¿Dónde huiré?

EL CORO

Habéis ambas, huyendo de vuestro país, evitado los peligros a que

estabais expuestas.

ANTÍGONA

Yo pienso...

EL CORO

¿Qué?

ANTÍGONA

Cómo volveremos a nuestra patria, y no veo medio alguno.

EL CORO

Dejad de pensar en ello. Sería muy penoso.

ANTÍGONA

Lo es hace mucho tiempo; antes por superar a nuestras esperanzas, ahora

por superar a nuestras fuerzas.

EL CORO

¡En qué vasto mar de inquietudes habéis caído!

ANTÍGONA

¿Dónde, oh Zeus, dirigiremos nuestros pasos? ¿Hacia qué esperanzas un

dios favorable me conducirá ahora?

ESCENA III

LOS PRECEDENTES, TESEO

TESEO

Hijas mías, cesen vuestros llantos. No cuadra verter lágrimas en una

ocasión en que esta comarca os demuestra su espíritu benéfico; sería un

ultraje.

ANTÍGONA (_A Teseo._)

Hijo de Egeo, nos prosternamos ante vos.

TESEO

¿Qué queréis de mí, hijas mías?

ANTÍGONA

Ver con nuestros propios ojos la tumba de nuestro padre.

TESEO

Eso os está vedado.

ANTÍGONA

¿Qué decís, soberano de Atenas?

TESEO

Hijas mías, él mismo me ha prohibido dejar nunca a nadie acercarse a

tal sitio y descubrir a mortal alguno el asilo sagrado donde reposa.

Sólo permaneciendo fiel a sus órdenes, me ha dicho, puedo poner para

siempre esta comarca al abrigo de toda desgracia. El genio que vela

sobre nosotros y Zeus que lo oye todo han escuchado mis juramentos.

ANTÍGONA

Ya que tal fué su voluntad, me someto a ella. Enviadnos a Tebas, que

podamos prevenir al menos el golpe mortal que dos hermanos intentan

asestarse.

TESEO

Haré lo que me pedís y todo lo que pueda seros ventajoso y halagar al

que acaba de descender a las entrañas de la tierra. No me cansaré de

seros útil.

EL CORO

Suspended, pues, el curso de vuestros gemidos, gustad algún reposo.

Cuanto el rey os ha prometido se realizará.

FIN DE EDIPO EN COLONA

ANTÍGONA

PERSONAJES

ISMENA }

ANTÍGONA } hijas de Edipo.

CREÓN, rey de Tebas.

EURÍDICE, esposa de Creón.

HEMÓN, hijo de Creón.

TIRESIAS, adivino.

UN MENSAJERO.

UN GUARDA.

UN ESCLAVO.

CORO, compuesto de ancianos de Tebas.

[Ilustración]

ACTO PRIMERO

ESCENA PRIMERA

ANTÍGONA, ISMENA

ANTÍGONA

Cara Ismena, cara hermana, conocidos os son el número y la extensión

de los males que nos ha legado Edipo, y hasta qué punto Zeus, durante

nuestra vida, ha querido abatirnos. Parecía, hasta ahora, que no los

hubiera tan sensibles, tan crueles, tan afrentosos, que vos y yo no los

hubiésemos sufrido; y ahora ¿sabéis qué edicto se dice que el Rey acaba

de hacer publicar por toda Tebas? ¿Lo habéis oído, o ignoráis acaso

todavía las indignidades que nuestros enemigos preparan contra los que

nos son amados?

ISMENA

¡Oh cara Antígona! Nada agradable o ingrato acerca del destino de

nuestros amigos ha llegado a mis oídos desde que en un solo día

nos vimos privadas de nuestros dos hermanos, muertos a la vez de

las heridas que se habían causado, y nada nuevo he sabido, feliz

o siniestro desde el instante en que el ejército de los argivos

desapareció en la obscuridad de la noche última.

ANTÍGONA

Lo sabía; y por eso, deseando tener, secretamente, una conversación con

vos, os he hecho salir de palacio.

ISMENA

¿Qué vais a hacerme saber? Parecéis agitada por algún gran designio.

ANTÍGONA

¡Qué! ¿Creón no ha concedido a uno de nuestros dos hermanos y negado

al otro los honores fúnebres? Ha hecho, fiel a las leyes y a la

justicia (según los tebanos publican), enterrar a Eteocles con todos

los honores caros a los manes; mientras que ha publicado, dicen, la

orden de no amortajar, de no llorar al desgraciado Polinicio, y de

abandonarle, sin honores y sin sepulcro, a los áridos pájaros prestos

a devorar su presa. Ved lo que el generoso Creón, me dicen, debe

declararos, y también a mí, sí, a mí. Va a venir aquí a confirmar su

edicto ante los que lo ignoran, y no es una prohibición indiferente,

pues a quien se atreva a violarla se le condenará a morir lapidado en

medio de la ciudad. Ved lo que preparan contra vos. Pronto demostraréis

si sois digna o no de vuestra sangre gloriosa.

ISMENA

¡Ay, infortunada! Ante tal prohibición, ¿qué debo preferir? ¿Acatarla o

infringirla?

ANTÍGONA

¿Queréis trabajar y obrar conmigo?

ISMENA

¿A qué peligro queréis lanzaros y qué meditáis?

ANTÍGONA

¿Me prestaréis vuestra mano para enterrar ese cuerpo?

ISMENA

¿Pretendéis enterrar a aquel para quien toda piedad está vedada?

ANTÍGONA

Quiero enterrar a mi hermano y al vuestro; sí, al vuestro.

¿Titubearíais en reconocerlo como tal? No se me reprochará el haberle

abandonado.

ISMENA

¡Cómo, desgraciada Antígona! ¿A pesar de la prohibición de Creón?

ANTÍGONA

¿Tiene derecho a separarme de los míos?

ISMENA

Pensad, hermana mía, que nuestro padre, cargado de oprobios y de odio,

murió luego de haberse arrancado los ojos con sus propias manos, para

castigarse él mismo por sus crímenes en cuanto los hubo reconocido;

que, al pronto, aquella reina que, por una doble calamidad, se halló

a la vez esposa y madre, recurrió al auxilio de un lazo funesto para

librarse de la vida; que, en fin, dos hermanos infortunados se han

asesinado el uno al otro y han expirado de la misma muerte. Ahora,

solas ya en nuestra casa, ved el fin deplorable que nos espera, si,

rebelándonos contra la ley, nos atrevemos a desafiar las órdenes y el

poder del soberano. Considerad que no es dado a las mujeres el combatir

contra los hombres; que los que mandan son más fuertes que nosotras y

que hay que someterse a su voluntad, aunque fuese aun más rigurosa. Por

lo que a mí toca, suplicando a los nuestros que me perdonen, si cedo

a la violencia, será obedeciendo a los que poseen el poder; pues es

insensato emprender más de lo que se puede ejecutar.

ANTÍGONA

No os importunaré más; y aunque queráis ahora uniros conmigo, no lo

consentiré; tomad el partido que os cuadre. Por lo que a mí toca,

enterraré a mi hermano; y tal deber cumplido, moriré gustosa; será

volver a unirse con su amigo una amiga. Habré hecho una acción justa y

piadosa, ya que el tiempo que habré de agradarle es más largo que el

que debo agradar a los vivos; pues voy a unirme a él para la eternidad.

En cuanto a vos, si os place, despreciad lo que los dioses honran.

ISMENA

Estoy lejos de tal desprecio; pero no me es dable luchar contra la

voluntad de los ciudadanos.

ANTÍGONA

Valeos de ese pretexto, mientras yo voy a enterrar a ese hermano

querido.

ISMENA

¡Desgraciada hermana, me hacéis temblar!

ANTÍGONA

No temáis por mí; cuidaos de vos.

ISMENA

Pero, al menos, no descubráis vuestro designio a nadie.

ANTÍGONA

No, no, corred a denunciarlo. Más me ofenderéis callándolo que

publicándolo.

ISMENA

Es animarse en demasía por un cuerpo inanimado.

ANTÍGONA

Pero sé que soy grata a quienes me importa agradar.

ISMENA

Sí, si lográis vuestro objeto; pero intentáis un imposible.

ANTÍGONA

Bien; me detendré donde se detengan mis fuerzas.

ISMENA

Deberíais comenzar por no perseguir lo que no podéis alcanzar.

ANTÍGONA

Cuanto más habléis de esa guisa más excitaréis mi odio, y os atraeréis

la justa enemistad de un hermano; dejadme con mis propósitos sufrir la

suerte que me espera; nada habrá nunca tan ingrato que me impida morir

con gloria.

ISMENA

Id, ya que lo queréis; es locura, pero nuestros queridos muertos

agradecerán vuestro amor.

ESCENA II

EL CORO (_Entrando en escena._)

EL CORO

Puro y radiante sol, ojo luminoso del día, al fin resurges rutilante de

una luz más fúlgida que nunca ante la mirada de Tebas, la de las siete

puertas; ya se reflejan tus rayos en las ondas de Dirceo y haces huir

en tumulto y miedosamente al argivo con un broquel deslumbrador; al

ejército que, con formidable aparato, había venido a sitiarnos.

Lleno de ardor a causa de las pretensiones inciertas de Polinicio,

marchaba, lanzando agudos gritos, al modo del águila que, en pos de su

presa, descendiendo, desplega sus alas blancas como la nieve.

Una multitud innumerable de armas y de cascos empenachados le seguía.

Se ha detenido ante nuestros muros; ya sus lanzas, ávidas de matanza,

los rodeaban; parecía a punto de derrocar sus siete puertas, y ha

desaparecido antes que sus entrañas se hayan saciado de nuestra sangre

y que los torbellinos de fuego hayan envuelto nuestras torres. De tal

modo, Ares, favorable a la serpiente que él atacaba, ha resonado en sus

oídos.

La orgullosa presunción horroriza a Zeus. Este dios ve a los argivos

corriendo hacia nosotros en grandes oleadas, animados por el ruido de

sus armas de oro, y lanza sobre uno de ellos el rayo encendido en el

instante en que se jactaba de entonar sobre nuestros muros el himno de

la victoria.

El guerrero, la antorcha en la mano, cae bajo el golpe que le ha

herido; él que, en aquel momento, a impulsos de una osadía loca,

parecía en su soplo ardiente igualar el soplo de los vientos

conjurados. Todo ha cambiado al punto de aspecto y el poderoso Marte,

combatiendo a nuestro lado, ha hecho caer sobre nuestros enemigos los

males que ellos nos preparaban.

Los siete jefes que se dirigían a nuestras siete puertas, contra otros

tantos jefes tebanos, nos han abandonado sus armas brillantes, con las

que alzaremos un trofeo a Zeus triunfador. Sólo ha continuado la liza

entre esos dos infortunados que, con la misma sangre en las venas han

enristrado uno contra otro sus lanzas victoriosas y han tenido el mismo

destino.

Pero la victoria, que inmortaliza los nombres, ha venido a Tebas y ha

hecho suceder la alegría a los dolores. Dejad al fin, ¡oh tebanos!,

de pensar en los combates y vamos, en coros durante la noche entera,

a rodear los altares de los dioses. Que Dionisos, animando a todos,

presida nuestra fiesta.

Pero he aquí a Creón, el hijo de Meneceo, el nuevo soberano que acaba

de darnos el favor de los dioses; avanza y medita, sin duda, algún

designio, puesto que una orden general de su parte nos ha reunido aquí

a todos para constituir este consejo de ancianos.

ESCENA III

CREÓN, EL CORO

CREÓN

Ancianos; los dioses han salvado, al fin, del naufragio a esta ciudad,

a quien una furiosa tempestad combatía; sólo a vosotros entre todos los

ciudadanos, he querido reunir aquí. Sé el respeto que os ha inspirado

siempre el cetro de Layo; sé, además, hasta qué punto, mientras Edipo

ha reinado y aun después de su muerte, habéis permanecido fieles a sus

hijos. Pero desde el momento en que, en el mismo día, y vencedores y

vencidos por un doble destino, se han degollado el uno al otro con sus

manos sanguinarias, el poder y el trono me pertenecen en virtud de los

derechos de la sangre.

No hay nadie de quien pueda conocerse bien el alma, el genio, el

carácter, si aún no se ha visto ponerse a prueba en la práctica del

poder y de las leyes. En cuanto a mí, considero y he considerado

siempre un mal hombre a quien, encargado del gobierno de un Estado,

lejos de atenerse, naturalmente, a los mejores principios, permite al

temor que ate su lengua; y no puedo por menos de despreciar a quien

antepone al de la patria el interés de sus amigos. Zeus, que todo lo

ve, es testigo de que no celaría yo nunca los males que viniesen a

amenazar la tranquilidad de mis conciudadanos y nunca el enemigo del

Estado podrá ser mi amigo, convencido de que de la salud de la patria

dimana la nuestra y de que no se echan de menos amigos cuando la nave

del Estado navega sin riesgo. He aquí en virtud de qué principios

quiero aumentar la prosperidad de este imperio, y de ahí las órdenes

que acabo de publicar respecto a los dos hijos de Edipo. Quiero que

Eteocles, que se distinguió por su valor y combatió y murió por su

patria, repose en una tumba y reciba los honores que se rinden a

los manes de los grandes hombres; mas por lo que toca a su hermano

Polinicio, que, expulsado de su patria, sólo tornó con el deseo de

entregar a las llamas sus muros y sus coliseos, de saciarse de nuestra

sangre y de reducirnos a la esclavitud, he hecho publicar por toda

la ciudad la prohibición de enterrarle y de llorarle. Que su cuerpo

insepulto sirva de presa a la avidez de los perros y de los buitres;

he aquí mis deseos y mis órdenes. Nunca el crimen obtendrá de mí los

honores debidos sólo a la virtud; pero a quien haya mostrado celo por

mi patria le honraré fielmente durante su vida y luego de su muerte.

EL CORO

¡Oh hijo de Meneceo, loada sea la suerte que reserváis al amigo y al

enemigo del Estado! En vuestras manos está la disposición de las leyes,

a las cuales todos, muertos o vivos, nos hallamos sometidos.

CREÓN

Velad, pues, por la ejecución de lo que acabo de publicar.

EL CORO

Dignaos imponer ese deber a otros más jóvenes.

CREÓN

Los que han de guardar el cuerpo de Polinicio están ya en su puesto.

EL CORO

¿Qué cuidado, os queda, pues, que encomendarnos?

CREÓN

El de manteneros inflexibles con quienes desobedezcan mis leyes.

EL CORO

No hay nadie tan insensato que se busque la muerte.

CREÓN

Ese sería, en efecto, el precio de la desobediencia. Pero muchas veces

la esperanza de lucro ha llevado a la muerte a los hombres.

ESCENA IV

CREÓN, UN GUARDA, EL CORO

EL GUARDA

Señor; no os diré que he venido volando hacia aquí; pues, a impulsos de

los distintos pensamientos que me han afligido en el camino, he vuelto

muchas veces sobre mis pasos. Ya me decía el corazón: «¡Desgraciado!,

¿por qué correr al castigo que te espera?» Ya: «¡Infortunado!, ¿qué

te detiene? Si se entera Creón de lo ocurrido por otro que tú, ¿a qué

suplicio estás destinado?» Tan distintos impulsos no me permitían

avanzar sino con lentitud. No hay camino tan corto que no lo prolonguen

semejantes incertidumbres. En fin, me he decidido y he venido. Voy a

hablar, aunque no pueda explicaros nada, pues al cabo, vengo confiado

en que no he de sufrir sino lo que ha sido ordenado por el destino.

CREÓN

¿De qué procede la turbación en que te veo?

EL GUARDA

Hablaré de lo que me atañe, porque yo no he cometido el crimen e ignoro

el autor. Sería una injusticia castigarme a mí.

CREÓN

En verdad, te tomas cuidados y andas con precauciones que me indican

debes de tener alguna noticia que darme.

EL GUARDA

Con enojosas noticias es difícil apresurarse.

CREÓN

Acaba de explicarte y, concluído tu mensaje, déjame.

EL GUARDA

Obedezco: Acaban de inhumar el cuerpo; lo han cubierto de tierra; han

cumplido los ritos acostumbrados y han desaparecido.

CREÓN

¿Qué dices? ¿Quién ha tenido tal audacia?

EL GUARDA

No sé por qué la tierra en aquel sitio no parecía removida ni excavada.

Estaba intacta y sólida y se diría que no había sido ni aun surcada por

las ruedas de un carro; nada podía, en suma, servir de indicio contra

el autor del crimen. Cuando aquel de nosotros que hacía la guardia al

despuntar la aurora nos lo ha dicho, este acontecimiento se nos ha

antojado un prodigio inconcebible. El cuerpo había desaparecido; no

estaba amortajado; sólo estaba cubierto de un poco de tierra, como para

impedir el crimen de impiedad. Ningún vestigio de perro hambriento o

de animal feroz que hubiera acudido a devorarle se veía en derredor.

Al pronto las palabras injuriosas se cruzan entre nosotros; un guarda

acusa a otro; estábamos a pique de venir a las manos; nadie había allí

que lo impidiese; cada uno era culpable y ninguno parecía serlo, no

convicto por faltar pruebas. Estábamos todos dispuestos a tomar el

hierro rojo entre las manos, a andar sobre el fuego y a jurar por los

dioses que no éramos culpables del crimen y que ni siquiera teníamos

el menor conocimiento del proyecto ni de la ejecución. En fin, cuando

no nos quedaba ya esperanza de descubrir nada, uno de nosotros propuso

algo, que, helándonos de miedo, nos hizo a todos bajar los ojos; pues

no podíamos oponer nada a ello ni sabíamos cómo ejecutarlo sin peligro.

Era no ocultar nada y descubriros todo lo sucedido. Sin embargo, la

proposición prevaleció y a mí, ¡desgraciado! me eligió la suerte para

desempeñar tan hermosa comisión. Por eso me encuentro aquí, mal de mi

grado, y también, sin duda, mal del vuestro; pues no es un medio de

agradar el llevar noticias enojosas.

EL CORO

Señor; nuestro espíritu dubitante piensa si ese acontecimiento no será

obra de los dioses.

CREÓN (_Al Coro._)

Cesen esos discursos que excitarían mi cólera y no harían sino mostrar

en demasía vuestra vejez y vuestra sinrazón. ¿Quién podría soportar

el oíros decir que los dioses se han dignado cuidarse de ese asunto?

¿Acaso, apresurándose a honrarle como a un bienhechor de la patria, han

inhumado por sí mismos al impío que venía a quemar sus templos y sus

estatuas, a destruir su país y sus leyes? ¿Habéis visto nunca que los

dioses honren a los malos? No, no; pero he aquí lo que me preparaban

los descontentos, que, sacudiendo la cabeza en secreto, murmuran hace

mucho tiempo contra mí, y que, humillando con pesar la frente bajo el

yugo, sólo tienen para mí odio. Son ellos, bien lo sé, quienes, con la

esperanza de las recompensas, han seducido a los autores del crimen;

pues entre todos los inventos humanos, ninguno tan funesto como el

dinero. El dinero trastorna las ciudades y las despuebla; desnaturaliza

los corazones virtuosos y los arrastra a las acciones indignas; él ha

enseñado a los hombres todas las perfidias y todas las iniquidades.

Pero los que, ganados por el vil metal, hayan cometido el delito, han

trabajado por su suplicio, que vendrá con el tiempo. Sí, si es verdad

que honro, que respeto todavía a Zeus, estad seguros, os lo juro, de

que si no me descubrís, si no ponéis ante mis ojos al culpable, una

simple muerte no será bastante para vuestro castigo. Será menester,

que, suspendidos vivos en el aire, me hagáis reparación de semejante

ofensa, para que de hoy en adelante conozcáis mejor hasta dónde debe

llegar vuestro medro, cuál debe ser su límite, y aprendáis, en suma,

que no hay que permitírselo todo a vuestra codicia.

EL GUARDA

¿Puedo hablar más, o vuelvo sobre mis pasos?

CREÓN

¿No te has percatado de lo que me ofenden tus discursos?

EL GUARDA

¿Hieren vuestro oído o vuestro corazón?

CREÓN

¡Cómo! ¿Preguntas cuál es el asiento de mi enojo?

EL GUARDA

El culpable ha herido vuestro corazón; yo no he hecho más que ofender

vuestro oído.

CREÓN

Eres un importuno charlatán.

EL GUARDA

Pero soy inocente del crimen.

CREÓN

Serás capaz de exponer tu vida por el dinero.

EL GUARDA

La sospecha es una gran desgracia, cuando carece de fundamentos.

CREÓN

Suéltanos ahora máximas. Pero si no me traéis al culpable, veréis cómo

las ganancias ilícitas son origen de tormentos.

EL GUARDA

¡Ojalá sea descubierto! (_Aparte._) Pero séalo o no (que eso la fortuna

lo decidirá), no creo que volváis a verme por aquí. Contra toda

esperanza, y pese a mis temores, heme a salvo; debo darles gracias a

los dioses.

EL CORO

El universo está lleno de prodigios; pero no hay nada más prodigioso

que el hombre. Él, dando alas a la nave, vuela, merced a los vientos

impetuosos, por cima de las olas mugientes, y franquea el mar que

hierve en espumas a su paso; él se vale de los caballos para desgarrar

todos los años con el arado el seno de la tierra, de esa divinidad

suprema, incorruptible e incansable.

El hombre, fecundo en recursos, aprisiona igualmente en los pliegues de

sus redes a la raza imprudente de los pájaros y a los animales feroces

y a los habitantes del mar. Doma con su industria a los más fieros

pobladores de los bosques y somete al yugo al corcel de crecida crin y

al toro de las montañas que parecía indomable.

Ha aprendido el arte de la palabra y el conocimiento de los vientos

y el poder de las leyes sobre las ciudades; ha sabido resguardar

su morada de las inclemencias del frío y de la humedad. Lo ha

sondeado todo con su experiencia y encuentra recursos para todos los

acaecimientos de la vida; conoce el arte de librarse de las dolencias

más crueles; la muerte es el único mal de que no puede preservarse.

Los recursos de su industria no responden siempre a sus esperanzas;

pues si por éstas llega al bien, también es conducido al mal. Sólo es

honrado en su patria aquel que sabe respetar las leyes de su país y

la justicia de los dioses. El que lleva su audacia hasta desafiarles

deja de ser ciudadano. No tenga yo hogar ni pensamiento comunes con

él. Pero... ¿qué prodigio me confunde? ¿Cómo podré negarles crédito

a mis ojos y no reconocer a Antígona? ¡Desgraciada hija de un padre

infortunado!, ¿sois vos quien ha desacatado las órdenes del rey;

quien ha sido sorprendida en la comisión de esa imprudencia; quien es

conducida hacia aquí?

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA

ANTÍGONA, EL GUARDA, EL CORO

EL GUARDA (_Llevando a Antígona._)

¡Sí, vedla, la que ha cometido el crimen! Inhumaba a Polinicio; la

hemos detenido. Pero, ¿dónde se encuentra Creón?

EL CORO

Vedle que sale, a punto, de su palacio.

ESCENA II

LOS PRECEDENTES, CREÓN

CREÓN

¿Qué es eso? ¿Qué feliz suceso venís a anunciarme?

EL GUARDA

Señor; no hay nada que los hombres deban afirmar con juramentos.

A menudo el primer pensamiento es desmentido por el que le sigue.

Asustado con vuestras amenazas, había yo hecho propósito de no parecer

por aquí más; pero, ¿hay felicidad comparable a la que sale a nuestro

paso contra toda esperanza? Pese a mis juramentos, torno y os traigo

a esta joven princesa, a quien he sorprendido rindiendo al muerto

los honores de la sepultura. No se necesita, por esta vez, consultar

la suerte, soy yo el favorecido. Yo sólo la traigo; nadie más tiene

esa gloria. Ahora, señor, tratadla como lo creáis oportuno; juzgad,

interrogadla; en cuanto a mí, libre y exento de todo deber, es justo

que no me vea bajo el peso de vuestras sospechas.

CREÓN

¿De qué manera, en qué lugar te has apoderado de ella para traérmela?

EL GUARDA

Inhumaba el cuerpo; ya lo sabéis todo.

CREÓN

Pero, ¿te has fijado en lo que dices? ¿No te engañas?

[Ilustración]

EL GUARDA

La he visto en la tarea de inhumar a ese príncipe cuya sepultura habéis

prohibido. ¿Hay aún algo no claro o equívoco en lo que digo?

CREÓN

¿Y cómo ha sido vista? ¿Cómo ha sido detenida?

EL GUARDA

Ved en qué forma ha sucedido todo. Apenas habíamos tornado a nuestro

puesto, cuando, intimidados por vuestras severas amenazas, apartamos

con cuidado la tierra que cubría el cuerpo de Polinicio; dejamos

al aire el cuerpo ensangrentado y medio corrompido; fuimos luego a

sentarnos cabe una de las eminencias vecinas, al abrigo del viento,

para evitar la infección que exhalaba. Nos excitamos unos a otros con

las palabras más punzantes a cumplir con nuestro deber, sin escatimar

esfuerzo alguno. Hemos permanecido en tal forma hasta el momento en que

el disco brillante del sol, elevándose entre los aires, los incendiaba

con su fuego. De súbito, un azote celeste, un ciclón impetuoso, alzando

de la tierra torbellinos de polvo, ha invadido, cegador, el campo;

hemos resistido todo el ímpetu de la tempestad. Apenas se ha aplacado,

esta joven princesa se ha presentado a nuestra vista; lanzaba gritos

agudos, semejantes a los del ave que ve su nido despojado de los

polluelos que había criado en él. Sí, de tal manera ante el cadáver

descubierto, hacía resonar el aire con sus quejas y sus imprecaciones

contra los autores de tal ultraje; y, de pronto, cubriendo al muerto

de tierra seca, le rocía por tres veces con libaciones derramadas del

seno brillante de un vaso de bronce. Al punto volamos hacia ella, y

todos a la vez nos apresuramos a cogerla; no ha dado muestra alguna

de espanto; interrogada por nosotros sobre el hecho actual y sobre el

precedente, ha confesado ambos, y tal confesión me es a un tiempo

grata y dolorosa. Pues si nada es tan dulce como librarse de los males

que a uno le amenazan, es aflictivo el exponer a ellos a quienes se

ama. Pero nada debe serme más caro que mi propia conservación.

CREÓN (_A Antígona._)

¡Qué! Vos, que no levantáis los ojos del suelo, ¿no negáis el delito de

que se os acusa?

ANTÍGONA

Al contrario; lo confieso y estoy lejos de negarlo.

CREÓN (_Al guarda._)

Vaya; endereza tus pasos adonde te plazca; no tienes nada que temer. Y

vos habladme sin rodeos. ¿Conocíais la prohibición que yo había hecho?

ANTÍGONA

La conocía. ¿Podía ignorarla? Era pública.

CREÓN

¿Y cómo habéis osado desafiar esa ley?

ANTÍGONA

Edipo rey; Edipo en Colona; Antígona · 第 7 / 9 段