNDO 318

CAPÍTULO DECIMOTERCERO 339

CAPÍTULO DECIMOCUARTO 359

CAPÍTULO DECIMOQUINTO 386

CAPÍTULO DECIMOSEXTO 422

CAPÍTULO DECIMOSÉPTIMO 458

CAPÍTULO DECIMOCTAVO 481

CAPÍTULO DECIMONOVENO 514

CAPÍTULO VIGÉSIMO 537

CAPÍTULO PRIMERO

El que viendo en un campo mal cultivado una yerba silvestre, por

ejemplo, una bella planta de paciencia, quisiera saber con certeza si

ésta se encontraba en aquel sitio por medio de una semilla germinada

en el mismo campo, ó llevada por el viento, ó dejada caer por algún

pájaro; por más que pensase, no llegaría jamás á sacar nada en

conclusión: del mismo modo no sabremos decir si salió naturalmente

del caletre del conde la resolución de servirse del padre provincial

para cortar aquel nudo gordiano, ó si le fué sugerida por Attilio.

Ciertamente que éste no había soltado aquellas palabras al acaso: y

aunque debiera esperarse que á una insinuación tan directa, el amor

propio del conde se sublevara, quiso, sin embargo, á toda costa,

presentarle la idea de aquel expediente, y meterle en el camino por

donde era preciso que andara. Además, dicho expediente era tan adaptado

al genio del viejo conde, de tal modo indicado por las circunstancias,

que se hubiera podido apostar que lo habría imaginado por sí solo sin

necesitar sugestiones de nadie. Se trataba que en una guerra, sin

embargo, demasiado abierta, uno que llevaba su nombre, un sobrino

suyo, no quedase debajo; punto esencialísimo á la reputación del poder

que tanto llenaba su corazón. La satisfacción que el sobrino podía

tomar por sí solo, hubiera sido un remedio peor que la enfermedad, un

manantial de disgustos, siendo preciso impedirla de cualquier modo que

fuese, y sin pérdida de tiempo. Ordenarle que partiera en el mismo

instante de su palacio, ya no sería obedecido; y aunque lo fuese, era

ceder el campo, una retirada de la casa ante un convento. Órdenes,

fuerza legal, y todos los espantajos de este género, no valían contra

un adversario de aquella condición. El clero regular y secular se había

hecho enteramente inmune de toda jurisdicción legal, extendiéndose

dicha inmunidad no sólo á sus personas, sino también á los lugares que

habitaban, según deben saber aun los que no hayan leído más historia

que la nuestra, pues de lo contrario estaríamos frescos. Todo lo que

podía hacerse contra tal adversario, era buscar el medio de alejarlo,

lo cual sólo podía lograrse por el padre provincial.

Ahora bien: entre el conde y dicho padre provincial mediaba un

conocimiento muy antiguo: se veían de tarde en tarde, pero siempre con

grandes demostraciones de amistad, y con reiteradas ofertas de servirse

mutuamente. Á veces es mejor tratar con uno que tenga muchos individuos

á sus órdenes, que no con uno solo de éstos, el cual no ve más que

su negocio, no siente más que su pasión, ni se cuida más que de su

pundonor, mientras que el otro descubre en un momento cien relaciones,

cien consecuencias, cien intereses, cien cosas que evitar, otras ciento

que salvar; y así se le puede coger por cien partes.

Todo bien pesado, el conde invitó cierto día á comer al padre

provincial, y le hizo encontrarse en medio de una tanda de convidados,

elegidos con el tacto más exquisito. Veíanse allí algunos parientes de

la más encopetada grandeza, cuyo solo nombre era un gran título; y que

por su ademán, por cierta resolución, por cierto desdén caballeresco,

al hablar de grandes cosas con términos familiares, lograban, aunque

sin querer, imprimir y recordar á cada momento, la idea de la

superioridad y del poder. Hallábanse también allí algunos clientes

adheridos á la casa por una dependencia hereditaria, y al personaje

por una servidumbre de toda la vida; los cuales, empezando desde la

menestra á decir sí con la boca, con los ojos, con los oídos, con toda

la cabeza, con todo el cuerpo, y con toda el alma, á los postres os

habían puesto á un hombre en estado de no acordarse cómo se hacía para

decir _no_.

En la mesa, el conde hizo recaer bien pronto la conversación sobre su

tema favorito; esto es, el hablar de Madrid. Á Roma se va por muchos

caminos; él iba por todos á Madrid. Habló de la corte, del conde-duque,

de los ministros, de la familia del gobernador, de las corridas de

toros que él podía describir perfectamente, porque había tenido el

gusto de presenciarlas desde un sitio distinguido; del Escorial, del

que podía dar cuenta muy exacta, porque un criado del conde-duque le

había conducido por todos los rincones. Por espacio de algún tiempo,

toda la reunión estuvo como un auditorio, atenta á él solo; después se

dividió en coloquios particulares, y él entonces prosiguió refiriendo

otras muchas cosas curiosas, como en confianza, al padre provincial

que estaba á su lado, y que le dejó decir, decir, y más decir. Pero

de pronto, dió otro giro á la conversación, la separó de Madrid; y de

corte en corte, de dignidad en dignidad, la hizo caer sobre el cardenal

Barberini, que era capuchino y hermano del papa que ocupaba entonces la

silla apostólica, Urbano VIII nada menos. El conde se vió precisado á

dejar hablar un poco á los demás, á ponerse á escuchar, y recordar por

último, que en este mundo no era el solo personaje que lo hacía. Poco

después de levantados de la mesa, rogó al padre provincial que pasase

con él á otra estancia.

Dos potestades, dos ancianidades, dos experiencias consumadas, se

hallaban frente á frente. El magnífico señor hizo sentar al muy

reverendo padre, después de lo cual tomó él también asiento, y empezó

á hablar en estos términos: “Convencido de la amistad que existe

entre nosotros, he creído poder hablar á vuestra paternidad acerca

de un negocio de interés común, y que debe concluirse aquí para

entre nosotros, sin ir por otros caminos que podían... Y por tanto,

buenamente, con el corazón en la mano, os diré de lo que se trata; y en

dos palabras, estoy cierto, que nos pondremos de acuerdo. Decidme, ¿en

vuestro convento de Pescarenico hay un tal padre Cristóbal de ***?”.

El provincial hizo un signo afirmativo.

--Suplico á vuestra paternidad me diga francamente, en buena amistad...

ese sujeto... ese padre... yo no lo conozco personalmente; siendo así,

que de padres capuchinos conozco muchos, celosos, prudentes, humildes,

varones, en fin, que valen más oro de lo que pesan: he sido amigo

de la orden desde mi infancia... pero en todas las familias un poco

numerosas... hay siempre algún individuo, alguna cabeza... Y sé por

ciertas noticias, que ese padre Cristóbal es un hombre... afecto á

las querellas... que no tiene toda aquella prudencia, todos aquellos

miramientos... Apostaría á que ha debido más de una vez dar qué pensar

á vuestra paternidad.

--Entiendo; es un empeño, pensaba entretanto el provincial; yo tengo la

culpa: bien sabía yo que á ese buen padre Cristóbal era preciso hacerle

correr de púlpito en púlpito, y no dejarle descansar seis meses en un

mismo lugar, especialmente en los conventos de la campiña.

--¡Oh!, dijo luego; siento de veras que vuestra magnificencia tenga en

mal concepto al padre Cristóbal; siendo así que es un religioso que

observa una conducta ejemplar en el convento, y al mismo tiempo tenido

en mucha estima fuera de él.

--Entiendo perfectamente; vuestra paternidad debe... pero, sin embargo,

yo quiero, como amigo sincero, advertiros de una cosa que conviene

que sepáis; y si una vez informado de ella, puedo, sin faltar á mis

deberes, haceros ver ciertos resultados... posibles; no digo más.

Sabemos que dicho padre Cristóbal había tomado bajo su protección á un

hombre de aquel pueblo, á un hombre... vuestra paternidad debe haber

oído hablar de él; es el que se escapó con tanto escándalo de las

manos de la justicia, después de haber hecho en el terrible día de S.

Martín, las cosas... las cosas... En fin, llámase Lorenzo Tramaglino.

“¡Ah, ya!”, pensó el provincial, y dijo: “Esta particularidad es nueva

para mí; pero vuestra magnificencia sabe bien, que una parte de nuestro

ministerio es justamente ir en busca de escarriados para reducirlos...”.

--Muy bien; ¡pero proteger á los escarriados de cierta especie!...

son cosas espinosas, negocios demasiado delicados... Y aquí, en lugar

de inflar los carrillos y soplar, apretó los dientes y aspiró tanto

aire, cuanto tenía costumbre de arrojar soplando; después de lo cual

continuó: “He creído necesario daros este aviso, porque si alguna vez

su excelencia... Podría haberse escrito algo á Roma... no sé nada... y

de Roma venirle...”.

--Agradezco muchísimo dicho aviso á vuestra magnificencia; pero estoy

cierto que si se tomaran informes sobre este asunto, resultara que

el padre Cristóbal no habrá tenido relaciones con el hombre de que

se trata, más que con el objeto de hacerle entrar en razón: conozco

demasiado al padre Cristóbal.

--Vuestra paternidad sabe mejor que yo lo que él ha sido en el siglo,

las travesuras que ha hecho en su juventud...

--Tal es la gloria de nuestro hábito, señor conde, que un hombre que

en el siglo ha hecho que hablen mucho de él, con este traje llega á

transformarse enteramente; y desde que el padre Cristóbal lleva este

hábito...

--Quisiera creerlo: lo digo de todo corazón, mas á veces como dice el

proverbio... el hábito no hace al monje.

El refrán no venía aquí á propósito; pero el conde lo había sustituido

apresuradamente á otro que tenía en la punta de lengua: el lobo cambia

el pelo, pero no sus malas mañas.

--Tengo indicios, proseguía, averiguaciones...

--Si vuestra magnificencia sabe positivamente que el expresado

religioso ha cometido alguna falta (todos estamos sujetos á errar),

me dispensaréis un verdadero favor, informándome de ello. Soy un

superior, indigno sin duda; pero lo soy precisamente para corregir,

para remediar...

--Os diré: junto con esta circunstancia enojosa de la protección

abierta del padre para con el consabido, hay otra cosa muy

desagradable, y que podría... Pero, entre nosotros, lo arreglaremos

todo de una vez. El caso es, como iba diciendo, que el mismo padre

Cristóbal se ha puesto á luchar con mi sobrino D. Rodrigo.

--¡Oh!, esto me desagrada, me desagrada; me desagrada formalmente.

--Mi sobrino es joven, vivo, recuerda lo que es, y se resiente; además,

como no tiene costumbre de verse provocado...

--Será un deber mío el tomar buenos informes acerca de semejante hecho.

Según he dicho ya á vuestra magnificencia, y hablo con un señor que es

tan justo como experimentado en las cosas del mundo, todos somos de

carne, sujetos á errar... tanto de un lado como de otro; y si el padre

Cristóbal ha faltado...

--Pero, es preciso que vuestra paternidad advierta, que éstas son

cosas, que deben terminarse entre nosotros, sepultarse aquí; cosas que

mientras más se remueven... es peor. Vuestra paternidad sabe muy bien

lo que sucede: estos piques, estas querellas empiezan con frecuencia

por una bagatela y avanzan, avanzan... Si se quiere encontrar el fondo,

no llega á conseguirse, ó bien nacen otros cien mil obstáculos. Apagar,

cortar el negocio, reverendo padre; apagarlo, cortarlo; he aquí lo que

es preciso. Mi sobrino es joven; el religioso, por lo que he podido

comprender, tiene todavía todo el espíritu é inclinaciones de un joven

también; y á nosotros toca, que tenemos ya nuestros años... acaso

demasiados; ¿no es cierto, reverendísimo padre?

El que hubiese estado contemplando aquella escena, habría podido

compararla á lo que sucede en medio de una ópera seria, cuando se

levanta, por equivocación, un telón antes de tiempo, y se ve un

cantante que no pensando en aquel momento que exista público en el

mundo, conversa mano á mano con un compañero suyo. El semblante, el

ademán, la voz del conde, al decir las palabras _acaso demasiados_,

todo fué natural; allí no había política; era indudablemente cierto que

le causaba fastidio el tener tantos años. No lamentaba los pasatiempos,

y bríos, la gentileza de la juventud: ¡frivolidades, tonterías,

miserias! El motivo de su disgusto era grave é importante; era que

esperaba cierto puesto muy elevado, cuando estuviera vacante, y temía

no llegar á tiempo. Luego de haberlo obtenido, se podía estar cierto de

que no le hubieran dado mucho cuidado los años; no habría deseado otra

cosa, muriendo contento, como aquellos que, ansiando mucho una cosa,

aseguran querer hacer algo, cuando la han obtenido.

Mas dejemos hablar al conde,--Á nosotros toca, continuó, el tener

juicio por los jóvenes, y reparar sus calaveradas. Por fortuna, aún

estamos á tiempo; ello no ha metido mucho ruido, y todavía nos hallamos

en el caso de un _principiis obsta_. Conviene alejar el fuego de la

paja. Á veces una persona que en un paraje se conduce mal, ó que

pudo ser causa de algún desorden, se porta en otro maravillosamente.

Vuestra paternidad sabrá hallar muy bien el nicho conveniente para ese

religioso. Además, puede militar otra circunstancia; esto es, quizá

se haya hecho sospechoso á alguno del cual él desee alejarse: por lo

tanto, colocándolo en un paraje un poco apartado, no hace más que un

viaje, y prestamos dos servicios; todo se arregla por sí mismo, ó por

mejor decir, no hay ningún compromiso.

El padre provincial aguardaba esta conclusión desde el principio del

discurso del conde.

“¡Ah, ya!”, pensaba interiormente, veo adónde quiere ir á parar;

siempre sucede lo mismo: cuando un pobre fraile se disgusta con

vosotros, ó con uno de los vuestros, ú os causa la más pequeña sombra,

el superior debe hacerle tomar prontamente las de Villadiego, sin

tratar de inquirir si hay ó no razón para ello.

Cuando el conde hubo concluido, exhaló un suspiro, lo cual equivalía

á una firme resolución: “Comprendo perfectamente, contestó el padre

provincial, lo que el señor conde quiere decir; mas antes de dar un

paso...”.

--Es un paso y no lo es, reverendísimo padre; es una cosa natural,

ordinaria; que si no se pone un pronto y eficaz remedio, preveo una

multitud de desórdenes, una ilíada de desgracias. Un disparate... no

creeré que mi sobrino... yo estoy aquí para impedirlo... Mas al punto á

que ha llegado el negocio, si entre ambos no le damos un corte bueno,

sin pérdida de tiempo, no es posible detenerle, que permanezca en

secreto... y entonces no será tan solo mi sobrino... Nosotros seremos

los que irritemos el avispero, muy reverendo padre. Vos mismo lo veis;

pertenecemos á una gran casa, estamos enlazados con familias...

--Ilustres.

--Ya me entendéis: toda gente que tiene sangre en las venas, y que

en este mundo... valen alguna cosa. Se resiente el pundonor, llega á

hacerse un asunto común; y entonces... aun el que es amigo de la paz...

¡Sería un verdadero quebranto para mí, de tener... de encontrarme...

yo que siempre he profesado una tan grande inclinación á los padres

capuchinos! Vuestros padres para hacer bien, como lo hacen con tanta

edificación de las gentes, necesitan tranquilidad, no tener contiendas,

estar en buena armonía con los que... y además, tienen parientes en

el siglo... y estos asuntillos de pundonor, por poco que duren, se

extienden, se ramifican, y hacen entrar á... medio mundo. Yo tengo

este dichoso cargo, que me obliga á sostener un cierto decoro... su

excelencia... mis señores colegas... todo viene á hacerse como asunto

de corporación... sobre todo con aquella otra circunstancia... Vos ya

sabéis cómo van esta especie de cosas.

--Es cierto, dijo el provincial, que el padre Cristóbal es predicador,

y tenía ya algún pensamiento... Justamente se me ha pedido... Pero en

este momento, en tales circunstancias, podría parecer un castigo; y un

castigo antes de haber puesto bien en claro...

--No, castigo no; una precaución prudente, un remedio de conveniencia

común, para impedir las desgracias que podrían... Vamos, me he

explicado lo bastante.

--Entre el señor conde y yo, la cosa no pasa de ahí; lo comprendo: pero

siendo el hecho del modo que se ha referido á vuestra magnificencia,

es imposible, á mi parecer, que no se haya traslucido algo en el país.

Por todas partes existen gentes que atizan las discordias, que incitan

al mal, ó á lo menos malignos ociosos que tienen un exquisito gusto

en ver á los señores y á los religiosos en las prisiones; y olfatean,

interpretan á su gusto, charlan... Cada uno tiene que conservar su

decoro; y además yo, como superior (indigno sin duda), tengo un deber

expreso... El honor del hábito... no es cosa mía... es un depósito del

cual... Puesto que vuestro señor sobrino está tan alterado, como dice

vuestra magnificencia, podría tomar la cosa como una satisfacción que

se le da y... no digo vanagloriarse, triunfar, sino...

--¿Os chanceáis, reverendo padre? Mi sobrino es un caballero que está

considerado en el mundo... según su rango, y como es debido; pero

comparado conmigo es un niño, que no hará más ni menos de lo que yo le

prescriba. Os diré más; mi sobrino nada sabrá. ¿Qué necesidad tenemos

de darle cuentas? Éstas son cosas que hacemos aquí para entre nos,

como buenos amigos, y que de nosotros no han de pasar. Esto no os debe

causar inquietud alguna. Ya comprenderéis que debo estar acostumbrado

á callar. Después de pronunciadas las anteriores palabras, dió su

acostumbrado soplo y continuó: “Tocante á los charlatanes, ¿qué queréis

que digan? ¡Un religioso que va á predicar á otro país, es una cosa muy

natural! Y después, nosotros que vemos... que tenemos previsión... que

nos corresponde... no debemos hacer caso de semejantes habladurías”.

--Sin embargo, con el objeto de prevenirlas, sería bueno que en esta

ocasión, su señor sobrino hiciese una manifestación, diese alguna señal

visible de amistad, de deferencia, no por nosotros, sino por el hábito.

--Seguramente, seguramente; es muy justo... pero no hay necesidad:

sé que los capuchinos son siempre acogidos por mi sobrino como deben

serlo: lo hace por inclinación; es un instinto de familia; y después

sabe que así me complace. Por lo demás, en este caso... alguna cosa de

extraordinario... es muy justo. Dejadme hacer, reverendísimo padre,

mandaré á mi sobrino... es decir, será preciso insinuárselo con

prudencia, á fin de que no trasluzca nada de lo que ha pasado entre

nosotros, pues no quisiera que pusiéramos emplasto donde no hay herida.

Con respecto á lo que hemos convenido, cuanto más pronto se haga, será

mejor; y si se encontrase un nicho un poco lejos... para quitar toda

ocasión...

--Precisamente me piden un predicador para Rímini, y quizás aun, sin

otro motivo, hubiera dispuesto...

--Muy á propósito. ¿Y cuándo?...

--Ya que la cosa debe hacerse, se hará pronto.

--En seguida, en seguida, reverendísimo padre, mejor hoy que mañana. Y

levantándose prosiguió: Si algo puedo hacer, tanto yo como mi familia,

en favor de nuestros padres capuchinos...

--Sabemos por experiencia la bondad de la casa, dijo el padre

provincial, levantándose también y encaminándose hacia la puerta detrás

de su vencedor.

--Hemos apagado una chispa, dijo éste andando lentamente; una chispa,

muy reverendo padre, que podía haber producido un grande incendio.

Entre buenos amigos, en dos palabras se arreglan grandes cosas.

Habiendo llegado á la puerta, la abrió y quiso de todos modos que el

padre provincial pasase el primero; luego entraron en la otra estancia,

en donde se reunieron con los demás.

Aquel señor ponía un grande estadio, un gran arte y grandes palabras

en manejar un negocio; mas después obtenía también los efectos

correspondientes. Vamos al hecho: con la conversación que hemos

referido, logró hacer ir á Fr. Cristóbal á pie desde Pescarenico á

Rímini, que es una bella caminata.

Una tarde, un capuchino de Milán, llega á Pescarenico con un pliego

para el padre guardián. Dicho pliego contiene la orden para que

Fr. Cristóbal se trasladase á Rímini, con el objeto de predicar la

Cuaresma. La carta dirigida al guardián trae las instrucciones para

insinuar al consabido fraile que deponga toda idea de negocios que

pueda tener entablados en el país del cual debe partir, y que no

mantenga correspondencia de ninguna clase; el portador de la expresada

carta debe ser su compañero de viaje. El guardián nada dice aquella

tarde; pero á la mañana siguiente manda llamar á Fr. Cristóbal, le

enseña la orden, le dice que vaya á buscar las alforjas, el bastón, el

sudario y el cíngulo, y con aquel padre compañero que le presenta se

ponga inmediatamente en camino.

Dejo á la penetración de mis lectores pensar el terrible golpe que

sería éste para nuestro buen fraile. Renzo, Lucía, Inés, se presentaron

súbitamente á su memoria, y exclamó, por decirlo así, en su interior:

“¡Qué será de esos desventurados, no estando yo aquí, Dios mío!” Mas

después alzó los ojos al cielo, se acusó de que le hubiese faltado la

confianza y de haberse creído necesario para algo. Puso las manos en

cruz sobre el pecho, en señal de obediencia; inclinó su cabeza ante

el padre guardián, el cual lo llamó aparte y le dió aquel otro aviso

como con palabras de consejo y como con significación de precepto. Fr.

Cristóbal se encaminó á su celda, cogió la alforja, colocó en ella su

breviario, su colección de sermones de cuaresma y el pan del perdón;

apretó el cordón á su cintura, se despidió de todos sus hermanos; fué

por último á recibir la bendición del guardián, y tomó en seguida, con

su compañero, el camino que le había sido prescrito.

Hemos dicho que D. Rodrigo, obstinado más que nunca en llevar á cabo

su infame empresa, había resuelto buscar la asistencia de un hombre

terrible. De éste no podemos decir ni el nombre, ni el apellido, ni

un título, y ni siquiera una conjetura sobre nada de todo esto, cosa

tanto más extraña, cuanto que de dicho personaje encontramos memoria

en más de un libro (de libros impresos digo) de aquella época. La

identidad de los hechos no permite dudar que el personaje en cuestión,

no sea el mismo; pero vese por todas partes un gran cuidado en evitar

el trazar el nombre, como si éste hubiese de abrasar la pluma y la

mano del escritor. Francisco Rivola, en la vida del cardenal Federico

Borromeo, al hablar del expresado individuo, dice que es “un señor

tan poderoso por sus riquezas, como noble por su nacimiento”, sin

más. José Ripamonti, que en el libro 5.º, década 5.ª, de su _Storia

Patria_, hace de él más larga mención, lo nombra uno, éste, aquél,

este hombre, aquel personaje. Referiré, dice en su elegante latín, del

cual traducimos este fragmento del mejor modo posible, la aventura

de un hombre que, ocupando el primer lugar entre los grandes de la

ciudad, había establecido su morada en un despoblado, situado en los

confines del territorio; y en dicho paraje, asegurándose la impunidad

á fuerza de crímenes, nada le importaban las sentencias, los jueces,

la magistratura entera, ni la soberanía. Llevaba una vida en todo y

por todo independiente; daba asilo á los frígidos, habiéndolo él sido

también, después absuelto de la sentencia que había pesado sobre él,

como si nada hubiese... Tomaremos de este escritor algún otro pasaje

que venga á propósito para confirmar y esclarecer la relación del autor

de nuestro anónimo, con el cual seguimos adelante.

Hacer lo que estaba prohibido por las leyes, ó impedido por una

fuerza cualquiera; ser el árbitro, el único dueño en los negocios de

los demás, sin otro interés más que el gusto de mandar; ser temido

de todos, aun de los que se hacían temer de otros; tales habían

sido en todo tiempo las pasiones del expresado individuo. Desde su

adolescencia, al espectáculo y al rumor de tan poderosas hazañas,

de tantas exacciones, á la vista de tantos tiranos, experimentaba

un sentimiento mezclado de cólera y de envidia impaciente. Joven,

y viviendo en la ciudad, no desperdiciaba ocasión alguna; así, iba

en busca de armar contiendas con los más famosos espadachines de

profesión, se les atravesaba en su camino, les hacía reconocer su

superioridad por medio de pruebas convincentes, ó les obligaba á

que buscasen su amistad. Superior á la mayor parte en riquezas y en

servidores adictos, y quizá á todos en nacimiento y en audacia, redujo

á muchos á renunciar á toda rivalidad, escarmentó á otros, y se captó

la amistad de los restantes; pero no la amistad que existe entre

personas iguales en categoría, sino una amistad como á él le agradaba;

es decir, amigos subordinados que se reconociesen sus inferiores, y

que le diesen siempre la preferencia. Sin embargo, en el hecho, era

con frecuencia el paladín, el instrumento de todos ellos, los cuales

no dejaban nunca de reclamar en sus apuros el socorro de tan poderoso

auxiliar: para él, retroceder un momento, hubiera sido decaer de su

reputación, faltar á su deber. De manera, que por cuenta suya y por

la de otros, hizo tantas, que ni su nombre, ni sus parientes, ni sus

amigos, ni su audacia, pudieron sostenerle contra los bandos públicos

y contra tantas animosidades poderosas, viéndose obligado á salir del

territorio. Creo que se refiere á esta circunstancia un hecho notable

relatado por Ripamonti: “Una vez que éste tuvo que abandonar el país,

el secreto, la timidez, el respeto que usó fueron los siguientes:

atravesó la ciudad á caballo, con una numerosa jauría; á son de

trompetas, y pasando por delante del palacio de la corte, dejó á la

guardia una embajada de insultos para el gobernador”.

Durante su ausencia, no renunció á sus manejos, ni interrumpió las

relaciones con sus amigos, que permanecieron unidos con él, para

traducir literalmente á Ripamonti, en una liga oculta de consejos

terribles y de cosas funestas. Parece también que entonces contrajo con

personas muy elevadas, ciertas nuevas y terribles relaciones, de las

cuales el historiador mencionado habla con una brevedad misteriosa.

Príncipes extranjeros, dice, se valieron más de una vez de él para

algunos crímenes importantes, y al mismo tiempo le hubieron de enviar

desde muy lejos refuerzos de gentes que sirviesen bajo sus órdenes.

Finalmente (no se sabe después de cuánto tiempo), ora que se hubiese

anulado el citado bando por alguna poderosa intercesión, ora que la

audacia de aquel hombre le sirviese como de inmunidad, lo cierto es

que resolvió volverse á su país, y en efecto volvió; no sin embargo á

Milán, sino á un castillo confinando con el territorio de Bérgamo, que

entonces pertenecía á los estados venecianos. Aquella casa, dice aún

Ripamonti, era una especie de oficina de mandatos sanguinarios: veíanse

servidores cuyas cabezas estaban puestas á precio, que tenían el oficio

de cortar también cabezas; ni el cocinero, ni aun el mismo marmitón,

estaban dispensados del asesinato; hasta las manos de los niños se

veían ensangrentadas. Además de esta bella familia doméstica, había,

según afirma el mismo historiador, otra de individuos de igual calaña,

dispersos y apostados en varios lugares de los dos estados, en cuyos

confines vivía aquél, dispuestos siempre á sus órdenes.

Todos los tiranos, en un vasto radio, habían sido obligados, quienes en

una ocasión, quienes en otra, á elegir entre la amistad y la enemistad

de aquel tirano extraordinario. Pero á los primeros que habían querido

tratar de resistirle les fué tan mal, que nadie más desde entonces

quiso hacer semejante prueba. No obstante de permanecer uno agazapado

en su concha, como suele decirse, sin meterse con él, no podía

conservar su independencia: le enviaba un mensajero con la orden de que

abandonase tal empresa; que se abstuviese de molestar á tal deudor,

ú otras cosas semejantes: se necesitaba responder sí ó no. Cuando

una parte, rindiéndole vasallaje, había ido á poner bajo su decisión

un negocio cualquiera, la otra se hallaba en la dura alternativa

de conformarse con su sentencia, ó declararse su enemigo; lo cual

equivalía á ser, como se decía en otro tiempo, tísico en tercer grado.

Muchos, teniendo culpa, acudían á él para tener razón; otros muchos,

teniendo razón, recurrían también para ganarse así su alto patrocinio

y cerrar las avenidas á sus adversarios: los unos y los otros venían á

ser más especialmente sus dependientes. Sucedió alguna vez que un débil

oprimido, vejado por un poderoso, se dirigió á él; y éste, tomando el

partido del débil, forzó á dicho poderoso á cesar en sus vejaciones, á

reparar el daño causado, á pedir perdón: si éste se mantenía firme, se

encarnizaba tanto con él, que le obligaba á alejarse de los lugares que

había tiranizado, ó le hacía pagar una más pronta y más terrible pena.

En estos casos, aquel nombre tan temido y odiado, era bendecido por un

momento; porque en aquellos desgraciados tiempos no se hubiera podido

esperar de ninguna otra fuerza pública ni privada, no diré semejante

justicia, sino ningún remedio, la más pequeña compensación. Él había

sido, y era casi siempre, el ministro, el instrumento de voluntades

inicuas, de venganzas atroces, de infames caprichos; pero los diversos

usos que hacía de su fuerza producían siempre el mismo efecto, esto

es, imprimir en los ánimos una grande idea de todo lo que podía querer

y ejecutar en desprecio de lo justo é injusto, dos cosas que acarrean

tantos obstáculos á la voluntad de los hombres y los hacen con

frecuencia retroceder.

La fama de los tiranos comunes permanecía encerrada en aquel pequeño

espacio de país, en donde eran los más ricos y los más fuertes.

Cada distrito tenía los suyos; y se asemejaban tanto, que no había

razón para que la gente se ocupara de aquéllos, cuya tiranía no

experimentaba. Pero el renombre del personaje de que estamos hablando

se había esparcido hacía ya mucho tiempo por el milanesado entero:

por todas partes, su vida era el objeto de narraciones populares, y

su nombre significaba algo de irresistible, de extraño, de fabuloso.

La sospecha que todos tenían de sus colegas y sicarios, contribuía,

igualmente, á mantener siempre viva su memoria. Esto no eran más que

sospechas; porque, ¿quién hubiera confesado abiertamente semejante

dependencia? Pero cada tirano podía ser su aliado, cada tunante uno de

los suyos, y la incertidumbre misma hacía más vasta la opinión y más

profundo el terror de la cosa. Cada vez que en alguna parte se veían

aparecer figuras de bravos desconocidas y más malas que de costumbre;

á cada hecho enorme del cual no se supiese desde un principio indicar

ó adivinar el autor, se profería, se murmuraba el nombre de aquel que

nosotros, gracias á la bendita (por no decir otra cosa) circunspección

de nuestros escritores, nos veremos precisados á llamarle el

_incógnito_.

Del castillo de éste al de D. Rodrigo, no había más que siete millas;

y este último, apenas llegado á ser tirano y dueño, había debido ver

que á tan poca distancia de semejante personaje no era posible ejercer

aquel oficio sin venir á las manos, ó vivir en buena armonía con él.

Éste era el motivo por el cual se le había ofrecido, llegando á ser su

amigo, como todos los demás, se entiende; le había prestado más de un

servicio (el manuscrito no dice otra cosa), habiéndole correspondido

con promesas de auxilio y reciprocidad en cualquiera ocasión. Ponía,

sin embargo, mucho cuidado, en ocultar semejante amistad, ó á lo menos

no dejar traslucir los grados de que constaba, y de qué naturaleza

era. D. Rodrigo quería, sí, hacerse el tirano, mas no el tirano

desenfrenado: la profesión era para él un medio, no un fin; quería

permanecer libremente en la ciudad, gozar de las ventajas, de los

placeres, de los honores de la vida civil; y para esto tenía que usar

ciertos miramientos, guardar atenciones á los parientes, cultivar la

amistad de personas de categoría, tener una mano sobre la balanza de

la justicia, para en caso necesario hacerla inclinar hacia su lado,

ó detenerla, ú obligarla á caer en ciertas ocasiones sobre la cabeza

de alguno, por cuyo medio podía alcanzarlo con más facilidad que con

las armas de la violencia privada. En las circunstancias presentes,

la intimidad, ó mejor diremos, una liga con un hombre de aquella

especie, con un enemigo declarado de la fuerza pública, seguramente

no le hubiera servido de nada, principalmente cerca del conde su tío.

Pero aquel poco de amistad que no era posible ocultar, podía pasar por

un deber indispensable hacia un hombre cuya enemistad era demasiado

peligrosa, y de este modo se escudaba en la necesidad; porque el que

tiene que proveer á la seguridad general, y carece de voluntad, ó no

encuentra el medio, acaba por consentir que los demás atiendan por sí,

hasta cierto punto, á sus negocios; y si expresamente no consiente,

cierra á lo menos los ojos.

Una mañana D. Rodrigo salió á caballo, en traje de caza, con una

pequeña escolta de bravos á pie; el _Griso_ iba al estribo, y otros

cuatro detrás; aquél tomó la dirección del castillo del _Incógnito_.

CAPÍTULO SEGUNDO

El castillo del _Incógnito_ estaba situado en la parte más elevada

de un valle angosto y sombrío, sobre la cima de un pico que nace

de una áspera cordillera de montes, no pudiendo al primer golpe de

vista afirmarse con seguridad si estaba unido ó separado á ella por

la inmensa mole de rocas, cavernas y precipicios que lo circuyen por

todos lados. El que mira al valle, es el sólo practicable; forma una

pendiente bastante rápida, pero igual y continua; vénse en la cumbre

varios prados; en la falda campos cultivados, sembrados en algunos

parajes de habitaciones. En el fondo aparece un lecho de guijarros,

por donde se desliza, según la estación, un cristalino arroyuelo, ó se

precipita un anchuroso torrente que entonces servía de límite á ambos

territorios. Las cordilleras opuestas, que forman, por decirlo así, la

otra muralla del valle, tienen también su pequeña falda cultivada; el

resto no se compone más que de peñascos, rápidas pendientes desliadas

de toda vegetación, excepto algunas zarzas que crecen por entre las

grietas.

De lo alto de dicho castillo, como el águila desde su ensangrentado

nido, el selvático señor dominaba en torno de sí todo el espacio en

donde un pie mortal pudiera posarse, y no percibía el más leve ruido

humano por encima de su cabeza. Echando una ojeada alrededor, abrazaba

todo aquel recinto, á saber: las pendientes, las cimas y los caminos

practicados en medio de éstas. Á los ojos del que lo contemplaba desde

lo alto, el sendero tortuoso que iba á dar acceso á tan terrible

mansión, se desplegaba á manera de una serpenteante cinta; desde las

ventanas y almenas el señor podía contar con la mayor comodidad los

pasos del que llegaba, y descargar cien veces las armas contra él. Con

aquella guarnición de bravos que tenía en el castillo hubiera podido

desafiar á todo un ejército, dejándolo tendido sobre el sendero mismo,

ó haciendo rodar á muchos hasta el fondo del valle, sin que ni uno solo

siquiera pudiese llegar á la cumbre. Por lo demás, nadie que no fuera

mirado con buenos ojos por el dueño del castillo, se atrevía á poner el

pie, no digo arriba, sino ni aun en el mismo valle, ni tan siquiera de

paso. El esbirro, pues, que hubiera tenido la desgracia de dejarse ver,

habría sido tratado como un espía que es cogido en un campamento. Se

referían trágicas historias de los últimos que habían querido intentar

semejante empresa, pero eran ya historias antiguas; y ninguno de los

jóvenes vasallos se acordaba de haber visto en el valle un hombre de

aquella especie, ni vivo, ni muerto.

Tal es la descripción que el anónimo hace del paraje; del nombre,

nada; al contrario, por no ponerse en el compromiso de descubrirlo, no

dice nada del viaje de D. Rodrigo, y lo coloca de repente en medio del

valle, al pie del pico, á la entrada del escarpado y tortuoso sendero.

En este sitio existía una taberna, que se hubiera podido llamar también

cuerpo de guardia. Una vieja muestra, en la cual estaba pintado por

ambos lados un sol radiante, veíase suspendida sobre la puerta; pero

la voz pública que repite algunas veces los nombres que le enseñan,

después de lo cual los rehace á su modo, no designaba la expresada

taberna más que con el nombre de _Malanotte_[1].

Al ruido de una cabalgata que se aproximaba, apareció en el umbral un

muchacho armado hasta los dientes. Después de haber echado una rápida

mirada, entró á dar el aviso á tres bandidos que estaban jugando con

unas cartas asquerosas y dobladas en forma de tejas. El que parecía ser

el jefe se levantó, se plantó en el umbral, y habiendo reconocido á

un amigo de su amo, lo saludó respetuosamente. D. Rodrigo le devolvió

el saludo con mucho garbo, y le preguntó si el señor se hallaba en el

castillo: habiéndole contestado aquél que así lo creía, D. Rodrigo se

apeó y arrojó la brida á Tiradritto, uno de los bravos de su comitiva.

Se quitó la escopeta que llevaba á la espalda, y se la entregó á

Montanarolo, como para desembarazarse de un peso inútil y subir más

ligero; mas en realidad, porque sabía muy bien que en aquellos sitios

no era permitido andar con ella. En seguida sacó de su bolsillo algunas

monedas, y se las dió á Tanabuso, diciéndole: “Vosotros, quedaos aquí

esperándome; entretanto, podréis entreteneros con estas buenas gentes”.

Sacó, por último, algunos escudos de oro, y los puso en la mano del

jefe, asignando la mitad para éste y la otra para sus compañeros.

Finalmente, acompañado del _Griso_ que había dejado también su arcabuz,

empezó á subir el sendero. En el ínterin, los tres mencionados bravos

y Sguinternotto, que era el cuarto (¡vaya unos nombres bonitos para

conservarlos con tanto cuidado!), se reunieron á los tres del Incógnito

y á aquel muchacho educado para la horca, poniéndose á jugar, á beber,

y contarse mutuamente sus proezas.

Otro guapetón de los del Incógnito, que subía, se unió poco después á

D. Rodrigo; lo miró, lo reconoció, y siguió andando en su compañía,

evitándole así el fastidio de decir su nombre y de dar cuenta de su

persona á todos los que hubiera encontrado que no le conociesen. Cuando

hubo llegado y fué introducido en el castillo (dejando, sin embargo, al

_Griso_ en la puerta), se le hizo atravesar una larga crujía de oscuros

corredores, y una infinidad de salas tapizadas de mosquetes, sables

y partesanas; en cada una de dichas estancias se veía un bravo que

estaba de centinela: después de haber aguardado un poco de tiempo, fué

introducido á la en que se hallaba el Incógnito.

Éste le salió al encuentro, devolviéndole el saludo y mirándole al

mismo tiempo al semblante y á las manos, según tenía de costumbre, y

casi siempre involuntariamente, á cualquiera que iba á verle, aunque

fuera uno de sus más antiguos y experimentados amigos. Era de elevada

estatura, morena tez, y calvo: á primera vista los escasos cabellos

blancos que le quedaban y las arrugas de su rostro, habrían hecho creer

que contaba más edad que la que en realidad tenía, pues acababa de

cumplir sesenta años; mas su continente y movimientos, la pronunciada

dureza de sus facciones, y el resplandor siniestro que brillaba en

sus ojos, indicaban una fortaleza de cuerpo y alma que hubiera sido

extraordinaria en un joven.

D. Rodrigo dijo que venía á pedirle consejos y ayuda; que hallándose

metido en una empresa difícil, de la cual su honor no le permitía

retirarse, se había acordado de las promesas de aquel que nunca las

hacía de más, ni en vano, y le expuso su abominable intriga. El

Incógnito que tenía ya, aunque confusamente, algunas noticias, estuvo

escuchando atentamente y con la mayor curiosidad, aquella narración,

principalmente porque iba mezclado un nombre que le era muy conocido

y sumamente odioso, el del padre Cristóbal, enemigo declarado de

los tiranos, y que les hacía la guerra siempre que podía, tanto con

palabras, como con acciones. D. Rodrigo, conociendo con quién hablaba,

se puso en seguida á exagerar las dificultades de dicha empresa,

la distancia del lugar, un monasterio, la _señora_... Á esto, el

Incógnito, como si hubiese sido inspirado por un espíritu maligno,

oculto en su interior, le interrumpió de súbito, diciendo que tomaba el

negocio á su cargo. Apuntó el nombre de nuestra pobre Lucía, y despidió

á D. Rodrigo dirigiéndole las siguientes palabras: “Dentro de poco

recibiréis un aviso mío tocante á lo que tendréis que hacer”.

Si el lector se acuerda de aquel malvado llamado Egidio, que habitaba

junto al monasterio en donde la desventurada Lucía se había refugiado,

sepa ahora que éste era uno de los más íntimos compañeros de maldades

que tuvo el Incógnito, siendo la causa por la cual este último había

empeñado su palabra con tanta prontitud y resolución; mas apenas quedó

solo, se encontró, no diré arrepentido, sino despechado de haberla

dado. Hacía ya algún tiempo que comenzaba á experimentar, cuando no

remordimientos, á lo menos cierta vaga inquietud, con respecto á sus

maldades.

Cada vez que cometía una nueva, el recuerdo de las que se amontonaban

á su memoria, si no en su conciencia, se volvía á despertar, y se las

presentaba con más negros colores y en mayor número: se asemejaba á

una carga ya incómoda de suyo, y cuyo peso crece á cada instante.

Una cierta repugnancia experimentada al cometer sus primeros

crímenes, repugnancia vencida después y que se había desvanecido casi

enteramente, tornaba entonces á hacerse sentir. Pero en aquellos

primeros tiempos, la imagen de un porvenir vasto, indeterminado, el

sentimiento íntimo de una poderosa y larga vitalidad, llenaban su

corazón de una confianza irreflexiva; ahora, por el contrario, los

pensamientos del citado porvenir le hacían el pasado más doloroso.

¡Envejecer!, ¡morir!, ¿y después? ¡Cosa admirable! la imagen de la

muerte, que en un peligro cercano, al frente de un enemigo, solía

redoblar el ardor de ese hombre, é inspirarle una furiosa cólera;

dicha imagen, repito, apareciéndosele en medio del silencio de la

noche, dentro del castillo, asilo seguro é impenetrable, lo sumía en

una repentina consternación. Esta muerte no era aquella con la que le

hubiera amenazado un implacable adversario, mortal lo mismo que él; no

se la podía rechazar con armas mejores, con brazo más pronto; venía

sola, nacía de él; quizá estaba lejos todavía, pero á cada momento

daba un paso más, y mientras que su espíritu luchaba dolorosamente

para alejarla del pensamiento, cada vez se acercaba también más. Al

principio, los ejemplos tan frecuentes, el espectáculo, por decirlo

así, perpetuo de la violencia, de la venganza, del asesinato,

inspirándole una emulación feroz, le habían servido también como una

especie de autoridad contra su conciencia: al presente renacía á cada

instante, en su espíritu, la idea confusa, pero terrible, de un juicio

personal, de una razón independiente del ejemplo; la idea de haber

salido de la turba vulgar de los malvados, el haberlos igualmente

dejado á todos muy atrás: esta idea que tanto le lisonjeaba en otro

tiempo, le causaba ahora el sentimiento de una soledad tremenda.

Ese Dios del cual había oído hablar, pero que mucho tiempo hacía no

trataba de negar ni reconocer, ocupado solamente en vivir como si

no existiera, al presente, en ciertos momentos de abatimiento sin

motivo, de terror sin peligro, le parecía oir una voz en su interior

que decía: “¡Sin embargo, yo existo!”. En la primera efervescencia de

sus pasiones, la ley que había oído proclamar en nombre de aquel Dios,

no le parecía más que una cosa odiosa; ora, cuando venía á asaltar su

mente de improviso, ésta, á su pesar, la concebía como una cosa que

tiene su cumplimiento. Pero en lugar de franquearse con alguno sobre

esta su nueva inquietud, la ocultaba profundamente, y la disfrazaba

bajo la apariencia de la más intensa ferocidad, buscando por este medio

el encubrírsela á sí mismo ó sofocarla. Envidiando (ya que no podía

aniquilarlos ni olvidarlos) aquellos tiempos en que solía cometer

maldades sin ninguna especie de remordimientos, sin más solicitud que

la de su buen éxito, se esforzaba todo lo posible para hacerlos volver

ó para retener y recobrar aquella antigua voluntad, pronta, soberbia,

imperturbable, con el objeto de convencerse que aún era el mismo hombre

de otras veces.

Ésta fué la causa de haber tan pronto empeñado su palabra á D. Rodrigo,

para cerrar la entrada á toda perplejidad. Mas apenas éste hubo

partido, cuando sintió de nuevo que se debilitaba la resolución que

había formado y el compromiso que él mismo había creado, percibiendo al

mismo tiempo presentarse poco á poco á su imaginación los pensamientos

que le inducían á faltar á su palabra, y que le habían expuesto casi

á flaquear en presencia de un amigo, de un cómplice subalterno: para

cortar de un golpe tan penoso contraste, llamó á Nibbio, uno de los

más diestros y atrevidos ejecutores de sus crímenes, y del cual tenía

costumbre de servirse para la correspondencia con Egidio. Habiéndosele

aquél presentado, el Incógnito, con ademán resuelto, le ordenó que

montara en seguida á caballo, que se encaminase directamente á Monza, é

informase á Egidio del compromiso contraído, requiriendo su ayuda para

cumplirlo.

El digno mensajero volvió más pronto de lo que su amo esperaba, con

la siguiente respuesta de Egidio: que la empresa era fácil y segura;

que le mandase en seguida un carruaje con dos ó tres bravos, bien

disfrazados, encargándose él de todo lo demás. Á este aviso, el

Incógnito ordenó inmediatamente al mismo Nibbio que lo dispusiera todo

según había dicho Egidio, y que partiese con otros dos que designó á

dicha expedición.

Si para dar cumplimiento al horrible servicio que se le había pedido,

hubiese tenido Egidio que contar con sus solos medios ordinarios,

ciertamente no hubiera dado una contestación tan decisiva. Pero en

aquel mismo asilo en donde parecía que todo debían ser obstáculos,

el malvado tenía un medio conocido de él tan solo, sirviéndole de

instrumento lo que para otros hubiera sido una dificultad. Ya hemos

referido que la desventurada _señora_ prestó una vez oídos á sus

palabras; y el lector puede haber comprendido que no sería la última,

y sí sólo el primer paso hacia el camino de abominación y de sangre.

Aquella misma voz que había adquirido fuerza, y casi podría decirse

autoridad por el crimen, le impuso al presente el sacrificio de la

inocente que estaba bajo su amparo.

Los desposados: Historia milanesa del siglo XVII - Tomo 2 · 第 1 / 29 段