Hubiera sido mejor para el hombre no haber nacido nunca o no venir

al mundo sino para volver cuanto antes a la nada de que ha salido. En

efecto, desde que la juventud llega, trayendo consigo tantas frívolas

ligerezas, ¿cuál es el hombre que puede escapar a los males que las

siguen? ¡Cuántas penas se unen en ellas! Las muertes, las sediciones,

las disputas, los combates y la envidia; la vejez viene a suplantarla,

la vejez aborrecida, sin fuerza, sin sociedad, sin amigos, en la que

los males se amontonan sobre los males.

Llegado a ese término, Edipo es desgraciado; no somos los únicos

que nos quejamos. Lo mismo que una roca, en la costa del Norte, es

durante la tempestad asediada por las olas que vienen a desplomarse

sobre ella por doquier, los males horribles, encadenados uno a otro,

vienen rodando sin tregua a herir al desgraciado Edipo; unas vienen

de Poniente, otras de Levante; éstos de las regiones del Mediodía,

aquellos de las nórdicas en que habita la noche.

ESCENA IV

EDIPO, ANTÍGONA, ISMENA, POLINICIO, EL CORO

ANTÍGONA

He ahí, padre mío, he ahí, se me figura, al extranjero, que avanza solo

y sin séquito, los ojos anegados en lágrimas.

EDIPO

¿Quién es?

ANTÍGONA

El que habíamos ya sospechado.

POLINICIO

¿Qué debo hacer, hermanas mías? ¿Debo verter lágrimas sobre mis propias

desgracias o sobre las de un padre que encuentro aquí con vosotras,

cargado de años, errante por una tierra extraña, cubierto con esa

indigna vestimenta, que, envejeciendo con él sobre su cuerpo marchito,

no es sino un objeto de disgusto y de horror, mientras sus cabellos en

desorden son juguete del viento, sobre su rostro privado de la luz? Y

sin duda los alimentos con que mantiene su cuerpo infortunado están en

armonía con cuanto veo. ¡Desgraciado de mí! He sabido demasiado tarde

tan deplorable suerte. Soy, lo confieso, el más malo de los hombres,

pero vengo a ofreceros los socorros que os faltan y que no debéis

buscar en otra parte. Pensad que el respeto para los suplicantes está

sentado sobre el mismo trono de Zeus; que lo esté también junto a vos,

padre mío. Se pueden remediar las faltas, pero no se pueden anular...

¡Os calláis, padre mío! Dignaos hablarme. ¿Por qué me esquiváis? ¿Por

qué no me respondéis? ¿Me dejaréis ir así, bajo el peso de vuestro

desprecio, sin dirigirme ni una palabra, sin explicarme vuestros

resentimientos? Hijas de Edipo, hermanas mías, intentad conmigo

arrancar algunas palabras a esa boca muda y cruel, haced que no

persevere en su silencio y que no me deje ir sin honor, a mí, que soy

el suplicante de un dios.

ANTÍGONA (_A Polinicio._)

Decid, infortunado, decid qué motivo os trae; pues con frecuencia un

discurso extenso puede, excitando el interés, el resentimiento, la

piedad misma, obligar a hablar a quienes se obstinan en callar.

POLINICIO

Me explicaré, pues vuestros consejos merecen ser seguidos. Llamaré

por de pronto en mi ayuda al dios que yo imploraba cuando el rey de

esta comarca me ha hecho dejar su altar para venir aquí, dándome la

seguridad de que podría hablar, escuchar y partir libremente. Ved

lo que oso esperar de vosotros, extranjeros, y de vosotros, padre y

hermanas mías. Lo que me trae aquí, padre mío, osaré decíroslo. Estoy

desterrado de mi patria por haber querido, como primogénito, subir

al trono de Tebas. En vez de reconocer tal derecho, Eteocles me ha

echado de mi tierra natal, no triunfando de mí con sus razones, su

valor o su fuerza, sino atrayendo a su partido a la ciudad entera. La

furia que os venga fué, lo confieso, la principal causa, según luego

he sabido por la boca misma de los adivinos; pues apenas llegué a los

muros de Argos, de la tierra de los dorios, casando con la hija de

Adrasto, he tenido por confederados a todos los varones principales

de la comarca, cuyo valor los distinguía entre todos; y formando con

ellos, contra Tebas, un ejército dividido en siete cuerpos, no tenía yo

otro propósito que morir por tan justa causa o expulsar de mi patria

a los autores de mi infortunio, y no obstante ¿por qué he venido?

Para dirigiros, padre mío, las más humildes súplicas, en mi nombre y

en el de mis aliados, que, a la cabeza de siete divisiones, de siete

cuerpos, se han lanzado contra las murallas de Tebas. El primero es

el valiente Anfiarao, que sobrepuja a todos sus rivales en el arte de

combatir con la lanza y de interpretar el vuelo de las aves; el segundo

es el etolio Tider, hijo de Eneo; el tercero es Eteocles, nacido en

la ciudad de Argos; el cuarto es Hipomedón, a quien su padre Talao

envió a dicha expedición; el quinto se envanece de destruir en seguida

de arriba a abajo la ciudad de Tebas; su nombre es Capaneo; el sexto

ha venido de Arcadia, se llama Partenopeo, y ha tomado ese nombre de

su madre Atalante, rebelde durante mucho tiempo al yugo del himeneo;

en fin, yo, que soy vuestro hijo, o que al menos debo el ser a un

destino funesto, yo a quien llaman vuestro hijo, yo soy quien conduce

el intrépido ejército de los argivos. Nos reunimos todos, padre mío,

para pediros de rodillas, en nombre de vuestra propia vida, en nombre

de vuestras dos hijas, que hagáis ceder vuestra inflexible cólera a

los deseos que rebosan en mi corazón de castigar a un hermano que

me ha expulsado, que me ha despojado de mi patria. Si en efecto se

debe dar fe a los oráculos, aquel de ambos partidos que vos abracéis

debe, según ellos, ser el vencedor. Me atrevo, pues, a suplicaros,

por las fuentes sagradas, por los dioses de la patria, que calméis

vuestros resentimientos y os rindáis a nuestros deseos. Soy, como

vos, extranjero y despojado de todo. Vos y yo, sometidos al mismo

destino, no tenemos otro asilo que el obtenido por nuestras súplicas;

mientras mi hermano (¡infeliz de mí!) reina en su palacio y, entregado

allí a la molicie, nos insulta a uno y otro con risas burlonas. Si os

dignáis hacer vuestros mis sentimientos, no tardaría yo en confundirlo,

sin grandes preparativos ni trabajos. Os llevaré de nuevo a vuestro

palacio, os restableceré en él, lo mismo que a mí, luego de haberlo

expulsado. Ved lo que me atrevo a prometer con seguridad si vuestra

voluntad se une a la mía; pero, sin vos, no tendré siquiera fuerza

suficiente para salvar mi vida.

EL CORO

En atención a quien os envía ese suplicante, respondedle, Edipo, lo que

os cuadre decirle, y despedidle luego de vuestra respuesta.

EDIPO

Creed, ciudadanos, creed que a no ser Teseo, el soberano de este país,

quien me lo ha enviado, exigiendo que le respondiese, nunca el sonido

de mi voz hubiera herido sus oídos; va, pues, a oir lo que se merece,

que, sin duda, no llenará su vida de encantos. ¿No fuiste tú, malvado,

quien en Tebas, poseyendo el trono y el cetro que tu hermano posee

ahora expulsaste a tu padre, le redujiste a vivir sin patria y a llevar

estas indignas vestiduras, cuya vista te arranca hoy lágrimas, hoy que

te ves en las mismas desgracias que yo? Pero esas desgracias no las

lloraré, las soportaré, conservando en mi corazón mientras viva el

recuerdo de tu parricidio. Porque tú eres quien me indujiste al estado

miserable en que vivo, tú quien me expulsaste, tú quien me pusiste en

el trance de errar así, mendigando por doquier mi pan cotidiano. En

fin, si yo no hubiera dado el ser a estas dos hijas para mantenerme,

hubiera muerto y tú hubieras sido mi asesino. Ellas, ahora, me cuidan,

me mantienen y, por el valor que demuestran padeciendo conmigo, tienen

harto menos de mujeres que de hombres. Vosotros, hijos ingratos, no

sois mis hijos. Por eso el dios vengador que te persigue no te mira

aún con los mismos ojos que te mirará cuando todo ese ejército avance

hacia los muros de Tebas: pues no derribarás sus murallas, y antes que

sean destruidas caerás anegado en tu sangre, y tu hermano contigo. He

ahí las imprecaciones que yo había lanzado contra vosotros dos, y que

en este momento llamo nuevamente en mi ayuda, para enseñaros a respetar

a quienes os han dado la vida y a no humillar con vuestro desprecio a

un padre privado de la luz. No es ese el ejemplo que vuestras hermanas

os han dado; por lo cual, el palacio, el cetro, que eran vuestros,

llegarán a ser su patrimonio, si es verdad que la justicia, fiel a las

leyes eternas, está sentada desde el principio de los tiempos en el

trono de Zeus. Aléjate, pues, detestable mortal, aléjate, malvado, de

un padre que reniega de ti. Acompáñente las nuevas imprecaciones que

contra ti invoco: que nunca puedas triunfar de tu patria por las armas

ni trasponer de nuevo los muros de Argos, que perezcas a manos de tu

hermano, inmolando a ese hermano por quien fuiste expulsado. Oye los

votos que hago: Pido al Tártaro, hoy mi dios tutelar, que te reciba en

sus tinieblas horribles, llamo en mi socorro a las furias que aquí

presiden, al dios Ares, que ha encendido en vuestros corazones la

llama de un odio implacable. Ya me has oído; parte y ve a contar a los

tebanos y a tus fieles aliados con qué presentes ha premiado Edipo a

sus dos hijos.

EL CORO

Polinicio, no hay motivo para felicitaros por el éxito de vuestro

viaje; partid al punto, apresuraos a volver sobre vuestros pasos.

POLINICIO

¡Viaje fatal, deplorable calamidad! ¡Desgraciados compañeros míos!

¿Es esta esperanza con que partí de Argos? ¡Infeliz de mí! ¿Cómo

me presentaré ante mis aliados? ¿De qué modo les hablaré? Mudo y

confundido, tendré que permanecer hundido en mi infortunio. Hermanas

mías, vosotras que sois sus hijas, vosotras que habéis oído las

crueles imprecaciones de este padre, en nombre de los dioses, si han

de cumplirse en vuestro provecho y volvéis a ver vuestra patria, no me

rechacéis con desprecio, concededme los honores fúnebres y depositad

mi cuerpo en una tumba. Por grandes que sean las alabanzas que os

conquisten hoy los cuidados que prodigáis a vuestro padre, no serán

menos lisonjeras las que obtengáis por los que a mí me dediquéis.

ANTÍGONA

¡Polinicio, rendíos a mis súplicas!

POLINICIO

¿Qué queréis, cara Antígona? Hablad.

ANTÍGONA

Volved cuanto antes a Argos con vuestro ejército y no expondréis a un

tiempo vuestra vida y la felicidad de la patria.

POLINICIO

Lo que me pedís no es posible. ¿Cómo merecería yo mandar este ejército,

otra vez, si mostrase hoy algún temor?

ANTÍGONA

¿Y para qué habíais de ceder otra vez a vuestros resentimientos? Cuando

hayáis destruido vuestra patria, ¿qué bien os vendrá de ello?

POLINICIO

Sería vergonzoso huir; verme objeto de las burlas de un hermano menor.

ANTÍGONA

¿No tenéis en cuenta que vuestro furor realiza las profecías de un

padre que predice que moriréis uno a manos de otro?

POLINICIO

Eso quiere, en efecto; pero eso no es para nosotros una razón que nos

mueva a ceder.

ANTÍGONA

¡Infeliz de mí!... ¿Quién después de oir sus predicciones osará

seguiros?

POLINICIO

Me guardaré bien de anunciar lo que hay en ellas de funesto. Un buen

general debe decir lo que le favorece, no lo que le perjudica.

ANTÍGONA

¿Es eso lo que habéis resuelto?

POLINICIO

No me retengáis más, es necesario que yo siga mi camino, aunque mi

padre y sus furias lo hayan tornado tan temible y tan funesto para mí.

Que Zeus, hermanas mías, os abra otro, si me concedéis, cuando muera,

los cuidados que os he pedido, pues no podréis ya dedicármelos en vida.

Dejadme libre: adiós. Cuando volváis a verme no gozaré ya la luz de los

cielos.

ANTÍGONA

¡Infeliz de mí!

POLINICIO

Cesad de suspirar por mi suerte.

ANTÍGONA

¿Quién viéndoos correr a una muerte que prevéis, hermano mío, podría

evitar el gemir?

POLINICIO

Moriré si es necesario que muera.

ANTÍGONA

Hermano mío, no; ceded antes bien a mis consejos.

POLINICIO

No me aconsejéis lo que no debo hacer.

ANTÍGONA

¡Qué desgracia para mí si he de verme privada de vos!

POLINICIO

Los dioses no más lo hacen todo; ellos nos hacen nacer con buena o

mala suerte. Yo los invoco en favor vuestro y les pido que aparten de

vosotras todos los males. Bien merecéis veros exentas de ellos.

ESCENA V

EDIPO, ANTÍGONA, ISMENA, EL CORO

EL CORO

Nos han llegado las nuevas calamidades, los males terribles anunciados

por ese anciano ciego, aunque el destino no haya todavía hecho llegar

su hora; pues la autoridad de los dioses nunca es vana. El tiempo, sólo

el tiempo lo ve todo; realiza unas cosas hoy y otras mañana. ¡Pero el

trueno resuena, oh Zeus!

EDIPO

¡Hijas mías, hijas mías! ¿Algún habitante de estos lugares querría

traerme al virtuoso Teseo?

ANTÍGONA

¿Qué razón, padre mío, os hace desear su presencia?

EDIPO

El rayo alado de Zeus me conducirá en breve a los infiernos. Enviad

cuanto antes en busca del rey.

EL CORO

Escuchad con qué ruido terrible, el dios hace murmurar su rayo.

Nuestros cabellos se encrespan de espanto, nuestro corazón se hiela,

los relámpagos aumentan e inflaman los cielos. ¿Cuál será el fin de

tal presagio? Lo tememos: no en vano tiene lugar; alguna calamidad le

seguirá... ¡Oh Éter, oh Zeus!

EDIPO

Hijas mías, mi término, predicho por los oráculos, ha llegado: no hay

ya medio de evitarlo.

EL CORO

¿Cómo lo sabéis? ¿En qué signo lo habéis conocido?

EDIPO

Lo sé y basta. Que se apresuren a traer al soberano de esta comarca.

EL CORO

¡Oh cielos, oid de nuevo resonar en los aires ese ruido terrible!

¡Sednos propicio, gran dios, sednos propicio! ¡Y si es un signo funesto

para nuestra patria, que se nos torne favorable! ¡Que la presencia de

un anciano desgraciado no vuelva contra nosotros nuestros beneficios!

Zeus, a ti nos dirigimos.

EDIPO

¿Viene Teseo? ¿Podrá, hijas mías, encontrarme con vida aún, con

conocimiento?

ANTÍGONA

¿Qué prenda de vuestra fe queréis dar a su corazón?

EDIPO

Quiero, por los beneficios recibidos de él, darle la útil recompensa

que mi boca le ha prometido.

EL CORO

Venid, hijo, venid, aunque estéis en la playa, ocupado en hacer un

nuevo sacrificio en los altares de Poseidón, acudid. Este extranjero

quiere daros a vos y a la ciudad el justo premio de vuestros

beneficios. Apresuraos, príncipe, apresuraos.

ESCENA VI

LOS PRECEDENTES, TESEO

TESEO (_Al Coro._)

¿Qué gritos son esos que unánimemente hacéis resonar en los aires? He

reconocido vuestra voz, he reconocido la de este extranjero. ¿Es el

rayo de Zeus, es la granizada lo que le excita? Se puede conjeturar

todo entre los horrores de semejante tempestad.

EDIPO

Príncipe, deseo vuestra presencia. Un dios, sin duda, ha conducido aquí

vuestros pasos.

TESEO

¿Qué ocurre, hijo de Layo?

EDIPO

Que ha llegado el fin de mi vida. No quiero morir sin mostrarme fiel a

las promesas que os he hecho a vos y a esta ciudad.

TESEO

¿Y en qué fundáis las conjeturas de vuestra muerte?

EDIPO

Los dioses mismos, los dioses, que no engañan nunca, son los heraldos

que me la anuncian por los signos con que acaban de avisarnos.

TESEO

¿Y cómo, anciano, os lo han manifestado?

EDIPO

Con los frecuentes truenos, con las flechas de fuego que lanza una mano

invencible.

TESEO

Os creo; pues he visto que sabéis predecir y que vuestros labios

ignoran la mentira. Decidme, pues, qué hay que hacer.

EDIPO

Lo que voy a haceros saber, hijo de Egeo, es para esta ciudad un

beneficio perdurable. En breve yo solo y sin guía os conduciré al lugar

donde debo morir. Guardaos de descubrir a nadie dónde está oculto, ni

hacia qué lado puede estar, si queréis que sea siempre para vos, contra

los países vecinos, una defensa superior a una multitud de lanzas y

broqueles. Quiero evitar el revelárselo a ninguno de estos ciudadanos

y hasta a mis hijas, pese al amor que les profeso. Sed siempre el

fiel depositario de este secreto, y cuando lleguéis al fin de vuestra

vida, no se lo confiéis sino a quien haya de ocupar el primer rango,

quien a su vez no se lo revelará sino a su sucesor: con lo que haréis

de esta ciudad un escollo insuperable contra todo esfuerzo de los

tebanos. ¡Cuántas ciudades, aun estando muy bien gobernadas, se han

dejado cegar por el orgullo! Pero las miradas de los dioses, aunque

tardíamente, se posan al fin sobre quien, rechazando las leyes de la

piedad, se abandona a sus arrebatos. ¡Que el cielo os libre, hijo

de Egeo, de exponeros a tal desgracia!; pero lo que puedo deciros a

ese propósito, lo sabéis ya. Vamos, pues, porque la orden de Zeus me

apremia; marchemos, sin desviarnos, hacia el lugar que me espera. Hijas

mías, seguidme; yo os guiaré hoy como vosotras habéis guiado a vuestro

padre. Retiraos, no me toquéis, dejadme a mí encontrar la tumba sagrada

donde el destino quiere que yo me sepulte en el seno de esta tierra...

Venid, venid adonde me conducen Hermes y la diosa de los infiernos...

¡Oh luz, que perdiste la claridad para mí, en este instante vuestros

rayos alumbran mi cuerpo por última vez; pues estoy en el término de

mi vida y voy a hundirme en los infiernos! ¡Oh Teseo, el más caro de

cuantos me han dado hospitalidad, oh tierra, oh ciudadanos, sed por

siempre felices, y en medio de vuestra dicha recordad mi muerte!

(_Salen._ EL CORO _queda solo._)

EL CORO

¡Diosa invisible, y vos, Hades, soberano de la eterna noche, si nos

es permitido dirigiros nuestras plegarias, haced, os lo rogamos, que

ese anciano alcance una muerte apacible, sin angustias, y descanse

dulcemente en la laguna Estigia, en la región de los muertos donde todo

se suma! Y vos, extranjero, después de tantos tormentos sufridos sin

merecerlos, ¡que un dios justo os mire con ojos benignos!

Diosa subterránea, y tú, invencible guardián de los infiernos, monstruo

horrible a quien nos representan gruñendo y acostado ante las puertas

de Hades, hijo del Tártaro y de la Tierra, te suplicamos que acojas con

dulzura al extranjero que va a precipitarse en la morada subterránea de

los muertos: te invocamos a ti, cuyo sueño dura eternamente.

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO QUINTO

ESCENA PRIMERA

UN MENSAJERO, EL CORO

EL MENSAJERO

Ciudadanos: puedo en pocas palabras anunciaros la muerte de Edipo; mas

para las circunstancias de este acaecimiento unas breves palabras no

bastan.

EL CORO

¡Ha muerto el infortunado!

EL MENSAJERO

Ha dejado esta vida para siempre.

EL CORO

¿De qué manera? ¿Su fin ha sido al menos dulce? ¿Parecía obra de un

dios?

[Ilustración]

EL MENSAJERO

De un modo digno de admiración. En efecto, habéis visto vosotros, que

estabais presentes, cómo ha partido de aquí sin ser guiado por nadie, y

sirviéndonos de guía a nosotros. Apenas ha llegado al umbral del abismo

que se arraiga a la tierra por una escalera de bronce se ha detenido

hacia el sitio donde el camino se divide en varios ramales, cerca del

profundo cráter donde reposan los monumentos de la eterna amistad que

Teseo y Pirítoo se juraron en otro tiempo. Se ha sentado a distancia

igual de la crátera, de la roca tórica, de una tumba de piedra y de un

peral salvaje cuyo tronco está carcomido por los años. Se ha despojado

de los repugnantes harapos que le cubrían, y llamando a sus hijas, les

ha ordenado que le busquen un agua pura para baños y libaciones. Ambas

han corrido a la colina de la fecunda Deméter que se divisa no lejos de

allí y han ejecutado presurosas los deseos de su padre. Le han bañado y

lo han cubierto con vestiduras nuevas, conforme a los ritos prescritos.

Apenas ha gustado las dulzuras de los servicios que le prestaban;

apenas todas sus órdenes han sido cumplidas, Zeus ha hecho sonar su

trueno subterráneo. Las dos muchachas, estremeciéndose al oirlo, se

han prosternado ante su padre, deshechas en lágrimas, golpeándose el

pecho y lanzando largos gemidos. Edipo, en cuanto ha oído ese ruido

espantoso, extendiendo ambos brazos sobre sus hijas: «Hijas mías --ha

dicho-- no tenéis ya padre; todo ha acabado para mí. No tendréis ya

que soportar las penosas fatigas que os causaba el cuidado de mi

subsistencia; eran crueles, lo sé; pero para endulzar los más rudos

trabajos, os bastaba saber que nadie os amará nunca más que yo. Me

perdéis hoy, y el resto de vuestra vida va, desde ahora, a deslizarse

en esa privación amarga.» A estas palabras padre e hijas se han

abrazado, llorando y sollozando. Al fin, calmado su llanto, y habiendo

sucedido el silencio a sus gritos, una voz se ha hecho oir de repente,

llamando a Edipo. El pavor ha sobrecogido a los presentes y el pelo se

nos ha erizado. La voz del dios se ha oído diciendo: «¡Edipo, Edipo!

¿Qué nos detiene? Marchemos. Tardas demasiado.» Apenas ha reconocido

la voz del dios ha invitado a Teseo a acercarse y le ha dicho: «Amigo

mío, dadme la mano, en prenda de la fe constante que os liga a mis

hijas; vosotras, hijas mías, dádmela también. Príncipe; prometedme no

hacerlas nunca daño voluntariamente, sino velar por sus intereses y

hacer por ellas cuanto podáis.» Teseo, como hombre generoso, le jura,

conteniendo las lágrimas, cumplir sus deseos. Hecho este juramento,

Edipo, colocando sus manos trémulas sobre sus hijas, les ha dicho:

«Hijas mías, es preciso que, con un noble valor, os alejéis de aquí

y no me pidáis ver ni oir lo que os está vedado. Retiraos al punto;

que Teseo quede solo y sea testigo de lo que ha de ocurrir.» A tal

orden, que hemos oído todos, nos hemos retirado, gimiendo y derramando

lágrimas, detrás de sus hijas. Pero, apenas alejados un poco, hemos

vuelto la cabeza; Edipo había desaparecido y Teseo, la mano en el

rostro, se tapaba los ojos, como aterrorizado al aspecto de un horrible

espectáculo. Luego le hemos visto prosternarse y adorar a la vez la

Tierra y el Olimpo do residen los dioses. Sólo Teseo entre los mortales

podría decir de qué guisa ha perecido Edipo; pues ni el rayo ha caído

sobre él para reducirle a cenizas, ni la tempestad ha venido del seno

de los mares para arrebatarlo; pero o algún dios se lo ha llevado, o la

tierra se ha abierto por sí misma para proporcionarle un fácil paso a

los infiernos. No ha sucumbido, en fin, atormentado por las angustias

de una enfermedad. Hay menos motivo para llorarle que para admirarle

entre todos los humanos. Si alguien juzga que he dicho cosas insensatas

no trataré de persuadirle.

EL CORO

¿Dónde están ahora las dos hijas de Edipo y los amigos que las

acompañaban?

EL MENSAJERO

Aquí se acercan. Harto las anuncian sus gemidos.

ESCENA II

ANTÍGONA, ISMENA, EL CORO

ANTÍGONA

¡Cuán desgraciadas somos! Hoy hemos de llorar, y el resto de nuestra

vida la sangre a quien se la debemos, la sangre lamentable de un padre

por quien hemos constantemente padecido trabajos y por quien hasta

nuestra muerte, nuestros ojos y nuestro corazón han de padecer todavía

tanto.

EL CORO

¿Qué ha sucedido?

ANTÍGONA

Lo que no podría imaginarse, amigos míos.

EL CORO

¿Ha muerto?

ANTÍGONA

De la manera que vosotros más habríais deseado. ¿Qué otra cosa mejor

puede desearse? No ha tenido que sufrir el embate de Ares ni el del

mar, sino que las entrañas de la tierra, abriéndose a la luz, se han

apoderado de él y han puesto fin a su vida de una manera inesperada.

¡Ahora una noche funesta se tiende para siempre ante nuestros ojos! ¿En

qué tierra apartada; sobre qué olas tempestuosas habremos de errar y

buscar el sustento para conservar una vida insoportable?

ISMENA

¿Quién sabe? ¡Que el dios de los muertos me lleve a su imperio y me

junte a mi padre! Lo que me resta de vida no es ya nada para mí.

EL CORO

¡Oh las más generosas de todas las hijas!, hay que sufrir con valor

los males que los dioses os envían; no os dejéis extraviar por vuestro

dolor; vuestra suerte no es tan deplorable.

ANTÍGONA

Añoro ¡ay! hasta los males que compartía con él; lo que había en

ellos de más penoso era un placer para mí cuando le sostenía en mis

brazos. ¡Padre mío, amigo mío, a quien las tinieblas de la tierra ahora

envuelven, nunca vuestra vejez dejó de serme cara! ¡Que no cese yo

nunca de amar vuestra memoria!

EL CORO

¿Ha muerto, pues?

ANTÍGONA

Ha muerto como deseaba.

EL CORO

¿Qué decís?

ANTÍGONA

Ha muerto en esta tierra extraña donde deseaba morir. El lecho fúnebre

donde reposa está cubierto de eterna obscuridad y el duelo en que nos

deja nos hará verter lágrimas inagotables. Sí, padre mío, para siempre

mis ojos os han de llorar; no tengo en mi dolor consuelo alguno.

¡Debíais, ¡ay!, morir en una tierra extraña y dejarme al morir en tan

triste abandono!

ISMENA

¡Desgraciadas! ¡Privadas una y otra de un padre querido, a qué

abandono, también a qué estado miserable me veo condenada con vos,

hermana mía!

EL CORO

Amigas nuestras; puesto que ha acabado tan felizmente su vida, cesen

vuestras quejas. No hay nadie que escape a la desgracia.

ANTÍGONA

Volvamos sobre nuestros pasos, hermana.

ISMENA

¿Qué pretendéis hacer?

ANTÍGONA

Un deseo me posee.

ISMENA

¿Qué deseo?

ANTÍGONA

Ver la morada subterránea...

ISMENA

¿De quién?

ANTÍGONA

De mi padre. ¡Cuán desgraciada soy!

ISMENA

¿Lo creéis permitido? ¿No veis...?

ANTÍGONA

¿Cuál es el objeto de vuestro reproche?

ISMENA

¿No veis? Digo...

ANTÍGONA

¿Qué queréis? vuelvo a preguntaros.

ISMENA

Ha muerto sin tumba, sin testigos...

ANTÍGONA

Llevadme allí, y cuando lleguemos quitadme la vida.

ISMENA

¡Desgraciada! ¿Y cómo podría yo soportar el peso de mi vida condenada a

la indigencia y a la soledad?

EL CORO

Amigas nuestras, no temáis nada.

ANTÍGONA

Edipo rey; Edipo en Colona; Antígona · 第 6 / 9 段