CAPÍTULO XXIII

CUARTO Y ÚLTIMO VIAJE DE COLÓN.--MUERTE DE BOBADILLA, ROLDÁN Y

OTROS EN ALTA MAR.--CONDUCTA DE OVANDO CON COLÓN.--OVANDO EN

XARAGUA.--ANACAONA: SU MUERTE Y CRUELDAD DE LOS ESPAÑOLES.--COLÓN

EN LAS PLAYAS DE JAMAICA.--DIEGO MÉNDEZ Y BARTOLOMÉ

FIESCHI.--ESCOBAR EN AUXILIO DE COLÓN.--CONDUCTA DE OVANDO

CON COLÓN Y DE LA REINA CON LOS INDIOS.--REPARTIMIENTOS DE

INDIOS.--COLÓN EN ESPAÑA.--INSURRECCIÓN DE LOS INDÍGENAS.--DIEGO

COLÓN EN LA ESPAÑOLA.--INJUSTAS CENSURAS A LA POLÍTICA DE CRISTÓBAL

COLÓN EN SANTO DOMINGO.

Deseaba Colón hacer su cuarto y último viaje. «Es muy probable--como

escribe el Dr. Sophus Ruge--que le aguijoneasen a esta nueva empresa

los grandes resultados obtenidos entonces por los portugueses en la

verdadera India, porque mientras estaba todavía luchando con el rebelde

Roldán en Haití, había vuelto de la India Vasco de Gama, en septiembre

de 1499. De regreso Colón a España, se había informado, naturalmente,

con vivo interés de las empresas portuguesas, y adquiridas ya todas

las noticias posibles sobre la India, y convencidísimo de que había

encontrado en Cuba y en la tierra de Paria las orillas orientales

del Asia, habiendo, además, otros descubridores particulares como

Ojeda, Vespucio y Pinzón, reconocido nuevos trechos de costa del

continente más allá de Paria, no dudó que pasando entre Cuba y Paria,

y dirigiéndose al Oeste llegaría a la India de los portugueses. La

poderosa corriente marítima que se lanza impetuosa en la costa de

la América del Sur, hacia el Oeste, era para él segura señal de que

se dirigía a un estrecho desconocido e inexplorado que conducía al

mar Indico; al mar más allá del Ganges, como se llamaba desde la

antigüedad. Esta idea fué la base de su nueva empresa, recibida y

aprobada por los soberanos de España con benevolencia»[507]. (Apéndice

Q).

[507] _Historia de la época de los descubrimientos

geográficos_, pág. 117. _Historia universal de Oncken_, tomo

VII.

Decidida su marcha, redactó una memoria para su hijo mayor don Diego;

en ella consignaba sus derechos y enumeraba sus títulos. Temía de que

en su ausencia o después de su muerte, si acaecía en lejanas tierras,

le robasen sus títulos y privilegios, y por eso los confió a sus

amigos los religiosos, depositándolos por copia o por duplicado en sus

conventos. Escribió, además, a los reyes recomendándoles a sus hijos

y a sus hermanos, en el caso de que muriese durante aquel viaje. El

14 de marzo contestaron D. Fernando y D.ª Isabel prometiéndole hacer

más en su favor que lo especificado en los privilegios, y le renovaban

la promesa de que, después de él, pondrían a D. Diego en posesión de

sus títulos, cargos y dignidades. Como si todo esto fuera poco, confió

a Nicolás Oderico, legado del Gobierno genovés cerca de los Reyes

Católicos, copia de todos sus privilegios y también de la carta del

14 de marzo que acababa de recibir de los reyes. Para colocar «esos

privilegios querría mandar hacer una caja de corcho enforrada de

cera»[508].

[508] Conde Roselly de Lorgues, obra citada, tomo I, págs.

541-544. _Carta autógrafa del Almirante D. Cristóbal Colón, al

R. P. Gaspar, de la Cartuja de Sevilla._

Hechas todas las cosas que acabamos de contar, se ocupó con actividad

en sus preparativos de viaje, «bien que él sea el más noble y

provechoso»[509]. Emprendió Cristóbal Colón su cuarto y último viaje

con cuatro carabelas pequeñas[510] y 150 hombres de mar, saliendo

del puerto de Cádiz el 11 de mayo de 1502. Le acompañaban su hermano

Bartolomé y su hijo Fernando, de edad de trece años. En la Instrucción

que los reyes dieron al Almirante le decían lo siguiente: «Habeis de

ir vuestro viaje derecho, si el tiempo no os feciese contrario, a

descubrir las islas é Tierra Firme que son en las Indias en la parte

que cabe a Nos, y si a Dios pluguiere que descubrais ó falleis las

dichas islas habeis de surgir con los navíos que levais y entrar en

las dichas Islas é Tierra Firme que así descubriéredes, y habeis de

informaros del grandor de las dichas islas é facer memoria de todas

las dichas islas, y de la gente que en ellas hay y de la calidad que

son, para que todo nos traigais entera relacion. Habeis de ver en estas

islas y Tierra Firme que descubriéredes, qué oro é plata é perlas é

piedras é especería, é otras cosas hobiere, é en qué cantidad é cómo

es el nascimiento de ellas, é facer de todo ello relacion por ante

nuestro escribano é oficial que nos mandamos ir con vos para ello, para

que sepamos de todas las cosas quen las dichas islas é Tierra Firme

hobiere»[511].

[509] _Carta de Cristóbal Colón, fecha en Jamaica el 7 de

julio de 1503._

[510] Se llamaban la _Capitana_, el _Santiago de Palos_, el

_Gallego_ y la _Vizcaína_. En la primera izó el Almirante su

pabellón.

[511] Roselly de Lorgues, ob. cit., tomo III, pág. 193.

Desde las Canarias escribió Colón al fraile cartujo Gaspar Gorricio,

su amigo y consejero en Sevilla, las palabras que a continuación

copiamos: «Agora será mi viaje en nombre de la Santa Trinidad y espero

della victoria»[512]. Tardó diez y nueve días de las Canarias a la

Martinica. Desde la Martinica navegó a lo largo de las otras pequeñas

Antillas más septentrionales, y de la costa meridional de Puerto Rico

hasta Santo Domingo. Necesitando el Almirante reparar algunas averías

de sus buques y tomar agua, se dirigió a la Española, a cuya vista

llegó el 29 de junio, hallándose todavía anclada en el puerto de Santo

Domingo la flota que debía conducir a Bobadilla a España. Cristóbal

Colón quiso entrar en el puerto, a lo cual se opuso Ovando, comenzando

con ello a mostrar su ojeriza al inmortal descubridor del Nuevo Mundo.

En los primeros días del mes de julio del citado año salió la armada

que conducía al comendador Bobadilla, a Francisco Roldán, jefe de la

sublevación contra el Almirante y a otros. Como la flota se fué, a poco

de salir del puerto, a pique, ahogándose Bobadilla, Roldán y la mayor

parte de los pasajeros, esto dió ocasión a Hernando Colón para escribir

lo siguiente: «Yo tengo por cierto que esto fué providencia divina,

porque si arribaran a Castilla jamás serían castigados según merecían

sus delitos, antes bien, porque eran favorecidos del obispo, hubieran

recibido muchos favores y gracias.» Llama la atención que entre los

pocos buques, entre los muy pocos que se salvaron, se encuentre uno

pequeño, gastado, malo, llamado el _Aguja_, el cual, como escribe

Herrera «traía todo el caudal del Almirante, que consistía en cuatro

mil pesos, y fué el primero que llegó a España, como por permiso

de Dios»[513]. La mar se había tragado a los enemigos de Colón y a

las inmensas riquezas que ellos habían reunido. El cronista Oviedo

y Valdés, que residió en la isla y habló del suceso con testigos

oculares, dice en su _Historia natural y general de las Indias_ «que

se perdieron (las naves) por no haber creído ni tomado consejo del

Almirante.» Del mismo modo el milanés Benzoni, que vivió en la Española

cuarenta años después del citado hecho, ve la justicia de Dios en la

destrucción de la escuadra[514].

[512] Navarrete, I, 479. También en el nombre de la Santa

Trinidad hizo su tercer viaje.

[513] _Historia general de los viajes y conquistas de los

castellanos en las Indias occidentales. Década 1.ª_, lib. V,

cap. II, pág. 337.

[514] _La Storia del Novo Mondo_, lib. I, folio

XXIV.--Venezia, 1572.

Si censurable--aunque otra cosa digan apasionados cronistas--fué la

conducta de Bobadilla como gobernador de la Isla Española, mayores

censuras merece la de Ovando. Cuando llegó Ovando a la isla apenas

había unos 300 españoles, repartidos en cuatro poblaciones: Santo

Domingo, Concepción, Santiago y Bonao; pero el mismo huracán que

echó a pique la flota que debía conducir a Bobadilla, destruyó casi

completamente la población de Santo Domingo, cuyas casas eran de madera

y paja. El Comendador tuvo el poco acierto de hacerla reedificar en un

sitio menos higiénico, cual fué al otro lado del río, esto es, a la

derecha del Ozama. En cambio, estuvo muy acertado haciendo construir

varios edificios de mampostería, como _La Fortaleza_, residencia de la

primera autoridad, el convento de San Francisco, el hospital de San

Nicolás y otros que proyectó, y después se fueron haciendo. Reedificada

la villa de Santo Domingo, hizo edificar la que llamó _Puerto de

Plata_, en la costa Norte de la isla, y algunas más en otros lugares.

Más preocupaban otros asuntos al comendador de Lares. Había traído

consigo unos 2.500 hombres, más deseosos de riquezas que de trabajar.

Preferían el oro y la plata de las minas más que los productos de

aquellas fértiles comarcas. Cuando vieron que para extraer aquellos

ricos metales se necesitaba rudo y peligroso trabajo, regresaron a

Santo Domingo hambrientos, desnudos y cargados de deudas. En lugar de

las inmensas riquezas que esperaban, las enfermedades y la peste se

cebaron en ellos, llegando a 1.000 el número de víctimas. Socorrió

Ovando--según sus fuerzas--a tantos desgraciados. También hubiera

querido no recargar con onerosos tributos a los que trabajaban en las

minas; pero no tuvo más remedio que obedecer las órdenes de los reyes.

Sabía, además, que la bondad de los gobernadores en España estaba en

relación con el oro que mandaban. Eran buenos si remitían mucho oro, y

malos si poco. Toda la prudencia que mostró Ovando con los españoles,

se convertía en despotismo y crueldad cuando de los indios se trataba.

No pudiendo resistir tantos vejámenes y tropelías los indios de la

provincia de Higuey, huyeron a las montañas y cavernas, huída que

calificaban los españoles de sublevación. Ovando mandó a Juan de

Esquivel, al frente de unos 300 o 400 hombres, para que hiciese la

guerra a Cotubanamá, uno de los caciques más poderosos de la isla.

Crueles fueron los españoles con los infelices indígenas. El delito--si

lo hubo--fué insignificante; el castigo terrible. Pacificado el Higuey,

Juan de Esquivel dejó una guardia de nueve hombres mandados por Martín

de Villaman, ya para que vigilasen a los indios, ya para que cobrasen

los tributos que los isleños se habían comprometido a satisfacer.

Sometida casi por completo la Isla Española, la parte más occidental,

el Estado de Xaragua, equidistante de la Isabela y de Santo Domingo

unas 60 leguas, conservaba su independencia. Desde que los españoles

se habían llevado al fiero Caonabó, su mujer Anacaona, que en el

idioma indígena quiere decir _flor de oro fino_, se retiró al lado de

su hermano Behechio, dueño a la sazón del Estado de Xaragua. Vamos

a relatar una historia legendaria. Era Anacaona--dicen--mujer de

mucho talento y de extraordinaria hermosura. Su inspiración poética

le había granjeado generales simpatías. Los _areytos_ o romances de

su invención se convertían en nacionales y sus dulces composiciones

poéticas eran el encanto de todos los soberanos indios de la isla.

Llamaba la atención por su elegancia la etiqueta de su corte: sus usos

y costumbres, sus flores, sus adornos y muebles se pusieron de moda. Su

palacio estaba lleno de objetos elegantes y de lindas obras del arte

indígena. Tales objetos consistían en hamacas aéreas, en canastillas

formando variados relieves o pinturas, vistosos abanicos, máscaras con

adornos de oro y de conchas. Tenía magnífico servicio de mesa, manteles

finos de algodón adornados con flores y a manera de servilletas lienzos

de hojas olorosas. Hallábase su mencionado palacio lleno de jóvenes y

alegres doncellas, de hermosos pájaros de todas clases; perfumado con

los aromas más delicados; centro de toda cultura literaria y artística.

Cuando la visitó Bartolomé Colón para concertar tributos, tanto ella

como su hermano Behechio dispensaron a los españoles entusiástica

acogida, agasajándoles con lo mejor que tenían. Cuéntase que cuando los

españoles estuvieron cerca de la capital de Xaragua, los oficiales de

la corte y empleados, con sus respectivos trajes, se presentaron ante

ellos, llevando delante encantadores grupos de jóvenes, que servían de

comparsas a un coro de treinta jóvenes doncellas adornadas de flores,

ceñida la frente con una cintilla, llevando en sus manos flexibles

palmas que entrelazaban ingeniosamente y con las cuales formaban

arcos, canastillos y haces, al mismo tiempo que acomodaban sus danzas

al son de sus cantos. En medio de la amenidad de virgen naturaleza,

debajo de los magníficos arcos de olorosos bosques y junto al lago de

Xaragua, recibió a Bartolomé Colón y a sus acompañantes. Las jóvenes

Terpsícores--como las llama el conde Roselly de Lorgues--, al llegar

cerca del Adelantado, doblaban sus rodillas y depositaban a sus plantas

un ramo, en señal de reverencia y homenaje. Detrás de esos grupos,

en el centro de un coro de _canéforas_ o doncellas de distinguido

nacimiento, aparecía en un trono cubierto de flores la reina Anacaona,

rodeada de su corte y llevada en un palanquín por seis caballeros. En

lugar de corona real ceñía su frente corona de flores, y de flores

se componía su collar, brazaletes, cinturón y borceguíes. En sus

negros cabellos resaltaban las flores y su cetro era un tallo florido.

«Parecía--añade Roselly--que la flor de las reinas era también la reina

de las flores»[515].

[515] _Historia de Colón_, tom. I, pág. 453.

Anacaona descendió de su litera, hizo graciosa reverencia a Bartolomé

Colón, le ofreció una de sus flores y le condujo a la habitación que se

le tenía preparada. Dos días pasó el Adelantado en compañía de la Reina

y de Behechio, obsequiado con espléndidos festines y agasajado con

toda clase de honras. Logró Bartolomé que, en cambio de la protección

de España, se comprometiese Behechio a pagar un tributo a los Reyes

Católicos.

Algún tiempo después, Anacaona, por muerte de su hermano Behechio,

se encargó en absoluto del trono de Xaragua. Pasaron unos seis años.

Ovando, gobernador de Santo Domingo, se disponía a visitar los dominios

de la hermosa e inteligente reina Anacaona. Aunque ella recordaba

que los cristianos habían preso a su marido, lo cual fué causa de la

muerte del poderoso cacique; aunque no dejaba de tener presente que

al acogerse a sus dominios los sublevados de Francisco Roldán habían

abusado torpemente de su hija Hignememotta; aunque recordaba los

atropellos que dichos revolucionarios habían cometido con los pacíficos

habitantes de sus Estados, ella, comprendiendo su situación, soportaba

con paciencia tantos desmanes, pagaba puntualmente los tributos

concertados y no permitía que se hiciera el menor daño a los pocos

españoles que, restos de anteriores revueltas, vivían en su territorio

con los indios[516]. Es de advertir que los citados españoles,

cómplices del malvado Roldán, continuaban cometiendo horribles excesos;

pero con la idea de captarse el favor del gobernador Ovando--favor que

necesitaban para prevenir las quejas que podrían llegarle acerca de sus

iniquidades--, escribieron algunas veces diciendo que los indios de

aquella comarca preparaban próxima rebelión.

[516] Ruiz Martínez, _Conferencia pronunciada en el Ateneo de

Madrid el 8 de mayo de 1892_, págs. 13 y 14.

Con el objeto de hacer una visita--según dijo--se dirigió a Xaragua

el gobernador Ovando, no sin hacerse acompañar de 300 infantes y 70

caballos. Anacaona envió en seguida la orden a todos los caciques para

que acudiesen a prestar homenaje al representante de los reyes de

España. Ella misma salió a recibirle, acompañada de las 30 doncellas

más hermosas de su servidumbre y de 300 señores de su reino, todos

luciendo sus galas más vistosas. Hizo que las dichas doncellas

ejecutasen la danza virginal, llamada así porque en ella no tomaron

parte ni hombres, ni mujeres casadas. Al Gobernador, lo mismo que a los

que le acompañaban se les alojó en habitaciones preparadas al efecto,

y se les sirvió ricos y abundantes banquetes. Obsequióse a Ovando con

exquisitos presentes, y se ofreció a todos pan y tortas de cazabí,

hutias guisadas de diferentes modos, caza, pesca, frutas y todo lo que

tenían de más gusto. Toda la comarca hubo de despoblarse para ver al

gobernador Ovando y a los españoles que le acompañaban, en obsequio

de los cuales se organizaron alegres fiestas, como juegos de pelota,

simulacros de guerra, bailes, cantos del país y otras.

De igual manera el comendador de Lares anunció un domingo que los

suyos iban a celebrar unas justas o cañas a usanza de España. La

noticia se recibió con general alegría y se dispuso que los principales

señores del país debían presenciar la fiesta en la casa donde se

hallaba la Reina y él. Cuando se creía que todo estaba dispuesto para

la fiesta, el Gobernador se asomó a una ventana y al colocar su mano

sobre la cruz de Alcántara que ostentaba en su pecho, pues ésta era la

señal convenida, rodearon la casa multitud de españoles, en tanto que

otros sujetaban en el interior a Anacaona y a 80 personajes indios.

Atados a los maderos que sostenían la techumbre, después de retirarse

los españoles con Anacaona, pusieron fuego a la habitación que, hecha

de madera y paja, se convirtió en seguida en inmensa hoguera. Mientras

que aquellos infelices sobre los cuales recaían sospechas de traidores

a la patria eran quemados, la gente del Gobernador alanceaba a la

muchedumbre, pisaba con sus caballos a mujeres y niños, perseguía a

los desarmados indios que huían, los unos hacia las montañas para

esconderse entre breñas y matorrales, y los otros hacia las costas para

arrojarse al mar. El gobernador Ovando, no contento todavía con tanta

crueldad, dispuso que Diego Velázquez y Rodrigo Mejía persiguieran a

los fugitivos que habían buscado amparo en los montes con un sobrino

de Anacaona. Preso el pariente de la Reina, sufrió la muerte con otros

infelices. La capital de Xaragua entregada a las llamas desapareció

completamente[517].

[517] Ob. cit., pág. 14 y siguientes.

La infortunada Anacaona, en premio de sus buenas acciones, vió

trocadas sus guirnaldas de flores en cadenas de hierro. Con las falsas

confesiones arrancadas al dolor, se le condujo a Santo Domingo, donde

fué juzgada después de las declaraciones de gente ruín y miserable.

¡La infeliz fué condenada a la horca! Así acabó su reinado la noble

Anacaona. El historiador, aun suponiendo que haya gran parte de leyenda

en el relato, debe condenar, con harto sentimiento suyo, no sólo a

Ovando, sino a Don Alvaro de Portugal, presidente a la sazón del Real

Consejo de Indias. No negaremos, sin embargo, que se ha poetizado la

figura de la reina indígena, exagerando a la vez el rudo gobierno de

los españoles; pero insistiremos en que los Católicos Monarcas no

fueron siempre y en todos los casos caritativos y piadosos con los

indios. (Apéndice R).

Al continuar la historia de Cristóbal Colón, comenzaremos diciendo que,

cuando pasó la tormenta en la que pereció Bobadilla, aquél abandonó (14

de julio) las costas de la Isla Española en busca de nuevas tierras.

El 16 de julio llegó a la vista de la Jamaica (cayos de Morante),

continuando su derrota. Su navegación se vió sumamente contrariada.

Paró en _Cayo Largo_, volviendo a salir el 27 de dicho mes de julio.

El 30 descubrió la isla Guanaja, que él llamó isla de Pinos, primera

tierra centro-americana que encontraron los europeos en el siglo

XVI. Guanaja se hallaba rodeada de varios islotes y estaba situada

delante del golfo de Honduras. Bartolomé Colón, con algunos de los

expedicionarios, desembarcó en la isla, a la cual vieron llegar una

canoa de grandes dimensiones, hecha del tronco de un solo árbol. En

ella iban hombres, mujeres y niños, conduciendo varias mercaderías.

Para resguardar a los pasajeros del sol y de la lluvia tenían en medio

una especie de cámara, formada con petates o esteras. Se creyó que

pertenecía a indios traficantes que habían ido a cargar la embarcación

en las costas cercanas a Yucatán. El Almirante fué de opinión que los

naturales de aquella isla eran más civilizados que los de las Antillas,

descubiertas en anteriores expediciones. Para juzgar de aquel modo,

se fijó Colón en los siguientes hechos: aquellos indios no habían

mostrado asombro a la vista de los buques, ni temor al aproximarse

a los españoles; además iban vestidos y se dedicaban al comercio.

El 14 de agosto desembarcaron en punta de Caxinas, hoy puerto de

Trujillo, donde asistieron a la misa, que se celebró en el citado día

por primera vez en el suelo centro-americano. Continuó avanzando la

escuadrilla al abrigo de la costa. A unas quince leguas de la punta de

Caxinas desemboca en el golfo el río Tinto, por el cual subieron los

botes: bajó a tierra el Almirante y enarboló el 17 de agosto el real

estandarte de Castilla. A orillas del mencionado río se presentaron

indios diferentes--lo mismo en la fisonomía que en el lenguaje--a

otros que habían visto en las islas. Anduvieron algunos días costeando

aquella tierra, a la que dieron los nombres de Guaymuras, Hibueras y

Honduras, cuya última denominación conserva al presente. La fuerza de

los vientos, la violencia del mar y las lluvias torrenciales causaron

muchas enfermedades a los marineros. Tanto su hijo Fernando, como su

hermano el _Adelantado_, le animaron en aquellos días tristísimos. El

14 de septiembre alcanzó un promontorio que se desviaba bruscamente del

Este hacia el Sur; luego que lo doblaron dejóse sentir brisa excelente

y se calmó el mar. El Almirante dió _Gracias a Dios_, y así llamó al

mencionado cabo. Siguió la costa de los Mosquitos, deteniéndose el 17

de septiembre en la embocadura de ancho río, donde zozobró el bote

de la _Vizcaína_, y por ello Colón llamó a aquel lugar _el río del

Desastre_. El 25 de septiembre, entre la pequeña isla de Quiribi y

la Tierra Firme, se presentó excelente puerto, situado al frente de

la aldea llamada Cariari, donde algunos indios principales llevaban

_guani_(oro bajo), y donde vió mantas de algodón, puercos y grandes

gatos monteses. Este pueblo parecía muy entregado a la hechicería, y

sus habitantes hicieron señas a los españoles para que saliesen a la

orilla. Luego salieron del río _Guyga_ (hoy de Veragua) a la ribera

muchos indios armados con sus lanzas y flechas, llevando en sus pechos

espejos de oro. Notaron los españoles que aquellos indios estimaban

más sus joyas que las nuestras, y que la tierra estaba cubierta de

arboledas muy espesas. Del mismo modo, hubieron de observar que ninguna

población se hallaba en la costa, sino dos o tres leguas adentro, como

también que los indios, para ir desde la mar a sus pueblos, no iban por

tierra, sino por los ríos en sus canoas.

El 5 de octubre el Almirante mandó levar anclas, dirigiéndose hacia el

Sur. Iba navegando a lo largo de la costa de Mosquitos (hoy Costa Rica,

a causa de sus minas de oro y plata). Siguiendo su derrotero, entró

en un golfo rodeado de varias islas que formaban pequeños canales, en

cuyas orillas se levantaban árboles gigantescos, que entrelazándose

sus elevadas copas, formaban arcos. La fresca sombra y el suave aroma

de los bosques, recreaban a las tripulaciones. El golfo era la bahía

de _Carabaro_ (hoy bahía del Almirante). Al bajar a tierra vieron

algunos indígenas que iban desnudos y llevaban en el cuello placas de

oro. Pasaron después las carabelas a otra bahía grande llamada ahora

_Laguna de Chiriqui_. Continuó su camino y habiendo descubierto la

embocadura de un río, dirigió allá las embarcaciones. Cuando vieron

los indios que los españoles se aproximaban a la playa, se prepararon

a oponerse a su desembarco, en tanto que el sonido de los caracoles

marinos y de los tambores de madera, que resonaban en los bosques,

llamaba a otros al combate. Los indios se dirigieron decididos al

encuentro de los españoles, escupían hierbas mascadas en señal de

desprecio y entraban en el agua hasta la cintura para arrojar de más

cerca los dardos y jabalinas. Ante las señales de paz de los nuestros,

los indígenas se calmaron, hasta el punto que hubieron de cambiar 17

espejos de oro por cascabeles. Volvieron los indios a las andadas, esto

es, acordaron deshacerse de aquellos importunos visitantes. Comenzaron

la lucha disparando algunas flechas, contestando los españoles con

un tiro de ballesta y un cañonazo. Tal espanto produjo la detonación

entre los indígenas, que huyeron a todo correr, a las espesuras de los

bosques. Al poco volvieron algunos y cambiaron con los nuestros tres

espejos. Fué preciso continuar el camino, y desde aquella costa se

dirigió la escuadrilla hacia el Este. Pasó por delante de _Cobrava_ y

descubrió cinco aldeas grandes. Llegó después al litoral de _Chagres_.

Siguió la costa al Este, y el 2 de noviembre echó el ancla en seguro y

cómodo puerto, llamado por Colón _Puerto Bello_. Encontró allí casas

espaciosas y tierras perfectamente cultivadas, donde se contemplaban

hermosas palmeras y donde las ananas y vainillas embalsamaban el

ambiente. Los indios le trajeron algodón elaborado y muchas frutas;

el oro, poco. El 9 de noviembre se hizo a la vela para continuar la

exploración, siguiendo a lo largo del istmo de Panamá. Continuó su

camino; mas sorprendido por terrible borrasca, echó el ancla en unas

islas de la costa, donde era tal la abundancia de frutos, raíces y

en particular de maíz, que denominó aquel sitio el _Puerto de las

Provisiones_. Allí estuvo hasta el 23 de noviembre, saliendo al fin

con el objeto de continuar el reconocimiento de la isla. Tres días

después, esto es, el 26 de noviembre, encontró un puerto estrecho que

denominó _El Retrete_ (hoy Puerto Escribanos), dando la vuelta a la

tierra que atrás quedaba, noticioso de que las minas de oro se hallaban

en Veragua. El 5 de diciembre dejó El Retrete; hizo noche en Puerto

Bello; se vió en gran peligro por violentas borrascas, pues «ojos nunca

vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma.» El 13 de noviembre una

tromba marina (_fronks_) estuvo a punto de sumergir la escuadrilla. A

los cuatro días siguientes, o el 17, lograron nuestros barcos entrar

en un puerto, y cerca de él había un campamento, cuyas viviendas se

hallaban construídas encima de los árboles. El 20 desplegaron sus

velas y se lanzaron a la mar; furioso viento les hizo acogerse a una

ensenada, dedicándose a reparar las averías de las carabelas. En aquel

sitio pasaron el año nuevo. El 3 de enero de 1503 salió la escuadrilla

y penetró en un río que el Almirante llamó de _Belén_ (los indígenas

_Yebra_) distante una legua del conocido con el nombre de Veragua, país

de las minas de oro. La distancia de Puerto Bello a Veragua es de unas

30 leguas; pero habiendo tardado en salvarlas cerca de un mes, y no sin

bastante trabajo, el Almirante dió a aquella parte de litoral el nombre

de _Costa de los Contrastes_. «Durante todo ese mal tiempo--según

Herrera--sufrió (Colón) ataques continuos de gota con grandes dolores,

y todos los que se hallaban a bordo de las carabelas estaban enfermos,

fatigados y sujetos a raras debilidades de temperamento»[518].

[518] _Hist. de los viajes y conquistas de los castellanos en

las Indias Occidentales, Década 1.ª_, libro V, cap. IX.

Como el río de Veragua tenía poco fondo, y el de Belén pasaba de cuatro

brazas en su entrada, continuó Colón en el citado último río. Aunque

las relaciones con los indígenas no eran tan cordiales como hubiera

deseado el Almirante, sin embargo, los nuestros pudieron cambiar con

ellos algunas fruslerías por veinte espejos de oro. El 12 de enero

dispuso el Adelantado remontar con los botes el río de Veragua y llegar

hasta la residencia de Quibián, jefe de aquella comarca. En efecto,

verificóse la entrevista, que fué amistosa, hasta el punto que el

indio obsequió con alhajas de oro al español. Al día siguiente, el

Quibián se presentó en el puerto de Belén, recibiendo cariñosa acogida

de parte del Almirante. Luego que los suyos cambiaron espejos de oro

por cascabeles, partió bruscamente y sin despedirse de Colón.

El 24 de enero, de repente se desencadenó terrible tempestad en el

Océano. Creció mucho el río. Las amarras de los barcos se rompieron,

y la _Capitana_ fué lanzada con violencia sobre el _Gallego_,

ocasionándole graves averías. Del 6 de enero al 14 de febrero, llovió

copiosamente. A pesar de la lluvia, el Adelantado, con 75 hombres,

penetró en el país y habló a Quibián, por el cual supo dónde se

hallaban las minas. Regresó el Adelantado el 16 de febrero, caminando

a lo largo de la costa y no perdiendo de vista las embarcaciones.

Recorrió una gran parte del litoral, donde obtuvo espejos de oro y

provisiones, regresando con bastante cantidad de dicho metal.

Dispuso el Almirante establecer en aquel punto un puerto militar que

fuese al mismo tiempo factoría para la trata del oro, en tanto que

él marcharía a Castilla en busca de refuerzos. A un kilómetro de la

embocadura del río, y con el beneplácito del Quibián, se construyeron

algunas casas de madera y un gran almacén para encerrar provisiones

de boca y algunos efectos de campamento (armas y artillería). Cuando

disponía Colón su retirada, descubrióse terrible conjuración del

Quibián. Descubrióla Diego Méndez, quien hubo de encontrar reunidos

unos mil guerreros, con muchas provisiones de víveres y brebajes[519].

Convencido el Almirante de la traición, dispuso que su hermano, el

Adelantado, redujese a prisión al Quibián. Conducido el prisionero a un

bote, aprovechando un momento en que el piloto Juan Sánchez se hallaba

distraído, se arrojó de un salto al mar y desapareció debajo de las

olas. Entretanto, el Adelantado se limitó a ejercitar sus derechos de

conquista en la casa del famoso cacique, encontrando en ella--según el

notario real Porras--seis grandes espejos, dos coronas, varias placas

pequeñas y veintitrés alhajas de oro[520]. El total podía valer unos

trescientos escudos de oro[521]. Mientras se preparaba Colón para

dirigirse a la Española, el Quibián, ya fuera de las aguas, y oculto en

las apartadas regiones de su tribu, animaba a los suyos para lanzarse

a la lucha. El 6 de abril, cuando intentaba el Almirante hacerse a

la vela y la gente de barcos iba a despedirse de los españoles del

campamento, el Quibián, al frente de «más de cuatrocientos (indios),

armados con sus flechas y cachiporras», atacó el Real. Sufrió terrible

castigo de los bravos cristianos. Repitieron el ataque los indios,

decididos a conquistar el campamento. Colón no sabía qué camino seguir.

Los hombres que había dejado en tierra se hallaban en mucho peligro,

y entre ellos, estaba su hermano que sólo podía disponer de pequeña

guarnición, diezmada por la muerte y abatida por la desesperación. Las

carabelas hacían agua por todas las costuras. El mar continuaba furioso

y el cielo inclemente. Las tripulaciones presentían siniestros temores,

y él se vió acometido de ardiente fiebre. Perdido el _Gallego_, y

abandonado en el río Belén, ante situación tan crítica, el fiel Diego

Méndez se multiplicaba, dando ánimos a todos. Colón le felicitó por su

comportamiento. «Lo cual el Almirante tuvo a mucho, y no se hartaba

de abrazarme y besar en los carrillos por tan gran servicio como allí

le hice, y me rogó tomase la capitanía de la nao _Capitana_, y el

regimiento de toda la gente y del viaje»[522].

[519] Relación hecha por Diego Méndez de algunos

acontecimientos del último viaje.

[520] _Relación del oro que trajo el Adelantado de Veragua,

cuando trajo preso al cacique e ciertas piezas de guani._

[521] P. Charlevoix, _Histoire de Saint Domingue_, lib. IV,

pág. 244, in-4.

[522] _Relación hecha por Diego Méndez de algunos

acontecimientos del último viaje del Almirante D. Cristóbal

Colón._

Hacia últimos de abril pudieron al fin salir «en nombre de la Santísima

Trinidad», las tres carabelas y navegar hacia la Española. Los vientos

volvieron a agitar los mares y las naves, unas veces eran empujadas

hacia el oriente y otras hacia el poniente. Habiendo andado treinta

leguas, se inutilizó la _Vizcaína_, que no hubo más remedio que

abandonarla, repartiéndose la tripulación entre la _Capitana_ y el

_Santiago de Palos_. Continuó el Almirante su derrotero, pasó a la

altura del puerto de _El Retrete_, atravesó algunas islas, llegó al

Cabo de San Blas y se adelantó diez leguas más al Oeste. El 1.º de

mayo, los pilotos le hicieron presente el mal estado de los buques y

el 2 de dicho mes estuvo en dos islas que denominó de las _Tortugas_

por los muchos animales que vió de este nombre. Azotados los barcos por

las furiosas olas y empujados por las corrientes, fueron a parar a las

islas situadas al Sur de Cuba, que en otro viaje llamó el Almirante

al sitio de arribada _Jardines de la Reina_. Aunque le quedaba poco

para llegar a la Española, se encaminó a _Puerto Nuevo_ (Jamáica),

donde entró el 23 de junio de 1503. Al día siguiente marchó por la

costa buscando un asilo más al Este, el cual encontró, y en su primer

arranque de admiración le dió el nombre de _Santa Gloria_.

Hallábase rodeado el puerto de Santa Gloria de lugares encantadores,

poblados de árboles frutales. Allí mandó encallar las carabelas, de las

cuales hizo habitación. En Santa Gloria permaneció doce meses y cinco

días, teniendo el sentimiento de que se le rebelasen los hermanos Diego

y Francisco Porras. En carta escrita el día 7 de julio de 1503, desde

la isla Jamáica, escribe lo que sigue: «Allí se me refrescó del mal

la llaga; nueve días anduve perdido sin esperanza de vida: ojos nunca

vieron la mar tan alta, fea y hecha espuma. El viento no era para ir

adelante, ni daba lugar para correr hacia algún cabo. Allí me detenía

en aquella mar fecha sangre, herviendo como caldera por gran fuego. El

cielo jamás fué visto tan espantoso; un día con la noche ardió como

forno; y así echaba la llama con los rayos que todos creíamos que me

habían de fundir los navíos. En todo este tiempo jamás cesó agua del

cielo, y no para decir que llovía, salvo que resegundaba otro diluvio.

La gente estaba ya tan molida, que deseaban la muerte para salir

de tantos martirios. Los navíos estaban sin anclas, abiertos y sin

velas»[523].

[523] Navarrete, Ob. cit., tom. I, pág. 301.

Más adelante escribe: «Yo estoy tan perdido como dije: yo he llorado

fasta aquí a otros: haya misericordia agora el Cielo, y llore por

mí la tierra. En el temporal no tengo solamente una blanca para el

oferta: en el espiritual he parado aquí en las Indias de la forma que

está dicho: aislado en esta pena, enfermo, aguardando cada día por

la muerte, y cercado de un cuento de salvajes y llenos de crueldad y

enemigos nuestros, y tan apartado de los Santos Sacramentos de la Santa

Iglesia, que se olvidará desta ánima si se aparta acá del cuerpo. Llore

por mí quien tiene caridad, verdad y justicia. Yo no vine este viaje a

navegar por ganar honra ni hacienda: esto es cierto, porque estaba ya

la esperanza de todo en ella muerta. Yo vine a V. E. con sana intencion

y buen celo, y no miento. Suplico humildemente a V. E. que si a Dios

place de me sacar de aquí, que haya por bien mi ida a Roma y otras

romerías»[524].

[524] Ibidem, pág. 312.

En aquella olvidada isla hubiera encontrado obscura muerte el ilustre

navegante, si el leal y bueno Diego Méndez no se ofreciera a pasar

en una canoa india a la Isla Española en demanda de auxilio. A

Méndez le acompañaba en tan arriesgada empresa el italiano Bartolomé

Fieschi[525]. Después de algunos días de luchar con las tempestades y

borrascas, llegó Méndez al puerto de Azna, donde supo que el gobernador

general Ovando estaba en Xaragua, cincuenta leguas tierra adentro,

ocupado en exterminar a sus habitantes. El comendador de Lares oyó el

relato y ofreció tratar de ello. Cuantas veces insistió Méndez, otras

tantas se le contestó con evasivas y dilaciones. Y así pasaron ocho

meses hasta que, habiendo perdido toda esperanza, se decidió a fletar

una carabela y enviarla en ayuda del Almirante.

[525] Reunidos el Almirante y los oficiales, Méndez dijo:

«Señor, tengo una vida no más, yo, la quiero aventurar por

servicio de vuestra Señoría y por el bien de todos los que

aquí están, porque tengo esperanza en Nuestro Señor, que

vista la intención con que yo lo hago me librará, como otras

muchas veces lo ha hecho.» Contestó Colón lo siguiente: «Bien

sabía yo que no había aquí ninguno que osase tomar esta

empresa sino vos.» _Relación hecha por Diego Méndez de algunos

acontecimientos del último viaje del Almirante D. Cristóbal

Colón._

Entonces Ovando, para convencerse de si era cierta la narración de

Méndez, mandó a Jamáica un carabelón mandado por Diego Escobar, uno de

los que se habían sublevado contra el Almirante. Llegó Escobar a cierta

distancia del sitio donde estaban los infelices viajeros, se aproximó

en una barca, les dijo que el Gobernador se compadecía de ellos, y

habiéndoles entregado por todo socorro una barrica y un tocino, volvió

al galeón, el cual se hizo a la vela para Santo Domingo. Aunque dijo

Escobar al Gobernador que todo lo dicho por Méndez era verdad, todavía

pasó un mes sin decidirse, lo cual prueba la pasividad de Ovando.

Diego Méndez, cansado de esperar y arrostrando todas las consecuencias,

hizo público en Santo Domingo el peligro en que se hallaba el

descubridor del Nuevo Mundo y el abandono en que se le tenía. Amigos y

enemigos, todos a una, se pronunciaron en favor de Colón y en contra

de Ovando. Cuando, merced a los sacrificios de los amigos de Colón,

pudo Méndez fletar un buque (28 junio 1504) para dirigirse a Jamáica,

entonces, y sólo entonces, tal vez temiendo quejas y murmuraciones de

la opinión pública, se decidió a mandar otro en auxilio del Almirante.

Embarcado el descubridor del Nuevo Mundo, llegó (13 de agosto) al

puerto de Santo Domingo, teniendo de parte de Ovando un recibimiento

poco cariñoso y aun rayano a la frialdad. Había recorrido, desde el

río Belén a la isla Española, unas 225 leguas. Si alguno de nuestros

lectores dudase--y no nos extrañaría su duda--de la fidelidad del

relato, le recomendaremos que lea al P. Las Casas, que estaba a la

sazón en Santo Domingo; a Fernando Colón, que acompañó a su padre en

el cuarto viaje, y a Diego Méndez, que tomó parte principal en dichos

sucesos.

Háse dicho por el Sr. Fernández Duro que Ovando demoró su ayuda al

Almirante por el temor que abrigaba de que, llegando en aquellos

momentos, pudieran reproducirse las no extinguidas banderías.

Deseaba--añade el distinguido historiador--recibirle «con toda

consideración, con todo el respeto y agasajo que se le debían»[526]. A

esto contesta--y hacemos nuestras sus palabras--el Sr. Ruiz Martínez lo

siguiente: «Quizás sea ésta, en efecto--a falta de otra mejor--la razón

que diera Ovando para explicar su tardanza. Pero si tal recelo, que en

el estado que ya se hallaba la isla era infundado, pasó realmente por

su imaginación, ¿no le imponía el más rudimentario deber de humanidad,

ya que no de patriotismo, la obligación de enviarles un buque para que

hubiesen marchado directamente a España, sin tocar en Santo Domingo?

Y si esto le parecía demasiada generosidad, ¿no estaba obligado, no

ya tratándose de Colón, no ya tratándose de españoles, sino de unos

náufragos, cualquiera que fuese su país y nacionalidad, a ponerse en

frecuente correspondencia con ellos y enviarles las ropas, víveres y

demás cosas indispensables para que no pereciesen de hambre o a manos

de los indios? ¿Qué sublevaciones podía intentar Colón, agobiado

por los años, rendido por las fatigas, enfermo de la gota y con su

tripulación hambrienta, desmayada y medio desnuda? ¿Qué alborotos

sobrevinieron cuando después llegó a la isla, permaneciendo en ella

un mes? Y, sobre todo, ¿puede justificar la simple sospecha de que

podía producirse un escándalo en Santo Domingo, aquel abandono en que

se dejó al Almirante? ¿Qué mayor escándalo para el mundo todo, y qué

ignominia mayor para la patria entera, que la noticia de haber perecido

el descubridor del Nuevo Mundo, casi a la vista de los españoles, sin

que se le tendiera una mano compasiva, por temor a una alteración del

orden público? ¡Afortunadamente Dios, que sin duda velaba por la vida

de Colón, libró a nuestra patria de semejante vergüenza![527].

[526] _Conferencia leída en el Ateneo de Madrid el 14 de enero

de 1892_, pág. 17.

[527] _Conferencia dada en el Ateneo de Madrid el 8 de mayo de

1892_, págs. 19 y 20.

El 12 de septiembre se hizo Colón a la vela desde Santo Domingo para

España. Sufrió privaciones sin cuento y fué juguete de las olas en

las inmensidades del Océano, arribando en el más deplorable estado al

puerto de Sanlúcar de Barrameda el 7 de noviembre de 1504.

Séanos permitido exclamar: ¡Qué ingratitud tan grande! Nada prueba

la afectuosa carta que Colón escribió a Ovando de la isla _Beata_,

anunciándole su llegada de Jamáica, y decimos que nada prueba porque en

aquellos momentos aún podía el Gobernador perjudicar al Almirante. Tan

cierto es lo que decimos, que cuando llegó a España manifestó cómo el

Gobernador deseaba su perdición, pues mandó a Diego Escobar sólo por

saber si ya era muerto. Si tales afirmaciones pecan de atrevidas, no

será atrevimiento por nuestra parte decir que Ovando no perdonó medio

para molestar al Almirante. Si anduvo solícito para poner en libertad

y perdonar a los hermanos Porras, a los marineros y grumetes, todos

del puerto de Sevilla o de las cercanías, que se habían sublevado en

Jamáica contra el Almirante[528], manifestóse rehacio un día y otro

día para devolver los bienes que a los Colones les fueran tomados por

Bobadilla.

[528] Se apoderaron de los botes que Colón había comprado

a los indios y en ellos partieron para la Española; pero

renunciaron a su intento, y abandonando dichos botes, se

dedicaron a recorrer como bandidos la isla.

En tanto que se desarrollaban tales sucesos, la reina Isabel, cuyo

fervor religioso nadie podría poner en duda, escribió a Nicolás de

Ovando una carta, fechada en la ciudad de Segovia el 20 de diciembre

de 1503, diciéndole, entre otros cosas de importancia, «que compeliese

y apremiase a los indios a reunirse con los cristianos para que se

convirtieran al catolicismo y les auxiliasen en los trabajos de

población y cultivo de la Española.» Influyesen o no en el ánimo

del comendador de Lares lo escrito por Doña Isabel, probado se

halla que desde entonces se establecieron de un modo permanente los

repartimientos de indios. Lo cierto es que Cristóbal Colón inició el

abuso, Bobadilla le dió más desarrollo, y en tiempo de Ovando llegó

a su apogeo. Lejos de nosotros pensar que las palabras citadas de

la reina Isabel fueron la causa de los repartimientos. Suyas son

las siguientes palabras, que también se hallan en la misma carta:

«Pagándoles (a los indios) el jornal que por vos fuese tasado, lo cual

hagan e cumplan como personas libres, como lo son y no como siervos;

e faced que sean bien tratados los dichos indios e los que de ellos

fueren cristianos mejor que los otros, e non consintades ni dedes lugar

que ninguna persona les haga mal ni daño, ni otro desaguisado alguno, e

los unos ni los otros no fagades ni fagan ende al, por alguna manera,

so pena de la mi merced, y de 10.000 maravedís para la mi Cámara.»

Sea de ello lo que quiera, no puede negarse que cada vez fueron mayores

los repartimientos de indígenas. «Los premios y los castigos--escribe

el Sr. Ruiz Martínez--consistían en dar más o menos indios; los

servicios y las influencias se pagaban con lucidos repartimientos, y

llegó a tal extremo el abuso, que algún tiempo después, muerta ya la

reina Isabel, se concedían a señores de España dotaciones de centenares

de indios para que los explotasen allá sus criados y servidores,

y que ellos, sin moverse de Castilla, recibiesen aquí los pingües

rendimientos»[529]. Política tan torpe ocasionó casi la despoblación de

muchas y dilatadas comarcas. Bastará decir que de unos tres millones

de indios que había en la Española a la llegada de Colón, quedaban

60.000 en los últimos tiempos de Ovando. Como los indígenas se acababan

en la Española y la avaricia de los españoles iba en aumento, el

comendador de Lares, con el consentimiento de D. Fernando el Católico,

hubo de transportar a la Española los indios que habitaban las islas

Lucayas. Por el engaño primero, y por la fuerza luego, los españoles se

apoderaban de los indios, y embarcándolos, los conducían al mercado,

donde eran vendidos, cuando la mercancía era más abundante, al precio

de cuatro pesos. En poco tiempo las islas Lucayas quedaron casi

desiertas y los indios que quedaron en ellas fueron sometidos a la dura

condición que los de la Española.

[529] _Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 8 de

Mayo de 1892_, pág. 24.

De los malos tratos que recibía hubo de protestar por última vez

la raza indígena. Los indios del Higuey prefirieron la muerte a la

esclavitud. Juan de Esquivel, por orden de Ovando, al frente de 400

hombres, los venció sin ningún esfuerzo. Los que no murieron en la

lucha, fueron ahorcados o quemados. El cacique Cotubanamá que se

refugió en la isleta Saona con su familia, fué preso y conducido a

Santo Domingo, pagando en la horca su amor a la independencia.

En otro orden de cosas no seríamos justos si negásemos nuestros

aplausos al gobernador Ovando. Gobernó con bastante prudencia y puso

en orden la administración: edificó y reedificó--como dijimos en

este mismo capítulo--poblaciones; organizó el laboreo de las minas y

estableció cuatro fábricas para acuñar moneda. Mandó a Sebastián de

Campo (1508) a reconocer la isla de Cuba para saber si era o no tierra

firme, lo cual aún se ignoraba, sin embargo de la indicación que había

hecho en su famosa carta Juan de la Cosa; y envió a Juan de Esquivel

a la isla de Boriquen (hoy Puerto Rico), para que la reconociese. Por

último, arrojó de la isla a la gente maleante y dictó órdenes para

dar forma legal a los amancebamientos de españoles con indias. Si

cometió desaciertos y errores, censurémosle; pero tengamos presente las

creencias y costumbres de su tiempo. En otro lugar y en distinta época,

tal vez hubiese sido excelente gobernador.

D. Diego Colón, nombrado gobernador y capitán general de las Indias,

en virtud de las estipulaciones hechas por los Reyes Católicos con su

padre el Almirante, llegó a Santo Domingo (julio de 1509). Comenzó

residenciando a Ovando; pero el antiguo gobernador abandonó la Isla

Española en septiembre del dicho año y llegó a Castilla, muriendo el 29

de mayo de 1511.

¿Por qué Colón y sus hermanos fueron tan poco queridos en Santo

Domingo? Repetiremos aquí lo que ya hemos indicado varias veces:

los Colones, por su nacionalidad italiana y por su carácter grave y

demasiado formal, opuesto al de los andaluces, que eran muchos en la

Isla Española, gozaban de pocas simpatías. Sobre el particular--y

aunque no estamos del todo conformes--veamos lo que dice Cánovas del

Castillo: «Mas nada de esto quita que saliesen Colón y sus hermanos de

nuestra primera colonia transatlántica malqueridos de todos; ¿y cuál

pudo, en suma, ser la causa sino la que yo pienso, es a saber: el poco

tacto, la violencia y falta de dotes de mando que demostraron? ¿Sería

sólo su calidad de extranjeros? Para soberanos les venía esto mal, sin

duda, y ya lo he dicho; pero después de todo, ¿qué nación ha habido en

el Universo que con menos dificultad que la española se haya dejado

regir por gente nacida en extrañas tierras?» Los marqueses de Pescara

y del Vasto, hijos de Nápoles, aunque de antiguo origen español;

el condestable de Borbón, francés; Filiberto de Saboya, Alejandro

Farnesio, Castaldo, Chapín Vitelli, Ambrosio de Espínola, Torrecusa,

¿no eran tan extranjeros como los Colones? Pues fueron todos amadísimos

de la ruda, tal vez feroz, y asimismo rapaz y viciosa gente, aunque no

peor que la de los otros países, sino propia de los tiempos, que a sus

órdenes ejecutó tantas hazañas inmortales. Ninguno de los nombrados

llegaba al mérito de Colón en cien leguas; pero así y todo, ¿no parece

claro que hubieron de estar mejor organizados y preparados que él para

el especial oficio del mando[530]?

[530] _Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid el 11 de

febrero de 1891, _ pág. 27.

Cosas muy distintas fueron las ocupaciones de los capitanes antes

citados y la de Cristóbal Colón. El marqués de Pescara, Alejandro

Farnesio, Ambrosio de Espinóla y demás generales, peleaban al lado de

otros jefes españoles y bajo las órdenes de nuestros monarcas; Colón,

por sus grandes merecimientos, por la fortuna, que siempre le fué

propicia, por su indudable superioridad, y tal vez por su legítimo

orgullo, hubo de colocarse a tanta altura, que los pequeños se sentían

humillados, los grandes le envidiaban y los mismos reyes se mostraban

recelosos de un extranjero e importuno pretendiente hacía poco tiempo

y que a la sazón estaba colocado en un trono de gloria. Cierto es, que

el mando del Almirante en Santo Domingo fué poco feliz, influyendo en

ello su carácter altanero y receloso; pero, como dice el Sr. Cánovas--y

en esto estamos conformes con el ilustre historiador--«fué bastante

extraordinario aquel hombre, y su memoria es sobrado gloriosa, para que

ninguna flaqueza humana, cuanto más las que se le atribuyen, pudiera

privarle del inmenso e indestructible pedestal sobre que su figura

histórica descansa»[531].

[531] Ibidem, pág. 35.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 80 / 152 题