SEGUNDO VIAJE DE COLÓN.--PRISA DE LOS REYES EN QUE SE
REALIZASE.--JUNTA DE TORDESILLAS.--PERSONAS NOTABLES QUE
ACOMPAÑARON AL ALMIRANTE.--DESCUBRIMIENTOS: LA DOMINICA Y
OTRAS ISLAS.--EL FUERTE DE NAVIDAD.--LA ISABELA.--INSURRECCIÓN
GENERAL.--EL COMISARIO REGIO JUAN DE AGUADO.--COLÓN EN
ESPAÑA.--PRESÉNTASE A LOS REYES EN BURGOS.--EL COMERCIANTE JOYERO
MOSÉN JAIME FERRER EN BURGOS.
Prisa tenían los Reyes Católicos de que Cristóbal Colón realizase la
segunda expedición. Desde Barcelona, con fecha 23 de mayo de 1493,
escribieron Doña Isabel y Don Fernando al florentino Juan Berardi,
mercader y asentista para los negocios de las Indias, ordenándole que
comprase una nao de 100 a 150, hasta 200 toneles, y la pertrechase para
cuando fuera a recibirla el Almirante, el cual (añadían) iría presto
y le satisfaría el costo que hubiese tenido; le encargaban también la
provisión de 2.000 o 3.000 quintales de bizcocho.
Empeño tenían Doña Isabel y D. Fernando en que el médico o físico
Alvarez Chanca fuese a las Indias, como indica la carta que copiamos.
«El Rey o la Reina: Doctor Chanca: Nos habemos sabido que vos, con el
deseo que teneis de Nos servir, habeis voluntad de ir a las Indias,
e porque en lo hacer nos servireis, e aprovechareis mucho a la salud
de los que por nuestro mandado allá van, por servicio nuestro que
lo pongais en obra, e vayais con el nuestro Almirante de las dichas
Indias, el cual vos hablará en lo que toca a vuestro asiento para allá,
y en lo de acá Nos vos enviamos una carta para que vos sea librado el
salario e racion que de Nos teneis en tanto que allá estuvieredes.--De
Barcelona, veinte y tres de mayo de noventa y tres»[451].
[451] Navarrete, _Colección de los viajes y descubrimientos_,
etc., tomo II. pág. 54.
Al Doctor sevillano Alvarez Chanca, debemos la relación del segundo
viaje.
Salió Cristóbal Colón de Barcelona el día 30 del mismo mes de mayo, con
encargo especial de apresurar su salida. El 1.º de junio volvieron a
escribir los reyes una carta a Berardi y otra a Gómez Tello, alguacil
de la Inquisición, sobre la provisión del bizcocho[452].
[452] Tan a satisfacción desempeñó Berardi el encargo,
que en 4 de agosto del mismo año le dieron los monarcas
las gracias por lo que había hecho, encargándole la
continuación.--_Archivo de Indias de Sevilla._--Extractos
hechos por Muñoz, de varios libros y documentos.
El deseo de los reyes de que Colón realizase su viaje, era cada vez
mayor. Veámoslo: «El Rey e la Reina: D. Juan de Fonseca, del nuestro
Consejo: Nos escribimos al Almirante de las Indias, encargándole que
dé mucha priesa en su partida; vos por servicio nuestro, dad toda
la priesa que pudiéredes en ello, y ya sabeis como vos mandamos que
después de partido, vos quedásedes ende en esa costa de la de la mar y
en Sevilla, para que si hobiese que facer otra armada para ir en pos
del Almirante, la ficiéredes e la enviáredes. Por servicio nuestro que
así lo fagais, y vos informad mucho de los navíos que podreis haber
en esas partes, que son para enviar este viaje, y en cuantos días se
podrán aderezar para que partan, y el bizcocho que fuere menester,
sabed en que tiempo se puede haber, y que dinero será menester para
todo esto, y escribídnoslo luego para que cuando mandáremos entender
en ello, se provea todo con tiempo. En Barcelona, a veinti y cinco de
julio de noventa y tres»[453].
[453] Ob. cit.
La actitud poco franca de Portugal tenía en mucho cuidado a Doña Isabel
y a Don Fernando. Terminantemente así lo manifiestan en la siguiente e
interesante carta, dirigida al Almirante, y escrita dos días después
que la anterior.
«El Rey é la Reina: Don Cristobal Colon, nuestro Almirante de las Islas
é Tierra del mar Océano a la parte de las Indias: vimos vuestra letra
que escribisteis desde Córdoba, y ya con un correo que este otro día
partió de aquí vos escribimos la respuesta que el Rey de Portugal nos
envió con Herrera: despues acá no son venidos los mensajeros que nos
escribió que nos enviaba, ni sabemos cosa dello; verdad es que nos han
dicho que eran partidos de Portugal para acá por la mar, puede ser que
con tiempo contrario no sean venidos: y cuanto a lo que decís que puede
ser que se haya detenido de partir el armada de Portugal, esperando
a partir despues que seais partido, es posible que sea así; aunque
nosotros dudamos dello según lo que el Rey de Portugal nos escribió;
pero como quiera que sea, no se faga mudanza en lo de los Capitanes y
carabelas: y asimismo ya sabeis que, cuando de aquí partisteis y Don
Juan de Fonseca, mandamos al dicho Don Juan que despues de vos en buena
hora partido, se quedase él en buen hora en Sevilla y en su costa, para
saber de continuo si armaron en Portugal, y que sabiéndolo él ficiese
otra armada para enviar a vos, que fuese el doble de los navíos que
supiese que en Portugal armasen. Esto mismo le mandamos agora, como
lo vereis por la carta que le escribimos. Por servicio nuestro que
en tanto que ende estuviéredes vos procureis de saber todo lo que se
ficiere en Portugal, y de continuo nos lo faced saber, porque si fuese
menester cualquier provision de acá, se envíe luego. En lo que toca a
Alonso Martínez de Angulo quisiéramos que tuviera disposición para ir
este viaje, porque conoscemos que es tal cual cumple al negocio; pero,
pues si su indisposicion no le dá lugar para ello, quédese que en otras
cosas nos servirá, y vaya Melchor como aquí vos lo fablamos. Dad mucha
priesa en vuestra partida por servicio nuestro, é facednos saber para
cuando será queriendo Dios. De Barcelona a veinti y siete de julio de
noventa y tres»[454].
[454] Ob. cit.
No pasaron muchos días y también los reyes, desde Barcelona, pensando
en la actitud de Portugal, escribieron (cinco de septiembre del mismo
año) a Fonseca, dándole prisa para que inmediatamente se realizase el
viaje. Decíanle lo siguiente: «... é Nos vos damos é encargamos, si
servicio nos deseais facer, que dedes mucha priesa en todo lo que se
ha de facer, de manera quel dicho Almirante no se detenga una hora de
partir, porque de cualquier dilacion que hobiese en su partida seriamos
mucho deservidos...»[455].
[455] Archivo de Indias en Sevilla.--Conde Roselly de Lorgues,
_Cristóbal Colón_, tomo II, páginas 909 y 910.
¿Por qué las relaciones entre Castilla y Portugal no eran cordiales?
El rey Juan II, inmediatamente que hubo despedido a Colón[456], se
dirigió al gobierno de España recordándole los Breves pontificios que
sancionaban su derecho de monopolizar los descubrimientos y tráfico
en determinados mares. Ni la embajada que Fernando e Isabel enviaron
a Lisboa y que tan prudentemente desempeñó Lope de Herrera, ni la
que mandó a Castilla el rey de Portugal, compuesta de Pedro Díaz y
de Ruy de Pina, dieron resultado alguno favorable. No siendo posible
el fijar la línea de demarcación propuesta por el Papa[457], obligó
a los gobiernos de España y Portugal a entrar en negociaciones para
resolver todas las cuestiones que pudieran suscitarse. Acordóse al fin
el nombramiento de dos comisiones, una de parte de Portugal y otra
de parte de Castilla. Nombrados por ambas naciones sus respectivos
representantes, reuniéronse en Tordesillas, población situada junto al
río Duero, al Sudoeste de Valladolid, y después de varias conferencias,
se firmó el convenio (7 junio 1494).
[456] Véase el capítulo XX.
[457] Ibidem.
Por dicho convenio España reconoció a Portugal todos los derechos
sobre la Guinea y otros territorios; también, en atención a que los
portugueses se quejaban de que la línea trazada por el Papa reducía sus
empresas a muy estrechos límites, accedió a que en vez de tirarse a
las 100 leguas al Occidente de Cabo Verde y las Azores, como dispuso
Alejandro VI, se extendiese a las 370; pero tomando esta vez por punto
de partida la isla más Occidental de Cabo Verde, sin hablar para nada
de las Azores. «De lo cual resultó, según nuestros conocimientos
geográficos actuales, que la concesión hecha a España quedó reducida,
por lo menos, en 90 leguas, diferencia entre la isla extrema Occidental
de las Azores y la extrema de Cabo Verde, es decir, que España, en
realidad, no obtuvo 270 leguas a más de las 100 fijadas por el Papa,
sino solamente unas 180 leguas»[458]. Así--dice Vasconcellos--esta gran
cuestión, la mayor que se agitó jamás entre las dos Coronas, porque era
la partición de un Nuevo Mundo, tuvo amistoso fin por la prudencia de
los dos monarcas más políticos que empuñaron nunca el cetro.» Prescott
añade la observación siguiente: «No pasaron muchos años sin que las
dos naciones, rodeando el globo por distintos caminos, vinieran a
encontrarse en la parte opuesta; caso, según parece, no previsto por el
tratado de Tordesillas. Sin embargo, las pretensiones de ambas partes
se fundaron en los artículos de aquel tratado, que no era más, como
es sabido, que un suplemento a la bula primitiva de demarcación de
Alejandro VI. Así, aquel arrogante ejercicio de autoridad pontificia,
tantas veces ridiculizado como quimérico y absurdo, en cierto modo
llegó a justificarse por el suceso, porque estableció, en efecto, los
principios según los cuales quedó definitivamente entre dos pequeños
estados de Europa la vasta extensión de imperios vacantes en Oriente y
Occidente»[459].
[458] Dr. Sophus Ruge, Ob. cit., pág. 106.
[459] _Reyes Católicos_, cap. 18.
Dentro del plazo de diez meses, cada nación había de mandar a la Gran
Canaria una comisión compuesta de pilotos y astrónomos, para fijar la
línea de demarcación. De la Gran Canaria pasarían a las islas de Cabo
Verde, navegando luego 370 leguas al Oeste y señalando del modo que se
acordase la citada línea de demarcación. La expedición no se realizó y
tiempo adelante renacieron nuevas disensiones y divergencias. (Apéndice
P).
Al fin el 25 de septiembre de 1493 salió Colón del puerto de Cádiz
con rumbo a las Canarias. Se componía la flota de 14 carabelas y tres
buques grandes de transporte. Fueron embarcados unos 1.200 hombres de
armas con su correspondiente caballería, bastantes animales domésticos,
varios cereales, legumbres de toda clase y vides para aclimatarlas en
las nuevas tierras descubiertas.
Si en el primer viaje nadie quería embarcarse, en el segundo «allí
estaba--escribe Washington Irving--el hidalgo de elevados sentimientos
que iba en pos de aventuradas empresas; el altivo navegante que
deseaba coger laureles en aquellos mares desconocidos; el vago
aventurero que todo se lo promete de un cambio de lugar y de distancia;
el especulador ladino, ansioso de aprovecharse de la ignorancia de
las tribus salvajes; el pálido misionero de los claustros consagrado
al servicio de la iglesia, y devotamente celoso por la propagación de
la fe; todos animados y llenos de vivas esperanzas...»[460]. La clase
noble estaba representada por Alonso de Ojeda, Juan Ponce de León,
que descubrió tiempo adelante la Florida, Diego Velázquez y Juan de
Esquivel, después gobernadores, respectivamente, de Cuba y de Jamaica,
y otros, atraídos por el deseo de grandes riquezas y de novelescas
aventuras.
[460] _Vida y viajes de Cristóbal Colón_, libro VI, cap. I.
En una carta de los Reyes Católicos a Cristóbal Colón, escrita
desde Barcelona, cuando se andaba en los preparativos de la citada
expedición, se lee lo que de ella copiamos: «Nos parece que sería bien
llevásedes con vos un buen astrólogo, y nos parecía que sería bueno
para esto Fray Antonio de Marchena, porque es buen astrólogo y siempre
nos pareció que se conformaba con vuestro parecer.» Además de Fray
Antonio de Marchena, llevó Colón un Vicario apostólico, el benedictino
Bernardo Boil o Buil, personalidad de bastante relieve en los últimos
años del siglo XV[461].
[461] Caresmar dice que Fray Boil nació en Tarragona cerca del
año 1445 (_Boletín de la Real Academia de la Historia_, tomo
XIX, pág. 280). Otros afirman que fué aragonés y algunos que
nació en el reino de Valencia.
En las instrucciones de los Reyes Católicos a Colón, dadas el 29 de
mayo de 1493, se le dice que había de llevar al Padre Buil con otros
religiosos para catequizar a los indios, _tratándolos muy bien y
amorosamente, sin que les fagan enojo alguno_[462]. Los religiosos
siguieron al pie de la letra los consejos de D.ª Isabel y D. Fernando,
y sin descanso alguno predicaron la ley de Dios, donde todo es amor y
caridad.
[462] Archivo de Indias en Sevilla.
A ruego de los Reyes Católicos, Alejandro VI, por Bula de 7 de julio
de 1493, concedió omnímoda potestad eclesiástica a Fr. Bernardo Buil y
a sus delegados para bautizar, confirmar y administrar toda clase de
sacramentos, consagrar iglesias, absolver de pecados reservados a la
Santa Sede, etc.[463].
[463] El P. Buil pertenecía a la orden de benedictinos y fué
abad del convento de Montserrat, pasando luego a la de los
Mínimos, fundada por San Francisco de Paula.
El 2 de octubre llegó la flota a la Gran Canaria, donde hubo de
recalar; también el 5 en la Gomera porque uno de los barcos hacía agua.
Después de comprar algunos animales para que se aclimatasen en las
nuevas tierras, continuó su marcha y el 13, favorecida la escuadra por
buena ventolina del Este, perdió de vista la isla de Hierro. El 26 de
dicho mes sobrevino brusca tempestad, cuya violencia duró cuatro horas,
llegando al otro lado del Atlántico, habiendo seguido un derrotero más
meridional que la expedición primera.
El 3 de noviembre, cerca del alba--según escribe el Dr. Chanca--dijo
un piloto de la nave capitana: _albricias que tenemos tierra_. La
gente, fatigada de tanto navegar, recibió la noticia con suma alegría.
Los tripulantes, habiendo desembarcado y recorrido más de una legua
de costa, notaron que toda la isla era montañosa y cubierta de verdes
praderas: el Almirante la llamó _Dominica_, por ser domingo aquel
día. Pasaron luego a otra, distante cuatro o cinco leguas, la cual
era tierra llana, y les pareció que estaba despoblada, denominándola
_Marigalante_, del nombre de la nao de Colón. Navegaron siete u ocho
leguas y encontraron una tercera isla que nombraron _Guadalupe_, en
cumplimiento de una promesa hecha a los religiosos del célebre convento
de dicho título en Extremadura. Vista la isla desde el mar ofrecía
grandioso espectáculo, contribuyendo a ello magnífica cascada que
se precipitaba desde elevada sierra a la llanura. Desembarcaron los
españoles en un sitio donde había chozas abandonadas, en las que se
encontraron comestibles, algodón en rama y alguno elaborado, indicando
los huesos humanos que vieron en las citadas cabañas que los habitantes
eran antropófagos o caribes. En las relaciones con estos salvajes
sirvieron a Colón como intérpretes dos de los siete indios que se había
llevado en su primer viaje, pues los cinco restantes habían muerto.
Costeando al Nor-Oeste de la isla Guadalupe fué poniendo nombre a
las islas del hermoso archipiélago según se le presentaban, como
_Monserrate_, _Santa María la Redonda_, _Santa María la Antigua_, _San
Martín_, _Santa Cruz_ y otras. Sostuvieron los españoles un combate con
una canoa de feroces indios, llamándoles la atención que las mujeres
peleaban lo mismo que los hombres. Mandó Colón algunos de los suyos en
una carabela hacia unas islas que de lejos se veían, y como aquéllos a
su vuelta le dijesen que eran más de 50, Colón, a la mayor del grupo,
le puso _Santa Ursula_, y a las otras _Las once mil vírgenes_. Continuó
su rumbo hasta llegar a una isla grande, de rica vegetación y con
buenos pastos, a la que los naturales llamaban Burenquen, él denominó
_San Juan Bautista_ y hoy se la conoce con el nombre de _Puerto Rico_.
Detúvose en un puerto de dicha isla dos días[464], dándose a la vela
la escuadra, hasta que el 22 de noviembre arribó a otra isla, que
reconoció ser el extremo Oriental de Haití o la Española. Continuó
su rumbo y al pasar por la provincia llamada Xamaná dos indios se
metieron en una canoa pequeña y llegaron a la nao del Almirante, a
quien dijeron que los mandaba su Rey para rogarle que bajase a tierra
y le darían oro y comida; negóse Colón, y continuó su camino hasta
llegar al puerto de _Monte Cristi_, donde estuvo dos días. Bajaron a
tierra algunos españoles y vieron un gran río (el de Santiago), en
cuyas márgenes encontraron dos hombres muertos y al día siguiente otros
dos, pudiéndose notar que uno de ellos tenía muchas barbas. Aunque el
puerto de Monte Cristi se halla distante del de Natividad unas siete
leguas, comenzaron a presentir malas nuevas de la colonia que en su
primer viaje dejara el Almirante. Al anochecer del día 27 llegó Colón
al fuerte de Natividad y mandó tirar dos tiros de lombarda. No tuvieron
contestación, porque los 43 españoles habían muerto a manos de los
caciques Caonabó y Mayrení, seguramente--como se probó después--con
gran contento del famoso Guacanagari[465]. Varios indios y entre ellos
un primo de Guacanagari se presentaron al Almirante.
[464] Ensenada de Mayagüez.
[465] Lista de las personas que Cristóbal Colón dejó en la
Isla Española en su primer viaje y halló muertas por los
indios cuando volvió el 1493:
Diego de Arana, Gobernador. Pedro Gutiérrez,
Teniente-Gobernador. Rodrigo de Escobedo,
Teniente-Gobernador Alonso Velez de Mendoza, de Sevilla.
Alvar Pérez Osorio, de Castrojeriz. Antonio de Jaén,
de Jaén. El bachiller Bernardino de Tapia, de Ledesma.
Cristóbal del Alamo, del Condado de Niebla. Castillo,
platero, de Sevilla. Diego García, de Jerez. Diego de
Tordoya, de Cabeza de Vaca. Diego de Capilla, de Almadén.
Diego de Torpa. Diego de Mambles, de Mambles. Diego de
Mendoza, de Guadalajara. Diego de Montalbán, de Jaén.
Domingo de Bermeo. Francisco Fernández. Francisco de Godoy,
de Sevilla. Francisco de Vergara, de Sevilla. Francisco de
Aranda, de Aranda. Francisco de Henao, de Avila. Francisco
Jiménez, de Sevilla. Gabriel Baraona, de Belmonte. Gonzalo
Fernández de Segovia, de León. Gonzalo Fernández, de
Segovia. Guillermo Ires, de Galney (Irlanda). Hernando de
Porcuna. Jorge González, de Trigueros. Juan de Urniga.
Juan Morcillo, de Villanueva de la Serena. Juan de Cueva,
de Castuera. Juan Patiño, de la Serena. Juan del Barco,
del Barco de Avila. Juan de Villar, del Villar. Juan de
Mendoza. Martín de Logrosán, cerca de Guadalupe. Pedro
Corbacho, de Cáceres. Pedro de Talavera. Pedro de Foronda.
Sebastián de Mayorga, de Mayorga. Tallarte de Lajes,
inglés. Tristán de San Jorge[465a].
[465a] Arch. de Indias en Sevilla, _Papeles de
Contratación_.
Dijeron los indígenas a Colón que el cacique Guacanagari no podía ir
en persona porque tenía pasado un muslo, herida que recibió luchando
con los caciques Caonabó y Mayrení por defender a los españoles. A
reconocer el sitio del fuerte fué el Almirante con algunos de los
suyos, encontrado aquél quemado y algunos cadáveres de cristianos,
cubiertos ya de la hierba que había crecido sobre ellos. Aunque los
indios decían que Caonabó y Mayrení habían sido los autores de las
muertes, «con todo eso asomaban queja que los cristianos uno tenía tres
mujeres, otro cuatro, donde creemos que el mal que les vino fué de
celos»[466]. Varios españoles saltaron a tierra, encaminándose a ver a
Guacanagari, «el cual fallaron en su casa echado faciendo del doliente
ferido»[467]. Como le preguntasen por los cristianos, repitió que
Caonabó y Mayrení los habían muerto, y que él por defenderlos sufrió
una herida en un muslo. Mostró deseo de ver al Almirante. En efecto,
Colón se dirigió a la casa de Guacanagari, a quien encontró tendido en
una hamaca y mostrando mucho sentimiento con lágrimas en los ojos por
la muerte de los cristianos. Dijo que unos murieron de dolencia, otros
que habían ido a tierras de Caonabó en busca de una mina de oro y allí
fueron muertos, y algunos sufrieron la muerte en su misma fortaleza.
Queriendo atraerse la voluntad del insigne genovés, Guacanagari le hizo
algunos regalos de oro y pedrería. «Estábamos presentes yo--escribe el
Dr. Chanca--y un zurugiano de armada; entonces dijo el Almirante al
dicho Guacamari[468] que nosotros éramos sabios de las enfermedades
de los hombres que nos quisiese mostrar la herida: él respondió que
le placía, para lo cual yo dije que sería necesario, si pudiese, que
saliese fuera de casa, porque con la mucha gente estaba escura e no
se podía ver bien; lo cual él fizo luego, creo más de empacho que
de gana: arrimándose a él salió fuera. Después de asentado llegó el
zurugiano a él e comenzó de desligarle; entonces dijo al Almirante que
era ferida fecha con _ciba_[469], que quiere decir con piedra. Después
que fué desatada, llegamos a tentarle. Es cierto que no tenía más mal
en aquella que en la otra, aunque él hacía del raposo que le dolía
mucho.» Todos se convencieron que Guacanagari era cómplice. Aunque
otros indicios vinieron a confirmar lo mismo, se procuró disimular para
no romper tan pronto con los naturales de la isla. Muchos españoles
hubieran deseado fuerte e inmediato castigo, negándose a ello el
Almirante, quien no quiso malquistarse con un aliado todavía poderoso
en el país y del que había recibido en el primer viaje señaladas
pruebas de amistad[470]. También creemos--y la imparcialidad nos obliga
a decirlo--que los españoles del fuerte de Natividad, menospreciando
la autoridad de Diego de Arana, únicamente pensaron en satisfacer su
avaricia y sensualidad.
[466] _Carta del Dr. Chanca._--Véase Roselly de Lorgues, Ob.
cit., tom. III, pág. 150.
[467] Ibidem.
[468] Así lo escribe el Dr. Chanca.
[469] Ibidem, págs. 217 y 218.
[470] El P. Boil aconsejaba que se prendiese a Guacanagari.
Oviedo emite, con respecto a los marinos, una opinión, tal vez algo
exagerada é injusta. Dice así: «Pero en realidad de verdad, sin
perjuicio de algunos marineros que son hombres de bien, atentos y
virtuosos, soy de opinión de que en la mayoría de los que ejercen el
arte de marinos, hay una gran falta de juicio para las cosas de tierra;
porque además de que la mayor parte de ellos son de baja condición y
mal instruídos, son también ambiciosos y dados a otros vicios, como a
la golosina, lujuria, robo, etc., que no se podría tolerar»[471]. Lo
cierto es que no siguieron los consejos de Colón, y que abusaron de los
indios, atrayéndose por ello la cólera de Caonabó, Mayrení y del mismo
Guacanagari.
[471] _Historia general y natural de las Indias_, lib. II,
cap. XII.
Siguió después el Almirante explorando toda la costa, no sin luchar
con vientos contrarios y grandes borrascas, hasta que llegó, al cabo
de tres meses, a un sitio, a 10 leguas al Este de Monte Cristi, donde
determinó fundar en aquella isla una ciudad que fuese como capital de
la colonia. Levantáronse casas de piedra, madera y otros materiales, se
erigió un templo y se hicieron almacenes, quedando, al fin, edificada
la primera población cristiana del Nuevo Mundo. El Almirante le dió el
nombre de _Isabela_, en honra de la Reina Católica.
De los naturales del país dice lo siguiente el Dr. Chanca: «Si
pudiésemos hablar y entendernos con esta gente, me parece que sería
fácil convertirlos, porque todo lo imitan, en hincar las rodillas ante
los altares, é al Ave María, é a las otras devociones é santiguar;
todos dicen que quieren ser cristianos, puesto que verdaderamente
son idólatras, porque en sus casas hay figuras (ídolos) de muchas
maneras...»[472].
[472] Ibidem, pág. 154.
En aquella tierra hay árboles que producen lana y harto fina; otros
llevan cera en color, en sabor e en arder tan buena como la de abejas,
y varios que fluyen trementina. Encuéntranse árboles cuyo fruto es la
nuez moscada. También se halla la raíz de gengibre, la planta de áloe,
el árbol de la canela y otros árboles y plantas. Fabrican el pan con
raíces de una hierba. La noticia más grata que recibieron los españoles
fué de que a 25 o 30 leguas de la costa, en unas comarcas conocidas,
la una con el nombre de Cibao y la otra con el de Nití, había mucho
oro en ríos y arroyos, creyéndose que cavando se hallaría en mayores
pedazos. A Cibao se encaminó Alonso de Ojeda con 15 compañeros por
el mes de enero de 1494, habiendo sido recibido en todas partes muy
bien, y regresando a los pocos días con arenas auríferas de los
arroyos del interior de la isla. Conocedor el Almirante de nuevas tan
satisfactorias, con numerosa fuerza de españoles se encaminó al país
del oro, esto es, a Cibao, dando pronto la vuelta, convencido de haber
descubierto el famoso país de Ofir de Salomón. Hasta el nombre del Rey
de aquel país era de buen agüero, pues se llamaba Caonabó, es decir,
_señor de la Casa de Oro_. Antes de dar la vuelta, quiso levantar una
fortaleza que protegiera las comunicaciones entre las montañas de Cibao
y el puerto de Isabel. Escogió para ello un sitio ventajoso e improvisó
allí un fuerte, que denominó de _Santo Tomás_, en el cual dejó 56
hombres y algunos caballos, al mando de Pedro Margarit, caballero de
Santiago. El doctor Chanca confirma la gran cantidad de oro encontrada
con las siguientes palabras: «Ansí que de cierto los Reyes nuestros
señores desde agora se pueden tener por los más prósperos é más ricos
Príncipes del mundo, porque tal cosa hasta agora no se ha visto ni
leído de ninguno en el mundo, porque verdaderamente a otro camino que
los navíos vuelvan, pueden llevar tanta cantidad de oro que se puedan
maravillar cualesquiera que lo supiesen. Aquí me parece será bien cesar
el cuento: creo los que no me conocen que oyesen estas cosas, me ternán
por prolijo é por hombre que ha alargado algo; pero Dios es testigo que
yo no he traspasado una jota los términos de la verdad»[473].
[473] Ob. cit., pág. 155.
Todavía se hallaba Colón descansando de su viaje cuando recibió un
enviado de Margarit anunciándole que Caonabó, señor de la Casa de Oro,
se disponía a tomar el fuerte de Santo Tomás. El Almirante envió un
refuerzo de 70 hombres con sus correspondientes víveres. En seguida se
ocupó en activar la terminación de Isabel.
De la mente de Colón no se separaba la idea de ir a China. Dejó en la
Isabela de Gobernador a su hermano Diego, y él con los buques _Niña_,
_San Juan_ y _Cardera_, zarpó el 24 de abril, llegando a la isla de
la Tortuga, luego al cabo de San Nicolás, en seguida a Cuba, poco
después a Jamaica y, por último, a Puerto Nuevo, dando la vuelta a
Cuba, siempre pensando que la última isla formaba parte del continente
asiático. En la isla de Pinos, que llamó _Evangelista_, ordenó (12
junio 1494) al escribano Fernán Pérez de Luna, que redactase un acta;
en ella se declaraba que la tierra que tenían delante era el continente
asiático, esto es, Manci o la China Meridional.
Firmado el documento, Colón se hizo a la vela con rumbo al Oriente,
teniendo el disgusto de que la _Niña_ varase en la playa (6 de julio)
y si se consiguió ponerla a flote, tuvo que entrar en la ensenada
inmediata al cabo de Santa Cruz para recomponerla. El 8 de julio dobló
la expedición el citado cabo y el 20 pasó a la Jamaica, llegando el
19 de agosto al cabo Morante. Presentóse el 20 a la vista del cabo
Tiburón (Haití), llamado por Colón cabo de San Miguel. Después de
recorrer algunos días los mares, no sin luchar con las olas y las
tormentas, el 29 de septiembre dió fondo a la colonia Isabela. En esta
expedición quedaron descubiertas las cuatro grandes Antillas.
La fortuna iba a comenzar volviendo la espalda a Cristóbal Colón. La
codicia y la tiranía de algunos españoles, en particular de Pedro de
Margarit y del P. Boil, produjo insurrección general de los rudos e
infelices indios. Dice Herrera que Margarit, al frente de 400 hombres,
se retiró a la Vega Real, diez leguas de la Isabela, donde aquella
gente, alojada en varias poblaciones, sin regla, ni disciplina, cometía
toda clase de excesos y violencias. Dicho capitán Margarit, después
de conducta tan insensata, temiendo ser castigado por el Almirante,
decidió, en compañía del Padre Boil y de otros de su bando, volver a
Castilla.
Las relaciones entre el fraile y Colón no fueron tan cordiales como era
de esperar, dado el carácter de ambos personajes. Parece cosa probada
que el Almirante hubo de extralimitarse en lo referente a severos
castigos impuestos a los españoles, y que el vicario apostólico--como
escribía el cronista Fernández de Oviedo--_ybale a la mano_, queriendo
contenerle. Hasta tal punto llegaron las cosas, que el Padre Buil llegó
a poner entredicho e hizo cesar el oficio divino, vengándose entonces
el Almirante con negar a los frailes los mantenimientos. Comprendiendo
el P. Buil que no podía luchar con enemigo tan poderoso, acordó marchar
a España--según puede verse en su correspondencia con los Reyes
Católicos--; pero, alegando su falta de salud y no el verdadero motivo.
En efecto, regresó a España, donde vió recompensados sus servicios por
Doña Isabel y D. Fernando.
¿Quién era el causante de aquel estado de cosas? Si Colón no era buen
gobernante, Margarit había olvidado sus deberes de militar y el P.
Buil no hizo caso de la obediencia que a sus hijos dictara el fundador
de la orden benedictina. Margarit y el P. Buil se pusieron al frente
de la facción enemiga de los Colones. En su afán de ensalzar a Colón
llega a decir el conde Roselly de Lorgues que D. Fernando propuso al
Papa el nombramiento del benedictino P. Bernardo Buil; pero «el jefe
de la Iglesia, sabiendo la adhesión de Cristóbal Colón a la Orden
Seráfica, la participación de los franciscanos en el descubrimiento,
reservaba esta honra a la humildad de un discípulo de San Francisco;
y nombró espontáneamente por Breve del 7 de julio de 1493, como
vicario apostólico de las Indias al padre _Bernardo Boyli_, provincial
de los franciscanos en España»[474]. Creyó el Rey--según afirma
nuestro apasionado historiador--que el Papa se había equivocado en
la designación de la persona, a causa de la semejanza del nombre, y
fundándose en ello, pudo D. Fernando el _Católico_, teniendo en cuenta
la premura del negocio, sustituir al nombrado por el Papa, con el
benedictino P. Buil.
[474] _Cristóbal Colón_, tom. I, pág. 365.
En tanto que el P. Fray Bernardo Boil y el capitán D. Pedro Margarit se
presentaban en la corte e informaban que en las Indias no había oro,
añadiendo que todo cuanto decía el Almirante era burla y embeleco, allá
en la Española los soldados, cuando se vieron sin el citado capitán, se
esparcieron por la tierra, viviendo como gente sin cabeza[475]. Logró
el Almirante, no sin grandes trabajos, restablecer la tranquilidad,
castigando severamente a los causantes de la insurrección, enviando
algunos a España y mandando fusilar a otros. En seguida sujetó a
los insulares, ya enemigos mortales de todo lo que era español. Por
último, quiso--y esto le perjudicó grandemente--que todos los colonos
trabajasen, incluso los hidalgos. Desde entonces, lo mismo los que
quedaban en la Española, que los que habían venido castigados a España,
le pintaban como hombre cruel y tirano; decían que sólo miraba a su
provecho, no al de su nación. No se percataban de decir en todos los
tonos y en todas partes que la codicia de Colón no tenía límites.
Tantas cosas dijeron en contra suya, quizá con algún fundamento,
aunque siempre con exageración manifiesta, que los Reyes Católicos
hubieron de mandar con el carácter de comisario regio a Juan de Aguado.
«Margarit--escribe Muñoz en su _Historia del Nuevo Mundo_--había
sembrado entre los nuestros la peste de la discordia, y entre los
indios odio mortal a todo lo que era español, manteniendo su gente
constantemente en la Vega Real, la comarca más cultivada y más rica del
país donde la soldadesca se entregó a todos los vicios y se permitió
todos los abusos, hasta que despertó a los naturales de su letargo e
hizo que los caciques más poderosos y más notables se unieran en una
alianza para arrojar a los extranjeros de la isla. El alma de esta
conspiración fué Caonabó»[476].
[475] Herrera, _Historia de los viajes y conquistas de los
castellanos en las Indias occidentales_, década 1.ª, lib. II,
cap. XVI.
[476] Véase Dr. Shopus Ruge, Ob. cit., pág 110.
A castigar al cacique Caonabó se dispuso el valiente y arrojado Alonso
de Ojeda. A la cabeza Ojeda de algunos hombres decididos, fué en
busca del cacique, a quien hizo creer que era distinción especial de
príncipes, llevar esposas relucientes adornadas de campanillas, de
campanillas que tanto gustaban a los indios. En semejante estado le
hizo montar en su caballo y, metiendo espuelas al brioso corcel, a todo
escape y seguido de los suyos, se dirigió, en tanto que los indios
atónitos no comprendían el suceso, a la costa, entregando a Caonabó
al gobernador del castillo de la Isabela. Continuó el cacique en la
fortaleza, de la cual salió para acompañar a Colón a España.
El comisario regio Juan de Aguado llegó al Nuevo Mundo. Comenzó
intimando a los jefes de servicio para que se le presentasen y le
dieran cuentas, reprendió a otros y dispuso encarcelar a muchos. Trató
con altanería a Bartolomé Colón y apenas hizo caso del Almirante.
Luego «se propasó a palabras descomedidas hasta amenazarle con el
castigo de la corte»[477]. Por el contrario, Colón se mostró cada
vez más respetuoso con el comisario regio. Cuando Aguado entregó su
credencial, recibióla el Almirante, hizo repetir su lectura y dijo
que estaba dispuesto a cumplir lo que se le mandase de parte de
sus soberanos. Intentó Aguado provocar la ira del descubridor del
Nuevo Mundo; mas Colón «sufrió su insolencia (de Aguado) con grande
modestia»[478]. El comisario regio estaba decidido a perder no sólo
a Colón, sino a todos los partidarios del Almirante. Comprendiéndolo
así, y no queriendo someterse a un proceso, salió Colón de Haití con
dos buques, 225 españoles y 32 indios el día 10 de marzo de 1496. Entre
los últimos se hallaba Caonabó, que murió en el camino, un hermano,
un hijo y un sobrino del mismo cacique[479]. El viaje fué muy penoso,
llegando a Cádiz el 11 de junio. También había salido de la Española
Aguado y se había encaminado a España llevando el proceso para perder
a Colón. Malos vientos corrían en la Corte contra el genovés. Además
de las informaciones de Aguado, la Reina había escuchado varias veces
las quejas del Padre Boil, de Pedro Margarit y de otros servidores de
la Real Casa, en quienes tenía ella gran confianza. Sin embargo, las
graves acusaciones formuladas por aquéllos fueron olvidadas cuando
Colón se presentó en Burgos a Don Fernando y a Doña Isabel. Expuso
con exactitud la situación de la colonia y dijo que había dejado de
gobernador de la Isla Española, con el título de _Adelantado_, a su
hermano Bartolomé. Diéronle a entender los reyes que hubiera convenido
proceder con menos severidad[480]. Lo mismo Isabel que Fernando se
mostraron contentos y satisfechos al recibir los presentes que trajo
el Almirante y que consistían en oro, papagayos y otras cosas. Le
ofrecieron una vez más su apoyo y protección. Colmáronle públicamente
de honores, puesto que le confirmaron los privilegios concedidos en la
capitulación de la vega de Granada[481]; le dieron licencia para que,
bajo ciertas y determinadas condiciones, hiciese el repartimiento
de las tierras de Indias[482]; nombraron a su hermano Bartolomé
_Adelantado_ de Indias[483] y a sus hijos Diego y Fernando pajes
de la Reina[484]; también le dieron facultad para fundar uno o más
mayorazgos[485].
[477] Muñoz, _Hist. del Nuevo Mundo_, lib. V, párrafo 35.
[478] Herrera, _Década 1.ª_, lib. II, cap. XVIII.
[479] Muñoz, Ob. cit., lib. V, párrafo 38. El hermano de
Caonabó falleció también pocos días después.
[480] Véase Herrera, _Década 1.ª_, lib. III, capítulo I.
[481] Real cédula dada en Burgos el 23 de abril de 1497.
[482] Carta patente, dada en Medina del Campo, el 22 de julio
de 1497.
[483] Con la misma fecha.
[484] Albalaes de 18 y 19 de febrero de 1497, en Alcalá de
Henares.
[485] En Alcalá a 23 de abril de 1497.
Al mismo tiempo Fernando e Isabel disponían tercera expedición, siendo
de advertir que así como antes se disputaban muchos el afán de ir al
Nuevo Mundo, ahora apenas se encontraba quien quisiera acompañar a
Colón en el tercer viaje proyectado. Tampoco los reyes prestaban la
atención necesaria, ya porque estaban en guerra con Francia, a la que
deseaban arrebatar el reino de Nápoles, ya también porque estaban
ocupados en asuntos de familia, pues trataban de casar a sus hijos, el
infante Don Juan y la infanta Doña Juana, con los hijos del emperador
Maximiliano, la princesa Margarita de Austria y el archiduque Felipe.
Retardóse después la expedición por la muerte imprevista del infante
Don Juan, acaecida el 4 de octubre de 1497.
En la ciudad de Burgos contrajo Cristóbal Colón relaciones amistosas
con un hombre muy estimado por los reyes y que el gran Cardenal
de España le honraba llamándole amigo. Era éste Jaime Ferrer de
Blanes[486], a quien comunmente se le designaba con el nombre de
_Mosén_. Tenía en Burgos un comercio de joyería y sucursales en otros
puntos. Sus relaciones con hombres ilustres de otros países, su manera
fina de tratar las personas y los negocios, su honradez y su modestia
le granjeaban simpatías en todas partes. Podía recomendársele también
como políglota, matemático, astrónomo, cosmógrafo, metalurgista,
erudito, filósofo y poeta. Era grande la cultura que había adquirido
en sus contínuos viajes, y le servía de lustre su parentesco con su
homónimo Jaime Ferrer, el antiguo cosmógrafo. Sus negocios mercantiles
le llevaron a Génova y Venecia (Italia), a El Cairo (Egipto), a
Palestina, Damasco y Alepo (Siria) y a otras poblaciones asiáticas.
[486] Blanes, pueblo de la provincia de Gerona.
El simpático lapidario, además de buscar las esmeraldas, topacios,
zafiros y otras piedras preciosas del Oriente, estudiaba las obras del
autor de la Divina Comedia, y publicaba el libro intitulado _Sentencias
católicas del divino poeta Dante_. Habiendo frecuentado el trato con
los indios, persas, musulmanes, cismáticos, griegos, etc., conocía
sus doctrinas religiosas, las cuales consideraba muy inferiores a las
católicas.
Como sabía cuán atrasadas estaban las ciencias geográficas y náuticas,
llamaba al descubrimiento de Colón «más bien divina que humana
peregrinación.»
No estando terminada la cuestión, al cabo de más de un año, y a pesar
del Tratado de Tordesillas, entre Portugal y España, Jaime Ferrer,
que estaba al corriente de todo--pues así se lo había ordenado el
gran Cardenal de España--escribió a la Reina (27 enero 1495) dándole
su opinión acerca de los medios geográficos que había para allanar la
disputa. Isabel contestó al lapidario (28 de febrero del citado año)
dándole gracias por su carta y le invitaba a que fuera a la corte en
el mes de mayo siguiente[487]. En la carta que el lapidario burgalés
escribió a la Reina, le decía que la Divina Providencia había escogido
a Colón como su mandatario para esta empresa (Descubrimiento del Nuevo
Mundo). Cuando Ferrer se presentó en la corte fué objeto de muchas
consideraciones y agasajos. A su vuelta a Burgos escribió (5 agosto
1495) respetuosa carta al descubridor de las Indias. En ella le decía,
entre otras cosas, lo que sigue: «La divina e infalible Providencia
mandó al gran Tomás, de Occidente a Oriente, para manifestar en India
nuestra sancta y católica ley; y a vos, Señor, mandó por opuesta parte,
de Oriente a Poniente, a fin de que por la Divina Voluntad llegárais
hasta el Oriente, etc.»[488]. Y más adelante añade: «Después de esas
proezas gloriosas, cuando repase en su imaginación los resultados de
vuestro glorioso ministerio, debe arrodillarse como el profeta y cantar
en alta voz, al son de su arpa: _Non nobis, Domine, non nobis, sed
nomini tuo da gloriam_»[489].
[487] _Colección diplomática_, docum. núm. LXVIII. También
Conde Roselly de Lorgues, ob. cit., tomo I, pág. 403.
[488] _Colección diplomática._--Documentos.--Apéndice al
número LXIII.--También Conde Roselly de Lorgues, ob. cit.,
tomo I, pág. 404.
[489] _Colección diplomática._--Documentos.--Apéndice al
número LXIII.--También Conde Roselly de Lorgues, ob. cit.,
tomo I, pág. 405.