TERCER VIAJE DE COLÓN.--RELACIÓN DE ESTE VIAJE HECHA POR EL
MISMO ALMIRANTE.--¿SUPO COLÓN QUE HABÍA HALLADO UN NUEVO
CONTINENTE?--COLÓN EN HAITÍ: ANARQUÍA EN LA COLONIA: LOS
REPARTIMIENTOS.--ENEMIGA AL ALMIRANTE EN LA ESPAÑOLA Y EN LA
CORTE.--EL COMISARIO REGIO BOBADILLA EN SANTO DOMINGO.--PROCESO
CONTRA COLÓN.--CARÁCTER Y CUALIDADES DEL ALMIRANTE.--COLÓN ES PRESO
Y CARGADO DE CADENAS.--INGRATITUD GENERAL CON COLÓN.--PRESÉNTASE A
LOS REYES EN GRANADA.--NICOLÁS DE OVANDO, GOBERNADOR DE LA ESPAÑOLA.
Aunque tantos y tan graves asuntos traían de contínuo ocupados a los
Reyes Católicos, no por eso apartaban su vista de los descubrimientos
geográficos. Si el florentino Juanoto Berardi fué el encargado de
realizar los preparativos del segundo viaje de Colón, a la muerte de
aquél en diciembre de 1495, nombraron a Américo Vespucio, quien dispuso
todas las cosas necesarias para la tercera expedición[490].
[490] Ya se dijo en el capítulo XIX que Américo Vespucio debía
ser empleado, y ahora añadimos que tal vez socio de la casa
comercial de Berardi. Después, en capítulos sucesivos nos
ocuparemos también de este famoso personaje.
Las ideas contenidas en la famosa carta de Mosén Jaime Ferrer a Colón--y
de la cual tratamos al terminar el capítulo anterior--contribuyeron
a las conclusiones cosmográficas que se hallan en la relación del tercer
viaje, escrita por el mismo Colón y que afortunadamente se ha
conservado. Dice que en nombre de la Santísima Trinidad salió del puerto
de Sanlúcar (30 mayo de 1498)[491], dirigiéndose por camino no
acostumbrado a la isla de la Madera, huyendo de los corsarios franceses.
Dispuso que tres buques marchasen directamente a la isla Española con el
objeto de entregar a la colonia las vituallas y utensilios que él
llevaba. Colón, con los otros tres buques, pasó a las islas de Cabo
Verde[492], marchando en seguida hacia el Sudoeste 480 millas, que son
120 leguas. «Allí--dice--me desamparó el viento y entré en tanto ardor y
tan grande que creí que se me quemasen los navíos y gente»[493]. Al cabo
de ocho días siguió al Poniente y navegó diez y siete, viendo tierra el
31 de julio. El primero que la vió fué Alonso Pérez, marinero de Huelva
y criado del Almirante. Aquella tierra era una isla cuya costa formaba
tres montañas. Después de decir la _Salve Regina_ y de dar muchas
gracias al Señor, el Almirante la llamó isla de la _Trinidad_[494] y al
promontorio primero le dió el nombre de cabo de la _Galea_ (hoy Cabo
Galeota). La citada isla, la más meridional de las pequeñas Antillas,
estaba situada cerca del continente americano del Sur, cuya costa
llana se distinguía perfectamente y que Colón llamó de Gracia. Desde
los buques se veían en la isla casas rodeadas de huertas y en el mar
aparecieron canoas, cuyos tripulantes no se aproximaban a nuestros
buques. Iban armados de arcos, flechas y escudos de madera. Notóse--con
gran sorpresa de los españoles--que aquellos indios tenían la tez más
clara que la de los otros vistos hasta entonces, despertando también
alguna curiosidad que llevasen el cabello cortado por la parte que caía
sobre la frente, según la moda española a la sazón. El traje consistía
en un faldellín de algodón de color. Navegando en dirección Oeste a lo
largo de la costa meridional de la isla, llegó Colón el 1.º de agosto
al extremo Occidental (Punta del Arenal), distante dos leguas de la
playa del delta que forman los brazos del río Orinoco. Estréchase
allí el Océano entre la isla y la tierra firme, siendo de notar que
las masas de agua dulce que los dos brazos del Orinoco vierten al mar
empujan la corriente ecuatorial hacia el golfo de Paria. Navegando en
dirección Norte--según el descubridor del Nuevo Mundo--se encuentran
muchas cascadas, una tras otra en el canal o estrecho, que producen
estruendo espantoso, proviniendo, a su parecer, de rocas y arrecifes
que cierran la entrada; y detrás de ellas se veían muchos remolinos que
hacían un estruendo como el de las olas cuando se estrellan contra las
rocas[495]. Por fin pudo salir del estrecho, dirigiéndose al través
del golfo hacia su extremo Norte, formado por la península montuosa de
Paria. Tomó rumbo al Oeste, desembarcando en Paria, cuyos habitantes
eran sociales y hasta corteses. Allí los españoles conocieron el maíz,
que Colón llevó más adelante a España para cultivarlo. Colón, siempre
en la misma idea, creía que Paria era una isla y que él podría salir al
Norte. El 13 de agosto logró pasar peligroso remolino o logró salir por
la boca del Norte llamada _Grande_, hallando que el agua dulce vencía
a la salada. Más adelante dice Colón que el mundo no era redondo como
muchos escriben, sino de forma de una pera, salvo donde tiene el pezón,
«o como una teta de mujer puesta en una pelota redonda, así que desta
media parte non hobo noticia Tolomeo ni los otros que escribieron del
mundo por ser muy ignoto; solamente hicieron raíz sobre el hemisferio,
adonde ellos estaban ques redondo esférico»[496]. Ocúpase luego el
Almirante del Paraíso terrenal, del cual sale una fuente de la que
resultan cuatro ríos principales. Nadie sabe--dice--el sitio de dicho
Paraíso; unos le colocan en las fuentes del Nilo (Etiopía) y otros en
las islas Fortunatas o Canarias. San Isidoro, Beda, Strabón, el maestro
de la Historia escolástica, San Ambrosio, Scoto y todos los sanos
teólogos sostienen que el Paraíso terrenal se encuentra en el Oriente.
Después de otras teorías donde se manifiesta la ignorancia de Colón, lo
mismo en matemáticas que en astronomía, pues llega a decir que en el
pezón de la teta o protuberancia de la pera se encontraba situado el
Paraíso, adonde no puede llegar nadie, salvo por voluntad divina, añade
lo que sigue:
[491] Componíase la flota de seis naves con escasa tripulación.
[492] El 27 de junio.
[493] Véase Roselly de Lorgues, _Historia de la vida y viajes
de Colón_, tom. III, págs. 170 y 171.
[494] Según el voto que había hecho al salir del puerto de
Sanlúcar.
[495] Véase Roselly de Lorgues, Ob. cit., tom. III, pág. 173.
[496] Roselly de Lorgues, Ob. cit., tom. III, pág. 178.
[Ilustración: Américo Vespucio (Montanus).]
«Grandes indicios son estos del Paraíso terrenal, porquel sitio es
conforme a la opinión destos santos é sanos teólogos[497], y asimismo
las señales son muy conformes, que yo jamás leí ni oí que tanta
cantidad de agua dulce fuese así adentro é vecina con la salada; y en
ello ayuda asimismo la suavísima temperancia, y si de allí del paraíso
no sale, parece aun mayor maravilla, porque no creo que se sepa en
el mundo de río tan grande y profundo»[498]. Refiere en seguida el
Almirante que cuando salió de la Boca del Dragón era tan fuerte la
corriente del mar en dirección Oeste, que pudo andar en un día 65
leguas, a pesar de la flojedad del viento, porque apenas se sentía
una ligera brisa; lo cual le hizo suponer que hacia el Sur el mar se
elevaba progresivamente y hacia el Norte bajaba. Estaba seguro de que
el agua del mar se movía con el firmamento de Oriente a Occidente, y
que a consecuencia de su movimiento más rápido en esta región, ha
separado tantas islas de la tierra firme. Estas islas (las pequeñas
Antillas) lo prueban también además con su forma, por ser anchas las
que se dirigen de Noroeste a Sudeste, estrechas y más pequeñas las
que se dirigen de Norte a Sur o de Nordeste a Sudoeste. Verdad es que
el agua no tiene en todos los puntos la misma dirección; mas solo
toma otra en aquellos donde la tierra le impide el paso y le obliga a
desviarse[499]. Después de algunos conceptos de Geografía física, añade
más adelante lo siguiente: «Si no procede del Paraíso terrenal el río
(antes mencionado) procederá de tierra infinita»[500]. Tan juiciosa
reflexión persuadió seguramente al Almirante que aquella era la tierra
firme, como dice con mucho acierto el ilustre Navarrete.
[497] El sitio es el golfo de Paria: los santos y sanos
teólogos los citados San Isidoro, etc.
[498] Ibidem, pág. 180.
[499] Véase Roselly de Lorgues, Ob. cit., tomo III, págs. 180
y 181.
[500] Ibidem, pág. 182.
Es de importancia suma trasladar aquí las siguientes palabras de
Fray Bartolomé de las Casas: «Si a pesar de todo fuera (esta tierra
dilatada) un continente, será el asombro de todos los doctos.» Además,
el autor de la _Vida del Almirante_, añade que Colón, después de
haber descubierto muchas islas, estuvo convencido de haber hallado en
la tierra de Paria el continente, por haber encontrado allí un río
poderosísimo (Orinoco) que confirmó lo que decían los naturales de las
pequeñas Antillas, acerca de una vasta tierra al Sur.
Dado caso que sean ciertas las anteriores opiniones, no se explica
el alejamiento del Almirante de las costas que acababa de reconocer,
sospechando que fueran de un gran continente, para dirigirse a Haití
al segundo día de haber pasado felizmente la Boca del Dragón. Era tan
ciega la fe de Colón en los autores que consultaba--autores que nada
sabían ni decían del Nuevo Continente--que dejó dicho continente a
pesar de que lo estaba tocando. Una choza abandonada, lejana humareda
que se elevaba por encima de los árboles de un bosque y algunas huellas
en la arena de la playa fué todo lo que vió del nuevo continente. Era
lo bastante para que pudiese dar su nombre a las Indias[501].
[501] Véase Lamartine, Ob. cit., pág. 140.
Zarpó del Golfo de Paria y volvió a Santo Domingo, no por la ingratitud
de sus compatriotas, no por la enfermedad que padecía a la sazón de la
vista, sino principalmente por su deseo de llegar a la insurreccionada
colonia, que no había visto en veintinueve meses.
Durante dicho lapso de tiempo, la colonia había sido gobernada por
su hermano Bartolomé, como Adelantado o lugarteniente, quien hizo
levantar fortalezas o castillos en varios puntos de la isla, obligó a
los caciques indios a reconocer la soberanía de España y a que pagasen
un tributo en oro o en géneros de fácil salida. Al mismo tiempo el
religioso franciscano Juan Borgoñón y el fraile Jerónimo Ramón Pané, no
descansaban un momento en la obra de convertir al cristianismo a los
indígenas, logrando felices resultados. Sin embargo, reinaba el más
completo desorden y anarquía en toda la colonia. Los españoles no sólo
se hallaban en guerra con los naturales, sino entre sí mismos, haciendo
especialmente objeto de su odio al adelantado Bartolomé, hermano del
Almirante y _la fuerza de la familia_, según la feliz expresión de
Lamartine. Algún motivo había para ello, porque Bartolomé, además de
valiente, era áspero de condición, lo cual fué causa de que algunos
le aborreciesen. Del mismo modo los caciques indígenas se aprestaron
a sacudir el yugo del Adelantado, y seguramente hubieran conseguido
poner en peligro a la colonia, si en los comienzos del año 1498 no
hubiesen llegado de España alguna tropa y provisiones de boca, pudiendo
Bartolomé con dicho auxilio reducir a la obediencia a los indígenas sus
enemigos. Francisco Roldán, Magistrado superior de la colonia, cobró,
por el contrario, más bríos, pues tuvo la fortuna de recibir la ayuda
que le prestaron tres buques enviados por el Almirante a Haití desde
las Canarias, los cuales echaron anclas en aquella parte de la isla. En
una de las ausencias de Bartolomé de la ciudad de la Isabela, estalló
la revolución. A duras penas pudo Diego Colón, hermano de Bartolomé
y Comandante de la plaza, contener a los revoltosos. Cuando llegó el
Adelantado, al frente Roldán de sus parciales, salió de la Isabela y se
retiró a la comarca de Xaragua, no sin declarar guerra a muerte a los
genoveses, como acostumbraban a llamar a los Colones.
Un mes después llegó Cristóbal Colón con otros tres buques a la ciudad
de Santo Domingo, fundada por Bartolomé Colón junto a la desembocadura
del río Ozama. Sin darse punto de reposo intentó el glorioso
descubridor del Nuevo Mundo sosegar las discordias haciendo importantes
concesiones a Roldán y a sus partidarios, siendo la principal de
todas ellas distribuirles terrenos en cuyo cultivo pudiesen emplear
determinado número de indígenas; recurso funesto, que le quitó
bastante autoridad y fué luego el origen del famoso sistema de los
_repartimientos_[502].
[502] Véase Herrera, _Década_ 1.ª, lib. III, caps. XII-XVI.
Tantas fueron las acusaciones que en España se hicieron contra el
Almirante, que los Reyes Católicos nombraron a Francisco de Bobadilla,
natural de Medina del Campo, comendador de la Orden de Calatrava,
para que fuera a la Española, se informase de todo, y si el Almirante
era culpable, le mandase a Castilla, quedándose él en el gobierno.
Bobadilla era muy apreciado por Fonseca y gozaba de mucho prestigio
en la corte. Bobadilla llegó a Santo Domingo a fines de agosto de
1500, en ocasión que el Almirante y sus hermanos estaban fuera de la
capital combatiendo una rebelión de indios. Con poco respeto, y aun
sin consideración alguna, el Comendador se fué a vivir al palacio de
Cristóbal Colón, sirviéndose de todas las cosas que había como si
fueran suyas. El 7 de septiembre, con Fray Juan de Trasierra y el
tesorero Juan Velázquez, le mandó una carta de los reyes, que al pie de
la letra decía así:
«Don Cristóbal Colón, nuestro Almirante del mar Océano, hemos
mandado al Comendador Francisco de Bobadilla, portador de ésta,
que os diga algunas cosas de nuestra parte; por lo cual os rogamos
le déis fe y crédito y obedezcáis.--Dado en Madrid a 21 de Mayo de
1499.--_Yo el Rey._--_Yo la Reina._--Por mandato de sus Altezas,
_Miguel Pérez de Almazán_.
Tres capítulos escribe D. Fernando Colón en su obra _Historia del
Almirante_ para referir lo sucedido entre su padre y el comendador
Bobadilla. Intitúlase del siguiente modo el primero: _Cómo por
informaciones falsas y fingidas quejas de algunos, enviaron los Reyes
Católicos un juez a las Indias para saber lo que pasaba_.
En tanto que las referidas turbaciones sucedían, como se ha dicho,
muchos de los rebelados, con cartas desde la Española, y otros que
se habían vuelto a Castilla, no dejaban de presentar informaciones
falsas a los Reyes Católicos y a los del Consejo contra el Almirante
y sus hermanos, diciendo que eran muy crueles, incapaces para aquel
gobierno, así por ser extranjeros y ultramontanos, como porque en
ningún tiempo se habían visto en estado de gobernar gente honrada;
afirmando que si sus Altezas no ponían remedio sucedería la última
destrucción de aquellos países, los cuales, cuando no fuesen destruídos
por su perversa administración, el mismo Almirante se rebelaría y
haría liga con algún príncipe que le ayudase, pretendiendo que todo
fuese suyo, por haber sido descubierto por su industria y trabajo, y
para salir con este intento escondía las riquezas y no permitía que
los indios sirviesen a los cristianos, ni se convirtiesen a la fe,
porque acariciándoles esperaba tenerles de su parte para hacer todo
cuanto fuese contra el servicio de sus Altezas. Procedían éstos y otros
semejantes en estas calumnias con tan grande importunación a los Reyes,
diciendo mal del Almirante y lamentándose de que había muchos años que
no pagaba sueldos, que daban que decir a todos los que entonces estaban
en la corte. Era de tal manera, que estando yo en Granada cuando murió
el serenísimo príncipe D. Miguel, más de 50 de ellos, como hombres sin
vergüenza, compraron una gran cantidad de uvas y se metieron en el
patio de la Alhambra, dando grandes gritos, diciendo que sus Altezas
y el Almirante les hacían pasar la vida de aquella forma por la mala
paga, y otras muchas deshonestidades e indecencias que repetían. Tanta
era su desvergüenza, que cuando el Rey Católico salía, le rodeaban
todos y le cogían en medio, diciendo: _Paga, paga_, y si acaso yo y
mi hermano, que éramos pajes de la serenísima Reina, pasábamos por
donde estaban, levantaban el grito hasta los cielos, diciendo: _Mirad
a los hijos del Almirante de los mosquitillos, de aquél que ha hallado
tierra de vanidad y engaño, para sepultura y miseria de los hidalgos
castellanos_, añadiendo otras muchas injurias, por lo cual excusábamos
pasar por delante de ellos.»
Así se intitula el segundo capítulo, escrito por Fernando Colón acerca
de las relaciones entre su padre y Bobadilla: _Cómo el Almirante fué
preso y enviado a Castilla con grillos, juntamente con sus hermanos_.
Inmediatamente que Colón recibió la citada carta del 21 de mayo de
1499, vínose con ellos a Santo Domingo, donde Bobadilla (1.º de octubre
de 1500) le hizo poner preso en un navío con su hermano Don Diego,
poniéndoles grillos y vigilados por buena guardia. Decidióse Bobadilla
a formar proceso a Colón y a sus hermanos. Entre otras cosas, acusaron
al Almirante de haber dado malos y crueles tratamientos a infelices
trabajadores: a unos no les pagaba, condenándoles a morir de hambre,
y a otros, por causas pequeñas, les hacía ahorcar. Quería--según
dijeron--más bien esclavos que cristianos, y llegó a pensar alzarse con
las Indias con el favor de algún otro rey cristiano, añadiendo, por
último, que había ordenado reunir muchos indios armados para resistir
al Comendador y hacerle tornar a Castilla. Si hubo--como creemos
firmemente--exageración manifiesta en las citadas declaraciones, no
debemos pasar por alto las siguientes palabras del P. Las Casas,
quien vió el proceso y conoció a muchos testigos de los que en él
declararon. «Yo no dudo--dice--sino que el Almirante y sus hermanos
no usaron de la modestia y discreción, en el gobernar los españoles,
que debieran, y que muchos defectos tuvieron y rigores y escaseza en
repartir los bastimentos a la gente, según el menester y necesidad de
cada uno, por lo cual todos cobraron contra ellos, la gente española,
tanta enemistad.» Y el mismo Colón, durante su viaje de Santo Domingo
a Cádiz, escribió a Doña Juana de Torres (o de la Torre), ama del
príncipe Don Juan, lo que sigue: «porque mi fama es tal, que aunque
yo faga iglesias y hospitales, siempre serán dichas espeluncas para
ladrones.»
[Ilustración: