FR. BARTOLOMÉ DE LAS CASAS.]

Mucho afectó a Colón la orden de prisión, llegando a creer que iban a

matarle, pues--según se cuenta--cuando el hidalgo Alonso de Vallejo,

pariente de Fonseca, director del departamento de Indias, se le

presentó con un piquete de tropa para llevarle a bordo, pensando que

se disponían a conducirle al patíbulo, preguntó, con mucha tristeza,

al oficial: _Vallejo, ¿a dónde me llevais?_ _Al navío va Vuestra

Señoría_, respondió. No dando Colón crédito a la respuesta, hubo de

exclamar: _Vallejo, ¿decís la verdad?_ _Por vida de Vuestra Señoría_,

replicó Vallejo, _que es verdad que se va a embarcar_. Hubo entonces

de tranquilizarse y _casi de muerte a vida resucitó_[503]. Lo mismo

Alonso de Vallejo que Andrés Martín, capitán del buque, trataron con

todo respeto y consideración a Colón y a sus hermanos. Cuando el buque

que conducía a los Colones se alejó de las playas americanas, Vallejo y

Martín quisieron quitarle los grillos a los presos, a lo cual se negó

el ilustre navegante, añadiendo que los conservaría siempre como un

monumento de la recompensa dada a sus servicios. «Así lo hizo--escribe

su hijo Fernando--; yo los vi siempre colgados en su cuarto, y quiso

que fuesen enterrados con él.»

[503] Herrera, _Década 1.ª_, libro IV, cap. X.

El tercer capítulo que escribió el hijo del descubridor del Nuevo

Mundo, lleva el siguiente título: _Cómo el Almirante fué a la Corte a

dar cuenta de sí a los Reyes_. Llegó a Cádiz el desgraciado prisionero,

excitando en toda España compasión e interés. Por importantes que

fueran sus detractores, la grandeza del descubrimiento hizo que en

Cádiz se levantara un grito de indignación hasta en los mismos enemigos

de los Colones. Los reyes escribieron al Almirante una carta deplorando

aquella ofensa, y le invitaban a trasladarse inmediatamente a la corte.

Acerca de la conducta de Bobadilla, el cronista Gonzalo Fernández

de Oviedo, después de referir la prisión de Colón y su salida de la

Isla Española, escribió lo que al tenor copiamos: «Y quedó en el

cargo y gobernacion desta isla este caballero (Bobadilla) e la tuvo

en mucha paz y justicia fasta el año de mill e quinientos e dos, que

fué removido y se le dió licencia para tornar a España... Los Reyes

Católicos removieron del cargo a Bobadilla e le dieron licencia que

se fuese a España, _teniéndose por muy servidos del_ en el tiempo

que acá estuvo, por que abia retamente e como buen caballero hecho

su oficio en todo lo que tocó a su cargo»[504]. De López de Gomara

son las siguientes palabras: «Bobadilla gobernó muy bien»[505]. En

efecto, Bobadilla gobernó la Española desde últimos de agosto de

1500 hasta mediados de abril de 1502. El P. Ricardo Cappa, de la

Compañía de Jesús, en su libro _Colón y los españoles_, juzga con más

apasionamiento que justicia a los Colones, y suyas son las siguientes

palabras. «No debe detener al escritor sincero y recto el clamoreo de

los que sin conocimiento de las leyes de otros siglos, no tienen más

norma para juzgar de lo ocurrido en ellos que la _sensiblería_ del

nuestro. Bobadilla, al aherrojar a los Colones que no habían obedecido

sus mandatos y que se habían puesto en armas contra él, no hizo más

que aplicarles la pena que ordenaba la legislación entonces vigente».

Más adelante, añade: «No fué un refinamiento de crueldad: fué la pena

correspondiente a todo reo de Estado».

[504] _Historia general de las Indias_, lib. III, caps. VI y

VII.

[505] _Historia de las Indias_, Parte I.

Por nuestra parte habremos de decir que, aunque torpe en su gobierno

el Almirante--como escribe el P. Las Casas--jamás debió el comisario

regio Bobadilla disponer que se pusiesen grillos al ilustre genovés,

y asimismo a sus hermanos Bartolomé y Diego. Cuando un hombre llega a

la cima de la gloria, y su nombre ha de ser bendecido por todas las

generaciones, no es permitido a los contemporáneos conducirle ante el

severo tribunal de la justicia para absolverle o condenarle como a los

demás mortales. El pueblo español, sin pararse a estudiar con más o

menos detenimiento la conducta de los gobernantes de la Isla Española,

creyó, desde el primer momento, que en el fondo de todo aquello había

no poca ingratitud para con el Almirante y sus hermanos, como también

una inmensa censura para los que habían decretado la prisión. No podía

explicarse el pueblo que hoy cruzara preso aquellos mares el mismo

que poco antes los cruzó cual victorioso conquistador, y que viniera

cargado de hierros, como criminal, el que antes había sido aclamado

como un Mesías. Séanos permitido añadir una vez más que los Reyes

Católicos nunca mostraron afecto sincero al exigente y descontentadizo

Cristóbal Colón. Nada importa que Fernando e Isabel le recibiesen con

afabilidad en Granada el 17 de diciembre de 1500, y le devolvieran

muchos de sus honores y mercedes; pero no el título y mando de virrey

y gobernador de las Indias. Nada importa que el Rey y la Reina, desde

Valencia de las Torres (Badajoz), le dirigiesen una carta el 14 de

marzo de 1502, en la cual se leen las siguientes palabras: «Tened por

cierto que de vuestra prision nos pesó mucho, y bien lo visteis vos

y lo cognoscieron todos claramente, pues que luego que lo supimos lo

mandamos remediar, y sabeis el favor con que vos hemos tratado siempre,

y agora estamos mucho más en vos honrar y tratar muy bien». ¿Quisieron

Fernando e Isabel con el anterior documento reparar injusticias

pasadas? ¿Quisieron también desautorizar a Bobadilla? Tarde vinieron

la reparación y la desautorización; pero si los Reyes Católicos y su

gobierno fueron ingratos con Colón, no se olvide que Atenas dió de

beber la cicuta a Sócrates, que Francia dejó desamparada a Juana de

Arco, que Holanda persiguió a Descartes y lo arrojó de su seno, que

Portugal vió morir a Camoens en un hospital, que Inglaterra menospreció

a Shakespeare y maldijo a Byron, que Italia puso preso a Galileo, que

Florencia no se opuso a que Savonarola fuese llevado a la hoguera y que

Ginebra, la progresiva Ginebra, quemó a Servet: achaques propios de la

humanidad y de que ningún pueblo logra libertarse.

El 13 de febrero de 1502 salió Ovando de Sanlúcar, llevando 32 naves

con 2.500 hombres. Mandaba la flota Antonio Torres y en ella iban doce

frailes franciscanos con el prelado Fr. Alonso del Espinal. «Hasta

entonces--como escribe el Sr. Ruiz Martínez--no había salido para

las Indias escuadra más lucida y numerosa»[506]. Después de violento

temporal, que puso en grave peligro la escuadra, reunidos los navíos

en la isla Gomera, de allí salió Ovando con los más ligeros, llegando

a Santo Domingo el 15 de abril de 1502. Antonio Torres, con la otra

mitad de la flota, llegó unos quince días después. Fray Nicolás de

Ovando, caballero de la Orden de Alcántara y comendador de Lares,

fué nombrado gobernador de la Española. A Bobadilla sucedió Ovando.

El nuevo gobernador era natural de Brozas (Cáceres), pertenecía a

distinguida familia y era pariente, aunque lejano, de Hernán Cortés.

«Este caballero--escribe el P. Las Casas--era varón prudentísimo

y digno de gobernar mucha gente, pero no indios, porque con su

gobernación, inestimables daños, como abajo parecerá, les hizo. Era

mediano de cuerpo y la barba muy rubia o bermeja, tenía y mostraba

grande autoridad, amigo de justicia; era honestísimo en su persona,

sus obras y palabras; de cudicia y avaricia muy grande enemigo y no

pareció faltarle humildad, que es esmalte de virtudes; y dejando que lo

mostraba en todos sus actos exteriores, en el regimiento de su casa, en

su comer y vestir, hablas familiares y públicas, guardando siempre su

gravedad y autoridad, mostrólo asimismo, en que después que le trajeron

la Encomienda mayor, nunca jamás consintió que le dijese alguno

Señoría. Todas estas partes de virtud y virtudes, sin duda ninguna en

él cognoscimos.» Cariñoso por demás se muestra el P. Las Casas con

Ovando. No negaremos que tenía maneras graves y corteses, aunque a

veces era orgulloso más de lo justo. Portóse bien con los españoles,

mal con Colón y cruelmente con los indios.

[506] _Conferencia pronunciada en el Ateneo de Madrid_ el 8 de

mayo de 1892, pág. 9.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 79 / 152 题