Juan de Umbría y

Cristóbal García Xalmiento, ambos de Palos y pilotos de la _Pinta_.

García Hernández, de Huelva, despensero de dicha carabela.

Juan Rodríguez Bermejo, vecino de Molinos en tierra de Sevilla.

Rodrigo de Triana.

Juan Quintero, de Palos, llamado el _plateador_, piloto.

Juan Pérez Vizcaíno, de Palos, calafate.

Diego Rodríguez, de Palos.

Pedro de Soria, de Palos.

Francisco de Huelva.

Andrés de Huelva.

López, calafate.

Diego Lorenzo, de Huelva.

Pedro de Lepe, vecino de Redondela.

Domingo de Lequeitio.

Juan de Lequeitio.

Martín de Urtubia, vizcaíno.

Alonso de Morales, de Moguer.

Francisco García Vallejo, de Moguer.

Rodrigo Sánchez, de Segovia.

Maestre Diego.

Rodrigo de Xerez, de Ayamonte.

Alonso Pérez Roldán, piloto de Palos.

Pedro Terreros, maestresala del Almirante.

Pedro de Saucedo, paje de Colón.

Gil Pérez.

Pero Bermúdez, de Palos.

Rodrigo Monge, de Palos.

Hernán Pérez, de Palos.

Bartolomé Pérez, piloto de Palos.

Bartolomé Colín, de Palos.

Alonso Gutiérrez Querido, de Palos.

Juan Ortiz, de Huelva.

Sancho Ruiz, piloto de Palos.

Pedro de Villa, del Puerto de Santa María.

Bartolomé García, de Palos.

Vicente Eguía.

García Alonso, de Palos.

Pedro de Arcos, de Palos.

Juan de Xerez, de Palos.

Juan de Sevilla.

Francisco García Gallegos, de Palos.

Alonso Medel, de Palos.

Juan Bermúdez, de Moguer.

Juan de Triana, de Moguer.

Juan de Moguer.

Pedro Arráez.

Fernández.

El primer día, impelidas las carabelas por favorable ventolina, tenían

la proa Sudoeste cuarto sud.

El día siguiente, sábado, todo continuó bien.

El domingo, 5 de Agosto, anduvieron 40 leguas.

El lunes, 6 de Agosto, zarparon de la isla de Hierro, la más occidental

de las Canarias[422]. El viaje fué feliz. El mar estaba tranquilo, el

cielo sereno y los vientos del Oeste empujaban las naves. Sin embargo,

no habían transcurrido tres días desde que Cristóbal Colón salió de

Palos, y ya desencajóse el gobernalle de la carabela _Pinta_, que era

de Cristóbal Quintero y de Gómez Rascón, _porque les pesaba ir aquel

viaje_, obligando a retrasar la expedición para poder adobar el timón

en la Gomera. Después de reparar dicha carabela y de cambiar por velas

cuadradas el velamen triangular de la _Niña_; después de renovar la

provisión de agua y leña, y de tomar víveres frescos, continuaron su

marcha el jueves, 6 de septiembre; pero una calma chicha les hizo

estacionarse en las aguas de la Gomera. Situación tan triste duró desde

el jueves por la mañana hasta el crepúsculo del sábado, 8 de dicho mes.

Desde el día 9 de septiembre dispuso el Almirante contar menos leguas

de las que andaba, para que la gente no se espantase ni desmayase,

teniendo que reñir muchas veces a los marineros _porque gobernaban mal_.

[422] «De haber continuado Colón la ruta dispuesta por él

desde que zarpara de la Isla de Hierro, topa su nave con

el territorio llamado la Florida hoy, es decir, con el

Continente; a lo menos con isla de grandor casi continental,

como Cuba; pero en la desviación propuesta por los Pinzones,

y admitida por él a última hora, estaba llamada a dar con un

islote muy hermoso de aspecto, pero diminuto y baladí si lo

parangonamos con el inmenso mundo en cuyos mares navegaban

ya.» Castelar, _Hist. del descubrimiento de América_, tomo II,

pág. 38.

Consideremos los incidentes más notables que ocurrieron a la

expedición. El primero fué la llegada al mar de las Hierbas o de

Sargaso; pero la turbación de los tripulantes se desvaneció fácilmente

por las explicaciones dadas por los jefes. El segundo ocurrió a primera

noche del 13 de septiembre y consistió en que habiendo apuntado la

brújula hasta entonces al Noreste, declinó de cinco a seis grados

al Noroeste, cuya declinación aumentó la mañana del día siguiente

y los días sucesivos. Aunque esto asustó a los pilotos, Colón les

hizo notar que «al tomar la altura de la estrella polar era preciso

tener en cuenta su movimiento horario, y que la brújula se dirigía

a mi _punto invisible_, al Oeste del polo del mundo.» Colón, pues,

había descubierto la declinación occidental de la aguja. Desde el

comienzo del viaje, aquella fué la primera vez que se hizo semejante

observación. Pronto el temor se iba a convertir en alegría.

El 14 de septiembre dijeron los de la carabela _Niña_ que habían

visto un _garjao_ y un _rabo de junco_; el 16 también pudieron ver

bastante porción de hierba, porción de hierba que aumentó el 17, y

en la cual encontró un cangrejo vivo, diciendo entonces el Almirante

que aquellas señales eran del Poniente, «donde espero en aquel alto

Dios, en cuyas manos están todas las victorias, que muy pronto nos

dará tierra.» En aquella misma mañana vió un _rabo de junco_, ave que

no suele dormir en la mar. El 18, Martín Alonso desde la _Pinta_, que

era gran velera dijo a Colón que había visto muchas aves dirigirse al

Poniente, esperando aquella noche ver tierra. El 19 vino a la nao un

_alcatraz_ o _pelícano_, y por la tarde los marineros vieron otro; el

20 vinieron a la nao cuatro _alcatraces_, un _garjao_ y dos o tres

_pajaritos de tierra_; el 21 vieron un _alcatraz_ y una _ballena_. El

22 de septiembre distinguieron otras aves. Dice el Almirante: «Mucho

me fué necesario este viento contrario, porque mi gente andaban muy

estimulados que pensaban que no ventaban estos mares vientos para

volver a España.»

Registremos el incidente más importante que ocurrió durante la

travesía, y sobre el cual no están acordes los historiadores. El 23 de

septiembre la gente continuó murmurando del largo viaje, y murmurando

continuó diez y siete días más; pero el Almirante dióles buenas

esperanzas de los provechos que podrían haber. El mismo Colón escribió

con fecha 14 de febrero de 1493, esto es, a su regreso, «que había

tenido que sufrir mucho a la ida a causa de su gente, porque todos a

una voz estaban determinados de se volver y alzarse contra él haciendo

protestaciones»[423]. Pedro Mártir de Anglería, en su obra _De rebus

Oceanis_, dice lo que a continuación copiamos: «Los españoles de la

expedición empezaron a comunicarse su descontento en secreto, y luego

se congregaron públicamente, amenazando arrojar al mar a su jefe,

porque el genovés los había engañado y conducido a su perdición.»

[423] Véase _Diario del primer viaje de Colón_, publicado

por Las Casas y reproducido por Fernández Navarrete en su

_Colección diplomática_, tom. I, págs. 1 a 197.

Washington Irving, el conde Roselly de Lorgues y otros, refieren que

una sublevación de los marinos contra Colón estuvo a punto de echar por

tierra el descubrimiento del Nuevo Mundo. Dicen que, contagiados del

miedo, los Pinzones amenazaron con la muerte al Almirante si no volvía

las proas de los barcos hacia Castilla. Los tres hermanos, el mayor

sobre todo, le habían tratado con cierta rudeza y aun altanería. Pero

el _Diario de Colón_, relato oficial de cuantos sucesos ocurrían, no

refiere así los hechos. Entre las declaraciones relacionadas con el

famoso motín de las tripulaciones, encontramos la de García Vallejo,

que se hallaba en la carabela de Martín Alonso. «Capitanes, dijo el

Almirante, ¿qué faremos que mi gente muestra mucha queja? ¿que vos

parece, señores, que fagamos? Y que entonces dijo Vicente Yáñez:

Andemos, señor, fasta dos mil leguas, e si aquí non falláremos lo que

vamos a buscar, de allí podremos dar buelta.» Y entonces respondió

Martín Alonso Pinzón, que iba por capitán así principal: «Cómo, señor:

¿agora partimos de la villa de Palos y ya vuesa merced se va enojando?

Avante, señor, que Dios nos dará victoria que descubramos tierra, que

nunca Dios querrá que con tal vergüenza volvamos.» Entonces respondió

el dicho Almirante Don Cristóbal: «Bienaventurados seáis.» Nosotros

creemos que la rebelión se redujo a murmurar y pretender el regreso

algunos expedicionarios, siendo disuadidos fácilmente por Colón y los

Pinzones. La rebelión, pues, careció de importancia[424].

[424] Véase _Colón y Pinzón_.--Memorias de la Real Academia de

la Historia, tomo X.--Madrid. 1885.

¿Por qué murmuraron contra Cristóbal Colón los tripulantes de la _Santa

María_? ¿Por qué no murmuraron los marineros de las otras dos naos? Las

causas quedan reducidas a dos: la primera, que Colón era extranjero;

la segunda, que los marineros habían emprendido el viaje, no por la

confianza que les inspiraba Colón, sino por la consideración y afecto

que tenían a los Pinzones. Pudo también influir en que el Almirante

era altivo y orgulloso o «de recia y dura condición,» como escribe

Garibay, lo cual le llevó a tratar con despego y aun con desdén a sus

subordinados, pues nunca supo conquistarse el cariño de la gente de mar

española.

El viernes, 5 de octubre, aparecieron señales de la proximidad de la

tierra. «A Dios muchas gracias sean dadas», exclamó el Almirante.

Cada vez se agitaban en el aire mayor número de aves. Continuaba

siendo fácil la navegación y corrían presurosas las tres carabelas.

El domingo, día 7, se creyó haber descubierto tierra. El lunes, día

8, dice Colón: «Gracias a Dios: los aires muy dulces como en abril a

Sevilla, qué placer estar a ellos, tan olorosos son.» El martes, día

9, cambió algo el viento, siendo preciso mudar varias veces de rumbo.

El miércoles, día 10 de octubre, la escuadrilla andaba diez millas

por hora, e hizo 59 leguas durante el día y la noche. Continuaban

vientos favorables; pero cuando menos se pensaba, se alborotó el

mar y se levantaron oleadas inmensas que impelían con fuerza las

carabelas. Anunció Colón la proximidad de la tierra, aunque su vista

nada descubría a la sazón. «Aquí--según el extracto hecho por Las

Casas del _Diario_ del primer viaje--la gente ya no lo podía sufrir:

quejábase del largo viaje; pero el Almirante los esforzó lo mejor que

pudo dándoles buena esperanza de los provechos que podían haber.» Y

terminaba así: «que por demás era quejarse, pues que él había venido a

las Indias y que así lo había de proseguir hasta hallarlas con ayuda de

nuestro Señor.»

Las esperanzas dadas por Cristóbal Colón a su gente se vieron

realizadas en la noche del jueves, 11 de octubre de 1492. Ibase a

descubrir el Nuevo Mundo, convirtiéndose en realidad los sueños del

intrépido italiano (Apéndice J). Cuando el reló de la _Santa María_

marcaba las dos de la madrugada, salió de la carabela _Pinta_ el grito

mágico de ¡Tierra! dado seguramente por el afortunado marinero Juan

Rodríguez Bermejo, según las declaraciones de varios testigos[425].

Sin embargo--escribe Sales y Ferré--se adjudicó Colón la pensión

vitalicia de diez mil maravedís que se había ofrecido como premio al

primero que viese tierra, y que pertenecía de derecho a Juan Rodríguez

Bermejo[426]. Nuevo y triste testimonio de lo mucho que podía la sed

de oro en el ánimo de Colón[427]. Dejamos al Sr. Sales y Ferré la

responsabilidad de sus últimas palabras, de las cuales huelga decir que

no estamos conformes. Washington Irving ha dicho--también en nuestro

sentir con poco acierto--que no era digno y noble para Colón «el

haber disputado la recompensa a un pobre marinero»[428]. Despechado

Juan Rodríguez Bermejo--según se cuenta--de que la renta de diez mil

maravedís se hubiese adjudicado a Colón, pasó al Africa, donde se hizo

musulmán, creyendo encontrar más justicia entre los hijos del Profeta

que entre los cristianos[429].

[425] «Esta tierra vido primero un marinero que se decía

Rodrigo de Triana: puesto que el Almirante a las diez de la

noche, estando en el castillo de popa, vido lumbre, aunque

fué cosa tan cerrada que no quiso afirmar que fuese tierra;

pero llamó a Pero Gutierrez, repostero destrados del Rey, é

díjole, que parecía lumbre, que mirase él, y así lo hizo y

vídola: díjolo también a Rodrigo Sanchez de Segovia, quel Rey

y la Reina enviaban en el armada por veedor, el cual no vido

nada porque no estaba en lugar do la pudiese ver. Después

quel Almirante lo dijo, se vido una vez ó dos, y era como una

candelilla de cera que se alzaba y levantaba, lo cual a pocos

pareciera ser indicio de tierra. Pero el Almirante tuvo por

cierto estar junto a la tierra. Por lo cual, cuando dijeron

la _Salve_, que la acostumbraban decir é cantar a su manera

todos los marineros y se hallan todos, rogó y amonestólos el

Almirante que hiciesen buena guarda al castillo de proa, y

mirasen bien por la tierra, y que al que le dijese primero que

via tierra, le daría luego un jubon de seda, sin las otras

mercedes que los Reyes habían prometido, que eran diez mil

maravedís de juro a quien primero la viese. A las dos horas,

después de media noche pareció la tierra, de la cual estarían

dos leguas.» _Diario del primer viaje de Colón_, etc., tomo I,

págs. 19 y 20.

«... e qual cuarto de la prima, rendido el dicho Colon,

mandó hacer guardias en las proas de los navíos, e que yendo

navegando, al otro cuarto vido la tierra un Juan Bermejo de

Sevilla, e que la prima tierra fué la ysla de Guadahany.»

(Inf. de Lepe. 19 de septiembre de 1515. Pieza 23, folio 37).

_Declaración del testigo Manuel de Valdovinos._

«Que oyó decir a los mismos que venían del dicho viaje, e

que del navío del dicho Martín Alonso, un marinero que se

decía Juan Bermejo, vido la tierra de Guahanani primero que

otra persona, e que pidió albricias al capitán Martín Alonso

Pinzón, que ansi descubrió la tierra primero, e esto es

público e notorio.» (Inf. de Palos, 1.º de octubre de 1515.

Pieza 23). _Declaración del testigo Diego Hernández Colmenero._

[426] Cree el Sr. Sales y Ferré que Juan Rodriguez Bermejo y

Rodrigo de Triana son una misma persona.

[427] _El Descubriente de América_, págs. 176 y 177.

[428] _Historia de la vida y viajes de Cristóbal Colón_, tomo

I, lib. V, cap. VII.

[429] Conde Roselly de Lorgues, _Historia de Cristóbal Colón_,

tomo I, pág. 299.

En nuestros días se ha publicado un impreso sumamente curioso acerca

del particular[430]. D. F. Rivas Puigcerver, de México, cuenta que

Rodrigo de Triana era judío converso y fué el primero que en lengua

hebrea, dijo: _¡tierra! ¡tierra!_, en la noche del 11 de octubre de

1492. Con Colón iban no pocos judíos y moriscos, forzados por los

decretos de expulsión de los Reyes Católicos. Añade el Sr. Rivas que

Rodrigo de Triana, cuando se adjudicó a Colón la pensión ofrecida al

que primero viera tierra, pasó el Estrecho renunciando religión y

patria[431].

[430] Intitúlase _Los judios en el Nuevo Mundo_. México. Impr.

del Sagrado Corazón de Jesús, 1891, en 8.º, dos hojas.

[431] _Boletín de la R. Academia de la Historia_, tomo XIX,

págs. 361-365.--Madrid, 1891.

Continuando nuestra interrumpida narración, afirmaremos que la alegría

que sintieron los marineros después de sesenta y nueve días de

navegación, fué inmensa. No es de extrañar que los tripulantes de la

_Pinta_ (que era la carabela más velera y siempre llevaba la delantera

a las otras dos), contemplaran, cuantos iban sobre cubierta, el

encantador panorama de Guanahani, isla que llamó Colón _San Salvador_,

distante quince leguas de la que los ingleses llaman _Cat_ (o del

_Gato_) y una de las que forman el archipiélago de las Lucayas. D. Juan

Bautista Muñoz en el derrotero de las Antillas, publicado en Madrid,

año de 1890, dijo lo siguiente (pág. 805): «La isla Watling o San

Salvador, que reúne las mayores probabilidades de ser la primera tierra

que pisó Colón en el Nuevo Mundo...»

En la carta de Juan de la Cosa, hábil piloto que hizo con Cristóbal

Colón los dos primeros viajes, y del cual hablaremos varias veces en

esta obra, se ve claramente que la isla de Guanahani es al presente la

de Watling. Es, pues, evidente, que la isla Guanahani, San Salvador y

Watling es una misma; pero no todos han opinado lo mismo. Washington

Irving creyó que San Salvador era la isla Cat (o del Gato)[432] y

siguen su opinión el alemán Humboldt, el cubano D. José María de la

Torre y otros. Nuestro sabio marino Navarrete[433], quiso que Colón

hubiera ido a parar nada menos que a una de las Turcas. De Varnhagen,

que censuró a Navarrete por su equivocación, sostuvo[434] que San

Salvador era la conocida posteriormente con el nombre de _Mayaguana_,

y hoy con el de _Mariguana_. Mr. G. V. Fox dijo[435], que Guanahani

debió ser la isla _Samaná_ o Cayo Atwood.

[432] En el año 1828.

[433] En 1825.

[434] En 1864.

[435] En 1881.

Por el rumbo que llevaba el Almirante, debió fondear cerca de la punta

Suroeste de ella. Y antes de pasar adelante trasladaremos aquí las

palabras que Francisco López de Gomara dijo al emperador Carlos V.

«La mayor cosa, después de la creación del mundo, sacando la

Encarnación y Muerte del que lo crió, es el descubrimiento de las

Indias.» (Apéndice L).

Respecto a la descripción de la citada isla, habremos de manifestar

que a corta distancia de la espuma de las olas se extendían en forma

de gradería hasta las alturas de la isla muchos y majestuosos bosques

de árboles. Trechos sin árboles dejaban penetrar la luz en los

citados bosques, viéndose allí habitaciones diseminadas que parecían

grandes colmenas por su forma cilíndrica y por sus techos de hojas

secas: las chimeneas asomaban por encima del arbolado y en distintos

puntos. Grupos de hombres, de mujeres y de niños aparecían medio

desnudos entre los troncos de los árboles más próximos a la costa,

adelantándose un poco, retirándose después, y expresando siempre con

sus gestos y actitudes más admiración y curiosidad que temor y miedo.

Colón se dirigió con una chalupa hacia la playa, tomando posesión de

la isla en nombre de los Reyes Católicos. Sobrecogidos los indígenas

al ver hombres con trajes de brocado y con armas que reverberaban la

luz, habían concluído por acercarse, como si secreta fascinación les

empujara hacia ellos. Los españoles, a su vez, quedaban sorprendidos

al no encontrar en los americanos ninguno de los caracteres físicos de

las razas europeas, africanas y asiáticas. Su tinte cobrizo, su fina

cabellera que se extendía sobre sus hombros, sus ojos apagados, sus

femeniles miembros, su rostro confiado y sin expresión, su desnudez y

los dibujos que adornaban su piel, denunciaban una raza distinta de

las esparcidas por el Viejo Mundo, la cual conservaba aún la sencillez

y la dulzura de la infancia. Persuadido Colón que aquella isla era un

apéndice del mar de las Indias, hacia las cuales creía navegar, llamó a

sus habitantes indios[436].

[436] Véase Lamartine, _Biografia de Cristóbal Colón_, págs.

86-92. Tr.

En el _Diario_ de Colón, fuente única de la cual proceden todas las

opiniones acerca de las primeras tierras descubiertas en el Nuevo

Mundo, encontramos la siguiente noticia: «... Pusiéronse a la corda

(al pairo), temporizando hasta el viernes, que llegaron a una isleta

de los lucayos, que se llamaba en lengua de indios Guanahani... está

Lesteoueste con la isla de Hierro... Esta isla es bien grande y muy

llana y de árboles muy verdes y muchas aguas, y una laguna en medio muy

grande» (sábado 13 de octubre).

El día 14 de octubre por la noche salió el Almirante de Guanahaní,

llegando el 15 a las islas de _Santa María de la Concepción_ (hoy

_Concepción_ y _Cayo Rum_). El 16 de octubre, ya cerca del mediodía,

dejó el Almirante la isla de la Concepción y fué a fondear cerca de

la punta SE. de la isla Fernandina, que es la Cat de los ingleses.

El miércoles 17 salió Colón costeando la isla Fernandina y fondeó al

obscurecer del 18 en la punta del SE. (Punta de Colón). El viernes

19, al amanecer, levantó anclas y a las tres horas de navegación vió

la isla llamada _Saometo_ por los indios y que él puso el nombre de

_Isabela_. También a la Isabela se le dió el nombre de _Larga_. Desde

el 20 de octubre que fondeó en dicha isla, hasta el 24, se ocupó en

reconocerla. Refiere el mismo Colón que el 21 salió con sus capitanes

a ver la isla; «que si las otras ya vistas--dice--son muy fermosas

y verdes y fértiles, ésta es mucho más y de grandes arboledas y muy

verdes. Aquí es unas grandes lagunas, y sobre ellas y a la rueda es

el arbolado en maravilla, y aquí y en toda la isla son todos verdes

y las yerbas como en el Abril en el Andalucía; y el cantar de los

pajaritos que parece que el hombre nunca se querría partir de aquí, y

las manadas de los papagayos que obscurecen el sol; y aves y pajaritos

de tantas maneras y tan diversas de las nuestras, que es maravilla...»

Más adelante añade: «También andando en busca de muy buena agua fuimos

a una población aquí cerca, adonde estoy surto media legua; y la gente

della, como nos sintieron dieron todos a fugir, y dejaron las casas

y escondieron su ropa y lo que tenían por el monte; yo no dejé tomar

nada ni la valía de un alfiler. Después se llegaron a nos unos hombres

dellos y uno se llegó del todo aquí: yo di unos cascabeles y unas

cuentecillas de vidrio, y quedó muy contento y muy alegre, y porque la

amistad creciese más y los requiriese algo le hice pedir agua, y ellos,

después que fui en la nao, vinieron luego a la playa con sus calabazas

llenas, y folgaron mucho de dárnosla, y yo les mandé dar otro remalejo

de cuentecillas de vidrio, y dijeron que de mañana venían acá.» Después

de adquirir noticias de los isleños, los cuales le dijeron que hacia el

Sudoeste encontraría una isla muy grande que se llamaba _Cuba_[437],

en la cual abundaba el _oro y especerías y naos grandes y mercaderes_,

levantó las anclas. Desde la media noche del 24 hasta la tarde del

25 se mantuvo Colón a la vela, huyendo de los peligros y costeando

los bajos, que son muchos en aquellos lugares. El 27 del dicho mes de

octubre dirigió sus naves al Sudoeste y vió tierra al anochecer del

mismo día, entrando el 28 por la mañana en _un río muy hermoso y muy

sin peligro de bajas ni de otros inconvenientes_, y recalando--según

todas las señales--en el puerto de Gibara (Cuba)[438]. Permaneció

algunos días y recorrió varios puntos de la isla de Cuba, a la que

él dió el nombre de _Juana_, por honor--como se dijo en el capítulo

XVIII--al príncipe D. Juan, primogénito de los reyes.

[437] Colón creía que la isla llamada Cuba por los indios, era

la verdadera _Cipango_.

[438] De Varnhagen son las siguientes palabras: «No titubeamos

ya en suponer que la recalada de Colón tuvo lugar en el puerto

de Gibara, y de nuestra opinión son varios pilotos prácticos

de la costa, a quienes hemos leído los pasajes respectivos del

derrotero».

El día 5 de diciembre llegó a la isla Haití, que él denominó la

Española y que también lleva el nombre de Santo Domingo. El 14 de

diciembre salió del Puerto de la Concepción y llegó a la Isla de la

Tortuga que--según Colón--«es tierra muy alta, pero no montañosa, y

es muy hermosa y muy poblada de gente como la de la Isla Española, y

la tierra así toda labrada, que parecía ser la campiña de Córdoba».

Refiriéndose a la Isla Española escribe Colón lo siguiente: «Era

cosa de maravilla ver aquellos valles y los rios y buenas aguas, y

las tierras para pan, para ganado de toda suerte...» Cariñoso fué

el recibimiento que el cacique Guacanagari, que mandaba en aquellas

costas, hizo a Colón. Envióle Guacanagari una grande canoa llena de

gente, y en ella un principal criado suyo a rogar al Almirante que

fuese con los navíos a su tierra y que le daría cuanto tuviese. Más

adelante Cristóbal Colón se dirigía a los Reyes Católicos en esta

forma: «Crean vuestras Altezas que en el mundo todo no puede haber

mejor gente, ni más mansa; deben tomar vuestras Altezas grande alegría

porque luego los harán cristianos, y los habrán enseñado buenas

costumbres de sus reinos, que más mejor gente ni tierra puede ser, y

la gente y la tierra en tanta cantidad que yo no sé cómo lo escriba;

porque yo he hablado en superlativo grado la gente y la tierra de la

_Juana_, a que ellos llaman _Cuba_; mas hay tanta diferencia dellos y

della a esta en todo como del día a la noche; ni creo que otro ninguno

que esto hoviese visto hoviese hecho ni dijese menos de lo que yo tengo

dicho, y digo que es verdad que es maravilla las cosas de acá y los

pueblos grandes de esta isla Española, la que así la llamé, y ellos la

llaman _Bohío_, y todos de muy singularísimo tracto amoroso y habla

dulce, no como los otros que parece cuando hablan que amenazan, y de

buena estatura hombres y mujeres, y no negros. Verdad es que todos se

tiñen, algunos de negro y otros de otro color, y los más de colorado.

He sabido que lo hacen por el sol, que no les haga tanto mal, y las

casas y lugares tan hermosos, y con señorío en todos, como Juez o señor

dellos, y todos le obedecen que es maravilla, y todos estos señores son

de pocas palabras y muy lindas costumbres, y su mando es lo más con

hacer señas por la mano, y luego es entendido que es maravilla.»

Cuando el Almirante se disponía a dirigirse a un lugar de la isla

donde encontraría oro en abundancia, por negligencia o ignorancia de

un grumete se encalló (noche del 24 de diciembre o mañana del 25) la

carabela, salvándose toda la gente por el oportuno auxilio de la Niña

y de las canoas de los indígenas. «El (Cacique) con todo el pueblo

lloraban tanto--dice el Almirante--: son gente de amor y sin cudicia,

y convenibles para toda cosa, que certifico a vuestras Altezas que en

el mundo creo que no hay mejor gente ni mejor tierra; ellos aman a sus

prójimos como a sí mismos, y tienen un habla la más dulce del mundo,

y mansa, y siempre con risa. Ellos andan desnudos, hombres y mujeres,

como sus madres los parieron. Mas crean vuestras Altezas que entre sí

tienen costumbres muy buenas, y el Rey muy maravilloso estado, de una

cierta manera tan continente ques placer de verlo todo, y la memoria

que tienen, y todo quieren ver, y preguntan qué es y para qué.» También

el Cacique, además del socorro que prestó a Colón con sus canoas, le

dió algún oro. El Almirante, al encontrarse solo con la _Niña_--pues

la _Pinta_ se había alejado con Alonso Pinzón--, se decidió a dar la

vuelta a España[439].

[439] Ignóranse los motivos que tuvo Alonso Pinzón para

separarse del Almirante. La reconciliación se verificó poco

después en el puerto que de este suceso se llamó de _Gracia_.

¡Qué contraste--exclama Lamartine--entre el estado en que se hallaban

estos pueblos en el momento en que los europeos les trajeron el

espíritu y el genio del Viejo Mundo y el estado a que llegaron años

después de haber conocido a sus pretendidos civilizadores! «¿Por qué

misterio la Providencia envió a Colón a ese nuevo hemisferio, que creía

favorecer con la virtud y la vida, y no sembró en él más que la tiranía

y la muerte?»[440]. Decidido Colón a dar la vuelta a España, dejó en

la Isla Española parte de sus marineros. Contaba con la buena amistad

del cacique Guacanagari, cuyos súbditos le ayudaron a hacer pequeña

fortaleza de tierra y madera, sirviéndose del tablaje y poniendo los

cañones del buque _Santa María_. El fuerte se llamó de _Navidad_.

Encargóles Colón que fuesen buenos cristianos, obedeciesen a su

capitán, respetaran a Guacanagari y no hicieran violencia a hombre ni

mujer. También les encargó que no mostrasen codicia y que aprendieran

la lengua de los indígenas[441]. Su amigo Arana, deudo de la cordobesa

Beatriz, recibió la jefatura de la improvisada fortaleza.

[440] Ob. cit., pág. 105.

[441] Véase Herrera, Década 1.ª, lib. I, cap. XX.

Despidióse del cacique Guacanagari y se dispuso a volver a España. Se

habían desvanecido las ilusiones de muchos tripulantes, que soñaban

con encontrar una tierra rica, la famosa tierra de Marco Polo, cuajada

de oro y sembrada de piedras preciosas. Hallaron, sí, montañas

tapizadas de verdura, extensos bosques con árboles gigantescos, huertas

con plantas de varias clases y pájaros de vivos colores. En lugar de

grandes ciudades, encontraron miserables aldeas; en lugar de grandes

casas, pequeñas chozas; en lugar de grandiosos templos, _piedras

propias para la construcción de Iglesias_. Según el mismo Almirante, en

lugar de poderosos sacerdotes, groseros fetiches; en lugar de gentes

civilizadas, tribus desnudas y salvajes, y, lo que fué peor, en lugar

de oro y piedras preciosas, pelotas de algodón hilado y azagayas y

papagayos domesticados. Después de recorrer varias islas, encontraron

algo, muy poco oro; ninguna piedra preciosa. Cansados de recorrer

diferentes pueblos cosechando desengaño tras desengaño, pues el oro no

parecía por ninguna parte, se decidieron a abandonar las Indias.

El 16 de enero de 1493 emprendió Colón la vuelta a España sin incidente

alguno notable. El mar se hallaba tranquilo, el viento era excelente

y la temperatura suave. El 21 de enero el viento refrescó mucho, y

luego el cielo perdió su transparencia. Las provisiones disminuían, no

quedando ya más que patatas, galleta y vino. El viernes, 25 de enero,

sobrevino gran calma. En este día los marineros lograron coger un

atún y un tiburón. El 4 de febrero se puso lluvioso y frío el tiempo:

el Almirante mandó gobernar al Este. El 8 de dicho mes se cambió de

rumbo, tomando al Sudeste cuarto al Este. El 12 de febrero el Almirante

comenzó a tener grande mar y tormenta, aumentando el 13 el peligro. El

14 por la noche, cuando ya se hallaba cerca de las costas de Europa,

creció el viento y se desencadenó furioso temporal, que separó a las

dos carabelas. La _Pinta_ fué a fondear en Bayona de Galicia y la

_Niña_ arribó a Santa María, la isla meridional de las Azores. El 4 de

marzo llegó a Lisboa, después de nuevas tormentas. Escribió al rey de

Portugal, quien se hallaba nueve leguas de allí, diciéndole que los

reyes de Castilla le habían mandado que no dejase de entrar en los

puertos lusitanos y pedir, mediante sus dineros, lo que necesitase,

añadiendo que solicitaba permiso para ir con la carabela a Lisboa, pues

temía que algunos, creyendo que traía mucho oro, estando en puerto

despoblado, intentasen robarle, como también para que se supiera que no

venía de Guinea, sino de las Indias. El 8 de marzo recibió Colón carta

del rey de Portugal invitándole a que se llegase adonde él estaba, y

daba órdenes para que se diese generosamente al Almirante todo lo que

necesitara. Colón, el 9 de dicho mes, salió de Sacanbeu, teniendo la

señalada honra de presentarse ante el Monarca, que se encontraba en el

valle del Paraíso, por la noche de aquel día. El 11 se despidió del Rey

y marchó a Villafranca con el objeto de ver a la Reina, que permanecía

en el monasterio de San Antonio. En seguida volvió a emprender su

camino y se fué a dormir a Llandra. El 12, estando para salir de

Llandra, recibió la visita de un escudero del Rey, quien le ofreció,

en nombre de su Monarca, toda clase de medios, dado que prefiriera ir

a Castilla por tierra. Cristóbal Colón desde Lisboa, y Pinzón desde

Bayona, cinglaron (13 de marzo) a Palos, entrando los dos el día 15,

el Almirante por la mañana y Martín Alonso por la tarde. Pinzón no

llegó a entrar en la villa y se trasladó a una casa de campo, en donde

se agravó su enfermedad, siendo llevado al convento de la Rábida y

falleciendo a los pocos días. «Y porque en breves días murió--escribe

el P. Las Casas--no me ocurrió más que de él pudiera decir.»

Por el contrario, la fortuna se mostró propicia con el Almirante, como

lo indicaba entusiástica carta que desde Lisboa, con fecha 13 de marzo

de 1493, escribió al magnífico Sr. Rafael Sánchez, tesorero de los

Reyes Católicos. (Apéndice M). El día 15 del mismo mes entró en Palos.

_Carta de los Sres. Reyes Católicos a D. Cristóbal Colón,

complaciéndose del buen suceso de su primer viaje; encargándole

que acelere su ida a la corte, y que deje dadas las disposiciones

convenientes para volver luego a las tierras que había

descubierto[442]._

[442] _Archivo de los duques de Veragua. Colec. de doc. inéd._

etc., tomo XIX, págs. 470 y 471.

Marzo 30 de 1493.

El Rey e la Reyna: D. Cristóbal Colón. Nuestro Almirante del

Mar Océano, e Visorrey y Gobernador de las islas que se han

descubierto en las Indias: Vimos vuestras letras y hobimos mucho

placer en saber lo que por ellas nos escribisteis y de haberos

dado Dios tan buen fin en vuestro trabajo, y encaminado bien

en lo que comenzaste, en que El será mucho servido, y Nosotros

asimismo y Nuestros Reinos recibir tanto provecho. Placera a Dios

que demás de lo que en esto le servides, por ello recibiréis

de Nos muchas mercedes, las cuales creed que se vos harán como

vuestros servicios e trabajos lo merecen: y porque queremos que

lo que habeis comenzado con el ayuda de Dios se continúe y lleve

adelante, y deseamos que vuestra venida fuese luego; por ende

por servicio Nuestro, que dedes la mayor priesa que pudieredes

en vuestra venida, porque con tiempo se provea todo lo que es

menester, y porque como vedes el verano es entrado, y no se pase

el tiempo para la ida allá, ved si algo se puede aderezar en

Sevilla o en otras partes para vuestra tornada a la tierra que

habeis hallado; y escribidnos luego con ese correo que ha de volver

presto, porque luego se provea como se haga, en tanto que acá vos

venís y tornais; de manera que cuando volvieredes de acá, esté

todo aparejado. De Barcelona a treinta días de marzo de noventa y

tres.==_Yo el Rey._==_Yo la Reina._==Por mandado del Rey e de la

Reina, _Fernando Alvarez_.==En el sobrescrito decía: _Por el Rey e

la Reina_.==_A D. Cristóbal Colón, su Almirante del Mar Océano, e

Visorrey e Gobernador de las islas que se han descubierto en las

Indias._

Acerca del recibimiento de Colón en Sevilla y Barcelona, Andrés

Bernáldez, que alojó en su casa al Almirante, refiere lo que a

continuación copiamos: «Descubierta la tierra, se vino Colón a

Castilla... entró en Sevilla con mucha honra a 31 de marzo, Domingo de

Ramos, donde le fué hecho buen recibimiento; trajo diez indios, de los

cuales dejó en Sevilla cuatro, y llevó a Barcelona a enseñar a la Reina

y al Rey seis, donde fué muy bien recibido, y el Rey y la Reina le

dieron gran crédito y le mandaron aderezar otra armada mayor y volver

con ella».

Cuéntase que cierto día en que fué invitado a la mesa de los reyes,

uno de los convidados, envidioso de los honores que se tributaban a

modesto extranjero, le hubo de preguntar que si él (Colón) no hubiese

nacido, ¿hubiera algún otro descubierto el nuevo hemisferio? El

Almirante no le respondió; pero cogiendo un huevo entre sus manos se

dirigió a todos los comensales invitándoles a que colocasen el huevo de

modo que el punto de contacto fuera el extremo exterior del diámetro

más largo. Ninguno pudo conseguirlo. Entonces Colón lo rompió por uno

de sus extremos, y haciendo que se mantuviera recto sobre la mesa

probó a los envidiosos de su gloria, que no existía mérito alguno en

realizar una idea; pero el que la realizaba antes que los demás podía

reclamar para él los derechos de la primacía. Este apólogo ha sido

desde entonces la respuesta que los inventores y descubridores han dado

a sus semejantes. Ellos no habrán sido los más grandes; pero fueron

los más favorecidos por la inspiración[443]. El banquete fué--según

otros escritores--ofrecido a Cristóbal Colón por Don Pedro González

de Mendoza, gran cardenal de España. A la divulgación del imaginario

banquete ha contribuído seguramente y no poco la conocida estampa de

Teodoro Bry, y respecto a lo que se llama _El huevo de Colón_, ha

probado Navarrete que es una leyenda más entre las muchas que adornan

el descubrimiento de las Indias.

[443] Lamartine. Ob. cit. págs. 119 y 120.

Como se creyese por todos que las tierras descubiertas eran como

una parte del continente asiático, se les dió el nombre de _Indias

Occidentales_, para distinguirlas de las _Orientales_, y se llamó

indios a los naturales del Nuevo Mundo.

Quisieron los Reyes Católicos, _aunque para esto no tuviesen

necesidad_, como dice Oviedo, fortalecer su derecho con la sanción

pontificia[444]. En su virtud, después del primer viaje de Cristóbal

Colón, se apresuraron a obtener el beneplácito de Alejandro VI para los

descubrimientos hechos y los sucesivos, pensando, ya en la propagación

del cristianismo, ya con el objeto de precaver las pretensiones y

reclamaciones de los reyes de Portugal, a los cuales los Papas,

mediante diferentes Breves, les habían concedido el monopolio de todas

las tierras descubiertas y por descubrir lo mismo en Africa que en

la India[445]. Los dos Breves de Alejandro VI llevan la fecha del 3

y 4 de mayo de 1493, y comienzan designando como objeto principal

y obra agradable a Dios la predicación de la doctrina cristiana

entre los indios. Dice en seguida en el primer Breve: «Como Colón

ha descubierto ciertas islas y continentes lejanos y que hasta hoy

eran ignorados[446], concedemos de nuestro libre impulso, sin ser

solicitados por vos[447], ni por otra persona alguna, de nuestra propia

autoridad apostólica, a vos y a todos vuestros sucesores todas estas

islas y tierras firmes recientemente descubiertas y por descubrir,

en cuanto no pertenezcan ya a algún otro rey cristiano, y prohibimos

a todos los demás, bajo pena de excomunión, ir a aquellas tierras y

traficar allí sin vuestro permiso.» (Apéndice N).

[444] _Hist. de Indias_, lib. I. cap. VIII.

[445] Véase Dr. Sophus Ruge, _Hist. de la época de los

descubrimientos geográficos_, págs. 105, 106 y 107, en la

Hist. Universal de Oncken, tomo VII.

[446] Colón, como se dijo en una nota de este capítulo, creía

que la isla de Cuba era la verdadera Cipango.

[447] Doña Isabel y Don Fernando.

Considerando el Pontífice que los términos en que se hallaba redactado

el citado Breve eran demasiado generales, publicó otro al día

siguiente, señalando las regiones respectivas, donde España y Portugal,

sin temor de exponerse a colisiones, podían hacer sus descubrimientos.

En el Breve, pues, del día 4, se fijó una línea de demarcación «que

a la distancia de 100 leguas al Oeste de las Azores y de las islas

de Cabo Verde pasaba por los dos polos como meridianos y dividía

el planeta en dos mitades.» El hemisferio occidental pertenecía a

España, y el oriental a Portugal. Al trazar dicha línea de demarcación

Alejandro VI, debió tener presente las ideas manifestadas por el

Almirante, quien todavía en el año 1498 consignaba lo siguiente: «Me

acuerdo que cuantas veces fui a la India cambió la temperatura a 100

leguas al Oeste de las Azores, y esto sucedía en todos los puntos desde

Norte a Sur.» Añade más adelante: «Cuando navegaba de España a las

Indias, encontré, tan pronto como había pasado 100 leguas al Oeste de

las Azores, un grandísimo cambio en el cielo y en los astros, en el

ambiente y en el agua del mar, y estos fenómenos los tengo observados

con gran cuidado. Noté, cuando había pasado las citadas 100 leguas más

allá de las mencionadas islas, tanto en el Norte como en el Sur, que

las agujas de marear, que hasta allí declinaban hacia Nordeste, giraban

todo un cuarto de viento (igual a 11° y cuarto de la brújula) hacia

Noroeste, y esto acontecía desde el instante que llegaba a aquella

línea. Al propio tiempo se presentaba otro fenómeno, como si en aquel

punto fuese más elevada la superficie de la tierra, porque encontré el

mar cubierto completamente de yerbas semejantes a ramas de abeto y con

frutos parecidos a los del alfónsigo, siendo estas yerbas tan espesas

que en mi primer viaje creí que allí había bajíos que harían encallar

los buques. Tan pronto como llegamos a aquella línea a nuestro regreso,

no se encontró rama alguna. También observé que el mar estaba en este

punto tranquilo y unido, y casi nunca agitado por vientos, y que desde

aquella línea al Oeste era la temperatura muy suave, distinguiéndose

muy poco verano e invierno»[448].

[448] Para comprender mejor todo esto estúdiese la colección

de Navarrete.

«Este pasaje--dice el barón de Humboldt en su _Cosmos_--contiene las

ideas de Cristóbal Colón y sus observaciones sobre la Geografía física;

la influencia de las longitudes, la declinación de la aguja magnética,

la inflexión de las líneas isotérmicas entre las costas occidentales

del Mundo Antiguo y las orientales del Nuevo, la situación del gran

banco de Sargazos o plantas ficoideas en el Atlántico, y sobre las

relaciones que existen entre esta parte del mar y su atmósfera. Los

pocos conocimientos matemáticos de Cristóbal Colón y sus observaciones

equivocadas del movimiento de la estrella polar cerca de las islas

Azores, indujeron a este descubridor a admitir una irregularidad en la

forma esférica de la tierra. Creía que el hemisferio occidental era más

elevado, más _hinchado_ que el otro; que los buques al llegar a esta

parte donde la aguja magnética señala el Norte verdadero, estaban más

próximos al cielo; y que esta elevación era la causa de la temperatura

más fresca. Si a esto se agrega que Colón de regreso de su primer

viaje tuvo la idea de ir a Roma para referir personalmente al Papa

todo cuanto había descubierto (se entiende en cuanto se relacionaba

con la religión, la mayor proximidad del cielo, etc.); si, por otra

parte, se tiene presente la importancia que se daba en tiempo de Colón

al descubrimiento de una línea nueva magnética, en la cual la aguja

se mantiene constante, se me dará razón cuando el primero sostuve que

el Almirante en los momentos de mayor favor en la corte, trabajó para

transformar la línea divisoria física que había encontrado en la línea

divisoria política.»

En el Breve del día 4 se fijó la línea de demarcación a 100 leguas al

Oeste de _cualquiera_ (_qualibet_), isla de las Azores o de las de Cabo

Verde, sin fijar ninguna isla determinada, ni a un grupo de ellas,

ignorando que la más occidental de Cabo Verde se halla casi 6° más al

Este que la más occidental de las Azores. Explícase esta ignorancia

porque los cosmógrafos en aquellos tiempos no podían, por falta de

medios, determinar exactamente las longitudes.

También por entonces (28 mayo 1493) se concedió a Colón un escudo de

armas, en el cual figuraban, además de las suyas o de familia, las de

Castilla y León en campo verde, y unas islas doradas en ondas de mar

(Apéndice O).

En el correr de los tiempos se colocó en su sepulcro un letrero que

decía:

_A Castilla y a León._

_Nuevo Mundo dió Colón._

Los detractores del Almirante y defensores de Pinzón transformaron el

dístico en la siguiente forma:

_A Castilla y a León_

_Nuevo Mundo dió Pinzón._

Pareciéndoles después que habían cometido una injusticia, creyeron

arreglarlo todo diciendo:

_Por Castilla, con Pinzón,_

_Nuevo Mundo halló Colón._

Con espíritu más levantado vinieron otros que admitieron el mote de

esta manera:

_Por Castilla y Aragón_

_Nuevo Mundo halló Colón._

Desde la cátedra del Ateneo de Madrid propuso D. Víctor Balaguer que si

algún día se intentaba variar el dístico, debía ser del siguiente modo:

_Por la española nación_

_Nuevo Mando halló Colón._

El ilustre escritor norteamericano Charles F. Lummis, en su pequeño

libro intitulado _Los exploradores españoles del siglo XVI_, ha dicho

lo siguiente: «A una nación le cupo en realidad la gloria de descubrir

y explorar la América, de cambiar las nociones geográficas del mundo

y de acaparar los conocimientos y los negocios por espacio de siglo y

medio. Y esa nación fué España.»

Un genovés, es cierto, fué el descubridor de América; pero vino en

calidad de español; vino de España por obra de la fe y del dinero de

españoles; en buques españoles y con marineros españoles, y de las

tierras descubiertas tomó posesión en nombre de España»[449].

[449] Pág. 59.

Colocada en este punto la cuestión que nosotros resolveríamos con

Balaguer y Lummis, no queremos, sin embargo, pasar en silencio las

atinadas observaciones del Sr. Sánchez Moguel. Tales son las palabras

del Catedrático de la Universidad de Madrid: «El conquistador de

Granada, en su testamento, otorgado el 20 de enero de 1516, al

instituir heredera de sus reinos de la corona de Aragón a su hija doña

Juana, no comprende entre ellos en modo alguno las islas y tierra firme

del mar Océano, esto es, el Nuevo Mundo». Sin duda, no pertenecía, ni

en todo ni en parte, a su corona aragonesa, cuando no lo menciona. No

cabe atribuirlo a olvido, porque no los hay de tanta monta, ni menos

aún en documentos de esta clase. En cambio, su egregia esposa, la

magnánima Reina de Castilla, en su testamento, fechado en Medina del

Campo el 12 de octubre de 1504, habla de las islas y tierra firme del

mar Océano como parte integrante de sus reinos de Castilla. Y ¿por

qué? Sea la gloriosa Reina quien nos responda: «_Por quanto... fueron

descubiertas e conquistadas a costa destos Reynos e con sus naturales

dellos_»[450].

[450] _España y América_, págs. 34 y 35.

No creemos que la cuestión tenga mucha importancia. Sin embargo,

colocados en la obligación de dar nuestra opinión, diremos que la

parte que tomó Castilla en el descubrimiento del Nuevo Mundo fué

mayor, como mayor fué el apoyo que prestó a Colón la reina Isabel.

Conviene no olvidar lo que dice Guicciardini, Embajador de la Señoría

de Florencia en la Corte del Rey Católico: «los negocios pertenecientes

a Castilla se gobernaban, principalmente, por su mediación y autoridad

(de Isabel)». Se ha dicho también que D. Fernando mandó librar de

la Tesorería de Aragón--y esto lo afirman los defensores de D.

Fernando--la cantidad necesaria para la empresa del descubrimiento,

a causa de la pobreza del Erario castellano, disponiendo después

que del primer oro que viniese de las tierras descubiertas se diera

parte a Aragón, que se empleó, por cierto, en dorar el artesonado de

la Aljafería de Zaragoza; pero el catalán Bofarull no halló entre

los papeles de la citada Tesorería orden ni registro de semejante

libramiento, y el aragonés Nougués y Secall ha mostrado que el dorado

de la Sala mayor de la Aljafería es anterior a la vuelta de Colón de

su primer viaje. Si pudiese haber todavía alguna duda, habremos de

recordar que Alejandro VI concedió las tierras descubiertas a los reyes

de Castilla y sólo a los reyes de Castilla.

Historia de América desde sus tiempos más remotos hasta nuestros días, tomo I · 第 75 / 152 题