ULTIMOS DIAS DE COLÓN.--COLÓN EN SANLÚCAR Y EN SEVILLA.--SUS
PADECIMIENTOS FÍSICOS Y MORALES.--CONDUCTA DEL REY CATÓLICO
CON COLÓN.--PRESÉNTASE COLÓN A D. FERNANDO EN SEGOVIA.--CARTA
DEL ALMIRANTE A D.ª JUANA Y A FELIPE EL HERMOSO.--COLÓN EN
VALLADOLID.--TESTAMENTO DEL ALMIRANTE.--SU MUERTE.--CELEBRACIÓN DE
SUS EXEQUIAS.--SUS RESTOS EN EL CONVENTO DE SAN FRANCISCO.--JUICIO
QUE DE COLÓN FORMARON SUS CONTEMPORÁNEOS.--FIRMA DE
COLÓN.--CASA DONDE MURIÓ COLÓN.--TRASLACIÓN DE SUS RESTOS A
LA CARTUJA DE SANTA MARÍA DE LAS CUEVAS EN SEVILLA, LUEGO A
LA CATEDRAL DE SANTO DOMINGO Y DESPUÉS A CUBA. HÁLLANSE EN LA
CATEDRAL DE SEVILLA.--RELIGIOSIDAD DE COLÓN.--SU CARÁCTER,
SEGÚN HERRERA.--OPINIÓN DE LOS REYES CATÓLICOS.--OPINIÓN DE
BOLÍVAR.--COLÓN, SEGÚN ALGUNOS ESCRITORES DE NUESTROS DÍAS.
El descubridor del Nuevo Mundo, enfermo y pobre, se dirigió desde
Sanlúcar de Barrameda a Sevilla. En esta última ciudad, con fecha 21
de abril de 1504, escribió a su hijo Diego, y, entre otras cosas, le
decía lo siguiente: «yo he servido a sus Altezas con tanta diligencia
y amor y más que por ganar el paraíso; y si en algo ha habido falta,
habrá sido por el imposible ó por no alcanzar mi saber y fuerzas
más adelante.» Intentó presentarse en la corte, impidiéndoselo la
enfermedad que le aquejaba. «Porque este mi mal es tan malo--decía a su
hijo en carta fechada el 1.º de diciembre--y el frío tanto conforme a
me lo favorecer, que non podía errar de quedar en alguna venta.» Como
sus padecimientos no le permitiesen salir de Sevilla, envió a la corte
a su hermano Bartolomé y a su hijo natural Fernando, «niño en días,
pero no ansí en el entendimiento», para que en unión de su otro hijo
Diego, que residía al lado del Rey, influyesen con Don Fernando, a
fin de que le cumpliesen todo lo estipulado. El Rey, ocupado en otros
asuntos, no atendió las reclamaciones del Almirante.
Llegada la primavera del año 1505, pudo trasladarse en una mula a
Segovia, siendo recibido por el Rey con semblante alegre y buenas
palabras; eran estas palabras sólo dilaciones para no cumplir lo
pactado. Diego Colón dirigió al Rey otro memorial pidiendo lo mismo
que su padre, obteniendo también la misma contestación. «Cuantas más
peticiones daban al Rey--escribe Herrera--tanto mejor respondía y se
lo dilataba; y, entre estas dilaciones, quiso el Rey que le tentasen
de concierto, para que hiciese renunciación de los privilegios, y que
por Castilla le harían la recompensa, y se le apuntó que le darían a
Carrión de los Condes y sobre ello cierto Estado, de lo cual recibió el
Almirante gran descontento, pareciéndole que era señal de no cumplirle
lo que tantas veces con la Reina le habían prometido; y por esta causa,
desde la cama, adonde estaba muy enfermo, con una carta se quejó al
Arzobispo de Sevilla, remitiéndolo todo al Divino Juicio»[532].
[532] _Década 1.ª_, lib. VI, cap. XIV.
Ignoramos las asistencias que percibió Colón en todo aquel año y
primeros meses del siguiente; sabemos, sí, que a sus hijos y a su
hermano se les libraban importantes cantidades, a aquéllos por resto de
lo devengado en sus viajes a Indias, al otro como contino de la Real
Casa.
No esperando que Don Fernando le hiciese justicia, se dirigió a Doña
Juana y a Don Felipe, que de Flandes acababan de llegar a España. Así
decía la carta: «Por ende humildemente suplico a VV. AA. que me cuenten
en la cuenta de su leal vasallo y servidor, y tengan por cierto que
bien que esta enfermedad me trabaja así agora sin piedad, que yo les
puedo aun servir de servicio que no se haya visto su igual. Estos
revesados tiempos y otras angustias en que yo he sido puesto contra
tanta razon me han llevado a gran extremo. A esta causa no he podido
ir a VV. AA. ni mi hijo. Muy humildemente les suplico que reciban la
intencion y voluntad, como de quien espera de ser vuelto en mi honra
y estado como mis escrituras lo prometen. La Santa Trinidad guarde y
acresciente el muy alto y real estado de Vuestras Altezas»[533].
[533] Navarrete, _Colección de viajes_, tomo III, pág. 530.
Dirigióse a Valladolid, a la generosa ciudad del conde D. Pedro
Ansúrez. (Apéndice S). La última voluntad de Cristóbal Colón,
«documento escrito de su propio puño, fechado el 1.º de abril de
1502» y depositado en la celda del Reverendo Padre Gaspar Gorricio,
de la Cartuja de las Grutas, antes de la partida del Almirante a su
cuarto viaje, fué confirmado en todas sus partes después de su vuelta,
conforme lo declaró él mismo, reproduciéndole el día 25 de agosto de
1505. Tiempo adelante, cuando conoció que llegaba su última hora, quiso
darle forma y que interviniese el correspondiente escribano y notario
público, según puede verse a continuación. Dice de la siguiente manera:
«En la noble villa de Valladolid, a 19 días del mes de mayo, año
del nacimiento de Nuestro Salvador Jesucristo de mil e quinientos e
seis años, por ante mí Pedro de Hinojedo, escribano de cámara de sus
Altezas y escribano de Provincia en la su Corte e Chancillería, e su
escribano y notario público en todos los sus Reinos y Señoríos, é de
los testigos de yuso escritos: el Sr. D. Cristóbal Colon, Almirante
é Visorrey é Gobernador general de las islas é tierra firme de las
Indias descubiertas é por descubrir que dijo que era, etc. Son testigos
el bachiller Andrés Mirueña y Gaspar de la Misericordia, vecinos de
Valladolid, y Bartolomé de Fresco, Alvaro Perez, Juan de Espinosa,
Andrés y Hernando de Vargas, Francisco Manuel y Fernan Martinez,
criados de dicho señor Almirante»[534].
[534] En los comienzos del siglo XVI y bastante tiempo
después, la palabra _criado_ no significaba lo que al
presente, sino a todos los que prestaban algún servicio en las
casas de los magnates, como el de secretarios, administradores
u otros semejantes. Seguramente que a estos últimos se
referían los criados del señor Almirante.
Muy significativo es el párrafo siguiente: «El Rey y la Reina, nuestros
señores, cuando yo les serví con las Indias; digo serví, que parece que
yo, por voluntad de Dios, se las dí, como cosa que era mía... é para
las ir a descubrir allende poner el aviso y mi persona, Sus Altezas no
gastaron ni quisieron gastar para ello, salvo un cuento de maravedís,
é a mí fué necesario de gastar el resto: así plugó a Sus Altezas que
yo hubiere en mi parte de las dichas Indias, islas é tierra firme que
son al Poniente de una raya que mandaron marcar sobre las islas de las
Azores, y aquellas del Cabo Verde, cien leguas, la cual pasa de polo
a polo; que yo hubiese en mi parte el tercio y el ochavo de todo, é
además el diezmo de lo que está en ellas, como más largo se amuestra
por los dichos mis privilegios é cartas de merced.» (Apéndice T).
Instituyó Colón dos mayorazgos: uno para Don Diego, hijo legítimo; y
otro para Don Fernando, hijo natural. En ambos excluye a las hembras,
las cuales únicamente podrán disfrutarlos en el caso de la completa
falta de herederos varones. Sobre este particular, el académico D.
Luis Vidart, hace la siguiente observación: «No pesó en el ánimo del
Almirante la gratitud a su protectora la Reina Doña Isabel de Castilla,
para inclinarle a respetar el mejor derecho de las hijas sobre los
sobrinos, en la herencia de los bienes, sean o no amayorazgados»[535].
Ordenó Colón a su hijo D. Diego que fundara una capilla y que en ella
hubiese «tres capellanes que digan cada día tres misas, una a la honra
de la Santísima Trinidad, é la otra a la Concepción de Nuestra Señora,
é la otra por el ánima de todos los fieles difuntos, é por mi ánima
é de mi padre é madre é mujer.» La cláusula respecto a la madre de
Don Fernando Colón, dice lo siguiente: «E le mando (a Don Diego) que
haya encomendada a Beatriz Enríquez, madre de Don Fernando, mi hijo,
que la provea que pueda vivir honestamente, como persona a quien yo
soy en tanto cargo. Y esto se haga por mi descargo de la conciencia,
porque esto pesa mucho para mi ánima. La razon dello non es lícito
de la escribir aquí.» A continuación del testamento se halla una
memoria escrita de mano del Almirante, en que dispone se diese: «a
los herederos de Jerónimo del Puerto, veinte ducados; a Antonio Vaso,
dos mil quinientos reales, de Portugal; a un judío que moraba a la
puerta de la Judería de Lisboa, el valor de medio marco de plata; a los
herederos de Luis Centurion Escoto, treinta mil reales, de Portugal;
a esos mismos herederos y a los de Paulo de Negro, cien ducados, y a
Bautista Espíndola ó a sus herederos, si es muerto, veinte ducados.»
(Apéndice U).
[535] _Colón o la ingratitud de España._ Conferencia leída el
21 de enero de 1892 en el Ateneo de Madrid, pág. 26.
Escribe Don Fernando Colón, que cuando el Rey Católico salió de la
ciudad de Valladolid a recibir a Felipe I _el Hermoso_, que venía
a reinar en España, su padre, «el Almirante quedó muy agravado de
gota y otras enfermedades, que no era la menor el verse decaído
de su posesion, y en estas congojas dió el alma a Dios el día de
su Ascension[536] a 20 de mayo de 1506, en la referida villa de
Valladolid, habiendo recibido antes todos los Sacramentos de la
Iglesia. Fueron sus últimas palabras: _In manus tuas, Domine,
commendo spiritum meum_. Las exequias se celebraron en Santa María la
Antigua»[537].
[536] No fué el día de la Ascensión, porque en aquel año cayó
el 21.
[537] Véase Washington Irving, _Vida y viajes de Colón_.
Los restos del Almirante se depositaron--según algunos cronistas--en
el convento de San Francisco. El Dr. D. Lorenzo Galíndez de Carvajal
(n. en Plasencia el 1472 y m. en Burgos el 1532), en sus _Adiciones
genealógicas a los Claros varones de Castilla_, de Fernán Pérez de
Guzmán, escribe lo siguiente: «D. Cristóbal Colón, primer Almirante
de las Indias, el cual primero las descubrió y halló en el año de mil
cuatrocientos noventa y dos, y murió en Valladolid en el mes de mayo
de mil quinientos seis, y allí se sepultó en el Monasterio de San
Francisco en la capilla de Inés de Lacerda, para se llevar a la iglesia
mayor de Sevilla, donde mandó hacer su capilla»[538]. En esta o en
otras fuentes bebieron Washington Irving y Prescott, aquél en su obra
ya citada, y éste en su _Historia de los Reyes Católicos D. Fernando
y Doña Isabel_, cuando dicen que «los restos de Colón se depositaron
primeramente en el convento de San Francisco de Valladolid»[539].
[538] _Colección de documentos inéditos_, etc., t. XVIII, p.
467. Adición al cap. VI del Almirante D. Alonso Enríquez.
[539] Tomo VII, p. 126.--Madrid, 1848. Tr.
Ni dentro, ni fuera de España se hizo apenas caso de la muerte de
Colón. La atención pública en España se hallaba distraída por la
llegada de la princesa Juana y de su marido el archiduque Felipe de
Austria, llamado el _Hermoso_, quienes iban a tomar posesión del reino
de Castilla. A grandes y pequeños les interesaba saber si eran o no
eran ciertas las discordias conyugales entre los dos príncipes, y
si eran o no eran ciertos los disgustos y rencores entre el yerno y
el suegro. A todos preocupaban las divisiones palaciegas; a ninguno
el fallecimiento del hombre que había dado a España la mitad del
globo. Europa tenía fijos sus ojos en el renacimiento, ya literario,
ya artístico, y en las famosas guerras de Italia. Sucedíanse los
descubrimientos y los inventos. ¿Quién había de acordarse de Colón,
cuando sucesos de tanta importancia preocupaban a todas las naciones?
¿Qué juicio habían formado los contemporáneos de Colón? Pedro Mártir
de Anglería, historiógrafo real, que por el año 1506 se hallaba
cerca de la hermosa ciudad del Pisuerga, no dice una palabra ni de
la enfermedad ni de la muerte de Colón; y entre las muchas cartas
curiosas de aquellos tiempos, publicadas en la _Biblioteca de autores
españoles_[540], no hay tampoco dato alguno sobre el particular; los
redactores del _Cronicón de Valladolid_[541], que dan noticia de las
cosas más insignificantes de la ciudad, no creyeron que la muerte del
insigne genovés merecía la pena de escribir unas cuantas líneas; el
historiador valisoletano Antolínez de Burgos, que nació en el último
tercio del siglo XVI y murió a mediados del XVII, se contentó con
decir que acabó el Almirante sus días en Valladolid en mayo de 1506,
y D. Manuel Canesi, hijo de una de las familias principales de dicha
población, en su _Historia de Valladolid_, en seis tomos[542] escribe
que murió el «año 1506, a 26 de mayo (algunos dicen a 6)». Ignoraba,
pues, Canesi, que Cristóbal Colón falleció el 20 del citado mayo.
[540] Tomos XIII y LXII.
[541] Comienza en el año 1333 y termina en el 1539.
[542] Esta obra, aún inédita, al ocurrir la muerte de D.
Manuel en el año de 1750, se vendió por sus herederos a los
Sres. Estradas, de éstos pasó a poder de D. Diego Sierra,
vecino de Palencia, viniendo a parar a un puesto de libros
viejos en Madrid, donde la compró D. Fidel de Sagarminaga, de
Bilbao. A la muerte de D. Fidel de Sagarminaga, dicha obra,
con la rica librería de dicho señor, se donó a la Diputación
de Vizcaya. El título es el siguiente: _Historia Secular
y Eclesiástica de la muy antigua, augusta, coronada, muy
ilustre, muy noble, rica y muy leal ciudad de Valladolid,
dedicada a los Señores Justicia y Regimiento, compuesta por D.
Manuel Canesi Acebedo, natural de ella y criado de su excelso
Ayuntamiento_.
Otra prueba del poco interés que excitó la muerte del Almirante, se
encuentra en la obra alemana intitulada _Países ignotos_, que terminó
Ruchhamer el 20 de septiembre de 1508, pues en ella se refiere que
Colón y su hermano Bartolomé vivían todavía en la corte de España.
De modo que no pocos historiadores contemporáneos y muchos de los que
después, hijos de Valladolid, escribieron sucesos de ciudad tan noble,
apenas dedican unas pocas palabras de dudosa veracidad o no citan la
muerte del hijo de Génova. Por el contrario, Galíndez de Carvajal en
aquellos días, al tener noticia del fallecimiento de Colón, expresaba:
«Podrá la inscripción que se le ha puesto borrarse de la piedra; pero
no de la memoria de los hombres.» Estanques, cronista de Felipe el
_Hermoso_, decía: «El descubrimiento de las Indias por D. Cristóbal
Colón fué la cosa más señalada que antes de sus tiempos aconteció en el
mundo..., el cual, si se hiciera en el de los griegos y romanos, cierto
es que lo ensalzaran y ponderaran en muchos volúmenes e historias, como
la grandeza del caso merecía.» Oviedo escribía a Carlos I lo que sigue:
«Porque aunque todo lo escripto y por escribir en la tierra perezca,
en el cielo se perpetuará tan famosa historia, donde todo lo bueno
quiere Dios que sea remunerado y permanezca para su alabanza y gloria
de tan famoso varón. Los antiguos le hubieran erigido estatua de oro,
sin darse por ello exentos de gratitud.» Pinel y Monroy expone dicho
particular en estos términos: «Fué, sin duda, la dificultosa empresa
de D. Cristóbal la de mayor admiración que pudo caber en ánimo mortal,
y que jamás imaginó ni concibió la esperanza de los siglos; y pudo con
razón decirse que después de la creación del mundo y la redención del
género humano, no resaltará en las letras sagradas ni profanas otra
obra de mayor grandeza.»
En la ciudad de Roma, Huberto Foglieta, historiador de las grandezas
de la Liguria, manifestó su indignación contra _el vergonzoso silencio
e increible ceguedad de su patria_ (Génova), que decretaba estatuas a
ciudadanos de escaso mérito y no erigía ninguna al único de sus hijos
cuya gloria no tenía igual[543]. La república de Génova, participando
de la general indiferencia, no pensó, hasta el año 1577 «en consagrarle
un trozo de aquel mármol de que tan pródigos son sus palacios»[544].
[543] _Clarorum ligurum elogia_, pág. XXXVI.--Roma, 1577.
[544] Roselly de Lorgues, _Hist. de Colón_, Introd. de Fr. R.
B. tom. I, pág. 16.
Ofrece cierta curiosidad la firma del Almirante, la cual es como sigue:
.S.
.S. A .S.
X M Y
Xpo FERENS
El significado es el siguiente: _Servus, Supplex Altissimi Salvatoris.
Jesús, María, Joseph. Christo Ferens_. Traducido al romance, será:
_Siervo humilde del Altísimo Salvador. Jesús, María, José. El que lleva
a Cristo_ (esto es, _Christophorus_, Cristóbal). En la firma, como
en otras cosas, se ve con toda claridad la influencia de la religión
cristiana sobre el alma creyente de Colón. Dice el P. Las Casas en su
obra (lib. I, cap. 102) lo siguiente: «Siendo el Almirante muy devoto
de San Francisco, prefirió también el color gris parduzco del hábito de
su Orden; y le vimos en Sevilla llevar un traje que era poco menos que
idéntico al hábito de los frailes franciscanos.» Del mismo Almirante
son las palabras que a continuación copiamos: «Para la realización
del viaje a la India de nada me han servido los razonamientos, ni las
matemáticas, ni los mapamundis. Se cumplió sencillamente lo que predijo
el profeta Isaías»[545].
[545] Véase Navarrete, II, 229 y siguientes.
Consideremos ahora dos asuntos de relativa importancia: la casa en que
murió Cristóbal Colón y el lugar donde han descansado los restos del
Almirante[546].
[546] Sobre el particular publicamos un artículo en la
_Revista de España_, núm. 566, correspondiente al 30 de
Octubre de 1892, que después se reprodujo en la _Revista
Contemporánea_, número 628, del 15 de agosto de 1902, y ahora
lo trasladamos en parte a este lugar.
¿En qué casa murió el insigne descubridor del Nuevo Mundo? Don Matías
Sangrador fué el primero que escribió: «Colón murió en la casa número
2[547] de la calle Ancha de la Magdalena, que siempre han poseído como
de mayorazgo los que llevan este ilustre apellido»[548]. A pesar de la
afirmación tan terminante del laborioso escritor valisoletano, cuando,
en el año 1865, se quiso tributar un testimonio de respeto a la memoria
de Colón, los resultados no correspondieron a las investigaciones que
se realizaron, según se muestra por el documento que copiamos:
«_Antecedentes relativos a la casa que en la calle de la Magdalena de
la ciudad de Valladolid posee el Sr. D. Diego Colón._
Los Sres. Licenciados D. Hernando Arias de Rivadeneira y don
Francisco de Rivadeneira, arcediano de Palencia, por escritura que
otorgaron con fecha en la ciudad de Valladolid y diciembre de 1551 a
testimonio del escribano de S. M. D. Diego Alonso Terán, y en virtud
de Real facultad, fundaron un mayorazgo titulado de Rivadeinera,
con los bienes que compraron a Juan de Segovia y a Juana Rodríguez,
su mujer, agregando a él la casa principal de su morada que tenían
en la ciudad de Valladolid a la calle que decían de la Magdalena,
lindante por un lado con corrales de la casa de Diego de Palacios
Mudarra (hoy herederos del Sr. D. José Arellano); por otro, con casas
del fundador D. Hernando, y por delante con la calle pública, cuyo
mayorazgo lo instituyeron en cabeza del hijo de D. Hernando, D. Diego
de Rivadeneira y sus sucesores.
La Sra. D.ª Josefa de Sierra Sarria Salcedo y Rivadeneira, sucesora
del referido Sr. D. Diego Rivadeneira, poseedora del mayorazgo de
este título y abuela del Sr. D. Diego Colón, casó en 13 de marzo de
1780 con el Ilmo. Sr. D. José Joaquín Colón de Toledo y Larreategui,
descendiente del descubridor del Nuevo Mundo, D. Cristóbal Colón.
Por lo expuesto se demuestra que la casa sita en la calle de la
Magdalena de la ciudad de Valladolid no perteneció al Almirante D.
Cristóbal Colón ni a sus sucesores, hasta que, por el matrimonio
del ilustrísimo Sr. D. José Joaquín Colón de Toledo con la Sra.
D.ª Josefa de Sierra y Sarria, recayó en la familia de Colón como
poseedora del mayorazgo de Rivadeneira.
Muy bien pudo suceder que el Almirante D. Cristóbal Colón, por
relaciones que le uniesen con la Sra. D.ª María de Rivadeneira o
con D. Diego Hernández de Segovia, padres del D. Hernando Arias de
Rivadeneira, o por otra cualquiera causa, habitase la calle de la
Magdalena cuando en 1506 estuvo en Valladolid; pero en el archivo del
señor D. Diego Santiago Colón de Toledo no existe ningún antecedente
legal que justifique que la relacionada casa fuese habitada por tan
ilustre señor.
Cuanto queda relacionado es lo único que puede decirse relativo a
la procedencia de la casa de la calle de la Magdalena, y a lo que
resulta del archivo del Sr. Colón de Toledo sobre la posibilidad de
que fuese habitada por el Almirante D. Cristóbal Colón.--Madrid 28 de
septiembre de 1865.--P. O., _Cipriano Sáenz_»[549].
[547] Hoy núm. 7.
[548] _Hist. de Valladolid_, t. I, pág. 309.
[549] Hállase el original en el Archivo municipal. Expediente
instruído para tributar un testimonio de respeto a la memoria
de Colón, Cervantes y conde Ansúrez.
Sin embargo, la comisión de Valladolid, tenaz en su empeño, dispuso
colocar la siguiente inscripción:
«Aquí murió Colón.
¡Honor al genio!»
Las razones en que aquélla se fundaba eran:
«Se ha dispuesto colocar esta lápida en el frente de la casa núm. 7
de la calle de Colón, perteneciente al Sr. D. Diego Santiago Colón
de Toledo, descendiente del ilustre genovés, descubridor del Nuevo
Mundo, y en cuya casa hay datos para presumir que fué la en que
falleció éste, si bien sólo se halla comprobado que sus honras se
celebraron en la iglesia de Nuestra Señora de la Antigua»[550].
[550] Archivo municipal, año 1866.
Además del documento procedente del archivo del Sr. D. Diego Santiago
Colón de Toledo, es evidente que la casa señalada como tal no sirvió de
última morada, ni en ella acabó sus días Cristóbal Colón, indicándolo
así su género de construcción, la cual debió tener lugar ya bien
entrado el siglo XVI.
¿Es la conocida hoy con el nombre de cárcel de corona, situada en la
calle de los Templarios, núm. 6? Podemos asegurar, según documentos
que hemos tenido a la vista, que la mencionada casa era hospital por
entonces, habiéndose hecho después reconstrucciones, obras y reparos de
importancia. ¿Era la que se hallaba casi enfrente de la conocida como
casa de Colón, quemada hace pocos años, y edificada luego con el núm.
4? Alguno lo creyó así, fundándose en que en ella se encontraron un
nivel y una regla para trazar planos, los cuales debían de pertenecer a
últimos del siglo XV o a principios del XVI; pero dado que sea verdad
lo expuesto, nada prueba, si se tiene en cuenta que aquellos objetos
estaban en la buhardilla a la vista de todos, y a mayor abundamiento,
se hará notar que en dicha casa vivió algunos años un industrial
dedicado a la compra y venta de antigüedades. En resumen, no se
encuentra ninguna luz que nos oriente en tan obscuro camino, y es de
presumir que será una de las cosas destinadas a no saberse nunca.
Otro asunto se presenta también a nuestra consideración. ¿Llevaron
los franciscanos el cuerpo de Colón a determinada sepultura, como
cree Galíndez Carvajal, o fué a parar al enterramiento general, como
sospechan otros? No negaremos que los frailes de San Francisco le
ayudaron a bien morir y celebraron sus funerales en Santa María la
Antigua; pero tampoco debe olvidarse que el descubridor del Nuevo
Mundo era hermano de la orden tercera. También debemos tener presente
las palabras del Conde Roselly de Lorgues: «Es muy cierto, dice, que
la muerte de un subgobernador, de un coronel, hace hoy más ruido en
una provincia, que no la ocasionaba entonces en España la pérdida del
hombre que había hallado un mundo»[551].
[551] _Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón_, tomo
II, pág 46.
Nosotros sólo diremos que se tiene noticia exacta de otros
enterramientos y de sus letreros, poco importantes si se comparan con
el del ilustre navegante, y nada se dice del de Colón. En la Historia
del Convento de San Francisco, de Fray Martín de Sobremonte, obra
voluminosa, manuscrita, llena de curiosas noticias y de preciosos
datos donde las cosas más insignificantes se detallan con exactitud
matemática, y muy especialmente las sepulturas de personas religiosas o
no religiosas, no hay indicación alguna sobre la de Colón. El título de
la obra es el siguiente:
_Noticias chronographicas y topographicas del Real y religiosisimo
convento de los Frailes Menores Observantes de San Francisco de
Valladolid, cabeza de la Provincia de la Inmaculada Concepcion de
Nuestra Señora._
Recogidas y escritas por Fray Matthias de Sobremonte, indigno Fraile
Menor, y el menor de los moradores de el mismo convento.
Año de MDCLX.
En la parte I, que llama _Chronographica_, noticia XI, pág. 55 v.ª, se
halla un epígrafe que intitula: _De algunos religiosos cuyas cenizas
descansan en este convento_, y se lee que «Fray Pedro de Santoyo está
enterrado en la capilla mayor desde el año 1431», etc., pág. 56, y más
adelante, que «Fray Bernardino de Arebalo está en la capilla mayor»,
etcétera, pág. 57. En la noticia XII, _De algunas cosas dignas de
memoria que an sucedido en este convento_, pág. 61, se lee que «D.
Alvaro de Luna estuvo enterrado en el convento», pág. 63.
En la parte II, que designa con el nombre de _Topographica_, y en la
noticia III, _De las capillas, altares y sepulturas_, etc., consta
que «el Padre Guevara, Obispo de Mondoñedo, fué enterrado en San
Francisco», pág. 20, y bajo el epígrafe _Otras sepulturas de personas
de quenta_, página 32, se dan detalles de enterramientos que llaman la
atención por lo minuciosos. ¡Ni una palabra acerca de la sepultura de
Cristóbal Colón!
De modo que el P. Sobremonte no ignoraba las sepulturas de los frailes
Santoyo, Arebalo y del cronista P. Guevara, de D. Alvaro de Luna, de
D.ª María de Mendoza, de D.ª Leonor de los Leones y de muchos más:
¿puede admitirse que olvidase la de Colón?
Don Rafael Floranes, que escribió en el siglo XVIII, y cuyos preciosos
manuscritos se hallan en la Biblioteca Nacional, tampoco nombra la
del descubridor del Nuevo Mundo. Entre las obras del insigne escritor
valisoletano, citaremos _Inscripciones de Valladolid_,(un tomo)[552],
y _Apuntes para la Historia de Valladolid_ (cinco tomos). Trata en
la primera de las inscripciones que se pusieron en las capillas de
las iglesias y conventos, habiéndonos fijado especialmente en las
capillas de la _Orden Tercera de San Francisco_. El título de la
segunda es _Apuntes para la Historia de Valladolid_[553]. Datos muy
curiosos se encuentran en el primer tomo[554], varias noticias y
algunos enterramientos en el segundo [555], y del tercero[556] lo que
copiamos a continuación: _Noticias del convento de San Francisco de
Valladolid conducentes a la Historia de esta ciudad_. Entre los varios
epitafios hay el siguiente: «Aquí yace el bienaventurado Padre Fray
Pedro Santoyo, Autor de la Regular Observancia en España y Fundador
de esta Santa Provincia de la Concepción: murió en este convento con
opinión de santidad y milagros, año de 1431 a 7 de abril; veinte
años después le trasladaron junto al altar mayor, en un sepulcro de
piedra; y en el año de 1629 a 4 de mayo le trasladaron a este lugar
con licencia del Ordinario.» Más adelante leemos: _Noticias sacadas
del Libro de la Sacristía de San Francisco, titulado el Libro de las
sepulturas y capillas deste convento de San Francisco en Valladolid_.
También, aunque ligeramente, hemos registrado los tomos cuarto[557]
y quinto[558]. Don Rafael Floranes, como el P. Sobremonte, son
diligentísimos escritores y de indiscutible autoridad en el asunto de
que se trata.
[552] _Departamento de manuscritos_, Mss. 11.246.
[553] _Departamento de manuscritos._
[554] Mss. 11.281.
[555] Mss. 11.282.
[556] Mss. 11.283.
[557] Mss. 11.284.
[558] Mss. 11.285.
Dado como cierto que los restos de Colón se colocaron en determinada
sepultura, ¿cuándo se trasladaron desde las bóvedas del convento de San
Francisco a la Cartuja de Santa María de las Cuevas? Solamente se sabe
que el 8 de septiembre de 1523, el cuerpo de Cristóbal Colón, según
el testimonio de su hijo Diego, estaba depositado en el monasterio
de Sevilla. De modo que en el período de diez y siete años, o sea,
desde el 20 de mayo de 1506 hasta el 8 de septiembre de 1523, se puede
asegurar que se verificó la primera traslación. Prescott dice que dicha
traslación se hizo seis años después de la muerte del Almirante[559];
pero no advirtió que Galíndez Carvajal escribió sus _Adiciones
genealógicas_ en 1517, después del mes de octubre, y de ellas se
desprende que todavía se encontraban los restos en San Francisco.
[559] Ob. cit., tomo VII, pág. 120.
¿Cuándo fueron trasladados por segunda vez desde el Monasterio de las
Cuevas a la Iglesia Catedral de Santo Domingo? Créese que en el año
1536[560]; se dice que la inhumación en la capilla mayor de la Catedral
se verificó en 1540, y se ignora si tuvo o no tuvo lápida su tumba.
[560] Así opinó también Prescott. Ibidem.
Por el tratado de Basilea del 22 de julio de 1795, la isla de Santo
Domingo pasó a formar parte de la república francesa, y los huesos
del Almirante, exhumados el 20 de diciembre, se transportaron por don
Gabriel de Aristizábal, Teniente General de la Armada, a la capital
de Cuba, conducidos a la Catedral y depositados en un nicho que se
abrió en el presbiterio al lado del Evangelio. En la Habana estaban el
15 de enero de 1796. Se duda por algunos escritores dominicanos que
los restos de Cristóbal Colón fuesen los mismos que se llevaron a la
Habana, y afirman que eran los de su hermano Bartolomé o de su hijo
Diego, y D. Fr. Roque Cocchia, Obispo de Orope, asegura, con sobrada
ligereza, que el 10 de septiembre de 1877, encontró en la Catedral de
Santo Domingo los _verdaderos restos_ de Cristóbal Colón.
Ignórase, pues, la época en que fueron trasladados los restos de Colón
desde Valladolid a Sevilla y desde Sevilla a Santo Domingo, y el Obispo
citado, no solamente duda, sino cree que aquéllos todavía descansan en
la Catedral dominicana.
Hasta el 1899 estuvieron en la Habana, trasladándose en dicha fecha
a Sevilla. Colocóse el pedestal en 1902, en la nave sur del templo,
delante de la puerta de San Cristóbal. En el centro del pedestal
se destacan las armas _chicas_ de Sevilla que consisten en la
figura[ilustración][561] entre las siguientes inscripciones: «Sevilla,
1891[562] y 1902[563].» Gótica inscripción ocupa todo el perímetro:
«Cuando la Isla de Cuba--dice--se emancipó de la madre España, Sevilla
obtuvo el depósito de los restos de Colón y su Ayuntamiento erigió este
pedestal.» Encima del pedestal se admiran, en buen tamaño, los reyes
de armas o heraldos de los cuatro reinos de Castilla, León, Aragón y
Navarra, colocados uno en cada ángulo y sosteniendo sobre sus hombros
el sarcófago. En la cara inferior del sarcófago, en letras góticas y
doradas, hay un letrero que dice: «Aquí yacen los restos de Cristóbal
Colón. Desde 1796 los guardó la Habana y este sepulcro por Real orden
de 26 de febrero de 1891.»
[561] Alfonso X _el Sabio_ concedió dichas armas _chicas_ en
1283 a Sevilla, por haberse mantenido leal cuando casi todo el
reino se había alzado en contra suya. Significan: _No madeja
do_.
[562] Por Real orden del 26 de febrero de 1891 (_Gaceta_ del
27) se dispuso la erección de un monumento en la Catedral de
la Habana para sepulcro de Colón. En el mismo año y mediante
informe de la Academia de Bellas Artes de San Fernando, se
concedió el premio al proyecto de D. Arturo Mélida. Hízose
el pedestal de piedra mármol y figuraba un templo o pirámide
azteca. Cuando Cuba logró su independencia, al mismo tiempo
que las cenizas del Almirante, se quiso trasladar el monumento
a España. Como esto último era muy difícil, dado el mucho
peso del pedestal, se hizo otro más modesto y con diferente
carácter, también bajo la dirección del Sr. Mélida, para
colocarlo en la Catedral de Sevilla.
[563] Esta es la fecha en que se verificó en la ciudad
andaluza la inauguración del artístico pedestal o histórico
monumento.
En el paño fúnebre se lee:
_A Castilla y a Aragón_
_Nuevo Mando dió Colón._
Dice el cronista Herrera que era Colón ferviente religioso.
«Acostumbraba a decir: _En el nombre de la Santísima Trinidad_. Cuando
escribía alguna carta o algún otro documento, ponía en la cabeza:
_Jesus, Cruz, María sit nobis en via_. Su juramento consistía algunas
veces en estas palabras: _Juro a San Fernando_. Si cuando escribía
cartas, especialmente a los reyes, quería afirmar alguna cosa, sus
palabras eran: _Hago juramento que es verdad esto_. Observaba los
preceptos de la iglesia respecto al ayuno, confesaba y comulgaba muchas
veces, rezaba todas las horas canónicas, era simplicísimo de blasfemias
y juramentos, devotísimo de Nuestra Señora y del Bienaventurado San
Francisco; pareció ser muy agradecido a Dios por los beneficios
recibidos; por lo cual, casi por proverbio, cada hora traía, que le
había hecho Dios grandes mercedes, como a David. Cuando le llevaban
algún oro o cosas preciosas, en su Oratorio, de rodillas, daba gracias
a Dios porque de descubrir tantos bienes le hacía digno; era muy celoso
de la honra de Dios y muy deseoso de la conversión de los indios, y
que por todas partes se sembrase y ampliase la fe de Jesucristo, y
singularmente aficionado y devoto de que Dios le hiciese digno de
que pudiese ayudar en algo para ganar el Santo Sepulcro, y con esta
devoción, y la confianza que tuvo de que Dios le había de guiar en el
descubrimiento de este Orbe que prometía, suplicó a la Serenísima Reina
Doña Isabel que hiciese voto de gastar todas las riquezas que por su
descubrimiento para los Reyes resultase, en ganar la tierra y Casa
Santa de Jerusalén. Fué varón de grande ánimo, esforzado y de altos
pensamientos: inclinado particularmente a lo que se puede colegir de
su vida, hechos, escrituras y conversación, a acometer hechos egregios
y señalados; paciente y muy sufrido, perdonador de las injurias, y que
no quería otra cosa, según de él se cuenta, sino que conociesen los
que le ofendían sus errores y se le reconociesen los delincuentes;
constantísimo y adornado de longanimidad en los trabajos y adversidades
que le ocurrieron siempre, teniendo gran confianza de la Providencia
Divina, y entrañable fidelidad y grandísima devoción siempre a los
Reyes, y en especial a la Reina Católica; y si él alcanzara el tiempo
de los antiguos, por la admirable empresa de haber descubierto el Nuevo
Mundo, además de los templos y estatuas que le hicieran, le dedicaran
alguna Estrella en los Signos Celestes, como a Hércules y a Baco; y
nuestra Edad se puede tener por dichosa por haber alcanzado tan famoso
varón, cuyos loores serán celebrados por infinitos siglos»[564].
[564] _Década_ 1.ª, lib. VI, cap. XV, pág. 168.
Por último, veamos el retrato que, bajo el punto de vista moral, hace
el cronista Herrera del Almirante. Solía decir «cuando reprehendía o
se enojaba con alguno: _¿Do vos a Dios, no os parece esto y esto?_ o
_¿por qué hicistes esto y esto?_» Supo mucha astrología y muy perito en
la navegación; supo latín e hizo versos. En las cosas de la religión
cristiana fué muy católico y de mucha devoción.
Creemos de inestimable valor el juicio que acerca de Colón tuvieron
Doña Isabel y Don Fernando. Después del descubrimiento del Nuevo
Mundo, los Reyes Católicos escribieron a Colón lo siguiente: «Una de
las principales cosas porque esto nos ha placido tanto es por ser
inventada, principiada é habida por vuestra mano, trabajo é industria.
Y cuanto más en esto platicamos y vemos, conocemos cuán gran cosa ha
seido este negocio vuestro, y que habéis sabido en ello más que nunca
se pensó que pudiera saber ninguno de los nacidos.»
Y Bolívar, el gran Bolívar, decía lo siguiente a sus amigos: «El plan
en sí mismo (la fundación de la República de Colombia) es grande y
magnífico; pero además de su utilidad deseo verlo realizado, porque
nos da la oportunidad de remediar en parte la injusticia que se ha
hecha a un grande hombre, a quien de ese modo erigiremos un monumento
que justifique nuestra gratitud. Llamando a nuestra República Colombia
y denominando su capital Las Casas, probaremos al mundo que no sólo
tenemos derecho a ser libres, sino a ser considerados bastantemente
justos para saber honrar a los amigos y a los bienhechores de la
humanidad: Colón y Las Casas pertenecen a la América. Honrémonos
perpetuando sus glorias»[565].
[565] O'Leary, _Bolívar y la emancipación de Sud-América_,
tomo II, pág. 22.
Entre los escritores modernos que con más injusticia han escrito contra
Colón se hallan Aarón Goodrich y María A. Brown, ambos americanos. De
Goodrich son las siguientes afirmaciones: Dice que en las galeras del
pirata Colombo el _Mozo_ (cuyo verdadero nombre era Nicolo Griego)
se hallaba y tomó parte en el combate que en las costas de Portugal
se dió contra la flota de Venecia, un tal Giovanni o Zorzi, pariente
del citado jefe, que también usaba el sobrenombre de Colombo, el cual
era terrible corsario, que había pasado toda su vida, ya robando en
los mares, ya comerciando con carne humana en las costas de Guinea.
Tomando el nombre de Colón, se casó en Portugal con Felipa Moriz de
Mello. Escribe también que domiciliado Colón en la isla de la Madera,
se apoderó de los documentos y mapas de Alonso Sánchez de Huelva. Añade
Goodrich que el rey de Portugal le rechazó por la desmedida codicia de
las proposiciones presentadas; pero él, apelando a la hipocresía y a la
más baja adulación, se hizo oir en España.
La señora Brown, deseosa de llamar la atención del público indocto,
comienza diciendo que no hay ningún cristiano que tenga buenas
cualidades y que a esa religión se deben todos los males de América.
Colón fué el que llevó el cristianismo al Nuevo Mundo; de modo, que él
y solo él es el responsable de los citados males. Llama al Almirante
«infame, aventurero, usurpador, pirata, traficante de carne humana»,
y otras cosas semejantes. «La religión cristiana--y estas son sus
palabras--debe ser abolida, todo sacerdote expulsado, y el nombre de
Cristo maldito como enemigo del género humano.»
Consideremos, por el contrario, a los panegiristas del hijo de
Génova. Entre ellos se encuentra el Sr. Peragallo y el abate Martín
Casanova de Pioggiola, mereciendo entre todos el primer lugar, por sus
exagerados encomios, por su cultura y aun por la elegancia del estilo,
el conde Roselly de Lorgues. «Digamos con toda franqueza--tales son
sus palabras--lo que pensamos acerca de Colón. Ese hombre no tuvo
ningún defecto ni ninguna cualidad del mundo. Tenemos fundados motivos
para considerarle como a Santo»[566]. «Acabamos de ver--dice más
adelante--un hombre de virtud perpetua, de entera pureza de corazón,
cuya grandeza moral excede a los tipos más célebres de la antigüedad,
y no es inferior, por cierto, a las más notables figuras de los héroes
formados por el Evangelio»[567]. Por último, el devoto panegirista del
Almirante, escribe también: «El contemplador de la Naturaleza, heraldo
de la Cruz, libertador en esperanza del Santo Sepulcro, lleva en todos
sus hábitos la señal de su apostolado. El embajador de Dios a las
naciones desconocidas se distingue, entre todos los hombres, por el
caracter de su misión augusta»[568].
[566] _Cristóbal Colón_, tomo II, pág. 80.
[567] Pág. 83.
[568] Pág. 97.
Prescindiendo de los juicios, lo mismo de los enemigos que de los
amigos de Colón, no haciendo caso de censuras ni de aplausos que ante
el severo tribunal de la Historia carecen de valor alguno registraremos
los nombres de aquellos escritores que más se han distinguido por su
competencia e imparcialidad. «Lo que más caracteriza a Colón--dice A.
de Humboldt--es la penetración y extraordinaria sagacidad con que se
hacía cargo de los fenómenos del mundo exterior, y tan notable es como
observador de la naturaleza que como intrépido navegante. Al llegar a
un mundo nuevo y bajo un nuevo cielo, nada se oculta a su sagacidad,
ni la configuración de las tierras, ni el aspecto de la vegetación, ni
las costumbres de los animales, ni la distribución del calor según la
influencia de la longitud, ni las corrientes, ni las variaciones del
magnetismo terrestre... Y no se limita a la observación de los hechos
aislados, que también los combina y busca su mutua relación, elevándose
algunas veces atrevidamente al descubrimiento de las leyes generales
que reaccionan el mundo físico. Esta tendencia a generalizar los hechos
observados, es tanto más digna de atención cuanto que, antes del fin
del siglo XV, y aun me atrevería a decir que casi antes del Padre
Acosta, no encontramos otro intento de generalización»[569].
[569] _Cristóbal Colón y el descubrimiento de América_, tomo
II, págs. 15 y 18. Tr.
Hermosa es la pintura que hace de Colón el primero de nuestros
oradores. «Hombre maravilloso--dice Castelar--en quien se unen acción
y pensamiento, fantasía y cálculo, el espíritu generalizador de los
filósofos y el espíritu práctico de los mercaderes; verdadero marino
por sus atrevimientos y casi un religioso por sus deliquios; poeta
y matemático, el tiempo y el espacio en que nace y crece nos dan
facilidades grandísimas de conocerlo y apreciarlo»[570]. Más adelante,
añade: «Colón, profeta y mercader, vidente y calculador, cruzado y
matemático; especie de Isaías en sus adivinaciones y de banquero en
sus cálculos; con el pensamiento a un tiempo en la religión y en su
negocio; sublime oráculo, de cuyo libro brotan profecías a borbotones
y pésimo administrador que arbitra irregulares medidas; proponiendo
la reconquista del Santo Sepulcro por un esfuerzo de su voluntad
piadosa, y el reencuentro con las minas de Golconda por camino más
corto que los conocidos a la India; siempre suspenso entre las
idealidades y las contariñas; capaz de crear un mundo con la fuerza de
su visión intelectual, para luego destruirlo con los expedientes de su
imprevisión y de su desgobierno; con ojos de telescopio que le permiten
hasta llegar a lo infinitamente grande y con ojos de microscopio para
conocer y analizar lo infinitamente pequeño; matemático y revelador,
teólogo y naturalista, místico y astrónomo, se aparece tan múltiple y
vario, que apenas cabe dentro de nuestras lógicas encadenadas series y
en nuestros bien regulados y proporcionadísimos sistemas»[571].
[570] Tomo I, pág. 73 (2.ª edición).
[571] Ibidem, págs. 114 y 115.
Si su condición de extranjero perjudicó al Almirante, también fué
motivo para que muchos no le estimasen, el carácter un tanto agrio de
sus hermanos y de sus hijos. La envidia y aun la calumnia se cebaron
en aquél, que ayer era pobre y loco, y hoy se igualaba a la primera
nobleza de España.
Posible es que Colón desconociese el arte de gobernar y a veces se
mostrara envidioso y altivo. No olvidemos las palabras de Víctor Hugo:
«Los hombres de genio--dice--tienen, sin duda, originalidad exuberante,
tienen defectos. No importa. Es necesario tomar a esos hombres como
son, con sus defectos, sopena de hacerles perder al mismo tiempo sus
cualidades»... Se ha dicho que era codicioso; pero no se olvide que
fama de codiciosos tenían en aquellos tiempos y tuvieron después los
hijos de Génova, como al presente tienen los judíos en las naciones
de Europa y los chinos en las de América. Los religiosos de San
Francisco escribían al cardenal Jiménez de Cisneros lo siguiente: «Que
V. S. trabaje con sus Altezas, como no consientan venir a esta tierra
ginoveses, porque la robarán e destruirán». Y Quevedo hablando del
dinero, escribe los versos que copiamos:
«Nace en las Indias honrado
donde el mundo le acompaña,
viene a morir en España
y es en Génova enterrado.»
No es Colón un codicioso vulgar ni se le puede censurar por su ansia
inmoderada de lucro. Deseaba mostrar a sus reyes, a España y al mundo
toda la importancia de las tierras que iba descubriendo, importancia
que se manifestaba por las riquezas que descubriera. Si venecianos y
genoveses querían llegar directamente a la India por el mar Rojo, y si
los portugueses deseaban hacer directamente la navegación doblando el
Cabo de las Tormentas, era porque les corría prisa traer de aquella
región los perfumes, las especias, el oro y las piedras preciosas.
Otra idea bullía en la mente de Colón: pensaba dedicar las grandes
riquezas que acumulara a conquistar la Palestina y librar el sepulcro
de Cristo del poder de los infieles. Muchas veces expuso en sus cartas
el mismo pensamiento y hasta hubo de apoyarse en predicciones que
aseguraban que de España había de salir quien llevase a feliz término
la empresa. Hasta tal punto ofuscaba la fantasía el espíritu vigoroso
de Colón. Por lo que hace a la crueldad es preciso recordar el tiempo
en que vivió y los hechos que hubo de realizar. No llegó a la severidad
excesiva de Hernán Cortés y de Francisco Pizarro, ni a la crueldad de
Vasco de Gama, ni de Alfonso de Alburquerque. Tuvo el Almirante que
imponerse, ya a gente aventurera e indócil, ya a indígenas salvajes.
Es cierto que Fray Bartolomé de las Casas, el protector de los indios,
estuvo dotado de santo celo y de caridad sin límites; pero no se olvide
que para aliviar a aquéllos, propuso emplear esclavos negros en los
trabajos del campo y de minería. ¡Cómo si los negros no fuesen hijos de
Dios igualmente que los americanos y los blancos! Ingleses, flamencos
y genoveses tomaron el asiento o contrato de la traída de negros; de
modo que aquéllos, lo mismo que los españoles, introdujeron en América
tráfico tan vergonzoso.
Aunque todos los defectos que han achacado a Colón fuesen ciertos,
«¿qué importa eso--como dice el marqués de Hoyos--para la alta misión
y el incomparable mérito del gran Colón? ¿Qué consecuencias han traido
al mundo sus defectos? ¿Qué resultados, en cambio, para la cultura,
para la civilización, para el progreso de la humanidad han traido sus
excepcionales dotes, su inteligencia, su voluntad y su genio?»[572].
[572] _Conferencia leída en el Ateneo de Madrid el 24 de marzo
de 1891_, págs. 38 y 39.
«Averiguar al cabo de cuatrocientos años que Colón fué un hombre, me
parece descubrimiento un tanto inferior al del Nuevo Mundo.» Estamos
conformes con las citadas palabras del notable crítico Federico Balart,
palabras dirigidas a D. Luis Vidart, académico de la Historia y
apasionado censor de Cristóbal Colón.
Por nuestra parte solamente se nos ocurre decir: ¡Qué hombre tan
extraordinario! Tuvo sus errores, es cierto; mas esto nada importa para
su gloria. No negaremos que la idea que Colón tenía de la tierra era
la misma que habían expresado los cosmógrafos griegos y romanos, sin
otra diferencia que la de empequeñecer sus dimensiones. Calculaba la
anchura del Atlántico, entre las costas occidentales de Europa y las
orientales de Asia, en 1.100 leguas próximamente. «El mundo no es tan
grande como dice el vulgo--escribe el Almirante a los Reyes Católicos
en carta fechada en Jamaica el 7 de julio de 1503--y un grado de la
equinoccial está 56 millas y dos tercios; pero ésto se tocará con el
dedo.» Creía también como griegos y romanos que el hemisferio inferior
estaba a trechos cubierto de tierras de igual modo que lo estaba el
superior, admitiendo por tanto la existencia de muchas islas en el
Atlántico. Fijo Colón en su idea de la pequeñez de la tierra, pensaba
que, yendo con rumbo del Oeste, por el paralelo de las Canarias, en
cinco semanas de navegación andaría las mil y tantas leguas para la
India, o para Cipango de Marco Polo (el Japón); pero la distancia era
doble, y, en vez del Cipango asiático, se encontró con las Antillas
de la América Central. Entre lo que suponía haber hallado y lo que en
realidad encontraba, existía otro mundo. También los portugueses se
lanzaron al mar en busca del Preste Juan, y en vez del Preste Juan, que
era un personaje fantástico, llegaron a la India.
No negaremos que ni en el _Diario de navegación_ del primer viaje,
ni en las cartas que escribió a su regreso, aparecen ideas propias,
pensamientos luminosos o nuevos proyectos. De los navegantes de la
Guinea, de la Madera, de las Canarias y de las Azores sólo pudo
saber que existían islas próximas en dirección al Oeste; mas esto
le interesaba poco. La única utilidad que le reportaba la noticia
consistía en saber que a ambos lados del camino se encontraban tierras
en que pudiera hacer escala y acogerse en caso de necesidad. Colón se
proponía, y esta era su idea capital, como consta en su _Diario_, ir
directamente a Cipango y al Cathay. Aunque creía que a una banda y
a otra se hallaban islas, no se para a buscarlas, y sigue adelante.
Cuando encuentra tierra a la distancia que en la carta de Toscanelli
se marcaba el Cipango, dice que se halla en dicha espléndida región y
que no lejos se encontraba el Cathay. En varias cartas escritas por
el Almirante después del primer viaje, se prueba que seguía al pie
de la letra el proyecto de Toscanelli; donde se muestra esto con toda
claridad es en el extracto que fray Bartolomé de las Casas hizo del
Diario de a bordo y en los comentarios que hubo de poner al curioso
Diario dicho obispo al confrontarlo con la carta de Toscanelli a
Martins[573].
[573] Véase Altolaguirre, _Cristóbal Colón_ y _Pablo del Pozzo
Toscanelli_, págs. 379 y siguientes.
Si damos como cosa cierta y averiguada que los escandinavos desde
el año 874 conocieron la Islandia, territorio que fué colonizado
por familias poderosas del Norte; si se halla probado que Erico el
Rojo, arrojado de Islandia, abordó el año 986 a Groenlandia, tierra
ya perteneciente a América; si no cabe duda alguna que durante los
siglos XI, XII, XIII y XIV los escandinavos recorrieron el norte del
Nuevo Mundo; si Alonso Sánchez, de Huelva, residente en la isla de la
Madera, dejó a Colón, antes de morir, los diarios, derroteros, carta
y demás documentos de un viaje hecho por él a la Isla Española; si
Bartolomé Muñíz, suegro de Colón, distinguido navegante del tiempo de
D. Enrique de Portugal, colonizador y gobernador de la isla de Porto
Santo, dejó, a su muerte, mapas, diarios y apuntes de mucho valor; y
si Pedro Correa, también notable navegante, departiendo en dicha isla
de Porto Santo con su cuñado Cristóbal Colón, le manifestó cuanto se
decía relativo a la existencia de tierras en el Atlántico, todo esto ni
disminuye ni aumenta el mérito del descubridor del Nuevo Mundo.
Que el hijo de Génova no tuvo noticia exacta de las expediciones de
los escandinavos, se prueba considerando que dirigió sus naves, no
por el Noroeste, sino por el Occidente. Que Sánchez de Huelva y otros
no influyeron en su manera de pensar, se prueba con recordar que
Colón siempre dijo que iba a descubrir nuevo camino a la India, no a
descubrir Nuevo Continente.
El mérito de Colón consiste, no sólo en haber encontrado la América,
cosa que no buscaba, sino en haber partido de una hipótesis científica,
de la redondez de la tierra, para lanzarse a través del Océano,
en el _mar tenebroso_, con ánimo de llegar al extremo Oriente. Al
propio tiempo debemos notar que emprendió el viaje, ya con el objeto
de ensanchar el conocimiento geográfico del Mundo, ya--y esto es lo
principal--con el deliberado propósito de colonizar y conquistar las
tierras que encontrase. De modo que fué descubridor, colonizador y
conquistador del Nuevo Mundo.
El escritor contemporáneo norteamericano Charles F. Lummis ha dicho muy
acertadamente lo que sigue: «A pesar de que, mucho antes que Colón,
varios navegantes vagabundos de media docena de distintas razas habían
ya llegado al Nuevo Mundo, lo cierto es que no dejaron huellas en
América ni aportaron provecho alguno a la civilización...»[574]. En
efecto, las expediciones de los escandinavos fueron infructuosas; los
viajes de Colón cambiaron completamente la faz de la tierra.
[574] _Los exploradores españolea del siglo XVI en América_,
pág. 65. Tr.
Bendecido por la iglesia católica, que ha tratado de santificarle en
estos últimos años; glorificado por todos los pueblos del Antiguo y del
Nuevo Mundo, inmortalizado por la Historia, saludado por los poetas
y enaltecido por los escultores y pintores, su nombre será siempre
orgullo de España. Si algunas sombras empañan su retrato, siempre será
Colón la figura más extraordinaria de su siglo, de aquél siglo en que
tanto abundaban los hombres superiores y de mérito indiscutible.
En suma: para que no se nos diga que somos ciegos defensores de
Colón, tentados estamos para terminar su retrato reconociendo, no
sus bellezas, sino sus fealdades, no la sublimidad del genio, sino
las pequeñeces del hombre vulgar. Envidioso, agrio de carácter,
poco cariñoso con su primera mujer la portuguesa Felipa, amistado
ilegítimamente con la andaluza Beatriz, comerciante a la manera judía,
soñador hasta el punto que le dominaba la idea de recuperar el Santo
Sepulcro, más encariñado con las riquezas que con la gloria, dominado
por la idea de ir a las Indias y sin presentir jamás la existencia de
otro mundo, mediano gobernante, severo con los españoles que servían
a sus órdenes y autoritario con los indígenas; todo esto y algo más
que pudiera decirse del insigne genovés, no tiene valor alguno. Con
aquellas o sin aquellas cualidades, ¿dejó Cristóbal Colón de descubrir
el Nuevo Mundo a las dos de la madrugada, poco más o menos, del viernes
12 de Octubre de 1492?
Al lado de Colón colocaremos a Isabel la Católica y a Martín Alonso
Pinzón. Colón--dice Sales y Ferré--puso la idea, Isabel puso
los medios y Pinzón puso la resolución. «Colón--añade el citado
historiador--representa la inteligencia, Isabel el sentimiento, Pinzón
la voluntad: los tres elementos indispensables en toda acción para que
llegue a cumplido efecto»[575]. «Desde la intervención de los Pinzones
en el descubrimiento--escribe Ibarra y Rodríguez, docto catedrático
de la Universidad Central--van desapareciendo y venciéndose todos los
inconvenientes»[576].
[575] _El Descubrimiento de América_, pág. 213.
[576] _Don Fernando el Católico y el Descubrimiento de
América_, pág. 183.
Debajo de las tres citadas figuras se colocan varios personajes en
primero y segundo término. En primer término, Fr. Juan Pérez, Fray
Antonio de Marchena y Fr. Diego de Deza, Alonso de Quintanilla, el
cardenal Mendoza y el duque de Medinaceli; también el Rey Católico
y los aragoneses Juan Cabrero, Gabriel Sánchez[577], Luis de
Santángel[578], Juan de Coloma y Alonso de la Caballería. En segundo
lugar García Fernández, médico que residía en Palos, muy aficionado a
los estudios cosmográficos y algo astrólogo, el cual, en el solitario
convento de la Rábida, dió no pocas veces aliento al ánimo decaído de
Colón y de Juan Pérez; también la marquesa de Moya, Doña Beatriz de
Bobadilla, Doña Juana Velázquez de la Torre, Gutiérre de Cárdenas, el
Dr. Chanca y el P. Gorricio.
[577] Al tesorero Gabriel Sánchez debió quedar Colón sumamente
obligado, por cuanto al regreso de su primer viaje, antes que
a los reyes o al mismo tiempo al menos, escribió interesante
carta.
[578] Luis de Santángel creía conveniente emprender
aquella aventura «para servicio de Dios, triunfo de la fe,
engrandecimiento de la patria y gloria del Estado Real de Don
Fernando y de Doña Isabel.»
Injusticia--y no pequeña--sería olvidar el nombre de Beatriz Enríquez
de Arana. Una mujer encantadora llamada Beatriz inspiró al Dante la
_Divina Comedia_, y otra mujer, que tenía el mismo nombre que la amada
del gran poeta, de noble alcurnia y bella según unos, de las clases
inferiores de la sociedad y fea según otros, le hizo caso cuando todos
le abandonaban y le tomó por cuerdo cuando todos le tenían por loco.
Si grande era la fe de Colón en hallar nuevo camino para las Indias,
era más grande el amor que profesaba a la joven que conoció durante
su primera estancia en Córdoba y de la cual tuvo a su hijo Fernando.
El amor a la cordobesa y a su hijo mantuvieron a Colón cada vez más
firme en su idea y en sus esperanzas, a pesar de tantos desengaños y
amarguras. Estos amores influyeron seguramente para que el genovés
no saliese de España. Que siempre estuvo en buenas relaciones con la
familia de su dulce amiga, se prueba considerando que en su primer
viaje le acompañó Diego de Arana, primo de Beatriz, que fué muerto
a manos de los indios en el fuerte de Navidad (isla Española), en
tanto que el Almirante volvía a España; y en su tercer viaje llevó en
su compañía a Pedro de Arana, hermano de su citada amiga. Si--como
creemos--la madre de Fernando, con sus consejos y cuidados, logró
reponer las fuerzas quebrantadas del soñador extranjero, no sin
animarle a permanecer en España y hacer más llevadera su pobreza
«vendiendo libros de estampa o haciendo cartas de marear»; si el amor
ha obrado todos estos milagros, permítasenos grabar en las inmortales
páginas de la historia y en sitio preferente, el nombre de la cordobesa
Beatriz Enríquez de Arana.
Vamos a terminar este capítulo con los siguientes versos de un poeta
mexicano, Justo Sierra y de dos poetas españoles, el duque de Rivas y
el cantor de las Ermitas.
_Colón_ (fragmentos de un poema dramático de Sierra):
...........................................
¿Quién es? ¿Qué afán le guia?
¿Qué busca ose hombre en los perfiles rojos
Del remoto Occidente?
¿Por qué ese eterno pliegue en esa frente?
¿Por qué esa eterna llama en esos ojos?
¡Un visionario! ¡Ah, si! Cuando ha dejado
La sombra, un horizonte; cuando avanza
Del corazón en lo infinito un a hora,
Rayo de luz que basta a la esperanza
Para encender en el zafir su aurora;
Cuando aparece un astro en el Oriente
Mostrando al hombre en el dolor su ruta;
Cuando bebe un anciano la cicuta;
Cuando el sol de los libres centellea;
Y un profeta agoniza en el Calvario,
Es que la augusta antorcha de una idea
Brilla en manos de un pobre visionario!...
...........................................
Para alzar de la noche un hemisferio
Edén de amores que la mar engasta,
Dadme un punto de apoyo, les dijiste,
Que la palanca de la fe me basta.
...........................................
Y en pie en la proa del bajel hispano
Clamaste, con acento sobrehumano:
«En el nombre de Dios omnipotente
En cuyo arbitrio la creación se encierra,
¡Despierta, continente!»
Y como un eco enorme y de repente
Gritó una voz en lontananza: _¡Tierra!_
...........................................
Mártir padre de América: el futuro
En la hora fatal de su justicia
Te hará salir de tu sepulcro obscuro;
Un himno estallará de polo a polo,
Y tu América entonces, santo anciano,
Hará de tu corona de martirio
El sol de tu apoteosis soberano.
Cuando llegue ese instante,
Poned en la balanza, grandes reyes,
Vuestro sol sin ocaso, vuestras leyes,
De vuestro nombre el ominoso culto,
Vuestra justicia, que era la venganza,
Vuestro triste perdón, que era el insulto,
Y pon, historia humana escarnecida,
Del otro lado de la fiel balanza
Los grillos de Colón.--Que Dios decida
D. Angel Saavedra, en uno de sus romances, hace decir a Isabel la
Católica, dirigiéndose a Colón, los versos que a continuación copiamos:
«Lleva a ese ignorado mundo
los castellanos pendones,
con la santa fe de Cristo,
con la gloria de mi nombre.
El cielo tu rumbo guíe,
y cuando glorioso tornes,
¡Oh Almirante de Castilla,
Duque y Grande de mi Corte!
tu hazaña bendiga el Cielo,
tu arrojo al infierno asombre,
tu gloria deslumbre al mundo
y abarque tu fama el orbe.»
De D. Antonio Fernández Grilo son los siguientes versos:
«En éxtasis profundo
Bendigo de Colón la eterna gloria.
No puede marchitarse la memoria
De aquél que al mundo regaló otro mundo.»