Hombre capaz de todo atrevimiento, y que de todo te vales para extender

sobre tus palabras mendaces el velo de la justicia, ¿qué propósito

te guía y por qué quieres cogerme en una trampa que sería para mí

el más duro suplicio? En los primeros accesos del dolor que mis

malaventuras me hicieron experimentar, cuando deseé dejar mi patria,

les negasteis tal gracia a mis deseos; y cuando mi alma enfurecida se

calmó, cuando empezaba a encontrar grato vivir en mi casa, entonces me

echaste, me desterraste; entonces los lazos de la sangre que invocas

ahora no te eran tan caros. Hoy que ves a esta ciudad y a todo este

pueblo concederme su benevolencia, intentas llevarme a mi patria,

ocultando con palabras lisonjeras la dureza de tu corazón: ¡tanto

placer encuentras en amar a los que no aceptan tu amistad! ¡Qué! Sí,

no dignándose concederte nada de lo que tú más desearas, un hombre

quisiera después colmarte de bienes, cuando tus deseos se hallasen

satisfechos y el beneficio no tuviera mérito, ¿el gusto que recibirías

no sería vano y frívolo? He aquí, no obstante, cómo te muestras a

mis ojos, benéfico en palabras y malo en acciones. Para poner más al

descubierto toda tu maldad ante los que me escuchan, diré: Vienes con

el propósito de llevarme contigo, no de restablecerme en mi casa; no

quieres sino fijarme, por decirlo así, en tu puerta, y de ese modo

preservar a tu ciudad de los males que la amenazan. No será así; pero

puedo garantizarte que mi genio vengador habitará allí siempre y mis

hijos no tendrán como herencia mía sino la tierra necesaria para morir

en ella. ¿Crees que mi espíritu no penetra mejor que el tuyo en los

destinos de Tebas? Mucho mejor, sin duda, si he de creer a dioses más

clarividentes que tú. Apolo y Zeus mismo, que le dio el ser. Al venir

aquí, tu boca mendaz ha preparado sutiles arengas; pero tu elocuencia

podría valerte harto más trabajos que ventajas, pues, en fin, siento en

mi corazón que no has de persuadirme. Vete, pues, y déjame vivir aquí;

mi vida, aun en el estado en que me encuentro, no será desgraciada,

puesto que me place.

CREÓN

Pero al hablarme de esa guisa, ¿a quién de nosotros pensáis que vuestra

situación debe doler más?

EDIPO

Me será muy grata si no llegas a persuadirnos ni a mí ni a los que nos

escuchan.

CREÓN

¡Infortunado, bien se ve que el tiempo no os ha hecho más prudente y no

ha alimentado en vuestro corazón sino amargura y enojos para vuestra

ancianidad!

EDIPO

Eres hábil en el arte de descubrir; pero no sé de ningún hombre justo

que sepa hablar igualmente bien en pro de todas las causas.

CREÓN

Existe diferencia entre hablar mucho y hablar con oportunidad.

EDIPO

He aquí por qué en lo que hablas se unen la conveniencia y la brevedad.

CREÓN

No sin duda, a los ojos de un espíritu semejante al vuestro.

EDIPO

En nombre de los extranjeros que me escuchan, vete. Guárdate de poner

la mano sobre mí en la tierra que debo habitar.

CREÓN

También recurro al testimonio de estos extranjeros, no al tuyo; que

juzguen de qué suerte respondes a las palabras de tus amigos: si nunca

me apoderase de ti...

EDIPO

¿Y quién osaría arrancarme de los brazos de mis defensores?

CREÓN

Sabré castigarte sin arrancarte de sus brazos.

EDIPO

¿Y cómo esperas ejecutar esa amenaza?

CREÓN (_Cogiendo a Antígona._)

He aquí ya en mis manos a una de tus hijas, que voy a enviar delante de

mí; no tardaré en apoderarme de la otra.

EDIPO

¡Cielos!

CREÓN

Pronto tendrás nuevos motivos para gemir.

EDIPO

¿Te has apoderado de una de mis hijas?

CREÓN

La otra la seguirá.

EDIPO

¡Ay de mí! ¿Qué haréis, extranjeros? ¿Traicionaréis a un desgraciado?

¿No echaréis a este impío de la tierra que habitáis?

EL CORO (_A Creón._)

Retiraos, extranjero, retiraos sin tardar. Lo que hacéis y habéis hecho

es injusto.

CREÓN (_A su séquito._)

Apresuraos a arrastrarla si se niega a seguiros.

ANTÍGONA

¡Ah infeliz! ¿Cómo huiré? ¿Qué dioses o qué mortales se dignarán

socorrerme?

EL CORO

(_A Creón, que quiere llevarse a Antígona._)

¿Extranjero, qué hacéis?

CREÓN

No quiero tocar al anciano, sino a la que me pertenece.

EDIPO

¡Oh, soberanos de esta comarca!

EL CORO

Extranjero, vuestra acción es injusta.

CREÓN

Es justa.

EL CORO

¿Cómo?

CREÓN

Me llevo a las que son mías.

ANTÍGONA

¡Oh ciudad!

EL CORO

¿Qué hacéis, extranjero? Poned fin a tal violencia, o experimentaréis

el poder de nuestros brazos.

CREÓN (_Al Coro._)

Retiraos.

EL CORO

No, nunca, mientras persistáis en tal propósito.

EDIPO (_A Creón._)

Atacarme a mí es atacar a la ciudad entera.

EL CORO (_A Edipo._)

Ved lo que le decimos.

CREÓN (_Al Coro._)

Dejad al punto, dejad a esa muchacha en mis manos.

EL CORO (_A Creón._)

No déis órdenes donde no tenéis poder.

CREÓN

Os digo que la dejéis.

EL CORO

Y nosotros os decimos que os vayáis. ¡Venid, venid, acudid, habitantes

de esta comarca; nuestra ciudad es atacada, venid, venid!

ANTÍGONA

¡Desgraciada! ¡Me arrastran! ¡Ciudadanos, ciudadanos!...

EDIPO

Hija mía, ¿dónde estás?

ANTÍGONA

Me arrastran con violencia.

EDIPO

¡Tiende los brazos hacia mí, hija mía!

ANTÍGONA

No puedo.

CREÓN (_A su séquito._)

¿No acabáis de llevárosla?

ESCENA III

CREÓN, EDIPO, EL CORO

EDIPO

¡Cuán desgraciado soy!

CREÓN (_A Edipo._)

De hoy en adelante no marcharás sostenido por los dos apoyos de tu

vejez; y ya que quieres triunfar de tu patria y tus amigos, en nombre

de los cuales (aunque soy el rey) hago lo que me han ordenado, triunfa

a tu gusto. Con el tiempo conocerás, me atrevo a creerlo, que al

resistir a tus amigos y abandonarte a tu cólera, que te fué siempre tan

funesta, no has hecho ni haces aún sino prepararte nuevas penas.

EL CORO (_A Creón._)

Deteneos, extranjero.

CREÓN

Guardaos de acercaros a mí.

EL CORO

No os perdonamos que no nos hayáis devuelto a la que nos arrebatáis.

CREÓN

Pronto tendréis una indemnización más grande que pedir para esta

ciudad, pues no me limitaré a las dos hermanas.

EL CORO

¿Qué más haréis?

CREÓN (_Señalando a Edipo._)

Me lo llevaré a él.

EL CORO

¡Cielos! ¿Qué decís?

CREÓN

Lo que será luego ejecutado, si vuestro rey no se opone.

EDIPO

Amenaza insolente. ¿Osarías tocarme?

CREÓN (_A Edipo._)

Guárdate de seguir hablando.

EDIPO

¡No, las Euménides que aquí presiden no vedarán a mi boca pronunciar

una imprecación contra ti, el más malo de los hombres; contra ti, que

acabas de arrancarme insolentemente cuanto para mí sustituía a la luz

de que carezco! ¡Que el sol, que lo ve todo, te dé a ti y a tu raza

días tan deplorables como los míos y una vejez semejante!

CREÓN

Habitantes de esta tierra, ya veis sus arrebatos.

EDIPO

Nos ven a uno y a otro, y consideran que tomo venganza con palabras

siendo oprimido con acciones.

CREÓN

No puedo dominar mi cólera, y, aunque solo, aunque debilitado por los

años, voy a llevármele a la fuerza.

EDIPO

¡Ay infortunado!

EL CORO

¿Con qué pensamientos audaces, extranjero, habéis venido aquí, si

esperáis ejecutar tales amenazas?

CREÓN

Sí, lo espero.

EL CORO

Si es así, no debemos tener esta ciudad en nada.

CREÓN

Cuando se trata de la justicia, el débil puede vencer al fuerte.

EDIPO (_Al Coro._)

¿Oís lo que osa decir?

EL CORO

No lo ejecutará.

CREÓN

Eso es lo que no sabéis vosotros, y sólo Zeus puede saber.

EL CORO

¡Qué insulto!

CREÓN

Un insulto que hay que soportar.

EL CORO

Ciudadanos, defensores de esta comarca, apresuraos, venid todos...,

están a punto de franquear nuestros límites.

ESCENA IV

LOS PRECEDENTES, TESEO

TESEO

¿Qué gritos he oído? ¿Qué ha pasado? ¿Qué temor os mueve a arrancarme

de los altares del dios que preside en Colona y a interrumpir mi

sacrificio? Hablad, decidme por qué se me ha obligado a venir

precipitadamente.

EDIPO (_A Teseo._)

Amigo mío (¡pues bien reconozco vuestra voz!), acabo de sufrir los más

crueles ultrajes de ese hombre.

TESEO

¿Qué ultrajes? ¿Quién es su autor? Explicaos.

EDIPO

Ese Creón que veis, ha venido a robarme a mis dos hijas, al único apoyo

que me quedaba.

TESEO

¿Qué decís?

EDIPO

La desgracia que acabo de sufrir.

TESEO

Volad al punto, corred a los altares donde el pueblo está reunido;

que deje el sacrificio; que acuda diligente, a pie o a caballo, al

vértice de ambos caminos; que impida el paso de las dos jóvenes

princesas; que me evite la vergüenza de ser vencido por la violencia y

de ser el ludibrio de ese extranjero; apresuraos a llevar a cabo mis

órdenes; no hubiera yo tardado en castigarle por mi mano si me hubiera

entregado de lleno al furor que merece; pero las mismas leyes por que

él acaba de guiarme servirán para juzgarle. (_A Creón._) No saldréis

de esta comarca sin que hayáis traído y puesto en mis manos a las dos

princesas, ya que habéis obrado de manera tan indigna de mí, de vuestro

origen y de vuestra patria. ¡Llegáis a una ciudad que sólo respira

justicia y no hace nada contra la ley, y, pisoteando los principios

que la rigen, os atrevéis, en vuestra violencia, a caer sobre vuestra

presa, a llevárosla y a sojuzgarla! ¿Pensáis habéroslas con una ciudad

sin ciudadanos y reducida a la esclavitud? ¿No me tenéis en nada?

Tebas, sin embargo, no hizo de vos un mal hombre; no acostumbra a criar

ciudadanos injustos; distaría mucho de aprobar vuestra conducta, si

supiera que venís a llevaros de aquí, con violencia, a desgraciados

suplicantes, que se amparaban en los dioses y en mí. Nunca, aunque

hubiera tenido los motivos más justos, hubiera yo ido a vuestra patria

para hacerle semejante ultraje; y nunca, sin contar con el soberano,

quienquiera que hubiera sido, habría yo osado llevarme ni violentar a

nadie. Sé muy bien cómo un extranjero debe conducirse entre ciudadanos.

Y, no obstante, no teméis deshonrar a vuestra ciudad, que no lo merece.

Sin duda los años os han turbado la razón. Ya os lo he dicho y os lo

repito: haced al punto traer a las hijas de Edipo, si no queréis, mal

que os pese, quedaros aquí. He aquí lo que os prometo y os promete mi

corazón tanto como mi lengua.

EL CORO

Mirad adonde habéis llegado, extranjero; vuestra sangre anuncia en vos

un hombre justo y vuestras acciones no muestran sino un mal hombre.

CREÓN (_A Teseo._)

Hijo de Egeo, no ha sido, como pretendéis, creyendo a esta ciudad sin

ciudadanos ni prudencia como he llevado a cabo mi reciente acción, sino

no creyendo que nadie aquí pudiera interesarse por mis deudos hasta el

punto de querer sustentarlos a pesar mío. Pensaba, además, que esta

ciudad no daría asilo a un hombre impuro, manchado con la sangre de su

padre; a un hombre que ha sido a la vez hijo y esposo de su madre. Yo

conocía la sabiduría del areópago, ese ilustre Tribunal que no permite

a semejantes fugitivos establecerse aquí. En eso me fundaba al caer

sobre mi presa; y aun así no lo hubiera hecho a no haber Edipo lanzado

contra mí y mi raza las imprecaciones más terribles. Ante tal ultraje,

he creído deber devolvérselo; pues la cólera es un sentimiento que

no envejece y sólo se extingue en la tumba; los muertos no más son

insensibles. Ahora haced lo que queráis, ya que, pese a la justicia

de mis razones, la soledad en que me hallo me priva de fuerza y de

defensa. Con todo, aun haré por devolveros cuantos malos tratos reciba

de vos.

EDIPO

¡Qué insolente audacia! ¿Y sobre quién cae tal ultraje? ¿Sobre mí,

desgraciado anciano, o sobre ti, que acabas de reprocharme muertes,

lazos funestos, horrores en que me he visto envuelto a pesar mío? Eran

obra de los dioses que vengaban en nuestra raza no sé qué antigua

ofensa; pero no encontrarás contra mí el reproche legítimo de un solo

crimen en cuanto he cometido con los míos y conmigo. En efecto, dime

cómo, porque un oráculo predijo a mi padre que debía morir a manos

de su hijo; podrías, con justicia, hacerme un reproche a mí, a quien

mi padre y mi madre no me habían aún dado el ser, a mí que no había

nacido. ¿Y cómo si, por la fatalidad que parece haberme perseguido,

combatí con mi padre y le maté, sin saber lo que hacía, cómo, digo,

puedes reprocharme con fundamento un crimen tan involuntario?

¡Desgraciado, no te avergüenzas de obligarme a hablar aquí de mi

himeneo con mi madre, que era tu hermana! ¡Qué himeneo! Lo diré, no

lo callaré, ya que tu boca impía ha llegado a ese exceso de audacia.

Sí, me llevó en su seno, me dio la vida ¡infeliz de mí!, y después de

haberme engendrado, sin conocerme, sin conocerse a sí misma, me dio

hijos que son su oprobio. Pero bien sé que gustas de tronar contra

ella y contra mí. Por lo que a mí toca, a mi pesar casé con ella, y a

mi pesar lo recuerdo. Pero, ni por tal himeneo ni por la muerte de mi

padre, que te complaces tan a menudo en reprocharme amargamente, seré

tenido nunca por un hombre perverso. Respóndeme tan sólo, hombre justo,

¿si alguno viniese de súbito a atacarte, irías a informarte de si el

agresor era tu padre, o te apresurarías a castigarle? Yo pienso que,

por poco cara que te sea la vida, te vengarías al punto del culpable,

sin considerar si eso sería un crimen o no. He aquí, sin embargo, la

naturaleza de los crímenes a que la mano de los dioses me condujo; son

tales, que si mi padre levantara la cabeza, no creo que se atreviese

a reprochármelos; pero tú, que, sin conocer la justicia, no ves en

tus palabras inconsideradas sino justicia y razón, ¡me reprochas mis

desgracias delante de este pueblo! Te cuadra mucho, después de eso,

halagar el gran nombre de Teseo y lisonjear a Atenas a propósito de la

gloria de sus hijos. En medio de tales elogios, echas en olvido uno

muy esencial; y es que, si hay en el mundo una ciudad que sepa honrar

a los dioses, es Atenas la que supera en esa virtud a todas las demás;

¡y no obstante, vienes a arrancar de su seno a un anciano suplicante

y, alzando la mano sobre mí, te atreves a robarme a mis hijas! En pago

de eso, me prosterno ante las diosas aquí presentes; las invoco, las

conjuro con mis plegarias a que vengan en nuestro socorro y combatan a

nuestro lado; así sabrás a qué hombres está encomendada la defensa de

esta ciudad.

EL CORO (_A Teseo._)

Señor, este extranjero es de corazón virtuoso; sus infortunios son

horribles y le hacen digno de nuestro interés en su defensa.

TESEO

Basta de palabras. ¡Mientras los raptores apresuran su marcha,

nosotros, sobre quienes cae tal ultraje, permanecemos inactivos!

CREÓN

¿Qué exigís de mí en el abandono en que me hallo?

TESEO

Marchar ante mí por ese camino y conducirme al sitio donde tenéis

ocultas a las hijas que consideramos como nuestras. Si los raptores

las arrastran en su fuga, no hay que inquietarse mucho por ello, se

les seguirá, y no tendrán motivo para dar gracias al cielo de haber

escapado sanos y salvos de esta tierra. Conducidnos, pues, y pensad

que habéis llegado a ser nuestra presa persiguiendo a la vuestra. La

fortuna os ha cogido en la misma trampa que habíais tendido; pues

la astucia es un mal medio para adquirir y para conservar. Harto se

adivina en vuestra audaz actitud que no habéis llegado a la ligera ni

sin apercibiros a hacernos tal ultraje. Os habéis confiado en alguna

estratagema al poner mano en esta empresa; pero a mí me toca preverla y

no permitir que una ciudad entera ceda en poder a un solo hombre. ¿Me

habéis entendido? ¿O pensáis que las palabras que oís y las que oíais

cuando concebíais vuestros planes son vanas y frívolas?

CREÓN

Mientras yo esté aquí no tendré nada que oponer a cuanto me digáis;

pero de vuelta a mi patria, sabré lo que he de hacer.

TESEO

Amenazad, pero echad a andar, y vos, Edipo, permaneced tranquilo aquí,

y creed que, si no muero, no tendré punto de reposo hasta que os haya

devuelto a vuestras hijas.

(_Salen. Edipo queda solo en escena con el Coro._)

EDIPO

¡Quiera el cielo, oh Teseo, que recojáis el fruto de los cuidados

generosos y benéficos que os tomáis por nosotros!

ESCENA V

EDIPO, EL CORO

EL CORO

¡Quién se hallase donde pronto unos y otros han de encontrarse, han

de mezclarse y han de hacer resonar la voz de bronce del dios Ares!

¡Quién se hallase en los campos de Maratón o en las riberas de Eleusis,

profusamente fulgurantes, donde las venerables diosas inician en

augustos misterios a los mortales, sobre cuya lengua se posa la llave

de oro de los Eumólpidas sus ministros! Allí, sin duda, el valiente

Teseo y las dos muchachas a quienes el himeneo no ha sometido aún a su

yugo han de hacer resonar por los campos sus penetrantes clamores.

Quizá sea hacia el occidente de la roca blanca, no lejos del burgo de

Aca, donde los carros y los caballos encontrarán a los raptores. Se les

despojará de su presa, su perseguidor Ares es terrible, y terrible,

además, es el valor de los teseidas. Los frenos de los caballos brillan

por doquier; los adoradores de Palas guerrera y del dios de los

mares, el hijo querido de Rea, avanzan sobre corceles magníficamente

engualdrapados.

Entablado el combate, si hemos de dar crédito a nuestros

presentimientos, los raptores no tardarán en tener que entregar a la

que ha sufrido tantos ultrajes, a la que un pariente ha tratado de un

modo tan indigno. Diariamente Zeus castiga de modo semejante. Somos los

profetas del éxito del combate: ¡quién pudiera, con las alas rápidas de

la paloma, lanzándose al seno de las nubes, ver con sus propios ojos el

combate que esperamos! Zeus, soberano del Olimpo, tú que lo ves todo, y

tú, Palas, su augusta hija, coronad el valor de los que gobiernan esta

tierra; haced que sus soldados no persigan sin fruto su presa. También

os suplicamos, Apolo, amigo de la caza, y su hermana, de pies veloces,

que os complacéis en la persecución de los ciervos ligeros, que vengáis

ambos en socorro de esta tierra y de sus habitantes.

[Ilustración]

ACTO CUARTO

ESCENA PRIMERA

EDIPO, EL CORO

EL CORO

Extranjero desgraciado (_A Edipo._), no diréis que somos profetas

mendaces. Diviso a ambas princesas; tornan, están ya cerca.

EDIPO

¿Dónde están? ¿Dónde están? ¿Qué decís? ¿Qué me habéis anunciado?

ESCENA II

TESEO, ANTÍGONA, ISMENA, EDIPO, EL CORO

ANTÍGONA

¡Padre mío, padre mío! ¿Qué dios os concederá el favor de ver con

vuestros propios ojos al más generoso de los mortales que nos devuelve

a vuestros brazos?

EDIPO

¡Hijas mías! ¿Estáis aquí, en efecto, ambas?

ANTÍGONA

El brazo de Teseo y de sus valerosos guerreros nos ha salvado.

EDIPO

Venid, hijas mías, venid; abrazad a vuestro padre, dadle este placer de

que no esperaba ya gozar.

ANTÍGONA

Seréis satisfecho; nuestros deseos responden a los vuestros.

EDIPO

¿Dónde estáis? ¿Dónde estáis?

ANTÍGONA

Henos aquí a una y a otra.

EDIPO

¡Hijas queridas!

ANTÍGONA

¿Las hay que no sean caras al corazón de un padre?

EDIPO

¡Apoyos de mi vejez!

ANTÍGONA

¡Infortunados sostenes de un infortunado!

EDIPO

Tengo en mis brazos lo que me es más querido. Puesto que mis dos hijas

están junto a mí, no moriré del todo desgraciado. Hijas mías, apoyaos

sobre mi pecho, apretad vuestro cuerpo contra el de quien os dio el

ser; haced olvidar a mi corazón desdichado mi soledad y mis fatigas.

Decidme cuanto ha sucedido, y decídmelo en pocas palabras, como cuadra

a vuestra edad.

ANTÍGONA

He aquí a quien nos ha salvado; eso es cuanto os importa saber, padre

mío, y estas pocas palabras bastan para vos y para mí.

EDIPO (_A Teseo._)

No os asombre, oh príncipe, que cuando mis hijas me son devueltas

contra toda esperanza, me abandone al placer de abrazarlas. Harto sé

que a vos, a vos sólo, os debo tan grande beneficio; sólo vos entre

todos los mortales me habéis conservado a mis hijas. Que los dioses,

como deseo, os lo premien, a vos y a esta comarca, ya que sólo aquí,

sólo entre vosotros, he hallado la piedad, la justicia y la verdad.

Teniéndolo en cuenta, ved con qué palabras quiero responder a vuestros

beneficios, pues lo que tengo, lo tengo por vos y por ningún otro de

entre los humanos. ¡Dadme, oh rey, la mano, que pueda yo tocarla, que

pueda, si me es permitido, besar vuestra frente...! Pero ¿qué digo?

¿Cómo, ¡infeliz de mí!, me atrevería a tocar a un mortal sin mancilla

alguna? No os tocaré, no permitiré siquiera que me toquéis; sólo a

los que han sufrido semejantes desgracias les corresponde compartir su

peso. Pero vos sed dichoso y conservad para mí en lo futuro la misma

benevolencia equitativa de que me habéis hoy dado pruebas.

TESEO

En vuestro gozo de recibir a vuestras hijas, no me hubiera sorprendido

que hubierais dado aún más extensión a vuestras expansiones con ellas,

y aunque hubierais preferido en ese momento conversar con ellas a

hacerlo conmigo, no hubiera yo tenido por qué quejarme. Más por las

acciones que por las palabras, procuro derramar algún resplandor sobre

mi vida; y doy prueba de ello, pues de cuanto os he jurado, nada he

dejado de cumpliros, anciano. En efecto, os devuelvo a vuestras hijas,

a quienes he salvado y librado de los peligros que las amenazaban. No

encareceré a vuestros ojos el desarrollo del combate: lo sabréis por

boca de vuestras mismas hijas. Por de pronto, escuchad lo que acabo de

oir al llegar aquí. La noticia no es muy importante, pero es natural

que os asombre; no hay acción indiferente y que en absoluto no merezca

que nos preocupemos de ella.

EDIPO

Hijo de Egeo, ¿qué noticia es esa? Dignaos dármela; ignoro lo que

podéis haber sabido.

TESEO

Dicen que un hombre, que no es vuestro conciudadano, sino vuestro

pariente, ha ido a prosternarse y sentarse al pie del altar de

Poseidón, del altar donde yo sacrificaba cuando he acudido.

EDIPO

¿De dónde viene y con qué fin se ha sentado al pie de tal altar?

TESEO

Lo ignoro. Sólo sé y se me ha dicho que os pide una entrevista muy

corta.

EDIPO

¿Qué entrevista? Esa actitud de suplicante no anuncia un asunto de poca

importancia.

TESEO

Dicen que no pide sino hablaros y marcharse.

EDIPO

¿Quién es ese mortal que se presenta aquí como suplicante?

TESEO

¿No tendríais en Argos algún pariente que pudiera pediros tal gracia?

EDIPO

Amigo mío, no vayáis más lejos.

TESEO

¿Qué os pasa?

EDIPO

No me preguntéis nada.

TESEO

Explicaos.

EDIPO

Por lo que acabo de oir, sé quién es el suplicante.

TESEO

¿Y quién puede ser ese hombre, que estoy ya a punto de odiar?

EDIPO

Príncipe, mi hijo, mi detestable hijo, de todos los mortales aquel con

quien una entrevista me haría sufrir más.

TESEO

¿No podéis escucharle y no hacer sino lo que gustéis? ¿Tan enojoso es

para vos el oirle?

EDIPO

Sólo su voz sería para el corazón de un padre el más horrible tormento.

¡No me pongáis en la necesidad de tener para vos tal complacencia!

TESEO

Pero si el derecho de los suplicantes os pone en tal necesidad, tened

en cuenta los respetos que yo me vería obligado a tener para el dios.

ANTÍGONA

Padre mío, por joven que sea vuestra hija, dignaos atender a sus

consejos; dejad al príncipe satisfacer los deseos de su corazón y

las voluntades del dios. Concedednos la gracia de dejar venir aquí a

mi hermano. Tranquilizaos; cuanto pueda deciros contrario a vuestros

propósitos no violentará vuestra voluntad. ¿Qué peligro hay para vos

en escucharle? Se pueden juzgar las intenciones por las palabras.

Vos, padre mío, le habéis dado el ser, y aunque os hubiera inferido

los más crueles e impíos ultrajes, no estaría bien que pretendieseis

devolvérselos. Dignaos recibirle. Otros padres han tenido hijos

indignos y vivos resentimientos; pero la voz de la amistad tenía sobre

ellos un poderoso influjo que subyugaba su ira. No recordéis vuestros

males presentes, sino los que habéis sufrido por culpa de vuestro padre

y vuestra madre; si los consideráis, estoy segura de que veréis al

punto el resultado funesto de una cólera cruel. Privado de la luz del

día, vuestros recuerdos son dolorosos; ceded a nuestras súplicas. Es

vergonzoso resistir a los que sólo piden justicia, y cuando recibís de

ellos trato tan dulce, haríais mal en no saber corresponder a él.

EDIPO

Hija mía, vos y Teseo me habéis vencido exigiendo de mí esta

complacencia que me pesa. Haced lo que os plazca; pero, príncipe, sólo

os pido que no permitáis, si viene aquí, que nadie pueda hacerse dueño

de mi destino.

TESEO

Anciano, lo que me habéis pedido una vez, no es preciso que me lo

pidáis nuevamente. Evito toda vana ostentación, pero si algún dios vela

por mi conservación, me atrevo a responder de la vuestra.

ESCENA III

LOS PRECEDENTES, excepto TESEO

EL CORO

Aquel que, descontento de ver su vida limitada a un corto número

de días, desea vivir más, padece, en sentir nuestro, una funesta

obcecación, ya que muy a menudo los días sólo se multiplican para

acrecentar el dolor en nosotros. El hombre, aun obteniendo más de lo

que desea, no es más feliz; aun junto a la tumba es insaciable, aun en

la hora fatal en que no hay ya himeneo, ni cantos, ni danzas; aun en la

hora, en fin, en que la muerte se presenta.

Edipo rey; Edipo en Colona; Antígona · 第 5 / 9 段