¡Quiera el cielo que venga bajo auspicios favorables, para su patria

al par que para mí! Pues no hay hombre, por virtuoso que sea, que se

olvide de su interés.

ANTÍGONA

¿Qué debo pensar, por Zeus, padre mío? ¿Qué debo decir?

EDIPO

Cara Antígona, hija mía, ¿qué os sucede?

ANTÍGONA

Veo venir hacia nosotros una mujer montada en un corcel soberbio, un

casco a la manera tesaliana cubre su cabeza y sombrea su frente... ¿Qué

creer? Será... No..., mi espíritu no acierta... Yo aseguraría..., pero

no... No sé qué decir. Desgraciada, no puede ser otra... A medida que

se aproxima la alegría brilla en sus ojos, me sonríe. ¿Cómo dudar que

es a Ismena a quien veo?

EDIPO

¿Qué decís, hija mía?

ANTÍGONA

Que es a vuestra hija, mi hermana Ismena, a quien diviso; el sonido de

su voz puede ahora confirmároslo.

ESCENA VI

LOS PRECEDENTES, ISMENA

ISMENA

¡Dulce momento en que puedo ver y oir a un tiempo a un padre y a una

hermana queridos! ¡Cuántos trabajos para encontraros, cuántos trabajos

para volver a veros!

EDIPO

Hija mía, ¿sois vos?

ISMENA

¡Oh desgraciado padre!

EDIPO

¡Oh sangre de mi sangre, hija mía!

ISMENA

¡Oh ternuras desgraciadas!

EDIPO

¿Vos aquí, hija mía?

ISMENA

No sin grandes trabajos.

EDIPO

Querida hija, abrazad a vuestro padre.

ISMENA

Mis brazos os estrechan a ambos.

EDIPO

¿A Antígona y a mí?

ISMENA

Unen a tres desgraciados.

EDIPO

¿Y qué motivo os trae?

ISMENA

Algo que os atañe.

EDIPO

¿Me echabas de menos?

ISMENA

Tenía para vos noticias de que vengo a daros parte, no teniendo conmigo

otro servidor fiel.

EDIPO

Y vuestros hermanos, ¿dónde están, ellos a quien la juventud habilita

para los trabajos?

ISMENA

Donde quiera que estén, están en una cruel situación.

EDIPO

¡Cómo recuerdan sus costumbres y su carácter los antiguos usos de

Egipto, donde los hombres, retirados en el interior de sus casas,

manejaban el huso, mientras sus mujeres iban a buscar fuera cuanto

era necesario para la nutrición de sus esposos! Así, hijas mías,

vuestros hermanos, en lugar de echar sobre sus hombros, como debían,

los cuidados que pesan sobre vosotras, permanecen tranquilamente

guardando su casa, al modo de mujeres, mientras una y otra os ocupáis

por ellos en el alivio de mis males. Una, desde el momento que salió

de la infancia, y que adquirió la fuerza de la juventud, fugitiva y

desgraciada conmigo, ha sido el guía de mi vejez; con frecuencia en

los bosques más salvajes, errante, sin aliento y casi sin vestidos,

expuesta a los ardores del sol, a las inclemencias del aire, doliente,

extenuada, prefiere a los festines que hubiera tenido en su hogar la

felicidad de procurar algún sustento a su padre. Vos, hija mía (_a

Ismena_), vos habéis ya venido, a hurto de los tebanos, a anunciar a

vuestro padre lo dicho por los oráculos sobre la suerte de este cuerpo

infeliz. Me habéis fielmente acompañado al ser echado de mi patria,

y ahora, Ismena, ¿qué venís a decirme, qué designio os ha sacado de

vuestra morada? Porque, harto lo sospecho, no habéis venido sin motivo

y sin alguna terrible noticia que darme.

ISMENA

No os diré, padre mío, cuánto he sufrido buscando el lugar donde

podíais haberos retirado; no quiero, con un relato aflictivo de mis

trabajos, sufrir de nuevo su amargura; vengo a informaros de los

males que amenazan hoy a vuestros dos desgraciados hijos. Parecían al

principio no tener otro deseo que abandonar el trono a Creón, y no

mancillar su patria, considerando el estigma de su raza y los males

horribles caídos sobre vuestra casa; ahora, impelidos por los dioses

y por un genio perverso, por una ambición funesta, esos infortunados

se disputan el trono. El más joven ha despojado de él a Polinicio, que

tenía la ventaja de la edad; le ha echado de su patria. Polinicio,

según es público, ha elegido a Argos para retiro; allí forma una

nueva alianza; allí reúne un ejército que interesa en su causa, sea

para castigar a la ciudad de Cadmo, ya para elevar hasta el Cielo la

gloria de Argos. No son amenazas prodigadas en vano, padre mío, sino

preparativos temibles. No sé cuándo los dioses se apiadarán de vuestras

desgracias.

EDIPO

¿Cómo? ¿Tenéis ya alguna esperanza de que los dioses se dignen parar

mientes en mí y ocuparse de mi dicha?

ISMENA

Sí, sin duda, padre mío, y varios oráculos lo afirman.

EDIPO

¿Qué oráculos son esos, hija mía? ¿Qué predicen?

ISMENA

Que aquí mismo, en vuestra vida y después de vuestra muerte, los

pueblos os buscarán para su propia seguridad.

EDIPO

¿Y qué socorro podría esperarse de un mortal en el estado en que yo

estoy?

ISMENA

En vos sólo, dicen, residen sus fuerzas.

EDIPO

¿Acaso, porque no soy ya nada, me convierto en un hombre importante a

sus ojos?

ISMENA

Los dioses os ensalzan después de haberos abatido.

EDIPO

No es fácil ensalzar en la vejez lo que fué abatido en la juventud.

ISMENA

Sabed, sin embargo, que para aprovechar esos oráculos, Creón no tardará

en venir.

EDIPO

¿Qué quiere hacer, hija mía? Explicadme.

ISMENA

Estableceros cerca de la tierra de Cadmo, para que los tebanos os

tengan en su poder, sin permitiros, no obstante, franquear los límites

de su país.

EDIPO

¿Y qué ventaja les reportará dejarme a sus puertas?

ISMENA

Vuestra tumba sería en otra parte un peso funesto que gravitaría sobre

ellos.

EDIPO

Un dios, sin duda, les ha revelado esos secretos; ¿cómo ellos por sí

solos hubieran podido penetrarlos?

ISMENA

Por eso quieren llevaros cerca de su ciudad y no permitiros disponer de

vos.

EDIPO

¿Pero sin duda, se servirán de la tierra de Tebas para cubrir mi cuerpo?

ISMENA

Padre mío; la sangre paterna que vertisteis se opone a ello.

EDIPO

No se opondrá, al menos, a que nunca puedan apoderarse de mí.

ISMENA

He aquí lo que les pesará a los tebanos.

EDIPO

¿Por qué, hija mía?

ISMENA

Por efecto de vuestra cólera, cuando se acerquen a vuestra tumba.

EDIPO

¿Eso que anunciáis, hija mía, por quién lo sabéis?

ISMENA

Por los mismos que venían de consultar al oráculo de Delfos.

EDIPO

¿Es, pues, eso lo que Febo ha pronunciado sobre mí?

ISMENA

Es lo que han referido los que de Delfos han venido a los campos

tebanos.

EDIPO

¿Alguno de mis hijos ha oído esos relatos?

ISMENA

Los han oído perfectamente uno y otro.

EDIPO

¿Y los pérfidos, no obstante, enterados por el oráculo han antepuesto

el deseo de reinar al deseo de volver a verme?

ISMENA

Ved lo que no puedo oir sin rubor, y sin embargo, no puedo negar.

EDIPO

¡Que los dioses no extingan nunca el odio fatal que les divide! Si de

mí dependiese el fin de la guerra que acaba de armar al uno contra el

otro, ni el que tiene actualmente el cetro lo seguiría poseyendo ni el

que ha salido de Tebas podría jamás volver a ella. Ambos, en vez de

protegerme, en vez de retenerme, a mí que era su padre, cuando fuí, con

tanto oprobio, echado de mi patria, contribuyeron a mi destierro y lo

confirmaron con un decreto. Diréis que, en verdad, Tebas no hizo sino

concederme lo que había pedido yo mismo. No, ciertamente, ya que en el

fatal día en que mi furia me hacía desear la muerte, la lapidación, no

hubo nadie que quisiera concederme tal gracia. Sólo después de cierto

tiempo, cuando mis dolores se hubieron aliviado un poco, cuando empecé

a percatarme de que mi extravío había castigado harto severamente mis

faltas, sólo entonces sirvieron éstas de pretexto a los tebanos para

expulsarme indignamente; y no obstante, mis hijos, que podían socorrer

a su padre, le negaron su ayuda y me vi obligado a partir lejos de mi

patria, fugitivo y miserable, a sufrir un destierro que una palabra

de su boca hubiera podido evitarme. Sólo vosotras, hijas mías, en

la medida que la debilidad de vuestro sexo os lo ha permitido, sólo

vosotras me habéis proporcionado el sustento, la seguridad y todos los

socorros que le es dable esperar a un padre, mientras que mis hijos

no pensaban sino en apoderarse de mi cetro y en reinar en mi lugar.

Pero nunca me tendrán por defensor, nunca el trono usurpado será una

ventaja para ellos. He aquí lo que los oráculos, traídos por Ismena,

me han hecho saber y las antiguas predicciones de Apolo confirman en

mi pensamiento. Ahora que envíen a buscarme aquí a Creón o a cualquier

otro de los poderosos de la ciudad: extranjeros, si con las venerables

diosas que aquí presiden os dignáis prestarme vuestra ayuda, sabed que

adquiriréis conmigo un poderoso escudo para vuestra ciudad y un azote

para vuestros enemigos.

EL CORO

¡Bien merecéis, Edipo, tanto vos como vuestras hijas, que nos

interesemos por vuestras desgracias! Ya que os anunciáis como el

salvador de esta comarca, vamos a aconsejaros lo que debéis hacer.

EDIPO

Amigos míos, dadme esos consejos hospitalarios; estoy pronto a

seguirlos.

EL CORO

Comenzad por purificaciones en honor de las diosas de las que habéis

empezado por invadir la morada y de las que vuestros pies han hollado

el suelo sagrado.

EDIPO

¿Y de qué modo haré esas purificaciones? Extranjeros, dignaos decírmelo.

EL CORO

Id, por de pronto, con mano respetuosa a esa fuente sagrada, que no se

agota nunca, por agua pura para vuestras libaciones.

EDIPO

¿Y cómo podré coger tal agua?

EL CORO

Encontraréis cráteras que son obra de un hábil artista. Os las pondréis

sobre la cabeza, y el asa doble de su abertura...

EDIPO

¿Con qué las cubriré? ¿Con ramas o con lana?

EL CORO

Con el vellón nuevo de un corderillo.

EDIPO

Bien. ¿Qué haré después?

EL CORO

Os volveréis hacia donde se levanta la aurora y haréis vuestras

libaciones.

EDIPO

¿Las haré con las cráteras de que habláis?

EL CORO

Las haréis con tres vasos primero, y el cuarto lo derramaréis entero.

EDIPO

¿De qué lo llenaré? Acabad de enterarme.

EL CORO

De hidromiel; guardaos de mezclar vino.

EDIPO

Y cuando la tierra esté mojada con tales libaciones...

EL CORO

Tomad en vuestras manos tres veces nueve ramas de olivo y pronunciad

las plegarias...

EDIPO

¿Qué plegarias? Ardo en deseos de oirlas; son importantes para mí.

EL CORO

«Diosas a quienes llamamos Euménides, recibid con benevolencia digna

de vuestro nombre a un suplicante que os pide gracia.» Pero vuestra

plegaria, si la pronunciáis vos mismo o si otro la pronuncia, no lo sea

en voz alta, para que no pueda ser oída. Retiraos luego lentamente y

sin volver la cabeza. Si seguís nuestros consejos, nos encontraremos

confiados junto a vos; de otra suerte, extranjero, tememos mucho por

vuestra vida.

EDIPO

Ya oís, hijas mías, lo que los habitantes de esta tierra nos

recomiendan.

ANTÍGONA E ISMENA (_A la vez._)

Lo hemos oído; ordenad. ¿Qué hay que hacer?

EDIPO

En mi doble privación de mis fuerzas y de mis ojos, no puedo ir adonde

me mandan. Que una de vosotras vaya a cumplir esos deberes por mí;

pues una sola equivale a mil si su corazón está bien dispuesto. Pero

una u otra apresuraos y cuidad de no dejarme solo. ¡Qué sería de mí,

abandonado, sin guía y sin apoyo!

ISMENA

Bien; yo me encargaré de lo tocante a esas libaciones; sólo ignoro el

sitio adonde he de ir, y eso es lo que deseo saber.

EL CORO

Al otro lado del bosque, de ese bosque que veis. Si necesitáis algún

otro indicio, los habitantes del lugar podrán proporcionároslo.

ISMENA

Iré, pues, Antígona, mientras vos cuidáis de nuestro padre; cuando los

autores de nuestros días nos causan alguna molestia, hay que sufrirla y

olvidarla.

ESCENA VII

EL CORO, EDIPO, ANTÍGONA

EL CORO

Es, sin duda, una crueldad despertar vuestros dolores adormecidos por

el tiempo, extranjero, y no obstante, ardemos en deseos de interrogaros.

EDIPO

¿Sobre qué?

EL CORO

Sobre el deplorable e irremediable infortunio en que os halláis.

EDIPO

En nombre de la hospitalidad que recibo de vosotros, no hagáis abrirme

mis heridas. Cuanto me ha sucedido es horrible.

EL CORO

Y no obstante, extranjero, ardemos en deseos de oir un relato largo y

fiel de tales acontecimientos.

EDIPO

¡Ay!

EL CORO

Concedednos ese favor; os lo suplicamos.

EDIPO

¡Ay! ¡Ay!

EL CORO

Atended a nuestra súplica; nosotros hemos atendido a las vuestras.

EDIPO

Los crímenes que me mancillan, el cielo es testigo, han sido

involuntarios; mi voluntad no ha tenido parte en ellos.

EL CORO

¿Cómo?

EDIPO

Tebas, sin saber el himeneo a que me sometía, me cargó, con sus lazos

funestos, de una cadena de infortunios.

EL CORO

¿Fué, pues, con vuestra madre, como se dice, con quien contrajisteis

ese himeneo execrable?

EDIPO

¡Ay de mí! La muerte, extranjeros, no es más terrible que estos

relatos. Las dos hermanas que veis lo son mías.

EL CORO

¿Qué decís?

EDIPO

Son mis hijas; ambas nacidas de mi crimen.

EL CORO

¡Oh Zeus!

EDIPO

Fueron concebidas en el mismo seno que yo.

EL CORO

¿Son, pues, a la vez, hijas y hermanas de su padre?

EDIPO

¡Ay!

EL CORO

¡Mil veces ay!

EDIPO

Cuanto puede darse de más horrible...

EL CORO

¿Lo habéis sufrido?

EDIPO

Lo he sufrido para recordarlo siempre...

EL CORO

¿Lo habéis cometido?

EDIPO

No lo he cometido.

EL CORO

¿Cómo?

EDIPO

¡Infeliz de mí! Recibí de Tebas lo que nunca hubiera debido aceptar.

EL CORO

¡Desgraciado! ¿Asesinasteis...?

EDIPO

¡Ah! ¿Qué más decís? ¿Qué queréis que os diga?

EL CORO

¿A vuestro padre?

EDIPO

Basta; son nuevos golpes con que desgarráis mi herida.

EL CORO

¿Lo matasteis?

EDIPO

Lo maté... y no obstante no fué...

EL CORO

¿Qué vais a decir?

EDIPO

No fué injustamente.

EL CORO

¿Cómo?

EDIPO

Voy a explicarme; no creí luchar sino con extranjeros. La ignorancia en

que estaba de mi crimen me purifica a los ojos de la ley.

EL CORO

Mas he aquí a nuestro rey; he aquí a Teseo, a quien vuestro nombre

atrae junto a vos.

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO SEGUNDO

ESCENA PRIMERA

EL CORO, TESEO, EDIPO, ANTÍGONA

TESEO

He oído tantas veces, hasta hoy, hijo de Layo, relatar de qué modo

horrible habéis perdido la vista, que os reconozco sin trabajo, y

completan mi noción de eso los relatos que me han hecho en el camino.

Vuestros vestidos, la miseria pintada en vuestro rostro, harto me dicen

quién sois, desgraciado Edipo. Apiadado de vuestra suerte, quiero

interrogaros. Decidme qué socorros esperáis de mí y de esta ciudad,

para vos y para la infortunada que os conduce. Sería necesario que lo

que pedís fuera muy difícil para que yo no pudiera concedéroslo. Me

acuerdo demasiado de que, como vos, fuí en otro tiempo extranjero y

desgraciado. He visto juntarse sobre mi cabeza cuantos males pueden

asediar a un hombre en una tierra lejana de su patria. ¿Cómo podría yo

negarme a socorrer a un extranjero tan infortunado como vos? ¿No sé que

soy mortal y que no tengo más derecho que vos al día venidero?

EDIPO

Teseo, la generosidad de vuestra alma harto se muestra en vuestras

breves palabras para que yo pueda ahorrarme el hablar largamente.

Sabéis quién soy, quién fué mi padre, qué patria he dejado; sólo me

resta deciros lo que deseo, y todo estará dicho.

TESEO

Explicadme lo que queréis; hacédmelo saber.

EDIPO

Vengo a traeros como presente este cuerpo miserable, cuyo aspecto no

tiene nada que lo haga codiciable; pero las ventajas que os ha de

proporcionar valen mucho más que los dones de la hermosura.

TESEO

¿Y qué ventaja pensáis proporcionarnos?

EDIPO

No es ahora cuando podéis saberlo; el tiempo os lo enseñará.

TESEO

Y ¿cuándo se manifestará la utilidad de vuestro presente?

EDIPO

Cuando haya muerto y vos me hayáis enterrado.

TESEO

Habláis del término de vuestra vida; ¿habéis olvidado el intervalo que

os separa de él aún, o no le dais importancia?

EDIPO

Lo tengo muy presente en mi petición.

TESEO

Pero la gracia que me pedís es poca cosa.

EDIPO

¡Tened cuidado! Una gran lucha...

TESEO

¿Qué lucha? ¿Por parte de vuestros hijos o por mi parte?

EDIPO

Vendrán mis hijos a obligarme a volver junto a ellos.

TESEO

Si lo quisieran, haríais mal en huirles.

EDIPO

Pero cuando yo quería seguir a su lado no lo permitieron.

TESEO

¡Hombre imprudente! El resentimiento cuadra mal en el infortunio.

EDIPO

Cuando yo os haya enterado, dadme vuestros consejos; hasta entonces

suspendedlos.

TESEO

Enteradme. No debo, en efecto, hablar sin previo examen.

EDIPO

Teseo, he sufrido desgracias sobre desgracias.

TESEO

¿Habláis de las antiguas calamidades de vuestra raza?

EDIPO

No, sin duda; todos los griegos han hablado harto de ellas.

TESEO

¿Qué habéis, pues, sufrido por encima de los infortunios ordinarios?

EDIPO

Vedlo. He sido desterrado de mi patria por mis propios hijos; y como

matador de mi padre, me está vedado tornar a ella.

TESEO

¿Pero cómo os llamarían si quisieran vivir lejos de vos?

EDIPO

La voz de un oráculo les fuerza a ello.

TESEO

¿Qué temor les inspira ese oráculo?

EDIPO

Encontrar en esta tierra su aniquilamiento.

TESEO

¿Y cómo mi patria llegaría a ser para ellos motivo de amargura?

EDIPO

Caro y digno hijo de Egeo, sólo los dioses están exentos de la vejez y

de la muerte: todo lo demás está bajo el poder invencible del tiempo.

La fecundidad de la tierra acaba; el vigor del cuerpo desaparece; la

amistad muere; la enemistad crece en su lugar. El mismo espíritu no

une siempre a las ciudades ni a los amigos. Lo que les encantaba un

tiempo después les disgusta, para volver luego nuevamente a gustarles.

Si la paz reina ahora entre Tebas y vosotros, el tiempo en su curso

dará origen a una larga serie de días y de noches en que, con fútiles

pretextos, Tebas destruirá por el hierro la concordia, la armonía

que os une hoy con ellos. Entonces, dormido en la tumba, mi cuerpo

helado se hartará de la sangre hirviente de los tebanos, si Zeus es

siempre el dios supremo y si el oráculo de Apolo no miente. Pero es

enojoso revelar acontecimientos que están todavía en la obscuridad del

porvenir. Dejadme, como había comenzado, pediros sólo que me guardéis

vuestra fe; y si los dioses no me engañan, no diréis que al recibir a

Edipo en esta tierra habéis recibido un habitante inútil.

EL CORO

Ved, señor, ved las ventajas importantes que nos ha predicho ya y que

debe asegurar a esta comarca.

TESEO

¿Quién podría desterrar de su corazón la benevolencia que merece este

infortunado, cuya casa se unió a la nuestra por los derechos de la

hospitalidad, cuando viene en calidad de suplicante enviado por los

dioses y nos trae a esta ciudad y a mí un tributo no despreciable?

Quiero, pues, respetando la orden del cielo, no rechazar sus presentes

y establecerle en esta comarca si desea permanecer aquí. Habitantes

de Colona, os cuidaréis de lo que le atañe. Pero, Edipo, si preferís

seguirme a Atenas, lo dejo a vuestra elección; mis cuidados os

acompañarán allí.

EDIPO

¡Dígnate, oh Zeus, recompensar tanta bondad!

TESEO

En fin, ¿qué deseáis? ¿Venir a palacio?

EDIPO

Sí, si el destino me lo permitiese; pero es éste el lugar donde debo...

TESEO

¿Qué debéis? Me guardaré bien de oponerme.

EDIPO

Triunfar de los que me han expulsado.

TESEO

Sería un fruto harto precioso de vuestra morada en este país.

EDIPO

Pero hay que cumplir la promesa que me habéis hecho.

TESEO

Fiad en mi palabra, no os haré traición.

EDIPO

No quiero encadenaros con un juramento, como a un hombre vil.

TESEO

Un juramento no sería mejor prenda que mi palabra.

EDIPO

¿Qué haréis, en fin?

TESEO

¿Cuáles son los temores que más os agitan?

EDIPO

Vendrán.

TESEO

Estos ciudadanos velarán por vuestra seguridad.

EDIPO

Cuidad de no abandonarme.

TESEO

Ahorraos el trabajo de enseñarme lo que debo hacer.

EDIPO

La necesidad puede enseñar el temor.

TESEO

El temor no es conocido por mi corazón.

EDIPO

No sabéis qué amenazas...

TESEO

Sé que nadie os sacará de aquí a la fuerza. Se hacen amenazas, la

cólera estalla en mil palabras insensatas; pero luego que la reflexión

ha apaciguado el ánimo, todo ese gran aparato se evapora: eso sucederá

a los hijos de Edipo. Sean cuales sean los fastuosos discursos con que

se aperciban a confundiros para comprometeros a seguirles, creedme, el

camino se les antojará sobrado largo y el mar por demás tempestuoso

para aventurarse; y, sin consultar mis sentimientos para vos, os daría

nuevas seguridades, puesto que Febo os envía; pero tengo motivos para

pensar que, en mi ausencia, mi nombre será suficiente para poneros a

cubierto de todo ataque.

ESCENA II

EL CORO, EDIPO, ANTÍGONA

EL CORO

Extranjeros, este lugar célebre adonde habéis llegado, Colona, es

el asilo más tranquilo y más seguro de esta tierra, famosa por

sus corceles. Aquí gustan los ruiseñores de hacer oir sus cantos

quejumbrosos, en la sombra obscura de la hiedra, en el seno de

los vallezuelos verdeantes o en los bosques sagrados y fértiles,

inaccesibles a los mortales, impenetrables a la luz y respetados del

viento y del frío. Aquí gusta Dionisos de pasearse sin cesar, rodeado

de las ninfas que le criaron. Aquí, bajo el rocío del cielo, se ve

florecer todos los días el narciso de bellos racimos, útil conforme

al uso antiguo, para coronar a las dos grandes diosas, y el azafrán

dorado. Las fuentes fecundas del Céfiro derraman por las praderas

aguas nunca dormidas; siempre, pródigas de vida, sus linfas puras se

extienden por el fértil suelo de los campos. El coro de las musas y

Afrodita, en su carro de oro, se complacen en recorrer estos parajes.

Pero lo que las comarcas de Asia y la gran isla de Pélopos, habitada

por los dorios, no deben haber poseído nunca es este árbol sagrado, que

nace de sí mismo y es el terror de las lanzas enemigas. En esta comarca

más que en cualquiera otra, florece este árbol precioso, el olivo,

que se distingue por sus hojas verde pálido y alimenta a los niños.

Ningún hombre, esté en la juventud o en el declinar de su vida, sería

bastante imprudente para osar arrancarlo por su mano: hasta tal punto

Zeus, que preside el olivo sagrado, vela sin cesar, con Palas, por su

conservación.

Pero en honor de esta metrópoli aún nos queda un elogio que hacer. Nos

referimos a los presentes que recibe de un gran dios, a los presentes

que la hacen gloriosa y hábil para criar y conducir corceles y para

navegar. ¡Hijo de Cronos, soberano Poseidón, tú la has elevado a tal

grado de gloria, tú hiciste conocer en esta comarca antes que nadie el

freno que doma a los corceles; por tus lecciones el bajel, a impulsos

de los remos, se lanza rápido y huye ante las nereidas hectápodas!

[Ilustración]

[Ilustración]

ACTO TERCERO

ESCENA PRIMERA

ANTÍGONA, EDIPO, EL CORO

ANTÍGONA

¡Oh comarca, tanto tiempo celebrada con tanto elogio, he aquí el

momento de mostrar que lo merecéis!

EDIPO

¿Qué sucede, hija mía?

ANTÍGONA

Creón, seguido de numerosa escolta, llega, padre mío, está cerca.

EDIPO

Queridos y dignos ancianos, de vosotros depende ahora mi salvación.

EL CORO

Tranquilizaos; nosotros respondemos, pues si somos viejos, el vigor de

esta comarca no ha envejecido aún.

ESCENA II

LOS PRECEDENTES, CREÓN

CREÓN

Generosos habitantes de esta tierra, veo en vuestras miradas que mi

llegada os produce cierto espanto; cesad de temerme y suprimid toda

palabra ofensiva; estoy viejo y heme cerca de una ciudad poderosa

como nunca la hubo en Grecia. Encargado de convencer a este anciano

(_señalando a Edipo_) de que me siga a los campos tebanos, yo, a

quien los lazos de la sangre me han hecho más que a nadie deplorar

sus desgracias, no vengo enviado por un solo hombre, sino por toda

una ciudad. Desgraciado Edipo, dignaos, por lo tanto, escucharme y

seguirme. Todo el pueblo tebano os llama con justicia, y yo más que

todos los tebanos juntos; pues yo, más que todos ellos (si no soy el

peor de los hombres), debo apiadarme de vuestro infortunio, viéndoos

bajo el peso de males sin cuento, en comarcas extrañas, errante por

doquier, a merced de una sola compañera que vele por vuestra vida. ¿A

qué estado miserable no ha llegado ella misma, ocupada sin tregua en

cuidaros, en mendigar algún sustento para conservar una existencia

tan querida? ¡La infortunada, en la flor de la juventud, extraña a

las dichas del himeneo, expuesta a ser presa del primer raptor! ¡Qué

desgraciado soy (pues es vano disimular lo que nadie ignora), yo que

he podido hacer caer tan sangriento oprobio sobre vos, sobre mí, sobre

mi raza entera! Edipo, en nombre de los dioses de la patria, volved a

habitar vuestra ciudad, vuestro palacio, la morada de vuestros padres;

dirigid a esta ciudad en que estáis palabras de reconocimiento, las

merece; pero venid a honrar, con más justicia, a la que os crió.

EDIPO

Edipo rey; Edipo en Colona; Antígona · 第 4 / 9 段