[392] La carta escrita desde Rota debió serlo a últimos del
año 1485 o comienzos del 1486.
En la ciudad de Córdoba se presentó Cristóbal Colón el 20 de enero de
1486, en cuya fecha se hallaban los reyes en Madrid. Hasta el 28 de
abril no llegaron D. Fernando y D.ª Isabel a la ciudad andaluza, de
la cual salió el Rey en el mes de mayo de dicho año para la conquista
de Loja. De modo que la primera entrevista entre los reyes y Colón
debió verificarse en el lapso de tiempo que media desde el 28 de abril
y últimos días de mayo. El tiempo que estuvo el futuro Almirante
esperando la llegada de los reyes, debió pasarlo buscando amigos y
protectores que le ayudaran en su empresa y tal vez sufriendo las
burlas de cortesanos y gente del pueblo.
Veamos el retrato tanto moral como físico que hacen antiguos
historiadores del ilustre genovés. El Almirante era--según
Herrera--«alto de cuerpo, el rostro luengo y autorizado, la nariz
aguileña, los ojos garzos, la color blanca, que tiraba a rojo
encendido; la barba y cabellos, cuando era mozo, rubios, puesto que
muy presto, con los trabajos, se le tornaron canos: y era gracioso y
alegre, bien hablado y elocuente; era grave con moderación, con los
extraños afable, con los de su casa suave y placentero, con moderada
gravedad y discreta conversación, y así provocaba fácilmente a los que
le veían, a su amor; representaba presencia y aspecto de venerable
persona, y de gran estado y autoridad y digna de toda reverencia; era
sobrio y moderado en el comer y beber, vestir y calzar...»[393]. Por su
parte, Gomara le retrata del siguiente modo: «Hombre de buena estatura
y membrudo, cariluengo, bermejo, pecoso y enojadizo y crudo y que
sufría mucho los trabajos...»[394]. Garibay escribe que era «de recia y
dura condición» y Benzoni añade: _iracundiæ tamen pronus_[395].
[393] _Década_ 1.ª, lib. VI, capítulo XV.
[394] _Historia de las Indias_ en la Biblioteca de Autores
españoles, tomo XII, pág. 172.
[395] _Historia Indiæ Occ._, libro I, cap. XIV.
Amaba de tal modo a la naturaleza que la contemplaba con entusiasmo
durante el día y la observaba por los astros en las noches serenas.
Navegando cerca de las costas, aspiraba los aromas balsámicos
procedentes de la orilla, y en medio de los mares los efluvios de las
olas. Complacíase contemplando pájaros y flores. Gustaba de impregnar
del aroma de rosas o acacias o de flores de azahar sus vestidos, su
camarote y muy especialmente su papel para cartas. Era frugal y sobrio
en las comidas, noble en todos los actos de la vida y cristiano en sus
obras.
En la poderosa corte de los Reyes Católicos el primero que se puso
al lado de Colón fué Alonso de Quintanilla, Contador mayor del reino
(cargo parecido al actual Ministro de Hacienda). Quintanilla le
recomendó a D. Pedro González de Mendoza, gran Cardenal de España,
apellidado por el cronista contemporáneo Mártir de Anglería: _Tertius
Hispaniæ Rex_, tercer Rey de España. Colón «fué conosçido del
reverendíssimo é ilustre Cardenal de España, Arçobispo de Toledo, D.
Pedro Gonçalez de Mendoça, el qual començó a dar audiencia a Colon, é
conosçió dél que era sabio é bien hablado, y que daba buena raçon de
lo que decia. Y túvole por hombre de ingenio é de grande habilidad;
é conçebido esto, tomóle en buena reputacion é quísole favoresçer. Y
como era tanta parte para ello, por medio del Cardenal y de Alonso de
Quintanilla fué oydo del Rey e de la Reyna; é luego se prinçipió a dar
algun crédito a sus memoriales y peticiones é vino a concluirse el
negoçio.»
En mala, en muy mala ocasión hubo de presentarse Cristóbal Colón a los
Reyes Católicos. Cuando Doña Isabel y D. Fernando se hallaban ocupados
en arrojar de nuestro suelo y para siempre a los musulmanes, cuando la
Santa Hermandad castigaba con mano de hierro a los revoltosos magnates
y la Inquisición echaba al fuego a los herejes, cuando se publicaban
sabias Ordenanzas y se reunían célebres Cortes, y cuando en la corte
brillaban aquellos personajes que se llamaban Talavera, González de
Mendoza, Cisneros y Gonzalo de Córdova, un hombre obscuro, extranjero,
sin otra recomendación que la de un pobre fraile franciscano y sin
otros recursos que vender libros de estampa o hacer cartas de marear,
fundándose en que la tierra era esférica, solicitaba apoyo de los reyes
para ir por el Occidente a las costas de la India (Asia). No es extraño
que las gentes le llamasen iluso o loco.
Antes de continuar nuestra relación, consideremos el estado de la
política entre España y Francia, entre los Reyes Católicos y Carlos
VIII. En los primeros días del mes de enero de 1484 se encontraban D.
Fernando y D.ª Isabel en la ciudad de Vitoria. Allí recibieron una
embajada que tenía el encargo de notificarles la muerte de Luis XI y la
sucesión de su hijo Carlos VIII. Nuestros monarcas acordaron también
mandar a Francia su correspondiente embajada, con la indicación de que
Carlos VIII devolviese a España el Rosellón y la Cerdaña, condados que
retenía contra la voluntad de su padre, quien había dispuesto antes
de morir que se entregaran a los Reyes Católicos. La embajada, que se
envió en abril del mismo año, sólo obtuvo cariñosas promesas. Fernando
entonces pensó declarar la guerra a Francia; Isabel quería ocuparse
únicamente de la guerra con los moros. Las razones en que se apoyaba
el Rey Católico las expone admirablemente el cronista Pulgar. «El voto
del Rey, dice, era que primero se debían recobrar los condados del
Ruissellón y de Cerdaina que los tenía injustamente ocupados el rey de
Francia: e que la guerra con los moros se podía por agora suspender,
pues era voluntaria e para ganar lo ageno, y la guerra con Francia non
se debía escusar, pues era necesaria e para recobrar lo suyo. E que si
aquella era guerra sancta, estotra guerra era justa, e muy conveniente
a su honra. Porque si la guerra de los moros por agora no se
persiguiese, no les sería imputada mengua, e si estotra no se ficiese,
allende de recibir daño e pérdida, incurrían en deshonra por dexar a
otro Rey poseer por fuerza lo suyo, sin tener a ello título ni razon
alguna. Decía ansimesmo que el Rey de Francia era mozo, e su persona e
reino andaban en tutorías e gobernacion agena; las cuales cosas daban
la oportunidad pare facer la defensa de los franceses más flaca, e
la demanda de restitucion más fuerte. E que por si agora se dexase,
era de esperar que cresciéndole la cobdicia con la edad, sería más
dificile de recobrar e sacar de su poder aquella tierra. Otrosí decía
que cuanto más tiempo dexase de mover esta guerra, tanto mayor posesión
ganaba el Rey de Francia de aquellos Condados: e los moradores dellos
que cada hora esperaban ser tornados a su señorío, veyendo pasar el
tiempo sin dar obra a los recobrar, perderían la esperanza que tenían
de ser reducidos al señorío primero: e que el tiempo faría asentar sus
ánimos en ser súbditos del Rey de Francia e perderían la aficion que
tenían al señorío real de los Reyes de Aragon. La cual aficion decía él
que no era pequeña ayuda para los recobrar prestamente. Otrosí decía
que no podía buenamente sufrir los clamores de algunos caballeros e
cibdadanos de aquellos condados, que por servicio del Rey su padre e
suyo, han estado tanto tiempo desterrados de sus casas y heredamientos,
e reclamaban toda hora solicitando que se diese obra a la reducción de
aquella tierra por tornar a sus casas e bienes.»
Triunfó la opinión de la Reina y se continuó la campaña contra Granada,
a gusto también del Rey, convencido de las grandes dificultades que
tenía la guerra con Francia.
Desde que los castellanos asolaron la vega granadina (1484) hasta que
Boabdil entregó las llaves de la ciudad (2 enero 1492), no dejaron de
agitarse los amigos y enemigos de Colón, o mejor dicho, los partidarios
o no partidarios de los proyectos del genovés insigne. Al frente
del partido contrario al de Colón se puso Fr. Hernando de Talavera,
prior de Nuestra Señora de Prado (Valladolid), y después arzobispo de
Granada. Algunos escritores han tratado con severidad al prior de Prado
por las dificultades que puso _al más noble solicitante del universo_,
como le llama el conde Roselly de Lorgues[396]. No tienen razón. Fr.
Fernando ni era envidioso de la gloria ajena, ni sistemáticamente se
opuso a los proyectos del genovés. Creía de buena fe lo que afirmaba.
Aunque versado en las letras y en la ciencia teológica, apenas tenía
noción alguna de las matemáticas y de la cosmografía. Nadie ponía en
duda su clara inteligencia, ni sus muchas virtudes. «Varón tenido
por santo», escribe Vasconcellos; pero él que se había propuesto,
como regla de conducta, no influir en recomendación alguna, creyó que
debía oponerse a los deseos del extranjero. Justificada encontramos
la oposición de Talavera. «¿Qué proponía Colón?--pregunta con mucho
acierto el P. Ricardo Cappa--. Hallar por Occidente un camino más
breve del que por Oriente intentaban los portugueses al Asia. Asunto,
a la verdad, digno de consideración y acción; pero ¿qué podía valer
para los españoles la Cipango del Gran Khan en comparación del reino
de Granada?... ¿Podía un religioso, un prelado que fué el alma de esa
guerra, podía Talavera permitir que se debilitara en algo empleando los
recursos nacionales en lo que no fuese derrocar de una vez para siempre
a la media luna de las muslímicas torres de Granada? La empresa de
Colón era de un orden secundario por la ocasión en que se presentó, por
lo dudoso de la ejecución, por lo problemático del resultado»[397].
[396] Obra citada, tom. I, pág. 135.
[397] _Colón y los españoles_, pág. 2.
Comenzó entonces para Cristóbal Colón lucha continua y tenaz, con unos
porque no le entendían, y con otros porque no le querían entender.
Decidieron los reyes someter el asunto a una Junta de letrados que se
reunió en Córdoba y presidió Talavera, resultando de ella, como era
de esperar--dado que sus individuos fueron nombrados por el prior de
Prado--que las promesas y ofertas del genovés fueron juzgadas «por
imposibles y vanas y de toda repulsa dignas», según la expresión del
P. Las Casas. Comunicóse a Colón el resultado de la Junta, y para no
quitarle toda esperanza, se le prometió «volver a la materia cuando
más desocupadas sus Altezas se vieran». Cumplióse poco después lo
prometido. «Nueva Junta se celebró en Salamanca a fines del año
1486, al mismo tiempo que los reyes, de regreso de su expedición a
Galicia, residían en la ciudad[398]. Si el alma de la Junta de Córdoba
fué Talavera, ocupado a la sazón en visitar su diócesis como obispo
de Avila, el principal papel de la de Salamanca lo desempeñó el
dominico Fray Diego de Deza, maestro del príncipe D. Juan y protector
decidido de Colón[399]. De Fray Diego de Deza había de decir el mismo
Colón tiempo adelante, lo que sigue: «El señor obispo de Palencia,
siempre, desde que yo vine a Castilla, me ha favorecido y deseado mi
honra»[400]. Un mes después decía que el obispo de Palencia «fué causa
que sus Altezas hobiesen las Indias, y que yo quedase en Castilla, que
ya estaba yo de camino para fuera»[401].
[398] Washington-Irving, Prescott, Humboldt, Navarrete y
otros suponen erróneamente que sólo se celebró una Junta en
Salamanca.
[399] Obtuvo después altas dignidades: fué sucesivamente
obispo de Zamora, Salamanca, Palencia y Jaén; arzobispo de
Sevilla y electo de Toledo; canciller mayor de Castilla,
capellán mayor y del Consejo Real, inquisidor general de
España y confesor del Rey Católico.
[400] Carta de Colón a su hijo Diego, fechada en Sevilla el 21
de noviembre de 1504.
[401] Carta al mismo D. Diego del 21 de diciembre de 1504.
Esto que dice de Fray Diego de Deza, lo aplica en otras
ocasiones a Fr. Juan Pérez, a Luis de Santángel y a otros.
Albergóse Cristóbal Colón en el convento de San Esteban. En dicho
convento se hallaba el colegio de estudios superiores, que dirigían
los mismos religiosos dominicos; colegio de estudios superiores que
sobresalía entre todos los demás establecimientos de instrucción
de Salamanca. Colón fué acogido benévolamente, lo mismo por el
citado Padre Deza, profesor de Teología en el colegio, que por el
prior Magdaleno. Los Padres dominicos, para poder examinar con todo
detenimiento y tranquilidad el proyecto de Colón, se retiraron a
la _granja de Valcuevo_, distante unos 10 kilómetros Oeste de la
ciudad[402]. Allí pudo el hijo ilustre de Génova exponer sus doctrinas,
atrayéndose la mayor y más granada parte de los individuos de la
sabia Junta, a pesar de ruda y tenaz oposición que le hicieron los
partidarios de Talavera[403]. Certificó la Asamblea de lo «seguro e
importante del asunto», y Fr. Diego de Deza, con otros religiosos,
acompañaron a Colón desde Salamanca a Alcalá de Henares, adonde se
había trasladado la corte, para comunicar a los monarcas el dictamen
favorable de los religiosos y maestros del convento de dominicos de
San Esteban. El cardenal González de Mendoza los introdujo ante la
presencia de Sus Altezas, dando los reyes a Colón «esperanzas ciertas»
de que se resolvería el asunto acabada la conquista de Granada. «Desde
entonces--dice Bernáldez--le miraron los reyes con agrado»[404]. En
efecto, le admitieron a su servicio, en el que estuvo durante la
campaña con los musulmanes. En las cuentas del tesorero real Francisco
González de Sevilla, se lee con fecha 5 de mayo de 1487 lo siguiente:
«pagado a Cristóbal Colón, extranjero, tres mil maravedís por cosas
cumplideras al servicio de Sus Altezas»[405].
[402] Asistieron a las discusiones Monseñor Bartolomé
Scandiano, nuncio apostólico, y Pablo Olivieri, secretario de
la nunciatura; Monseñor Antonio Geraldini, ex nuncio, y su
hermano Alejandro; Lucio Marineo y otros sabios.
[403] Todavía el P. Manovel, catedrático de Derecho Canónico
de la Universidad de Salamanca (m. el 4 de junio de 1893),
alcanzó a ver--según decía--las figuras que Cristóbal
Colón trazó en las paredes de Valcuevo para explicar
sus teorías. Conviene no olvidar lo que el Sr. Berrueta
escribió en su librito _El Padre Manovel_, librito que forma
parte de la Biblioteca Salmantina. «Pasóse Manovel años y
años--dice--rotulando puertas y paredes del convento de San
Esteban: por aquí pasó el desvalido Colón, aquí estuvo sentado
el desgraciado Colón, por aquí entró Colón, por aquí salió
Colón, y la verdad es que ni Manovel ni nadie sabe todas esas
cosas.»
[404] _Historia de los Reyes Católicos_, capítulo CXVIII. Ms.
[405] _Docum. Diplom._, número XI.--Simancas. Más adelante se
le dieron otras cantidades.
No es cierto, pues, lo que Vivien de Saint-Martín y otros muchos
han escrito acerca de las conferencias de Salamanca. «Toda la
ignorancia--dice el citado geógrafo--, todos los prejuicios, todo
el dogmatismo intolerante, todas las objeciones pueriles contra las
verdades físicas conquistadas ya por la ciencia antigua, en una
palabra, todo lo que habían acumulado doce siglos de decadencia
intelectual y científica, las argucias escolásticas y monacales y
la citada interpretación de los textos de la Escritura, todo tuvo
que oirlo y soportarlo Colón»[406]. También, con sobrada injusticia,
escribe el italiano Bossi lo que sigue: «El proyecto fué entregado
al examen de hombres inexpertos, que, ignorando los principios de la
cosmografía y de la náutica, juzgaron impracticable la empresa.
[406] _Historia de la Geografía_, tomo II, pág. 40.
«¡Los mejores cosmógrafos del reino! ¡Y qué cosmógrafos!
«Una de sus principales objeciones era que si una nave se engolfaba
demasiado hacia el Poniente, como pretendía Colón, sería arrastrada por
efecto de la redondez del globo, no pudiendo, por lo tanto, regresar a
España.» Durante el siglo XV, lo mismo en España que en otras naciones,
no era extraño que hombres tenidos por doctos dudasen de la posibilidad
de que siendo la tierra esférica pudiera navegar un barco siempre en
la misma dirección sin caer en la inmensidad del espacio. A nadie por
entonces le era permitido aceptar cualquiera novedad en las ciencias
físicas y naturales que pudiese aparecer como falsa interpretación
de la Biblia. Por entonces debió recibir carta del Rey D. Juan de
Portugal. (Apéndice I).
Hallándose Colón en Córdoba, conoció a Beatriz Enríquez de Arana, joven
de familia muy humilde, tan humilde, que--según Arellano--tal vez fuera
moza de algún mesón donde se hubiese alojado el futuro descubridor de
América. Las relaciones íntimas de Colón con la cordobesa, dieron por
resultado el nacimiento de un hijo (15 agosto 1488) a quien se dió el
nombre de Hernando.
Iba a llegar el momento tan deseado por Colón. Cuando Fernando e Isabel
se hallaban en el Real de Santa Fe y cercana la rendición de Granada,
el genovés llegó a dicho campamento, no sabemos si por propio impulso
o por orden de los reyes o llamado por sus amigos y protectores.
Inmediatamente formuló sus proposiciones, las cuales debieron ser
casi las mismas que--como después veremos--presentó la segunda vez.
«Pareció, dice, cosa dura concederlas, pues saliendo con la empresa
parecía mucho, y malográndose, ligereza.» Ocasión propicia se ofreció
a los enemigos de Colón para desacreditarle ante los reyes, poniéndose
al frente de aquellos D. Fernando de Talavera, ya indicado para
arzobispo de Granada. En efecto, D. Fernando y Doña Isabel rechazaron
las proposiciones.
Volvió Colón a la Rábida, donde Fray Juan Pérez y el físico Garci
Hernández le convencieron de que debía permanecer en España por
entonces. Es de advertir que en aquellos tiempos los físicos, no sólo
estudiaban el arte de curar, sino las ciencias naturales, la geografía
y la astrología. Tal vez por ello los franciscanos Fr. Juan Pérez y Fr.
Antonio de Marchena echaron mano de Garci Hernández para que plantease
y resolviese los árduos y difíciles problemas que acariciaba el marino
de Génova. Convencido Fray Juan Pérez, escribió una carta a la Reina.
Llevó dicha carta Sebastián Rodríguez, piloto de Lepe. Garci Hernández,
físico de Palos, testigo presencial de los sucesos, en las _Probanzas_
del pleito que D. Diego Colón suscitó a la Corona declaró lo que sigue:
«Que sabe que el dicho myn alonso pinçón en la dicha pregunta tenya en
esta villa lo que le hacya menester, é que sabe que el dicho almirante
don Xobal colon venyendo a la Rabida con su hijo don diego, que es
agora almyrante, a pie se byno a la Rabida, ques monesterio de frayles
en esta villa, el qual demandó a la porterya que le diesen para aquel
nyñyco, que hera nyño, pan y agua que bebiese, e que estando ally
ende este testigo con un frayle que se llamaba frey juan perez, que
es ya defunto, quyso ablar con el dicho don Xobal colon, e vyendole
despusicion de otra trra o reyno ageno en su lengua le pregunto que
quyen hera e donde venya, e que el Xobal colon le dixo que venya de la
corte de su alteza e le quiso dar parte de su embaxada, a que fué a la
corte e como venya, e que dixo el dicho Xobal colon al dicho frey juan
perez como abya puesto en platyca en descobryr ante su alteza e que se
obligaba a dar la trra firme, queriendole ayudad su alteza con nabyos
e las cosas pertenecientes para el dicho viage e que convenyesen, e
que muchos de los caballeros e otras personas que ay se hallaron al
dicho razonamiento le bolaron su palabra e que no fué acoxida, mas que
antes hazian burla de su razon, desiendo que tantos tiempos aca se
abian probado e puesto nabyos en la busca e que todo hera un poco de
ayre e que no abya razon dello; que el dicho Xobal colon, vyendo ser
su rason desyelta en tan poco conoscimiento de lo que se ofresia de
haced e complyr, el se vino de la corte e se yba derecho desta villa
a la villa de Huelva, para fablar e verse con un su cuñado casado con
hermana de su muger e que a la sazon estaba e que habia nombre muliar,
e que vyendo el dicho freyle su rason, envyó a llamer a este testigo,
con el cual tenya mucha conversacion de amor e porque alguna cosa sabya
del arte astronómica, para hablarse con el dicho Xobal colon e byese
razon sobre este caso del descobryr, y que este dicho testigo vyno
luego e hablaron todos tres sobre el dicho caso, e que de aquy lygeron
luego un hombre para que llevase una carta a la Reyna doña Isabel, que
aya santa gloria, del dicho frey juan perez, que hera su confesor, el
qual portador de la dicha carta fue sebastian Rodriguez, un piloto de
Lepe, e que detubieron al dicho Xobal colon en el monesterio fasta
sabed la respuesta de la dicha carta de su alteza para ver lo que por
ella proveyan e asy se hyso, e dende a catorce dias la Reina, nuestra
señora, escribió al dicho Fray Juan Perez, agradeciéndole mucho su
buen propósito e que le rogaba e mandaba que luego, vista la presente,
pareciese en la corte ante S. A. y que dejase al dicho Xobal colon en
seguridad de esperanza fasta que S. A. le escribiese e vista la dicha
carta e su disposicion, secretamente se marchó antes de media noche el
dicho fraile del monasterio, e cabalgó en un mulo e cumplió el mandato
de S. A.; e pareció en la corte e de allí consultaron que se diesen al
dicho Xobal colon tres navíos para que fuese a descubrir e facer verdad
su palabra dada, e que la Reina nuestra señora, concedido esto, envió
2.000 maravedises en florines, los cuales trujo Diego Prieto, vecino
de esta villa, e los dió con una carta a este testigo, para que los
diese a Xobal colon para que se vistiese honestamente y mercase una
vestezuela e pareciese ante S. A., e que el dicho Xobal colon recibió
los dichos 2.000 maravedises e partió ante Su Alteza como dicho es a
consultar todo lo susodicho, e de ally vyno proveydo con lycencia para
tomar los dichos nabios quel señalase que conbenyan para seguyr el
dicho viaje, e desta hecha fué el concierto e compañya que tomó con
myn alonso pinçon e vicente yañez, porque heran personas suficientes
e sabydos en las cosas del mar, los quales, allende de su saber e del
dicho Xobal colon ellos le abyaron e pusieron en muchas cosas, las
quales fueron en probecho del dicho viaje»[407].
[407] _Archivo general de Indias de Sevilla.--Información de
Palos_, 1.º de octubre de 1515.--Piexa 23, fol. 58 (Colec. del
Patronato, estante 1.º, caja 1.ª. leg. 5/12).
Por entonces contrajo relaciones Colón con Martín Alonso Pinzón,
hombre que tenía posición desahogada, numerosos parientes, armador en
Palos, experto marino y conocedor de los mares por donde a la sazón
se navegaba desde nuestras costas, esto es, en el Mediterráneo hasta
Italia y en el Atlántico hasta las Canarias. A la vuelta de un viaje
que hizo a Roma, inmediatamente que Colón supo que había desembarcado
en Palos, fué a verle, entendiéndose en seguida, pues había un punto,
el más importante, en que los dos estaban conformes, cual era que
navegando al Occidente hallarían ricas tierras. ¿Qué tierras eran
éstas? Según Colón las partes orientales del Asia llamadas _Manghi,
athay_ y _Cipango_; según Pinzón las islas del Atlántico conocidas
con los nombres de _San Barandán_, _Antila_ o _Siete Ciudades_ y _Max
Satanaxia_.
Reanudáronse las negociaciones entre Colón y los Reyes Católicos,
merced al citado Fray Juan Pérez, y tal vez influyesen en el mismo
sentido la marquesa de Moya, Fr. Diego de Deza, el P. Marchena,
Cabrero, Gutiérrez de Cárdenas, Dr. Chanca, P. Gorricio y otros amigos
de Colón; pero la firmeza de carácter y aun inflexibilidad del insigne
navegante hicieron que por segunda vez se rompiesen los tratos. Púsose
en camino; mas convencidos Fernando e Isabel de los razonamientos
de Luis Santángel, escribano de raciones de Aragón, dispusieron que
un alguacil de corte fuese en su busca, alcanzándole a dos leguas
de Granada, en la Puente de Pinos. La Reina ya no dudaba de que el
proyecto de Colón podía realizarse, pues de ello le habían convencido
los razonamientos del citado Santángel y los de otros servidores.
Cuéntase que como algunos hiciesen notar que el Tesoro estaba exhausto
después de tantas guerras, Isabel indicó que todo se arreglaría
«buscando sobre sus joyas el dinero necesario para la Armada»[408], o
«yo torné por bien que sobre joyas de mi recámara se busquen prestados
los dineros que para hacer la Armada pide Colón»[409]. Esta tradición
pertenece a la leyenda, pues--como dice perfectamente Fernández
Duro--«no se la encuentra en los cronistas de la época, ni en los
abundantes cancioneros que subsisten de entonces, ni en los elogios,
biografías, relaciones y epistolarios de los personajes más allegados
a los reyes o que directamente intervinieron en las pretensiones de
Cristóbal Colón y en la expedición de las naves que hallaron el Nuevo
Mundo»[410]. El primero que la estampó fué Fernando Colón, que era muy
niño a la sazón y se hallaba lejos del lugar; de él la transcribió Fr.
Bartolomé de las Casas, en su _Historia de las Indias_. Como las dos
obras quedaron sin imprimirse, Antonio de Herrera nada dijo de las
joyas en sus _Décadas_. Comenzó a difundirse la especie en los albores
de la centuria décimo séptima, cuando se conoció la obra publicada
por el hijo del descubridor del Nuevo Mundo. Desde entonces, en todos
los libros en que se trata del famoso descubrimiento, se relata y
amplifica el hecho, creyendo de este modo ensalzar el nombre de Isabel
la Católica. Afirmamos que la Reina no dijo tales palabras, aunque
sí es cierto que estaba decidida a prestar todo su apoyo al gran
navegante italiano. ¿Forjó la leyenda Fernando Colón? No; la forjó la
fantasía popular, la forjaron todos los españoles, porque éste era el
sentimiento de la nación.
[408] Fernando Colón, _Vida del Almirante_, cap. XIV.
[409] Las Casas, _Hist. general de las Indias_, cap. XXXII.
[410] _Tradiciones infundadas_, págs. 359-383.--Madrid, 1888.
El 17 de abril de 1492, en Santa Fe, se firmaron las Capitulaciones
entre los Reyes Católicos y Cristóbal Colón, redactadas por el aragonés
Juan Coloma; el 30 de dicho mes se le despachó, y el 12 de mayo partió
el Almirante para Palos. Bajo las siguientes bases se redactaron las
mencionadas Capitulaciones:
_Capitulaciones entre los señores Reyes Católicos y Cristóbal
Colon_, abril 17 de 1492[411].
Las cosas suplicadas é que Vuestras Altezas dan y otorgan a don
Cristóbal Colon, en alguna satisfaccion de lo que ha de descubrir
en las mares Océanas, y del viage que agora, con el ayuda de Dios,
ha de hacer por ellas en servicio de Vuestras Altezas, son las que
siguen:
Primeramente: que Vuestras Altezas, como señores que son de las
dichas mares Océanas, fagan desde agora al dicho D. Cristóbal Colon
su Almirante en todas aquellas islas é tierras-firmes, que por su
mano ó industria se descobrieren ó ganaren en las dichas mares
Océanas para despues dél muerto a sus herederos é sus sucesores
de uno en otro perpetuamente, con todas aquellas preeminencias
é prerogativas pertenecientes al tal oficio, é segund que D.
Alonso Henriquez Vuestro Almirante Mayor de Castilla é los otros
predecesores en el dicho oficio lo tenian en sus distritos.
_Place a sus Altezas._==Juan de Coloma.
Otrosi: que Vuestras Altezas facen al dicho D. Cristóbal Colon,
su Visorey y Gobernador General en todas las dichas islas y
tierras-firmes, que como dicho es, él descubriere ó ganare en las
dichas mares; é que para el regimiento de cada una y cualquier
dellas, faga él, eleccion de tres personas para cada oficio; é que
Vuestras Altezas tomen y escojan uno, el que mas fuere su servicio,
é así serán mejor regidas las tierras que nuestro Señor le dejará
fallar é ganar a servicio de Vuestras Altezas.
_Place a sus Altezas._==Juan de Coloma.
Item: que todas é cualesquier mercadurias, siquier sean perlas,
piedras preciosas, oro, plata, especieria é otras cualesquier cosas
é mercadurias de cualquier especie, nombre é manera que sean, que
se compraren, trocaren, fallaren, ganaren é obieren dentro de los
límites del dicho Almirantazgo, que dende agora Vuestras Altezas
facen merced al dicho D. Cristóbal y quieren que haga y lleve para
sí, la decena parte de todo ello, quitadas las costas todas que se
ficieren en ello. Por manera, que de lo que quedare limpio é libre
haga é tome la decena parte para si mismo, é faga de ella a su
voluntad, quedando las otras nueve partes para Vuestras Altezas.
_Place a sus Altezas._==Juan de Coloma.
Otrosi: que si a causa de las mercadurias que él traerá de las
dichas islas y tierras, que así como dicho es, se ganaren é
descubrieren, ó de las que en trueque de aquellas se tomaran acá de
otros mercaderes, naciere pleito alguno en el logar donde el dicho
comercio é trato se terná é fará: que si por la preeminencia de su
oficio de Almirante le pertenecerá cognoscer de tal pleito: plega a
Vuestras Altezas que él ó su Teniente, y no otro Juez, cognosca de
tal pleito: é así lo provean dende agora.
_Place a sus Altezas, si pertenece al dicho oficio de Almirante,
segun que lo tenia el dicho Almirante D. Alonso Henriquez y los
otros sus antecesores en sus distritos, y siendo justo._==Juan de
Coloma.
Item: que en todos los navíos que se armaren para el dicho trato é
negociacion, cada y cuando é cuantas veces se armaren, que pueda el
dicho D. Cristóbal Colon, si quisiere, contribuir é pagar la ochena
parte de todo lo que se gastare en el armazon, é que tambien haya
é lleve del provecho la ochena parte de lo que resultare de la tal
armada.
_Place a sus Altezas._==Juan de Coloma.
[411] _Archivo de los Duques de Veragua._--_Colec. de doc.
ined._, _etc._, tomo XVII. págs. 572-574.
Es evidente--como han dicho no pocos escritores--que las Capitulaciones
de Colón con los Reyes Católicos no podían llevarse a cabo. No pudieron
ejecutarse en vida de Colón y mucho menos en tiempo de sus sucesores.
Si los descendientes del genovés tenían derecho a que se les cumpliese
todo lo ofrecido, el Estado, por su parte, no debía renunciar su
soberanía sobre los territorios descubiertos. De modo que tiene clara
explicación el pleito de la familia de Colón con el Estado y también
con los Pinzones.
Hecho el convenio citado, encaminóse el nuevo Almirante por tercera vez
a Palos y a la Rábida, pudiendo contar con la ayuda de Martín Alonso
Pinzón, _persona esforzada y de buen ingenio_, al decir del mismo
Colón[412]. El nombre de Martín Alonso Pinzón merece el más alto lugar
entre los compañeros del descubridor del Nuevo Mundo.
[412] Se ha dicho que la alegría de Colón vino a turbarse
cuando supo, al llegar a Palos, que patronos y marineros se
negaban a acompañarle. Añade la leyenda, que en situación tan
crítica apareció Martín Alonso Pinzón, logrando levantar el
espíritu de los apocados o miedosos. Por lo que respecta a los
navíos _Santa María_, la _Pinta_ y la _Niña_, declaró Colón
«que eran muy aptos para semejante fecho.»
Distribuyéronse los cargos de la manera siguiente: mandaría la carabela
_Santa María_, que era la de mayor calado, el Almirante, desempeñando
el cargo de Maestre Juan de la Cosa; Martín Alonso Pinzón fué nombrado
Capitán de la _Pinta_, que era la más velera, llevando de Maestre a su
hermano Francisco; y otro hermano de Martín, Vicente Yáñez, dirigiría
la _Niña_, y sería Maestre su propietario Juan Niño. En el espacio de
un mes estuvo la flota en disposición de partir.
¿Cuáles fueron las condiciones del convenio entre Colón y Martín Alonso
Pinzón? Arias Pérez declaró que «enseñando Cristóbal Colón a Martín
Alonso las mercedes que sus Altezas le facían descubriendo la tierra
y vistas, dixo e le prometió de partir con él la mytad»[413]. Alonso
Gallego puso en labios de Colón lo que sigue: «Señor Martín Alonso,
vamos este viaje, que si salimos con él y Dios nos descubre la tierra,
yo os prometo por la corona real de partir con vos como buen hermano
mio»[414].
[413] Información de Palos, 15 de octubre de 1515. Pieza 23,
folio 71. Archivo general de Sevilla.
[414] Información de Sevilla, 15 de diciembre de 1535. Pieza
5.ª, folio, 119.
Francisco Medel dijo que el Almirante ofreció a Martín Alonso «cuanto
pidiese e quisiese»[415]. Diego Hernández Colmenero manifestó que
«el dicho Almirante le prometió la mitad de todo el interés e de la
honra e provecho que dello se hobiese...»[416]. Somos de opinión que
la mitad ofrecida no se refiere a todas los mercedes, como títulos,
etc., conferido por los reyes a Colón, sino a las utilidades que se
recogiesen en la expedición. No creemos que sea mucho esta mitad,
considerando que Pinzón puso medio cuento de maravedís, o sea la mitad
de lo que pusieron los reyes; puso, de acuerdo con sus condueños,
la nao _Pinta_, y contrató las otras dos, y, por último, puso las
tripulaciones, esto es, todo el personal.
[415] Información de Sevilla, 15 de diciembre de 1535. Pieza
5.ª
[416] Información de Sevilla, 15 de diciembre de 1535. Pieza
5.ª